Conocí a Mariano cuando yo tenía 19 años y él 24. Nos
llevábamos cinco años pero, a pesar de todo, éramos buenos colegas.
Acostumbrábamos a salir juntos de fiesta y a desfasar, sólo que, más tarde,
tomamos rumbos diferentes. A mis 19 años comencé a salir con una chica: Nela.
Nela era una más en el grupo que nos juntábamos y resultó que yo había puesto
los ojos en ella y ella en mí. Meses más tarde, después de una relación casi
siempre basada en los polvos que echábamos, más que en otra cosa, decidimos
dejarlo. Fue entonces cuando también decidí dejar a aquel grupo e ir más a mi
aire. Al poco tiempo me enteré de que mi colega Mariano y Nela comenzaban a
salir. Pero a mí aquello ya no me importaba.
Como la vida da tantas vueltas, años después, tenía una
entrevista de trabajo. Me gustaba ir con tiempo a las entrevistas de trabajo,
así que, como había llegado media hora antes a aquella empresa, me dirigí a un
bar a tomar el desayuno. Pedí un croissant a la plancha y un café con leche.
Dedicado en degustarlo estaba cuando levanté la vista y lo encontré allí, en el
otro extremo de la barra, charlando animadamente con un compañero suyo mucho más
mayor. Le observé sin todavía decir nada. Seguía siendo tan moreno de piel como
siempre, de mi misma altura, mediano, y continuaba con aquella cara de facciones
redondeadas, con sus mofletes y su sonrisa siempre estampada en el rostro.
Mariano siempre había sido un tío jovial, un cachondo. Llevaba el mono azul de
trabajo y su chaleco sin mangas azul oscuro, casi negro. Se giró y en aquel
momento me pilló observándole.
—¡Eh! —se sorprendió al verme—. Pero tío, ¿qué haces aquí?
¡Joder, qué sorpresa!
Esbocé una amplia sonrisa ante su efusiva espontaneidad.
Caminó hacia mí y yo hacia él, y al encontrarnos nos dimos un fuerte abrazo bajo
la atenta mirada de los clientes del bar. Mariano se separó y me estudió con
detenimiento.
—¡Cuánto tiempo! ¡Qué trajeado vas! ¿Estás currando por aquí?
—En realidad tengo una entrevista por aquí cerca —expliqué.
—Estás cambiado, cabrón —me agarró con fuerza del brazo—. Te
has puesto tochote, eh.
—Un poco —me encogí de hombros—. ¿Qué tal tú?
—Aquí ando, que teníamos un encargo por aquí cerca —dijo—. Y
nada, por lo demás todo bien. Nela y yo lo dejamos, no sé si te enteraste.
—No, no lo sabía —abrí los ojos.
—Ya ves. Después de tres años y pico. Pero bueno, son cosas
que pasan. Ahora estoy soltero otra vez y más feliz… ¡No veas! —volvió a sonreír
efusivo, agarrándome del hombro y apretándome—. ¡Qué alegría, tío! Oye, ¿has
cambiado de móvil? —me preguntó.
—No, no. Sigo teniendo el mismo —respondí.
—Vale, pues apunta el mío que yo sí lo he cambiado —dijo
sacando su móvil. Saqué también el mío y apunté los números conforme los iba
diciendo. Mariano giró la cabeza para mirar a su compañero, que le hizo una
seña, pues ya había pagado y se disponía a salir del bar—. Me tengo que ir. ¡Qué
ilusión verte! Te llamo, eh. Así que prepárate para una buena cena y una buena
fiesta.
—Estupendo, Mariano —sonreí contento.
—Hasta luego.
—Ciao —me despedí, viendo como salía del bar, imaginando
cuánto podría haber cambiado Mariano en aquellos años y cuánto había cambiado
yo. Creo que en ese sentido ganaba yo, pues a los 19 años no me habría fijado en
lo que me fijaba en ese mismo instante. El redondo culazo que se gastaba el
cabrón de Mariano se ajustaba suavemente a la tosca tela de su mono de trabajo.
Aquella visión me dejó muerto. Mariano seguía estando potente. ¿Y seguiría
usando aquellos slips baratos de algodón con los que más de una vez nos habíamos
visto medio desnudos en nuestros años de buenos amigos?
Mariano nunca había sido el más guapo de los colegas de aquel
grupo, pero para mí siempre había sido el que más hormona soltaba por los cuatro
costados. Un tío recio, de esos que se crían todo el día en la calle o en el
parque, corriendo por descampados cercanos a su barrio y luego, en los fines de
semana y en verano, en el pueblo de los abuelos. Todo esto le había convertido
en uno de esos tíos machos de verdad y de pelo en pecho.
El día en que nos habíamos encontrado era martes. El viernes
al mediodía mi móvil ya sonaba enloquecido con el nombre de "Mariano"
refulgiendo en la pantalla. Hablé con él unos cinco minutos, tras los cuales
habíamos quedado en vernos esa noche para tomar unas tapas, unas cañas y unas
copas. Así nos pondríamos al día en condiciones.
Nos encontramos en un bar en donde ponían unas tapas de
muerte. Estaba bastante lleno de gente, pero conseguimos una mesita en un rincón
en donde podríamos charlar más tranquilos. Pedimos al camarero y nos lanzamos a
charlar entre tragos de cerveza. Mariano estaba guapo, había cogido un par de
kilos en el tiempo en el que no nos veíamos, pero por lo general seguía muy
potente. Seguía teniendo el pelo a tazón, con la raya en medio.
—¿Mucha sequía entonces? —me referí al tema del que
hablábamos. Me estaba contando que desde que Nela y él lo habían dejado hacía
unos meses casi no follaba.
—La justa. Me enrollé con una tía hace poco, pero nada más.
Seguimos hablando largo y tendido durante un par de horas más
y cuando las cervezas habían dado paso a los cubatas, ya íbamos embalados, de
cabeza a una discoteca, en donde seguimos bebiendo bastante y bailando todavía
más.
A las cinco de la mañana llevábamos una buena borrachera los
dos.
—Vamos a casa, macho, que estoy destrozado —dijo Mariano
mientras salíamos de la discoteca, enclavada en un polígono industrial hasta el
que habíamos ido en su coche.
Se encaminó al automóvil y yo le seguí unos pasos por detrás.
—Mariano —le llamé—. No podemos coger el coche ahora, que
hemos bebido un montón y vamos un poco borrachos —observé.
—Nada, tranqui. Si llegamos en seguida —dijo, llegando ya
frente a la puerta de su coche.
—De eso nada —le paré. Estaba buscando las llaves en los
bolsillos cuando le enganché de los hombros y le obligué a girarse—. No estamos
en condiciones de conducir.
—¿Pero qué haces, tronco? —empezó a reír divertido mientras
intentaba disuadirle. Al ver que no se estaba quieto intenté hundir mi mano en
uno de los bolsillos de su vaquero, sólo que estos se le ajustaban bastante y
era difícil desde mi posición meter allí la mano.
—Dame las llaves —pedí.
—¡No! —gritó, comenzando ambos a forcejear. En aquel bolsillo
no tenía las llaves, sólo la cartera, así que me dispuse a buscar en el otro—.
¡No, no! —continuaba exclamando a carcajadas, mientras comenzaba a agarrarme por
la cintura y a hacerme cosquillas.
—¡Las llaves! —exigí también riéndome.
—No te las voy a dar, cabrón —dijo a la par que descubría que
en el otro bolsillo de los vaqueros sólo tenía las llaves de su casa. Entonces,
reconocí las llaves del coche en su mano. Tenía los brazos estirados hacia
arriba y di un par de saltos para cogerlas, empujándole contra la puerta del
coche. Al ver que así no las iba a conseguir, el alcohol que llevaba en sangre
me envalentonó lo suficiente como para agarrar con toda mi mano abierta su
paquetazo. Mariano soltó un gritito y rió al notar como mis dedos se cerraban
alrededor del bulto de su bragueta.
—¡Maricón! —me insultó. Entonces bajó los brazos, me rodeó
con ellos y me apretó contra él, que quedó entre mi cuerpo y la puerta. Me
agarró del culo tan fuerte que me hizo daño—. ¡Suéltame la polla! —exigió.
—Pues dame las llaves —repetí, y apreté con más ganas su
paquete, relajando y volviendo a cerrar mi mano intermitentemente, sin cortarme
un pelo al palparle la buena pistola que escondía entre las piernas. Al hacerlo,
Mariano atrapó su labio inferior con los dientes y bufó con una especie de
gemido contenido.
—Ahhhh, ¡Cacho de marica! —escupió con un poco de gusto—.
Suéltame el paquete.
—Suéltame tú el culo y dame las llaves —continué tercamente.
Pero conseguí el efecto contrario, pues Mariano apretujó ahora mi culo con las
dos manos, pegándome todavía más a su cuerpo e hincándome las llaves del coche
en un cachete. Pero en realidad ya me importaban una mierda las llaves del
coche. La calle estaba desierta y el coche algo apartado, aparcado frente al
jardín de una de las fábricas del polígono. Y allí estábamos los dos, amarrados
el uno al otro en una estúpida lucha cuerpo a cuerpo.
—¡Mamón! —soltó mi amigo, dándome una fuerte hostia en el
culo, lo que me obligó a soltar un breve jadeo y hundir mi boca en su cuello,
mordiéndole allí, y haciendo que Mariano se contorciera y gritara.
Mi mano seguía pegada a su paquete y las suyas parecían
soldadas a mis cachetes. Volví a morderle en el cuello, ahora un poco más
arriba, y acaricié aquel tramo de piel con mi lengua. Ya era inevitable,
estábamos bebidos y nos habíamos aproximado demasiado el uno al otro. Mariano
siempre había sido un tío desinhibido de por sí, pero aquello en lo que
acabábamos de meternos era un nuevo jardín para él.
Ahora le sobé con ganas el paquete, arrastrando toda la palma
de mi mano por él unas cuantas veces. Mi amigo se dejó hacer. Ahora fue él el
que cambió de lugar la cabeza para ofrecerme la otra parte de su cuello. Le
solté otro mordisco y el gimió y me apretujó aún más contra su cuerpo.
—¡Maricón! ¡Mariconazo! —no dejaba de repetir. Me separé de
él un poco y le miré con una lujuria que pocas veces había sentido.
—Vamos a pillar un taxi y te vienes a mi casa esta noche
—propuse.
—¿Para qué quieres que me vaya a tu casa, hijo de puta? —me
soltó unas palmaditas en la cara—. ¿Crees que soy marica? ¿Eh?
—Sólo sé que estás tan cachondo como yo —le apreté de nuevo
el paquete, haciendo que diera un saltito.
—Porque eres una puta y me has tocado el rabo hasta ponérmelo
duro —replicó.
—¡Y una mierda! —me acerqué a su oído para susurrarle aquello
con un deje de odio y cachondez.
—Marica —volvió a escupir, sujetándome la mano que acariciaba
su paquete y retirándola—. Si me voy a tu puta casa, ¿qué me vas a hacer? —me
interrogó.
—Lo que me dejes que te haga, cabrón. Lo que tú quieras. Lo
que me pidas lo haré sin rechistar —le di tres respuestas por si una no era
suficiente.
—¿Me vas a comer el rabo? —preguntó.
—Enterito y hasta que me ahogue —volví a pegarme a él para
susurrarle al oído. Poco disimuladamente, con la mano en la que no tenía las
llaves del coche, me agarró el culo una vez más y me lo manoseo como habría
hecho con una de sus nenas.
—¡Cabrón! —me insultó, sin soltarme. Así que aproveché para
meter mis manos por debajo de su jersey y su camiseta, sobándole su moreno
vientre cubierto de pelo—. Vamos por un taxi que estoy que no me aguanto.
Dicho y hecho. El taxi no tardó en llegar, nos montamos en
los asientos de atrás y le indicamos la dirección al conductor, que iba embebido
en las canciones que sonaban en la radio mientras Mariano y yo intercambiábamos
miradas ansiosas. Estábamos deseando llegar a casa. Estaba deseando clavarme en
la cama a cuatro patas y zamparme aquella banana que mi amigo acaudalaba en su
comprimido paquetazo. ¡Joder! ¡Me iba a poner las botas! Estaba deseando comerme
la rica crema de aquellos huevotes peludos. Estaba muerto de ganas por ver en
todo su esplendor aquel moreno cipote y aquellos cojonazos peludos. ¿Me dejaría
Mariano meter mi ancha lengua en la peluda raja de su culo y mamarle el ojete
con todas mis energías, succionando su cerrado esfínter?
No me supe contener. Estaba demasiado cachondo. Estiré mi
brazo discretamente y lo planté sobre el paquete de Mariano mientras el taxista
arrancaba cuando un semáforo se ponía en verde. Mi amigo, desprevenido, soltó un
gemidito que el taxista pareció escuchar, pues nos observó a través del
retrovisor, pero me dio igual que aquel tipo se enterara. Así que borracho como
yo iba, estiré mi otro brazo, sujeté el extremo de la cremallera del pantalón y
de un tirón se la bajé. El taxista se removió en su asiento. Mariano me miró,
miró la nuca del taxista y acabó echando la cabeza hacia atrás, apoyándola en el
respaldo. Con el permiso de su silencio introduje mis dedos en la abertura y
busqué su polla bajo la tela del calzoncillo, que eran unos bóxers a rayas
holgados. Me incliné un poco hacia él y ya no tuve ninguna discreción a los ojos
del taxista. Feliz, saqué la punta una polla todavía sin despellejar y bastante
empalmada, que, según pude apreciar en la penumbra del taxi, sólo alcanzado por
la anaranjada luz de las farolas, estaba surcada por un par de gruesas venas.
—Hey, chavales, ¿se puede saber qué hacéis? —preguntó el
taxista, aminorando la marcha y girándose hacia atrás. Fue sólo un instante, lo
suficiente para descubrirme con la polla de Mariano en la mano asomando hasta la
mitad por la bragueta—. ¡Joder! —masculló el tipo—. ¡A hacer guarradas a vuestra
puta casa, eh!
—Acelere entonces —soltó Mariano, que parecía estar
adormecido, con la cabeza estirada hacia atrás.
—¡Pero qué maricones! —masticó el taxista, mirando
nerviosamente por el retrovisor. Y de momento en momento volvía a girarse para
ver si yo había hecho algún progreso en mi aventura—. ¡Qué asco! —decía mientras
me descubría sacando dos redondas y contundentes pelotas bien peludas—. Mirad
que os bajo aquí mismo y os tiro a la puta calle. Así que ya os estáis cortando
un pelo —medio amenazó el taxista, al cual le temblaba la voz, no sé si de
enfado o de nervios.
—Pélamela —me pidió Mariano, ignorando al taxista, cosa que
empecé a hacer muy despacio, deleitándome en aquel movimiento en el que todo el
pellejo que recubría el grueso capullo se despegaba de aquella amoratada
superficie. Él gimió bajito y de forma continuada mientras duraba el
descapullamiento.
—¡Joder! —escuchamos al taxista, impaciente.
—No aguanto a que me la chupes —susurró mi amigo, ya con toda
la cabeza de su grueso cipote al aire. Así que yo no esperé más. Al ver su
redondeado capullo me lo metí en la boca y saboree el gusto salado de aquel
glande que sabía a polla como nunca. ¡Qué rico!
El taxista, al percibir que la tragedia había llegado a uno
de sus puntos álgidos dentro del automóvil, aminoró bastante la velocidad y se
giró para mirarnos, descubriéndome con todo aquel rabo moreno en el hocico. Eso
hizo que estuviera un poco más de lo debido desatendiendo el volante y la
carretera. El claxon y las luces de un coche que venía de frente por el otro
carril le devolvieron a la realidad.
—¡Se la está chupando! —dijo para sí mismo, como si
expresando sus pensamientos en voz alta los hicieran más creíbles.
—¡Joder! ¡Qué bieennn! —exclamó Mariano, que me sujetó la
cabeza con una mano, y me animaba a subir y a bajar mientras succionaba y
paladeaba las intensas secreciones de su banana.
El taxista volvió a la carga y giró nuevamente su cabeza.
Esta vez lo que le sorprendió fue encontrarse con mis ojos clavados en los suyos
y destilando lujuria, mientras atrapaba entre mis labios el grueso trozo de mi
amigo. El taxista me miró nervioso, incapaz de apartar la vista.
—Si no mira para delante nos vamos a estrellar —le avisé,
ante lo que él volvió a mirar para delante. Mariano jadeaba como un perro.
—¡Maricón, chupa! ¡Come rabo, toma! —me decía Mariano,
meneando arriba y abajo sus caderas—. ¡Mámame el rabo! ¡Sí! ¡Qué bien!
Entonces el taxista se desvió por una calle con bastante
brusquedad y frenó en seco. Levanté la cabeza, pensando que ya debíamos de haber
llegado, pero para nada. El taxista apagó el motor, quitó las llaves del
contacto y salió por la puerta, dando un portazo tras de sí.
—¡Joder! —pensé con lentitud—. La hemos cagado.
La puerta de mi lado se abrió de golpe y allí descubrí la
cara del conductor, que mostraba una furibunda expresión de rabia. Solté la
polla de Mariano, que levantó la cabeza para observar también al chófer. Con
increíble rapidez el tipo estiró su brazo y me agarró por el pelo dándome un
tirón tan fuerte que pensé que me iba a arrancar la cabellera. Al instante, una
fuerza descomunal me sacaba del taxi. La primera hostia en toda la cara pensé
que me había reventado el labio, pues el sabor a polla que tenía en mi boca dio
paso en un segundo al sabor a sangre, que ya me había inundado cuando caí de
rodillas en el duro asfalto, atontado por la segunda hostia que me alcanzaba en
el otro lado del rostro.