Hola de nuevo, queridísimos lectores. Me dirijo a ustedes
para anunciarles un hecho muy grave. Tras una batalla legal que se ha prolongado
más de diez años –sí, la justicia noruega también es muy lenta- Papá Noel se ha
ido de rositas. Una auténtica vergüenza, un desaguisado jurídico de
incalculables consecuencias y un día que será recordado por las futuras
generaciones con incredulidad y horror.
Lo digo para aquellos que se han preguntado en qué acabó la
querella que le puse al gordito por dejarme preñada y sin regalos.
Para el resto, los que prefieren no meterse en líos, los
cachondos o los cachondos que nunca cuestionan los poderes fácticos, terminaré
de contar mi historia hasta el día de hoy.
No tengo muy claro el significado de poder fáctico, pero
supongo que viene a cuento, ya que mi papá hacía una mueca de asco cada vez que
usaba la palabreja. Pues yo estoy asqueada con todos los poderes fácticos
habidos y por haber. Esos que permiten al gordito seguir pasando por bonachón,
cuando, la pura verdad, es que no pasa de ser un asaltacunas…bien dotado, todo
hay que reconocerlo.
Pues bien, una vez presentada la querella, tuve que abandonar
mi Nordreisa natal. Las
fuerzas oscuras (fácticas, seguro que eran fácticas), se coaligaron para hacerme
la vida imposible en el pueblo. Me mudé a Oslo (capital de Noruega), con 24
añitos, un enano de 4 (Sigmund), mi preclara inteligencia, un cuerpazo serrano
que quitaba el hipo (no volveré a insistir en que soy la hermana gemela del
pibón que anuncia los coches Saab, la que lleva los cubiertos de la ensalada en
el moño: ver la foto, aunque se dejen los ojos en el intento) y unas ganas locas
de follarme todo lo se moviese y respirase.
(La gemela de Ingrid, en un anuncio de la televisión)
Aprovechando el contacto que había tenido con un actor tiempo
atrás –creo que ya les hablé del tal Nacho no sé qué-, me contrataron
rápidamente en una peli porno.
Los compañeros de reparto eran todos encantadores, guapos y
con buenas pollas, aunque no llegaban ni de lejos a la talla de Papá Noel; pero
tampoco hace falta tener la polla de semental equino del gordito para hacerme
ver las estrellas.
De hecho, creo que me gustan más tirando a pequeñitas. Con 22
cm, siempre que sea cabezona, me conformo.
Mi carrera en la industria del porno fue meteórica. Pasé de
actriz suplente a protagonista en dos meses, gracias a que ya venía entrenada
del pueblo y, para ser sincera, a que estaba como un puto tren. A mis 34 tacos
actuales estoy que rompo la pana, pero en aquella época, con 24 añitos, tenía un
cuerpazo de escándalo.
Hay que decir que los comienzos fueron duros: sustituyendo a
la protagonista en las escenas de alto riesgo, cuando se la cepillaban cinco
chicos a la vez; manteniendo alta "la moral" de los actores entre toma y toma,
para que no se les bajase la "inspiración" y calentándole la cama al director,
al productor, a la guionista y al operador de cámara, que las noches son muy
frías en Oslo.
Me apliqué tanto en tenerlos a todos contentos, que debuté
como protagonista en un tiempo record. El problema fue que era demasiado buena.
Los actores se entusiasmaban tanto cuando me los tiraba que no atendían las
indicaciones del director, aunque los polvos eran muy buenos y las escenas
salían de un tirón, sin cortes. A mí también me jodía mucho cuando al capullo
del director le daba por decir lo de CORTEN, me bajaba el vacilón.
Entre tanto, seguía ocupándome de que todo el equipo durmiera
calentito por las noches y que hubiera buen rollito, prodigando mamadas a
discreción en las pausas del rodaje. No se me había subido el éxito a la cabeza.
Los amantes del género estarán de acuerdo conmigo en que hubo
un antes y un después de aquella película (Puta y viciosa: La reina de la
esquina). Una película de culto, según dicen hoy en día.
La escena cumbre, esa en la que me asomo por la ventilla del
conductor para chupársela, mientras un transeúnte, obnubilado por la visión de
mi chochito, me agarra por detrás y me la enchufa, fue idea mía. Me quedaron las
costillas doloridas por la postura tan forzada, pero me corrí tres veces. Y esos
toques de credibilidad en la interpretación, se notan.
La segunda película (Puta y viciosa II: Masacre de capullos),
no fue tan buena. Una secuela para aprovechar el tirón comercial de la primera.
Antes de terminar la película tuve una discusión con el
director. Me quiso cortar la escena en que me follan con el puño, me como dos
rabos a la vez y me parte el culo un negro con una polla casi tan grande como la
de Papá Noel. El tío se desgañitaba gritando y nosotros (la tía: que ya me había
metido dentro medio brazo; los dos chicos: a punto de correrse en mi cara y el
negro: el la polla grande que me estaba partiendo en dos el ojete), ni puto caso
que le hacíamos. Estábamos en uno de esos momentos mágicos en los que las almas
comulgan místicamente con los cuerpos: vamos, un polvazo cojonudo. El tontolaba
se lo tomó a mal y nos echó a todos.
Juré que nunca jamás nadie me iba a cortar un polvo. El
último pichafloja que me quiso hacer quedar a medias, un encargado de
mantenimiento que me revisó la instalación de la calefacción del apartamento,
seguro que no se le olvida en la vida.
Cuando estábamos en lo mejor, va y me suelta que no estaba
del todo convencido, que si su novia se entera no se lo perdona, que si…mierda,
excusas.
Aprovechando que lo tenía debajo, lo trinqué por el cuello
con una mano, con la otra le apreté los huevos y con los dientes le hice una
llave estranguladora sobre la polla.
-"Chatín, tú verás. O terminamos el polvo como es debido o te
estrangulo, te arranco lo huevos y después te mastico la polla…y no precisamente
en este orden".
No ha vuelto por casa, pero aquel día cumplió.
Ahora tengo que hablarles de la Oficina de Empleo, lúgubre
lugar a dónde te mandan cuando la empresa quiebra, le calzas una hostia al
hijoputa del jefe o te tiras al marido de la jefa.
En mi caso, no. Lo mío fue por causa de un chochito
hiperexcitable.
Me extraña muchísimo que el organismo en cuestión se llame
Oficina de Empleo, cuando los únicos empleados que allí había eran los
funcionarios de marras. La clientela, no. Todos parados.
Llevaba tres visitas infructuosas, tratando con unos
funcionarios con cara de estreñidos que no me hacían ni puto caso y ya me estaba
poniendo nerviosa.
Cuando una cosa me pone nerviosa, me entran unas ganas locas
de follar. Bueno, no sólo cuando me pongo nerviosa. El caso es que aquel día ya
me había hecho dos dedos antes de salir de casa, le había pagado la carrera al
taxista con una mamada y me había hecho el culo un amable quiosquero: un precio
abusivo por un par de revistas y el periódico; pero había que ver lo buenorro
que estaba el tío. Aún así, seguía nerviosa.
Empecé a mosquearme cuando el funcionario empezó a revolver
papeles, torcer el morro y decirme que no cumplía el perfil requerido. Me acordé
que no me había puesto sujetador y que las bragas se las había quedado de
recuerdo el quiosquero.
-"Oiga, buen hombre. Le agradecería que le dijese al jefe del
chiringuito que quiero hablar con él. Cosas personales…ya me entiende"- Le solté
a bocajarro, inclinándome sobre el mostrador y poniéndole las tetas a un palmo
de sus narices.
El pollo casi se atraganta, se puso coloradote y salió
disparado hacia un despacho. Volvió a los dos minutos.
-"La Sra. Olsen estará encantada de recibirla ahora. Pase por
aquí, señorita".
Bueno, tratándose de pagar el alquiler, me daba igual que
fuese la Sra.Olsen.
La tipa empezó con el rollito del perfil; cosa que no
entiendo, ya que estoy mucho mejor de frente y ni les cuento por detrás. Pero
bueno, debe ser parte de la jerga administrativa.
Había un trabajo de asistente en una residencia de ancianos.
Pero la Sra. Olsen seguía dándole vueltas a mi perfil y lamentando que no
tuviese experiencia en el área asistencial.
En estos casos no me gusta discutir. Prefiero hacer una
demostración práctica de mis cualidades.
Me remangué la falda, me senté en la mesa, cogí la cabeza de
la Sra. Olsen y la enterré entre mis muslazos, quitándole antes las gafas.
¡Joder, qué ganas tenía de que me comieran el chochito en condiciones!
Terminamos haciendo una tijera, demostrándole a la Sra.Olsen
que, en temas de atención a la tercera edad, no me faltan ni vocación ni
aptitud. Tengo que aclarar que la Sra. Olsen hacía tiempo que había pasado la
menopausia.
Los viejecitos del asilo eran todos encantadores. Me
recordaban a Papá Noel. Me lo recordaban en todos los sentidos…no sé si me
entienden.
A las dos semanas de empezar el trabajo era la cuidadora de
más éxito. Había que ver lo que disfrutaban los viejecitos con mis estriptises.
Todas las noches hacía una función de gala en la sala de
televisión, prometiendo una mamada al que lograse una semi-erección y tirarme a
los que se les pusiera más gorda. Había bofetadas.
Con las viejecitas tuve que ir más despacio. Empecé por
animarlas a cambiar el vestuario y ponerse algo más provocativo.
Luego pasamos a la fase de afirmación de la personalidad y
recuperación de la autoestima, con la inestimable ayuda de unos cuantos
viejecitos, los más entusiastas, que las piropeaban a discreción.
Una vez que las viejas se dieron cuenta que aún podían
ponérsela dura a alguno, ya no hubo quién les parara los pies. El asilo se
convirtió en una sucursal de Sodoma y Gomorra, S.A.
Tuvimos docenas de celebraciones de compromiso, ocho
matrimonios y dos defunciones; aunque, estos últimos, pasaron a mejor vida con
una sonrisa de felicidad en los labios.
Con los viejos emparejados, mi trabajo disminuyó mucho y
empecé a aburrirme. Acostumbrada al ritmo frenético de la primera temporada, un
par de polvos diarios con el personal médico, alguna mamada esporádica a los
viejos verdes y mis dos amantes fuera del trabajo, no era como para tirar
cohetes.
A los dos años me harté y decidí cambiar de actividad.
Siempre me ha gustado el sol, tumbarme en la playa y
disfrutar del mar. Mi piel se vuelve de un precioso color dorado con el sol. Ni
me pongo del color del langostino hervido, típico de mis compatriotas nórdicos,
ni pillo el negro torrefacto de los mediterráneos. Tres veranos en Portugal,
España y Grecia, me convencieron que en el Sur se vive mejor. Y también se folla
mejor, debe ser cosa del clima.
Un buen amigo mío, a quién le curé una depresión a base de
polvos, me habló de una empresa turística que buscaba animadores para sus
cruceros por el Mediterráneo. Como si me hubiese leído el pensamiento. Me
concertó una entrevista con un amigo suyo, ejecutivo de la empresa.
Como ya había trabajado en el hotel de mi pueblo, estaba
segura de que no me iban a poner pegas por falta de experiencia en el sector.
Por si acaso, me preparé adecuadamente para la entrevista: minifalda, una
camiseta bien ajustada y nada de ropa interior. Un dedito en la ducha y un par
de cubitos de hielo en mis pezones, para salir de casa con el coño bien
engrasado y los pezones como piedras.
Ya les dije que tengo una inteligencia privilegiada y mi
intuición no le va a la zaga. El tipo de la entrevista, en cuanto me echó la
vista encima, tenía una sola idea en mente, cosa que saltaba a la vista a la
altura de su entrepierna.
Para no andarme con rodeos, mientras él me tendía la mano
para estrechar la mía, yo me arrodillé, le bajé la bragueta y me la tragué de un
bocado. Desde luego, a ejecutivo agresivo debía de haber llegado por méritos
propios: tenía una polla chiquitina (un palmo escaso), no aguantó ni cinco
minutos de mamada y encima puso reparos a correrse en mi boca. Lo trinqué por el
culo con las dos manos, me calcé la minipolla hasta poder lamerle con la lengua
los huevos y aspiré su corrida sin pestañear. Contratada.
Al día siguiente me volvieron a citar para buscarme un puesto
acorde con mis habilidades. Fui pasando de mamada en mamada; perdón, de
departamento en departamento. Fui penetrada a conciencia; perdón, interrogada a
conciencia sobre trato con el cliente, habilidades sexuales y pruebas de aptitud
física. El entrevistador que hacía de cliente no tuvo tiempo ni de abrir la
boca, ya la abría yo por él. Mis habilidades fueron objeto de grandes elogios
por parte de los examinadores, sus colegas de ambos sexos y hasta los becarios
en prácticas de la empresa. En cuanto a mi resistencia física, la demostré con
el numerito de "vayan pasando de cinco en cinco", una y otra vez, hasta que se
rindieron por agotamiento.
Aquel día quedó inscrito en mi diario con un nuevo record: 15
polvos, 8 orgasmos, 6 enculadas, 24 mamadas, 32 pajas con tracción manual y 9
conejitos trajinados. Casi termino con agujetas.
Fui contratada como jefa de animación en el crucero de las
islas griegas, con un sueldazo indecentemente alto, una suite casi tan grande
como la del capitán, carta blanca para organizar a mi gusto las actividades
lúdicas de la clientela y contratar los ayudantes que necesitase.
Siempre me había rondado por la cabeza la idea de un parque
temático sobre actividades sexuales y ésta era la ocasión perfecta para dejar
volar mi imaginación…tengo una gran imaginación. No me costó nada convencer a
los jefes para transformar el crucero en una especie de puticlub de lujo,
orientado a parejas y grupos familiares de alto poder adquisitivo, con un precio
astronómico de pasaje "todo incluido", una tripulación entusiasta y un equipo de
animación bien dotado.
Llevo seis temporadas con el invento y los resultados son
espectaculares. El barco se nos quedó pequeño enseguida y ahora dispongo de un
trasatlántico con capacidad para 350 pasajeros, 250 de tripulación y 50
animadores.
Los pasajeros son sometidos a un chequeo médico nada más
embarcar, para prevenir la guarrada de las ETS, instruidos sobre las normas de
funcionamiento y etiqueta y la recomendación de ponerse en manos de mi equipo de
animación sin discutir.
Las normas son sencillas:
Vestuario: Elegante y discreto. La piscina y alrededores son
zonas nudistas. En los comedores se exige ropa sexy. La ropa interior y la
deportiva están prohibidas.
Actividades lúdicas: Cada día se exigirá a todos los clientes
(salvo indisposición o fallecimiento), apuntarse a una de las actividades
disponibles: orgías, tríos, voyeurismo, gay-lésbico, zoofilia, actividades
manuales, sex-submarinismo o polvo subacuático, nivel básico para principiantes
y relajación tántrica. Cada una de ellas en una zona asignada y bajo mi
supervisión. Cada cliente será marcado en la nalga con un tatuaje (lavable) que
identifique el grupo al que pertenece. Cada día se cambiará de grupo.
Educación: Están prohibidas las discusiones, los malos modos
y se perseguirán implacablemente los celos y las actitudes posesivas. Aquí se
viene a pasarlo bien, a olvidarse del pariente y que la niña tenga suerte y la
desvirgue un buen semental. Todo el mundo puede relacionarse con todo el mundo,
siempre en un clima de comprensión y buen rollito.
Los camarotes no disponen de cerradura. El mío tampoco.
Tripulación: Amable, profesional y siempre disponible para
satisfacer al cliente. El equipo de animación es particularmente entusiasta al
respecto.
Otras actividades: Cada noche, en el salón central, se
repartirán premios a los clientes que hayan demostrado un mayor entusiasmo,
canjeables por "bonos fantasía" para satisfacer peticiones especiales del
cliente.
Excursiones en los puntos de atraque. Es posible que dejen de
celebrarse. Los clientes dicen que para qué perder el tiempo paseando.
Algo que me llena de orgullo, es asomarme por las mañanas a
la pasarela que da a la piscina y ver a un centenar de clientes en las tumbonas
disfrutando de una buena mamada o comida de coño; el jacuzzi hasta los topes,
con varias parejas follando entre las burbujas; la barra del bar con varios
clientes apoyados, el culo en pompa y a mis muchachos rompiendo ojetes
masculinos o femeninos. Una visión de ensueño, que me hace recordar los tiempos
en que Papá Noel me instruía y me obliga a echar mano del primero que pasa para
calmar mis furores uterinos y empezar bien el día.
Otro momento muy romántico es de la despedida: cuando los
clientes abandonan a regañadientes el barco con los ojos nublados por la emoción
y alguna lagrimita furtiva que se escapa al despedirse de la tripulación; algún
polvo de última hora en el camarote, mientras la asistenta arregla la habitación
y termina por unirse a la juerga o la que se esconde tras la barra del bar, para
que el bueno del barman le ponga la polla en la boca, al tiempo que prepara el
cóctel de despedida.
Grandes momentos, polvos de película y clientes satisfechos
que vuelven un año tras otro. Esas cosas que a una la llenan de orgullo
profesional y engordan la cuenta corriente.
Hasta que el éste año embarcó en Venecia un trío peculiar,
que casi acaba con el negocio: Jorge, español; Alessandra, italiana y Natalia,
una perra rabiosa, asistente de la anterior.
Los sucesos que tuvieron lugar a continuación, los contará
Jorge, que ahora trabaja para mí como adjunto y relaciones públicas.
Un beso, guapetones.
Ingrid.
Apostillas del autor:
Los caminos del Señor son inescrutables y los de las musas,
ni os cuento.
Por un extraño proceso de asociación, ajeno a mi voluntad, se
han cruzado las líneas argumentales de los relatos de Papá Noel pederasta y el
Aniversario.
El follón argumental será resuelto en la próxima entrega del
Aniversario, que promete emoción, suspense y emisión incontrolada de fluidos
corporales.
No me jodan con la calidad de la foto. No había otra
disponible y va en contra de mis convicciones morales, además de una manifiesta
incapacidad técnica, insertar fotos en el texto.