Cuentos de medio pelo: Lenore 1
Para Uds., me llamo Leonor. Soy viuda y comparto un viejo
caserón en San Fernando con mi hijo Stani, un adolescente ya veterano. Tengo un
poco más de cuarenta años, aunque aparento muchos menos: tengo buenos pechos -su
tamaño y volumen ha crecido con los años, sin pérdida de firmeza ni de
elasticidad-, una cintura delgada sostenida por buenas caderas, y mis piernas,
torneadas por los años que dedicados al ballet durante mi adolescencia y al gym
y al remo después, despiertan suspiros cuando me calzo un buen par de tacos.
Hasta aquí, el verso del establishment, el sistema o como quieran llamarlo. Debo
agregar que siempre hice una vida sana, sin alcohol ni tabaco ni por supuesto
drogas, y siempre disfruté sanamente del sexo, no de sus excesos. Me cuido mucho
en las comidas, y trato de no enojarme, ni angustiarme ni deprimirme por más
desastres que haya en mi vida. Por circunstancias de la vida -la prematura
muerte de mi amado esposo, Don Miguel- debí asumir el rol de empresaria y
aunque no soy lo que se dice una celebridad, mi imagen aparece periódicamente en
los medios; me reencontré con Patricia, una excompañera de la secundaria, una de
las pocas que a la muerte de mi marido se acercó a mí sin segundas intenciones,
y con quien aprendí que no solamente los hombres pueden hacer vibrar el cuerpo
de una mujer. También me dejó a Stani, hijo que tuvo con su primera mujer y con
quien nunca pude asumir mi rol de madre, aunque tampoco creí que me
guardara tanto rencor, ni que fuera capaz de hacerme tanto daño, a pesar de
haber llegado a mis oídos comentarios de las trastadas que se habría mandado con
algunas amigas mías.
Pero basta de tanto preámbulo. La historia que les cuento
comienza rutinariamente, verificando la correspondencia del día. Abro un sobre
manila y encuentro una nota armada con recortes de diario y un diskette. La nota
decía: "En el diskette encontrarás algunas fotos. Mirálas con detenimiento. En
unos días más te las enviaré a tu mail". Diskette en mano, bajé al Escritorio,
arranqué el equipo y lo metí en la diskettera. El diskette contenía solamente
tres archivos, en formato .jpg. Traté de abrirlos, pero tenían virus, y el
Norton los mandó inmediatamente a cuarentena. Sólo alcancé a leer los nombres de
los archivos antes de suprimirlos. Apagué el equipo y seguí con la
correspondencia del día.
Estaba en eso cuando me llamó Patricia, mi compañera de la
secundaria. Me pidió que verificara si mi equipo tenía virus, porque le había
llegado un mail infectado que me tenía por remitente. Así que bajé nuevamente,
encendí el equipo y disparé un scan de disco completo, que terminó con
resultados positivos: "0 archivos infectados". Ya que estaba ahí, fui a ver mi
casilla de mail. Encontré solamente dos mails que llamaron mi atención. Uno me
lo había enviado Patricia no más de una hora antes, pero ya estaba cubierto por
la llamada telefónica. El otro era un mail que aparecía como si yo me lo hubiera
enviado a mí misma, y con copias a algunas direcciones más. En él se decía:
"Echále una ojeada a los attachs. Tengo más fotos tuyas y se las entregaré a
gente que puede hacerte mucho daño si no obedeces mis instrucciones". Abrí los
adjuntos. Eran tres fotos en formato .jpg con muy mala definición, pero en las
que aún así me reconocía, y me espantó lo que ví.
En la primera, que parecía tomada en el living de casa,
aparecía completamente desnuda y abierta en X, puesta boca arriba sobre un
aparejo al que me habían fijado con grilletes en tobillos y muñecas. Toda mi
piel mostraba un brillo como de sudor, como si hubiera estado horas luchando
contra las ataduras que tensaban mi cuerpo.
La segunda estaba tomada en una habitación mohosa; me habían
desnudado y puesto a caballo sobre una silla barata, separado las piernas y
sujetado los tobillos a sus patas. Mis brazos rodeaban el respaldo de la silla,
inmovilizados por esposas que ya comenzaban a dejar trazas en las muñecas. Veía
en mi espalda las estrías rojizas y los morados moretones que habían dejado la
caña y la porra de goma con que me habían tratado. Un tocadiscos de pésima
categoría puesto a todo volumen me ensordecía y tapaba mis gritos.
En la tercera aparecía con las muñecas y codos atados atrás.
Con otra soga habían vuelto a amarrar mis muñecas, y pasado la soga por una
polea sujeta al techo, de tal manera que al tirar del otro extremo izaban mis
muñecas hasta no dejarme más opción que inclinarme hacia adelante y ponerme en
puntas de pie. Totalmente desnuda, con la cara llena de lágrimas y la piel
cubierta de sudor, temblorosa por la posición forzada en la que me
encontraba, con todos los músculos tensos, mi cuerpo mostraba los estragos que
horas de castigo habían dejado. Desde la espalda hasta las rodillas, esas horas
habían convertido mi espalda, nalgas y piernas en un amasijo de carne, sangre y
sudor que sólo atinaba a gemir.
A mi alrededor oía voces que elogiaban mis formas, y escuché
a uno de ellos: “Ya vas a ver cómo gozamos de esta puta. Mirá, tiene los ojos
cerrados porque no aguanta más, escuchá cómo respira...”. Otro: “Me muero por
clavársela en el culo, vamos a llenarla de leche...”.
Me estaba volviendo loca. Mirando las fotos, me reconocía en
ellas y cualquiera que me conociera, me reconocería en ellas. Empezaba a
escuchar voces lascivas. Seguí leyendo la nota que las acompañaba. “A partir de
ahora vas a obedecer todas mis instrucciones... Caso contrario, me ocuparé de
que estas fotos tengan su debida difusión".
En eso, escuché a mi hijo: “Mamá, ¿qué te pasa?”. “Nada,
nada”, respondí, escondiendo las fotos bajo mis manos. Estaba loca.
Completamente loca. Ni me había dado cuenta de la presencia de Stani. A partir
de las fotos que algún extraño me había enviado por correo, desarrollaba un
montón de fantasías. Guardé todo hecho un bollo, y fuí a la cocina a tomar un
vaso de agua.
“Mamá, ¿qué te pasa?”, me preguntó Stani. “Nada, nada, hijo,
me voy para la Empresa” le respondí, mientras lavaba el vaso y lo volvía a
colocar en su lugar. Terminé de vestirme, y llamé a un remise de confianza. Las
fotos me habían puesto tan nerviosa que ni me animaba a manejar.
"La Empresa" es un laboratorio de especialidades veterinarias
para grandes animales, creado por mi esposo, y a cuya temprana muerte heredé
todo el complejo. Apenas llegué esa mañana, mi secretaria me informó que el
Gerente Financiero quería verme urgente. "Avisale que lo veo a última hora",
respondí a Mercedes, y me tomé mi tiempo para aterrizar y resolver cuestiones de
rutina. Necesitaba trabajos de rutina para reequilibrarme. Todavía seguía
pensando en lo que me había pasado en casa. Estaba ordenando papeles,
contestando a mails que tenía en espera desde la semana pasada, cuando
nuevamente me informó mi secretaria de la urgencia del Gerente de Finanzas.
"Nada urgente puede tener entre manos", respondí, mientras mis manos seguían
trabajando maquinalmente. Cuando consideré estar en condiciones, tuve
entrevistas con la gente de I&D, luego con Operaciones, y sobre el mediodía salí
a almorzar.
La larga caminata que hice tras el almuerzo terminó de
recomponerme. Volví a la oficina, y me dirigí inmediatamente al despacho del
Gerente de Finanzas. Confieso que entré intempestivamente. Patricio Ronaldo
-"Ronnie", para los amigos- era un poco más joven que yo. Pertenecía a la
primera camada de empleados de la Empresa. Era uno de esos gerentes típicos de
los noventas, capaces de vender (y lograr que les compraran) arena en el
desierto. Lleno de empuje, en su juventud había sido rugbier, disponía además de
una excelente formación profesional: un primate elemental al fin. "¿Qué puede
ser tan urgente como para que me reclames tantas veces?" le pregunté de muy mala
gana. "Esto que me llegó en la mañana de hoy" me contestó, apuntando con el dedo
la pantalla de su PC. "Estos mails son alarmantes, basta con que los mire;
siéntese y véalos por usted misma, Doña Leonor". Eran del mismo tenor y las
mismas imágenes que había visto en casa, ese mismo día, a la mañana.
Hipnotizada, me llamó la atención un párrafo: "...queda a su criterio el uso que
de esta información haga...", cuando Ronnie me tomó del brazo y me ordenó:
"Avisale a tu secretaria que nos dejen tranquilos por una hora, que vos y yo
tenemos que conversar, que no nos pasen llamadas telefónicas a menos que se esté
incendiando la empresa".
Viendo las imágenes en su poder, me dí cuenta que no tenía
alternativas. Este primate había encontrado un filón, y no iba a abandonarlo.
Esas imágenes me dejaban totalmente indefensa, y él lo sabía: "Ahora
bloqueá la puerta, que vamos a pasar un rato de sano esparcimiento". Fuí y cerré
la puerta de tal manera que no pudiera ser abierta desde afuera, y cuando me
volví, me tomó por las muñecas, separándome los brazos del cuerpo. Sentí su
mirada bajar lentamente desde mis ojos hasta posarse fijamente en mis pechos.
Comenzó a desabrocharme la blusa. Intenté resistirme, pero me respondió con una
palmada en la cola: "Vamos, quietita que las cosas se te pueden poner muy
feas..., andá sacándote el corpiño y dámelo". Se lo dí con la mirada gacha,
pensando sabe quién en qué cosas, mientras trataba de cubrir mis pechos. Me
cruzó una bofetada que me sacó sangre del labio mientras me decía: "Parece que
no te das cuenta de tu real situación. A partir de ahora las órdenes las doy yo,
vas a hacer pura y exclusivamente lo que yo ordene -mientras comenzaba a tomarme
fotos- vas a tener que grabarte en la cabeza que con vos puedo hacer cualquier
cosa que se me ocurra, ahora levantá la cabeza y mirá la cámara -mientras seguía
con las fotos-. Levantá los brazos, juntá las manos detrás de la nuca y arqueá
la espalda, los hombros y codos para atrás, quiero que esos pechos luzcan en
todo su esplendor" -mientras seguía tomándome fotos, y yo adivinaba la firme
erección bajo sus pantalones-. "Bien, basta de fotos por ahora -mientras me
llevaba del brazo y me sentaba en un sofá-. Entonces comenzó a besarme toda:
sentía la punta de su lengua recorriéndome el cuello y bajando hasta los
hombros, y luego emprendía el camino de retorno terminando en mi boca, con sus
dientes retenía mi lengua para acariciarla con la suya, me mordisqueaba los
labios, pero lo peor fue sentir sus manos sobre mis pechos, pasaba de las suaves
caricias a los más viles manoseos, los estrujaba para provocarme dolor a
sabiendas, y cuando se dio cuenta del disfrute que le daba mi dolor, terminó
pellizcando y mordiendo dolorosamente mis pezones, mientras sus manos estrujaban
y retorcían mis pechos, y sólo se detuvo cuando uno de mis pezones comenzó a
sangrar. Basta, por favor -pensé- haría cualquier cosa con tal de que este
animal dejara de lastimarme los pechos.
Me tomó entonces del brazo y a los tirones me hizo rodear su
escritorio, se sentó y me dejó de rodillas entre sus piernas: "No te va a venir
mal que practiques un poco de oratoria. Vos ya sabés lo que tenés que hacer.
Abrime la bragueta, sacala y chupámela". Confieso que nunca antes había hecho
algo así, y se notó en mi torpeza, aparte del pánico que comenzaba a embargarme.
No podía sincronizar mis dedos para desprender la abotonadura de la bragueta, lo
logré después de grandes esfuerzos y de recibir varias cachetadas -"¡Tenés que
ponerte más práctica en esto!" me dijo-.Yo hubiera hecho cualquier cosa con tal
que dejara de maltratar mis pechos, y cuando terminé de abrirle la bragueta ví
su pene estallar delante de mi cara. Lo veía latir enorme, grueso, de una
tonalidad marrón y surcado por venas azuladas que contrastaban con el tono
rosado del glande. Con miedo y mucho asco curvé los dedos, lo agarré, y cuando
ya iba a metérmelo, él me interrumpió: "Vas demasiado rápido. No quiero que me
la chupes todavía. Agarrala bien de la base, y con la punta de la lengua me la
recorrés hasta la punta. Hacélo". Me tuvo varios minutos así, y continuó: "Antes
de que me la chupes, voy a lavarte los dientes". Dicho esto, se puso de pie, me
tomó por las orejas, me la insertó entre la línea de dientes y el cachete y
empezó el atroz bombeo. Ya empezaban a dolerme los labios, totalmente deformados
por el grosor de su miembro. Con cada embestida, sentía las comisuras a punto de
partirse. "¡Bueno, ahora sí podés empezar con lo que te gusta, puta!". Me tenía
sujeta por el cabello, y sus embestidas se volvieron lentas y profundas,
mientras lo sentía disfrutar de la tibieza de mi garganta, o disfrutaba también
sintiendo cómo me ahogaba cuando tras una profunda embestida dejaba su miembro
obstruyéndome la garganta... Hasta sentí como una liberación su semen sobre mis
ojos. Estaba acabando en mi cara, sentía su semen chorreando de mis mejillas,
pero sentí que por fin estaba terminando. Me soltó, tomó nuevamente la cámara e
inició una nueva serie de fotos. "¡Mirá a la cámara, puta, o te vuelvo a
sembrar!" -mientras seguía disparando la cámara-. Le obedecí. Ya me sentía
demasiado dolorida, demasiada cansada, demasiado sucia para resistirme. "Es
suficiente por hoy -dijo mientras conectaba la cámara a su notebook- vestite y
andá al baño, arreglate un poco que tenemos que seguir conversando".
Me lavé la cara y dejé que el agua fría sobre la piel me
devolviera algo de compostura. Me lavé la boca, pero por más buches que hice no
conseguí sacarme de la boca el regusto a semen que sentía había invadido todo mi
cuerpo. Me soné la nariz y ví con horror que el pañuelo quedaba manchado con una
mezcla de sangre, moco y semen. Tenía los pechos tan doloridos que no pude
volver a ponerme el corpiño.
Cuando creí estar en condiciones salí del baño con el corpiño
en la mano -manchado con sangre que había brotado del magullado pezón-. Ronnie
me invitó a que me sentara a su lado: "Dame el corpiño, que lo voy a guardar de
recuerdo, y ponete éste, que te va a resultar más cómodo". Atiné a volver al
baño, pero no me dejó: "No, sacate la blusa y ponételo acá delante mío...". No
tuve más alternativa que obedecer; avergonzada y culposa, sentí su mirada
lasciva recorriendo mis senos como antes habían sido recorridos por sus crueles
manos. Hinchados como habían quedado, mis pezones sobresalían y se adivinaban
aún bajo la blusa. Mientras me obligaba a que mirara las fotos que me había
tomado, sentí su mano levantarme la pollera y acariciar mis muslos. "Como te
imaginás, hace años que vengo esperando una oportunidad como ésta, y no la voy a
desaprovechar. A partir de hoy voy a hacer realidad todos mis sueños -una de sus
manos se había deslizado bajo la pollera y acariciaba el interior de mis
muslos-. A partir de ahora me vas a hacer caso en todo. Caso contrario, haré que
las fotos que estás mirando tengan su debida difusión -cada palabra sonaba como
un martillazo en mis oídos, ¿cómo era que había caído en manos de semejante
animal?-. Ya con más tiempo hablaremos de mi nueva posición dentro de la
Empresa. De aquí en más, cuando estemos a solas te vas a dirigir a mí como "Mi
Señor". ¿Estamos de acuerdo?". No había terminado de decir "Sí" que una bofetada
me tiró al piso. "¿Cómo escuché?". "Sí, Mi Señor" respondí, con lágrimas en los
ojos. "¿Cuánto valen todos los años en que me tuviste en un cargo secundario?
Bloqueaste mis proyectos, nunca me evaluaste debidamente. A partir de ahora vas
a conocerme mejor. Para empezar, más vale que vayas comprando ésto" -me dijo,
alcanzándome un papel que ni miré, lo doblé y guardé en la cartera cuando volví
a mi oficina. Ordené más o menos las cosas que me quedaban sobre el escritorio,
hice por Internet las compras que "Mi Señor" me ordenó, con entrega urgente en
casa, destruí la documentación que pudiera haber quedado en el equipo, y
realmente, escapé de la oficina.
Volví a casa con la idea de descargar y escapar del clima
opresivo que sentía en la Empresa. Durante el trayecto de vuelta a casa, intenté
desentenderme de todo lo que me había pasado, pero no lo logré. El dolor en los
pechos se iba y volvía. Me temblaban los labios. No podía pensar en nada, salvo
que me encontraba absolutamente indefensa ante un psicópata. Lo único que hice
al llegar a casa, fue preguntarle a Ursula si ya había recibido unas compras que
hice vía Internet -"Sí, señora, están en las cajas del living"-, cené y me tomé
un Valium para poder dormir. Ni siquiera con el baño que tomé antes de la cena
ni con la cena logré quitarme la vergüenza ni el regusto del semen que había
tragado.
A pesar del Valium, no logré conciliar el sueño durante toda
la noche. Permanentemente me asaltaban pesadillas en las que se mezclaban las
imágenes que había recibido por mail, la experiencia atroz del día, los miedos
del día siguiente y algunas fantasías de estudiante católica que nunca había
vuelto a recordar hasta ahora. En mis pesadillas se mezclaba el recuerdo de las
imágenes que había recibido en la mañana con Cristos sangrantes, vírgenes
evangelizadoras martirizadas por salvajes nativos de ignotos parajes, me veía
azotada, humillada y usada por legionarios romanos la noche víspera de mi
crucifixión. Me levanté y fuí a ver el contenido de las cajas. Lo último que
recuerdo fue haber desembalado y guardado lo que contenían en un bolso de mano,
que alcancé a ocultar en el placarcito ubicado en el palier. A la mañana
siguiente Ursula me encontró tirada sobre un sofá del living y me despertó, como
siempre, con la sonrisa del gato de Cheshire en su boca: "Señora, ¿se siente
usted bien?. Me fui a dar una ducha. Un nuevo día había comenzado.
Un nuevo día había comenzado, pero me sentía como si no
hubiera descansado en lo absoluto. El dolor de cabeza me tenía de muy mal humor,
todavía me dolían los pechos y después de la ducha noté que el pezón que Ronnie
me había mordido seguía hinchado. Otra cosa que noté, de la que no me había dado
cuenta antes de acostarme, consistía en marcas de arañazos en las caderas,
moretones en las nalgas y un terrible ardor en el recto. Me miré en el espejo y
ví unas tremendas ojeras. Traté de disimularlas con el maquillaje, pero no pude.
Tampoco pude calzarme el corpiño, así que fui a buscar y me puse el que Ronnie
me había dado. Mi estado era deplorable. Mientras desayunaba, decidí que no iría
a la oficina, le comuniqué tal circunstancia a mi secretaria -manejaría
cualquier urgencia desde la computadora de casa- y le pedí que me excusara y
difiriera cualquier evento que necesitara mi presencia personal. Volví al
dormitorio para ponerme ropa más cómoda -qué alivio cuando me quité el corpiño-
y me puse una blusa de gasa, que sentí como un bálsamo sobre mis maltratados
pechos.
Bajé al Escritorio, encendí la computadora y la conecté a la
red de la Empresa. Busqué un cigarrillo, lo encendí y salí a fumar al jardín.
Estaba en eso cuando ví salir a Ursula -"Tiene una llamada urgente de la
oficina, señora"-. Tomé el inalámbrico, y gracias a Dios Ursula ya se había ido
cuando mis manos comenzaron a temblar: "No estás autorizada para tomarte el día.
Acordate que para todo lo que hagas en la Empresa tenés que pedirme autorización
a mí. Entiendo que podés estar muy shockeada por lo de ayer, pero te deniego tu
pedido. Te espero a las 14 en la oficina de Talcahuano. Traéte lo que te
pedí que compraras".
Las viejas oficinas de Talcahuano y Córdoba habían sido el
emplazamiento original de la Empresa. Cuando nos mudamos a la nueva sede
trasladamos toda la documentación, pero dejamos todo el moblaje y útiles. Fue
decisión de Don Miguel conservar el viejo edificio vaya a saber por qué razones,
y desde su muerte había quedado así; y dentro de la Empresa, solamente Ronnie,
el encargado de mantenimiento y único ocupante -a quien todos conocíamos como
"El Burro"- y yo teníamos llaves de acceso, pero ese día me las había olvidado.
Y aquí estaba, parada como una boluda frente al portón de entrada, tocando el
timbre para que me abrieran. En realidad no me sentía como una boluda, o sí, me
sentía realmente mal, como una oveja mansamente conducida al matadero. Estaba en
estas cavilaciones cuando me sorprendió que Ronnie abriera la puerta. Esperaba
que fuera El Burro quien me abriera la puerta, y apenas entré, me tomó por la
cintura y me besó. Sentí su lengua llegar hasta la garganta, pero esta
desagradable sensación se esfumó cuando su brazo rodeó mi cintura, y
reteniéndome por la nalga, me hizo avanzar hasta el final del pasillo, me
arrinconó de espaldas contra la pared, y frente a la puerta de su antiguo
despacho, acarició y estrujó mis pechos, mientras sentía su lengua lamerme las
mejillas. Me metió en su antigua oficina y me sentó en la única silla que había.
Ató mis manos a la espalda con unas esposas, anudó mis codos juntos, me separó
las piernas y ató por el tobillo cada una de ellas a las patas de la silla. Creo
que grité casi instintivamente cuando quiso manosearme nuevamente, me amordazó,
y apoyando la palma de su mano en mi frente empujó suavemente mi cabeza hacia
atrás. Entendí su mensaje. "No te resistas que puedo desnucarte", creí entender.
Me levantó por los sobacos y los encajó sobre el respaldo de la silla,
retrocedió un paso y clavó sus ojos en mis pechos. Dió otro paso atrás y sentí
su mirada lasciva recorriendo mi cuerpo. La presión del respaldo de la silla
sobre mis sobacos me hizo inclinar la cabeza y proyectar los pechos hacia
adelante, y lo ví humedecer sus labios con la lengua y morderlos, mientras
concentraba su mirada en la prominencia que mis pezones destacaban sobre la tela
de la blusa.
Se acercó nuevamente, se inclinó y sentí sus manos sobre mis
pechos. Los acariciaba y estrujaba con toda la mano con movimientos circulares,
mientras reservaba los pulgares para sobarme los pezones. Su abuso me pareció
que duraba una eternidad, y cuando se detuvo, fue para quitarme la blusa. Noté
que se moría por desgarrarla, pero pudo contenerse y desabrochó los botones uno
por uno, dejando aún prendidos los del vientre. Con la mordaza tan apretada como
me la había puesto, lo único que podía hacer era mover mi cabeza frenéticamente
de un lado a otro, pidiéndole que se detuviera. Me descubrió los hombros y luego
los pechos con un tirón seco que me dejó sin corpiño, expuestos a la voracidad
de su boca. La posición en la cual me encontraba atada dejaba mis pechos
apuntando hacia el techo, como si estuviera acostada desnuda, en total
vulnerabilidad e indefensión. El se dió cuenta y empezó a lamerme, apoyaba toda
la lengua en la base de la teta y la retiraba a medida que iba subiendo, hasta
que la punta terminaba con cosquillas y lengüetazos sobre el pezón. Cuando había
terminado con una, giraba a mi alrededor y se ubicaba del otro lado para atender
a la otra. Me sentía tan humillada que no me importaba lo que con mi cuerpo
hiciera. Pero lo que realmente me preocupaba era que todo este jugueteo con mis
pechos empezaba a excitarme. En un momento más interrumpió su juego, una de sus
manos me sobó la rodilla, y comenzó a trepar hacia mi entrepierna, mientras me
acariciaba la cara interna del muslo, con un dedo corrió la tanga, y sentí
dentro de mí la aspereza de otro absorbiendo la cálida humedad de mis entrañas.
Acercó sus dedos a la nariz, disfrutando del aroma en que habían quedado
impregnados, y me dijo: - "Lo estás disfrutando, puta, ¿nocierto que lo estás
disfrutando? ...pero lamentablemente, me tengo que volver para la oficina; te
voy a dejar en un lugar donde no puedas crearme problemas". Me quitó uno de mis
zapatos, deshizo las ataduras de los tobillos, me tapó los ojos cubriendo mi
cabeza con una bolsa negra de plástico, me levantó del brazo, me sacó
semidesnuda de su oficina y me llevó casi a la rastra por el pasillo y luego por
las escaleras hasta el segundo subsuelo, donde a los empujones me hizo entrar en
la sala de máquinas. Llegué toda llena de moretones porque en el recorrido
tropezaba, me torcía el pie descalzo y me caía una y otra vez, menos mal que
pudo sujetarme cuando estuve a punto de rodar por las escaleras. No sé cómo pude
hacerle entender que me quitara la bolsa de la cabeza porque me estaba
asfixiando, pero se limitó a destaparme la boca y la nariz. Me hizo poner de
rodillas y temí lo peor. Pero no me quitó la bolsa ni la mordaza. Escuché ruido
como de cadenas y sentí sus manos rozando las mías cuando enganchó las ataduras
de las muñecas a una cadena. Me puso el zapato que me faltaba y quitó la bolsa
que me tapaba los ojos. Escuché después el ruido de un motor eléctrico
poniéndose en marcha, al mismo tiempo que sentí que tiraban de mis muñecas para
arriba, y un terrible dolor en los hombros. Me puse de pie, incliné el cuerpo
hacia adelante, la cola hacia afuera y los brazos bien derechos, pero solamente
cuando estuve en puntas de pie pude aliviar el dolor de mis hombros. El ruido
del motor cesó. Él caminaba a mi alrededor. Sentía su mirada sobre cada
centímetro de mi cuerpo. Su atención se repartía entre mis pechos, que colgaban
como ubres, mis caderas y mi culo, que veía tan tentadoramente paradito. Se
acercó. Con una tijera eliminó los restos de la blusa y del corpiño que aún me
amparaban de su lascivia. Manoseó y estrujó mis pechos totalmente expuestos, y
sobre ellos hizo sentir el filo y punta de las tijeras.
Sobre una mesita que tenía al alcance de mi vista fue
disponiendo ordenadamente los intrumentos de tortura que me tenía reservados:
alicates, pinzas, agujas, dejé de prestarles atención porque no quería
imaginarme el trato que iba a darme. Salí de mi ensimismamiento cuando me sujetó
firmemente un pecho y sentí que algo me mordía el pezón. En un momento el dolor
se hizo tan intenso que imaginé que me lo había arrancado. Pero no era así. Con
la visión distorsionada por las lágrimas, pude ver que algo como una plomada en
el extremo de una cadena pendía de mi pecho. La plomada descansaba en la mano de
Ronnie, que la sujetaba para que la pinza mordiera firmemente, y ahora me
miraba, jugueteando con la plomada sobre la palma de su mano, dejando que
anticipara lo que ocurriría cuando la dejara caer. Como si fuera en cámara
lenta, ví que con una sonrisa burlona en los labios, inclinaba la palma de su
mano, la plomada caía, arrastraba y tensaba la cadena que la tenía sujeta, y
transmitía todo su peso a la pinza que mordía mi pezón. En el primer momento
sentí que me lo arrancaba, en la agonía que vivía deseaba que el peso de la
plomada fuera suficiente para que la pinza cortara o arrancara el pezón y
terminara con mi sufrimiento. Pero no sucedió. El peso de la plomada no fue
suficiente como para que los dientes de la pinza cortaran el pezón, y
entonces tuve la sensación de que me estaban arrancando el pecho. El dolor se
intensificó aún más cuando Ronnie se puso a jugar con la plomada, levantándola y
dejándola caer, o simplemente empujándola, para que su movimiento pendular
hiciera interminable mi dolor.
La colocación de la segunda pinza no tuvo mayores variantes;
replicó sobre mi seno izquierdo los mismos atroces juegos. Me dijo que reservaba
su talento para el gran final: se colocó nuevamente delante de mí, se puso en
cuclillas, tomó las plomadas con ambas manos, y después de tirar de aquellas
varias veces, levantó las plomadas hacia los costados, y las soltó
simultáneamente. Las plomadas bajaban trazando un arco pendular, rebotaban una
contra otra, con el rebote volvían a subír y a bajar, y mientras tanto las
pinzas tironeaban de mis pezones en todas direcciones, la presión de sus dientes
se hacía más y más insoportable a medida que se iban incrustando en su tierna
carne. Ronnie reiteró el tormento con una frecuencia obsesiva, y sólo se detuvo
cuando tomó conciencia de que de continuar terminaría arruinando mis pechos.
Entonces retiró las pinzas -y el dolor fue tanto o más
intenso que cuando las aplicó- y empezó a masajearlos, a apretarlos y soltarlos
como si me estuviera ordeñando, a apretarlos con las puntas de los dedos hasta
que las manos se le ponían blancas. Mis piernas se aflojaron, dejaron de
sostenerme y todo el peso de mi cuerpo pendía de mis hombros, a punto de
dislocarse, mientras desesperada, trataba de volver a hacer pie. Escuché a
Ronnie gritarme "Espero que te diviertas, en dos o tres horas me tenés de
vuelta", y lo ví irse. Recuperé el equilibrio, apoyada firmemente en mis
piernas, el dolor de brazos y hombros se fue calmando, pero a costa de
mantenerme en puntas de pie. A pesar de los tacos que tenía puestos, la posición
en que Ronnie me había dejado hacía que mis pantorillas y muslos estuvieran
permanentemente tensos. Empecé a tener calambres. A medida que aumentaban,
crecía también el dolor de mis hombros, y se extendían hasta el pecho.
Creo que fue entonces cuando me desmayé, dolorida, física y mentalmente agotada
por tanta humillación y dolor. No sé durante cuánto tiempo permanecí en ese
estado, pero sí recuerdo que me despertaron las palmadas que recibí en la cara,
las manos en los sobacos levantándome y ayudándome a ponerme de pie, aliviando
el dolor de mis brazos y hombros. Por entre las lagañas que lágrimas secas
habían dejado sobre mis ojos, alcancé a ver una borrosa imagen, la del encargado
y único habitante permanente del edificio.
"El Burro" pensaba que dentro de todo, la Vida había sido
buena con él. Vivía en una casa que no era suya ni por la que tenía que pagar
alquiler alguno, mantenerla en condiciones era su trabajo, y encima le pagaban
un sueldo por hacerlo. Pero mientras volvía al edificio, pensaba que la Vida no
había sido buena con él ese día. Le habían dado un franco, había salido, buscado
pero no había encontrado a ninguna de sus putas conocidas, en las que desahogaba
sus humores de macho soltero y solitario. Ahora, como dice un tango, volvía
vencido, con algunas copas encima y para colmo, con un dolor de cabeza que le
llegaba hasta los huevos, o mejor dicho, con un dolor de huevos que lo ponía de
muy mal humor. La chance de salir a romper culos en pleno día de semana le metió
una calentura tal, que se habría conformado con el pete de un trava, o con
traerse un muchachito tierno a quien romperle el culo durante lo que todavía le
quedaba del franco. Pero ni ésto se le dió. Entró al edificio, y le llamó la
atención no ver a Ronnie por ningún lado, cuando le había dicho que se tomara el
franco porque se iba a quedar a trabajar hasta la noche. Otra cosa que le llamó
la atención apenas había entrado al edificio y le dio mala espina, fue ver -aún
en las penumbras del pasillo de entrada- marcas de suelas de zapatos de hombre
estampadas sobre la pelusa del piso, pisadas que arrancaban en la puerta de
entrada y se dirigían hasta la oficina del fondo. Subió por el ascensor hasta
donde vivía, buscó un arma y entonces sí se animó a seguirlas pisadas. Por
precaución, revisó cada una de las oficinas que precedían a la del fondo, pero
no encontró nada, así que encaró la del fondo arma en mano, y antes de trasponer
la puerta le quitó el seguro, dispuesto a disparar sobre todo lo que le
resultara extraño. Pero lo que vió le congeló el alma, paralizó su cuerpo y casi
le hace estallar los huevos. Puso el seguro al arma, se la calzó a la
cintura, y se dispuso a socorrer a la mujer semidesnuda que habían dejado
colgada de las muñecas. Lo primero que hizo fue aflojar un poco las cadenas que
la tenían sujeta, para librar a la mujer de los dolores de brazos y evitar que
se dislocara los hombros. Mientras lo hacía, no podía quitar sus ojos del cuerpo
de semejante hembra. Esa mujer tenía la piel más blanca y el cuerpo más perfecto
que El Burro había visto en su vida; nada que ver con las chirusas, negritas y
pardas que su magro sueldo le permitía. Detuvo su vista sobre el culo, y
disfrutó de los hoyuelos que sobre la parte alta de cada nalga formaba la
formidable musculatura de esa mujer. Sus ojos se concentraron sobre los pechos,
cuya blancura contrastaba tanto con las tonalidades rosadas de los pezones, como
con los moretones y marcas rojizas, azul-violáceas que alguien había dejado en
su cuerpo. Alguien se había divertido lindo con el cuerpo de esa mujer, y con la
calentura que estaba empezando a sentir, El Burro no pudo evitar imaginarse a sí
mismo poniéndole las manos encima, llenándose las manos con esos pechos,
apretándolos, acariciándolos, rozando con sus dedos y pellizcando esos pezones
hasta ponerlos erguidos y tensos, hasta ver carne de gallina en las aureolas. El
Burro no se dio cuenta que en medio de estas ensoñaciones se había acercado a
ella, sin poder contener las ganas de meterle mano. Tenía toda la intuición de
que quien había abusado de ella con tanto ensañamiento sobre sus pechos no la
había penetrado. Se puso detrás de ella, le separó las nalgas, y entre la
blancura de esas redondeces percibió que el rosado círculo permanecía
perfectamente cerrado. Rastrilló con sus dedos el vello púbico y separó los
labios de la vagina, y comprobó aliviado que estaban normalmente apretados, y
que no había rastros de semen ni nada parecido, antes de ver que con todo este
manoseo lo único que había logrado era que la mujer volviera en sí. La
mujer levantó la cabeza, y entonces la reconoció. A pesar de la beodez que
embargaba su cerebro, pudo recordar a la hermosa empleada que mucho tiempo atrás
le había llamado la atención por su belleza, tanta como para haberse metido al
patrón en su bolsillo, como aquélla que lo había condenado a vivir en un
edificio poblado únicamente por recuerdos, y luego en las fotos que aparecían en
un montón de revistas cholulas con las que se entretenía. La veía orgullosa, con
su legajo posando sobre el escritorio de la entonces Leonor-la-jefa-de-personal,
y diciéndole que por sus condiciones "obrantes en legajo y de acuerdo con sus
antecedentes en la Empresa, llegamos a determinar que Ud. es la persona más
adecuada para la conservación de este Edificio", mientras hojeaba las páginas
del legajo en las que se describía un confuso incidente protagonizado por el
Burro con un cadete... A partir de esa entrevista, cada vez que El Burro la
veía, cerraba los puños y apretaba los dientes. Un odio mortal contra Doña
Leonor se le había hecho entraña. Y ahora, después de un franco desastroso, la
vida los había reunido nuevamente. El Burro pensaba como muchos que la Vida es
una rueda donde estamos a veces arriba y otras, abajo. Ahora él estaba
nuevamente en la parte de arriba de la rueda, mientras que Doña Leonor, en la de
abajo. A pesar de la beodez en que se encontraba, en lo que quedaba de la tarde
iba a disfrutar de ella, de los placeres del sexo y la venganza.
Doña Leonor pudo por fin apoyarse firmemente sobre sus pies,
el dolor de brazos y hombros se fue aliviando a medida que volvían a su posición
casi natural, los pensamientos volvieron a ordenarse en su cerebro, y a medida
que recuperaba la conciencia, no entendía por qué el Burro no la libraba de sus
ataduras de inmediato, por qué no le quitaba la mordaza, por qué la morosidad en
todo el trámite.
Pude comprender las razones de su conducta cuando se paró
frente a mí, y tomándome de los cabellos levantó mi cabeza, me miró directamente
a los ojos y dijo: "¿Te acordás quién soy yo? Yo soy El Burro, el encargado que
condenastes a pudrirse en este edificio". La fetidez de su aliento y el vaho
alcohólico en que llegaban envueltas sus palabras me provocó arcadas, contenidas
por la mordaza, y el asco se hizo más profundo cuando me tocó la mejilla con la
punta de su lengua y empezó a lamerme la cara, mientras me tironeaba del pelo
para mantenerme con la cabeza levantada y me clavaba la mirada de sus ojos
enrojecidos. Me soltó del cabello, dándome el tirón final, lo ví retroceder un
paso mientras aflojaba el cinturón, se bajaba el cierre y metía sus dedos en la
bragueta: "Y ahora vas a ver por qué me llaman El Burro". Tenía dificultades
para sacar el miembro, así que se desprendió el cinturón, se bajó los
calzoncillos, y enarbolándolo frente a mi cara, me preguntaba: "¿Te gusta?
¡Decime que te gusta!".
Nunca antes había visto una verga de semejantes proporciones.
Todavía fláccida, resultaba más gruesa que mis muñecas. Me obsesionaba el tamaño
enorme de la abultada cabeza, más gruesa que la base, donde desaparecían las
marcadas nervaduras rojizas y azuladas, relieves que cubrían el contorno del
pene en casi toda su longitud. Giró a mi alrededor para colocarse a mis
espaldas, caminando con las dificultades que le acarreaban los pantalones caídos
hasta los tobillos, y ví horrorizada que más de la mitad del miembro escapaba de
los calzoncillos boxer que tenía puestos. Sentí la cabeza del pene rozando mis
nalgas, apurando la erección. Esa punta caliente me recorría la raya del culo y
ya casi totalmente erecta, rondaba la entrada a la vagina, frotándose contra mis
labios. Cerré los ojos con fuerza y me preparé para lo peor, mi mente
anticipaba y mi cuerpo trataba de acomodarse a la brutal embestida inicial, al
doloroso acceso de ese barra de carne penetrando en mis entrañas, lijando las
paredes secas de mi vagina, abriéndose paso por donde podía, ya sentía aquella
monstruosidad del Burro hurgando en lo más íntimo, pero nada de eso ocurrió.
Sentí el vaho de su aliento en la nuca cuando se inclinaba sobre mí y me pasaba
la lengua por las orejas, el cuello, la espalda, mientras sus manos sobaban,
apretaban y estrujaban mis pechos, ensañándose con mis doloridos pezones. Pero
lo peor era que la creciente erección de la monstruosidad que tenía entre mis
muslos, con la que me frotaba el pubis, comenzaba a humedecerse y latir.
Ubicó entonces la punta de su pene entre mis labios
vaginales, y con suaves movimientos de caderas, me introdujo la cabeza del falo.
Lo oí suspirar ruidosamente, y mientras me hacía abrir las piernas me susurraba
-"No creas que soy un salvaje, te la voy a ir metiendo despacio, muy suavecito,
quiero que sientas cada centímetro de mi verga"-. Me tomó por las caderas,
empezó a embestirme con un ritmo creciente, y al cabo de un rato sentí que las
paredes de mi vagina ardían, no por calentura, sino por el repetido roce contra
las nervaduras y relieves de su pene. Centímetro a centímetro, su falo
había llegado hasta el fondo de mi vagina, y el dolor del repetido martilleo de
la cabeza golpeando contra la entrada al útero hizo que mis piernas cedieran.
Sentí que me arrancaban los brazos y me hubiera dislocado los hombros si no me
hubiera sostenido por la cintura, cuando tuvo una nueva ocurrencia. Retiraba el
falo hasta dejar que solamente la punta permaneciera dentro de mí, y lo volvía a
introducir de una sola embestida, tan brutal que, como mi cabeza colgaba ya de
un cuerpo sin fuerzas para sostenerla, podía ver las protuberancias que en mi
bajo vientre iban dibujando las sucesivas embestidas del Burro. Siguió
trajinándome de mil maneras, usando el pene como si fuera una sonda, hasta
hacerme sentir como un trozo de carne que sólo servía para satisfacer sus
caprichos. Sentía que me usaba como a una vieja muñeca de goma, ya totalmente
impregnada por el hedor de tantos sudores y de rancio semen, cuando de repente,
acabó. Después de la abundante y cálida descarga, sentí que dejaba mi vientre
absolutamente vacío, todavía recorrido por dolorosas puntadas. Mis genitales
estaban destrozados, y temía un inminente prolapso: un hilillo de sangre
mezclada con semen brotaba de mi maltratada vagina, y descendía por la cara
interna del muslo.
Lo ví retroceder hasta apoyar la espalda contra la pared, y
se dejó caer lentamente, hasta quedar sentado. Ví que en sus labios se dibujaba
una estúpida sonrisa mientras se agarraba el falo con una mano, y con la otra se
masajeaba los huevos, estimulándolos a reanudar la faena.
Lo ví ponerse de pie apenas recuperó el aliento, se acercó y
sentí sus manos separándome las nalgas hasta tener ante su vista su próximo
objetivo. "-Voy a buscar algo que necesito; esto va a ser bastante complicado-"
lo oí musitar, mientras salía de la oficina. No tardó mucho en volver con
un tarro de plástico blanco en la mano, que apoyó sobre el escritorio,
desenroscó la tapa, metió índice y medio en el frasco, los sacó embadurnados con
una crema y me acercó los dedos para que los oliera. Separó mis nalgas, llenó el
hueco del ano con esa crema, y la metía dentro del esfínter empujándola con el
medio. Lo sacaba, me metía el índice y lo hacía girar, para que la vaselina
quedara bien distribuida sobre las paredes del esfínter. Se limpió los dedos con
un pañuelo, no quería que sus manos resbalaran cuando me sujetara, y en el
silencio sepulcral que nos rodeaba, sentí ruidos que me empezaban a resultar
familiares. Lo oí bajarse el cierre de la bragueta, los ruidos metálicos de la
hebilla cuando se soltaba el cinturón, el roce de telas entre sí mientras se
bajaba los pantalones y calzoncillos se mezclaban con sensaciones que también
empezaban a resultarme familiares, la punta caliente frotándose contra mi
esfínter para lubricarse la cabeza del miembro, su presión creciente para medir
su resistencia, sus manos sujetándose como garrras de mis caderas, hasta la
primera y brutal embestida. El Burro me sujetó por las caderas y me tironeó
hacia sí, mientras me embestía con todo el peso de su cuerpo concentrado en el
falo. La primera embestida me desgarró el esfínter, pero apenas si alcanzó para
que ingresara la cabeza. Enfurecido, redobló la potencia de sus acometidas
logrando meterme el miembro hasta la mitad. Sin aminorar el ritmo de sus
ataques, escuché que me susurraba al oído "-También entrándote por aquí sos
hermosa, putita, hasta llegarte a la garganta no paro, ya vas a ver que te va a
terminar gustando, me vas a pedir que te haga el culo a cada rato-". Otra vez
tenía la monstruosidad del Burro bien adentro, sacudiendo y revolviendo mis
entrañas, su placer era para mí una agonía, me usaba como si fuera una muñeca de
goma, me mantenía viva solamente la esperanza de que acabara lo más pronto
posible.
Aún en el estado de exaltación en que se encontraba, la
expresión de goce en su rostro debió haberse trocado en una máscara de tragedia
cuando oyó los ruidos del motor y los bocinazos del auto que bajaba por la rampa
que conduce a las cocheras. Sentí que me desgarraba nuevamente cuando me la sacó
de un tirón, y sin siquiera subirse los pantalones, salió de la oficina y
corriendo por el pasillo huyó torpemente de la escena de su crimen.
Me desvanecí y aparecí en casa, mi refugio, y en mi cama, mi
reducto dentro del refugio. Sin sedantes de ninguna clase, tuve más de
doce horas seguidas de sueño que no me alcanzaron para reponerme de los sucesos
de la jornada: no fue un sueño apacible y profundo, sino algo como un tenso
estado de vigilia poblado por una mescolanza de recuerdos y pesadillas,
acentuados por el hambre y la sed, hacía casi un día completo que no comía ni
había tomado nada. Me acostaron sin abrir la cama, con el impermeable todavía
puesto, y el roce de la rústica tela contra mi piel resultaba intolerable.
También me resultaba insoportable el olor de mi cuerpo; hacía más de un día que
no me bañaba, y me sentía húmeda y pegajosa, el cabello sucio y grasoso, me
desagradaba oler a transpiración, pero más aún sentir mis propios olores
mezclados con los de machos. Por más saliva que tragara no podía quitarme el
sabor a semen de la boca, y éso me hizo recordar -¿o lo soñé?- que quien me
rescató de las atrocidades a que me sometió el Burro, exigió su recompensa. A
unas pocas cuadras de casa detuvo el auto y me obligó a una prolongada fellatio.
"-¿O preferís que vuelva y te deje en manos del Burro?-" me amenazó. Hubiera
hecho cualquier cosa con tal de escapar del Burro. Aunque accedí a lo que me
pedía, no pude evitar sentirme nuevamente violada. Había cerrado mi mano
alrededor del miembro para poner un límite a lo que podría introducir en mi
boca, pero él me hizo retirar la mano y tomada del cabello hundía mi cabeza en
su entrepierna y luego la levantaba para volver a hundirla, hasta que por fin
acabó. "-Tragátela. Toda-" ordenó. "-Todavía sos muy desprolija, laméla y
dejámela bien limpita-". Estaba haciéndolo cuando eyaculó de nuevo, ensuciando
mi cabello con sus fluidos. Me levantó de los pelos y mirándome a los ojos, me
dijo: "-¿Sabés que así quedás muy sexy?-" mientras sus ojos se desplazaban por
mi cabello. Me sentía completamente humillada. Me arrebujé, quedé hecha un
ovillo, me tapé todo lo que pude con el impermeable y traté de sentarme en un
rincón, lo más lejos posible de este monstruo. Cuando llegamos a casa, soltó el
seguro de la puerta: "-Bajate y entrá-". No llegué a oír el auto acelerar e
irse, que caí desmayada en plena calle. Escuché la frenada, y a continuación que
me subía en brazos por las escaleras hasta el dormitorio, y así como venía me
depositó en la cama. No podía dormir. Cada vez que conciliaba el sueño, tenía
pesadillas con el Burro: "-Ahora sí te la voy a poder meter entera, doña, total,
aunque te haga mierda, no te vas a animar a denunciarme-".Con horror, soñé que
mi hijo se me metía en la cama, me retiraba el impermeable y se aprovechaba de
mi estado de total agotamiento físico y mental, sentía sus manos sobre mi
cuerpo, me obligaba a gozar de las caricias más íntimas y llenaba mis oídos de
obscenidades. Y sentí asco por mí misma, porque hicieran lo que me hicieran, no
podía -¿o no quería?- contarle nada a nadie. Encontrara donde me los encontrase,
debía callar ante ellos y ante todos, lo que ellos me habían hecho. No podía
dormir porque no podía acallar los reclamos de mi conciencia.
Me despertó el hambre, oía los ruidos de mis tripas, mi
estómago quejarse y un terrible dolor de cabeza. Llamé a Ursula, pero no me
respondió. Me senté en la cama, cubrí mis hombros con el impermeable con que
había dormido, y bajé a la cocina. Me sorprendió no encontrar a Ursula por
ningún lado, así que empecé a preparar mi desayuno. Me llamó la atención también
ver a Stani tomando un café, mientras miraba unas fotos que tenía distribuídas
sobre la mesa. Intrigada porque estuviera mirando fotos en papel, me acerqué, él
me vio venir, se levantó de la mesa y al cruzarse conmigo dijo que me preparaba
el desayuno, así que me puse a mirarlas. Me había hecho las tomas mientras
dormía, eran muchas, y habían sido tomadas a muy corta distancia. Captaban al
detalle los moretones y rasguños que tenía repartidos en todo el cuerpo, sobre
todo en pechos y caderas, así como las manchas lechosas de semen reseco que me
habían quedado alrededor de la boca, nalgas, en el pelo y en el vello púbico.
Con esas fotos cualquiera podía atribuirme una conducta disoluta, absolutamente
opuesta a la que para bien o mal, había cultivado. Con esas fotos me tenía en
sus manos. Recordé las veces que Stani había tratado de avanzarme, y para salir
del paso le respondía "-Soy tu madre, aunque no te haya parido-", "-Soy la
esposa de tu padre, ambos merecemos tu respeto-" frases similares, mientras me
quedaba pensando si no estaba haciendo el papel de boluda, por los comentarios e
indirectas de algunas amigas que me daban a entender que habían pasado la noche
-¡y varias noches!- con él. Pero ahora, con esas fotos en su poder, no tenía
forma de evitar que concretara sus insinuaciones. Tenía miedo, y con el
traqueteo a que se habían visto sometidas mis entrañas, ese sentimiento se
transformaba en una desagradable sensación allá abajo.
No lo ví sino hasta que depositó una taza vacía delante de
mí. "-Si querés tu desayuno, aquí lo tenés-", me dijo, señalándose la bragueta.
Me hizo levantar de la silla donde estaba sentada, y me arrancó el impermeable
de un tirón. Traté de cubrir mis pechos con los brazos, pero me sujetó por las
muñecas, me hizo bajar los brazos, y los ató a mis espaldas con el cinturón del
impermeable. Con la mirada gacha, sentí su mirada morosa recorriendo la
superficie de mi piel, disfrutando de cada detalle de mi cuerpo. Giró a mi
alrededor, se puso a mis espaldas, me tomó por las muñecas y las levantó. En ese
instante, me moría de humillación porque sabía que lo había hecho para
inspeccionarme detenidamente las nalgas, sentí su mano acariciándolas primero y
luego me las apretaba, para comprobar su firmeza. Todavía con la cabeza gacha,
alcancé a ver que se acercaba a la mesa y tomaba la Mavica. Se paró frente a mí
y tomándome de la pera me hizo levantar la cabeza; quería que resultara
reconocible, y para éso lo ayudaba la luminosidad de la cocina. Comenzó a
tomarme fotos, concentrando los disparos de la cámara sobre las partes más
trajinadas de mi cuerpo: la boca, pechos y nalgas. Estaba a punto de llorar,
porque sentía que con cada disparo añadía un eslabón más a la cadena de mi
esclavitud. Apoyó la mano sobre mi hombro y empujando hacia abajo me obligó a
ponerme de rodillas. Aún así, me agarró un pecho y lo retorció haciéndome daño
hasta dejarme de rodillas, una crueldad innecesaria, porque no me estaba
resistiendo, porque aunque pudiera escapar ahora mismo, tendría que volver y
someterme a su voluntad mientras él conservara las fotos.
Dejó la Mavica apoyada sobre la mesa, al alcance de la mano,
y como si fuera un stripper, con deliberada lentitud, empezó a aflojarse el
cinturón, dejó que sus pantalones cayeran, metió la mano dentro del slip y
sacó su miembro con dificultad, porque comenzaba a erguirse. La cabeza rosada,
ya húmeda, se desprendió de su envoltura marrón y a medida que el miembro crecía
se acercaba a mi cara, hasta que sentí su tibieza rozándome las mejillas. Traté
de evitar sus caricias, apartarme, pero me agarró del pelo y directamente
frotaba el miembro contra mi cara. La punta caliente rozándome la boca era un
anticipo de mi futuro inmediato. Cerré los ojos cuando me sujetó con mayor
firmeza del cabello, e inmediatamente sentí el contacto de mis mejillas contra
sus huevos. "-Por favor, soltame, desatame -le imploré-. No me voy a escapar, si
pudiera ya lo habría hecho, ¿adónde voy a ir, así como estoy, descalza y
desnuda? Te puedo dar la chupada de tu vida, pero por favor, desatame, no quiero
tener la sensación de ser violada otra vez más-". Noté que había dejado de
tironearme del cabello y por primera vez, estaba indeciso. El sabía que si me
mantenía atada podría disfrutar del placer de violarme, que no era poco. Algunos
hombres no disfrutan del sexo a menos que la mujer esté absolutamente indefensa,
que no pueda oponerse de manera alguna a sus caprichos, y ya había visto la
expresión de sus ojos mientras inspeccionaba mi cuerpo. Pero lo que él no sabía
era hasta dónde llegaría su goce si voluntariamente le ofrecía mi boca para que
con ella hiciera lo que quisiera. Tan indeciso quedó con el dilema que optó por
liberarme una sola mano.
"-Te vas a tener que arreglar con una sola mano-" le dije. Le
agarré el pene, cerré los dedos alrededor del miembro, y empecé a deslizar mi
mano hacia adelante y hacia atrás. "-No me hagas una paja, carajo, hacéme un
pete-" me gritó. Aterrorizada, lo metí en mi boca, lo apreté con mis labios, y
lo fui retirando lentamente, mientras chupaba. Tan concentrada estaba en
satisfacerlo, que cuando dijo "-¡Miráme!-" levanté la cabeza, y él obtuvo las
primeras fotos en las que aparecía con los ojos muy abiertos y con su verga
todavía dentro de mi boca. Retiré la piel que cubre la cabeza de su falo,
humedecí mis labios y me la metí de nuevo en la boca. Apretaba la cabeza contra
la parte interna de mis labios mientras con mi lengua llenaba de caricias el
frenecillo, o la retiraba de mi boca y la lamía toda, o sino mi lengua recorría
el grueso anillo que contornea la cabeza, o metía la punta de la lengua en el
surco que separa la cabeza del pene. Persistí con estas caricias hasta que el
pene alcanzó su máxima erección -veía que las venas azuladas estaban hinchadas,
las sentía latir dentro de mi boca- curvé mi lengua a su alrededor, y empecé con
la mamada. El no tardó en responder. Sus embestidas me la metían casi entera,
hasta hacerme sentir los labios contra sus huevos, tenía arcadas y entonces la
apretaba con la lengua contra el paladar para que no siguiera avanzando, mis
labios se cerraban aún más, y chupaba, chupaba, chupaba, mientras con la mano
que me había quedado libre la retiraba de mi boca, hasta que una nueva embestida
me obligaba a recomenzar. Me hizo levantar la vista, me obligó a que tuviera la
vista clavada en sus ojos mientras le hacía la mamada, me agarró del pelo para
zamarrearme adelante atrás, luego de las orejas y me las retorcía apenas la
mamada le resultaba menos placentera, y terminó usando mi boca como si fuera una
vagina o un culo. Tenía el miembro tan hinchado que no había podido eyacular, y
todo este traqueteo me empezó a excitar. Me agarró entonces del brazo que tenía
libre, me puso boca arriba sobre la mesa de desayuno, me obligó a separar las
piernas, y como no le parecía suficiente me las abrió aún más sujetándome por
los tobillos, me la metió y empezó a bombear, pero como le pareció que me
resistía, me agarró de las tetas, me las apretaba y retorcía. No era que me
resistiera, ocurría que debido al brutal trato que habían recibido del Burro
tras una larga abstinencia, tenía las paredes vaginales tan inflamadas e
irritadas que sentía el bombeo de Stani como si me estuviera lijando la vagina.
Empecé a gemir y luego a gritar: "-Por favor, no pares, seguí, por favor,
seguí-", hubiera querido que me la dejara adentro por toda la eternidad, cuando
mis fluidos comenzaron a lubricarme y a mitigar el dolor, y sentía en mi
interior su cálida presencia, tanto tiempo añorada. Tomar conciencia de lo que
en realidad estaba sintiendo me produjo horror -¿o siempre había fantaseado una
relación con mi hijo?, ¿acaso no estábamos comportándonos simplemente como
viejos amantes hasta ahora distanciados? Entonces me dí cuenta que estaba
contoneando las caderas, que mi cuerpo se había independizado y mis movimientos
se acoplaban al ritmo de sus embestidas, me sujetó por las nalgas, sus
embestidas se hicieron aún más profundas, y mis caderas seguían el ritmo de sus
embestidas, hasta que por fin acabamos juntos. Sentí que me llenaba de semen,
sentía como si un bálsamo hubiera inundado mi vagina, y gocé como loca de
retenerlo en mis entrañas; todavía la tenía tiesa, y cuando me la sacó, el roce
contra el interior de mi vagina y mis labios me produjo otro orgasmo más. Me
quedé recostada sobre la mesa, disfrutándolo, y gozando del placer que invadía
todo mi cuerpo. Recién cuando me sentí totalmente recuperada, me bajé de la mesa
como pude, me cubrí con el impermeable, y tomándome del vientre, salí de
la cocina hacia el dormitorio. Subir por la escalera fue un calvario, cada vez
que levantaba una pierna para subir un escalón, sentía mis entrañas atravesadas
por infinitas puntadas, en el bajo vientre, y sobre todo allá abajo, en la
vagina.
Entré al baño, me metí en la bañera, cerré la mampara y abrí
la ducha. Aunque habitualmente prefiero un baño de inmersión, no quería estar
sumergida en agua mezclada con mis propios fluidos, sudor y semen. Me metí
debajo del chorro de agua caliente, puse espuma de baño en la esponja y con ella
me froté todo el cuerpo, quería quitar las costras de semen reseco que me habían
quedado en el cabello, en el vello púbico y hasta en las cejas. Tampoco quería
dejar rastros de ese olor rancio de mi sudor mezclado con el de los hombres que
me habían tomado. Me frotaba con bronca, como si el baño pudiera quitarme del
cuerpo la humillación y la culpa que sentía mi alma. Ví que alguien abría la
mampara: "-Ni aquí me dejás tranquila -le dije, mientras forcejeaba con él,
tratando de cerrar la mampara-, estoy cansada, me duele todo el cuerpo y encima
sigo cagada de hambre-". "Vine a asegurarme que no cometieras ninguna locura -me
respondió, mientras trababa la mampara-. Cuando salgás, te dejé ropa limpia
sobre la cama; te la ponés y bajás, que para entonces voy a tener listo el
almuerzo-". Me tuve que resignar a terminar de bañarme delante de él; bajó la
tapa del inodoro y se sentó encima. Lo creí en ese momento un espectador que
disfrutaba del espectáculo de mi cuerpo húmedo, de la sensual caricia del vapor
y de los olores que transportaba, pero me equivoqué. De lo que en realidad
estaba gozando era de la humillación que me producía estar totalmente desnuda
delante del hombre que con o sin mi consentimiento, con mi placer o mi dolor,
podía hacer todo lo que quisiera conmigo. Ser una puta barata, o mejor dicho,
una puta gratis, era la sensación que no podía quitarme de encima, por más que
me fregara con la esponja hasta hacerme daño. Eso fue lo que sentí cuando me
dijo: "-Todavía te queda semen detrás de las orejas y en el cuello, debajo de la
nuca-",
y después se fué dando un portazo. Cerré la mampara y puse la nuca directamente
bajo el chorro de la ducha. Disfruté del efecto sedante que me proporcionaba el
golpeteo del agua en la nuca, cerré la ducha, estrujé y retorcí mi cabello para
secarlo, y lo envolví con una toalla. Terminé de secarme el cuerpo con el
secador de pelo, porque mi piel -y sobre todo, mis pechos- no soportaban el roce
de la toalla.
Salí del baño, atravesé el vestidor y sobre la cama encontré
la ropa que me había dejado. El atuendo consistía en un uniforme de mucama
francesa, negro con detalles y volados en blanco, con un generoso escote y la
falda, cortísima. También encontré sobre la cama ropa interior negra, incluyendo
un portaligas, un corpiño y medias de red. Al costado de la cama dejó
perfectamente alineados un par de zapatos con altísimos tacos aguja. Me vestí
con todo eso menos el corpiño, mirándome en todo momento en el espejo. A pesar
de ser de mi medida, tenía los pechos un poco hinchados, y me dolían mucho
cuando trataba de abrocharlo. Por eso también el amplio escote del vestido
dejaba al descubierto la mitad superior de mis pechos, se veían las aureolas, y
también los pezones apenas me movía un poco, sobre todo cuando tiraba hacia
abajo el ruedo de la cortísima falda. Cuando hube terminado de vestirme, salí
del dormitorio, bajé por las escaleras, y entré a la cocina -la ducha me había
despertado un hambre feroz, pero también habían pasado casi veinticuatro horas
desde la última vez que probé un bocado- donde ya Stani me estaba esperando. Dos
cosas me indignaron: primero, que no dejara de relojearme los pechos y las
piernas, cuando trataba de taparme bajando el ruedo del vestido, desbordaban mis
pechos por el escote, dejando al descubierto mis pezones, entonces me acomodaba
los pechos, me levantaba el escote y veía sus labios fruncidos, reprimiendo una
sonrisa irónica, casi sin poder contener un ataque de risa; segundo, que en la
mesa hubiera dispuesto un solo cubierto. "-¿Cómo, tampoco ahora voy a poder
comer?-" creo que le pregunté. El levantó la vista, apoyó la copa que tenía en
su mano y me dio un cachetazo que aunque no muy fuerte, fue suficiente para que
se me enredaran los tacos y cayera al piso. "-Nunca más me hables así-", me
contestó, noté que de su cara había desaparecido todo resto de buen humor.
Todavía en el piso, me frotaba la mejilla golpeada. Se acercó más, se inclinó,
me agarró y tiró de mi pelo para que levantara la cabeza, y sentí que me gritaba
casi al oído: "-Estás vestida así porque éso es lo que sos, una puta y una
triste mucamita a quien se la pasan todos. Quien va a comer aquí soy yo, y
después que termine, si querés podés comerte las sobras. Después levantás la
mesa, lavás los platos y cuando hayas terminado, subís al dormitorio y me
calentás la cama, que no me gusta tener la cama fría-". Volvió a la mesa, se
sentó y empezó a comer. Mientras tanto, yo estaba tirada en el piso de la cocina
presa de un ataque de nervios, lloraba con la cabeza entre las manos, temblaba y
sentía espasmos en todo mi cuerpo. No sé durante cuánto tiempo estuve así. Me
volvió a la realidad el ruido de la silla cuando terminó de comer lo que había
en la mesa, y quiso levantarse para ir a buscar un postre, pero no pudo. Había
bebido de más, y lo veía en el brillo de sus ojos. Se me acercó, me agarró del
pelo y me llevó mitad gateando, mitad a la rastra hasta dejarme a los pies de la
silla. Se sentó, me puso de rodillas entre sus piernas, me agarró nuevamente del
pelo y empujándome por la nuca, enterró mi cara en su entrepierna. No necesitaba
nada más para entender lo que me exigía, estaba en pedo y tenía miedo de que me
golpeara. Le aflojé el cinturón, le bajé el cierre de la bragueta y tuvo que
ayudarme para que pudiera sacar el miembro. Lo agarré y me lo metí en la boca.
Lo empujaba con la lengua contra el paladar, chupaba y al mismo tiempo movía mi
cabeza hacia adelante y hacia atrás mientras apretaba mis labios todo lo que
podía. Quería que eyaculara de una buena vez, que ésto terminara lo antes
posible, hasta que por fin acabó. Sentí la boca llena de semen y los labios
pegajosos, en las mejillas se habían mezclado nuestros fluidos, pero me sentía
feliz porque hubiera acabado. Me apoyó la mano en la cara y de un empujón me
mandó al piso. Más que hambre estaba cansada, tenía sueño y muchas ganas de
dormir. Entre lágrimas alcancé a ver cuando se levantó de la silla, llegó
tambaleando hasta la mesada, se preparó un café y se lo llevó al living.
Apoyándome en la silla me paré, recogí lo que había quedado sobre la mesa y lo
puse en el lavavajillas. No tenía ni fuerzas para volver a buscar los zapatos.
Subí por la escalera, descalza, me quité la ropa -estaba tan cansada que la dejé
caer a mis pies- y me tiré en la cama. Deseaba dormir y no despertar nunca más.
Y otra vez las pesadillas. Esta vez soñé que me sorprendían
dormida, estaba de costado y me empujaban por el hombro hasta dejarme boca
abajo. Tan dormida estaba que me despertaron las cosquillas que sentí mientras
me ataban un tobillo a la pata de la cama. Minutos antes me habían estirado los
brazos hasta atarme por las muñecas a la cabecera de la cama, pero me despertó
la áspera soga cerrándose sobre mi tobillo, sin poder evitar que lo
sujetara a uno de los pilares de la piecera. Pude abrir los ojos y lo ví parado
al lado de la cama, disfrutando de mis vanos esfuerzos por desatarme, esperando
el momento en que me cansara y pudiera atarme el tobillo todavía libre. Veía mis
muñecas enrojecidas y sentí que gotas de sudor rodaban por mis sienes. Traté
patearlo, pero de inmediato me tomó del tobillo y sentí un seco puñetazo en la
espalda. Traté de contener las lágrimas, pero no pude. Dejé de tironear de las
ataduras, pero sobre todo perdí toda esperanza de seguir resistiéndome. Se sentó
sobre mi espalda, me tomó del tobillo que todavía tenía libre, pasó por él un
nudo corredizo, tensó la atadura, se bajó de la cama, tironeó de la soga hasta
dejar mi pierna totalmente tensa, y ató la soga a un barral de la piecera. Bajé
la vista cuando se paró frente a mí y empezó a sacarse la ropa. Me agarró del
pelo y me pasaba el miembro por las mejillas, obligándome a sentir el olor de
sus genitales. Se subió a la cama, se arrodilló entre mis muslos, y con su verga
en mano ya hinchada y latiente me frotó las nalgas y recorrió la raya del culo.
Me lamía la espalda, me mordisqueaba el cuello y los hombros, mientras sus manos
acariciaban mis piernas y muslos, desde los tobillos hasta la cintura. Me
anticipó lo que haría a continuación cuando dejó la punta caliente apoyada por
un rato, presionando sobre el esfínter. "-No, por favor, soy tu madre, por
favor, así no-" le supliqué cuando sentí sus manos sobre mis nalgas y comenzó a
separarlas. "-No, por favor, por ahí no, vas a hacerme mucho daño, por favor,
hacéme todo lo que quieras, pero por ahí no-" le rogaba. Lo sentí vacilar, pero
fue sólo un instante; "-Vamos, dejá que me dé el gusto, que no tenés un culo
virgen, precisamente-" me susurró. Sentí sus pulgares presionando entre mis
nalgas, me las separó y me embestió de golpe, sin darme tiempo a que
terminara con mis ruegos, que se convirtieron en un único y prolongado grito de
dolor. Se fastidió por no haber podido meterme ni la mitad del miembro, y
me embestió de nuevo mientras me sujetaba por las caderas. Se retiraba muy
lentamente, "-Vamos, flojita, ponéte flojita que no te quiero lastimar-" me
decía, disfrutando del placer de sentir la calidez de mis entrañas. Me volvía a
penetrar, gozando de la estrechez de mi recto, se retiraba y me volvía a
penetrar, una, otra y otra vez más. Sentía su pesado jadeo en mi nuca, me besaba
en el cuello, me lamía la espalda, mientras que cada vez que me embestía sentía
que me había desgarrado el esfínter, y cuando se retiraba que me estaba
arrancando la piel del recto. La tortura siguió hasta que no pudo más y me sentí
aliviada cuando de una bruta embestida me llenó de semen. Aún después de haber
acabado, me la dejó adentro por un largo rato. "-Sacamelá, por favor, que ya
tuviste bastante-" le repetía, porque la tenía tan gruesa que aún sin moverse me
hacía daño, pero no me hizo caso. Sacó su verga recién cuando la sentí
totalmente fláccida, y me sorprendieron sus manos sobre mi nuca mientras me
decía "-Muy buena, mamá, estuviste realmente buena-". Y acariciándome la nuca y
besándome en el cuello, se quedó dormido sobre mí.
Me despertaron las atroces ganas de ir al baño que tenía. Me
dolía el vientre y lo tenía muy hinchado. Salté de la cama, entré al baño y
apenas si llegué a sentarme en el inodoro, casi me hago encima. De mi vientre
provenían extraños ruidos, como los de un plomero destapando una cañería. Empecé
expulsar gases, sonoras ventosidades -que era lo único que podía, había pasado
más de un día sin comer-, y una mezcla viscosa de sangre, semen y mierda que se
me quedaba pegada a las nalgas y en las paredes del inodoro. Me limpié con papel
y me senté en el bidet. Abrí la canilla pero no pude soportar el impacto del
agua caliente, la cambié a fría, y fue la primera sensación gratificante que
sentía en las últimas veinticuatro horas. Mi autoestima y pretensiones habían
bajado tanto que me quedé un largo rato disfrutando de la frescura que el agua
fría infundía a mi trajinado culo. Momentáneamente satisfecha, me sequé y me
metí en la ducha, no sin antes haber inundado el baño con desodorante.
Mientras me secaba noté que la hinchazón del vientre había
desaparecido -debió irse con los gases, mierda, semen y sangre que había
expulsado- y me hacía ruido el estómago. Ruidos de hambre, tenía hambre, dolor
de cabeza y el estómago vacío, hacían más de veinticuatro horas que no probaba
bocado. Recordé que salvo el semen que me habían obligado a tragar, lo último
que había sentido en mi estómago había sido el desayuno del miércoles.
Necesitaba con urgencia alimentarme, no era solamente una necesidad física, era
una manera de sentir que estaba en casa la dueña de la casa. Y para lograr eso
debía agradarle. No tan complaciente como para provocar un nuevo asalto, pero sí
lo suficientemente estimulante como para que sintiera la necesidad de
protegerme. Salí de la ducha desnuda como estaba, sin terminar de secarme el
cabello, me puse una tanga de encaje que malamente combinaba con el corpiño de
lycra, pero no podía sujetarme con ningún otro; todavía mis pechos estaban muy
sensibles a cualquier contacto. Me puse el vestido, las medias de red y los
zapatos que había dejado caer al lado de la cama, me paré frente al espejo de
cuerpo completo, y me sentí culpable de sentirme satisfecha de mi imagen. "-Una
puta total-", pensé mientras miraba la amplitud y profundidad del escote, que
dejaban al descubierto la parte superior de mis pechos, la corta falda apenas si
cubría la mitad de mis muslos, mientras los altísimos tacos destacaban la
curvatura de mis pantorrillas, ponían respingona mi cola y hacían que mis pechos
se proyectaran hacia adelante.
Tomé valor, salí del dormitorio y bajé haciendo sonar mis
tacos sobre los escalones, cuyo eco me parecía sentir en la soledad de la casa.
Recorrí el pasillo y entré a la cocina, donde me encontré con un Stani para mí
absolutamente desconocido. Hasta tuvo la cortesía de acomodar la silla en la que
me senté, y las rodajas de carne fría, ensaladas y jugos de fruta que había
dispuesto sobre la mesa me parecían un manjar. El único detalle que se le escapó
fue cuando lo sentí aspirar profundamente el olor de mi pelo, todavía húmedo,
pero fue un detalle que había calculado. "-Voy a dejar que comas tranquila-" me
dijo. "-La puerta que da al jardín está abierta, y todas las que dan hacia
afuera están sin llave desde dentro-" continuó. "-Acá cada uno es responsable de
las consecuencias de sus propios actos-", dijo, parodiando una frase que mi
esposo repetía incansablemente. "-Te dejo sola porque tengo que ocuparme de
otras cosas-" dijo, y se fue. Les confieso que durante toda mi comida
-¿almuerzo? ¿merienda?, porque no tenía idea de la hora que era- me sentí
tentada de escapar, de mandar todo a la mierda. En la vaga noción que tenía de
las últimas cuarenta y ocho horas había pasado de la abstinencia que provocó mi
súbita viudez al más absoluto desenfreno (obligado, no querido ¿no querido?).
Todos aquellos con quienes había estado me habían usado como a una puta, me
habían obligado a que me comportara como tal. Pero ¿era realmente así lo que en
realidad sentía? ¿Acaso no había gozado como loca de tener nuevamente esas
enormidades dentro de mi cuerpo? ¿Podía sinceramente negar que había
disfrutado de sentir manos acariciando, apretando y estrujando mis pechos y
nalgas? ¿No había aceptado vestirme de puta con tal de poder llevar a mi boca lo
que estaba comiendo? ¿Y por qué, si no, me planteaba todas estas preguntas?
Decidí que no era momento de seguir torturándome con mis dudas. En lo que
restaba, procuraría disfrutar de la comida y poner la mente en blanco.
Terminé con la comida, levanté la mesa, lavé la vajilla y me
preparé un té verde. Me lo traje al living, y estaba disfrutando de la placidez
que su aroma y sabor transmitían a mi cuerpo y mente, cuando ya no pude contener
más el tropel de ideas, imágenes y sentimientos que invadían mi cerebro. En las
últimas cuarenta y ocho horas había sido violentamente expulsada de una
abstinencia prolongada durante más de seis meses -celibato absoluto, si se
descuentan los escarceos con mi amiga Patricia, que no fueron más allá de
disimuladas caricias y toqueteos-. Había pasado por todas las experiencias por
las que puede pasar una mujer. Del discreto sometimiento y humillación que me
había impuesto Ronnie en las oficinas de la Empresa a la simple brutalidad de la
lujuria animal del Burro, hasta las semiconsentidas relaciones con mi propio
hijo, todas estas vivencias y recuerdos más la culpa por el placer puramente
físico que había experimentado, se arremolinaban en mi mente y licuaban la poca
materia gris que quedaba de mi cerebro. Tres hombres me habían penetrado una y
otra vez por todas las vías por las que puede ser penetrada una mujer. Una y
otra vez rememoraba el placer que había sentido con las brutales caricias de
aquellas ásperas manos que me habían golpeado, apretado, pellizcado y retorcido
mi cuerpo. De sentada había pasado a recostarme en el sofá, y sin poder
contenerlas, sentí mis manos bajo el vestido, y mientras una se deslizaba dentro
del escote, la otra eludía la tanga que me había puesto e introducía sus dedos
en mi vagina. Me acariciaba con delicadeza, tal como lo había hecho Patricia, y
sin darme cuenta, comencé a masturbarme; la mano sobre mi pecho alternaba
acariciándome con movimientos circulares, el dedo índice rozándome apenas la
aureola hacía que el pezón se irguiera y volviera muy sensible, hasta tener que
pellizcarlo para calmarme. De acariciarme el clítoris pasé a meterme el índice
dentro de la vulva; al comienzo me acariciaba el interior de los labios, pero
conforme progresaba en mi calentura metí primero uno, luego dos y finalmente
metía todos mis dedos en mi vagina, y los sacaba muy lentamente. Llegué a gozar
tanto que perdí la noción del tiempo y del lugar en que me encontraba. Sólo
recuerdo haberme quedado dormida disfrutando de un intenso orgasmo, mis dedos
humedecidos y sintiendo a Patricia encima de mí, aplastando mis pechos con los
suyos.
Me despertaron las voces que oía como discutiendo en la
entrada, y apenas si me alcanzó el tiempo para sentirme lúcida cuando ya los
tenía frente a mí. "-Me sentí reculpable después de la llamada que te hice
anteayer, y me preocupó más todavía no encontrarte en el ICQ, en la oficina me
decían que no estabas, así que aquí me ves -dijo Patricia-. Tu hijo no me contó
nada, dijo que no sabía qué te podía haber pasado, solamente que te encontró ya
sedada, y que tu ama de llaves le contó que te había traído un empleado de la
empresa. ¿Qué carajo está pasando?". "-Ya veo que estoy de más -dijo Stani, que
había captado a medias el tono del reproche de mi amiga y la había mirado feo,
había visto en sus ojos cuánto la odiaba en ese momento- conversen tranquilas,
que yo sigo con mis cosas"-, y se fue, mientras Patricia me acomodaba la manta
que me cubría hasta los hombros. "¿Ahora me podés contar qué te pasó?". No le
respondí. Mil imágenes pasaron por mi cabeza en un segundo, quería contarle pero
no me atrevía. Mis ojos se llenaron de lágrimas y temblaba de impotencia. Tenía
miedo de contarle, de pasar por loca, o peor, que me dijera que había quedado
presa de fantasías creadas por mi prolongada abstinencia. En cambio, cerré los
ojos y la abracé, como solía hacerlo ella cuando me encontraba angustiada, "-No
te preocupes, ya se me va a pasar" -le dije-. "-Pobrecita, pobrecita, -la oí
murmurarme al oído- vos no sabés cuánto te quiero-" mientras sorbía mis lágrimas
y me acariciaba la cabeza; cuánta paz sentí en sus manos cuando acariciándome la
nuca... y más aún cuando me tomó por la barbilla y se animó a besarme en lo más
profundo de mi boca. Y así siguió con sus besos y caricias, hasta dejarme
profundamente dormida.
Debió despertarme el ruido de sus apresurados pasos cuando
subían por la escalera de madera que de la cocina baja a los sótanos. Apresurada
por taparme con la bata, no ví la taza con restos de té apoyada en la mesita, y
sin quererlo la hice caer al piso. Recogí los trozos de porcelana a que había
quedado reducida la taza, los acomodé sobre el plato, y al levantar la cabeza
veo a mi hijo que traía a Patricia tomada del brazo. "¡Por fin puedo decir que
pude ver en vida que perro y gato parecen haber hecho las paces!". Patricia me
respondió diciendo algo así como "Yo ya me estaba yendo cuando te quedaste
dormida. Eso me preocupó tanto como que no recordaras qué te había pasado en
casi dos días, así que busqué a tu hijo por todas las habitaciones. Como no lo
encontré, me animé a bajar por la escalera que arranca en la cocina, y me lo
encontré haciendo arreglos en el sótano. Ya me acompañaba para la salida, cuando
te escuchamos, y aquí estamos. Pero ¿cómo te sentís? ¿Estás bien?". "Sí, gracias
a Dios, bastante recompuesta -le respondí, me veía en figurillas para ocultar de
su vista el uniforme de mucama que llevaba puesto bajo la bata- a tal punto que
de aquí en un rato voy a salir al jardín, a tomar un poco de sol, del poco que
queda hasta que termine el día". Con estas palabras estaba despidiendo a
Patricia. "-Acompañála-" le ordené, y ví a mi hijo pasarle el brazo por encima
del hombro y conducirla hasta la salida, donde los ví conversar animadamente.
Apenas se fué, pasé por la cocina, tiré a la basura lo que quedaba de la
taza y subí al dormitorio. Nada deseaba más que quitarme el absurdo y ridículo
uniforme que tenía puesto y salir al jardín a tomar un poco de sol.
Me lo quité, me puse una bikini blanca, tomé un par de
anteojos oscuros y el tubo de bronceador, me calcé unas ojotas que todavía
conservaba de un viaje a Oriente, salí del dormitorio, bajé por las escaleras,
recogí una revista en el camino, pasé de la cocina al jardín y me apoltroné
sobre mi reposera favorita. Empecé a pasarme el bronceador, mientras especulaba
cuánto tiempo habrían pasado Patricia y Stani en el sótano y qué habrían estado
haciendo, habida cuenta que a ella se la veía bastante baqueteada, mi hijo había
pasado el brazo sobre sus hombros y la traía casi abrazada, ella disimulaba una
evidente dificultad para caminar, y ya no mostraba ni trazas de la jovialidad
que le ví antes de quedarme dormida. Por éso era que dudaba de lo que había
visto cuando estaban en la vereda: ¿Era una animada charla entre amigos? Más
bien, conociendo los gestos de Patricia -y los conozco desde que teníamos
catorce años- ahora me parecía que le estaba reprochando algo a Stani. Pero si
era así, ¿cuál era el motivo de su reproche? En estas cavilaciones estaba cuando
veo acercarse a mi hijo. Estaba en bermudas, con el torso descubierto y traía un
soberbio trozo de carne colgando de un gancho. "Esta noche cenamos lomo a la
parrilla con ensalada y papas fritas -dijo mientras me lo mostraba-. Voy a
marcarlo y después dejo que se vaya haciendo despacito sobre las brasas" -y
entró al quincho-. Ahora que lo escribo recuerdo que más o menos ésas fueron sus
palabras. En ese momento no les presté atención porque me convertí, de repente,
en una madre embobada por el físico de su hijo. Nunca le había prestado
atención, porque Stani había tenido problemas de aprendizaje en la escuela, sin
lugar a dudas debidos a la muerte de su madre, pero después, en el secundario,
había sido un alumno brillante, y ni hablar en la facultad. Su padre, como buen
ex-jugador de rugby siempre le había estimulado el gusto por el deporte y las
actividades físicas, e inclusive le había armado un pequeño gimnasio en los
sótanos de la casa, que aún todavía usaba. El resultado lo tenía delante de mí.
No escuchaba lo que me estaba diciendo, porque prestaba más atención a
determinados detalles de su cuerpo: las venas que contorneaban sus musculosos
brazos, los bien redondeados pectorales y los abdominales bien marcados.
Viéndolo como lo estaba mirando, tenía que dar por ciertas las indirectas de
algunas de mis amigas, que en su momento me molestaron, no de todas, porque no
era posible que todas ellas se hubieran llevado a la cama al "formidable macho
que duerme en tu casa", como había dicho una de ellas. Stani mismo sintió el
peso de mi mirada, porque comenzó a sudar y sentí humedad en sus manos cuando me
la apoyó en el hombro y me dijo "-Mamá, en un rato estoy de vuelta, porque yo
también voy a darme un chapuzón-". Les juro que yo también me sentí temblar al
contacto con su mano, y para darme valor, le pregunté: "Antes de hacer todo lo
que vas a hacer, ¿podrías prestarle un poco de atención a tu madre y ponerle
bronceador en aquellas partes que ella no puede alcanzar?". La pregunta me sonó
re-cursi, pienso que más que nada se había activado un mecanismo defensivo de mi
parte, máxime cuando al sentir sus manos sobre mi espalda casi me hago pis,
sentí que mi vulva se humedecía, y le pedí que me desprendiera el corpiño y me
bajara la tanga, bajo el argumento legal de que no quería marcas en mi cuerpo.
Traté de relajarme, simulé cerrar los ojos y quedarme dormida mientras espiaba
la erección que estaba teniendo. Todo ayudaba: sus caricias sobre mi espalda y
mi cola, ese sol cuyo calor sentía en mi riñones y que entibiaba todo mi cuerpo,
todo ayudaba para que mientras lo veía alejarse me planteara si mi enfoque de
nuestra relación era correcto. Yo era su madre y él mi hijo. En términos legales
y culturales, nuestra relación se denominaba incesto. Pero por otro lado, nunca
había asumido yo mi rol de madre, ni él la de hijo. Entre él y yo no había
ninguna relación de sangre. Por lo tanto, al carajo con el incesto. Nuestra
relación, que recién comenzaba, era perfectamente válida, en el sentido de que
era placentera y gratificante para ambos. Nada que ver con la que habían tratado
de imponerme en la oficina, ni con la lujuriosa brutalidad elemental del Burro.
Se daba, además, en nuestra casa, donde siempre hemos vivido y que considero mi
refugio, el lugar donde puedo estar tranquila y segura, aunque -como me había
venido sucediendo en las últimas horas- el mundo exterior se cayera a pedazos. Y
cuando estaba atravesando estos momentos, él fue la única persona en el mundo
que se ocupó de mí. Me sentí re-mal pensando que fuera justamente mi hijo, el
único varón -en el sentido pleno del término- que en este momento conservaba a
mi lado, me estaba dando fuerza, equilibrio, descanso y sustento. ¿Cómo no iba a
premiarlo entonces con una noche de placer, de mutuo placer para ambos?
Tan absorta estaba en mis pensamientos, que se estaban
transformando en una idea fija, que no lo ví caminar hacia la pileta. Lo tenía a
mi lado, pero me dí cuenta recién cuando lo escuché chapotear en el agua. Estaba
flotando de espaldas, y de repente giró, apoyó sus manos sobre el borde e
impulsándose con ellas en menos de un segundo estuvo fuera del agua. "¡Stani!
¡Me estás mojando toda!" -le dije, mientras me daba vuelta y apretaba el corpiño
de la bikini contra mis pechos-. Sin poder controlarlos, mis ojos fueron bajando
a lo largo de su cuerpo hasta quedar posados sobre el abultado paquete que tenía
entre las piernas. Me tomó de la muñeca para que me levantara y dejé que me
llevara hasta hasta la orilla. "El agua está muy linda, casi tibia ¿saltamos?".
Y sin que pudiera llegar a responderle, me arrastró del brazo. Yo venía
tapándome los pechos apretando el corpiño de la bikini contra mi cuerpo, pero lo
perdí por el golpe que pegaron nuestros cuerpos contra el agua. Estábamos en la
parte baja de la pileta, y yo buscando mi corpiño con una sola mano, porque el
otro brazo lo usaba para taparme, cuando lo veo a Stani salir corriendo corpiño
en mano mientras me repetía "¡Alcanzáme que te lo devuelvo!". Pude alcanzarlo,
pero como él es mucho más alto, me provocaba enarbolando el corpiño en alto,
mientras yo trataba de recuperarlo a los manotazos. Cuando me dí cuenta que así
no iba a recuperarlo nunca, y aparte de éso, noté su mirada clavada en mis
pechos, me planté delante de él y le exigí que me lo devolviera. "¡Devolvémelo,
por favor!" -recuerdo que le dije-. Unos segundos eternos transcurrieron
mientras bajaba su brazo y me lo alcanzaba, pero hubiera querido que esos
segundos fueran una eternidad, porque mientras bajaba su brazo y me lo devolvía,
sentía sus ojos clavados en mis pechos, brillosos por el bronceador, con las
aureolas erizadas y los pezones erguidos. De más está decir que estaba
excitadísima, sentía el rumoreo de mis ovarios y la vagina húmeda y no por el
agua precisamente. Con mi dignidad y autoridad de madre ya recompuestas, me puse
de espaldas a él para que me anudara el corpiño, cosa que hizo con mucho gusto,
pero vengativo al fin, casi me corta la respiración: me lo apretó como si fuera
un corset, salió del agua y ví que se dirigía al quincho.
Yo también salí del agua, fui al cuarto de huéspedes, me dí
una ducha para sacarme el cloro y los restos de bronceador que aún quedaban, me
puse un dos-piezas blanco, muy al estilo de los que se usaban en la década del
'50, y volví a tirarme en la reposera. Mientras esperaba a que Stani me llamara
para la cena, se fueron delineando en mi cerebro los objetivos a lograr. Primero
y principal, en lo inmediato, recuperar, alimentar y hacer crecer la relación
con mi hijo, que pasaba por un momento como nunca. A más largo plazo,
reconquistar la dirección de la Empresa, ahora en manos de un pequeño tirano.
(Continuará...)