10. Un poco de lectura antes de acostarse
La habitación de Toni estaba al final del pasillo de la
primera planta. Debía tener la puerta entreabierta porque un reguero de luz
marcado sobre el suelo desvelaba su posición. Alba caminó descalza y desnuda
hacia la luz. No había pasado por la cocina para recoger sus ropas, la
entrevista con la señora la había trastornado y su único pensamiento era
encontrar consuelo en los brazos de Toni. Temblaba de frío y de nervios. Una vez
delante de la puerta, le acecharon las dudas. ¿Qué derecho tenía ella a dormir
en la habitación de la señorita? Sí, la había invitado pero... ¿Era correcto?
¿Era correcto ese sentimiento de impaciencia, esa dicha que correteaba en su
interior, hacia alguien de clase superior? ¿Le estaba permitido sentirse así o,
por el contrario, era un pecado terrible para una criada? Pensó en marchar pero
hubiera sido una falta de respeto hacia la señorita, que la esperaba. La
respiración jadeante la delató, no tuvo tiempo de seguir en sus reflexiones, y
Toni la llamó desde dentro.
- Pasa, estoy despierta.
Alba entró y, al momento, sus piernas fallaron incapaces de
seguir soportando tanta emoción. Toni, vestida con un batín masculino, se
apresuró a ayudarla a levantarse y la sostuvo entre sus brazos, animándola con
tiernas palabras, hasta estar segura que la doncella podía mantenerse en pie
sola.
- Ven, siéntate – y Toni la acompañó hacia una
mullida silla frente a su escritorio-. ¿Tan terrible ha resultado ser mi
madre? Cuando te dejé, tus mejillas eran parejas con el rojo de la
alfombra y ahora estás pálida como la porcelana.
Alba negó con la cabeza. Negó por reparo a confesar que sí,
que la señora le había llenado el cuerpo de miedo y una inquietud que no era
capaz de expresar con palabras. Tenía algo dentro que... que le cortaba la
respiración. Toni le quitó las horquillas que sujetaban el moño y le fue
deshaciendo las trenzas despacio mientras tatareaba una cancioncilla de cabaret.
Poco a poco, Alba fue recuperando el color.
- ¿Sabes leer? – le preguntó Toni.
- Un poco... Sí, sí sé, señorita – rectificó Alba
recordando el consejo de Martina.
- Bien, léeme unos pasajes de este libro.
Alba volvió a quedarse blanca ante el tocho que tenía
delante. Lo más largo que había leído nunca era el Padrenuestro y eso con mucho
esfuerzo para aprendérselo en el día de su primera comunión. Resignada, se
aclaró la voz y comenzó por leer el título mientras Toni le cepillaba los largos
cabellos castaños con delicadeza.
-"Las... las mil... mil y una... noches... –hizo una
pausa pero viendo que Toni pausaba también, continuó al momento-. His...
historia... del rey... el rey Scha... (no) "chariar" ... y su... mmm...
su heeeer... (aigh).. hermano... el rey... "charazá".
Agotada por la dificultad de la petición, Alba volvió a parar
pero esta vez Toni deslizó las púas del cepillo hacia su hombro y lo arañó.
- ¡Ay!
- Sigue –ordenó Toni.
- "Cuentaase... (¡Ay!)..."
- "Cuéntase" –la corrigió Toni.
- "Cuéntase que... en... lo... que... tra... trans...
(¡Ay!)... transcurrió... en... la... la... an... anti... anti...
(¡Ay!)... la antibedad... (¡Ay!)
- "Antigüedad"
- "Antigüedad... del... tiempo..."
El reloj del pasillo tocaban las dos de la madrugada cuando
Alba alcanzó el final de la primera página: "Y en seguida acudió hacia ella un
robusto esclavo negro, que la abrazó. Ella se abrazó también a él, y entonces el
negro la echó al suelo, boca arriba, y la gozó".
- "Y... la... gozó..." (¡Oh!)- Alba imaginó la escena
y se turbó, a Toni le pareció una reacción encantadora, como todo en
aquella jovencita.
La lectura había sido un suplicio. Los hombros y la espalda
enrojecidos de Alba lo demostraban. Toni se desabrochó el batín, dejando su
pecho desnudo, y se abrazó a ella por detrás. Alba sintió su irritada piel
arder, quemarse al contacto de aquel cuerpo caliente, pero le pareció un dolor
delicioso. Toni le besó las rozaduras, luego el cuello y le susurró al oído,
como en un largo suspiro:
- Vamos a dormir.
11. ¿Duermes?
Toni se despojó del batín de seda, cayó de sus hombros con un
cierto aire de melancolía, de la misma manera que se deshojan las flores. Alba
pudo verla sólo un momento, antes de que entrara en la cama y se cubriera, pero
aquella imagen quedó grabada en su mente como si hubiera sido una fotografía
instantánea, aunque Alba pocas fotografías había visto en su vida.
Los pechos de Toni no eran más grandes que sendas manzanas,
de una redondez perfecta y claros, tan claros como moreno era el rostro de su
dueña. A su vez, los pezones eran rosáceos, a Alba se le antojaron caramelos. El
vientre, sin duda cálido, apenas insinuado, acabado en un triángulo de suave
terciopelo oscuro como la noche. Si la acción de Toni no hubiera sido tan
rápida, Alba se hubiera arrodillado y hubiera inspeccionado aquella rosa oculta
de la misma manera que había inspeccionado las otras bajo la mesa. Prometía ser
única, dulce tal vez, intensa, llena de néctar...
De nuevo aquella excitación paralizante, el cosquilleo, las
ganas de llorar... Alba quería decirle: "Señorita, déjeme tocarla, déjeme
probarla...". Pero permanecía muda, sufriendo en silencio. Toni le indicó que se
metiera en la cama, hacía frío. ¿Frío?, pensó Alba, ella ardía con una fiebre
desconocida, si pudiera quitarse la piel, lo haría, sólo que el fuego nacía
dentro.
Se metió en la cama. Toni la arropó y le besó tiernamente en
los labios, como se besa una muñeca a la que aprecias, sin intenciones, apagando
después la lamparita y deseándole buenas noches. Entonces silencio.
Alba no entendía. Toni no hacía nada, descansaba a su lado,
callada y con los ojos cerrados. "Señorita, abráceme; señorita, tóqueme;
señorita, béseme como la primera vez...". En vez de eso, Alba preguntó en voz
baja, temblando:
- ¿Duerme, señorita?
Toni tardó unos segundos en contestar:
- Ahora ya no. ¿Pasa algo? –dijo en el mismo tono de
susurro.
- Yo... es que... Usted dijo que podría dormir con
usted.
- Y eso estábamos haciendo: dormir.
- Pero...yo creía que...que sería como antes, cuando
la vi en el salón de la música a solas.
- Si quieres algo, sólo tienes que pedírmelo.
Pero Alba no sabía qué palabras utilizar, no sabía cómo
expresar que estaba agonizando, y, aunque hubiera sabido, no se atrevía a
exponer sus deseos a alguien tan superior como la señorita Antonia, superior en
educación, en edad, en casta, superior en todo. Ella era la criada, a ella le
correspondía escuchar, obedecer y servir. Que Toni ocupara su lugar le parecía
una idea tan extravagante y absurda que la horrorizaba.
- No, yo... no, nada...
- Entonces, buenas noches, Alba.
Y la besó está vez en la frente, embriagándola con el aroma
tibio de su piel. Al momento, Alba sintió fluir el agua, como si de una copa
derramada se tratara, y empapó las sábanas bajo su sexo.
Intentó dormir. Se puso boca arriba, rezó mentalmente un
Avemaría, la respiración de Toni la distrajo cien veces. Se puso de lado, hacia
fuera, saber a Toni tan cercana y no verla la torturaba. Giró hacia dentro y el
dolor se hizo insoportable. Pasó media hora y Alba seguía dando vueltas. Le
molestaba la manta que aprisionaba sus miembros y enredaba sus pies. Quería
gritar, liberarse, saltar fuera de la cama y echar a correr. Volvió a preguntar:
- ¿Duerme, señorita?
Pero esta vez Toni no contestó. Y Alba, no pudiendo soportar
más el sufrimiento que oprimía su pecho, lloró. Un llanto callado para no
delatarse que pronto la tranquilizó y le mostró el camino.
Ya más relajada, recordó su apasionado encuentro con Toni en
la sala de música. Imaginó su beso, su mano, sus dedos... Sin darse cuenta, su
propia mano comenzó a proporcionarle consuelo. Alba no se había tocado nunca,
mas que para lavarse pero siempre evitando el contacto prolongado. Le habían
enseñado que el placer que venía de las partes pudientes no era bueno, debía
evitarlo. Alguna vez sintió curiosidad pero la vida en el pueblo no era ociosa y
por la noche, además de caer rendida en la cama, debía compartirla con dos de
sus hermanas pequeñas. Sin intimidad, sin tentaciones, con la firme convicción
de que prestar mayor atención a sus genitales era de persona sucia y mala, que
sólo le traería problemas y remordimientos de conciencia, no fue difícil pasar
tantos años ignorando la verdad. Una verdad que en casa de la señora Nuria no
encontraba escondite.
Recordó también la brusquedad de Ana el primer día. Su primer
orgasmo, doloroso, inesperado... que le abrió la puerta hacia un mundo
desconocido que, no sólo no le estaba prohibido explorar, sino que se le exigía.
Las bocas bajo la mesa, las lenguas... pero sobretodo Toni, que dormía a su
lado. Toni que se le acercaba, Toni que la besaba, Toni que la acariciaba... Eso
imaginaba Alba mientras se aproximaba al éxtasis.
Pero Toni no dormía. Si Alba hubiera prestado más atención a
la realidad y no a sus fantasías, hubiera visto dos luceros que la seguían
hambrientos. Toni no sufría menos que la doncella pero su propósito era firme:
Alba no sería como las otras, de ella lo quería todo. Y así aguantaba, con la
paciencia que le otorgaba su espíritu calculador, con la ambición de saber que
la espera le traería mayores satisfacciones. Alba sería su proyecto, su diamante
en bruto. Y al igual que en los negocios existía un momento para actuar y otro
para esperar y valorar los beneficios, con Alba sucedía lo mismo.
La entereza de Toni era digna de su estirpe pero la sintió
flaquear ante la boca de la jovencita, que exhalaba suspiros de placer. Se
hubiera lanzado encima suyo, le hubiera devorado esa tentadora boca, le hubiera
arañado (más de lo que ya estaban) los hombros, y amasado sus pechos, y mordido
el cuello y los pezones, y clavado el muslo entre sus piernas, y la hubiera
abierto con la violencia que corría ahora por sus venas y hundido la lengua en
su interior, y los dedos, y la mano y todo lo que se prestara. La hubiera hecho
gritar una vez y otra y hasta mil veces hasta que, al final, agotada, se
abrazaría a ella y le susurraría con el alma: te quiero.
El suplicio llegó a su momento crítico con el orgasmo de
Alba. Ella se convulsionaba, gemía, pronunciaba el nombre de Toni entre
jadeos... Toni apretaba los dientes, los puños, resistiendo con todas sus
fuerzas y una voluntad sobrehumana. Al fin, Alba se quedó completamente quieta,
recuperando la respiración, cediendo al cansancio propio de una hora tan tardía
y se durmió.
Toni se levantó de un salto, abrió la portezuela bajo el
escritorio, se sirvió medio vaso de whisky y lo apuró de un trago. ¿Qué le
estaba pasando?