Capitulo 6: Explorando la Torre Perdida
Cabalgando sobre sus unirias, dos viajeros atravesaban los
helados vientos de Davias. Yetis y reinas de las nieves caían ante ellos,
avanzaban con bríos hacia el extremo norte. Cuando el lugar comenzó a
estrecharse pudieron hallar por fin la entrada a esos dominios malditos. Las
leyendas que rodean a la Torre Perdida son oscuras, tenebrosas y terribles. Se
dice que es el mismo infierno, uno en el cual las sombras matan y los demonios y
las almas muertas vagan errantes en busca de seres vivos que destrozar.
Por sus intrincados laberintos muchos guerreros han hallado
el fin de sus días en una dolorosa y agonizante muerte. Ni siquiera los maestros
de clanes sobrevivieron a estos seres y aún hoy pueden verse despojos de sus
cuerpos por los rincones de sus pisos laberínticos.
Los dos guerreros traspasaron el portal, ingresando así a ese
mundo de oscuridad envolvente. Un gran esqueleto, seguramente de algún dragón
les ofició de entrada. El aire se tornaba pesado en ese lugar asfixiante y
claustrofóbico, mas adelante podía percibirse como se movían las sombras.
Unas estacas salieron de la nada atacándoles a ambos. La
corriente eléctrica que llevaban los aturdió. En la confusión pudieron ver por
primera vez esas sombras asesinas, sus cuatro patas les hacían parecer canes, lo
mismo que esas fauces oscuras. Sin embargo la electricidad que recorría sus
cuerpos, al igual que esos ojos de fuego los hacían en cierto modo diferentes.
Más sombras fueron apareciendo para ultimarlos, pero no
contaban con una rápida recuperación por parte de sus victimas que los cortaron
y erizaron de flechas. Los dos se miraron aliviados, percatándose de que debían
estar mas atentos. Siguieron con su viaje por esos lugares peligrosos, sentían
como les acechaban a cada paso. Los laberintos se presentaban en forma muy
enmarañada, era muy fácil perderse ya que todos los pasajes parecían iguales.
Uno a uno fueron atravesando portales, enfrentándose a las
criaturas que vagaban por el lugar. Las sombras venenosas atacaban con su
ponzoña, mientras los magos malditos hacían lo propio con sus rayos y esos
esqueletos de vacunos les salían al encuentro con sus pesadas mazas. Los
enfrentamientos se tornaban cada vez mas duros, pero cuantos más exigentes eran
los rivales, mas ahínco ponía el dúo. Las protecciones de sus armaduras iban
gastándose con cada combate, lo mismo que el filo de sus armas iba llenándose de
melladuras.
Por eso hacían altos cada tanto para reponer fuerzas y
reparar ellos mismos sus equipos. Junto a un fuego cálido los viajeros se
alimentaban y descansaban por turnos. Diógenes sentado sobre una roca observaba
con dulzura el rostro de su dormida maestra. La capa gris contrastaba con el
dorado de los cabellos de esa dama que se había calado hondo en su corazón. Por
momentos no podía creer que esa mujer fuera tan poderosa y brava a la hora de
combatir.
Pero de momento se veía tan tierna dormitando, casi parecía
una niña inocente sin nada que temer del mundo. Las manos de Diógenes se
aferraban a su lanza Dragón que se erguía peligrosamente ante cualquier amenaza.
Podía oír los murmullos y bufidos de las bestias que merodeaban por el lugar,
sabía que buscaban a otros lo suficientemente estúpidos como para entrar allí.
El sueño iba venciéndole poco a poco, ya iban dos días de
marcha sin descansar desde el último alto. Era lógico que se sintiera cansado,
pero un grito le sacó de los brazos de Morfeo. Cuando se disponía salir, pudo
oír la dulce voz de Abigail que preguntaba:
¿Que ocurre?
Oí un grito desde la galería sur, creo que otro
guerrero se halla en problemas- Respondió él.
Vamos a ver que encontramos, pero creo que no
podremos hacer mucho- Dijo ella mientras se desperezaba.
Al levantarse enfilaron hacia la mencionada galería,
volvieron a oír otro grito. No les quedó más que apurar el paso en esa
dirección, en un recodo se hallaron con un guerrero que cobardemente se
apretujaba contra la pared de piedra del laberinto. Su hombro y las rodillas
presentaban heridas punzantes, la sangre manaba de los huecos.
Este hombre les vio llegar y pareció sonreír aunque
débilmente, Cerca de él se hallaba el responsable, un demonio envuelto en llamas
portando hachas esperaba para darle el golpe definitivo. Pero las flechas de
Abigail llegaron antes, atravesando el cuello del Gorgon que ni siquiera pudo
gemir de dolor. Se llegaron al hombre que temblaba en el estertor final de su
muerte. No pudieron salvarle, se había desangrado por las heridas.
El cuerpo quedó ahí tirado, en el mismo lugar en el que lo
encontraron. Volvieron en silencio al improvisado campamento. La frustración se
apoderaba de ellos, a pesar de sus entrenamientos no habían logrado salvar a ese
hombre.
Al menos pudimos vengarlo- Dijo Abigail sonriendo.
Pero no salvarlo, somos patéticos- Dijo Diógenes.
No podíamos hacer mas por él, de una u otra forma
moriría- Le dijo su maestra en tono comprensivo.
Pero... – Quiso insistir el muchacho.
A cada uno nos llega la hora en momentos diferentes,
la llama de la vida se apaga y cuando ocurre ya no hay nada que hacer-
Le dijo ella con súbita tristeza.
Se quedaron en silencio, mientras cambiaban lugares para que
el otro pudiera dormir un poco. Esta vez fue Abigail quien hizo guardia mientras
Diógenes dormitaba un poco. Ya había transcurrido medio año desde el momento en
que se conocieron. El muchacho maduró bastante desde aquella vez, pero todavía
seguía siendo un chiquillo.
Ella se sonreía al recordar aquellos momentos en que lo veía
alzar torpemente su espada de doble filo, como se ponía colorado ante sus
insinuaciones. Recordaba con exactitud cada una de las charlas que habían
compartido y como las cosas iban cambiando entre ambos. Pasando de ser maestra y
alumno a compañeros y hermanos de armas. Aunque él no pertenecía a clan alguno
ella le sentía un camarada y... tal vez algo mas que eso.
Cuando el joven despertó, la rubia le hizo una seña que el
comprendió de inmediato. Levantaron campamento y reanudaron viaje hacia las
profundidades de la Torre Perdida.
Continuara…