Ya se acerca el final de la historia de Dominga y la
sirvienta y su madre. Es momento de contar la última semana de mis clases
particulares a Dominga. Sin embargo, quizás deba empezar por la llamada que
recibí hace poco menos de dos meses.
- Soy Matilde –dijeron desde el otro lado.
Matilde, la madre de Dominga, hacía tiempo que no sabía de
ella, sólo algunos mensajes en el móvil de vez en…
- Eres un hijo de puta, debería denunciarte. ¿Qué? ¿No dices
nada? Te voy a dar un nombre que quizás te haga entender, imbécil… ¿me estas
escuchando?
- Sí, sí –contesté lentamente.
- dobleuvedobleuvedobleuvemarquezepuntocom –dijo. Ella
pronunció marquetze como si fuera checoslovaco.
- Ooh! –me salió mientras caía en la cuenta de los relatos
que había escrito en esa web que corresponden al principio de este mismo, y que
he continuado aquí porque aquellos están cortados y son difíciles de leer
- Te crees que esta es manera de enterarme que te has estado
tirando a mi hija, a mi sirvienta y que vas aireando por ahí que… escúchame,
imbécil, porque todavía no sé lo que voy a hacer contigo, pero te va a doler… y
mi moreno es natural, gilipollas. Jacinto, que cojones de nombre es ese, Andrés…
voy a escribir yo la historia con tu nombre y apellido, imbécil.
- Matilde, oye, Matilde, calma, anda, por qué no vienes aquí
y lo hablamos.
- Muy calmado te veo y no deberías estarlo.
- Anda ven a mi casa –le dije pausadamente y mi calma pareció
tranquilizarla. Pasaron unos segundos.
- Hoy no puedo, pasaré mañana –dijo sollozando- A las tres.
- De acuerdo, hasta mañana.
- ¡Imbécil!
Apagué el porro en el cenicero y me quedé dormido.
Al día siguiente, ya sin substancias calmantes me pasé el día
acojonado. Llegué a casa a las dos y el timbre sonó hacia las tres. Pude ver en
sus ojos que estaba muy enfadada. Se quitó la chaqueta y se sentó. Me senté
junto a ella y con cara de lechón me confesé:
- Es todo mentira, lo único que hay de verdad es lo nuestro,
pero no te preocupes, quien puede saber que tú eres la que aparece en el relato.
Ningún nombre es real. Lamento haberme adornado…
- ¿No es verdad que te has tirado a mi hija, imbécil?
- Te juro que no.
- Pues Lidia ha confesado, imbécil.
Me vi delante de un juez, rodeado de fotógrafos… aunque
Dominga no es menor de edad y puede hacer lo que le de la gana, pero empezaron a
temblarme las rodillas. Como las mentiras no servían opté por hacerme la
víctima.
- De acuerdo, es verdad, aunque posiblemente me he adornado
mucho. Pero que querías que hiciera, yo no la seduje, es que tiene esta relación
con Lidia y…
Y se me acabaron las ideas.
- Mientras leía esa porquería no sabía si llorar, morirme o
matarte –dijo con lágrimas en los ojos.
Yo no sabía como salir del embrollo hasta que Matilde me dio
la solución.
- Maldita Lidia –sollozó.
No hay nada mejor que un enemigo común:
- Matilde, esa mujer es un peligro para tu hija y para
cualquiera. No debería estar en tu casa –dije sin poder evitar la pena por la
pobre sirvienta. Ahora me avergüenzo.
Matilde respiró hondo, se puso la mano en la frente y dijo:
- En el fondo, es todo culpa mía… después de leer lo que tu
escribiste tomé el diario de mi hija y me di cuenta que me vio.
- ¿Te vio?
- Me vio, nos vio, a Lidia y a mí.
- ¿Estáis liadas? –dije con los ojos como platos.
- No, imbécil –por lo visto ese era mi nuevo mote- ¿te has
creído que soy lesbiana?
- Pues entonces qué.
- ¿Te crees que te lo voy a contar, imbécil? Para que lo
escribas, ¿no?
No insistí, pero continuamos hablando y nos fumamos un
porrito. Y lloró. Y nos besamos. Y lloró aún más fuerte. Pero la cosa no pasó de
ahí. Pasó estando yo solo tras irse ella, pero no creo que os interese.
Maite y yo seguimos mandándonos mensajes en el móvil. Y en
una semana estaba en mi casa de nuevo. La mente humana es extraña, Matilde
parecía venir a mi casa a relajarse, aunque las cosas en su casa estaban
tranquilas. Dominga no sabía nada y con la universidad y los amigos estaba muy
ocupada, Lidia continuaba en la casa porque Matilde no sabía como echarla sin
provocar preguntas, pero le había prometido que dejaría tranquila a su hija. Y a
Pipi, el hermano, pero este no se atrevía a pedir nada así que ahora se la
cascaría el solito. En el fondo a Matilde le gustaba Lidia. Era una buena mujer.
Estábamos en el sofá escuchando música, yo masajeando los
pies de Matilde.
- Así que la piel de una campesina india de 60 años. ¡Qué
hijo de puta! Me has dejado por los suelos.
- Mujer, cuando uno escribe exagera. Esa es el personaje, no
tu –y sonreí mientras apretaba sus los pies.
- No sé como puedo estar aquí sabiendo que te has tirado a mi
hija.
- Mira, Matilde, tu hija es muy buena chica y ya es mayorcita
también. No le des más vueltas –dije y ahora me doy cuenta que cada vez que
hablaba me estaba ganando una hostia.
- Te habrás quedado a gusto, ¿no? Sólo te ha faltado tirarte
al perro. Y encima te hemos pagado.
- Mujer, visto así. –dije mientras le masajeaba las pierna-.
En el fondo creo que Dominga sólo está jugando. Lidia, en cambio, creo que está
enamorada de Dominga.
- A Lidia lo que le pasa es que va más caliente que el pico
de una plancha. Una vez, cuando Dominga y Pipi no estaban, mi marido y yo lo
hicimos en el salón. A esas horas se suponía que Lidia debía estar en su
dormitorio durmiendo, pero cuando me di cuenta nos estaba mirando. Y estando ahí
dale que te pego sobre Juan (llamaremos así, por ejemplo, al marido), en el
sofá, en lugar de parar o taparme, pues seguí ahí mirándola sin parar. ¡No te
equivoques, que no soy una cualquiera, así que quítate esa sonrisita de la cara,
imbécil! –pero seguí sonriendo y tocándole la pierna.
- Si no me parece mal. A mí ahora me da morbo –me atreví a
decir- Cuéntame más.
- ¿Para que lo escribas, imbécil?
- Matilde, una señora como tú no debería utilizar un lenguaje
tan soez – dije con sorna y ella me pegó una patada con mala leche.
- Quiero saber el final –me dijo muy seria.
- ¿Qué final? –dije confundido.
- El de la película de ayer en televisión, idiota. Falta la
última semana en lo que escribiste. ¿Qué pasó después de estar yo aquí?
- Mujer ni tan siquiera recuerdo que escribí.
Matilde agarró el portátil, paró el itunes, lo trajo al sofá,
y tras buscar me plantó delante el último relato.
-Aquí lo tienes, sin ningún pudor cuentas todo lo que hicimos
y luego te tiras a mi hija mientras yo pensaba que estabais dando clases.
- Pues –conté- era miércoles, ¿no? Y no pasó nada, porque tu
hijo estaba ahí.
Por alguna razón Matilde me vio cara de mentiroso, me agarró
entre las piernas, para mi sorpresa y dolor, y me dijo entre dientes: que me
cuentes todo.
- Pues tu hijo estaba ahí, en su habitación supongo, no sé, y
nosotros en la mesa y me dijo "tengo algo, para que no nos quedemos con las
ganas". Yo le dije que no, que no debíamos hacer nada, que tu vendrías pronto y,
además, después de haberme acostado contigo, no quería –que gran mentira pensé
en ese momento.
- Que mentiroso eres, Andrés –dijo Matilde.
- Metió la mano en su mochila –continué- y sacó un pequeño
vibrador.
- ¡¿Mi hija tiene un vibrador?! ¿Por qué no me extraña? Al
menos es pequeño.
- Como un cohete pequeñito, o un gran supositorio, de color
negro.
- ¿Con la base roja? –pregunto.
- Ups –dije.
Matilde dejó caer su cabeza sobre sus manos. Tras un silencio
dijo: sigue.
- Pues lo hizo vibrar y se reía –la verdad, no sabía muy bien
como contárselo a la madre-. Se lo metió debajo de la falda y empezó a… ya
sabes.
- ¿Y tu?
- Pues le explicaba matemáticas. No es broma. Durante un
rato, era como un juego, yo explicaba matemáticas mientras ella… ya sabes. Y… se
vino una vez. Luego continuó y me dijo que me masturbara…
- ¡Sigue!
- Pues mujer, me desabroché los pantalones, la saqué, y
empecé.
- ¿Y no se te cayó la cara de vergüenza, imbécil?
- Pues no, mira –dije en un ataque de dignidad- Tu hija ya es
mayor de edad y yo también. Y de echo estoy muchísimo más cerca de su edad que
de la tuya.
Para mi sorpresa, Matilde colgó los ojos en el techo, torció
los labios y dijo tranquilamente:
- Supongo que el putón soy yo.
- Aquí no hay ningún putón –Matilde-. A ver si ya no se puede
echar un kiki tranquilo en este mundo.
Me miró, se aguantó las ganas de darme una ostia y dijo:
- Tendrá morro el tío. Me voy, tu quédate aquí sentadito y no
te levantes hasta que hayas escrito todo lo que ocurrió la última semana. Cuando
lo haya leído te llamaré.
No me costó mucho, de hecho ya lo tenía casi todo escrito
aunque lo había abandonado sin terminar. Le di unos retoques, aunque la verdad
es que tendría que haberlo retocado mucho más teniendo en cuenta que lo iba a
leer la madre de la afectada, pero como Matilde me había hinchado un poco los
bemoles, me dio por mandarle lo siguiente:
"El jueves era el último día de mis clases en casa de
Dominga. El día anterior, antes de terminar la clase –aquella del vibrador-
Dominga me había advertido: como mañana es el último día, quiero que me eches un
polvo monumental aquí en la mesa. No me gustaba cuando hablaba de manera tan
bruta, pero no se puede tener todo. Llegué en punto, claro, Lidia me hizo pasar,
como siempre, sonriendo levemente y agachando la cabeza. Me pregunto qué se
necesita para que esta mujer coja confianza con uno. Al llegar al salón Dominga
me estampó un beso en los morros y enseguida lancé mis manos por todo su cuerpo.
Me frenó y dio unos pasos hacia atrás. Llevaba el vestido blanco y amarillo que
había vestido la primera vez que lo hicimos. Metió las manos por debajo, tiró de
las braguitas hacia abajo, sacó un pie y con el derecho me las lanzó. Empezaba a
cogerle cariño a todas estas acciones aprendidas en películas que Dominga me
hacía intentando parecer sexy. Luego, con un salto, se subió sobre la mesa y
abrió las piernas. ¡Esto sí que era sexy¡ Me acerqué mientras me bajaba los
pantalones y cuando me metí entre ellas ya la estaba apuntando con mi pene.
- Llevo diez minutos tocándome para tenerlo mojadito para ti
–me dijo.
Lo metí lentamente, queriendo sentir el placer de abrirme en
ella. Estaba, sí, muy mojada. Nos morreábamos, ella me arañaba la espalda, yo
buscaba la blandura de sus culo. Empecé a meterla y sacarla. Le mordía el cuello
mientras bombeaba. Las envestidas eran cada vez más fuertes, sin compasión.
Dominga gemía sin parar, intentaba hablar pero no se le entendía. Su espalda
cayó sobre la mesa y empezó a arrastrarse sobre la madera con mis embestidas.
Optó por señalar, alargando el brazo. Ahí estaba Lidia, a unos metros de
nosotros, con el vestido levantado y las dos manos entres sus piernas. Tenía las
rodillas dobladas, con la mano derecha se metía con furia los dedos centrales
mientras con los cuatro de la mano izquierda se masajeaba salvajemente el
clítoris. Sus ojos estaban clavados en Dominga. Lidia tenía una panorámica
perfecta de su señorita siendo arrastrada arriba y abajo sobre la mesa. Los
gritos de Dominga me devolvieron a lo nuestro. "¡No pares, no pares!, decía y
yo, que no tenía ninguna intención de parar, seguía entrando y saliendo en el
mojadísimo y ruidoso coño de Dominga. "¡Fóllame, fóllame, fuerte!", gritaba.
Tras no sé cuanto tiempo Dominga se vino entre gritos durante mucho tiempo. Vi
sus ojos ponerse blancos durante unos segundos, sus dedos arañar la mesa y poco
a poco, después, fue relajándose. Dejó de gemir y ya sólo suspiraba. Yo
continué, más lento, porque las piernas ya se me doblaban y encima tenía que
aguantarle las piernas con mis brazos ahora que ella había terminado. Su cuerpo
estaba en completo reposo, con las piernas y los brazos abiertos y los ojos en
el techo. Para colmo también Lidia había terminado y la mujer sin respeto para
el que estaba haciendo todo el esfuerzo había desaparecido. Me sentí como el
último corredor en cruzar la meta en una maratón. Suerte que Dominga parecía que
no podía ni moverse y no se me iba a escapar. Tuve que concentrarme, vi a Naomi
Campbell, recordé grandes momentos entre Dominga y yo, por ahí pasó también una
prima mía que me daba mucho morbo, aceleré el ritmo perforándola, ya casi me
corría. "Córrete en mi barriga", dijo subiéndose el vestido. Aceleré, más y más.
"¡Ya, ya!", grité, la saqué del mojadísimo coño de Dominga y masturbándome me
corrí en su ombligo, en el estómago y en el vestido.
Tuve que sentarme, con los pantalones en los tobillos, a un
lado de la mesa, con Dominga delante de mí, tumbada sobre la mesa, con mi semen
en su estómago, las piernas colgando y mirándome sudada, sonriéndome.
Lidia entró en el salón con dos vasos de agua y papel. Esta
mujer me desconcertaba. Le dio un vaso a Dominga otro a mi y se puso a limpiar
el estómago de la chica.
- Madre mía –dijo Dominga- el mejor polvo de mi vida. Ha sido
brutal, como en las pelis, aquí te pillo aquí te mato. ¿Te ha gustado, Lidia?
Y Lidia que ya terminaba de limpiarla le sonreía. Luego se
giró hacia mí, ya sin sonreír, me limpió la mano, se agachó, le dio un repaso
con el papel a mi hermano pequeño y se largó. Dominga consiguió ponerse de pie.
Me dijo que se iba a cambiar y me dejó solo. En esos momentos de soledad, con la
mirada en el techo, exhausto, con los pantalones por los tobillos, me entró la
melancolía. ¡Qué gran mes! Y quién me iba a creer si lo contaba. Bueno, sí, una
chica del barrio de Sants en Barcelona que leyó los tres relatos en marqueze sí
me ha creído. Quizás por eso lo conté en marqueze, porque es inútil contárselo a
los colegas. Ahí en el salón me acordé del chiste de la Claudia Schiffer. En
fin, Dominga volvió con otro vestido, nos sentamos y evidentemente no
estudiamos. Hacer en una hora todo lo que no hicimos en un mes es absurdo.
Hablamos, nos tocamos y besamos. Al día siguiente se iban todos a la casa en la
playa. Cuando pasaron las dos horas, Dominga y yo nos despedimos. Dominga estaba
triste y yo también. Ella aseguraba que después de las vacaciones quedaríamos,
pero para qué engañarnos, esto era una relación profesor-alumna y ya se habían
terminado las clases. Lidia, en la puerta, sonrió levemente y me dijo adiós. Iba
a preguntarle en ese momento, bromeando, si llevaba bragas pero cerró la puerta.
Al día siguiente mientras limpiaba la casa, cosa que hago los viernes, sonó el
móvil. Era Dominga, que estaba por mi barrio y quería pasar por mi casa. Llegó a
los cinco minutos. Quería despedirse y traerme un cd de regalo para que me
acordara de ella cuando lo escuchara. Sus amigas la esperaban en la calle y
además tenía prisa por volver a casa e irse de vacaciones. Con dolor y, no lo
negaré, por un pedante afán de enseñarle lo que es la música decente, me
desprendí de mi cd de Al Green. Supongo que lo habrá escuchado tantas veces como
yo el suyo. Me dio un beso y nos miramos tontamente mientras esperaba el
ascensor. Se fue y no he vuelto a verla. Entré en casa, terminé de limpiar, me
senté delante del ordenador y escribí la primera parte del relato."
El relato, así tal cual, lo adjunté en un email y se lo mandé
a Matilde. Su respuesta: "Hijo de puta".
Creo que fue una semana después cuando Matilde me mandó un
mensaje al móvil. Quedamos en mi casa, muy temprano, hacia el mediodía. Comimos
un poco, bebimos un poco de vino y, no sé si le subió a la cabeza o ya tenía la
intención, pero en medio de una conversación que no viene a cuento, me dijo: "yo
también quiero que me eches un polvo monumental". No en mi mesa de Ikea, pensé,
porque el modelo este Gudjohnsen no creo que aguante. La agarré de la mano, me
la llevé a la cama. Empezamos besándonos. Nos separamos para quitarnos la ropa,
me quedé desnudo y ella sólo con el tanga. Estaba muy morena, un moreno
perfecto. Perfectísimo. Me tumbé sobre ella y fui bajando con mi boca hacia sus
pechos. Los devoré, uno, el otro, el otro, el otro, bajé pasé por su liso
estómago, le saqué el tanga, le abrí las piernas y hundí mi cara. Se había
depilado supongo hacía un tiempo, porque recuerdo que me picaba un poco en la
cara los pelos tan cortos. Pero no criticaré, que luego Matilde se me enfada.
Tiró de mi cabeza hacia arriba, Matilde sólo quería que la follara ahí y
entonces, pero yo quería que se corriera en mi boca y no paré de lamerle todo el
coño y besarle el clítoris hasta que se vino. Entonces sí, sin darle un respiro,
con mi cara mojada, subí, me coloqué entre sus piernas y se la metí. Se la metía
y sacaba con tanta fuerza como podía. "¡No pares hijo de puta, no pares!" me
decía entre dientes, colgándose de mi cuello y echando la cabeza hacía atrás.
"¡Así, así, más, no pares, ni se te ocurra parar!" y me clavó las uñas en la
espalda mientras me miraba directa a los ojos. Yo seguía al ritmo que podía
mientras ella me abofeteaba las nalgas o me las arañaba. "¡Venga, más fuerte, no
pares! Métemela, cabrón" Así, entre gritos, insultos y violencia se corrió dos
veces. Y tuve que dejarme caer sin saber de que lado tumbarme. Estuvimos un rato
recuperando el aire, luego Matilde se giró, me agarró suavemente el pene erecto
y me dijo sonriendo:
- No te has corrido y esta vez yo no te he dicho nada.
- Con las ostias que me has dado no me podía concentrar
–contesté.
- Pobrecito –me sonrió mientras movía su mano arriba y abajo.
Parecía que el polvo la había dejado en un buen estado. Se
puso de rodillas, se agachó y mi polla desapareció en su boca. La sacó, la miró
por delante, por detrás, por arriba, por abajo y le dijo:
- Pobrecita, debes echar de menos tantos coñitos. Has sido
muy mala y te has metido donde no debías –me empezaba a temer lo peor, sobretodo
cuando una de sus manos agarró mis testículos-. Te los pasaste muy bien en
verano, ¿no? ¡Dominga, Lidia, yo, las tres! Has sido muy mala, muy muy mala
–incluso mi hermanito pequeño se estaba asustando porque iba agachando más y más
la cabeza-. Uy, mira –me dijo- ahora se hace la tímida. A partir de ahora tu
única casa será esta –decía señalándose entre las piernas-. Como me entere yo
que te has metido en algún otro coño te dejaré sin tus dos amiguitos –y apretó
levemente mis huevos y no pude evitar un respingo.- No te asustes Andrés, pero
más vale que te comportes. Y para que veas que no te guardo rencor, ahora me voy
a ocupar de ti.
Dicho y hecho, volvió a metérsela en la boca y ahí, caliente
y húmeda volvió a crecer. Matilde estuvo entretenida con su juguete en la boca
un buen rato, luego lo sacó y me pajeó mientras lamía la cabeza.
- ¿Te vas a correr en mi boquita? ¿Cuántas veces te has
corrido ya en mi boca, Andrés? –preguntó.
- Ya van unas pocas, pero nunca serán suficientes.
- Esto sólo te lo dejo hacer a ti –y no sé porqué me dio
mucho morbo escuchar eso.
Matilde me pajeaba muy rápido y esperaba mi señal. Levanté la
cintura, grite "ya, casi" y la muy puta, con perdón, paró.
- ¿Seguro que vas a ser bueno? ¿A partir de ahora sólo me
follas a mi? –preguntó aún con la polla en la mano.
No es esta la mejor manera de obtener una respuesta sincera
de alguien y evidentemente contesté:
- Sí, te lo prometo, te lo prometo.
Y volvió a masturbarme y volvió a parar.
- ¿Seguro?
- Que sí, joder.
- Vale, no te enfades –dijo empezando de nuevo. Esta vez
agarré su cabeza mientras su mano subía y bajaba. Ni se me ocurrió avisarla,
pero seguro que lo vio venir. Se la metió en la boca y descargué ahí dentro. No
la solté hasta que me hube vaciado.
- Mmmmh. A partir de ahora serás bueno –dijo. Y se tumbó a mi
lado.
Total, llevaba ya mucho tiempo siendo bueno. Quizás se
pensaba que había vuelto a ver a su hija desde que me trajo el cd. Los dos nos
quedamos dormidos.
Desperté de mi siesta con los ruidos de Matilde en el salón.
La encontré frente al ordenador y desnudo me senté a su lado. Cerró su correo,
se tumbó, me tumbé y empezamos a masajearnos los pies. Eran todavía las tres de
la tarde y me estaba quedando dormido de nuevo, pero Matilde me preguntó:
- ¿Te ponía que Lidia mirara?
- No lo negaré –contesté- me daba mucho morbo. ¿Y a ti?
- Pues sí, para que negarlo. Se convirtió en costumbre: cada
vez que echaba un polvo, ahí estaba Dominga. O sea, mi marido estaba sorprendido
de lo salvaje que yo estaba y se pensaba que era por él –dijo riéndose. Llegó el
punto en que sólo me tiraba a Juan para que Lidia mirara.
- Deberías haberle echado la bronca la primera vez que os
miró.
- Bah, para qué, si a mí me gustaba. Al principio no le decía
nada: las dos sabíamos que sabíamos pero actuábamos como si no. Pero un día ya
me acerqué y le dije "Hoy me follaré a Juan en la sala de invitados, desde el
jardín hay una vista perfecta", y desde entonces siempre la avisaba.
Lidia se detuvo, miró entre mis piernas y dijo:
- ¡Hay que ver, izas la bandera por menos que nada!
- Qué quieres que le haga –contesté- lo que me cuentas da
mucho morbo.
Matilde alargó la mano, agarró mi polla y empezó suavemente a
acariciarla.
- Y eso que todavía no te he contado lo mejor –dijo guiñando
un ojo.
- Cuéntamelo y seré tu esclavo.
Matilde, sonriendo, miró la pared como pensando, me miró
luego a mí y dijo:
- Un día que estábamos las dos solas en casa le pregunté ya
directamente si le gustaba mirarnos… ya lo sé, es una pregunta estúpida. O sea
que dijo que sí, eso sí haciéndose la tímida. La hice sentarse en el sofá, y le
pregunté si le gustaba ver a mi marido follando. ¿Sabes qué me contestó? Me dijo
"me da igual" mirándome a los ojos. Así que le pregunté por qué nos miraba y me
dijo "no sé". Le pregunté si le gustaba verme mientras follaba y me dijo que sí.
Le pregunté "Lidia, eres lesbiana" y me dijo "no sé".
- Conmigo lo pasó bien –dije.
- Porque es muy servicial y no quería hacer sentir mal a un
invitado –me contestó Matilde poniéndose seria, muy seria-. Cada vez que pienso
en las clases que le has dado a mi hija me vienen ganas de darte una paliza.
- Continúa, Matilde, ¿qué más pasó? –pregunté.
- Como cambias de tema, imbécil… en fin, que le pregunté qué
hacía mientras nos miraba, pero no contestaba y le tuve que preguntar "¿Lidia,
te masturbas mientras nos ves?". Pero por lo visto no, se masturbaba en su
habitación cuando estaba sola. Total, que no sé que me pasó, juro que a mi no me
gustan las mujeres, pero le pedí que se masturbara ahí delante de mí. Le dije
que no era justo que ella me viera a mi y yo a ella no. Le dio un poco de corte,
o sea que al principio agachaba la cabeza y se tocaba por debajo de la falda,
pero en un plis plas la tenía delante de mí despatarrada, con la cabeza echada
hacia atrás y dándole caña al coño…por dios, que lenguaje, yo nunca hablo así.
Caña al coño, tiene gracia, ¿no?
- Me encantaría ver como te das tu caña al coño –dije riendo.
Dicho y hecho, habiéndome llamado primero "imbécil", Matilde,
mientras me meneaba el pene se llevo la mano derecha a su entrepierna.
- ¿Se corrió? –pregunté.
- ¿Tú que crees?
- ¿Te gustó mirarla?
- No lo negaré, la cosa tenía su morbo. Me puso mojadita como
estoy ahora –dijo sonriendo-. Cuando terminó le dije que a partir de ese momento
cuando nos mirara se tenía que masturbar, que quería verla. Y como estaba tan
cachonda, aquella noche agarré al pobre de mi marido y le di una que, o sea,
casi lo fundo. En la habitación de invitados, le dije a mi marido que ahí
estábamos más lejos de los nenes y podríamos tener más intimidad. Si hubieras
visto a mi marido con su cabeza entre mis piernas mientras Lidia y yo nos
mirábamos. Casi lo ahogo… ahora sí que se te ha puesto dura, ¿quieres meterla?
Estoy mojada.
Me senté en el sofá, ella se sentó encima mío y empezó a
cabalgar. Mientras estábamos en ello me preguntó:
- ¿Escribirás todo esto que te he contado?
- Te prometo que no –le contesté.
- No me importa, si te lo he contado es para que lo escribas.
Me quedé sorprendido, tanto que Matilde me tuvo que pedir que
no dejara de moverme.
- Pero cambia nombres y todo eso. Me pone a mil solo pensar
que lo que hacemos lo leen miles de personas.
- Bueno –contesté- no creo que sea un best-seller. Pero un
par de cientos quizás sí.
Así llegamos al punto en que ya no podíamos hablar y sólo
jadeábamos. Matilde se corrió largamente y yo también dentro de ella. Para
entonces ella debía irse a clases de yoga, disciplina que considero de suma
importancia no sólo por la flexibilidad de la que Matilde hace gala, sino
también porque teniendo en cuenta que sólo le echa polvos al marido para que la
criada los vea y que le pone los cuernos al mismo con el tipo que se follaba a
su hija y a la susodicha criada se necesita muy buen temple y la cabeza
despejada.
Matilde se despidió por aquel día. Tardaría un tiempo en
volver, porque la mujer, claro está tiene otras cosas que hacer. Yo me dediqué a
mis negocios, a pedir dinero a ciertas personas y a pagar el piso en el que
vivo. Una vez pensé en compartir el alquiler y así poderlo pagar, pero las
visitas de Matilde me hicieron ver que no hay lugar para dos en este cuchitril.
Hay cosas que demandan contacto y fregoteo, pero cuando eso ha terminado, yo lo
que quiero es estirar las piernas y estar solo. Un amigo mío me dijo una vez en
mi apartamento, hablándome a un palmo de mi cara, que mi piso era ideal para
traer tías porque al menos el fregoteo estaba asegurado. Bien, basta de este
asunto.
Matilde volvió un día que no recuerdo ahora exactamente,
simplemente quedamos y se presento. "O sea", como diría ella, sería un día
cualquiera cuando vino y, tumbados en la cama medio desnudos, retomó la historia
con Lidia que no terminó la otra vez:
- Andaba cachonda todo el día. Me levantaba por las mañanas
con ganas de tocarme. Sólo quería que se fuera todo el mundo. Juan a trabajar,
los niños a clases. Un día llamé a Lidia cuando yo estaba en la cama y le dije
así tal cual: "Lidia, tengo ganas de tocarme, ¿te apetece mirar?". Le dije que
se sentara en la silla, aparté las sábanas lentamente, me quité el pijama y en
bragas y sujetador empecé a tocarme. Le preguntaba si quería verme las tetas, el
coño, ella dijo a todo que sí y me quedé en pelotas. Y me masturbé y me corrí.
No sé que me pasaba. Antes de verano, era una locura. En la cocina, en el
comedor, en el salón, me masturbaba en todas partes para que me viera. O a veces
le decía "Lidia, ven, vamos a masturbarnos".
- ¿Pero os habéis liado las dos o no? –pregunté.
- ¡Pues claro que no! ¡Que no soy lesbiana!
Arqueé las cejas, ella posiblemente recordó haber leído esto
en boca de alguna otra persona, y le dije:
- Lesbianas o no, yo creo que deberíais echar un polvo
monumental las dos juntitas porque lo estáis pidiendo a gritos.
No contestó y le pregunté:
- Desde que te enteraste de lo mío con Dominga, ¿lo habéis
hecho?
- No –dijo muy seria- se terminó la lujuria mi casa.
Me hubiera gustado aconsejarle que al día siguiente retomara
sus prácticas con Lidia, o que echaran un polvo o que me dejaran participar,
pero supongo que a estas alturas, lectores/as ya os habréis dado cuenta que en
mi relación con ella, Matilde manda y yo callo. Pero para mi sorpresa dijo:
- No negaré que lo echo de menos. Pero cuando pienso que
hacía lo mismo con mi hija…
- Yo creo que entre una y otra la tenéis acojonada.
Me miró, se levantó, se vistió y dándome un beso se marchó.
A los dos días, de esto hace ya muy pocos días, recibí un
mensaje en el móvil a eso de la 10 de la mañana. Era de Matilde: "Lidia abierta
patas. que morbo". La llamé, aunque estaba en el autobús, pero Matilde no
contestó al teléfono. Llamó media hora después:
- Hola, mi amor –me dijo.
- Te veo de buen humor.
- Pues sí, no lo negaré, lo echaba de menos. No sabría decir
qué me gusta más, los juegos con Lidia o follar contigo –y se rió.
- ¿Qué ha pasado para que terminaras así? –pregunté.
- Bueno, esta mañana la llamé a mi habitación… le dije que se
sentara y le pregunté si… no me echaba de menos y me dijo que sí, y luego se
puso a… llorar y que tuvo miedo de Dominga, que debería haber dicho que no, pero
que… me quería mucho.
- Matilde, se corta la conexión –dije en plena calle.
- No es la conexión, soy yo. Es que me he quedado caliente
caliente.
- Bueno, ¿y qué pasó?
- Le dije que yo también la echaba de menos y que echaba de
menos verla… ya sabes… tocándose. Me dijo que haría todo lo que yo… pidiera,
pero que no estuviera enfadada con ella. Así que la he tumbado en la cama, y le
he dicho que se tocara… y … mientras se tocaba yo le iba diciendo cosas… y
tocándole el pelo y la pobrecita se ha corrido aquí en mi cama… como yo ahora,
espera… ah, me vengo…
Y se cortó.
Volvió a llamar en un minuto.
- Se cortó –fue lo primero que dijo-. Pues eso, que hemos
hecho las paces. Y, ay Andrés, estoy loca, creo que la quiero. Me gusta tanto
tenerla cerca. Dios mío… ¿soy lesbiana? No creo, porque tú me pones un montón. A
lo mejor soy bisexual, dios si esto llegara a saberse. Necesito verte. ¿A qué
hora estarás en casa?
- A las 7.
- Demasiado tarde. Escucha, este fin de semana mi marido no
está. ¿Nos vemos a las 12 en tu casa?
- Vale.
- Un beso, cariño.
Y colgó. Me alegró que aún quisiera verme aunque amara a
Lidia. Yo no tengo ningún problema en compartir a Matilde con la sirvienta, pero
que no me la quite.
Y llegó el sábado, que fue el sábado pasado. No salí la noche
anterior, así que a las 10 ya estaba despierto y sin resaca (o cruda, como lo
llaman en Mexico) y nunca agradeceré lo suficiente a la Diosa Fortuna, que me
mira con buen ojo desde hace unos meses, haber estado en plenas condiciones
físicas y mentales este sábado pasado. Ahí estaban en la puerta cuando la abrí:
Matilde y Lidia, Lidia y Matilde, como la canción de las gemelas de Andrés
Calamaro. Pasó Lidia, quien parecía sorprendida de verme, y pasó Matilde, quien
mirándome dijo: "no te hagas ilusiones, cariño". Fue una bofetada a mi cara de
felicidad, ¿pero qué hacían las dos ahí? Se sentaron, Lidia no hablaba, aún
fuera de casa seguía siendo la sirvienta.
- Relájate, Lidia –dijo Matilde- no dejaré que este tipo te
toque. A no ser que te guste… ¿te gusta?
Lidia no respondía, Matilde siguió:
- Puedes elegir: con quien quieres acostarte… con él o
conmigo.
A Lidia se le abrieron los ojos como platos. No por mí,
claro, sino porque Matilde se le estaba ofreciendo.
- Con usted –contestó tímidamente.
- Yo también contigo, mi amor –le dijo Matilde-. Pero yo no
soy lesbiana ¿me entiendes? Y Andrés me gusta mucho. Así que propongo lo
siguiente, los tres juntos, pero tu no te hagas ilusiones –dijo refiriéndose a
mí-, Lidia es mía y no puedes tocarla.
Lidia sonreía a su señora; yo hubiera firmado cualquier
clausula en el contrato con tal de participar.
- Bien… -dijo Matilde riendo nerviosamente- ¿cómo empezamos?
- Vamos a la cama –propuse.
Fuimos, nos desnudamos completamente y, por razones que ni
Freud podría explicar, nos metimos debajo la sábana y nos tapamos hasta el
cuello. Matilde en medio.
- ¿Alguna vez has besado a una mujer, Lidia? –preguntó
Matilde.
- Sí -respondió.
- ¿Pues porqué no me enseñas cómo se hace?
Y se besaron, y debo decir que fue un beso muy hermoso.
Cuándo terminó el beso y empezó el morreo no lo sé, pero pensé que era hora de
ponerse manos a la obra y empecé a manosear a Matilde mientras besaba y mordía
sus hombros y cuello. Poco a poco iba cayendo la sábana y pude ver como las
manos de las dos mujeres se habían atrevido ya a tocar por primera vez el sexo
de la otra. Qué sintieron en esos momentos no me ha sido dado saberlo y no puedo
describirlo, pero me sentí un poco fuera de juego y no me importó. Estaba feliz
por estar ahí. ¡Y quién no! En un momento dado, Matilde, con una cara que era
pura felicidad, decidió tumbarse boca arriba, abrir piernas y brazos y disfrutar
de las dos bocas y los cuatro brazos que se dedicaban a ella. Lidia y yo
teníamos nuestras bocas en cada uno de los pechos. Y una de nuestras manos
jugaban juntas, sin estorbarse en el coño de nuestra señora. Lidia y yo nos
miramos, miramos hacia abajo, nos volvimos a mirar sonriendo y con los ojos le
di paso para que llevara su boca entre las piernas de Matilde. Mientras Lidia
lamía y bebía por primera vez del sexo de Matilde yo le besaba la cara, la boca.
Matilde estaba disfrutando de verdad. Rompiendo las normas pasé mi mano por los
cabellos de Lidia, quien me miró y sonrió. Finalmente, Matilde se vino
largamente mientras Lidia le besaba el coño y yo la boca. La dejamos descansar,
uno a cada lado, mientras decía "maravilloso, ha sido maravilloso". Miraba a
Lidia y le decía "gracias, mi amor". Me miraba y decía "Lidia es un sol". Luego,
volviendo la lujuria a sus ojos me dijo: "métemela". Me subí sobre ella, entré
en su coño mojado y empecé a bombear mientras gritaba "sí, sí, oh sí". Con sus
manos agarró la cabeza de Lidia y se liaron con sus bocas. Yo me puse de
rodillas, agarré la cintura de Matilde y la metía sin compasión. Así, Matilde se
corrió otra vez entre "qué placer", "oh, qué maravilla" y "me corro, me corro".
Cuando se hubo relajado, otra vez con Lidia y yo a cada lado, dijo "gracias… por
Dios, que placer". Tenía una mano en mi miembro y otra entre las piernas de
Lidia.
- Qué suave y mojadito –le decía a ella-, me gusta.
Luego mirándome me decía:
- Qué dura y larga. Me gusta.
Y se reía. Así estuvo bastantes minutos. Jugando con mi
hermanito y descubriendo por primera vez el sexo de Lidia. Le metía un dedo y le
preguntaba si le dolía. Lidia decía que no y Matilde lo sacaba y metía. Luego
dos, luego tres, aunque ya costó más. Cuando vio que Lidia se estaba poniendo a
cien se centró en ella, y con las manos, mientras le decía cuanto le gustaba
estar con ella, hizo que se corriera con sus dedos abrazándose las dos. Luego la
mujer se fijó en mí. Quizás se dio cuenta por fin que tres son multitud, pero me
tocaba una parte por derecho, y le puso empeño. Como otras veces llevó su boca a
mi polla y empezó a lamerla y chuparla. Lidia le tocaba el cabello. Vi que
Matilde se empezaba a poner cachonda de nuevo y yo quería metérsela de nuevo. Le
mandé que se quedara a cuatro patas, fui detrás, y lentamente, saboreando el
momento, la metí. Entre empujón y empujón la fui llevando hacia Lidia que
riéndose se quedó debajo de su señora. A base de sacudidas Matilde y Lidia se
restregaban sus coños y sus bocas. Yo cada vez estaba más cerca, Matilde también
y ya se había dejado caer sobre Lidia abrazándola con la cabeza sobre su hombro
mientras gemía y gemía. Mi cara se encontró con la de Lidia. Nos reímos. Ahí
estábamos como dice la canción de Calamaro: éramos tres, Matilde, Lidia y
Andrés.
En fin, lectores, eso es todo. Un saludo y cualquier
comentario, no dudéis, a mamisime (arroba) hotmail.com.