EL CUERPO DE LA EXPERIENCIA
El día era maravilloso. Un sol que acariciaba mi piel, una
suave brisa que sabía a beso. Abel por fin se había puesto en contacto conmigo,
Un correo electrónico me anunciaba una pronta visita, aunque ya en mi ciudad,
porque las vacaciones estaban llegando a su fin. Habían pasado unos días del
encuentro con Martín y sus amigos, y cada vez que recordaba los hechos, una
humedad se apoderaba de mi sexo.
Ya no reconocía a la mujer timorata de a penas hacía un mes.
Había cambiado. Algunas personas podrían opinar que me había transformado en una
auténtica fulana, pero para mí, solo había sido una transformación, de tal
manera que ahora era yo la que manejaba los hilos, la que decidía donde y con
quién obtendría placer. Era libre, y a nadie debía dar explicaciones.
Las vacaciones terminaban, y el día estaba nublado. Sin
embargo no me apetecía sin la visita diaria a la playa nudista a la que me había
aficionado después de mi encuentro con Martín. Cando llegué, pude comprobar que
la playa estaba prácticamente desierta, a pesar de que algunos rayos de sol
atravesaban las nubes. Me quité la ropa, y me dispuse a dar unos paseos a lo
largo de la playa. Sumida en mis pensamientos llegué hasta el final de la arena,
donde comenzaban unas puntiagudas rocas. Paré a contemplar el magnífico
espectáculo que ante mis ojos se ofrecía. Ensimismada, no me percaté de un
pescador que con el torso desnudo tenía a su cargo varias cañas. Me dirigió una
breve mirada, y siguió con lo suyo.
Volví sobre mis pasos, pero intrigada, me giré de nuevo hacia
el pescador. Este no movió un solo músculo para observar mi desnudez. Reconozco
que aquello me punzó en mi orgullo. El caballero tenía unos cincuenta años, y su
cuerpo moreno, estaba bien proporcionado. Sus brazos parecían fuertes, ideales
para mi gusto. Seguí caminando hasta donde había depositado la toalla, y me
tumbé a recibir los pocos rayos de sol que las nubes dejaban escapar. La
temperatura era muy agradable, y pensé en darme un baño más adelante. No sé el
tiempo que pasó, la realidad es que quedé dormida.
No sé el tiempo que estuve así, pues el suave calor me
arrulló junto con la danza de las olas rompiendo sobre la orilla. Cuando
desperté, no me di la vuelta, hasta que noté que la sombra de una persona estaba
sobre mí.
- Disculpe señorita. ¿Está bien?
Me di la vuelta lentamente para ver de donde venía tan dulce
voz. Sólo alcancé a ver en un primer momento la silueta de un hombre, ya que el
sol me nublaba la vista.
- ¿Esta usted bien? Volvió a repetir
Esta vez me incorporé hasta sentarme, a la vez que el
desconocido se agachaba hasta poner su cara muy cerca de la mía. Era el pescador
que había visto en las rocas. En ese instante vino hasta mí el aroma de esos
hombres que no tienen que usar colonias, pues el olor de su piel penetra en tu
olfato, como la suave brisa del mar. Recuerdo que me cogió suavemente por los
hombros, para cerciorarse de que me encontraba bien, a pesar de no pronunciar
aún ninguna palabra.
- Estoy bien gracias respondí en un tono casi inaudible.
El desconocido se debió dar cuenta de mi aturdimiento, pues
casi inmediatamente se presentó.
- Soy Javier. He pasado dos veces junto a usted, y he podido
comprobar que sollozaba. No me he atrevido a acercarme, hasta que no he visto
que se despertaba.
Me ayudó a incorporarme, y por unos instantes sus manos me
acercaron hasta su cuerpo, cerciorándose que no perdía el equilibrio después de
un buen rato de estar tumbada. En esos instantes pude ver su rostro. Era un
hombre de edad, pero su atlético cuerpo, y su piel bronceada, le hacían parecer
más joven de los años que tenía, 53 según me aseguró más tarde. Sus brazos
siguieron sujetándome durante unos segundos más, en los que pude apreciar sus
bíceps. Por unos instantes mi imaginación echó a volar, y mis pezones se
encargaron de enseñar cual era la naturaleza de mi imaginación. Javier por
supuesto se dio cuenta de ello, y fue entonces cuando me soltó.
Comentó que el tiempo amenazaba lluvia. Me invitó a tomar un
café, para que volvieran a su estado normal mis constantes vitales. Mientras me
vestía, el esperaba galantemente a unos metros de distancia.
¿Qué es lo que soñaba, que la hacía sufrir tanto?
No sé por qué me sinceré con un desconocido; seguramente
porque necesitaba descargar todo lo que con el tiempo se había quedado en mi
interior. El dejó los aparejos en su vehículo, y yo la bolsa con la toalla en el
mío. Me indicó que podíamos tomar un café en la cafetería de la playa, pues
después tenía que ir al pueblo. Asentí, y nos dirigimos hacia el
establecimiento, que resultaba nuevo para mí. Nunca había entrado en el.
En el interior comencé a contarle lo que mi marido me había
hecho. Mi separación, y la aventura con Abel, Martín, y mis inquietudes, mis
miedos. Le comenté que ya no creía en el amor, que mi corazón se había vuelto de
piedra por el dolor, y que ya jamás podría amar a nadie. Era fácil habar con el.
Quizás su sonrisa, quizás la serenidad de su voz, o quizás esas canas que hacían
verle como a un abuelo, o como es actor que en nuestra juventud reflejaba el
icono de sensualidad. El caso es que no dejé de hablar durante una hora de mi
historia, de lo mucho que había querido a mi marido, que no le había logrado
perdonar…
Le hablé de mí resurgir sexual, de que siempre había sido una
mujer caliente, pero que con mi marido no lograba darme… El escuchaba
atentamente, interrumpiendo solo cuando preguntaba por algún detalle que se le
escapaba. ¡Todo un caballero!
Cuando acabé de hablar, me di cuenta que tenía una de mis
manos cogida por sus dos manos. Jugueteaba suavemente con sus pulgares sobre mi
muñeca, y una ola de sensaciones invadió mi cuerpo. No sabría explicarlo. Por un
momento cerré mis ojos, y creí que era mi marido el que acariciaba. Cuando los
volví a abrir, él continuaba allí, y he de reconocer que me agradó. Debía de
estar muy cómodo, pues daba la sensación de dominar la situación; incluso a mí.
Fuera del local, las primeras gotas de agua golpearon el cristal, anunciando una
típica tormenta de verano. Me sorprendió cuando sugirió salir a dar un paseo por
la playa.
- Verás como el agua limpia tu alma. -Comentó.
Yo acepté, y él gentilmente me ayudó a levantarme tendiéndome
la mano.
Fuera la lluvia había dado al ambiente el característico olor
a tierra mojada.
Cuando noté las primeras gotas de lluvia resbalar por mi
piel, y empapar mi camiseta, sentí un pequeño escalofrío. Él me agarró por el
hombro con su brazo, y me juntó contra su pecho para darme calor. Y vaya si me
lo dio. Esta vez el escalofrío me recorrió toda la espina dorsal. Y mi cabeza
comenzó a dar vueltas cuando noté sus labios posarse en los míos. Fue un beso
dulce, sensual.
- Estos labios están para ser besados, y no para que
pronuncien palabras dolorosas.
Ahora fui yo quien se agarró a su cuello, y le besé. Mi
lengua se entrelazó a la suya en un ritual semejante al de las serpientes en el
cortejo sexual. Él descendió sus manos por mi espalda hasta llegar a mis
caderas, donde estuvo jugueteando. Para cuando acabó el beso, la lluvia había
hecho transparente mi camiseta, y sus pantalones blancos. Al no llevar la parte
superior del bikini, mis pezones se mostraban en todo su esplendor, al igual que
sus glúteos, aprisionados en unos ajustadísimos slip que juré destrozar en
cuanto pudiese. Mi tanga mojado, friccionaba también entre mis nalgas
produciéndome una excitación que iba en aumento al caminar. Seguimos agarrados
por la playa como dos enamorados, hasta que al doblar una zona que da a un
arbolado, el me dirigió hacia la hierba, donde nos tumbamos, protegiéndonos un
poco de la lluvia, que cada vez arreciaba más.
Mi respiración estaba un poco agitada por lo inusual de la
situación. Él se incorporó un poco, y recorrió todo mi cuerpo con su mirada,
para exclamar lo hermosa que era. Con una mano lo atraje hacia mí besándole como
si me fuese la vida en ello. Metí mis manos por debajo de su camiseta, tocando
cada centímetro de su piel, recorriendo cada músculo, que se tensaban ante la
llegada de la caricia. Quise quitarle el pantalón, pero me lo impidió,
acompañando con un susurro.
- Tranquila, despacio. No hay prisa. Disfruta del tiempo.
Él me dio la vuelta, a la vez que me quitaba la camiseta.
Pensé que me podía haber equivocado, y ser un depravado que me sodomizaría sin
más miramientos, pero ante mi asombro, comenzó a acariciarme la espalda,
procediéndome a dar un masaje que me transportó al séptimo cielo. Era una mezcla
entre relajante y sensual. Los círculos de sus manos, cada vez se abrían más, y
ya llegaban a mis glúteos, que recibían las caricias, procediendo a separar más
las piernas, dispuesta a recibir su miembro, que prometía de ser de un tamaño
considerable, a juzgar por el bulto que presionaba sobre mis piernas en alguna
fase del masaje.
Después procedió a besarme, comenzando desde el cuello, y
descendiendo hasta mis tobillos, para volver a desandar lo andado; y vuelta a
empezar. Movía mis caderas, para que viese que deseaba que me penetrara sin más
demora, pero Javier tenía otros planes.
Me levantó y sin colocarme la camiseta, me llevó a través de
un estrecho sendero. Pensé que desearía más intimidad para poseerme, pero el
final del sendero acababa en una hermosa propiedad, rematada con una casona
indiana. Abrió con una llave que estaba escondida en un macetero, y me invitó a
pasar. Mis pechos se balanceaban a cada paso, y noté como le gustaba, pues no
perdía detalle y siempre lo acompañaba con una leve sonrisa.
Atravesamos varias instancias, hasta que llegamos a un baño
en el que estaba instalado un jacussi. Procedió a prepararlo todo para darnos un
baño. Echó en el agua, unas gotas de un producto verde, que al contacto con el
calor, llenó la estancia de un suave olor, que creo aumentó mi calentura. Me
retiró el tanga con mucha tranquilidad, deleitándose en cada movimiento, y
contemplando mi arreglado pubis, que procedió a besar, una vez liberado por
completo de la prenda. Me dio una mano, y me ayudó a entrar en el agua. Me
acomodé, cerrando los ojos, y disfrutando del suave masaje que proporcionaban
las burbujas. Cuando los abrí, Javier se estaba introduciendo en el jacussi,
completamente desnudo, y casi no pude apreciar su pene en todo su esplendor,
pero todo llegaría pensé para mí.
Cogió una suave esponja y comenzó a enjabonarme todo el
cuerpo, acompañando los movimientos como si fuese un relajante masaje. No pude,
y no quise aguantar más, y de mi boca comenzaron a salir sonidos de aprobación y
de placer. Sus labios recorrieron mis piernas, para acabar besando mis pies,
chupando con dulzura cada uno de los dedos. Era una experiencia nueva para mí y
muy deliciosa por cierto. Me dio la vuelta, y comenzó de nuevo un masaje,
acompañado de suaves besos que fueron recorriendo mi espalda hasta llegar a mis
nalgas, donde se entretuvo, procediendo a separarlas un poco, para dar pequeños
besos en mi ano. Aquello me produjo una descarga eléctrica, que me hizo dar una
pequeña convulsión. Nunca nadie me había recorrido el cuerpo como aquel hombre,
y nadie había explorado hasta este verano los rincones que prohibidos que Javier
estaba mostrándome. Cuando comenzó a jugar con mis pezones, no pude aguantar
más, teniendo un fuerte orgasmo, ante la sorpresa de los dos.
- Ha sido maravilloso. -Acerté a decir, cuando mi respiración
se relajó un poco.
- Acabamos de empezar.
Me dio una esponja, para que ahora fuese yo quien procediese
a enjabonarle. Puso su espalda junto a mis senos, y comencé a enjabonarle el
pecho. Tenía pelo, pero no era exagerado. Aquel hombre tenía todo lo que yo
deseaba en mis fantasías... y en la realidad. Cuando pasé varias veces la
esponja por sus pezones, pude comprobar que su respiración se hacía más
irregular. Nunca había pensado que los pezones de un hombre pudiesen ser tan
sensibles. Dejé un momento la esponja en el agua, y me entretuve en jugar un
poco con ellos, poniéndose muy duros entre mis dedos. Elegí otra postura en la
que me fuera más sencillo acceder a su pecho, y fui pasando mi lengua por sus
pezones, llegando a darle pequeños mordiscos. Aquello estaba claro que le
excitaba, pues su pene se puso más duro todavía. No pensé que un hombre de su
edad pudiera tener ese tipo de erecciones. Le acariciaba su pecho, a la vez que
se frotaba mis nalgas con su duro pene. Me colocó en una parte del Jacusi, en el
que las burbujas incidían directamente en mi vagina. Estas al romperse contra mi
inflamado clítoris, actuaban como pequeños dedos que acariciaban tan íntimo
lugar. La situación era de lo más caliente. Jamás había sentido con nadie lo que
estaba sintiendo con Javier. Sus manos no dejaban de recorrer mi cuerpo,
explorando cada rincón. Pude aprender a gozar con partes de mi cuerpo que antes
parecían vedadas. He tenido varios amantes en mi vida. Uno en concreto muy
bueno, pero Javier les dejaba en mantillas. Les vi egoístas en nuestras
relaciones, comprendiendo que buscaban su propio placer, y no el compartir.
Chema no había sido así, pero había sido tan inexperto, que no había variedad en
nuestra relación, aunque me hacía disfrutar. Pero Javier...
Descendí por su torso hasta que el agua me cubrió la cabeza.
Abrí los ojos, y vi el erecto pene apuntando directamente a mi cara. Los
testículos eran muy oscuros, y con abundante pelo. También eran muy gordos,
prometiendo una carga de esperma que ya quería en mi interior.
Abrí la boca, y me introduje su miembro hasta donde pude. El
agua dificultaba la tarea, pero estaba dispuesta a demostrarle que yo también
sabía lo que era el sexo. Comenzó a moverse en mi boca cuando con una mano le
acaricié los testículos. Las burbujas seguían trabajando mi vagina. Javier sacó
los pies del agua y con ellos comenzó a masajear mi espalda. Se acoplaban a cada
rincón, produciéndome un placer que solo puede entender quien haya tenido la
oportunidad de recibir un masaje así. No pude contenerme, y exploté en un
inmenso orgasmo que hizo que mordiese levemente el glande de Javier. Este no
protestó, y cuando levanté la cabeza para comprobar si le había hecho daño, pude
ver que estaba muy excitado. Me incorporé un poco, y agarré el pene con las dos
manos, tirando de el hacia arriba, obligando a Javier a que se arqueara y lo
sacase fuera del agua. Mantuvo la postura para que pudiese seguir lamiendo. Metí
la lengua en el orificio del pene, mientras mirando a los ojos de Javier, pude
comprobar que le excitaba un poco el dolor. ¡Caramba con este hombre! Estaba
lleno de sorpresas.
Decidida a saltarme todas las barreras que me habían impedido
disfrutar del sexo, hice que se volviese, colocándole a cuatro patas. Coloqué
mis pechos sobre la espalda, frotándolos por ella. Los endurecidos pezones
hacían a la perfección su trabajo. Comencé a besar su nuca, y a descender por
cada rincón de su bien formada espalda. Hasta que llegué a sus nalgas. Por un
momento dudé si debía seguir, pero pensé en el placer que me había dado, y que
seguramente sentiría lo mismo. Separé suavemente sus nalgas, y comencé a besar
suavemente su orificio anal. No me podía creer lo que estaba haciendo, pero
seguí adelante. Javier comenzó a suspirar y a mover ligeramente sus caderas,
señal inequívoca de que mis manipulaciones eran de su agrado.
Reconozco que estaba en un estado de alta excitación, casi
rayando la locura. Alcancé a ver un frasco de aceite. Rocié su espalda, y
comencé a frotarme contra él. Froté mi pubis contra sus nalgas, como si tuviese
una polla con la que poder sodomizarle. Seguí extendiendo el aceite, y esta vez
le tocó el turno a sus nalgas, que froté vigorosamente. A estas alturas, Javier
era un continuo jadeo. Me sentía exultante de poder dar tanto placer a un
hombre. Por unos momentos me sentí una diosa capaz de dar placer inmenso. Pasé
mis dedos por su ano, y en una de las pasadas, procedí a introducir levemente
uno de los dedos. Esperé la reacción de Javier, pero seguía jadeando y
contorsionándose. Hay muchos tíos que consideran que esta maniobra es de
homosexuales. ¡Ellos se lo pierden! Llegué a introducir todo el dedo, a la vez
que procedía a masturbarle. No quería que se corriese en mi mano, pero sí
llevarle hasta el límite. Le metí dos dedos en la boca, que chupó con una
sensualidad inusual. Cuando menos me lo esperaba, sacó mi dedo de su ano, me
levantó en vuelo, como si careciese de peso, nos salimos del agua. Tras besarme,
comenzó a descenderme, a la vez que mis piernas se enlazaban a su cintura. Noté
su pene en la entrada de mi vagina. Se detuvo unos segundos ahí, para
desesperación mía que ya deseaba ser penetrada. Procedió a introducir su pene,
sin dejar de mirarme a los ojos, poniendo más calor en el ambiente, si eso era
posible. A medida que me penetraba, notaba como avanzaba su pene, hasta parecer
que iba a chocar con mi estómago. Pude ver la escena a través de los espejos que
estratégicamente estaban en el baño.
Me llevó por unas escaleras hasta un espacioso dormitorio.
Subiendo, el pene se movía en mi interior, multiplicando las sensaciones. Iba
abrazada a su cuello, pensando que nadie podía ser más feliz en esos momentos.
Me sentía protegida por un hombre fuerte, que era capaz de elevarme y de
transportarme sin esfuerzo aparente. Una vez en el dormitorio, apartó la colcha
de la cama, y me depositó en ella, saliéndose de mí. Me quedé vacía, como si al
retirarse, se hubiera llevado mis entrañas con él.
Me agarró los pechos con cierta rudeza, haciendo que elevase
mi pubis, momento que aprovechó para penetrarme de nuevo. Comenzó unos
movimientos lentos, sin dejar de mirarme. Antes de que volviese a entrar, yo ya
estaba preparada para recibirle. Así una y otra vez. Noté que se tensaba, a la
vez que yo tenía las primeras contracciones de otro orgasmo. Levanté la cabeza
hasta su pecho, y cuando comencé a mordisquear sus pezones, noté sus primeros
chorros de esperma. Era caliente, y muy abundante. El orgasmo duró más de lo que
estaba acostumbrada a ver, y de una intensidad superior. Estuvo dentro de mí
hasta que la erección descendió. El semen salía por la vagina resbalando por mis
muslos. Él, de rodillas contemplaba mi desnudez, insistiendo una y otra vez en
lo bella que era. Recogí un poco de su esperma con un dedo, y me lo froté por
los labios, para después introducir el dedo en la boca. Él comenzó a reírse, y a
decir que no sería capaz de mantener otra erección. Aquello me lo tomé como un
desafío, así que le hice tumbarse de espaldas, y me metí el pene en la boca. Su
tamaño había descendido considerablemente. El sabor de su semen era un poco
amargo. Poco a poco el tratamiento iba dando sus frutos, y el pene recobraba su
templanza. Su excitación iba en aumento, y comenzó a jugar con mi pelo, mientras
movía sus caderas como si estuviese follándome por la boca. Esta vez fui yo
quien le paró, saliendo de la habitación, y regresando después con el bote de
aceite del baño.
Tomó el bote y colocándome boca abajo en la cama, comenzó a
extenderme el aceite por la espalda. Pensé que me iba a dar un masaje, pero tras
untarse su pecho y su pene, procedió a frotarse contra mí, utilizando su pecho y
sobre todo su pene, como si fuesen manos. Era lo más erótico que me habían hecho
en mi vida. Su pene pasaba una y otra vez por mi ano y mi vagina. A medida que
pasaba el tiempo iba deseando que me penetrase, y cuando por fin parecía que iba
a hacerlo, se levantó de la cama diciéndome que no me menease, que iba a
preparar unas cosas. Le hice caso, entre otras cosas porque estaba tan relajada
que no me apetecía cambiar de postura. Al cabo de un rato volvió. No pude ver lo
que tenía, porque me pidió que cerrase los ojos.
Fue dejando todo sobre la mesilla. Los sonidos me eran
conocidos, pero no acababa de saber que es lo que había traído.
Procedió a vendarme los ojos con un pañuelo de seda. Después
me volvió boca arriba y me ató las muñecas al cabezal de la cama, que era de
forja. Esto último no me gustaba, pero era tal la delicadeza de sus movimientos,
que enseguida cambió mi recelo por una desconocida excitación. Noté algo frío
que recorría mi cuerpo. Era un trozo de hielo que se deshacía a medida que mi
piel lo calentaba. Fue pasándolo por todo mi torso, hasta detenerse en los
pezones, que respondieron a la nueva temperatura endureciéndose como nunca.
Siguió haciendo círculos en mis pezones hasta que estos estaban sensibilizados
al máximo. Descendió por mi ombligo, hasta la entrada de mi vagina. Pasó de
largo, y fueron mis muslos los que recibieron la caricia del hielo. El hecho de
tener los ojos vendados, hicieron que la sensación de excitación se multiplicara
por diez. Era evidente que Javier sabía lo que hacía. En mi cuerpo quedaron
dibujadas gotas de agua que se encargó de recoger con sus labios. Yo me arqueaba
de placer y excitación. Oí el ruido de una botella de champaña al descorcharse,
y como se llenaba una copa. En mis labios noté la textura de una fresa
impregnada en la bebida. Solo me permitió comerla a bocados pequeños,
recreándose en el movimiento de mis labios. Después partió otra fresa y la fue
pasando por mis duros y sensibles pezones. El olor a fresa y champaña inundaba
la estancia. Dejó cada mitad de la fresa en cada pezón. Otra fresa bañada la
introdujo levemente en el interior de mi vagina. Un nuevo sonido conocido se
sumó a la fiesta, estaba rociándome con nata muy fría varias partes de mi
cuerpo. Labios, pechos, axilas, interior de mis muslos, monte de Venus... Me
estaba convirtiendo literalmente en un auténtico postre. Para acabar con el
toque alimenticio, procedió a untarme bien el ano con aceite, presagio de lo que
iba a ocurrir más tarde.
Cuando terminó, procedió a atarme los pies a la cama. No
comprendía por qué lo hacía, ya que la posición le impedía una correcta
penetración.
Pero las sorpresas no se iban a acabar. Oí como se levantaba
y abría la puerta.
Pasa que ya está lista.
Aquello no me lo esperaba de Javier. No parecía su estilo. Me
iba a compartir con otro hombre. Un desconocido al que ni siquiera podía ver, y
al que no podía ofrecer resistencia, debido a mi situación. Protesté, pero no
recibí ninguna respuesta, solo el crujir de la cama, cuando mi desconocido
amante se sentó en ella y procedió a posar sus labios en los míos. Estaban muy
fríos. Intenté resistirme, pero él insistió suavemente, sin violencia. Comprendí
que era del todo inútil mi resistencia, así que decidí gozar lo más posible,
aunque en mi interior sentía la desilusión del que confía en otra persona y se
desvanece lo que piensa de él.
Procedí a devolverle el beso. Había algo familiar en su forma
de besar, como si no fuese la primera vez que me besaba. Descendió por mi
cuello. Allí acabó mi resistencia. Siempre me ha gustado que me besen el cuello.
Sus labios fríos no eran desagradables, todo lo contrario, era una sensación
nueva. Pensé en qué estaría haciendo Javier. ¿Estaría mirando? ¿Participaría?
Siguió besándome hasta llegar a mis axilas. Nunca me habían
besado en ese lugar, y recomiendo a los que lean este relato, que sorprendan a
sus parejas. Fue comiendo todo lo que tenía distribuido por el cuerpo. En los
pezones se entretuvo chupándolos y mordisqueándolos. Entre las atenciones de
Javier, el hielo, y ahora el desconocido, estaban totalmente sensibilizados,
hasta el punto de que cualquier roce me hacía estremecer. Cuando tocó el turno
de la fresa de mi vagina, la sacó con la lengua frotando mi inflamado clítoris.
Fue descendiendo hasta los pies, a los que dio todo tipo de
caricias, besos y lametones. La verdad es que quería ver su cara, su cuerpo...
Cuando hubo terminado con todas las viandas, se incorporó de la cama, y cogió
algo de la mesilla. Un leve zumbido llegó hasta mis oídos. Noté como el zumbido
se acercaba hasta mí. Algo se posó en mi cuello, y fue descendiendo hasta el
canal de mis pechos. ¡Era un vibrador! Tenía un tacto suave, y la vibración me
producía unas leves cosquillas. Nunca había usado alguno hasta mi experiencia
con Martín, aunque confieso que más de una vez, tentada estuve de comprarlo,
para introducirlo en los juegos entre Chema y yo. Pero no me atreví nunca a
sugerirlo por miedo a lo que podía pensar. El desconocido fue descendiendo el
aparato por todo mi cuerpo. Lo pasó varias veces por mis muslos, hasta que poco
a poco lo fue introduciendo en mi vagina.
Comenzó entonces un lento mete y saca, que acompañaba con
lametones a mis pezones y a mi cuello. No tardó en venirme un brutal orgasmo,
que gracias a la habilidad de mi amante, no me produjo ningún daño en la vagina
con el consolador, pues no paré de moverme salvajemente, dando botes en la cama
y diciendo todo tipo de frases soeces. Cuando terminé, mi amante saco el
consolador pasándolo por mi boca para que lo lamiera, cosa que hice con
verdadera pasión, no dejando de jadear y de mover mis caderas pidiendo más, no
sé si en mi fuero interno incluso deseaba que me penetrasen los dos hombres a la
vez.
Me soltó las cintas de las piernas, y se colocó encima de mí.
La penetración fue suave. Además de los muchos jugos que manaban de mi interior,
en ningún momento hubo ningún movimiento brusco que pudiera lastimarme. Se movía
en círculos, haciendo que su pene rozase perfectamente las paredes de mi coño y
el clítoris, totalmente sensible después de los orgasmos que habían sacudido mi
cuerpo. En esta posición aprovechó para pasarme un dedo por el ano. Lo hizo de
una forma que apenas lo sentí, a pesar de ser prácticamente virgen por ese
orificio. Estuvo un buen rato meneándose en mi interior, hasta que salió y me
cambió de postura, poniéndome a cuatro patas. Procedió a separarme las nalgas y
a pasar la lengua por mi ano. Estuvo un buen rato hasta que consideró que ya
estaba suficientemente dilatado. A pesar de mi excitación, no podía controlar mi
temor a que me hiciera una buena avería. Cuando noté la punta de su pene a la
entrada del orificio, me tensé un poco nerviosa. Él debió de percatarse, porque
con una mano comenzó a masturbarme. Cuando noté el placer que le daba a mi
clítoris, relajé mis glúteos, momento que aprovechó para iniciar una presión que
llevaría a la punta de su pene a abrirse paso a través de mi ano. Sentí un gran
dolor, pero algo hizo que me repusiera, y cuando noté que mi amante se detenía
por mis quejidos, realicé un movimiento hacia atrás, metiendo todo el pene en mi
culo. Le grité como una posesa que no se detuviera, que me abriese el ano de una
vez, y que me echase toda su leche en el interior. Esto le animó, y no sólo
aumentó el ritmo de los movimientos, sino también la fuerza del envite. Aunque
les parezca mentira, tuve otro orgasmo, que me hizo perder el conocimiento
durante unos segundos. Mi amante aumentó más sus movimientos, síntoma de que el
orgasmo estaba cerca. Se salió de mí, produciendo un sonido como el de una
botella al descorchar. Puso su pene en mi boca, que le recibió golosa, y tras
unas pequeñas sacudidas, las primeras gotas de semen saltaron a mi cara, momento
que mi amante aprovechó para quitarme el pañuelo de los ojos. Vi con asombro que
se trataba de Javier. Ante mi sorpresa, procedió a besarme limpiando los restos
del semen. Nos abrazamos y así nos quedamos hasta que nuestras respiraciones se
normalizaron. Me confesó que siempre había sido él, y que había fingido que otro
me poseía. Pasamos el resto de la tarde reponiendo fuerzas, y hablando de
nosotros. Yo le dije que me había enamorado de él, y me respondió que debía
seguir con mi aprendizaje, y que quizás la vida nos llevase a estar juntos, o
quizás me deparaba alguna otra sorpresa.
Me explicó que todo lo que nos pasa en la vida tiene un
sentido especial, único, y que muchas veces no sabemos leer la lección. Él había
aparecido en un momento difícil para mí, pero mis palabras sobre mi marido, y
las personas que había conocido ese verano, me daban la solución de lo que
realmente yo quería hacer. Agaché la cabeza y le di las gracias.
Me acompañó por el estrecho sendero hasta donde estaban los
vehículos aparcados. Cuando nos despedimos con un tierno beso, me dijo un hasta
siempre.
Jamás podré olvidar esa tarde, ni a tan interesante hombre.
Pero Javier tenía razón, debía seguir buscando mi identidad… mi sendero.