IMPARTIENDO JUSTICIA
-¡Vale ya, Mimosín! –exclamó Miki mirando a Rachid.
El morenazo ni siquiera se inmutó. Fingió concentrarse en las
cartas mientras por debajo de la mesa continuaba acariciando el paquete de
David. A pesar de los incesantes movimientos subterráneos iban ganando la
partida.
-Parad de una puta vez –insistió el muchacho, fulminando con
la mirada a David, que sonreía juguetón-. ¡No puedo concentrarme en las cartas!
-Es que no tienes ni idea, Miki –respondió el guapo
contendiente-. Aunque formes pareja con Soc juegas muy mal.
En vez de responder, el novio de Soc miró bajo la mesa.
-Deja de manosearte ese pollón y juega. Te toca a ti.
-Si gano esta mano me la chupas, ¿vale?
-¡Ni hablar! Luego me duelen los labios de abrir demasiado la
boca.
El tierno adolescente iba a continuar el comentario cuando el
timbre del portero electrónico lo interrumpió. Sócrates se levantó y atendió a
la puerta.
-Chavales, meteos en el estudio –mandó con una cierta
urgencia.
Obedecieron sin tardanza. No era habitual, pero cuando Soc
recibía una visita intempestiva no le gustaba que el visitante supiera con quién
compartía sus ratos libres. Se detuvo el ascensor en la tercera planta y sonó el
timbre de la puerta. Un jovencito entró lentamente, sin saludar, con el rostro
compungido por la gravedad.
-¿Qué te pasa, Pepillo?
El chiquillo no decía nada. Se mantenía cabizbajo, mirando al
suelo. Normalmente desbordaba alegría, por lo que en esa ocasión actuaba de
forma muy rara. Soc lo agarró del hombro y lo obligó a mirarle a la cara. Unas
gruesas lágrimas chocaron contra el suelo después de recorrer la dulce cara del
niño.
-¿Tu padre?
Asintió casi imperceptiblemente y bajó la cabeza de nuevo. El
estado deplorable que mostraba no disminuía en absoluto su tierna belleza. Soc
tiró de él para acomodarlo en el sofá. El chico aprovechó para abrazarse
intensamente y abandonar la contención con que había actuado hasta entonces.
Primero sollozó amargamente y luego se echó a llorar desconsoladamente. Su cara
buscaba el pecho del profesor para acomodarse y ocultarse.
Cuando Pepillo se incorporó al primer curso de secundaria del
colegio de Sócrates era un chiquillo flaco y chaparro, pero pícaro y sagaz. La
profundidad de sus inmensos ojos negros dejaba desarmado a cualquier observador
y poseía, además, una extraña habilidad para promover el abrazo. Se acercaba,
humilde, y cualquier excusa le era propicia para despertar comentarios o iniciar
conversación. Al cabo de pocos segundos sus espigados hombros aparecían rodeados
por los brazos del interlocutor, fuera colega o adulto. Quizá era su estatura la
que incitaba al contacto, quizá su rostro vivaracho y expectante.
Mantenía con Sócrates una relación especial, derivada del
hecho de que su madre, la señora Ana, se ocupaba desde hacía años de la limpieza
de la escalera y vestíbulo del bloque de pisos donde el profesor vivía. La
señora Ana, tan impecable en el trabajo como en el trato, se hacía acompañar por
el pequeño en algunas ocasiones, con la excusa de que en la calle sólo podía
aprender maldades.
En el mes de febrero de su primer año en el centro apareció
una mañana con el cuerpo magullado y marcas en la cara. La típica excusa "me he
caído por la escalera" convenció a la tutora del chico, pero no a la directora,
más suspicaz y experimentada. Repetidos intentos de hacer confesar la verdad al
chaval fracasaron, y fue entonces solicitada la colaboración de Sócrates para
hablar con su madre. Viendo que de ninguna forma reconocía la realidad, el
profesor optó por ofrecerle su ayuda y la del colegio si se atrevía a denunciar
ante los servicios sociales el problema. La mujer negó rotundamente aunque con
nerviosismo que existiera tal problema.
Un mes más tarde Pepillo faltó a clases durante cuatro días.
Su madre justificó la falta de asistencia por enfermedad, pero cuando reapareció
en el centro el chico sufría una ligera cojera. Tampoco en ese caso reconoció la
implicación de su padre en su estado deplorable, pero empezó a agradecer el
apoyo recibido con una sonrisa impagable que sin embargo reflejaba una cierta
impotencia. Y se multiplicó su tendencia felina a recibir caricias. Se podría
afirmar que Pepillo era un chico teóricamente sobreprotegido, propenso al abrazo
de todos, pero la realidad era otra: se tenía que enfrentar a la agresividad de
su padre él solo.
Pocas semanas después, cuando apetecía ya lucir los
pantalones cortos, el chaval se obstinaba en usar pantalones largos. Una
observación del profesor de Educación física informó de múltiples moratones en
las piernas.
Por fortuna, a la señora Ana se le ocurrió mandar al pobre
muchacho a pasar el verano a casa de unos primos, en la provincia de Córdoba.
Cuando regresó en septiembre había crecido casi veinte centímetros, lucía una
piel sana y morena y mantenía una actitud un poco más segura. Había cumplido
dieciocho años, su atractivo se había multiplicado y estaba mucho más comunicativo.
Pero los malos tratos continuaron, por lo menos dos veces
durante el primer trimestre de su segundo curso. Parecía que el menor se lo
tomaba con más filosofía, y aunque jamás delató el origen de sus lesiones,
guardaba un estricto e ilustrativo silencio cuando alguien mencionaba
directamente al responsable.
Llegado el final de trimestre, Pepillo propuso a Soc la
organización de un cursillo de Capoeira, que se estaba poniendo de moda entre
las clases más populares. Resultó que el chico era un crack en la materia, y el
monitor del cursillo lo invitó a su gimnasio. El chaval no cabía de felicidad.
Consiguió que su madre le comprara unos pantalones blancos y amarillos que lucía
con orgullo. La adolescencia se manifestaba claramente a través de su cuerpo,
que crecía gradualmente en fortaleza. Su espalda se ampliaba, sus muslos se
reforzaban, su trasero se insinuaba apetecible.
La felicidad duró poco. Su padre le prohibió asistir a los
entrenos y, aunque no lo agredió, lo amenazó convenientemente.
-Pepillo, ¿qué ha pasado? –interrogó Miki, apareciendo desde
el corredor.
El muchachito abandonó el regazo del profesor para abrazarse
efusivamente al chico.
-No llores, hombre. Venga, cuenta.
Como en otras ocasiones, ni una sola imputación. Miki
insistió.
-¿Te ha pegado tu padre? ¿Dónde te ha dado?
Más lágrimas por respuesta.
Al cabo de un rato se calmó, pero no hubo delación.
Simplemente una petición:
-¡Déjame quedarme aquí esta noche!
-¿Por qué?
-No puedo volver a mi casa. Mi padre me mata.
Y en un susurro, como si se hubiera arrepentido de mentar a
su progenitor:
-Sólo me ha pegado dos puñetazos. Me he echado a correr y
cuando regrese…
-No hace falta que regreses –intervino Miki-. Pero aquí no
puedes quedarte. Tu madre debe sufrir por ti… Y además, Soc es un profesor… ¡No
puedes quedarte en su casa!
Sócrates miró sorprendido a su novio. Era un razonamiento muy
maduro para un chaval de dieciocho años.
-Te vienes a mi casa –concluyó.
Pepillo asintió mostrando su agradecimiento mediante una
mirada deliciosa y profundizando el abrazo.
-¿Sabes el teléfono de tu madre? –preguntó el profesor,
mirando la hora.
-Sí, pero ahora lo tiene desconectado. Está limpiando la
iglesia…
-No te preocupes, la llamamos más tarde. ¿Tienes hambre?
Sócrates se dirigió a la cocina y preparó un bocadillo.
Pronto aparecieron David y Rachid, que se habían enterado de todo pero no se
habían atrevido a entrometerse.
-Desde luego, ¡no me dirás que desde el cole no habéis podido
hacer nada! –acusó Rachid.
-No es fácil. Ni él ni su madre reconocen los malos tratos.
¿Tenéis hambre?
Pepillo se sorprendió al ver aparecer a David, seguido de
Rachid, cargados con cinco bocadillos y bebidas. Agarró el que le ofrecían y se
fue a sentar a la mesa. Los demás lo imitaron. Cuando Soc iba a buscar otra
silla, el chavalito le ofreció la suya y se acomodó sentado sobre el regazo del
profe. Su humor había mejorado, pero esquivaba responder a las preguntas
directas.
-Tu padre, ¿de qué trabaja? –preguntó Rachid.
-Tiene una camioneta, ¿verdad? –interrumpió Miki.
-Hace el reparto de garrafones de agua –respondió Pepillo,
algo avergonzado.
-Es un trabajo como cualquier otro –afirmó David-. El
problema es…
Todos lo miraron. Disponía de información, quizá valiosa,
pero no se podía comentar según qué ante el chaval. Desviaron la conversación.
Pronto las cervezas surtieron su efecto. Todos charlaban amistosamente pero el
chiquillo mostraba cansancio. Soc le acariciaba tiernamente la barriga y el
cuello, pero él se estaba quedando dormido.
-Pepillo, ¿quieres echarte un rato?
Tendido en el sofá, se durmió casi al instante. Miki trajo un
a manta para abrigarlo.
-Eres como una madre –bromeó Rachid-. Miki, dame el pecho,
¡quiero mamar!
-De aquí vas a mamar –respondió él, agarrándose los huevos.
-Tú, semental, no te burles de la ternura de mi niño
–advirtió el profesor-. A ver, David, cuenta lo de antes.
-Vale. Es que yo veo a su padre a menudo. Va de bar en bar
hasta que no se sostiene.
-¿Cada día se emborracha?
-No lo sé. Yo lo veo a menudo. Supongo que si va muy borracho
debe caerse rendido en la cama. Pero si sólo va un poco caliente…
-…se dedica a calentar a su hijo –completó Rachid.
-O a su mujer –aportó David.
-Hay que pararle los pies –aseveró Miki.
-Claro que hay que pararle los pies, pero si no hay denuncia…
-Tú puedes denunciarlo… -opinó David.
-¿Yo? ¿Qué le digo al juez, que maltratan a un pobre alumno
de mi colegio? ¿Para que luego llamen a declarar a la madre y lo niegue todo?
-¿Y los servicios sociales no han hecho nada? –preguntó
Rachid.
-Están informados los asistentes sociales y los abogados.
Sólo falta la denuncia.
-Es una putada no poder hacer nada.
Se quedaron en silencio. El adulto observaba sus caras
mientras sentía orgullo por el interés que mostraban. De pronto se puso a pensar
en voz alta.
-Lástima que hoy…
Y se cortó. Los chavales lo miraron. Pepillo dormía
apaciblemente.
-¿Qué? –se impacientó Miki.
-Lástima que hoy no le haya podido pegar una paliza de las
que hacen historia.
-¡Eres un capullo! –saltó Miki-. ¿Cómo puedes decir eso?
Y miró al sofá, donde el chaval descansaba.
-¡No grites! –interrumpió Rachid-. Creo que sé por donde vas.
Si sólo le ha dado un par de puñetazos en el estómago no le ha dejado rastro de
agresión.
-En cambio, si le hubiera dejado rastro… -continuó David- lo
podrías llevar al Centro de Atención, o a Urgencias…
-Y allí se inicia un protocolo que lleva el caso hasta el
juez –concluyó Soc.
Sin decir nada, todos miraron al chaval. Dormía de perfil,
con el trasero prominente y sus anchas espaldas sosteniendo una testa esbelta y
altiva. Seguramente todos tuvieron la misma ocurrencia, pero fue David quien
tomó la palabra.
-¿Os habéis fijado qué guapo se está poniendo el chaval? Es
un morenazo guapísimo.
-¿Qué pasa con los morenazos? Te gustan, ¿eh? –bromeó Rachid.
Se abrazaron tiernamente.
-Tiene un culito respingón… -añadió Miki-. ¿Lo habéis visto
cuando lleva los pantalones de Capoeira? ¡Vaya figura!
-¿Cómo puede alguien maltratar a un chico tan tierno?
–suspiró Rachid.
-¿Cómo puede alguien maltratar a otra persona, peor aún, a un
menor? –subrayó Sócrates.
-Tiene unos ojazos… y unos morros…
-Es una putada no poder hacer nada.
-Lo que merecería ese hujoputa es que le dieran una buena
paliza a él –opinó el profesor.
-Una buena humillación es lo que le haría falta –apoyó
Rachid.
-Es el único lenguaje que entienden los tipos como él
–concluyó el adulto.
-Debe tener a su mujer aterrorizada –intervino David-. Y al
chaval no te digo.
David y Rachid se tenían que marchar a entreno. Se fueron de
mal humor y con rabia contenida. Soc llamó a la madre y le explicó el caso. Ella
comprendió que si su hijo se había enfrentado a su padre y había huido, mejor
que no apareciera por casa. Agradeció al profesor su apoyo y a Miki su
ofrecimiento. Y quedaron que al día siguiente, viernes, Miki acompañaría al
pequeño hasta el cole. El fin de semana que se avecinaba… lo mejor era que
Pepillo lo pasara con unos parientes lejanos en Baracaldo.
Pepillo se despertó un rato más tarde. Estaba radiante de
felicidad, sólo saber que dormiría en casa de Miki. De tan cariñoso, casi
resultaba pegajoso. Se prepararon para el traslado. Miki ya había consultado a
su madre, que no había visto inconveniente. Cuando se dirigían al ascensor, el
muchacho tuvo una ocurrencia sorprendente:
-¡Soc! Qué lástima que no seas gay…!
-¿Por qué? –preguntó el profesor, mirando a Miki.
-Porque me gustaría ser tu novio.
-¿Es que no te gustan las chicas?
-Claro que sí. Pero por ti…
Y se calló. Parecía que quisiera restar importancia al
comentario reciente. Miki se sobrepuso de la sorpresa pegándole una colleja.
-Dices cada tontería…
En el ascensor, el chiquillo buscó de nuevo el abrazo del
adulto. Con rara habilidad se colocó bajo el brazo y apoyó la cabeza en su
pecho.
A la mañana siguiente Sócrates sintió algo de celos cuando
vio aparecer a los dos muchachos abrazados y sonrientes a la puerta del colegio.
La noche había transcurrido bien y no había nada especial que comentar. A
mediodía Pepillo pasó por su casa para recoger el equipaje y por la tarde se fue
directo a la estación del tren. Los chavales pasaron un rato por la casa del
profe, pero se fueron pronto. El sábado entrenaron por la tarde y el domingo
jugaban fuera, así que no se vieron mucho. Sin embargo, les quedó la sensación
de haber conseguido, ni que fuera momentáneamente, un poco de justicia.
El lunes, a la hora del recreo, Soc recogía los materiales de
la clase de inglés cuando se dio cuenta de que Pepillo estaba en la puerta.
Cuando salieron todos los alumnos, entró y se abalanzó sobre el profesor.
-¡Gracias por todo!
El chico intentaba besarlo en la cara, pero él lo esquivaba
insistentemente.
-¡Cálmate, por favor!
-Es que tengo mucho que agradecerte…
Lo sacó como pudo al corredor y allí se separaron. Cuando
estaba a unos metros gritó:
-¡Gracias!
Por la tarde, Soc escuchó unos comentarios en su rellano,
ante su puerta.
-No lo molestes. Quédate conmigo y déjalo tranquilo.
-No lo molesto. Es un colega. Ya verás como no dice nada.
Llamaron al timbre. La señora Ana pidió, ante todo,
disculpas.
-Perdone, pero es que se le ha metido en la cabeza que quiere
saludarle…
-No se preocupe. Si quiere, puede quedarse conmigo mientras
usted hace su trabajo. Así me cuenta cómo le ha ido el fin de semana.
-¿Seguro que no le molestará?
Nada más cerrar la puerta, el chico se lanzó de nuevo sobre
el profe, que lo contuvo trabajosamente.
-Tengo algo que enseñarte. ¡Mira!
Le mostró un teléfono móvil de última generación.
-¿Quién te lo ha regalado?
-¡Tú!
-No digas tonterías.
Estaba muy excitado. Le mostraba el aparato, pero se cansaba
de mantenerlo fijo y no se estaba quieto.
-¿Te lo ha regalado tu padre? –preguntó, aún a sabiendas de
que era imposible.
-Sí. ¿A que es guay?
-¿De veras?
-Claro. Gracias a ti.
-¿A mí? Yo no he hecho nada.
-Si no hubiera venido aquí el otro día…
Y volvía a lanzarse encima, buscando el contacto de mejilla a
mejilla. El profesor se dirigió al sofá, esperando un momento de calma. Adoptó
una posición bastante horizontal, cosa que el menor aprovechó en interés propio.
Se le echó encima con la cabeza apoyada en el hombro. Desde allí, a pesar de la
proximidad, miraba directamente a sus pupilas.
-Te estoy muy agradecido.
-Ya lo sé. Ya me lo has dicho.
-Es que es verdad.
Dejó el móvil sobre la mesa y regresó a su cariñosa posición.
Alargó el cuello y besó al profe en la mejilla. El adulto estaba incómodo.
Normalmente le encantaba abrazar a los adolescentes, pero en este caso… Se
sentía avasallado, exageradamente halagado, injustamente agasajado. Por otra
parte, el cuerpo del chico tenía la medida y forma ideales para vivir
apasionadamente el placer de acariciar y abrazar, y su sensibilidad comenzaba a
mostrarse a flor de piel, con la aparición de algunos escalofríos derivados del
contacto directo. Su brazo buscó el suave estómago del chico y comenzó a
sentirse cómodo y apaciblemente excitado. La calidez de la mejilla ajena animaba
la respuesta de la propia. Se dejó besar, pues, en la mejilla, pero los besos se
tornaban atrevidos y se acercaban a los labios. Cuando concibió, por fin, que el
mensaje de esos besos no era tan inocente como aparentaba, ofreció su boca y
recibió, sin resistencia alguna, el empuje de una lengua que no por lega era
poco hábil. Abrió los ojos para contemplar en la mirada ajena alguna intención,
pero los bellísimos ojos negros del chico se escondían tras sus párpados.
Pepillo se concentraba completamente en saborear un morreo profundo y selecto,
quizá su primer morreo. Con las manos buscaba acercar aún más las bocas,
apretaba y comprimía la nuca del adulto, sin dejar dudas de su objetivo. El
cuerpo del chaval iba rotando lentamente sin dejar de besar, hasta colocarse
cara a cara. Sintió el chiquillo un placer desconocido que lo empujaba a
lanzarse sin red. Una erección tremenda adornaba sus ingles, y deseaba que su
oponente se percatara de la intensidad de su calentura. Cuando Soc notó la
dureza de la entrepierna del chico sobre su estómago, como un resorte bajó sus
manos para acariciar las nalgas maravillosas que se brindaban poco más abajo.
Los dos sentían el placer de compartirse; con excitación primeriza el más joven,
con contención dubitativa el mayor.
Si alguna duda quedaba de la motivación del muchachito, se
desvaneció en el momento en que Pepillo abandonó no sin pesar la boca de
profesor y se amorró temerariamente a la bragueta del hombre. Dos segundos
bastaron para que apareciera el ansiado miembro ante su cara. Dos segundos más
duró la mirada observadora que valoró el tamaño. Después, el considerable pedazo
de carne despareció en la garganta acogedora del chaval. Soc observaba los
labios prominentes del chico, cómo rodeaban y confortaban el magnífico apéndice,
entreteniéndose largo rato en el glande.
Como complemento ideal al caldeamiento inesperado, los dedos
del mayor se independizaron y buscaron el agujerillo que se abría sin
dificultad. Los dos corazones luchaban por separar la apetitosa rendija que
escondía el tesoro. Y cuando un par de dedos se apropiaron del terreno, un
suspiro profundo e inesperado indicó a joven mamador que estaba proporcionando
un enorme placer. Tanto, que al cabo de poco los huevos se hincharon para
preparar un buena corrida. Se contuvo el hombre a la espera de momentos de
superior calidez. Forzó con la potencia de sus brazos el giro del cuerpo del
pequeño sobre el eje de su sexo y se encontró, feliz y confortado, ante la
presencia adorada de un ojal pulcro y hermoso. Saboreó como tantas veces esa
muestra de exclusividad y entrega con el incremento de una supuesta castidad.
Lamió y degustó, y se apoderó así aún más de la gratitud del chaval. Éste se
regocijaba entre suspiros, abriendo de vez en cuando su boca para oxigenar su
garganta laboriosa y tenaz. Pepillo, por su parte, se sentía profundamente
feliz. La polla que disfrutaba era grande y repleta de matices, más rica de lo
que había imaginado. Era absolutamente consciente que su muestra de gratitud
rozaba la peligrosidad, pero de hecho no había avanzado más que un paso pequeño
respecto a lo que para él era habitual: abrazarse tiernamente y cariñosamente a
otro hombre. No se había planteado si comerle el sexo a una persona por la que
sientes gran cariño era un lenguaje apropiado de agradecimiento, simplemente le
había apetecido en ese momento algo que llevaba meses deseando, sin ver en ello
maldad o perversión. Lo que no esperaba bajo ningún concepto era esa
correspondencia esmerada y profunda: su agujerillo, que hasta entonces sólo
había recibido las caricias del surtidor de agua bien caliente de la ducha,
estaba despertando a un universo de sensaciones que le colmaban de felicidad.
Conocía la forma en que los hombres se entregan al placer, y se sentía hombre y
por tanto dispuesto a descubrir el goce que su cuerpo aún joven podía
proporcionarle.
Sócrates estaba algo preocupado por la acogida que el chaval
dispensaría al chorro vigoroso que se avecinaba, y en un ataque de pudor separó
la polla de la garganta del menor. Pepillo se imaginó el motivo del alejamiento,
y mostró con prontitud su deseo de recibir y paladear la muestra exquisita del
placer. Él también notaba desde hacía rato un cosquilleo más profundo y
escalofriante que el de sus habituales masturbaciones y se preparaba para
exprimir su joven sabia certificando el goce. Ocurrió casi simultáneamente:
engulló con avidez cada latigazo agridulce y pocos segundos después, con el
sabor inundando aún sus papilas, con el tacto de la dureza que él había sabido
provocar acogida entre sus fauces, con la suavidad de una lengua hurgando en sus
entrañas, escupió seis chorros copiosos que inundaron el pecho del profesor. Sin
moverse, dudando de la realidad de lo que acababa de vivir, notó que la mano de
su amante recogía el fruto que le había brindado y se lo llevaba a la boca.
No sabía muy bien qué hacer. Vencida la primera calentura que
lo había empujado a ser tan intrépido, notando que el ápice de la lengua no
paraba en su exploración, esperó a que el adulto tomara la iniciativa. Sócrates,
que nunca se cansaba de alimentarse de un culo sabroso, notó cierto agotamiento
en su oponente, pero también una sucesión de escalofríos que sacudían el cuerpo
pequeño pero precioso de Pepillo. Éste no había abandonado tampoco la succión
interesada de su nabo, así que decidió simplemente cambiar de posición. Abrazó
con deleite la espalda del pequeño, le besó el cuello y lo colocó boca arriba en
el sofá, con las piernas levantadas. Pudo así observar por primera vez la polla
ambiciosa del hombrecito, que sugería caricias, lametones y mordisquitos. Era
una polla de quince centímetros, morena casi negra, con un dulce glande rosado
oscuro. Al primer lametón creció un poco más, así que pronto la quiso envolver
con toda su garganta. El chico no se estaba quieto: acariciaba el cuello y los
hombros de su devorador, y a veces sus dedos se perdían enredándose en su pelo.
Sintió que la mamada tenía conexiones en otras partes de su cuerpo,
estremecimientos explosivos en la base del estómago, bajo los huevos, en el bajo
vientre. Y deseó completar esa sensación mediante una incursión al interior.
Así, espontáneamente, sus manos descendieron para que sus dedos acariciaran el
agujero acostumbrado al homenaje.
Soc buscaba también ampliación del territorio, y cuando besó
y chupó los huevos del chiquillo se sorprendió de encontrarse unas manos
laboriosas entrometiéndose en el campo de batalla. Decidió devolverle al
esfínter el honor del lengüetazo y se escuchó, por primera vez, un suspiro
irreprimible. Pepillo se entregaba con los ojos cerrados, abriendo al máximo sus
nalgas, ofreciendo su tierno alojamiento al caminante respetuoso.
Llegó el momento. Notó una molestia abriéndose camino hacia
su interior. No dudó de que sufriría un momento, pero ya sabía que pronto
aparecería un placer incalculable y aún desconocido. Apretó los dientes para que
ningún gemido delatara su sufrimiento, deseando que el empuje delicado pero
desgarrador cesara pronto. Algo le rozó el oído, pero no se atrevió a abrir los
ojos. En seguida descubrió el origen del roce:
-Eres un encanto. Eres precioso y tan suave que pareces de
terciopelo. Te quiero un montón, Pepillo.
El susurro cesó, pero la lengua del profe seguía rozando su
lóbulo izquierdo. Se creyó sabio cuando comprendió que era una maniobra de
distracción. Efectivamente, mientras se concentraba en descifrar el mensaje se
había olvidado del dolor. Lo notaba de nuevo, no tan penetrante como antes, pero
una fricción en los labios lo obligó a abrir la boca. Un morreo, un morreo
profundo y entregado mientras la polla que invadía sus entrañas comenzaba un
movimiento de vaivén. Procuró concentrarse en la lengua, en la lucha ardida
contra esa otra lengua, o quizá a favor… No lo sabía, sólo sabía que disfrutaba,
que notaba un cuerpo que lo abrazaba y acariciaba, un cuerpo que, entrando
dentro de si, le estaba proporcionando un placer absoluto y revolucionario, un
goce que le iba a cambiar la vida… Era consciente del miembro que le estaba
penetrando, notaba el roce en las paredes de su recto y la punta buscando
espacios para profundizar… sí, lo notaba todo, pero el placer, el placer… ¿dónde
lo notaba? No era sólo la satisfacción física del roce, era algo más profundo,
que llenaba de agrado y complacencia no sólo el momento, sino el ser entero, su
vida entera. Era… sí, no podía ser otra cosa que la felicidad.
El cerebro de Soc no cesaba de funcionar. Como siempre,
infinidad de imágenes surcaban el océano de su imaginación, como si su
satisfacción y el bienestar de satisfacer necesitaran alguna explicación
científica. Notó que el acoplamiento era perfecto, que el chico vivía con
entusiasmo y regocijo la invasión, que se delataba en cada gemido y en cada
espasmo con que respondía a su trote… Notó que el pequeño se manoseaba y se
corría de nuevo, anunciando su inminente explosión… No pudo notar, sin embargo,
la inmensa sensación de paz que había invadido al chico, el estado de gracia
exultante en que se encontraba. No atinó a pensar que muy pocos ratos de la
corta vida del muchacho había alcanzado con la punta de los dedos la felicidad.
Por ello se extrañó que, una vez terminado el lujurioso envite, Pepillo no se
moviera, como si se hubiera desmayado. Jadeaba, y veía su pecho fornido alzarse
a ritmo, pero no abría los ojos, no respondía a sus caricias… hasta que quiso
salir de él. En aquel momento memorable, el muchacho abrió sus preciosos ojos
como lámparas, húmedos y expresivos y le pidió, con una voz quebrada y
suplicante, cargada de dulzor, que continuara por favor. Soc se vio desarmado.
La heroicidad del guerrero que entra triunfante en la ciudad quedó a un lado y
apareció la sumisión voluntaria del esclavo que adora a su amo. Pepillo, aquél
niño desdichado y a pesar de todo dulce y amable, rozaba por primera vez el
éxtasis, y no quería rendirse tan pronto a la precisión de la realidad. Repitió
por lo tanto la hazaña y la coronaron de mutuo acuerdo, con besos profundos y
caricias apasionadas.
Media hora más tarde, después de una ducha reparadora en la
que los juegos imperaron, la señora Ana llamó a la puerta. Sé extrañó de la
felicidad repentina que anunciaba su hijo, pero la atribuyó al protagonismo que
sin duda el profesor le había proporcionado o quizá al regalo de su padre,
extrañamente amable desde hacía unos días.
Media hora más tarde, el rugido de la moto de Miki anunció su
llegada. Soc estaba en la terraza, con una cerveza en la mano, reflexionando
sobre lo ocurrido aquél día. Algunas intuiciones alcanzaban la categoría de
sospechas, pero pronto saldría de dudas.
-Miki, ha estado aquí Pepillo.
-Ah, ¿sí?
-¿Sabes que su padre le ha regalado un móvil?
-Sí, me lo ha dicho esta mañana, en el recreo. Está
desbordante de alegría. Y muy agradecido por lo del otro día.
-¿A qué se debe ese cambio repentino en la actitud de su
padre? ¿Tú lo entiendes?
La típica sonrisa juguetona del chaval lo delató. Sólo cabía
esperar un poco para que contara todo lo que sabía.
-Es por tu culpa.
-¿Qué?
-La idea fue tuya.
-¿Qué idea? Miki, no me digas que…
-Si te cabreas no te lo cuento. Tendrías que estar orgulloso.
-Habla ya –ordenó el profesor, con una actitud amenazante que
Miki sabía que era una fachada.
-Fue el viernes. Por la noche. Cumplimos tus órdenes. Fuimos
tus soldados.
-No te burles de mí que te mando al carajo.
-El viernes nos encontramos por la noche. David sabe la ruta
de bares que sigue el hijoputa. Lo esperamos. Y le cantamos las cuarenta.
-¿Qué entiendes tú por cantar las cuarenta? ¿Quiénes erais?
-La pareja feliz y yo. Bueno, también se agregó Daniel.
-¿El pelirrojo?
-Sí. Le esperamos en la calle y…
-¿Lo golpeasteis?
-Pues claro. Tú dijiste que era el único lenguaje que
comprendía. Y es verdad.
-Quiero detalles. ¿Quién era el jefe?
-¡No había jefe! Bueno, Rachid lo dirigió un poco, pero
Daniel…
-A Daniel se le va la olla.
-Se le fue la olla, pero fue hacia el final...
-Bueno, cuéntalo a tu manera.
-Lo seguimos hasta un bar y esperamos que saliera. Por lo
visto cada día se gasta gran parte del sueldo en alcohol, y luego el dinero
falta para lo más elemental… La señora Ana trabaja incluso sábados y domingos…
-Ya lo se. Sigue.
-Llevábamos pasamontañas. Rachid lo abordó y le dijo: "Tú,
borracho, ven aquí si tienes huevos". Él se acercó. Caminó bastante recto. Se
puso al lado de Rachid y le dijo: "Me cago en tu puta madre… si es que la
conoces". Y se echó a reír. Rachid se cabreó no quieras saber cómo. Para un
musulmán el insulto es más grave… él le dio el primer puñetazo, en la cara.
Perdió el equilibrio, pero no se cayó. Repitió el insulto, y entonces todos le
pegamos. En la cara, en el pecho, pero sobretodo en el estómago. Cayó al suelo.
No paraba de insultar y de meterse con los muertos de cada familia.
El profesor tragó saliva. No sabía si reprender o felicitar.
Siempre había estado en contra de cualquier tipo de violencia.
-¿Ningún diálogo?
-No. Bueno, sí. Rachid es el intelectual del grupo, ya lo
sabes. Empezó: "¿Cómo puedes ser tan mal nacido de pegarle a tu hijo?" Y más
tarde: "¿Qué se siente, di, qué se siente cuando te pegan sin motivo?" Y luego
corrigió: "¿Cómo digo sin motivo? Sin motivo le pegas tú a un niño indefenso.
Nosotros no te golpeamos sin motivo; te golpeamos porque eres un cobarde hijo de
puta"… Pero el tipo no paraba de insultar y de llamarnos cobardes. Luego se
levantó como pudo y se encaró a Rachid. Le dijo: "Cobardes, ¿por qué no venís de
uno en uno?" Y el moro va y le suelta una patada en los huevos que aún debe
dolerle. Se sujetó contra la pared y siguió insultando.
-Vaya.
-Y después dijo: "Y encima con las caras tapadas, ¡cobardes!"
Y ahí se le fue la olla al Daniel. Lo cogió por los pelos con la mano izquierda
y con la derecha se arrancó el pasamontañas. Le dio un par de puñetazos en el
estómago y le dijo: "Mírame bien. Soy el pelirrojo. ¿Me ves? No me dan miedo los
hijos de puta como tú. ¿Sabes lo que dicen de mi? Dicen que estoy loco. ¡Estoy
loco! Escucha lo que te digo: si vuelves a tocar al Pepillo date por muerto. Mi
hermano va a su clase. Procura que no se haga ni un rasguño jugando al fútbol,
porque en cuanto mi hermano me diga que le han hecho daño al Pepillo… voy y te
destrozo. ¿Me has oído?"
Soc notó que en el relato le temblaba la voz a Miki. Lo
conocía bien y notaba que se estaba emocionando. Le pasó el brazo por el hombro
y lo besó. No llegaban a producir lágrimas, pero los ojos del chico estaban
húmedos. Quiso continuar.
-Y es que de verdad está loco. Yo no sabía qué hacer. Pero
admiro su valentía. Los demás fuimos unos cobardes. Tendríamos que haber actuado
a cara descubierta.
-No digas tonterías.
-David y yo nos separamos un poco. Rachid se acercó de nuevo
y más calmado le dijo: "A tu hijo le gusta la capoeira. Le vas a pagar el
gimnasio cada mes. Y le vas a comprar los trajes que quiera. Te lo digo por tu
bien. Vas a dejar la ruta de los bares y vas a llegar pronto a casa, con todo el
dinero. Somos del barrio, no lo olvides. Te estaremos controlando." Y se alejó
un poco, pero volvió a acercarse y le agarró del pelo, como Daniel, y le dijo:
"Y le regalas un móvil al Pepillo. El mejor que haya. ¿Me has oído bien?" No
contestaba, así que le pegó una patada, hasta que contestó.
-¿Y ya está?
-No. Te robamos una botella de coñac, ¿no lo notaste?
-No. No será…
-Cardenal Cisneros. ¿Es bueno?
-Demasiado bueno para vosotros.
-No era para nosotros. Se la dimos a él para el dolor de la
paliza. Se la bebió casi de un trago.
-Demasiado bueno para un desperdicio humano.
Se quedaron en silencio. Soc acariciaba el pecho del zagal
por debajo de la camiseta. Se sentía orgulloso pero también ofendido. Abominaba
el uso de la violencia pero admiraba la valentía… estaba echo un lío.
-¿Qué piensas?
-Fuisteis muy valientes. Y solucionasteis el problema. Me da
miedo Daniel, pero por una vez han salido las cosas bien… Rachid, encantador,
con sus razonamientos… Y lo del teléfono móvil…
-Eso fue idea mía. Se lo sonsaqué al Pepillo el viernes por
la mañana.
-¿El sabe que atacasteis a su padre?
-No, él cree que hablamos con él y que lo amenazamos. Igual
que su madre.
-Me sabe mal que hayáis usado la brutalidad, aunque el fin
sea noble…
-Por eso no te dijimos nada. Lo hubieras impedido.
-Y es verdad que lo comenté, que merecía una paliza… pero era
sólo un comentario, sin convencimiento…
-Pues ya lo ves.
-Habrá que celebrarlo.
-Nosotros ya lo celebramos la misma noche. Te robamos una
botella de vodka…
-¡Joder!
-En casa de Daniel no había nadie, así que… Estábamos
orgullosos de nosotros mismos, calientes… y pillamos un puntazo…
-¿Una orgía?
-Una orgía de puta madre. Tendrías que haber estado allí. El
Daniel es una máquina, ya lo sabes… Y los demás también, ¡joder!. Ahora falta
ver quién gana la apuesta…
-¿Una apuesta?
-¿No lo adivinas? A ver quién es el primero que se folla al
Pepillo. Es tan encantador… Y tan agradecido… ¿Recuerdas lo que te dijo el otro
día?
-No, ¿qué me dijo?
-Que es una lástima que no seas gay. Que le gustaría ser tu
novio.
-¿Eso me da alguna ventaja para la apuesta?
-¡Ni hablar! ¡Si tú entras en la apuesta seguro que ganas!