Querido Roberto:
Imagino que te habrá sorprendido no encontrarme en casa al
llegar. Te sorprenderá aún más lo que sigue; así que te recomiendo que busques
un cómodo sillón para leer la carta con calma. No te va a gustar: Es una carta
de despedida.
También imagino que me habrás llamado antes al teléfono
móvil. No lo sigas intentando. Está desconectado y guardado en el segundo cajón
del armario de la habitación. Habrás maldecido por encontrar la cocina hecha un
asco, los platos en el fregadero, las migas del desayuno aún sobre el mantel y
sin rastro de la cena. Acostúmbrate. O contrata una asistenta.
¿Te sorprende la redacción de la carta? No es el estilo de
las notas que te dejaba tu mujercita, ¿verdad? Esa que, según tú, es casi
analfabeta, no sabe hacer la O con un canuto, un cero a la izquierda y un peso
muerto (¿Cuántas veces has repetido ésta letanía?), que te tocó sobrellevar con
infinita paciencia, a ti, insigne catedrático de instituto. Ten paciencia, te
aguardan muchas más sorpresas.
Los niños. Ahora estarás pensando en llamar a Juan, para
contarle que el putón de su madre se ha fugado. Tranquilo, ya lo sabe. También
lo sabe Isabelita. Están totalmente de acuerdo en que es la única solución
razonable…desde hace seis meses. Son mayores de edad, independientes, piensan
por sí mismos y están hasta los mismísimos del capullo de su padre. Quizá lo
sospechabas.
No te preocupes. Verás que sólo faltan mis cosas. No todas.
Algo de ropa (el abrigo de visón que nunca te pedí y casi nunca me puse, lo
tiras o lo regalas); los conjuntos de lencería con los que, año tras año, me
obsequiabas por nuestro aniversario, también los puedes tirar (mi estilo no es
el de tus amantes); algunas fotos, mis libros (sí, tengo mis libros) y poco más.
Estarás pensando con quién…con quién se ha largado la guarra
de tu mujer. Eso vendrá después. Tranquilo, no es con ninguno de tus amigos o
conocidos.
Lo que deberías estar preguntándote es: ¿por qué? Y si fueras
un poco inteligente, con una mínima fracción de la inteligencia que pregonas te
bastaría, en lo que deberías estar pensando es: ¿Cómo me ha aguantado hasta hoy?
¿Recuerdas aquella jovencita de diecinueve años? Una niña
enamorada de ti, su príncipe soñado. Seguro que sí. Cinco años después, con dos
hijos que cuidar, para ti seguía siendo casi una menor de edad, una tontita
cuyas opiniones sólo contaban a la hora de decidir el menú y poco más.
Fui madurando poco a poco, sin que te dieras cuenta.
También me defraudaste. Ya sabes los motivos. No volveré a
martirizarte con mis lágrimas. Y tus excusas -razones, según tú-, las que
exponías con tanta elocuencia, ni me sirvieron para perdonarte entonces, ni me
sirven para respetarte hoy. Fuiste, eres y, mucho me temo, serás toda tu vida,
un perfecto capullo, querido. Un elocuente y perfecto gilipollas.
Después de veinticinco años de matrimonio, te conozco mejor
que tú mismo. Puedo seguir tus procesos mentales paso a paso. Ahora mismo
estarás pensando, o pensarás dentro de cinco minutos, en la cuenta corriente de
titularidad compartida. Junto con la carta, encontrarás un extracto de la
cuenta, con fecha de antesdeayer. Puedes comprobarlo mañana. No falta nada. No
me hace falta.
¿Cómo? Trabajando, querido. ¿Dónde? En un bufete de abogados.
¿De qué? De abogada laboralista. Puedes cerrar la boca, antes de que el hilillo
de baba caiga en el sofá.
Habrás olvidado la bronca que tuvimos, cuando Juan empezó a
ir al colegio, y quise obtener el graduado escolar. Por supuesto que no te hice
caso. Me matriculé en una academia y lo saqué.
Es curioso lo que un poco de conocimiento –cultura, no. La
cultura es patrimonio exclusivamente tuyo- puede hacer con las personas. En mi
caso, espíritu crítico. Por entonces empezó a derrumbarse tu pedestal.
Si no te enteraste de que tu mujercita estaba evolucionando,
creciendo como persona y cuestionado tus doctas opiniones, es que ni me
escuchabas ni me veías.
Después vino la universidad a distancia. Las clases
presenciales, casualmente, coincidían con las reuniones que tenía con mis
amigas. Las reuniones de marujonas que tan nervioso te ponían.
Casi sin darnos cuenta, dejamos de hablarnos. Sustituimos la
conversación, la poca que te dignabas concederme, por la charla.
Afortunadamente, ya tenía otros foros dónde expresarme. Tu pedestal se hizo
añicos. Por primera vez, empecé a verte como un igual.
Poco después, el tercer año de Derecho, tu mujercita
descubrió el sexo. El placer del sexo, para ser precisa. Eso fue después, muy
poco después, del asunto que te mencioné antes. Tienes mucho que aprender,
querido.
No te escandalices. Deberías estar orgulloso de que tu mujer
fuese tan cuidadosa con sus relaciones. Ni un solo escándalo, ni una
murmuración…un prodigio de discreción.
¿Cuántas? Creo que, en diez años, el doble de las que tú has
tenido.
Sigo teniendo curiosidad por saber qué veían en ti tus
queridas. Tus dotes amatorias, no. De eso estoy segura.
Los niños iban creciendo. Llegaron los problemas de la
adolescencia.
Papá no está y cuando está no escucha.
Papá no me entiende.
Papá no habla, ordena.
¿Te extraña que hoy pasen de ti?
Nos acercamos al meollo de la cuestión.
Llegó un momento en que me propusiste, con tu habitual
despliegue de hueca retórica, la conveniencia de incluir a alguien más en
nuestra relación…para revitalizarla. Se revitaliza lo que aún sobrevive. Nuestra
¿relación?, no. Estaba muerta desde hacía años.
¿Por qué nunca llamas a las cosas por su nombre?, con lo
fácil que es decir "¿Qué tal si nos montamos un trío?"
Me negué, claro. Insististe, por supuesto. Cedí. O eso
creíste, pobre iluso.
¿No te pareció sospechosa la rapidez con que contestó
Josefina al anuncio en la página de internet?
¿Creíste por un sólo instante que iba a dejar que metieras en
nuestra cama a tu última putita?
Conozco las respuestas: No a la primera pregunta, sí a la
segunda.
En aquel momento, Josefina y yo, no pasábamos de ser buenas
amigas. Existía una atracción mutua, no lo niego. Pero ninguna de las dos se
atrevía a dar el primer paso.
Seis meses amándonos, contigo de molesto mirón, han sido más
que suficientes para decidirnos.
En cuanto te lleguen los papeles del divorcio, hazme el favor
de firmarlos.
Puedes negarte, claro. Pero si la alternativa es que se sepan
los verdaderos motivos -y se sabrán, no te quepa duda-, estoy segura que tu alto
concepto del ridículo se impondrá sobre el orgullo herido.
Atentamente,
Marisa.
Apostillas del autor.
Después de pensarlo mucho, deseché la idea de un relato largo
para la sección de Lésbicos.
El formato de carta se adapta mejor a la idea original que
tenía en mente: 18 clavos para la tapa del ataúd del ego de Roberto. Uno por
cada párrafo. Un martillazo con cada clavo.