Capitulo 6: Makeda.
No me esperaba que reaccionaran como lo habían hecho. Tanto
Carmen como Lili, al saberse poseídas, se sintieron humilladas. Por mucho que
Xiu les tratara de explicar que no había sido nuestra intención y que si había
ocurrido era debido a nuestra inexperiencia, no quisieron aceptar sus excusas.
Estuve oyendo gritos, lloros e insultos durante más de una hora, hasta que
cansado decidí intervenir.
-Ya está bien-, dije nada mas abrir la puerta,- Xiu
se ha tratado de disculpar, no fue nuestra intención el apoderarnos de vuestros
cuerpos. Somos diferentes, y como no hay ningún manual que nos enseñe a ser
titanes, podemos equivocarnos-
-¿Equivocaros?-, me respondió Carmen con una mezcla de
desprecio y de aprensión,-Nos habéis usado, manipulado-.
Tenía razón en todo, pero no tomaba en cuenta que no fue algo
premeditado. Leí en su mente, el profundo temor que le infundíamos. Si no
buscaba una rápida solución, las íbamos a perder para siempre.
-¿Manipulado?-, le grité,-No tienes idea de lo que
hemos pasado hasta devolveros vuestro cuerpo. Podíamos habernos quedado con
ellos, pero no, buscamos una vía para volvierais-.
-Encima querrás que os demos las gracias-, me espetó a
la cara.
-Pues si-, le dije.
Al oírme, la chinita que se había mantenido en un prudente
silencio, me escupió a la cara y cogiendo de la mano a Carmen, intentó salir de
la habitación. No las dejé, antes tenía algo que decirles.
-Si queréis iros, no os lo voy a impedir, pero quiero que
sepáis que tendréis las puertas abiertas de nuestra casa para volver-, y
cogiendo de un cajón un sobre con dinero, se los di diciendo: -Nos hemos
podido equivocar, pero quiero que sepáis que para nosotros seguís siendo
nuestras mujeres, y no os vamos a dejar en la estacada. Lo único que os exigimos
es que bajo ningún concepto, contéis a nadie lo que somos-.
Humilladas o no, cogieron el dinero. Ambas se dieron cuenta
que jamás serían capaces de traicionarnos, y deseando que se lo impidiéramos
salieron del dormitorio.
En cuanto, se hubieron ido, Xiu se echó a llorar por su
perdida. Pero dándole un beso, le dije:
-No te preocupes, que volverán-.
No me creyó y menos cuando escuchamos como recogiendo sus
cosas, salían del piso, sin saber hacia donde se dirigían. Era la primera vez en
quince años que se separaba de su hermana. Tristísima me relató, como había sido
la llegada de Lili. Un día al volver del colegio, su madre le dijo que tenía una
sorpresa, y presentándole a una niña de cinco años, que no paraba de llorar, le
comunicó que desde ese instante era su hermana. Por lo visto, en plena
revolución cultural, se había quedado huérfana ya que sus padres habían sido
purgados por ser intelectuales, y que al verla desamparada, su familia la había
acogido como hija. Con ella había pasado toda su infancia y adolescencia, y
ahora veía que la había perdido.
Traté de consolarla, pero rehuyendo mi abrazo, se encerró en
el baño. Su dolor era inmenso, y sin poderlo evitar lo radiaba a su alrededor,
de tal forma que no pude prever la llegada de los hombres de la secta. Durante
un rato interminable, intenté que saliera de su encierro, pero al ver que mis
intentos eran infructuosos, me fui a tomar algo a la cocina.
Me estaba preparando un café, cuando sigilosamente, sin hacer
ruido, Xiu me abrazo por detrás.
-Me siento sola-, me dijo entre sollozos.
Me di la vuelta para besarla. Lo que en un inicio era un beso
suave se torno en posesivo. La mujer necesitaba de mí, y con la urgencia de la
desesperación empezó a desnudarme. Mi ropa cayó echa un ovillo mientras ella se
arrancaba el vestido. Enardecido por su deseo, con mi brazo retiré todo lo que
había sobre la mesa de la cocina sin importarme que se rompieran al caer al
suelo y tomándola en mis brazos la deposité encima de ella.
Ella misma agarrando mi pene entre sus manos, lo colocó a la
entrada de su sexo, y asiéndome con las piernas, de un solo golpe se lo
introdujo por entero. La dureza de la penetración la hizo chillar de dolor, pero
sin esperar a acostumbrarse me pidió que me moviera, que necesitaba ser amada.
Obedecí, sabiendo que no podía fallarla. Mis caderas se
acomodaron entre sus muslos mientras mi extensión disfrutaba en su interior.
Intenté hacerlo con cariño, pero ella me exigió que arreciara con mis ataques.
Aceleré mis movimientos, imprimiendo un ritmo infernal. La humedad de su cueva
me hablaba de su excitación, cuando de pronto me clavó la uñas en la espalda,
retorciéndose de placer. Estaba como loca, enroscándose como una serpiente en mi
cuerpo me seguía pidiendo que continuara empalándola, que necesitaba mi simiente
en su interior. Era un coito agresivo que se transformó en violencia pura cuando
dándome un tortazo, me gritó:
-Dale a tu puta lo que se merece-
Cabreado por su golpe, saqué mi pene y dándole la vuelta
sobre el tablero, le azoté el trasero, castigándola.
-¿Esto es lo que quieres?-, le espeté sin importarme sus
gritos.
-No-, me contestó,- quiero que me castigues mientras me
follas-.
Sin mediar palabra, le inserté toda mi extensión en su cueva,
sin dejar de fustigar su culo con mis manos. Sus chillidos se convirtieron en
jadeos, en cuanto sintió que la llenaba. Verla tan sumisa me excitó, y
agarrándola del cuello, empecé a estrangularla. Asustada por la falta de aire,
intentó zafarse de mi cruel abrazo, pero incrementando la fuerza de mi ataque la
inmovilicé. Creí que se había orinado cuando su flujo recorrió mis piernas. Al
darme cuenta que era un brutal orgasmo lo que había experimentado, la solté y
buscando mi propio placer inicié un desenfrenada carrera, montando a mi yegua
sin contemplaciones. Fuera de sí, me gritaba que me corriera, que necesitaba que
me derramara en su interior. Usando sus pechos como soportes de mi deseo,
incrementé la cadencia de mi asalto a su fortaleza, y coincidiendo con su
segundo clímax, me percaté de las primeras señales de mi explosión.
Queriendo verle la cara mientras me corría, le di otra vez la
vuelta. Sus ojos me miraban suplicando que terminara sus castigo, pero su boca
me imploraba que siguiera usándola. Como si fuera un tsunami, el placer surgió
de mis entrañas asolando toda mi oposición y en grandes oleadas estallé dentro
de ella. Xiu al notarlo, me abrazó con sus piernas de forma que mi semen se
introdujo hasta el fondo de su vagina, mezclándose con el flujo de su gozo. Tuve
que apoyarme sobre ella, para no caerme. La chinita me recibió con sus brazos
abiertos y llorando me daba las gracias.
Sin saber en ese momento a que se refería me dejé mimar. Sus
besos recorrieron mi cara y mis labios, mientras mi pene expulsaba las últimas
reservas de simiente. Totalmente exhausto, me tumbé en la mesa junto a ella,
tratando de recuperarme, pero ella pensando que no había sido suficiente, se
incorporó poniéndose a horcajadas sobre mi cuerpo.
-Quiero más-, me dijo acercando sus labios a mi sexo.
Me miró sonriendo antes de que abriendo su boca se
introdujera toda mi extensión. Era una gozada el sentir a su lengua jugando con
mi glande. Poco a poco mi pene fue retornando a la vida, pero justo cuando
acababa de alcanzar el culmen de su erección sonó el timbre de la puerta y Xiu
creyendo que eran Carmen y Lili, salió corriendo desnudo a su encuentro.
Pero al abrir, se encontró con cinco hombres armados, que
dándole un empujón entraron en el piso. Solo pude ver como aplicándole una
inyección caía desmayada en el suelo, antes que me dispararan con un dardo
paralizante. Sentí que se me doblaban las rodillas. Me vi rodeado, y justamente
antes de perder la conciencia, percibí que me ataban mientras en volandas me
sacaban de la casa.
Cuando recuperé el sentido, me encontré encerrado en una
habitación, tumbado sobre una cama. Me dolía la cabeza, era como si dos agujas
penetraran en mis sienes. Poco a poco fui incorporándome, tratando de observar a
mi alrededor. La habitación era enorme, por la altura de sus techos, supe que
debía encontrarme en un palacio, o algo semejante. Preocupado por Xiu la busqué
a mi alrededor, pero no la encontré. Deseando que estuviera bien, no tuve más
remedio que esperar que el responsable de mi secuestro o alguno de sus secuaces
viniera a verme.
Mientras me recuperaba, el odio y la sed de venganza se
fueron acumulando en mi interior, por eso al oír que unos pasos se acercaban, me
preparé para atacarle. Eran unos pasos cortos, medio renqueantes, como los de un
anciano.
Al abrirse la puerta, no me extrañó que fuera un hombre de
más de ochenta años el que apareció. Lo que no me esperaba era su atuendo. Nada
mas verle, con su casulla y su sombrero rojo, supe que me encontraba en frente
de un cardenal católico, uno de los más altos jerarcas de la iglesia. Solo el
Papa tiene mayor poder.
Las arrugas de su rostro y lo delgado de su cuerpo le
conferían un aspecto de indefenso que era una fachada. En cuanto entró sentí su
poder. El viejo arrastrando sus pies, se dirigió hacía una de las butacas de la
habitación y mirándome me ordenó:
-Ayúdame a sentarme-.
Me vi impelido a obedecerle, acercándole el asiento. Era tal
el dominio que tenía, que me vi incapaz de rechazar su mandato. Estaba en manos
de un titán mucho más poderoso que yo, y nada de lo que hiciera iba a librarme
de su influjo. Asumiendo mi inferioridad, me senté a su lado, esperando que me
explicara el motivo por el cual me habían raptado.
No tardé mucho en saberlo, porque nada mas sentarse me dijo:
-Don Fernando de Tras támara llevo mucho tiempo buscándolo-
Su español era perfecto, con un ligero acento italiano. Su
voz rota engañaba lo mismo que su aspecto, porque de todo su ser emanaba una
autoridad omnipresente, de la que era imposible no verse subyugado.
-¿Quién es usted?-, le pregunté bastante acongojado.
-Los humanos me conocen como el cardenal Antonolli, pero mi
verdadero apellido es Augústulo, y como te habrás imaginado soy descendiente del
último emperador romano-
"Romulo Augústulo", pensé, recordando que siendo un niño
de diez años había sido vencido por el bárbaro Odoacro, no pudiendo hacer otra
cosa que mandar las insignias imperiales a su primo Zenón, entonces emperador de
oriente. Los historiadores discuten todavía hoy sobre su destino, diciendo la
mayoría que fue ajusticiado por el conquistador germánico, pero ante mí tenía la
prueba de que estaban errados y que al menos vivió para tener descendencia.
-¿Qué quiere de mí?, ¿me puedo considerar muerto? O por el
contrario me va a dejar seguir viviendo-, le respondí esperándome lo peor.
Su risa vacía resonó en la habitación.
-Tranquilo-, me dijo suavemente, y sin alzar la voz dictó
mi sentencia: -Te necesito vivo. Como sabrás por mis hábitos, no he tenido
descendencia, y necesito un heredero-.
"Heredero", ahora si me había sorprendido. Por lo poco
que sabía de mi especie, suponía que nos veíamos obligados a perpetuarla
teniendo hijos, por lo que no comprendía como podía convertirme en beneficiario
de su herencia. Sobretodo teniendo en cuenta que no necesitaba el dinero. Por
eso le dije:
-Usted es un sacerdote, no esperará que yo le siga en su modo
de vida, de ser así, le aviso que me niego. No estoy hecho para el celibato, y
menos para obedecerle como una mascota-.
-No, muchacho. No quiero eso de ti. Al contrario es hora
que los de nuestra clase tomen el mando, y para eso necesito que prosigas mi
obra. Desde que tuve razón, descubrí que era distinto, y he dedicado mi vida a
conseguir que los humanos tengan a por fin alguien que les dirija hacía su
destino-, su mirada era de determinación, nada se podía cruzar en su camino,
-sabiendo que había algo en mi interior, me dediqué a estudiarlo,
descubriendo que somos únicos, y que durante siglos ha habido una selección de
los mejores especimenes, decidí no tener hijos. No debía prolongar mi sangre.
Soy diabético, tengo antecedentes de locura, y en cambio tú, eres todo lo que
desearía ser, pero sobretodo dar-.
-Y ¿qué tengo que ver en ello?-, le pregunté.
-Los titanes deben de reinar, y de todos ellos, tu padre
era el mejor. Por eso y por que tenemos antepasados comunes, me decidí por tu
rama.
-¿Mi rama?, ¿qué ha planeado para mí?-, le respondí
sabiendo de antemano su opinión.
-Los titanes somos siete familias. No pude haber más de
catorce, por lo que entre padres e hijos completamos el número. Mi rama, la más
antigua, ha estado organizando la reunificación durante siglos, pero nos faltaba
localizar la tuya, afortunadamente la hemos encontrado, y encima su
representante es un hombre, por lo que no hay que esperar mas para nuestro
propósito-, me dijo con un deje de satisfacción por la tarea cumplida.
-¿Entonces?-.
-Eres mi Adán, el padre del futuro, que al contrario de
Israel, tus descendientes serán los padres de cinco tribus en los cinco
continentes-.
-¿Pero no había siete ramas?-, le pregunté bastante
angustiado por la responsabilidad de lo que me proponía.
-Si, en Europa, hay tres. Pero a partir de mi decisión de
no procrear, y la extinción de la hispana por su papel de creador, solo quedará
la alemana-.
De lo que me estaba diciendo deduje que conocía la existencia
de Xiu, que debía ser la representante asiática. "Debe de estar bien", y
buscando la confirmación, sin ponerla en peligro, le interrogue que quien era
los otros.
-No me vas a hacer caer en contradicciones-, me
replicó bastante enfadado,- A una, ya la conoces. Gracias a Xiu te hemos
localizado, las restantes cuatro mujeres te las iré presentando a medida que
demuestres que eres apto para tu misión-.
Con ganas de reunirme con ella, me abstuve de contestarle.
Quería ver a mi esposa, y lo demás me importaba un carajo. Viendo que me quedaba
callado, me sonrió. En su sonrisa irónica supe que se avecinaba una prueba, no
pensaba fallar, y no por él sino por mí. Esperando lo que me tuviera preparado,
le solté:
-¿Cuándo empezamos?-.
Me miró diciendo:
-No me dejes mal-.
En ese momento, apareció por la puerta un impresionante
ejemplar de mujer. Era una enorme hembra de raza negra que antes que me diera
cuenta, ya me había soltado una patada, dirigida a mis testículos.
Afortunadamente estaba preparado, por lo que no me resultó difícil el
esquivarla. Estaba hecha una furia, no sé que le habían contado de mí o que es
lo que se había imaginado, pero deliberadamente quería dañarme. Por eso,
prudentemente busqué no enfrentarme a ella, y manteniéndome fuera de su alcance
le pregunté que le pasaba, por que me había atacado.
-Soy Makeda, y si crees que me voy a rendir estas muy
equivocado-, me contestó lanzándome otro golpe que de haberme alcanzado me
hubiese noqueado.
No quería enfrentarme a ella, pero por mera supervivencia me
defendí derribándola. Sus ojos me miraban con ira mientras se levantaba.
Descubrí el peligro que encerraba, cuando intentando hacer las paces, le extendí
mi mano, y ella rechazándola intentó volverme a atacar. Ya cabreado, no me
limité a apaciguarla, y de un derechazo la tumbé en el suelo.
-Quédate quieta, no quiero dañarte-, le avisé.
-Yo en cambio, quiero matarte-, me dijo mientras se
levantaba, -soy libre y así quiero seguir. Ningún hombre me ha vencido, y tú
no vas a ser el primero-.
En eso consistía la prueba, en conseguir dominar a esta
mujer, pensé mientras me alejaba de su lado. Fuerza bruta. Violencia.
El cardenal había preparado la trampa, y ambos éramos
víctimas. Pero debía de conseguir someterla si quería volver a ver a Xiu.
Bajando mis brazos, en señal de indefensión le di un perfecto
objetivo mientras le decía:
-Si es tu decisión, hazlo. Pero te aconsejo que no falles,
por que solo te daré una oportunidad y si no la aprovechas, usaré la misma
violencia para responderte, y no tendré piedad. Pero si no lo intentas,
hablaremos-.
Mi postura le hizo confiarse, y sin mediar palabra dirigió
toda la furia contenida contra mí, pero se encontró con que su presa
aprovechándose de su error, en breves momentos le había inmovilizado. No se
podía mover pero no estaba indefensa, sentí la orden mental de que la soltara.
No me extraño que fuera una titánide, pero su poder no estaba entrenado, se
notaba que la mujer prefería lo físico a lo psíquico, por lo que no me resultó
difícil contrarrestarla. La boca de Makeda esbozó una sonrisa en cuanto sintió
que la liberaba, pero que rápidamente se convirtió en mueca de pánico al sentir
que no podía moverse. Aprovechando su confusión le di un mordisco en sus labios,
como muestra de mi superioridad.
-Te dije que no fallaras-, le solté sardónicamente. El
miedo se había apropiado de ella, y yo quería que aumentase, por lo que le
mantuve inmóvil en el suelo mientras me volvía a tumbar en la cama. En una
esquina de la habitación, observando con su fría mirada se mantenía el cardenal,
y dirigiéndome a él le pregunté que si ya tenía bastante demostración.
Me contestó cuando ya abandonaba el cuarto:
-Xiu está en el Hotel Ambasciatori, habitación 617, en la Vía
Veneto. Por cierto, llévate a Makeda, a mí no me sirve de nada. Es de la familia
etiope-.
Por las palabras del anciano deduje que estábamos en Roma, la
antigua capital del imperio que perdió su familia, luego debimos volar drogados
desde Madrid. Quería volver a verla, pero antes me tenía que ocupar de la
africana.
-Si te suelto, ¿te estarás quieta? o por el contrario
querrás atacarme-.
Dándome un vistazo de arriba abajo, me contestó:
-El dueño de un perro no obedece al perro, lo patea-
Todavía le quedaban arrestos para enfrentarse a mí, por lo
que sintiéndolo mucho, me vi forzado a castigarla humillándola.
-Tienes razón perrita, ven a cuatro patas para que te
acaricie tu dueño-, le dije forzándola.
Intentó resistirse, pero tras unos momentos de lucha, vino a
mi lado gateando sobre la alfombra. Cuando la tuve junto a mí, le acaricié la
cabeza como a un animal y levantándome, después de avisarla que no se moviera,
que no quería fallar, le di una patada en su trasero.
-Ahora ponte en pié, y no vuelvas a intentarlo. Tengo
ganas de estar con mi esposa y me estás entreteniendo-.
Esta vez, me obedeció a la primera sin necesidad de
manipularla, y curiosamente cuando como un caballero le cedí el paso en la
puerta, me devolvió una sonrisa. Ya fuera en el pasillo, me cogió de la mano,
preguntándome:
-¿Puedo preguntar como se llama? Y ¿cuándo me va a
desposar?-.
Abrí los ojos por la sorpresa, me había malinterpretado,
creyó que cuando dije que quería estar con mi mujer, me estaba refiriendo a
ella. La idea no me parecía mala, pero recordando lo celosa que era mi chinita,
era mejor que se lo planteara de antemano.
-Mi nombre es Fernando de Tras támara-, le respondí
usando el verdadero, -respecto a casarnos, ya estoy casado por lo que primero
debes de ser aprobada por la matriarca de mi familia-.
En su pueblo la poligamia debía de ser común, por que lejos
de indignarse, levantó la cara al responderme y me dijo:
-No se preocupe, pasaré la prueba-.
Salimos del palacio, escoltados por un retén de la Guardia
Suiza, que nos esperaban en el pasillo. Al verlos no me quedó ninguna duda, no
solo estábamos en Roma, sino dentro del Vaticano. Nos esperaba un coche en la
entrada del palacio, y su chofer nada mas sentarnos partió rápidamente hacia su
destino. Estaba aleccionado, por lo que no tuve que decirle donde íbamos.
Siempre me había gustado esa ciudad, con su total caos circulatorio, sus pitos y
sus vespas, donde es la ley del mas fuerte y se conduce como locos. Pietro, el
conductor, no podía ser menos, y sin haber salido de la Vía Aurelia ya se había
enfrentado a tres taxistas. Su modo de manejo era el típico italiano, acelerones
bruscos, volantazos y frenazos con una gran dosis de cabreo. Por eso fue una
liberación cuando nos depositó en la puerta del Hotel.
Salí corriendo sin cerrar la puerta del Alfa Romeo, y Makeda
a duras penas llegó a alcanzar meterse en el ascensor antes que se cerrara.
Estaba nervioso, en los pocos días que llevaba con Xiu, había conseguido
acostumbrarme a su presencia y la idea de que algo le pudiera haber pasado me
angustiaba. Casi sin esperara a que se abriera por completo salí al pasillo de
la sexta planta. No tuve que buscar cual era la habitación, ya que al final del
pasillo, dos guardaespaldas vigilaban el acceso a la número 607.
Se notaba que el viejo sacerdote tenía recursos. Al
aproximarme el más alto de ellos, sacó de su bolsillo una tarjeta con la que
abrió de par en par la puerta de madera. Pero antes de que entrara me avisó:
-La señora esta enferma, hemos llamado a un médico pero no
sabe que le ocurre, nos ha dicho que debe de ser una enfermedad autoinmune-.
Asustado fui a su encuentro, sobre la cama yacía totalmente
empapada por el sudor. Las ojeras de su rostro me revelaron la gravedad de su
estado. Y al acercarme, observé la temblorina que sacudía su cuerpo. Trató de
incorporarse en cuanto me vio, pero sus escasas fuerzas se lo impidieron, por lo
que solo pudo decirme con un hilo de voz que como estaba.
Sin pensármelo, la abracé. Y al hacerlo, se desmayó en mis
brazos. Fue entonces cuando Makeda entró en el cuarto, y casi sin tiempo para
hacerse una idea de que ocurría me echó de su lado diciendo:
-Déjame a mí, serás más fuerte, pero yo soy una curadora, y
ella es a mí a quien necesita-.
La situación me había desbordado, y reconociendo mi total
ignorancia no tuve mas remedio que apartarme dejándola hacer. Sin saber como
actuar, me senté en una silla que estaba en una de las ventanas de la
habitación, y hundiendo mi desesperación entre mis manos, solo pude observar.
La etiope despojó a Xiu de sus ropas, y pasando sus manos por
ese cuerpo que tanto amaba, fue reconociéndolo concienzudamente en busca del
daño. No cejó en su exploración hasta que alzando su mirada, me pidió que me
fuera del cuarto. La seguridad de su mirada, me obligó a dejarlas solas. Y
cerrando la puerta, me senté en un sofá de la suite.
No podía dejar de pensar en la maldición de mi familia, en lo
que mi padre me había explicado. Mi vida iba a ser solitaria, mi existencia
tendría sus buenos momentos pero debía saber que al final me encontraría solo.
Solo el hecho que Xiu fuera una titánide me hizo concebir esperanzas, y ahora me
encontraba en Italia, un país extraño, con ella debatiéndose entre la vida y la
muerte con la única ayuda de una extraña mujer a la que había vencido.
Al cabo de un rato, Makeda salió de la habitación cansada
pero satisfecha, y cuando le pregunté que si estaba mejor y que le ocurría,
sonriéndome me dijo:
-Eso será mejor que te lo diga ella, solo te aviso que no
puedes estar en su presencia mas que unos minutos, pero no te preocupes lo que
le ocurre tiene cura-.
Reconfortado por sus palabras, me dirigí al lado de mi
esposa. Aunque seguía muy pálida, su aspecto había mejorado sensiblemente, y al
verme entrar me pidió que me sentara a su lado.
-Menudo susto me has dado-, le solté sin poder
aguantarme las ganas de abrazarla.
-Fernando, gracias a Dios que estás bien-, me
contestó. Era típico de ella el preocuparse primero por mí, aun siendo ella la
enferma. Así se lo hice saber, pero ella entornando sus rasgados ojos, me
preguntó alegremente: -Entonces ¿No te ha contado que me ocurre?-.
-No-, le repliqué, -me ha dicho que debías ser tú
quien me lo dijera, solo sé que el médico opina que debes de tener una
enfermedad autoinmune-.
-Si, es eso pero se cura ...-, hizo una pausa antes de
continuar,-... en nueve meses, ¡Felicidades Papá!-.
-¿Qué?-, le respondí incrédulo,-¿Cómo?-.
Muerta de risa me contestó: -El cómo creo que los sabes, o
¿No?-
-Si-, iba a ser padre, no me lo esperaba, fue mi propia
sorpresa la que me hizo hacer una pregunta tan absurda. Sabiendo que no estaba
preparado para la paternidad, pero feliz por lo que suponía, le dije mientras
acariciaba su estómago,-Te quiero-.
Pero al hacerlo, sentí como una descarga eléctrica me subía
por el brazo, y vi como ella se retorcía por el dolor, convulsionándose. El
grito hizo que Makeda, me apartara de un golpe, y sin mediar palabra pusiera sus
dos manos en el abdomen de la mujer, calmándola.
-Lo siento, Matriarca, mientras su hija esté creciendo es
mejor que no tenga mas contacto con su padre. Don Fernando no debe usted, de
acercarse a su esposa, para que no peligre su embarazo-.
-Pero ¿porqué?-, le grité desesperado.
La negrita, tomó aire antes de contestarme, supe de antemano
que lo que iba a decirme no me iba a gustar, por lo que aguardé en silencio mi
condena. –Cuando entré en la habitación, su mujer y su hija luchaban por
sobrevivir y solo gracias a mi intervención sus dos poderes dejaron de pelear
uno con el otro logrando su sincronización, pero usted es demasiado fuerte. Si
no se aleja de ellas terminará matándolas-.
Xiu se echó a llorar desconsolada, y respondiendo a un
impulso instintivo traté de consolarla, pero recibí el ataque coordinado de las
dos mujeres, derribándome e impidiéndome acercarme a ella.
-Lo siento mi amor-, me dijo sollozando,- Ahora
Gaia es lo mas importante, te quiero con locura pero no puedo permitir que le
hagas daño-.
La certidumbre de mi sentencia desmoronó los restos de mis
esperanzas, y derrotado me alejé a una esquina de la habitación.
-Voy a volver a casa, seguro que el cardenal localiza a
Lilí y a Carmen para que me cuiden. Tú debes seguir con tu misión y cuando
nazca, te estaré esperando para ser feliz a tu lado y con nuestra hija-.
-Pero, y a mí quien me va a cuidar, te necesito-, le
imploré cayendo de rodillas sobre la alfombra.
Xiu, con lágrimas en los ojos y dirigiéndose a Makeda le
dijo:
-Hermana pequeña, te debo más que mi vida. El anciano me
explicó la misión de mi marido, y estoy de acuerdo con ella. Te acepto, y a
partir de este momento, te ordeno como Madre que cuides de él. Deberás
devolvérmelo sano y salvo para que asista al nacimiento de la reina-.
La etiope hizo una genuflexión aceptando la encomienda, y
solemnemente declaró:
-Matriarca, es un honor. Como Makeda de Abisinia,
descendiente de Saba y Salomón entro a formar parte de su familia, despojándome
de toda mi riqueza y posición. A partir de ahora seré llamada Makeda Song,
concubina de Tras támara-.
-Entonces está hecho, Fernando aquí tienes a mi hermana,
hermana aquí tienes a nuestro marido-, contestó echándose a llorar por mi
perdida.
Sin haberme pedido mi opinión, me había desposado con la
cuarta mujer en tres días. A todo hombre le hubiese alegrado la perspectiva,
pero a mí al contrario me cabreó ser un peón del un destino del que solo tenía
breves pinceladas de su diseño. Hecho un energúmeno salí de la habitación
destrozando un florero a mi paso.
Me dirigí directamente al bar del hotel, y sentándome en la
barra, me pedí el primer whisky de mi vida. En un principio, me disgustó su
sabor amargo. Y al tragarlo mi garganta protestó, obligándome a toser al sentir
como quemaba al recorrer mi garganta. El camarero me miró diciendo:
-Joven, beba con tranquilidad, lo que le ocurra no es
motivo para emborracharse-
Indignado le miré, diciendo:
-Usted, ¿qué sabrá?, ¿creé acaso que un humano puede saber
lo que pasa por la cabeza de un dios?-.
Viendo mi estado, decidió que lo mejor era dejarme solo, y no
seguir dándome cháchara. Y yéndose a hablar con una camarera, le dijo:
-Fíjate en ese tipo, no sé que edad tenga, sobre los
veinticinco, pero se comporta como si se le hubiese terminado su vida-.
La muchacha me miró un momento, antes de replicarle:
-Pues a mí no me importaría consolarle. Está buenísimo-.
Sabiéndose observada por mí, se ruborizó pero se repuso y
meneando sus caderas, me hizo una demostración del magnífico cuerpo que tenía.
Consiguió su propósito, pensé al sentir que me hervía la sangre y que mi
herramienta me pedía acción. Necesitaba liberar mi tensión, por eso dirigiéndome
al lavabo, le hice una seña para que me siguiera. Tras unos momentos de
incredulidad miró hacía los lados y buscando que nadie la viera, se introdujo en
el baño tras de mí.
No le di tiempo ni para respirar, y antes que pudiera echarse
para atrás, me apoderé de sus labios mientras empezaba a desabrocharle el
uniforme.
Como dos resortes, sus pechos saltaron fuera de su sujetador
para ser besados por mí. Eran grandes, duros con dos aureolas rosadas de las que
di rápidamente cuenta. Ella a duras penas me bajaba la cremallera liberando mi
miembro de su prisión, gimiendo por la excitación. En cuanto tuvo mi sexo en sus
manos se arrodilló enfrente de mí y como si estuviera recibiendo una ofrenda
sagrada, fue devorando lentamente en la boca toda su extensión, hasta que sus
labios tocaron la base del mismo. Le cogí de la melena forzándola a proseguir su
mamada. Mi pene se acomodaba perfectamente a su garganta. La humedad de su boca
y la calidez de su aliento hicieron maravillas. Mi agitación me obligó a
sentarme en la taza del wáter, al sentir como las primeras trazas de placer
recorrían mi cuerpo. Estaba siendo ordeñado por una mujer en el baño de la que
desconocía su nombre, su edad. Ni siquiera había cruzado con ella dos palabras
antes de poseerla. Lo extraño de la situación hizo que me corriera brutalmente
en sus labios. La italiana no le hizo ascos a mi semen, y prolongando sus
maniobras consiguió beberse toda mi simiente sin que ni una gota manchara su
uniforme.
Satisfecho le pregunté su nombre. Carla me contestó, mientras
se levantaba a acomodarse el vestido. Parecía como si con eso le hubiese
bastado, ya que se preparaba para irse, pero entonces le pregunté que como podía
compensarle, a lo que ella me replicó:
-Son doscientos euros-
Solté una carcajada, y pagándole la cantidad que me pedía,
añadiéndole una buena propina, salí del baño muerto de risa. Quizás esa mamada
había sido la más auténtica de mi vida, ya que el interés monetario de la
muchacha, nada tenía que ver con mi poder, ni con mi atractivo. Con mi ánimo
repuesto volví a ocupar mi sitio en la barra.
El camarero me estaba esperando con otro whisky, y tras un
guiño cómplice me dijo:
-Ve, joven, como nada es tan grave, que no lo solucione
una mujer-
Bebiéndome la copa de un trago le di la razón. Estaba claro
que ambos usaban su privilegiado puesto en el bar, para hacer negocios. Eran
unos estupendos psicólogos, que utilizaban su conocimiento de las miserias
humanas para lucrarse. No había nada inmoral en ello, daban un servicio público
y cobraban por ello. A mí, al menos, me habían ayudado a quitarme la angustia, y
con el alcohol recorriendo mis venas decidí volver a mi habitación.
Makeda me estaba esperando sentada en el sofá. En cuanto
entré en el saloncito de la suite, supe que se había ido. Faltaba su aroma, pero
buscando la confirmación le pregunte por ella.
-El cardenal ha mandado a por ella. Ha localizado a su
hermana y ya la está esperando en el aeropuerto. Me ha pedido que le dé esto-,
me contestó extendiéndome una carta.
Con aprensión, abrí el sobre. Xiu me pedía que le
comprendiera, que sabiendo lo doloroso que nos iba a resultar la despedida,
había decidido ahorrármela pero sobretodo ahorrársela a nuestra hija.
-Gaia debe crecer para reinar-, me decía con su letra
de colegio de monjas,-Te espero-.
Sabía que había hecho lo correcto, pero no por ello, me
resultaba más fácil. Y desecho, con el corazón en un puño, me metí en el baño
para que la negra no viera mi dolor. Sentado en el suelo, di rienda suelta a mi
congoja, y durante más de media hora no hice otra cosa que auto compadecerme.
Fue Makeda, la que me sacó de ese estado, entrando en el servicio.
-Fernando, ha llegado un cura con un mensaje del Cardenal-,
me dijo un poco cortada por violar mi silencio.
A regañadientes, salí a recibir al sacerdote. Era un hombre
joven, no debía de pasar de la treintena. Al verme entrar se levantó de su
asiento y sin decirme nada sacó de su maletín un fólder.
-Mi superior me ha pedido que le entregue esta
documentación, y que le informe que tiene su avión privado preparado para
llevarle-.
-¿Llevarme?, ¿a dónde?-, le pregunté.
-Toda la información que necesita está en el resumen que
le he hecho entrega-, la profesionalidad con la que me hablaba, no podía
ocultar un deje de temor, el curita debía de saber más de lo que me decía.
Como iba a resultar totalmente infructuoso el seguir
interrogándolo, le despedí mientras me ponía a estudiar lo que me habían
mandado. Había dos partes en la documentación, una de ellas consistía en un
tratado sobre la descendencia de Carlomagno, el fundador del sacro imperio
romano germánico. Resulta que a la muerte del emperador, le sucede Ludovico Pio,
un mal rey, pero sobretodo un débil que divide su reino en tres. Uno de ellos se
lo entrega a su hijo mayor Lotario I, que pierde la mayor parte de sus
territorios en manos de sus hermanos. A su muerte, es su hijo Lotario II el que
obtiene el titulo de emperador, pero con un poder menguado y un territorio
pequeño en el centro de Francia, y norte de Italia. Este Rey solo tiene por hijo
a un bastardo, Hugo que es incapaz de defender su reino de sus tíos Carlos y
Luis.
Por lo visto, aunque esta era la verdadera rama carolingia,
nadie defendió sus derechos y en menos de sesenta años el legado de su bisabuelo
fue usurpado por parientes. Hugo de Lotaringia fue el primer titán de su
familia. Antes de terminar, ya sabía que la encomienda del cardenal consistía en
localizar a su descendiente.
La segunda parte era una extensa biografía de una mujer de
veinticinco años. Era increíble en la cantidad de fregados en que se había
metido con tan pocos años. Empresaria de éxito fundó una punto-com, que vendió
para dedicarse al estudio de historia. Expulsada de la universidad por sus ideas
radicales, era la líder de un partido paneuropeo con tintes racistas. Toda una
ficha de mujer. Físicamente era una mujer atractiva, rubia de uno ochenta cuya
fría mirada, me reveló la dureza de su carácter. Según la documentación del
anciano, esta fiera estaba en Aquisgrán, una pequeña ciudad de Alemania, en el
distrito de Colonia, que en otro tiempo fue la capital del imperio de
Carlomagno.
Ya que tenía que buscarla, decidí no perder el tiempo y
recogiendo nuestros enseres nos dirigimos al aeropuerto. Entre los papeles,
estaban dos pasaportes diplomáticos del Vaticano, mi sorpresa fue al comprobar
nuestras identidades, aparecíamos con nuestros apellidos reales, Trastámara y
Abisinia. Makeda se comportó como una perfecta secretaria, realizando ella sola
todos los tramites, pudiendo ocuparme en estudiar a nuestra presa. No sabía como
presentarme. Me resultaba difícil el pensar en ponerme enfrente de ella y
decirle: "ábrete de piernas que tengo que inseminarte". Por otra parte,
sabía que la etiope estaba esperando que consumase nuestra unión, pero en ese
momento era lo que menos me apetecía, por lo que esperé que ella diera el primer
paso.
No se hizo de rogar, y en cuanto nos acomodamos en el avión,
saco el tema diciéndome:
-Tengo que preguntarte algo-, por su incomodidad supe
a que se refería, antes de que me lo dijera, -Desde que me venciste, pensé
que me tomarías en cuanto tuvieras la primera oportunidad, pero no lo has hecho,
¿no te resulto atractiva?-.
Estaba a punto de llorar, era una hembra herida en lo más
profundo. Creía que no me atraía y que por lo tanto si alguna vez nos
acostábamos iba a ser por obligación. Sabiendo que si no la sacaba de su error,
no iba a ser una buena forma de empezar le contesté, mientras le acariciaba la
mejilla:
-Al contrario, eres una mujer muy bella. Estoy deseándolo,
pero quiero que sea especial y que me conozcas antes-.
Mi contestación la tranquilizó, y con un brillo distinto en
sus ojos me respondió:
-Al igual que te dije que pasaría la prueba de Xiu, te
juro que no te arrepentirás-.
Volvía a ser la cazadora, la mujer poderosa de cuando nos
enfrentamos. La perspectiva de tener en mis brazos un cuerpo tan atlético, me
hizo reaccionar y mirándole los pechos me di cuenta en que a ella le ocurría lo
mismo. Debajo de su camisa, dos pequeños bultos la traicionaban, erizados
esperaban mis mimos. No pudiéndome aguantar pasé una mano por sus pechos,
mientras le besaba un oído, diciéndole:
-Estoy seguro-.
Cerró sus ojos, recibiendo mis caricias en silencio, todo su
cuerpo se tensó sobre el asiento, mientras lo hacía. De no haber salido el
sobrecargo de la cabina, quizás le hubiese hecho el amor allí mismo.
Nos traía una bandeja con unos sándwiches y unas bebidas. Le
odié por su interrupción pero en el fondo se lo agradecí por que me daba la
oportunidad de hacérselo bien.
El viaje en avión resulto ser muy corto y en menos de tres
horas ya estábamos en la puerta del Hotel. Mi acompañante iba delante de mí,
permitiendo observar el movimiento felino de su andar. Todo en ella era energía,
sus caderas se movían con una elegancia que me sorprendió. No en vano era una
reina, la descendiente de la casa real más antigua, y emparentada con Salomón,
con David, y la mítica reina de Saba.
Bastante excitado, esperé mientras ella nos registraba en la
recepción. Su alemán era perfecto, sin ningún acento. Se notaba que había vivido
en Alemania y que conocía a los germanos. El pobre recepcionista embelesado por
ella, se atrevió a decirle un piropo. Fue un piropo elegante, un galanteo de un
admirador, que fue replicado con una brutal dureza por ella. Señalándome le dijo
que yo era su marido, y que se atreviera a repetirlo en mi presencia. No había
reparado en mí, y al levantar su mirada para verme, una expresión de pavor
apareció en su cara.
Me cogió desprevenido que solo con verme se asustara, por eso
en cuanto cogimos el ascensor le pregunté:
-¿Qué le has hecho a ese tipo, para que se acojonara tanto?-
-Nada-, me respondió, y al ver mi incredulidad me
dijo: - ¿Te has mirado bien?, eres el prototipo de macho-.
Sin comprender a que se refería miré mi imagen reflejada en
la pared. El espejo me recordó lo que mi padre me había dicho, "tu cuerpo se va
a desarrollar de acuerdo con tu mente". Me había convertido en pocos días en un
hombre duro, mi camisa no podía ocultar los músculos de mis brazos, y mis rasgos
recordaban los de un militar entrenado en la violencia. El niño que había sido
había desaparecido por completo. Hasta ese momento, no me había dado cuenta de
mi transformación, y comprendí que yo también me hubiese asustado de pensar en
enfrentarme con alguien como mi nuevo yo. Estaba tan alucinado por la evolución
sufrida que nada mas llegar a la habitación, me metí en el baño para realizarme
una total exploración. No comprendía como no había sido consciente de nada.
Me desnudé frente al espejo, el vello suave de infante se
había transformado como por arte de magia en un pelo hirsuto y poblado que
cubría todo mi pecho. Pero fue al mirarme la cara con detenimiento cuando
realmente decidí que algo me había ocurrido durante el viaje a Roma, estaba
seguro que en Madrid mi aspecto no era ese. Mi rostro había perdido todo la
inocencia y ahora era una copia joven del de mi viejo, con su barba y su gesto
austero. De no saber que era yo, me hubiera echado los treinta años. En ese
momento, deseé con toda el alma que mi metamorfosis hubiese acabado, ya que de
no ser así en menos de una semana sería un anciano, pero a la vez tuve que
reconocer que me encantaba mi nueva realidad.
Salí del baño, ensimismado con mi problema, y por eso tardé
unos segundos en descubrir que había retirado los muebles del cuarto y que
además se había despojado de sus ropas occidentales, dejándose puesto nada más
un taparrabos. Fue la primera vez que vi su cuerpo en plenitud. Sus enormes
pechos no parecían estar sujetos a la ley de la gravedad. Se mantenían inhiestos
y duros. Su dueña me esperaba en una forzada posición de lucha.
-¿Qué haces?-, le pregunté extrañado.
-Una mujer abisinia se conquista-, me respondió
lanzándome una patada al estómago.
Esquivé de milagro su golpe. Comprendí que ocurría y que era
lo que buscaba. Su pueblo era un pueblo cazador, donde las relaciones se basan
en el poder. Supe al instante que debía de hacer: "Vencerla".
Por el tipo de lucha que practicaba, Makeda no tenía ninguna
opción. Desde el principio estaba perdida, pero aún así, me atacó con todas sus
ganas. Durante unos minutos lo único que hice fue sortear sus ataques, teniendo
que atajarlos un par de veces con un golpe sobre ella. Poco a poco el esfuerzo
fue haciendo mella en ella. El sudor recorría su cuerpo cuando tratando de
desmoralizarla le grité:
-¿Es esto lo máximo que sabes hacer?-
Herida en su amor propio, y con un hilillo de sangre
recorriendo su mejilla, producto de un encontronazo, reanudó aún con más
virulencia su ofensiva. Estaba preparado, y la recibí con una finta, de forma
que la inmovilice con una llave. Indefensa, siguió retorciéndose en mis brazos,
mientras con mi mano libre le despojaba de su escasa ropa. Mi pene recibió una
descarga al notar la humedad que empapaba su sexo, cuando mi mano rozó su
entrepierna. Todo era un teatro, violento pero teatro. Estábamos escenificando
una violación, por eso sin mediar palabra me alcé sobre ella y dándole un fuerte
puñetazo en su mejilla, le abrí sus piernas. Quedó tendida a mis pies y con mi
extensión en la entrada de su cueva. Solo quedaba que consumara el acto. Sus
ojos se abrieron para decirme que lo hiciera, y sin esperar más le introduje de
un solo golpe todos los centímetros de mi hombría. Gritó al sentir su himen
desgarrado. Había sido vencida y tomada, y ahora me pertenecía. Makeda cambió de
actitud, al notarme dentro llenándola por completo.
Su agresividad se transformó en sensualidad, su fiereza en
ternura y besándome en los labios me pidió que la amara. Esperé a que su cuerpo
se acostumbrara a la invasión, sin moverme. Pero en cuanto se hubo relajado,
paulatinamente fui moviendo las caderas con un ritmo suave. Mis manos
acariciando su piel, levantaron sus pechos hasta la altura de mis labios, y
jugando me apoderé de su aureolas. Me respondió con un gemido profundo que nacía
de su garganta y que se iba intensificando al vaivén de mis embestidas. Los
jadeos se acrecentaron cuando pellizcando sus pezones, le dije que era un bello
animal que debía ser cazado. Todo en ella era excitación. Con sus pitones
erizados me exigió que aumentara el compás de mis penetraciones. En vez de
hacerla caso, le hice ponerse a cuatro patas. Su negro culo en pompa me esperaba
cuando le expliqué que yo era su macho y de igual forma que un león persigue a
su presa, yo iba a cazarla. Al oírme apoyó su cabeza contra el duro suelo, y
poniéndome a disposición su sexo, me imploró que lo hiciera.
Esta vez, la tomé sin preocuparme de hacerla daño. La
lubricación de su sexo facilitó mis maniobras de forma que sentí que la cabeza
de mi lanza chocaba contra la pared de su vagina, mientras mi concubina se
retorcía de placer. El olor a hembra inundó la habitación, los gritos de Makeda
y el río de flujo de su cueva que mojaba mis piernas, preludiaban su orgasmo. Mi
ritmo ya era infernal cuando agarrándola de la melena le pedí a oído que me
dijera como se llamaban en su idioma a una gacela.
-Sasaa-, me respondió gimiendo.
E imitando a león al abatirla, le mordí en el cuello,
consiguiendo que explotara de placer, mientras mi boca se inundaba del dulzón
sabor de la sangre. Lejos de asquearme lo tomé como un trofeo, y chupando el
rojo líquido que salía de la herida, me corrí en su interior. Exhausto caí al
suelo a su lado. Mi negra me recibió en sus brazos llorando. Permanecimos en esa
posición unos minutos durante los cuales, no dejó de sollozar. Ya preocupado por
la persistencia de su congoja, le pregunté que le pasaba.
-Lloro por la pérdida de mi libertad y por la felicidad de
ser tuya-, me respondió con su respiración entrecortada.
La quise consolar dándole un beso en sus labios, pero ella
arrodillándose a mis pies me dijo:
-Esposo, dame un nombre con el que cuando me llames, sepa
que quieres tomarme-
Con una carcajada le respondí, dándole un azote en el
trasero:
-Ya lo sabes-.
Tras unos segundos de confusión, me contestó:
-¿Qué quieres que hagamos?-
-Quiero que arregles la cama, Sasaa, ¡es muy incomodo el
suelo!-.
Una sonrisa iluminó su cara al oírme. Rápidamente se
puso manos a la obra y en cuestión de unos minutos la habitación había
recuperado su estado habitual, perdiendo el aspecto de ring de boxeo.
Makeda cuando hubo terminado se quedó de pie, pidiendo mi
aprobación. Satisfecho por el resultado, me tumbé en la cama, y golpeando el
colchón con mi mano le pedí que se pusiera a mi lado. La negra me volvió a
sorprender cuando poniéndose a gatas, vino a la cama ronroneando como una gata
en celo. Al verla acercarse a mí, me recordó a una pantera negra acechando su
comida. Me tenía hipnotizado, sus negros ojos fijos en mis pupilas me
subyugaban. Ya totalmente excitado, la recibí con mi mástil en todo su
esplendor, y ella sin más miramientos pasando una pierna a cada lado de mi
cuerpo, se fue introduciendo lentamente toda mi extensión, de forma que fue
envolviendo mi pene con sus labios inferiores mientras que entonaba una canción.
Era una melodía de triunfo, que de no ser por su origen
claramente africano se le hubiese podido catalogar como un aria.
Sin dejar de cantar, empezó a mover sus caderas encima de mí,
de forma que pude disfrutar de la visión de sus pechos balanceándose al compás
de la música. Pero al bajar mi mirada, descubrí que recorriendo su estómago,
sobre la negra piel, unas cicatrices rituales decoraban su cuerpo. Sabía de su
existencia por los reportajes del National Geografic, pero jamás las había visto
en vivo. Acaricié con mis manos el dibujo que formaba, y alucinado pensé que me
gustaba su tacto rugoso.
Makeda viendo mi interés por ella, me dijo:
-Es el relato de mi herencia-.
Teníamos mucho tiempo para que me explicara en que consistía,
por eso le pedí que siguiera cantando, que me gustaba oírla. La balada fue
adquiriendo el ritmo de sus movimientos, incrementando su velocidad y su
volumen. Convirtiéndose en un grito de guerra cuando con mi boca me apoderé de
sus pechos.
Recorrí con mi lengua sus oscuras aureolas, sopesando el peso
de su seno. Ella al sentirlo, suspiró excitada y apoyando sus manos en mi pecho,
incrementó su cabalgada.
Aún con la respiración entrecortada por las sensaciones que
estaba experimentando, no dejó de expresar con su canción, la calentura de su
cuerpo. Pero cuando con mis manos agarré la rotundidad de sus nalgas, Makeda se
volvió como loca, y gritando me clavó las uñas.
Usando por segunda vez mi poder en ella, le exigí que se
corriera y que no parara hasta que yo se lo dijera. Su cuerpo parecía una
batidora que estrujaba y zarandeaba mi sexo, mientras su cabeza se agitaba de un
lado a otro. El ver su cabellera meciéndose y sentir a la vez como ella se
licuaba totalmente, empapando mi lanza con el jugo de sus entrañas, me excitó
aún más si cabe. Sin medir las consecuencias le obligué mentalmente a
profundizar en su clímax.
Gritó como desesperada, al notar que una descarga de placer
le obligaba a retorcerse y que no podía parar. Con los ojos desencajados me
pidió que la liberara, pero yo que ya estaba poseído por la lujuria, me negué.
Mis manos agarraron sus pechos, y alzándome me di la vuelta en la cama de forma
que ella quedó debajo, indefensa a mis ataques. Puse sus piernas en mis hombros,
penetrándola hasta el fondo. En ese momento sentí que no era solo mi pene quien
se introducía en su interior sino que mi yo la absorbía por completo. Todo
desapareció a mi alrededor, la habitación y la cama se disolvieron al ritmo de
nuestras caricias, y de pronto me encontré dentro de ella.
No era como la vez que había poseído el cuerpo de Lili. En
ese caso, la personalidad de la china había desaparecido totalmente. Ahora podía
sentir a Makeda controlándolo, mientras disfrutaba de mis caricias, pero todos
sus recuerdos, todos sus anhelos estaban a mi disposición, como un libro
abierto, sin darse cuenta que yo estaba allí.
Era un intruso, un voyeur perfecto que estaba disfrutando de
su placer sin tomar parte activa. Tras un momento de confusión, supe que en
cuanto liberara a Makeda, y su orgasmo terminara, volvería.
Dicho y hecho, nada mas ordenar a la mujer que descansara, me
vi nuevamente en mi cuerpo. Ella, ignorante de lo sucedido, se desplomó sobre la
cama, mientras yo me terminaba de derretir en su sexo.
Satisfecho por mi nueva experiencia, le dejé que se relajara,
mientras ordenaba sus recuerdos recién adquiridos. Toda su vida aparecía en mi
mente como un libro que hubiese leído. El día que dio sus primeros pasos, la
relación con su madre, el primer novio. Todo, todo estaba en mi cerebro.
Mi compañera, que no era consciente que todo lo que ella
había vivido formaba parte de mi conocimiento, dormía profundamente a mi lado.
Dejándola dormir, decidí aprovechar para llamar a Xiu a
Madrid. Fue Carmen quien descolgó al otro lado. El cardenal había dicho la
verdad cuando nos informó que las había localizado y que las dos mujeres estaban
ya cuidando a mi esposa. Mas tranquilo al saber que estaba en buenas manos le
pedí que me la pasara. Al responderme, su actitud me hizo pensar que me estaba
ocultando algo, pero fuera lo que fuese estaba en segundo plano, lo importante
era saber como estaba mi mujer con su embarazo.
En cuanto se puso al teléfono, le pregunté como estaba.
-Cansada, pero feliz de hablar contigo-, me respondió.
Con su voz agotada me explicó su viaje de retorno, y que el
viejo sacerdote le había acompañado. Que incluso le había dicho que se iba a
quedar en España para ayudar.
-¿Ayudar?, será para espiar- le contesté.
-No seas tan malo, se le ve ilusionado con Gaia-.
No quise discutir, y aunque me parecía una intromisión en mi
vida privada, evité decírselo. En cambio la interrogué sobre la niña.
-Creciendo-, fue su respuesta. Y acto seguido me
preguntó por Makeda.
Dudé si contárselo, pero decidí hacerlo, se lo merecía, al
fin y al cabo, ella era la matriarca. De esa forma le expliqué lo sucedido, como
me había fusionado con su mente al hacerle el amor.
Un poco celosa me contestó que ojalá estuviera conmigo, pero
que la etíope era buena mujer y que además había llegado en un buen momento a
nuestras vidas.
-¿Por qué dices eso?-, le pregunté algo intrigado.
-Ah, se me olvidó contarte. Lili y Carmen han decidido ser
pareja, y me han pedido que las libere de su juramento-.
-¿Qué?-, exclamé.
-Se han dado cuenta que son diferentes a nosotros y que no
nos pueden seguir en nuestro camino-
-¿Y que le has dicho?-
-Les di mi bendición-, y alzando la voz prosiguió
diciéndome en son de broma,-¡Bastante trabajo voy a tener gobernando a las
cuatro hembras que me vas a traer a casa!-.
-Tres, recuerda que a Makeda, fuiste tú quien la aceptó-,
le contesté siguiendo la guasa.
-¡Para que te cuidara!-, y cambiando de tema me preguntó
que iba a hacer con la alemana.
-No lo sé, tendré que improvisar cuando llegué, ¿Qué te
preocupa?-.
-Su perfil. Según el cardenal es una racista-, me
replicó, y tras una pausa, que debió de usar para pensárselo, me dijo:-Utiliza
mano dura, o tendré que hacerlo yo, ¡y en mi estado no es lo más conveniente!-.
Solté una carcajada al escucharla y tranquilizándola, le
contesté:
-No te preocupes, cuando te la mande, ¡Irá domesticada!-.