Aventuras y desventuras de Elena
Elena tenía 34 años y un matrimonio pleno y feliz. Era una
hermosa hembra, alta y con un cuerpo de opulentas y armoniosas curvas. Tenía los
ojos verdes, de mirar caliente, un rostro de facciones muy atractivas y el
cabello castaño con reflejos dorados, rizado, pero que ella mantenía lacio
mediante el uso periódico de la correspondiente plancha.
Amaba a su marido, él la amaba y ambos gozaban de un sexo
intenso y desprejuiciado. Aquella tarde salió de la bañera y antes de secarse se
plantó ante el espejo que le permitía contemplarse de cuerpo entero.
Se sabía hermosa y deseada, muy deseada por compañeros de
trabajo, por conocidos y amigos del matrimonio, y por muchos desconocidos que
por la calle la comían con los ojos y al pasar le murmuraban obscenidades que
azuzaban sus fantasías más secretas, ésas que hasta su marido ignoraba. Le
pertenecían a ella y no estaba dispuesta a compartirlas con nadie. Eran su
mundo, su parte más profunda y a veces la sumían en la confusión al preguntarse
el por qué de esos desvaríos si con su marido lo tenía todo, tanto en lo
afectivo como en lo sexual.
Pensando en eso se encontró de pronto sobándose las tetas
ante el espejo, deleitándose con la resistencia que esa carne firme ofrecía a
sus dedos que ahora jugueteaban con los pezones duros y erectos.
Cerró los ojos mientras su respiración se agitaba y una mano
sin control racional, que en su fantasías eran muchas manos, fue bajando
despacio hasta su entrepierna. Se abrió los labios genitales e introdujo en su
concha dos dedos que comenzó a mover febrilmente alternando con movimientos
circulares del pulgar sobre el clítoris, que muy pronto emergió duro y erecto
mientras el abundante flujo se derramaba mojándole la parte superior de los
muslos. El baño se pobló de hombres que se abalanzaron sobre ella,
inmovilizándola dispuestos a todo. Movió la cabeza de un lado al otro varias
veces, como queriendo salir de ese trance, y volvió a mirarse al espejo, esta
vez con los ojos muy abiertos.
De pronto, unos golpes en la puerta y la voz de su marido:
-¡Elena!... ¡querida!... ¿pasa algo?... ¡me pareció que
gritabas!...
"¿Gritar?" –se preguntó alarmada. "Yo no grité..."
-No, mi amor, habrá sido en algún departamento vecino... yo
no grité, estoy bien, ya salgo...
-Sí, seguramente fue en otro departamento... es que me
asusté, ¿sabés?
-No, querido, tranquilizate... ya estoy con vos... –dijo
Elena y tomando el toallón comenzó a secarse mientras procuraba recuperar la
calma.
.................
Era imposible no reparar en semejante hembra. La cabeza
derecha, en gesto altivo, sus caderas balanceándose provocativamente, la mirada
desafiante, el vestido ajustado, con breteles y un escote muy generoso; vestido
de hilo blanco que contrastaba con el dorado de la piel.
Volvía de su trabajo en esa oficina del Gobierno y ocurría lo
de siempre: hombres que la devoraban con los ojos, otros que se detenían al
verla y la esperaban con un piropo subido de tono, alguno más audaz que la
seguía por varios metros intentando la conquista, e incluso no pocas mujeres que
la envolvían en miradas ávidas y calientes.
También en ella ocurría lo de siempre cuando vivía esas
situaciones. Sus fantasías la llevaban a imaginarse en poder de todos esos
hombres hambrientos de su cuerpo, y cuando pensaba en eso sentía que empezaba a
mojarse sin culpa alguna, ya que sólo eran fantasías.
Sin embargo esa tarde se preguntó: "¿Cómo me sentiría si
fuera verdad?... si todos éstos estuvieran sobre mí haciéndome lo que se les
antojara..." –y esos pensamientos la estremecieron provocándole cierto temor
pero al mismo tiempo una innegable excitación.
Nada ocurre por casualidad y tampoco fue casual que su amiga
Julia la llamara esa tarde, minutos después de que entrara a su casa.
"Tengo que contarte algo, Elena. Quiero que nos veamos esta
misma tarde", le había dicho, y acordaron encontrarse en un bar cercano una hora
después.
Julia ya estaba allí cuando Elena llegó a la cita. Tenía su
misma edad, pero ambas eran muy diferentes. Julia era gordita, pelirroja de piel
blanca, descuidada para vestir y muy poco femenina. Jamás había tenido novio y
Elena intuía que era lesbiana, aunque jamás le había sugerido nada en ese
sentido pensando que podría incomodarse. Cuando salían juntas nunca habían ido a
otro lugar que no fuera una función de opera, de teatro o de danza, ya que Julia
parecía no interesarse en locales como pubs donde pudiera existir la posibilidad
de entablar alguna relación prometedora.
Precisamente por eso Elena se asombró cuando su amiga comenzó
a hablarle de cierto sitio al parecer muy especial.
-Hace unos días alguien me habló del lugar y anoche estuve
allí. Es un local muy bien puesto, luz discreta, decoración sobria, muy bonito,
¿sabés? Van hombres solos, mujeres y también parejas y todo el mundo goza de
mucha libertad. Si alguien se interesa por vos te pide permiso y se sienta a tu
mesa, y vos podés hacer lo mismo con cualquiera. Y no pienses en prostitutas,
porque allí no las hay, todo es vocacional, querida, jejeje.
-¿Y vos compartiste con alguien anoche? –preguntó Elena menos
interesada en la respuesta que en ganar tiempo para poder ordenar las ideas que
bullían en su mente.
"¿Y si fuera a ese sitio?"... –pensó. "De todas maneras podré
poner el límite cuando yo lo considere necesario... Nunca he conversado con
ninguno de ésos que me echan los perros en la calle... ¿Y qué habría de malo en
compartir una copa y charlar con alguien en ese lugar al parecer tan
interesante?..."
En medio de sus pensamientos escuchó que Julia se había ido
acompañada la noche anterior y lo había pasado muy bien, aunque no mencionó si
esa compañía fue un hombre o una mujer.
-Fuiste muy franca conmigo, Julia. –dijo bajando la vista. –Y
siento que debo ponerme a la misma altura. Soy muy feliz en mi matrimonio, amo a
mi marido y con él no me falta nada en ningún sentido... Me entendés, ¿verdad?
pero... pero, ¿sabes?... a veces tengo... tengo fantasías...
-¡Ay, querida, contámelas! –la animó su amiga.
Ellena agachó aún más la cabeza y dijo:
-A veces... me imagino estar con varios hombres al mismo
tiempo... ¡Por favor, no me creas una puta!
-¡Pero claro que no!... –la tranquilizó su amiga. –Si sólo
son fantasías... ¿y quién no las tiene?... vamos, seguí... ¿qué es lo que te
hacen esos hombres?
-Bueno... todo... y yo les hago todo también porque ellos me
obligan, claro... –confió Elena.
-Escuchame, querida... –dijo Julia. –Llevás muchos años
casada y si bien no tengo por qué dudar de lo feliz y plena que te sentís en tu
matrimonio, creo que deberías conocer ese lugar... conocer otros hombres, hablar
con ellos, porque con lo buena que estás no tengo dudas de que se te
acercarían... Sólo hablar, Elena... Quizá tu mente se echará a volar cuando
estés sentada a la mesa con esos desconocidos, pero al fin de cuentas sólo será
una conversación...
-Ay, Julia, pero vos sos libre... Yo en cambio soy una mujer
casada y además, como te dije, amo a mi marido y tengo muy buen sexo con él
–arguyó Elena tratando de convencerse a si misma más que a su amiga.
-¿Qué mal te harías o le harías a tu marido por el hecho de
pasar un momento agradable en El Club?... No sería más que eso, un momento
agradable para salir un poco de la rutina...
-¿Así se llama? –preguntó Elena. -¿El Club?
-Sí, El Club, y ya mismo te paso la dirección –dijo Julia
sacando de su cartera un pequeño anotador y un bolígrafo. Cortó la hoja y se la
entregó a Elena, que no dudó en tomarla para luego mirar su reloj mientras
procuraba no trasuntar la excitación que la otra le había provocado con sus
palabras.
-Ay, Julia, créeme que me pasaría horas charlando con vos
después de tanto tiempo de no vernos, pero tengo que irme, ¿sabés?, es que
Federico no tardará en llegar a casa y me gusta estar allí cuando lo hace.
-No te preocupes, querida, nos vemos pronto, ¿sí?... y me
contás cómo te fue en El Club, porque estoy segura de que vas a ir. –dijo Julia
con una sonrisa sugerente.
Se besaron en las mejillas y Elena se retiró del bar seguida
por los ojos de su amiga.
"¡Qué culazo tiene!" –pensó la gordita.
..................
La idea de El Club, ese sitio desconocido, misterioso y
prometedor que le había mencionado Estela, quedó desde ese momento grabada a
fuego en la mente de Elena, que se debatía entre la tentación y ciertos temores.
Con Federico, su marido, practicaban de vez en cuando algunos
juegos de BDSM y esa noche, cuando él le propuso atarla, aceptó ganada por una
gran excitación.
"Atada significa indefensa..." –pensó. "atada cualquiera
podría hacer conmigo lo que se le antojara..." –se dijo mientras los latidos de
su corazón se aceleraban.
El hombre la hizo acostar en la cama boca abajo, con el
vientre sobre la almohada doblada en dos, y comenzó a amarrarle las muñecas y
los tobillos a los cuatro ángulos del lecho.
Así inmovilizada, Elena sintió que esa fantasía recurrente se
apoderaba otra vez de ella. Vio en su imaginación a varios hombres de rostros
borrosos y vergas enhiestas, palpitantes y listas para entrar en acción sobre su
cuerpo.
-No, por favor, no... no me hagan nada... –suplicó.
La voz de su marido la devolvió a la realidad:
-¿Hagan?... aquí sólo estoy yo, Elena... cómo que "no me
hagan"?...
-Ay, querido... son los nervios y la excitación... estoy muy
caliente así, a tu merced, y no sé lo que digo... –pretextó la hembra.
A su marido le fue suficiente la explicación y entonces dijo
después de darle una palmada en el culo:
-Claro que estás mi merced, y voy a hacer contigo lo que me
plazca...
-Sí querido, hacelo... hacé conmigo lo que quieras... usame a
tu antojo... soy tu puta... tu perra...
Fue una noche larga y ardorosa durante la cual Federico usó a
su mujer por todos sus agujeros, incluso con dildos y vibradores, y se derramó
varias veces en su boca después de muy buenas mamadas, práctica en la cual Elena
era una verdadera especialista.
Al día siguiente, en la oficina, recibió un llamado
telefónico de su marido:
-Querida, no quiero que te preocupes y por eso te llamo, para
avisarte que esta noche volveré muy tarde a casa. Ocurre que hemos quedado con
unos compañeros de trabajo en celebrar el cumpleaños de uno de ellos. Vamos a ir
a cenar, ¿sabés?
-Ay, Fede, qué buena coincidencia, porque con Julia habíamos
pensado en encontrarnos esta noche para cenar y ponernos al día con nuestras
cosas...
-Me parece muy bien, amor... Yo cenaré con esos compañeros y
vos con Julia... y al regreso a casa tendremos una buena fiestita, jejeje...
Y eso acordaron, aunque eran muy otro el plan de Elena.
Al llegar a su casa se tendió a dormir una siesta que le
diera energías para una noche que preveía muy especial. Despertó a las 7 de la
tarde y luego de una merienda ligera preparó un baño de inmersión con perlas
perfumadas y abundante jabón. Estuvo en ese menester durante más de media hora,
con su mente entregada a las más ardientes fantasías que finalmente la llevaron
a masturbarse.
Cenó muy liviano y comenzó a vestirse. Se dijo que debería
lucir muy sexy para la ocasión, y entonces se vistió con ese atuendo que sólo
usaba con su marido en la intimidad para sesiones muy especiales: corpiño negro
de media tasa con bordes de encaje, que elevaba y descubría buena parte de sus
tetas; tanga hilo dental, portaligas negro, medias de red, una mini brevísima de
cuero negro, con tajos a ambos lados, top blanco de seda y botas a medio muslo
de tacones altísimos. Se contempló durante un largo rato en el espejo de pie del
dormitorio, de frente, de costado, de espaldas y también adoptando varias poses
provocativas al par que curvaba sus labios en sonrisas sensuales e insinuantes.
Finalmente, satisfecha por completo se dispuso a salir de su casa rumbo a la
aventura. Previamente llamó a Julia para contarle que iría a El Club.
-Le dije a Federico que cenaría con vos, querida, y te lo
comento para que estés al tanto si es que él te llamara por alguna razón.
-Despreocupate, Elena... Y que te diviertas en El Club,
jejeje...
Eran las diez de la noche cuando en un taxi arribó a la
dirección indicada.
El Club, anunciaba un cartel de neón ubicado en lo alto de
una puerta de madera oscura que se advertía sólida y frente a la cual se
encontraba un hombre de color vestido con smoking. Lo encaró con un respetuoso
saludo y el hombre, luego de echarle un vistazo de arriba abajo, le franqueó la
entrada indicándole que sería recibida por una camarera.
Elena agradeció con una inclinación de cabeza y luego de
atravesar la puerta se encontró en un pequeño y corto pasillo desde el cual
podía advertirse el salón en penumbras mientras se escuchaba música suave en un
volumen discreto y muy apropiado para la conversación.
Allí vaciló un momento, presa de la duda ante el paso que
estaba a punto de dar. "Bueno, Elena, calmate... –se dijo. Si te sentís molesta
vas a poder irte cuando quieras..." –y esa idea la tranquilizó.
Avanzó despacio y cuando estaba por ingresar en el salón
propiamente dicho una camarera surgida desde la penumbra fue hacia ella.
-Bienvenida, señora. Buenas noches. –saludó y Magdalena pudo
ver que se trataba de una muchacha de unos veinticinco años, rubia, de pelo
lacio y muy largo, que calzaba botas rojas de tacos medios y estaba cubierta
apenas por un bikini de cuero de igual color que permitía apreciar las
excelencias de su cuerpo.
-¿Quiere seguirme, por favor? –dijo la camarera.
Elena fue tras ella mientras trataba de acostumbrar sus ojos
a la penumbra y así ambas llegaron a una mesa con tres sillas alrededor. Estaba
contra la pared del fondo, un poco a la izquierda.
-¿Le parece bien esta ubicación, señora? –le preguntó la
camarera.
-Sí, muchas gracias, está bien. –respondió y eligió la silla
contra la pared, con las otras dos a su frente.
-¿Qué desea beber, señora? –interrogó la chica.
-Pensó un instante y dijo:
-Vodka con naranja.
"necesito entonarme un poco para darme valor", pensó, y la
camarera marchó a cumplir con el pedido.
Mientras esperaba su trago, Elena se puso a estudiar el
salón, que estaba ocupado en un cincuenta por ciento, aproximadamente. Dos mesas
más allá había una pareja prodigándose arrumacos. A la derecha, un hombre solo,
de edad madura, que bebía parsimoniosamente. Vio también a dos mujeres jóvenes
sentadas una junto a la otra que conversaban como si no les importara el resto
del mundo, casi pegadas una a la otra y tomadas de la mano. Algo más allá, donde
la penumbra se acentuaba por la distancia, Elena vio a dos hombres que la
miraban, según creyó advertir. Desvió la vista, nerviosa, y en ese momento
volvió la camarera.
-Su pedido, señora. –dijo la chica, depositó el vaso de trago
largo ante ella, con un servilletero, y se alejó hacia la barra ubicada a la
derecha. Se acodó allí frente el barman y éste, un hombre de unos cincuenta
años, calvo y algo entrado en carnes, le dijo en voz baja inclinándose hacia
ella:
-Con lo que eché en su bebida en media hora estará lista.
-Bien, entraremos en acción ahora mismo. –indicó la camarera
y giró su cabeza para mirar a Elena justo cuando ésta llevaba el vaso a sus
labios.
Como si respondiera a un llamado fue hasta la mesa donde
estaban los dos hombres que observaban a Elena.
-Bueno, preciosa, ¿hemos empezado ya? –le pregunto uno de
ellos, de unos cuarenta y cinco años, moreno y robusto, de cabello escaso, ojos
pequeños y una boca de expresión cruel.
-Así es. –confirmó la camarera. –Me ha dicho José que en
media hora estará lista para llevarla.
-Bien, traenos entonces dos whiskys con hielo y nos
encargaremos. –dijo el otro, algo mayor que su compañero, muy delgado, de rostro
enjuto y nariz aguileña.
Inmediatamente tomó su celular, marcó un número y cuando fue
atendido dijo:
-Avisen a todos que en una hora estaremos allí con la nueva
perra. –y se volvió hacia su compañero:
-Un buen bocado, ¿eh?...
El otro se pasó la lengua por los labios y dijo con sus ojos
clavados en Elena:
-Bebé... eso es, perra, bebé tu trago que cuando despiertes
ya verás la sorpresa que vas a llevarte...
Poco después la camarera les trajo los whiskys y ambos, sin
perder tiempo, tomaron los vasos y se dirigieron hacia su presa.
-Buenas noches, señora... –saludaron casi a dúo y cuando
Elena levantó la vista hacia ellos el hombre de rostro enjuto dijo con una
sonrisa que procuraba ser lo más amistosa posible:
-¿Nos permite sentarnos?
Elena sintió que su nerviosidad aumentaba ante la inminencia
de otro paso adelante en esa aventura que había emprendido.
Tragó saliva y tratando de aparentar tranquilidad y controlar
el temblor de la mano que sostenía su vaso, respondió:
-Sí... sí, claro... siéntense, por favor...
-Es usted muy amable. –dijo el hombre robusto y una vez que
ambos estuvieron sentados, agregó:
-No la habíamos visto nunca por aquí. Soy muy fisonomista y
no creo equivocarme. Además, a una mujer tan hermosa como usted no se la olvida.
Elena se puso tensa al ver cómo el hombre había lanzado un
dardo de entrada, sin preámbulo alguno.
-Gracias, señor...
-Edgardo, mi nombre es Edgardo.
-Yo soy Antonio y por supuesto coincido con mi amigo.
–intervino el otro. –Vienen muchas mujeres muy hermosas aquí, pero créame que
usted se destaca, señora...
Elena bebió un nuevo trago de su vodka con naranja, apoyó el
vaso en la mesa y pronunció su nombre.
-Muy bonito nombre para una muy bonita mujer... –dijo el de
rostro enjuto.
-Y bonita ropa lleva puesta, Elena... la realza en su
belleza. –acotó el compañero inclinándose un poco hacia adelante y envolviéndola
en una mirada lasciva que ella no pudo advertir porque mantenía la vista baja.
Empezaba a sentirse extraña, un poco confundida, con algo de
temor pero a la vez con una dosis de cierto desenfado. La vista se le nubló por
un segundo, pero se recuperó de inmediato y dirigiéndose al hombre robusto dijo:
-Ay... por un instante creí que me iba a desmayar... Es que
casi nunca tomo alcohol y este trago es fuerte, aunque muy rico... –y sonrió
para preguntar:
-¿De veras cree que es bonita mi ropa?... ¿No resulta
demasiado... digamos, provocativa?...
-No creo que su intención sea provocar... ¿o sí?...
–intervino el de rostro enjuto.
Elena sintió que el rubor le hacía arder las mejillas.
-No, claro que no... sólo uso esta ropa para mi marido,
pero... pero pensé que sería apropiada para venir aquí...
-¿Y a qué ha venido, Elena? –preguntó el hombre robusto tras
beber un largo sorbo de su whisky.
-No lo sé muy bien... –respondió sintiendo que la situación
comenzaba a excitarla. Se sentía acalorada y de pronto se imaginó en brazos de
esos dos hombres. Opuso alguna resistencia a esa fantasía inquietante, pero fue
inútil. Miró las manos de ambos y alucinó que esas manos la desnudaban y luego
recorrían todo su cuerpo. Tragó saliva mientras los latidos de su corazón se
aceleraban, se tomó la cabeza y siguió respondiendo la pregunta:
-Quizás... quizá vine por curiosidad...
-¿Curiosidad?... yo diría que usted vino buscando algo,
señora. –la apremió el hombro de rostro enjuto dándole a la última palabra una
entonación muy especial.
Elena sentía cada vez más calor, un calor que la envolvía
toda mientras una especie de niebla iba invadiendo su cerebro. Abrió mucho los
ojos tratando de recuperarse y balbuceó mientras hacía esfuerzos por mantener
derecha la cabeza:
-No... no vine a... a buscar nada...
-¿Se siente mal, Elena? –dijo el hombre robusto. –Seguramente
es esa copa que ha bebido. No se preocupe. Dígame dónde vive y la llevaremos
ahora mismo.
Elena murmuró la dirección de su casa articulando
dificultosamente cada palabra y entonces los dos hombres, luego de intercambiar
miradas cómplices, la tomaron de los brazos y la condujeron hacia la salida
sosteniéndola con firmeza, porque sus piernas flaqueaban.
La camarera rubia, desde la barra, miró a los tres y se
volvió hacia el barman:
-Bueno, la pajarita ya está en la jaula. –dijo con expresión
de triunfo.
-Tiempo hace que no nos hacíamos de una presa tan apetecible.
–le contestó el barman.
-Y las ganas que le tengo... –acotó la camarera entrecerrando
los ojos.
Lo último que percibió Elena antes de desvanecerse fue que
ambos hombres la introducían en la parte trasera de un automóvil y le arrojaban
su cartera sobre las piernas.
................
Un intenso olor a humedad hirió sus fosas nasales mientras
abría lentamente los ojos. La conciencia volvía lentamente, muy lentamente a su
cerebro abotagado. Quiso moverse y sintió un tirón en el cuello, aprisionado en
un grueso collar de cuero unido por una cadena a un aro de metal empotrado en la
pared.
"¡¿Dios mío, dónde estoy?!", se preguntó aterrada
incorporándose con esfuerzo en el estrecho camastro de hierro donde la habían
dejado, sobre un par de raídas cobijas y una almohada sin funda.
Una vez sentada y sintiendo aún una sensación de mareo, pudo
ver que se encontraba en un estrecho recinto mal iluminado por una lamparilla
que pendía del cielorraso. El piso era de parquet en un mal estado y contra la
pared opuesta al camastro había un lavatorio y un inodoro, ambos artefactos en
deplorables condiciones de higiene, y junto a ellos un pequeño ventanuco
enrejado.
Se estremeció al comprender que esos dos desconocidos con
quienes había estado conversando en El Club no la llevaron a su casa sino a ese
lugar aterrador donde ahora la tenían y del que nadie vendría a rescatarla,
puesto que su marido ignoraba que había ido a El Club.
"Sólo mañana, cuando vea que no he vuelto a casa, llamará a
Llamará a Julia y entonces irá a El Club..." –se dijo. "Pero recién mañana... y
mientras tanto, ¿qué padecimientos deberé soportar?... Y aunque Federico vaya a
ese lugar, ¿cómo podría encontrarme si allí seguramente sólo podrán decirle que
me vieron salir con dos hombres?..."
Sus captores le habían quitado su reloj de pulsera y el no
saber ni siquiera la hora aumentó en ella su desasosiego. Intentó llegar hasta
la puerta, pero la cadena era muy corta y apenas pudo dar dos pasos.
Ganada por la angustia volvió a tenderse en el camastro a
punto de llorar cuando de pronto la pesada puerta de madera comenzó a abrirse
lentamente, con un chirriar de goznes oxidados.
Volvió a sentarse en el camastro y lanzó una exclamación
cuando vio a aparecer a la camarera que la había atendido en el club.
-Hola, belladurmiente... –dijo la chica sonriendo burlona al
tiempo que la envolvía en una mirada lasciva. Llevaba un bikini de cuero negro
cuyas pequeñas piezas estaban unidas por dos tiras con tachas de metal plateado.
Calzaba botas negras hasta la mitad de los muslos, con altos tacos aguja, y
empuñaba en su mano derecha un látigo de varias tiras.
-Usted... –murmuró Elena entre sorprendida y atemorizada.
-Sí, soy yo, puta... Deberás llamarme señorita Wanda. Voy a
soltarte de ahí y más vale que te portes bien si no querés que me enoje...
Elena asintió con la cabeza y mientras la rubia desprendía el
extremo de la cadena unida al gancho de la pared, le preguntó con voz
temblorosa:
-¿Dónde estoy?... ¿Por qué me trajeron aquí?... ¿Qué piensan
hacerme?...
-Estás en El Club del Placer, puta, y te trajimos aquí para
hacer realidad tus fantasías... –respondió Wanda deleitándose con la expresión
de asombro que se dibujó en el rostro de la prisionera.
-¿Mis... mis fantasías?...
-¡jJajajajajajajaja!... sí, tus fantasías de puta hambrienta
de pijas...
-Pero...
-¿Qué? ¿te extraña que sepamos eso, putona?...
-Es que...
-Es que nadie las conocía, ¿verdad?... Salvo tu amiguita
Julia...
Los ojos de Elena se abrieron al límite. Sí, sólo a Julia le
había confesado sus fantasías y ahora la camarera las había mencionado.
¿Significaba que su mejor amiga estaba involucrada en su secuestro? ¿Era eso
posible?
Wanda se dio cuenta de lo que la cautiva estaba pensando y
comenzó a canturrear la popularísima canción de Rubén Blades:
-"La vida te da sorpresas/sorpresas te da la vida"...
–mientras tiraba de la cadena arrastrando a Elena hacia la puerta.
-Vamos. –dijo. –Los Amos te están esperando ansiosos y tengo
que prepararte.
-Por favor... ¡por favor, no!... –rogó la prisionera
intentado retroceder, pero la rubia le dio una fuerte cachetada, la echó luego
al piso, sobre el cual cayó boca abajo, y le pegó un latigazo que dejó una marca
rojiza en sus muy apetecibles nalgas. Elena, temerosa, se incorporó frotándose
el culo a dos manos mientras sentía que a pesar del miedo estaba comenzado a
excitarse incluso en medio del impacto y el dolor que le había causado la
traición de Julia, cuyos motivos le resultaban incomprensibles.
(continuará)