-¿Cómo quieres que no me mosquee, Oliver, si desde hace unas
semanas no haces más que hablarme de él? -su voz se escuchaba desde el cuarto de
baño contiguo a la habitación.
-Lo siento, Benji, pero es que no lo puedo evitar -desde la
cama, el joven Oliver Atton se resistía a despegarse de las sábanas, retozando
con los ojos entretelados-. Hace casi dos años que no le veo, y sabes
perfectamente lo muy jodido que me quedé cuando se marchó.
-¿Y entonces qué coño pinto yo aquí, tío? -Benjamin Price,
sólo unos meses mayor que el otro, se colocó bajo el umbral de la puerta con el
cabello y el cuerpo húmedos y una toalla atada a la cintura; viendo que Oliver
estaba vuelto de espaldas a él y aún en la cama, optó por volver a entrar al
baño para peinarse frente al espejo-. A veces no puedo comprender por qué eres
tan autodestructivo, Oli. Pasó de ti hace dos años y volverá a hacerlo en cuanto
acabe el Mundial de este verano. ¿Y qué has aprendido en todo este tiempo? Nada,
porque aún esperas que venga con un ramo de flores y te pida en matrimonio...
-No hace falta que seas tan duro conmigo, colega -Atton
apareció al otro lado del espejo con el pelo encrespado y los ojos legañosos, y
trató de darle lástima con su carita de perro abandonado.
-Son ya más de las seis, Oli -Benjamin le ignoró, acabando de
recolocarse la gorra sobre su abundante pelo castaño-. Te dije que quería
empezar a entrenar antes de las siete y media, así que date una ducha rápida si
piensas venir conmigo.
-¿A qué viene tanta prisa? -Atton caminó hasta colocarse a su
espalda, observando el reflejo de ambos en el espejo con restos de vaho-. ¿Te he
dicho alguna vez que me encanta cómo te sienta la gorra cuando estás recién
duchado?
-Sí, muchas veces -Price sonrió-. Casi tantas como las veces
que yo te he dicho que no me gusta que te arrambes a mí cuando estoy recién
duchado y tú apestas aún a perezoso acabado de levantar.
-¡Tú nunca me has dicho eso, capullo! -protestó el joven
moreno, tomándole de la cintura y pegándose un poco más a él.
-Será porque nunca antes he estado ya enfadado contigo a las
seis de la madrugada -movió un poco la cabeza para tratar de esquivar los besos
que el otro pretendía darle en el cuello-. Y será mejor que eches una meadita
para que se te baje, porque no pienso perder más tiempo esta mañana.
-No me cuidas nada... -soltó Oliver con resignación,
separándose de su amigo y dándose la vuelta en dirección al retrete; se sacó la
minga, algo más que morcillona, y trató de concentrarse en mear-. Seguro que a
más de uno le encantaría aprovecharse de mi alegre despertar.
-Por supuesto que sí -ironizó Benjamin, volviéndose hacia la
puerta y caminando hacia ella, subiendo el tono de su voz para que el otro le
escuchase-. Seguro que tu querido Mark Lenders estaría encantado de que le
frotaras la polla contra el culo a las seis y media de la mañana.
-¡Que te den! -protestó Atton, dirigiendo el chorro de pis
hacia el centro del inodoro-. Al menos él seguro que no se comportaría como un
niñato celoso y gruñón...
-¡Tíratelo, tío! Pero después no me vengas a llorar, cuando
acabe el Mundial y se largue otra vez a triunfar por ahí.
-Pienso hacerlo, ¿sabes? Me lo voy a tirar... -se sacudió las
últimas gotitas del glande y pulsó la palanca de la cisterna, al tiempo que se
desprendía del slip con el que había dormido; se colocó bajo el umbral de la
puerta y lanzó la prenda sobre su cama, pasando ésta cerca del lugar donde Price
se había desatado la toalla y secaba con ella su cuerpo-. Te juro que lo voy a
hacer, tío, y verás cómo te arrepientes de haberme dado permiso.
-¡Adelante, Oli! Ya te dije que me la sudaba lo que quisieras
hacer con él -el que iba a ser portero titular de la Selección sub-21 de Japón
durante aquel Mundial, se afanaba en secar su culo, sus huevos y su polla, que
se bamboleaba libremente con la fricción-. De hecho, puedes hacerlo hoy mismo,
en cuanto aparezca. Lánzate a sus brazos y dile cuánto le has echado de menos
-se cachondeó con una sonrisa, lanzando la toalla sobre la cama que tenía al
lado y cogiendo el calzoncillo gris que tenía colocado ya sobre una silla, junto
con el resto de su equipación de portero-. Pero no te hagas muchas ilusiones,
amigo, porque lo mismo sus contratos publicitarios no le permiten unirse hoy a
los entrenamientos... No olvides que Lenders es toda una estrella.
-¿Sabes qué? ¡Paso de ducharme!
-Haces bien -Benjamin se recolocó la polla dentro del slip, y
alcanzó el pantalón corto negro y de tacto suave.
-¿Cómo arreglo ahora esto, doctor? -Oliver se miró entre las
piernas-. He echado una meadita, como usted me recetó, pero la sigo teniendo
dura -aprovechó que el otro estaba ocupado poniéndose el pantalón, para
acercarse a él; utilizó un tono de voz más íntimo-. Venga, sólo una mamada,
Benji. Ni siquiera hace falta que te quites la gorra. Y te prometo que, si me
das ese capricho, no voy a intentar nada con Mark.
-Estás de coña, ¿verdad? -le dijo su compañero con el gesto
serio-. Cuando llevemos tres horas entrenando, te haré todas las mamadas que
quieras, pero ahora vístete, porque yo pienso largarme en cuanto esté preparado.
-No sé de qué me extraño -el joven Atton se dio finalmente
por vencido, girándose en dirección al armario-. Eres cuadriculado hasta para
tener sexo... Sólo cuando toca, y siempre anteponiendo el fútbol al placer
-pilló el primer calzoncillo que encontró y se lo puso rápidamente, dejando su
nardo a media asta inclinado hacia su izquierda.
-Te espero en la cocina, preparando café -Benji se había
puesto ya la camiseta verde con el escudo de Japón, y asía su mochila para
cargársela a la espalda-. No tardes, ¿vale?
Salió sin hacer ruido. Oliver miró hacia la puerta con el
ceño ligeramente fruncido y cara de resignación. Luego buscó en el fondo de uno
de los cajones, y extrajo de allí una foto en la que se les veía a Lenders y a
él tumbados en la misma cama que ahora compartía con Benji. Era una de esas auto
fotos que nunca sabes si van a quedar bien. El propio Mark había pulsado el
botón, con una sonrisa aún adolescente y algo ingenua, mientras que la cara de
Oliver estaba hundida en su cuello, con la felicidad del que cree que es posible
retener el aroma de la pasión en una simple foto.
-No me vas a fallar, ¿verdad que no? -le preguntó a aquella
sonrisa impresa; luego acabó de vestirse.
...................
-¡Muy mal, Oli! Será difícil que me marques si no intentas
sorprenderme, tío... ¡Me las estás tirando todas por el mismo lado, joder!
-Price hizo rodar el balón con fuerza hasta los pies del joven centrocampista-.
¿Quieres darle de una vez como tú sabes? -se ajustó los guantes, flexionando las
rodillas para disponerse a parar el potente chut de Oliver.
"¡Que te den!", pensó Atton para sí mismo. Retrocedió tres o
cuatro pasos, miró a portería y después avanzó para golpear el balón menos
fuerte de lo previsto, pero con un preciso efecto que obligó al esférico a
moverse a la derecha del portero, cuando la trayectoria lógica era la contraria.
Benji no tuvo tiempo a reaccionar, y cuando su cara se arrastró sobre la hierba,
el balón amartillado por su amigo rasgaba ya la red de la portería a sus
espaldas.
-¡Muy hábil, Atton! -se oyó vociferar a unos metros de allí-.
Me encanta ver que sigues en forma.
Los dos chicos miraron en esa dirección casi al mismo tiempo,
Price mientras trataba de recuperar la verticalidad y Oliver sin dar crédito a
lo que sus ojos estaban viendo: ¡Mark Lenders había llegado el primero! El tío
por el que él había suspirado desde sus primeros enfrentamientos con apenas 12
años (cuando militaba en las filas del NewTeam), seguía siendo el mismo maromo
con pinta de chulo y provocador de siempre. Con una bolsa de deporte cargada
sobre su hombro, las mangas de la camiseta de la Selección japonesa dobladas
casi hasta el cuello, su larga melena tan sedosa como de costumbre, unas gafas
de Sol pequeñas y de diseño, y tan alto y atractivo como los otros dos le
recordaban.
-Ahí le tienes... -suspiró Benji, con cierta complicidad
hacia 'su chico'; luego decidió tomarle el pelo-. ¿No piensas ir corriendo a
abrazarle?
-Muérdete la lengua, cabronazo -le respondió Oliver en un
susurro; enseguida se giró hacia Lenders, que había empezado a caminar
lentamente sobre el terreno de juego-. ¿Qué tal estás, Mark? Creíamos que tus
compromisos publicitarios no te iban a permitir unirte hoy al grupo.
-¿Qué pasa, me tienes envidia, compañero? -sonrió con el
mismo aire de suficiencia al que todos acababan acostumbrándose-. Creo que te vi
anunciando galletas en una televisión local de Tokio. ¿O eran caramelos?
-Eran cereales -canturreó Oliver, sabiendo que no iba a ganar
aquella batalla; Mark había dejado caer el macuto al suelo y seguía avanzando en
dirección a sus dos compañeros de Selección-. Hacía mucho que no nos veíamos,
joven estrella.
-Pues sí, la verdad es que he estado ocupado convirtiéndome
en un ídolo para chavales de todo el mundo -llegó hasta Atton y le pasó una mano
por el pelo, para después dejar de lado su prepotencia medio fingida-. ¿Qué tal
estás, tío?
-No me puedo quejar. Sigo cerca de mi familia, y de mis
amigos -miró a Benji, que se mantenía un poco al margen, al tiempo que recogía
el balón del suelo-. Supongo que no he viajado tanto como tú, pero te aseguro
que no tengo quejas.
-¿Y tú qué tal, Price? ¿Has mejorado con los penalties?
-Ya tendrás tiempo de comprobarlo -se quitó uno de los
guantes y le tendió la mano a su más antiguo y admirado rival-. Me alegro de
verte, Mark. Oliver aún habla mucho y muy bien de ti -lo dijo como tratando de
echarle un cable al otro.
-Es lo que tiene conocerme -se colocó las gafas sobre la
frente-, que quien lo hace no me olvida con facilidad. ¿Te importa si te robo a
Atton un momento?
-No te preocupes, llevamos aquí ya un par de horas, y de
todas formas íbamos a dejarlo hasta que lleguen el míster y los demás. ¿Verdad
que sí, Oli? -dijo Price, dándole el esférico y clavándole la mirada desde
debajo de la gorra.
-Entonces vente conmigo, Atton -le pasó un brazo por detrás
de la cabeza-. Tenemos que ponernos al día. ¿Te ha dicho ya nuestro querido
entrenador que me va a nombrar capitán?
Los dos jóvenes se fueron alejando, después de que Mark
volviera a hacerse con su mochila, bromeando y lanzándose sus habituales pullas.
Benji les observó con una sonrisa cruzando su rostro ensombrecido por la
presencia de la gorra. Pocos sabían cuál era el color de sus ojos, pero se
adivinaban oscuros. El portero titular de aquel Mundial, en la Selección sub-21
de Japón, fue consciente de que iba a tener que acostumbrarse a esa imagen:
Lenders y Atton juntitos, para bien o para mal, siempre unidos por esa especie
de lazo irracional y sin sentido, siempre batallando en público y en la
intimidad. No tenía más remedio que aceptarlo si quería seguir cerca de su
adorado Oliver, recogiendo los restos del naufragio cuando el Mundial hubiera
concluido...
-Así que me has echado de menos, ¿eh? -Lenders seguía
apretando con fuerza el cuello de Oliver, como si le preocupara que el otro
pudiera escapar de sus garras.
-Te fuiste sin despedirte, Mark. No es que esperara una
carta, o un ramo de flores, pero es que ni siquiera dijiste adiós. Te llamé al
móvil unas quince veces, hasta que escuché en televisión lo de tu millonario
traspaso al club italiano -Atton se deshizo de la presión con la que el otro le
sujetaba, como si pronunciar aquellas palabras le hubiera hecho recordar que lo
había pasado mal durante bastante tiempo; el balón de los entrenamientos aún
estaba sujeto a sus manos-. Tengo que reconocer que me dejaste bastante jodido.
-Pero ahora estoy de vuelta, Oli -Lenders se encogió de
hombros, colocando de nuevo las gafas de Sol sobre su nariz como si bajara una
compuerta protectora; siguió camimando en dirección a las instalaciones del
estadio, bajando las escaleras que conducían a los vestuarios-. Estuve a punto
de hacerlo, de enviarte una carta de despedida; pero sabes que ese no es mi
estilo.
-Me hubiera bastado una llamada -sentenció Atton.
-¿Para qué, para oírte lloriquear y suplicar que no me
marchara, o que te dejara venir conmigo? -se detuvo, percibiendo que el otro se
había quedado en lo alto de las escaleras.
"¡Vete a la mierda!", le gritó Oliver, lanzándole con rabia
la pelota, que acabó golpeando fuertemente la espalda de Mark. Éste dejó caer el
macuto y se dolió del impacto con un quejido. "¿Qué coño te pasa, tío? ¿Acaso
quieres lesionarme?", le increpó con el brazo doblado hacia atrás. Oliver
descendió los escasos escalones que les separaban y Lenders le pilló del cuello
de la camiseta y lo empotró contra la pared de aquel pasillo. "¡Yo también te he
echado de menos, sabes!", masculló Mark entre dientes.
El otro se reconoció a sí mismo en el reflejo de aquellas
gafas oscuras. Pero no era el Oliver de la actualidad, si no el que tiempo atrás
sentía cabalgar con ferocidad sus propias pulsaciones cada vez que Lenders le
tocaba de alguna forma, con violencia o sin ella; en mitad de un lance del
juego, o durante un revolcón en la intimidad. El chico volvió a sentirse aquel
Oliver ilusionado de 17 años, que se sentía dichoso de poder compartir momentos
calientes con todo un líder como Mark Lenders.
El delantero estrella y futuro capitán de la Selección
sub-21, no tardó en plantar sus labios carnosos sobre los de Atton, que le
recibió con las mismas ganas que se recibe el agua fresca negada durante un
ardiente verano. Se agarró a su larga y cuidada melena, y se entregaron ambos a
un morreo que habían añorado con la misma intensidad.
Oliver llevaba entrenando desde las siete y media de la
mañana con Benji. Su frente y su espalda estaban sudadas, y desprendía el aroma
característico de todo buen deportista. Mark, en cambio, olía a colonia cara de
macho, tal vez la misma que publicitó junto a una atractiva modelo argentina las
Navidades pasadas. El contraste de ambas fragancias, con la humedad añadida de
aquel beso ansioso, pronto hizo efecto en sus respectivos cuerpos, jóvenes y
bien entrenados.
Las manos del centrocampista recorrieron la firme espalda de
Lenders, apretándole contra sí mismo, deseando ensuciar aquella limpita
indumentaria con el sudor de su piel.
-¿Y qué pasa con Price? -le preguntó Mark, separando sus
bocas con esfuerzo-. ¿Seguís siendo tan "amiguitos" como siempre?
Las palabras del chico no ocultaban cierto recelo. Oliver le
levantó las gafas de Sol y se las colocó sobre la melenuda cabeza. "Si te
refieres a lo que yo creo, sí seguimos como entonces. Lo pasamos bien juntos,
¿eso te molesta?", preguntó con toda la intención.
-Vaya par de maricas... -dejó caer con rabia, asiendo la nuca
de Atton y metiéndole la lengua todo lo dentro de la boca que pudo; lo
aprisionaba con cierta violencia contra la pared, pero al otro no le importaba:
volvía a estar entre los brazos del tío qué más caliente le había puesto en su
corta vida-. Yo no he vuelto a estar con ningún tío después de ti -confesó Mark,
para sorpresa de Oli.
-Me cuesta creerlo, sobretodo teniendo en cuenta que ahora
eres un semi Dios para muchos.
-Siempre de lejos, chaval. Lo único que todo el mundo percibe
de mí es mi jodida mala ostia -Lenders notó que las manos de Oliver estaban
posadas sobre el elástico de sus pantalones deportivos.
-Menos yo -dijo éste, estirando hacia él y bajando la vista-.
Yo he recibido siempre lo mejor de ti, ¿verdad? 'Esto' que tanto he echado de
menos...
-Aquí nos pueden ver, Atton -Mark miró hacia lo alto de las
escaleras y luego hacia el túnel en penumbra-. ¿Por qué no vamos a los
vestuarios?
Continuará...