Esta es una historia que me contó una amiga mía, que escribo
sin su consentimiento expreso.
Se trata de un hombre maduro que entró en contacto con ella,
a través de una publicación de un relato de dominación. Como consecuencia de
dicha publicación llegaron a pasar un fin de semana juntos...
El hombre, digamos Carlos, se citó con ella en un restaurante
de la zona alta de la ciudad, cerca del cual había reservado un apartamento por
24 horas. Cenaron tranquilamente, con una agradable conversación. El la preguntó
si estaba nerviosa y ella le confesó que sí, que mucho. El la tranquilizó
diciéndola que no le iba a pasar nada que no hubiesen pactado. Finalmente se
levantaron para dirigirse al apartamento. El llevaba en su deportivo rojo, un
pequeño maletín con distintos artilugios de tortura y juego. El apartamento
resultó ser agradable, con alfombras en el suelo del salón, un sofá y dos
sillones y además una habitación pintada de colores claros que comunicaba con el
cuarto de baño. Una vez curioseado el apartamento, volvieron al salón donde
Carlos encendió unas velas, creando un ambiente de intimidad.
Ella se dirigió al sofá para sentarse.
- Oye putita ¿quién ha dicho que puedes sentarte? ¡A partir
de este momento harás únicamente lo que yo te mande.! ¿Entendido?
- Si, contestó ella un poco asustada.
Lo siguiente fue una sonora bofetada que la hizo tambalear.
- ¿Cómo que sí ? Te dirigirás a mi, diciendo ¡SI AMO! ¿Has
entendido, puta?
- Si amo, respondió en voz baja.
- No te he oído bien? ¿Qué has dicho?
- Si amo, contestó más fuerte.
- A ver si aprendes más rápido, porque me pareces un poco
torpe, le dijo él, en tono despectivo.
- Ahora, ponte en medio del salón y quítate la ropa
Ella se quitó primero los zapatos, después la falda y
finalmente el top, quedándose únicamente con la ropa interior y las medias.
Volvió a sonar una nueva bofetada, ahora en la otra mejilla.
- ¿No me has entendido, zorra? Su voz sonó áspera.
– ¡He dicho que te desnudes, no que te quedes en ropa
interior.!
Rápidamente se desabrochó el sujetador y el tanga y junto con
las medias, las tiró al sofá.
El la vendó los ojos, de modo que no podía ver lo que
sucedería a continuación.
El hombre, dio unas vueltas alrededor de ella. Era como se
imaginaba después de ver sus fotos. Una verdadera diosa. Pechos duros y
redondos, coronados por unos pezones desafiantes. Una cintura esbelta. Piernas
largas y bien torneadas. Unos muslos capaces de poner en marcha las fantasías de
cualquier hombre. Un culo para penetrar con la lengua primero y con la polla
después. Y sobre todo, sus labios, con la forma perfecta para hacer una mamada
inolvidable.
La puso de cara a la pared. La esposó las muñecas y las ató
en un mueble. La ordenó que separase bien las piernas. Sacó un látigo del
maletín y lo chasqueó con fuerza en el aire.
Un estremecimiento de temor recorrió el cuerpo de la mujer.
Aunque aún no ha recibido ningún golpe, intuye que en cualquier momento el
látigo fustigará tu cuerpo desnudo.
Sin embargo a él, le apetece jugar un poco. Con la punta del
látigo recorre su espalda. Lo pasa en medio de la rajita de su culo. Sigue
bajando y nota sus muslos húmedos por los jugos vaginales que han empezado a
salir de su coño. Toca sus labios vaginales con el látigo. Se separa un poco y
empieza a fustigarla.
- Cuenta los latigazos, cerda
Ella empieza a contar con voz temblorosa.
Uno, dos, tres, cuatro...
Así hasta veinte. Su culo está al rojo vivo y siente un dolor
terrible. El hombre, la desata las manos quitándole las esposas y haciendo darse
la vuelta. Coge una de las velas y la acerca al cuerpo de la mujer, que nota su
calor y se pone rígida. El hombre, inclina la vela y deja caer unas gotas de
cera caliente sobre sus pechos. Ella da un grito de dolor, mientras por sus
mejillas resbalan unas lágrimas.
El quita la venda de sus ojos y recoge con la lengua las
lágrimas de la mujer. Empieza a besarla, pero ella quiere impedir que su lengua
entre en su boca. El hombre la fuerza y su lengua entra libremente en la boca de
la mujer, buscando la suya, quien comienza a responder el beso y así durante
unos minutos disfrutan de un pequeño descanso.
De repente, el hombre termina el beso, agarra los largos
cabellos de la mujer y empujándola hacia abajo la hace arrodillar ante sí.
- ¡Sácame la polla, zorra!. ¡Y hazme una buena mamada!.
Con prisa y torpeza, ella baja su pantalón y su calzoncillo.
El los aparta con sus pies, mientras que la mujer agarra con ambas manos su
polla, dura como una barra de hierro y empieza a chupársela. El hombre la ordena
que introduzca un dedo en su culo para estimular al propio tiempo su próstata.
- Muy bien puta. Sigue así. Me voy a correr en tu boca
asquerosa. Y quiero que te tragues toda mi leche, que no se pierda ni una sola
gota.
La masajea las tetas mientras ella sigue mamándosela. Más
tarde, la retuerce los pezones que cada vez se muestran más duros e hinchados.
- Asíiiiiii, guarra, chúpamela, toma zorrita, toma mi leche y
trágatela entera.
Un chorro de semen sale a presión, inundando la boca de la
mujer, que sin otra orden acaba tragándoselo.
- Qué putilla más rica eres, dice el hombre. Qué gustazo me
acabas de dar. Ahora necesito una copa. ¡Sígueme a cuatro patas!.
Ella lo sigue como una perrita, mientras el hombre saca una
botella de whisky y un vaso de un pequeño mueble-bar que hay en un rincón del
salón. Se los pone encima de la espalda y la ordena que los lleve así al sofá.
Como el suelo está alfombrado, no siente dolor en las rodillas, pero necesita
toda su destreza para que no se caigan la botella o el vaso. Cuando llega al
sofá, él ya está sentado. Pero antes de coger la bebida, juega un rato con sus
tetas. De ahí pasa a su coño que cada vez está más mojado e introduce dos dedos
en su culo girándolos en el interior de sus entrañas.
Ella aguanta esa nueva tortura con grandeza, sin quejarse y
ni siquiera moverse, por miedo de que se caiga la botella. Cuando termina de
beber el whisky, conduce a la mujer a la cama, recostándola en ella. Vuelve a
taparla los ojos y a esposarla, esta vez con los brazos y las piernas
completamente abiertas en forma de X, atados a los cuatro extremos de la cama,
dejando su coño completamente expuesto y abierto ante él.
El hombre se recrea durante un rato ante la visión. ¡Que
guapa es! Y piensa lo bonito que es tenerla así, para poder usarla a su antojo.
Es la mujer más guapa que ha conocido en su vida y va a ser suya...va a
convertirla en su putita personal.
Saca otra clase de látigo del maletín, compuesto de distintas
tiras de tela. Lo pasa por todo su cuerpo. Por su boca, sus pechos, sus pezones,
su coño. Esta vez la suavidad, le produce cosquillas a la mujer, que intenta
contener. Su respiración se hace cada vez más fuerte.
El hombre se aleja un momento y saca del mueble-bar unos
cubito de hielo. Pasa de nuevo el látigo de tiras por sus pechos. De pronto lo
retira y coloca los cubitos de hielo sobre sus pezones. Ella se asusta por el
frío repentino y deja escapar un gemido. Sus pezones se vuelven aun más duros y
grandes. Por el frío que ha producido el hielo, están ahora muy sensibles. El
hombre le coloca una pinza en cada pezón lo cual causa en la mujer un fuerte
dolor repentino. Da un grito de terror. Pero pronto el dolor se convierte en
placer, mucho placer.
Ella siente ganas de correrse, pero él se lo prohíbe.
Mientras él toca tu clítoris, juega con él, estirándolo y pellizcándolo. Nota
como tiene el coño empapado por completo y como se moja los dedos con sus jugos
vaginales. La mete unos dedos en la boca obligándola a que saboree y trague sus
propios fluidos. Saca los dedos de su boca y vuelve a tocar su clítoris. Ahora
coloca pinzas también en sus labios vaginales. Ella siente dolor pero al propio
tiempo, un placer que va en aumento. El hombre quita de manera brusca las pinzas
tanto de los pezones como del coño y eso la provoca un dolor mucho más intenso
que el que anteriormente causó su colocación. Pellizca con fuerza sus pezones
doloridos y masturba su clítoris que está completamente sensibilizado. Ella le
pide a gritos que la deje correrse, pero él la amenaza con que si lo hace, lo va
a pasar mal y retira sus dedos del clítoris.
Entonces, la coloca una mordaza en la boca para no oír sus
tus quejas y sin que ella lo espere, la clava inesperadamente un vibrador
enorme, de 30 cm de longitud y 8 de diámetro. El hombre coloca un esparadrapo
para que no se pueda escapar el vibrador y lo pone en marcha, mientras le
arrebata la mordaza y se sienta en el sillón para ver el espectáculo de la
corrida que pronto la sobrevendrá. El vibrador la estimula el clítoris sin
tregua. Al cabo de un par de minutos ella empieza a gritar, a causa de una
mezcla de dolor y placer. Con el mando a distancia el hombre aumenta la
velocidad del vibrador y ahora sí, le concede permiso para que se corra, lo que
hace al cabo de unos pocos segundos en medio de un fuerte orgasmo.
Mientras observaba ese espectáculo, el hombre se ha estado
masturbando y ahora siente ganas de correrse. Se acerca a la cama y se coloca
encima de ella. Nota su coño completamente mojado y le clava su polla hasta el
fondo de su vagina. Empieza a moverme rápidamente, su clítoris está aun muy
sensible y recibe con gran alegría esa nueva estimulación.
- Ven putita mía, la susurra. Toma mi leche. Córrete de
nuevo. Demuéstrame la puta que eres.
- Sí mi amo, fóllame, dame tu leche. Seré tu zorra para
siempre. Tu putita personal. Pero sigue follandomeeeeeeee!!
Ella le aprieta fuertemente la polla con los músculos de su
coño. Clava sus uñas en la espalda de él. Está como una perra en celo. Necesita
polla, necesita follar, necesita leche...
- Si mi amo, dame fuerte. Soy tu
puta...Yaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!!
En ese momento el hombre la llena el coño de leche, mientras
ella es presa de una cadena de orgasmos.
Descansan un cuarto de hora, y entonces el hombre la dice que
la siga a cuatro patas al baño. La ordena que le lave la polla, los huevos y el
culo. A él le encanta sentir el tacto de sus manos en sus partes más sensibles.
Llena la bañera con agua y se introducen en el agua caliente para relajarse un
rato. De pronto, el hombre se levanta, ordenándola que se quede sentada y que
abra la boca. Ella intuye lo que vendrá a continuación y gira la cabeza.
- ¡Si no quieres que te de una hostia, mírame!, la amenaza y
¡abre bien la boca!. Antes me he bebido yo un whisky. Ahora te toca a ti tomar
tu bebida.
Apunta con su polla hacia ella y empieza a mear.
- ¡Abre bien la boca puta, tragalo y mejor para ti que no se
desperdicie ni una sola gota!, la grita.
Esta vez ella le hace caso. Abre la boca al máximo y comienza
a tragar su lluvia dorada. Cuando termina, la manda limpiarse la boca y las
dientes. A continuación la abraza y la besa con ternura la frente y los labios.
- Vamos a la cama, putilla. Mañana nos espera un día duro,
especialmente a ti
El la hace acostar a sus pies y la ata la muñeca a uno de los
extremos de la cama.
... / ...
El hombre ignora la hora que era cuando, con un sobresalto,
se despertó. Intuye que algo ha sucedido, pero aun no sabe qué. Mira hacia el
pie de la cama. Ella no está. Quiere levantarse corriendo para buscarla y se da
cuenta de que esta esposado con una de sus manos a la cabecera de la cama. En
este momento, la mujer entra en la habitación, vestida de ama, diciendo:
- Veo que te has despertado cabrón. A ver si en el futuro
tienes más cuidado dónde dejas la llave de las esposas, jajajaja
- Suéltame puta, o te arrepentirás de eso, le responde en
tono amenazador.
Plaaaafffffffffffff. Ahora es ella quién le ha dado una
fuerte bofetada.
- Veo que aun no eres consciente de tu nueva situación,
responde la mujer. Pero pronto aprenderás. Vamos a poner las cosas claras,
gusano. He escondido tu ropa y por más que busques, no la encontrarás jamás. De
modo que puedes elegir entre dos cosas: seguir esposado a la cama y te torturaré
así o me prometes someterte voluntariamente a mis caprichos y en ese caso te
quitaré las esposas.
El hombre no contesta...Plaaaaaffffffff, ella le suelta una
nueva bofetada que le coge por sorpresa, dejando su mejilla marcada y tumbándole
de espaldas en la cama.
- ¡Levántate inútil!, grita ella, y ¡ponte de pie con las
piernas bien abiertas!
Esta vez, él decide seguir sus órdenes y se pone al lado de
la cama con las piernas separadas y en una posición poco cómoda al seguir con
una de sus manos esposada a la cabecera de la cama.
- ¿Te someterás voluntariamente?, ella repite la misma
pregunta de antes.
De nuevo el hombre se queda callado. Inesperadamente recibe
un fuerte rodillazo en los testículos, que le hace retorcerse de dolor.
- ¡Contéstame cerdo!, grita ella.
- Si ama, te lo prometo, responde débilmente.
- ¡Has elegido bien, esclavo!, afirma ella, con voz decidida.
Su mano alcanza la polla del hombre y le aprieta con fuerza
los huevos.
- ¡Aaaaayyyyyyy!, al hombre, se le escapa un fuerte grito.
- ¡Cállate, no te quejes tanto!, dice la mujer, con una
expresión de menosprecio en su rostro. Le mira y acto seguido le suelta un
escupitajo en plena cara. El hace un ademán para limpiarse, pero ella se lo
prohíbe.
- ¡Abre la boca!, le ordena ella.
El obedece y entonces, ella le escupe dentro de la boca.
- ¡Trágatelo!. Saborea el agua de la vida que te regala tu
ama, le dice ella con una sonrisa irónica.
- Voy a convertirte en mi mascota. Te pondré un collar y te
pasearé así por la calle para que todo el mundo, especialmente tus amigos y
amigas, sepan que eres mi perrito faldero.
El hombre está completamente humillado y vencido, listo para
entregarse a sus caprichos. Se da perfectamente cuenta de que a partir de este
momento se convertirá en el juguete de su Diosa, que hará con él todo cuanto le
venga en gusto. Levanta su cabeza y la mira. Recibe una nueva bofetada.
- ¿No sabes que a un esclavo no le esté permitido mirarle a
su ama a la cara?, le espeta.
- Para compensar tu falta, deberás adorar mis pies. Ponte a
cuatro patas delante de mí y lámeme los zapatos.
El hombre se arrodilla frente a ella y empieza a lamer sus
zapatos. Primero uno y después el otro. Los repasa con su lengua, de la punta
hasta el talón. Más tarde, le ordena que meta el tacón en su boca y lo chupe. El
esclavo cumple sus órdenes a rajatabla.
- Quítame los zapatos con delicadeza y acaricia y lámeme los
pies, le ordena.
El hombre le quita los zapatos y le acaricia ambos pies.
- Lámelos perrito y chúpame los dedos, le ordena ella.
El hombre toma de sus pies en su mano, lo masajea con
delicadeza y empieza a lamer la planta, el empeine, pasa su lengua entre sus
dedos. De repente, ella mete el pie entero en la boca de su esclavo, que empieza
a chupar cado uno de sus deditos.
- Con un poco más de entrenamiento, vas a ser un buen
perrito, le dice con algo de ironía en su voz.
- Ahora muestra tu alegría al ver a tu ama y muévete el
culito para saludarme, del mismo modo que hacen los perritos.
- Al hombre se le suben los colores a la cara por la
vergüenza que está pasando, pero no quiere disgustar a su ama y empieza a menear
el culo.
- Ja ja ja, así me gusta. Realmente vas a ser un buen perro,
se ríe su ama mirándole.
Le ordena que se levante. Le ata las manos por encima de la
cabeza y empieza a colocarle pinzas en los pezones. El hombre siente dolor pero
al propio tiempo placer y su polla reacciona, poniéndose dura, lo que provoca la
ira de su ama.
- ¡No te he dado permiso para excitarte!, le grita enfadada.
Tendré que castigarte y azotarte el culo, para que se te baje esa excitación.
Le hace dar la vuelta y empieza a pegarle en el culo con su
mano. Para poder golpearle con más fuerza, coge una pala de ping-pong.
- Te voy a azotar el culo con esta pala, le dice. Y quiero
que con cada azote que te doy, me des las gracias por ser tan buena contigo y
por esforzarme a educarte. ¿Lo has entendido?
- Si, contesta en voz baja.
- ¿Cómo que sí?.
- Si mi ama, rectifica rápidamente.
Empieza a pegarle en el culo con la pala y con cada azote que
recibe, él dice:
- Muchas gracias ama por ser tan buena conmigo y por intentar
educar a este perro inútil.
Se detiene después de 25 azotes. El esclavo tiene el culo
dolorido y rojo. Observa con satisfacción su obra. De nuevo, le manda darse la
vuelta. Empieza a colocarle pinzas en sus huevos. Coge con su mano su polla
flácida colocando también pinzas en ella. El hombre no puede remediar excitarse
de nuevo y cuántas más pinzas coloca en su polla, más dura se le pone. Ya lleva
8 pinzas en su piel y prepucio, pero a pesar de o quizás gracias a ello, su
miembro le apunta con vehemencia.
- Pero ¿qué te has creído guarro? ¿Te estás poniendo cachondo
a costa de mí? Pues de eso nada, monada.
Ella estira de manera brutal las pinzas para quitárselas, lo
que le provoca un dolor terrible y la pérdida inmediata de la erección. A
continuación le ata la polla con una cuerda de tal manera que imposibilita una
nueva erección. Ella toma la pala en la mano y comienza a golpear con ella su
polla y sus testículos. El hombre nota como un fuerte dolor se apodera de su
cuerpo. Justo en el momento que cree que va a desmayarse, ella decide tomarse un
pequeño descanso.
- Ven aquí esclavo. Voy a fumarme un cigarrillo y tú vas a
ser mi mueble.
Le hace ponerse a cuatro patas, colocando un cenicero encima
de su espalda. A continuación ella se pone cómoda en el sillón haciendo reposar
también sus piernas en su espalda. Pero en vez de tirar la ceniza en el
cenicero, la hace caer sobre la piel del hombre, causándole dolor y pequeñas
quemaduras.
- El la mira de reojo y ve su coño húmedo de la excitación
que está experimentando.
- Te gusta mi coño ¿verdad? Te gustaría follarme, ¿eh?. Pues
nunca me vas a tener. Mi coño no es para perros como tú. Lo podrás mirar, oler y
lamer como perrito que eres, pero nunca follarme. Es más. Soy yo quién voy a
follarte ahora.
Ella se pone de pie y se atas un arnés con un consolador
enorme.
- Ven aquí cerdo y chúpame el consolador, así estará un poco
lubricado y entrará mejor en tu culo. Ya ves como tu ama se preocupa por tu
bienestar, le espeta burlona.
El hombre chupa el consolador de su Diosa. Al cabo de unos
minutos se lo quita de la boca.
- Anda maricón, pídeme que te folle, le susurra.
- ¿Me follas mi ama?, pregunta en voz baja.
- Así no, ¡inútil!. Dímelo así: ¿Me haces el favor de
follarme, mi ama? Méteme por favor la polla.
El hombre sabe que es inútil no cumplir sus órdenes, por lo
que la dice en voz baja:
- Fóllame por favor, mi ama. Méteme por favor la polla en el
culo.
- No he escuchado nada. Repítelo y esta vez en voz alta.
Quiero que se entere todo el mundo de lo guarro y maricón que eres.
Y el repite gritando:
- Fóllame por favor mi ama. Méteme por favor la polla en el
culo.
- Claro que si maricón de mierda, voy a cumplir tus deseos
ahora mismo. Voy a reventarte el culo.
Ella se colocas tras el, le abre las nalgas lo máximo posible
y con un fuerte golpe de sus riñones, le clava el consolador en el culo sin
lubricación previa.
El hombre da un fuerte grito por el terrible dolor que
siente.
- ¡Cállate gusano!, le ordena la mujer.
Ella empieza a mover sus caderas, clavando la polla
artificial cada vez más dentro de sus entrañas. El culo del hombre se va
abriendo poco a poco para dejar paso al consolador. Con una mano, ella agarra su
polla y empieza a masturbarle. Pero le prohíbe que se corra.
De pronto deja de follarle y se sienta en el sillón.
- Túmbate en el suelo y mastúrbate para mí. Quiero ver salir
la leche de tu polla. Y después con mi zapato te la pisaré, esparciendo la leche
sobre tu cuerpo entero.
El hombre comienza a masturbarme y nota la mirada de ella
sobre su cuerpo desnudo.
- ¡Más deprisa esclavo!, le ordena ella y el cuerpo del
hombre empieza a convulsionarse, nota como el orgasmo se apodera de él. Cuando
la leche empieza a brotar de la polla, ella se levanta y la pisa con fuerza
sobre el vientre del hombre, haciendo que la leche corra sobre su cuerpo entero.
- Muy bien esclavo. Ya ves que tu leche me pertenece. A
partir de ahora solamente puedes correrte cuando yo te lo mande. ¿Lo has
entendido?.
- Si mi ama, lo he entendido, le contesta.
- Estupendo porque ahora quiero correrme yo y lo haré en tu
boca asquerosa, para que te tragues todos mis flujos.
Ella ordena al hombre tumbarse en el suelo, boca arriba, y
ella se coloca sobre él, con su coño exactamente sobre su boca. El nota su
excitación porque tiene el coño completamente encharcado. El empieza a recorrer
con su lengua el interior de su vagina.
Le encanta el sabor y parece que sus fluidos le ponen cada
vez más cachondo. Sus labios buscan y encuentran su clítoris y lo chupa
ávidamente.
- ¡Chúpame bien, perro!", le dice la mujer con la voz
entrecortada. Mueve tu lengua.
Ella restriega el coño sobre la cara del hombre, dejándola
empapada. Su polla está para reventar, pero solamente debe pensar en el placer
de su ama. Sus labios la chupan con frenesí y el contacto intermitente de la
lengua con su clítoris, causan una sensación de pequeñas descargas eléctricas en
su vagina. Por primera vez, ella pierde un poco los papeles, empieza a gemir
fuertemente y en el mismo momento que una gran convulsión recorre su cuerpo,
acaba desahogándose en la boca de su esclavo. Parece una fuente que rebosa, el
hombre apenas tiene suficiente capacidad para recoger y tragar todos sus flujos.
- Muy bien perrito, le dice finalmente. Te has portado muy
bien y como premio te daré una copita de cava.
Ella saca del armario una copa alta y estrecha. Se coloca en
cuclillas encima de ella y empieza a llenarla con su orina.
- Te beberás la copa entera, dice ella.
- Por favor mi ama, no me hagas eso. Moja el cuerpo de tu
perro con tu lluvia dorada, pero no me la hagas beber, que no podré tragármela,
suplica él.
- ¿Cómo te atreves a replicarme, esclavo?. ¡Cállate y
bébetela!. Anoche me hiciste tragar tu lluvia y ahora te toca a ti. Y si no lo
haces con alegría, tu castigo será terrible, contesta ella chasqueando al propio
tiempo el látigo contra la pared.
El hombre comprende que nada la hará cambiar de opinión. Coge
la copa y se la pone en los labios y empieza a beberme la meada. A medida que va
vaciando la copa, nota como el líquido amarillo deja a su paso un calor intenso
en el interior de su cuerpo. Y se da cuenta de que aparte de su lluvia, ella le
está traspasando a su cuerpo toda la excitación y calentura que ella llevas
dentro.
Toman un nuevo respiro. El la mira de reojo, ella lo nota y
le sonríe. El supone que los castigos se han terminado, pero aun le aguarda una
última sorpresa. Ella le hace poner a cuatro patas, le mete una mordaza en la
boca y monta encima de su espalda, incitándole a caminar. Le hace dar varias
vueltas por el salón y para que corra más rápidamente, le va golpeando los
testículos con sus tobillos.
De pronto ella le acaricia la cara y la nuca.
- Ya hemos terminado, Carlos. Te doy mi última orden. Llévame
al baño.
Cuando acabamos de ducharnos, el hombre la toma entre sus
brazos:
- ¡Cuánto te quiero, mi Diosa! ¡Cuánto te deseo!"-
Se cogen de la mano, dirigiéndose a la cama. El empieza a
besar el cuerpo desnudo de ella. Cuando llego a su entrepierna, se demora
chupándola. Cómo ella empieza a mojarse de nuevo, le abraza pidiéndole que se la
meta.
Empiezan a mover rítmicamente sus cuerpos, al principio
lentamente, pero a la medida que el deseo se va extendiendo, van acelerando cada
vez más. Sus lenguas se buscan y cuando se encuentran, se enlazan en un profundo
beso. El hombre nota como el cuerpo de ella se agita debajo del suyo. Sus
respiraciones se entrecortan cada vez más.
- Ven Carlos, ¡ahora!, ¡dame tu leche!
El no necesita más palabras. Todo el amor y deseo que tenía
su cuerpo retenido explotan en aquel instante y besándose apasionadamente, se
corren al mismo tiempo, terminando así el mejor polvo de sus vidas.