La morena piel, sudorosa por la humedad y el bochorno
aplastante, transporta con su olor al lejano continente: la sabana africana
mojada por la cálida lluvia estival. Sabe a sal pero también a canela intensa;
adentrándote entre sus piernas descubres el aromático mango, abierto y preparado
para ser devorado por la boca que lo inspecciona. Los dedos del intruso
enredados en los hirsutos y apretados rizos buscan excitados adentrarse en las
profundidades de la jugosa fruta pero el amante es torpe o se haya demasiado
excitado para entretenerse en caricias; con un rápido y desesperado movimiento,
se desabrocha la bragueta del pantalón y extrae su órgano. Ella, sabia, adelanta
la cadera y lo recibe sin esfuerzo.
Del color del ébano, Kande es un digno ejemplar de las
mujeres de su raza: menuda y ágil, de pechos firmes y algo pequeños que indican
su joven edad, ojos grandes de un negro insondable con brillo de astucia, y la
boca rosada y fresca que invita a beber.
El hombre intenta aferrarse con dificultad a las caderas
resbaladizas por la transpiración. El interior de Kande es una cama mullida y
prieta, él intenta moverse como acostumbra pero es ella la que le tiene y le
mece. La oleada de placer llega sin querer y sin avisar, el hombre tiembla
mientras ella lo exprime despacio, asegurándose de vaciarlo. Sin soltarlo
todavía, lleva la cabeza hacia atrás para mirar al caballero que está sentado a
su derecha observándola. Un viejo de aspecto distinguido que las malas lenguas
comentan que había sido hermano de la costa, un lobo de mar sanguinario, pero
que ahora es un respetable y acaudalado almirante retirado.
"Amo", susurra ella con dulzura. El viejo da un golpe seco
con su bastón en el suelo podrido de la choza y, al momento, ella libera al
prisionero. Éste respira aliviado, se coloca bien la peluca y se guarda rápido
lo que ha recuperado dentro de los pantalones. Hurga en la bolsa y extrae un
buen puñado de monedas que deposita sobre la mesa, saluda al viejo caballero y
se marcha sin mediar palabra.