Estoy desnudo, completamente desnudo; mis manos no pueden
cubrirme (están atadas a mi espalda) y ningún vello puede ocultar mi sexo. Sobre
la tarima los veo pujar, reír, zaherirme. Un jarrón, un pez muerto, un caballo:
soy menos que ellos, soy menos que un animal, menos que un objeto. Soy el hijo
de un caudillo derrotado, el heredero de un reino destruido, el portavoz de una
cultura humillada que terminará desapareciendo. Soy un esclavo, y mi vida no
vale nada.
Los pelos rizados de mi cabeza arden al sol de la mañana. Son
los únicos pelos que me han dejado en el cuerpo, y lucen como laureles de fuego,
los laureles del perdedor. Algo más luce de mi: mi pene enhiesto como una lanza
que apunta hacia el público, hacia los que van a comprarme. Mi pubis erizado
brilla en toda su blancura, expuesto como mis huevos color melocotón, apretados
de la excitación. Es todo excitante, no puedo negarlo. Tan excitante como
malévolo.
La piel de mi polla está tersa y venas firmes la recorren: en
la punta todo se abre dejando al descubierto la piedra pulida de mi glande
rosado, jugoso, afrutado, sudoroso. Puedo oler su perfume desde aquí, su perfume
de contención y de placer y de dolor.
Mi vientre tiembla, al igual que mi pecho: ambos son rectos y
firmes, y al segundo lo coronan a los lados dos pezones rosados crudos como el
granito.
Ya sobre mis piernas de coloso adolescente se levanta el
conjunto, apuntalado por detrás por dos nalgas esponjosas que mi amo venera una
y otra vez por su gran parecido con las nalgas de las jovencitas: nalgas
pequeñas, como perlas y decoloradas como la leche.
Me hacen girarme una y otra vez para admirar mi glorioso pene
tanto de perfil como desde mi parte delantera. Creo que está a punto de
reventarme. Mi amo lo señala, pero no lo toca. En cambio, si masajea mis huevos
suavemente, con extremado cuidado, para mostrar lo delicados y hermosos que son.
También me coloca de espaldas al público cada cierto tiempo y me obliga a
agacharme. Yo obedezco con diligencia y precisión y un poco asustado: sé que si
no soy vendido hoy, terminaré trabajando en una mina o en alguna huerta lejana.
Cuando me agacho, mi amo agarra con soltura mis nalgas y las
separa: señala con rotundidad lo estrecho que es mi ano y repite una y otra vez
que nunca ha sido usado. Por eso soy tan caro.
La puja sube y sube, y, tras una cruenta batalla de palabras
observo con alegría que he sido comprado. Caras de decepción se extienden frente
a la tarima y una joven de mirada altiva sube hasta mi lado. Es mi nueva ama, y
quiere probarme antes de llevarme con ella.
Es de la alta sociedad: puedo verlo en sus ricos ropajes y en
sus joyas, y también en sus ojos soberbios. Es bella, muy bella: sus ojos
felinos me observan y yo bajo la mirada, como nos han enseñado que hay que hacer
cuando los amos nos miran. Me ordena abrir la boca y yo le enseño mis dientes
parejos, y ella me introduce la mano y me tira de ellos.
Seguidamente, me pellizca los pezones y los extiende y los
relaja, los extiende y los relaja. Baja a mi pene y lo agarra con decisión, pero
lo suelta y baja a los huevos. Los masajea con sus finos dedos de patas de
araña. Me ordena voltearme y sopesa mis nalgas, y me ordena agacharme una vez
más para abrirlas y contemplar mi ano. Cuando vuelvo a incorporarme, me vuelve a
agarrar el pene, aunque esta vez con más fuerza. La hilaridad recorre al
público, y yo puedo observar que los pezones de mi ama, pequeños, prácticamente
le agujerean la túnica mientras irrumpen desde sus pechos redondos.
Me sube la piel y me la baja, me masturba casi con cariño y
me corro, por fin me corro de manera grandiosa, abundante, y ella lo corrobora:
se queda conmigo.