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TODORELATOS » RELATOS » SOFíA, MI AMANTE VAMPIRA (3 Y FINAL) |
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[ Hijo de gran ladrón, es un señorón. ] |
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TODORELATOS.COM |
Fecha: 03 de Diciembre, 2008.
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| Fecha: 08-Ene-08 |
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| Última parte del relato de sofía. dos mujeres se convierten en amantes. una de ellas, vampiresa, inicia a la otra en la gran aventura del sexo lesbico. |
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[t]"Sofía, mi amante vampira" [t]
La música estaba muy alta. El bar, lleno de gente. Las mismas caras, siempre;
fin de semana sí, fin de semana también. El ruido enturbiaba mis sentidos. Miré
a un lado y a otro. No había nada que llamase mi atención. A mi lado, había un
tío que intentaba tirarme los tejos de manera descarada. Pasé de él, pero él
seguía y seguía .¡Qué pesado era! ¿Por qué no se iba y me dejaba tranquila?
Decía algo así como que me invitaba a una copa. De repente, vi a un viejo amigo.
¡Qué alivio sentí! Por fin un poco de normalidad ... Me tomé un par de chupitos
con él y me presentó a su novia. Era majilla, por así decirlo. A su vez, ella me
presentó a una amiga suya ... ¡y vaya amiga!
Tenía unos ojos de color azul eléctrico que podían helar la sangre de
cualquiera. El volumen brutal hizo que comenzase a dolerme la cabeza y salí del
bar. Previamente, busqué con la mirada aquellos ojos que me habían fascinado por
completo, pero no la encontré. Algo desanimada, me senté en un portal que había
enfrente del bar. Pensé que nadie se percataría de mi ausencia ... pero estaba
equivocada. Me encontraba sentada en los escalones cuando oí unos pasos que iban
hacia mí. Levanté la cabeza y la vi.
Allí estaba ella, esa diosa de ojos azules eléctricos que me habían hechizado.
Una larga melena de bucles negruzcos y mechones rojizos completaba ese rostro
angelical. Su piel era sumamente blanca y llevaba un corsé negro, una corbata y
unos pantalones del mismo color que el resto de la ropa. Se llamaba Sofía y
tenía unos espléndidos 26 años. Me sonrío y me propuso ir a su casa, a conversar
y tomar una copa. Acepté, guiada por una especie de voz interior.
Una cosa llevó a la otra. Comenzamos a beber. Una copa por aquí, una copa por
allá. Se quitó sus botas y dejó al descubierto una maravilla de pies de la talla
37 que estaban cuidados a la perfección, y llevaba las uñas pintadas del mismo
rojo intenso con el que pintaba sus labios. Se acomodó en el sofá junto a mí. No
sé cómo fue, pero comencé a acariciar sus cabellos, y una risa nerviosa brotó de
mi boca, pero ella me acalló con un beso corto. Después, se separó de mí:
-¿Te ha molestado? -preguntó.
-Para nada, ¿y a ti?
- A mí tampoco.
Nuestras lenguas comenzaron a explorarse nuevamente, esta vez con más avidez y
deseo. Ella desató mi top anudado al cuello con una gran habilidad y clavó sus
largas uñas en las palmas de mis manos. Es curioso: al mismo tiempo que sentí
algo de placer, ... me gustó. Comenzó a mordisquear mi labio inferior y yo me
dejé llevar, colocándome encima de ella, con mis senos al descubierto. Ella me
retorció los pezones. Me dolió, pero volvió a gustarme. Jadeé su nombre. Me dejé
llevar por el deseo ... Y de repente me mandó callar. Puso su dedo índice en mis
labios y me condujo a su habitación.
Allí, extasiada de tener para mí a una diosa del sexo, y algo ebria por el
alcohol, me dejé llevar, presa del deseo y la pasión locos que estaban naciendo
en mi interior. Ella ató mis manos al cabecero de su cama de matrimonio y
comenzó a devorar mi cuerpo, por encima de la ropa, y después me la quitó,
dejando al descubierto mis pechos, de tamaño mediano, mis muslos y mi monte de
Venus, ligeramente poblado por una pequeña capa de pelitos. Parecía que Sofía
quería llevar la iniciativa; y no sería yo quien la contriase.
En un rápido movimiento, ella se colocó sobre mí, abalanzándose sobre mi cuello
y comenzó a mordisquearlo, hasta que sentí un agudo dolor, que, en contra de lo
que imaginé, me arrancó un fuerte orgasmo, ya que de mi entrepierna empezaron a
brotar un sinfín de jugos. Ella parecía deleitarse en morder mi cuello y
succionar mi herida, de la cual pareciese que fuese a brotar sangre, pero poco o
nada parecía importar ésto a Sofía, mi querida vampiresa. Me dejé hacer por
ella, mi ama y señora por esa noche loca. Acto seguido, descendió a mis pechos
desnudos y los acarició, mordió y arañó; y cuando creí que iba a morir de placer
me besó nuevamente en los labios. ¡Qué delicia! ¡Qué gusto! ¡Creí morirme de
placer!
Aquella noche descubrí no sólo mi lado lésbico, sino también mi lado más salvaje
... y sumiso. Al amanecer, estaba de nuevo en mi cama, en mi casa, con las
ventanas semiabiertas y cubierta de arañazos, mordiscos y marcas ... y con una
duda: ¿fue todo un sueño? ... ¿O había sido real?
¿Todo habría sido un sueño? ¿O habría sido real? ... Podría
haber jurado que todo era real. El aroma de otra mujer que no era yo estaba
allí, impregnándolo todo, la almohada, las sábanas, mi pelo, mi cuerpo ...
Acaricié de nuevo las sábanas y llevé la mano a mi sexo. Necesitaba acariciarlo,
sentir el calor de mi entrepierna. Hice unos círculos en los diminutos pelitos
que cubrían mi intimidad, recordando cada caricia de la noche anterior, cada
gesto, cada beso, cada mordisco ... Mmmmmmm. Me excité de nuevo y mordisqueé mi
labio inferior, hasta que sangró un poco, pero eso aún me excitó más y más.
Comencé a frotar con furia mi clítoris. Estaba segura de que iba a venirme en un
tremendo orgasmo ... Exploté en un impresionante orgasmo que me hizo caer
rendida, entre mis sábanas. El olor a sexo inundaba por completo la habitación.
De repente, un mensaje me sacó de mi hipnotismo. Era del
amigo que me presentó a su novia, y que ésta, a su vez, me había presentado a la
amiga que se había convertido en mi amante. Decía lo siguiente: "¿Tienes planes
para esta noche? Me han dicho que querían verte ...". Todavía empapada por
gotitas del sudor que se escurría por mi frente y las manos temblorosas por la
actividad que acababa de realizar, leí una y otra vez el mensaje. No daba
crédito a lo que leían mis ojos. Suspiré. Sabía el bar donde estarían, y la
habitual hora a la que solían quedar. Claro que me moría de ganas de volver a
ver a Sofía ... Claro está, si eso significaba que todo había sido un sueño mío.
Me dirigí a la ducha, dispuesta a refrescarme un poco.
Obviamente, no me refería sólo a mi cuerpo, que casi ebullía por el calor que
manaba de cada centímetro de mi anatomía, sino también al de mi mente. Mis
sentidos se obnubilaban ante cada recuerdo de la noche vivida el día anterior.
Al enjabonar mi cuerpo, me imaginaba que mis manos eran las suyas, las que
abarcaban mis pechos y retorcían mis pezones eran sus dedos, los mismos que se
introducían en mi intimidad y me arrancaban suspiros de indescriptible placer
... y volví a excitarme. Lejos de conseguir el efecto contrario, sentir cómo el
agua caía de la alcachofa de la ducha sobre mi piel me excitaba sobremanera, y
no pude resistir volver a llevar mis dedos a mi cueva. Lo que comenzó como una
tímida caricia acabó conduciéndome a un orgasmo indescriptible. Imaginar a Sofía
clavando sus colmillos en mi cuello mientras me hacía suya me producía múltiples
escalofríos y el placer inundó la bañera.
Afuera, mi móvil vibraba y sonaba, entonando la melodía que
tenía puesta cada vez que recibía una llamada. Después, el silencio, que, por
cierto, duró poco. Bipp bipp. Mensaje recibido. Al poco rato otra vez, otro
mensaje.
Me di prisa en acabar la ducha, en cuanto acabé previamente
mi orgasmo. Después, me quité el jabón del cuerpo y me sequé. Salí con una
toalla enroscada en mi cabeza, y otra a la altura de mis senos. Cogí el teléfono
y vi las llamadas y los mensajes. El número no lo tenía guardado y no sabía
quién era, pero de todos modos decidí abrirlos y leerlos. Uno decía lo
siguiente: "Creo que lo de ayer no estuvo mal ... No sé si me recordarás ...".
Mi corazón dio un vuelco, ¡no era un sueño! ¡Era real! ... Estaba segura ...
Abrí, con las manos temblorosas, el otro mensaje: "Tus besos, tu piel, tus ojos
... ¿A qué sabe un sueño? ... A ti ...".
Un cosquilleo invadió todo mi cuerpo ... ¿Significaba eso que
se acordaba de mí y que quería volver a verme?
Marqué con nerviosismo el número de mi amigo, que también me
había llamado. Me contestó con voz somnolienta. Yo, por mi parte, estaba que no
cabía en mi gozo. Se rió con ganas al oír mi voz. Yo estaba como transportada a
otro mundo: al de los sentidos, al del placer sin límites. Me había despertado
como en una ensoñación donde yo era una ninfa, quizás ninfómana, no lo niego,
pero es que la noche que había pertenecido a Sofía me había hecho cambiar de
manera radical.
Él: -Vaya, parece que alguien se ha despertado especialmente
... rara, ¿no? –y soltó una de sus características risitas.
Yo: -Bueno, vi tus perdidas. Disculpa que no te cogiera antes
el teléfono. Estaba en la ducha.
Volvió a reírse. Me puso nerviosa tanta risa, pero no pude
evitar sonreír yo también, envuelta en mi toalla y con el agua todavía
escurriéndose por mi cuello.
Yo: -Si me disculpas, tengo que secarme el pelo.
Él: -Vamos, vamos, sólo quería bromear contigo. ¿Tiene algo
de malo?
Ahí me pilló fuera de combate. No supe qué decir, así que él
prosiguió hablando.
Él: -Vi que ayer salías del bar sola. ¿Te fuiste pronto a
casa?
Yo: -Sólo necesitaba tomar aire fresco. Ya sabes tú que me
agobian los sitios llenos de gente.
Él: -Ya, pero casualidades de la vida, tampoco estaba la
amiga de mi novia ... Sofía se llama, ¿no?
Yo: -¿A qué estás jugando?
Él: -¿Yo? Parece mentira que no me conozcas ...
Soltó una risotada al otro lado del teléfono.
Yo: -Bueno, ¿qué quieres? Acabo de salir de la ducha y voy a
coger frío.
Él: -Si quieres voy allí y te caliento, ja ja ja.
Otra vez su risa. Comenzaba a ponerme histérica. Me dieron
ganas de colgar el teléfono, pero me contuve, aún tenía que formularle otra
pregunta.
Yo: -Oye, ¿has sido tú quien le ha dado mi número a Sofía?
Él: -¿Por qué lo dices? ¿Cambiaría algo las cosas?
Mucho –pensé, pero no dije nada. Sólo suspiré.
Él: -¿Estás ahí? ¿Luna?
Asentí. Tomé aire y continué con la conversación.
Yo: -Sí, sí. Me estaba secando.
En ese momento mi móvil parpadeó. Mensaje recibido.
Yo: -Escucha, te llamo cuando vaya a salir de casa esta
noche. Ahora tengo que dejarte.
Él: -¿Ya te vas? ¿Me dejas aquí?
Yo: -Tú tienes novia ... Y tengo cosas que hacer. Hasta
luego.
Él: -Pero ... Bueno ... Está bien. Hasta luego.
Miré el mensaje. Era de Sofía. Enmudecí. Lo que leí me había
dejado atónita. Sus palabras causaron mi estremecimiento: "No hagas preguntas.
Sólo obedéceme. Eres mía, me perteneces. Mira las marcas en tu blanca piel. Te
las he hecho yo. No soy un sueño, soy real. A medianoche, en El lago azul".
Me costó concentrarme el resto del día. Tenía que organizar
unos papeles que me habían mandado para el lunes y acabar de limpiar la casa,
pero me costaba retener mi atención hacia algo que no fuesen esos mensajes y
cada una de las marcas de mi piel. Tampoco tenía ganas de comer, al menos
comida. Sólo me apetecía volver a saborear esos labios que me habían hechizado,
sin remedio. Igual que sus ojos, de azul eléctrico. Igual que sus manos, de
delicadeza exquisita cuando tocaron mi piel, igual que sus uñas, cuando
desgarraron una parte de mí.
Por fin, el reloj marqué las once y me arreglé con unos
pantalones negros, unos botines del mismo color y una camisa de gasa
semitransparente con un top debajo, toda de negro. Salí de mi casa, dispuesta a
encontrarme con mi amigo, pero con una ansia loca por que fuese medianoche, y
ver a Sofía. En el bar estaba él, dándose el lote con su novia. Tuve que
carraspear un poco para hacerme notar. Pedí un cubata y me senté en la mesa
junto a ellos. Hablamos distraídamente y me debieron notar nerviosa, porque cada
dos por tres miraba mi reloj. A las doce menos cinco fui a pagar mi consumición,
pero en la barra el camarero me dijo que alguien ya había pagado por mí. A
cambio, me tendió un pequeño papel doblado de color claro, sin llegar a blanco,
de un aspecto similar al papel reciclado. Lo llevé a mi nariz y aspiré el aroma.
Estaba claro que olía a Sofía, a su feminidad.
Me despedí de mi amigo y su novia, y me encerré en el baño,
dispuesta a llamarla. Necesitaba oír su voz, y de pronto alguien se puso tras de
mí. Sentí un escalofrío recorrer mi espalda, fruto de sentir cómo unas uñas
recorrían mi columna vertebral. Intenté zafarme de esa persona, pero el olor le
delató. Me habló al oído: "¿Es ésa la forma de tratar a tu ama?". Me di la
vuelta y allí estaba ella, la dueña de mis marcas. Apenas la había mirado cuando
se abalanzó sobre mi boca, devorándome y haciéndome suya. Creí morir de placer,
nuevamente.
Su lengua y la mía se unieron, se batieron en una frenética
lucha, igual que dos serpientes. El deseo invadió nuestros cuerpos; nuestras
manos se entrelazaron. Ahora yo la pertenecía, era su sumisa, su esclava ... Era
suya. Mi cuerpo, mi mente ... mi todo era de ella, de mi Ama y Señora de mirada
intensa. Hacía apenas 24 horas escasas que la conocía, y en mi mente era como si
la conociera de toda la vida. Me había fascinado por completo.
Poco a poco, me separé lentamente de ella, y la miré a los ojos. Otra vez me
crucé con sus ojos de color azul eléctrico, otra vez me topé con su mirada
penetrante y sentí cómo mis mejillas se habían ruborizado. Pasó el dedo índice
de su mano derecha por mi escote, rozando su uña con mi piel. Las llevaba
pintadas de negro, igual que su cabellera, larga y sedosa. Eran largas y estaban
sumamente bien cuidadas y limadas, y ese detalle me gustó. Después, lamí ese
dedo cuando lo pasó por mis labios. Asintió, complacida por mi gesto y sonrió.
Acto seguido, me cogió de la mano y me sacó del baño. Mi amigo y su novia me
miraron, ligeramente sorprendidos por lo que habían visto.
Ya fuera del bar, Sofía me acarició por encima de la camisa de gasa y me mordió
el labio inferior, y el placer y el dolor se entremezclaron, pero esa
combinación de sensaciones he de reconocer que no me disgustó. Luego, caminamos
de camino a su casa cogidas de la mano, como un par de enamoradas. Quizá fuera
cierto, y estaba cayendo en las redes del Amor, pero no me importaba ... Sólo me
importaba estar con ella, sentir su piel, su aroma, sus besos ... Mmmmmm, ¡la
divina textura de sus labios, tiernos, jugosos y sensuales! ¡Cómo los anhelaba!
¡Quería que fuesen míos: besarlos, ensalivarlos, mordisquearlos, ... pero estaba
claro que ella no iba a dejarme que los mordisqueara. En eso, como en muchas
otras cosas, a Sofía le gustaba llevar la iniciativa, pero eso me gustaba a mí:
sentirme su esclava, sentir que era suya ... y que yo la pertenecía ... Al fin y
al cabo, ella me había elegido a mí, y debía sentirme orgullosa de ello.
Una vez en su casa, me arrojó contra su cama. ¡Mmmmmmm! ¡Sábanas de raso, ... y
de color negro! Aquello me gustó y despertó mis instintos salvajes más aún. Ella
se colocó encima de mí y fue desabotonando mi camisa. Intenté ayudarla, pero me
soltó una bofetada, no muy sonora, pero sí inesperada.
Sofía:- ¿Sabes quién soy? ¡Soy Sofía, tu Ama! ¡Y tú eres mi esclava!
Continuó desabrochándome. Yo me dejé hacer. Me había sorprendido sintiendo un
ligero cosquilleo cuando me abofeteó, aunque sólo hubiera sido un picor
instantáneo, una cuestión de segundos. Después, me vendó los ojos con un pañuelo
de seda. Me pregunté qué más sorpresas me depararía aquella nueva cita con ella,
con mi amante vampírica. Sin embargo, algo me decía que mejor debía considerarla
como una vampiresa. Besó mis labios después y me preguntó si veía algo a través
de aquel trocito de tela. Nada. No veía nada, pero hubiera querido ver cómo se
contoneaba mi bella Sofía.
De pronto, noté unos colmillos en mi cuello. Quise abrazarla, pero obtuve por
respuesta otra bofetada, de nuevo inesperada.
Sofía:- Las esclavas no tocan sin permiso de su Ama, ¡y tú no me has pedido
permiso!
Yo:- Per ... perdón, mi Ama -me sorprendí balbuceando esa frase que a ella
pareció darle vía libre sobre mi cuerpo ... y sobre mi voluntad.
Acto seguido, ella tomó otros dos pañuelos, también de seda,
y me ató al cabecero de su cama, amplia, de matrimonio. Sin embargo, no pude
percatarme del color del que eran porque previamente había vendado mis ojos, ...
pero sí que pude esperar ... y así lo hice. Esperé, nerviosa, ansiosa por sentir
un beso suyo, una caricia suya, o, incluso, de nuevo una bofetada. Cualquier
cosa proveniente de ella, de sus manos, de sus uñas ... o una palabra suya.
Necesitaba oír el sonido de su voz, ese timbre dulce ... Pero nada. Sólo el
silencio, el pesado silencio que ahora me dolía y me angustiaba.
De pronto, de nuevo sentí otra vez sus colmillos en mi
cuello. Mmmmmm. Era una sensación indescriptible. Aparentemente, debía dolerme,
pero me gustaba; se puede decir que me había acostumbrado a tener alojados sus
colmillos en mi cuello. Después, volvió a lamer la herida y succionar
ligeramente. Poco a poco, descendió sus manos con lascivia hacia mis pechos y me
bajó los tirantes de mi top negro, mordisqueando mis hombros, besándolos con
ternura, arañándolos ligeramente. Quería mirarlo, pero el pañuelo de seda que
cubría mis ojos me lo impedía. Acercó sus labios a los míos y me besó,
lentamente, despacio, sin prisa. Me deleité saboreando esa dulce miel, sintiendo
cómo nuestras lenguas jugueteaban a un mismo compás, igual que si estuvieran
bailando un tango, sensual, atrevido. Me pasó los dedos por mi cara, recorriendo
mis mejillas, mi frente, mi nariz, mis labios ... No podía verlo por la
presencia del pañuelo, pero aquello hacía que la situación fuese todavía más
excitante. Me gustaba, me estaba excitando muchísimo. Luego, me acarició por las
muñecas, pasando sus uñas por cada pliegue de mi piel. Besó mis brazos, mis
hombros, mis senos ... Levantó mi camiseta y pasó su lengua por mi ombligo y mis
caderas. Desabrochó mi pantalón y bajó el cierre de mi cremallera. Oír el ruido
que ya era conocido para mí hizo que mi imaginación volase, pero no tuve que
esperar demasiado. Como si se hubiera adentrado en lo más profundo de mis
pensamientos eróticos, me ayudó a zafarme de mis pantalones y bajó mis
braguitas. Me acarició, me lamió y me mordió ligeramente el clítoris,
arrancándome un espléndido orgasmo. Miles de sacudidas enérgicas me agitaron por
completo, y ella sonrió al verme disfrutar de semejante manera. Jamás había
sentido tanto placer con nadie como con ella, como con mi Ama, con mi amante
vampira, con mi Sofía.
Después, me trajo de vuelta mi libertad. Desató mis muñecas,
que estaban atadas por dos pañuelos de seda, y me quitó la venda de los ojos. Me
miró con deseo irrefrenable y se mordió el labio inferior. Una sonrisa lasciva
se dibujó en su cara.
Sofía: -¿Has disfrutado, mi niña?
Sonreí. Me había llamado su niña. Llevó sus labios hacia los
míos y, cuando creí que me iba a besar con ternura, me los mordisqueó. Primero
con dulzura, y poco a poco fue subiendo la intensidad. Me dolió un poco, pero no
me importó demasiado. Ahora yo le pertenecía, y así me lo hizo saber. Me coloqué
sobre ella y la besé. Despojé sus ropas. Ella asintió con ojos lujuriosos y me
devolvió el beso, esta vez con mayor gratitud. Acaricié sus cabellos y aspiré su
aroma. Olía a una fragancia exquisita de rosas. Después, quité su vestido de
cuero negro. Iba vestida en plan dominatrix, para asombro y deleite mío. Me fijé
en su lencería y me excité más aún. Se la quité despacio, para degustarla más.
Saqué primero un pecho de su sujetador y lo besé, también despacito y con calma.
Mordisqueé su pezón derecho y se lo pellizqué. Vi cómo disfrutaba y gemía de
gusto. Repetí la operación con el otro seno. Luego, besé su ombligo y lo lamí,
con gusto, igual que quien se come un caramelo. Observé cómo se relamía los
labios inferiores con gusto. Sentí que su orgasmo estaba próximo y quería
hacerla disfrutar más aún. Acaricié su clítoris de la misma manera de cómo me
masturbaba yo, haciendo círculos y al final, ocurrió, estalló en un
estruendoroso orgasmo. Se aferró fuertemente a mí y clavó sus uñas en mi
espalda. Sentí dolor, placer y deseo. Hicimos el amor varias veces más ... a lo
largo de toda la noche ... y, desde ese día, hicimos oficial nuestra relación,
aunque no contamos los detalles de nuestra intimidad que sólo a nosotras nos
atañe. A veces soy yo su sumisa y esclava, y a veces ella se me entrega así,
devota y fiel como una novicia novata.
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