NUESTRA LUNA DE MIEL.
Desperté, pero permanecí con los ojos cerrados, pues sentía
todavía el sopor y quería valorar mi condición tanto física, como anímica.
Percibía la presencia de Carlos y eso, me dio mucha tranquilidad.
Lentamente iba saliendo del sopor, sentía todo mi cuerpo
adolorido, cambié de postura, estiré mis piernas, mi conchita me ardía mucho, el
pubis me dolía, los brazos los sentía desguanzados; pero estaba feliz, me
parecía que todo mi cuerpo radiaba alegría, el recuerdo de haber cogido con mi
hermano me producía una dicha que me llenaba toda, así que el dolor y el ardor,
me servían para avivar el recuerdo y por tanto, la enorme dicha que me animaba.
Decidí abrir los ojos para abrazar a Carlos. ¡Vaya sorpresa!
Al abrirlos, me encontré con los suyos hermosos, alegres y festivos, lo jalé
hacia mí y nos besamos con mucha emoción, como si éste fuera el primer beso. Mi
conchita empezó a, manar su líquido, que en esta ocasión me funcionaba como un
bálsamo contra el dolor. Pasó un tiempo para darme cuenta que él estaba bañado y
vestido. Le pregunté,
¿Qué hora es? A lo que me contestó:
-Las dos de la tarde, hermanita. Báñate, vamos a comer, te
tengo una sorpresa.
-¿Qué sorpresa, qué es, dime qué es. Por respuesta, me alzó
en vilo y me llevó al baño, mientras yo le insistía qué es, dime, dime. Me bajó
en la ducha diciendo:
-Cuando estés lista te lo digo.
-Si que fue sorpresa. Salí del baño con el albornoz del
hotel, pensando como estaría mi ropa que traía esta mañana y encuentro a Carlos
leyendo el periódico placidamente, la cama tendida y sobre
ella un coordinado falda y chaqueteen al color del saco que
traía por la mañana y una blusa al color del vestido, tangas muy coquetas de
hilo dental y un sostén. Le agradecí a Carlos el cuidado y el esmero que había
puesto con mi ropa. Me vestí y arreglé lo más rápido que pude.
Durante la comida, me quité el zapato para acariciar las
piernas de Carlos. Mientras lo hacía, él me preguntó:
-¿Recuerdas que un día que te ayudaba con tu tarea escolar,
sacabas recortes de unas revistas de pronto me preguntaste, qué es esto que
parece un cuento de hadas, a lo que te respondí es el Hotel "Las Hadas" en
Manzanillo y me dijiste, quiero que me lleves allá?
-Sí hermanito, claro que lo recuerdo. Carlos prosiguió
entusiasmado, a la vez que me extendía unos boletos de avión.
-Hermanita, nos vamos de Luna de Miel al Hotel Las Hadas.
Nuestro avión sale a las siete de la noche. Vamos a comprar ropa para estar allá
un par de días.
-¡Hermanito muchas gracias! Contesté radiante de alegría.
Pensé que la sorpresa había sido esta ropa nueva que me seleccionaste tan a mi
gusto y que tan bien me ajusta. Bueno, excepto por que la falda me queda a la
mitad de las piernas, pero si así te gusta verme, para mí está bien. Atraigo
mucho la atención, pero me acostumbraré.
-Me encanta verte así hermanita. Me siento orgulloso de que
te volteen a ver, porque esta bella chica con la que todos quieren, es mi mujer.
–Agregó Carlos, mientras nos levantábamos de la mesa.
Caminé del brazo de mi apuesto hermano, mi amante, mi hombre.
Recordé que en una clase de Formación Cívica, Caridad nos había enseñado a
caminar con los pies ligeramente abiertos para no llamar la atención y nos
advirtió que no fuéramos a caminar poniendo un pie delante del otro porque era
un caminar muy sensual y llamativo. Así caminé, contoneándome por lo tanto, eso
era lo llamativo, pero ¡Oh maravilla! Caminar así implicaba que mis labios
mayores se friccionaran entre sí y a su vez, lo hicieran con mi pequeño capullo.
Que razón tenía Caridad sí que es sensual caminar.
A las 20:00 menos 15 tomamos el transporte que nos conduciría
del aeropuerto de Manzanillo al Hotel de las Hadas. Carlos nos registró como el
señor y la señora Valencia. Nos acompañaron al cuarto. Se veía fantástico, me
medio de la vegetación oscura, más negra que la oscuridad del ambiente emergían
las luces mortecinas de los pasillos que conducían a los cuartos. Yo saboreaba
en mis labios la brisa salobre del Océano Pacífico y llenaba con ella mis
pulmones con una mezcla de olores marinos y vegetales. Todo ello, sin duda, me
predisponía al amor.
Entramos al cuarto, en un ventanal enorme, frente a la
puerta, sólo se podía ver el reflejo del cuarto mismo en donde destacaba la cama
"king size". El botones quiso correr la cortina; no se lo permití, me intrigaba
la oscuridad profunda que debía haber detrás del vidrio para que funcionara como
espejo.
Mi hermano se disculpó porque le era muy urgente ir al baño.
Me paré frente al espejo, ahí estaba de 1.56 de altura, 82 de busto, 63 de
cintura y 85 de cadera, mi cabellera pelirroja al sol, que de noche se veía
negra, mis ojos color miel con dos miradas a voluntad, una acerada, cortante y
otra cálida, envolvente, coqueta y mi cara, bella en su conjunto. Levanté mi
falda ligera y pude ver mis piernas bien torneadas y mis panties color champagne
que me había comprado Carlos esta mañana.
Me saqué la blusa y retiré el sostén, mis senos brotaron
desafiantes de un blanco más acentuado que mi cara, hombros y brazos. Los
acaricié apasionadamente, sentí su turgencia, me concentré en los pezones que se
endurecieron de inmediato. Puse una silla frente a la ventana, trepé mis
rodillas y me incliné sobre el respaldo. Bajé de la silla, disminuí el nivel de
la luz del cuarto y recuperé mi posición anterior, enrollé la falda hasta mi
cintura y con las nalgas al viento, esperé a que saliera Carlos, mientras veía
un mar sumergido en la oscuridad, apenas rota de vez en vez por alguna luz que
se desplazaba ya muy lentamente, ya con rapidez.
Oí que se abría la puerta del baño. En el reflejo del
ventanal, pude ver que Carlos desnudo se aproximaba lentamente, admirando mis
nalgas que enmarcaban mi conchita hambrienta, empapada de mis jugos. Llegó, cayó
de rodillas acarició mis nalgas, produciéndome un estremecimiento que me arrancó
un gemido. Besó y lamió mis nalgas y de pronto, sentí que su lengua recorría mis
labios mayores de ida y de vuelta, a cada paso, me producía una oleada de placer
que recorría mi cuerpo entero, arrancándome gemido tras gemido.
Sentí como su lengua fiera entraba entre mis labios mayores,
llegaba al inicio de mi vagina y lograba meterse, llevándome a un frenesí que me
obligó a bajar de la silla, levantar a Carlos y fundir mi cuerpo caliente y
tembloroso, mientras besaba con delirio su boca, lamiendo y chupando mis propios
jugos.
Lo jalé de la mano a la Cama, mientras me deshacía de la
falda, el se acostó boca arriba, ofreciéndome la visión maravillosa de su verga
parada apuntando al techo. La besé con deleite de la punta a los huevos y al
revés, la lamí golosa, le brotó un goterón de lubricante, pasé la lengua por la
punta y lo saboree. Tomé el glande entre los labios, él se retorcía de placer.
Lo metí en mi boca hasta que topó en mi garganta, me animé y empujé hasta que
sentí en mis labios su acolchado pelo púbico. Lo saqué, hasta sentir el glande
entre mis labios y otra y otra vez.
Me sobre calentaba oír sus gemidos y sentir como se retorcía
de placer. Mi vagina escurría, podía sentir el líquido bajando por mis muslos.
Así que, dejé de mamar su verga, me subí a horcajadas sobre él y me encaje su
capullo, que a su vez escurría de una mezcla de mi saliva con su jugo
preseminal, por lo que, mi vagina lo engulló con toda facilidad. Apenas entró se
dispararon las leves contracciones involuntarias de mi vagina al lo cual, Carlos
comentó:
-Tienes perrito hermanita. –Comprendí que se refería a las
contracciones y le repuse,
Sí y te muerde hermanito y echamos a reír. No sabía entonces
que el famoso perrito es algo muy apreciado por los hombres.
Subía y bajaba con toda lentitud para percatarme de lo que
sentía mi vagina con cada incursión. Cambiaba de ritmo, más lento, más rápido,
mientras él, acariciaba alternadamente, mis senos y pezones, mi espalda desnuda,
mis nalgas glamorosas, mis muslos e incluso mis pies. Me di cuenta que en esta
postura, la mujer lleva la voz cantante, escoge el ritmo, la velocidad que le
imprime, la inclinación de la penetración y su propia postura.
Me incliné sobre Carlos para besarlo, pegué mis senos sobre
su pecho y a cada movimiento de mi culo, mis pezones se frotaban en él. Sus
manos acariciaban mis nalgas, noté que mojaba un dedo en los jugos genitales,
con él acarició mi ano, lo presionó, mi ano cedió y su dedo entró, arrancándome
gemidos de placer ante un estimulo nuevo.
No pude más, me invadió una oleada eléctrica que recorrió mi
cuerpo y se disparó la ametralladora de los orgasmos. Carlos me siguió y
moviendo frenéticamente su dedo que tenía encajado en mi ano, se vino en medio
de un bramido atemorizante.
Al poco rato, me incorporé, miré su pene semi flácido
empapado de la mezcla de su esperma con mi jugo vaginal y la saliva de ambos, lo
lamí, para recuperar la mezcla, lo metí en mi boca. Una sensación diferente pero
agradable tener ese trozo de carne inerte en contacto con la lengua y el
paladar, que iba reaccionando poco a poco y recuperando su dureza,
Carlos me hizo la señal de que me acomodara sobre él
ofreciéndole mi vulva empapada y la lamió, mientras yo me engolosinaba con su
pene cada vez más duro. Así estuvimos, hasta que él se levantó, me recostó boca
arriba, me cubrió con su cuerpo y nos besamos lamiéndonos en busca de la
deliciosa mezcla.
En eso, su verga encontró la entrada de mi vagina y la metió
de un solo empuje, el perrito comenzó a ladrar y cogimos sin dejar de besarnos
entre gemido y gemido. Lo apreté fuerte contra mí, subí mis pies a sus nalgas,
en busca de la deliciosa sensación de sentir sus huevos tocando mi culo. Me di
cuenta de que, con mi talón podía acariciar la raja de las nalgas de Carlos y él
se estremecía. En eso, Carlos se incorporó quedó de rodillas entre mis piernas,
las tomó y las subió a mis hombros, me metió la verga, que topó con el fondo
produciéndome una sensación diferente.
En esa postura, yo quedaba inmovilizada, un acto pasivo de
entrega total. Pero, la verga erecta de Carlos a entrar y salir friccionaba mi
punto "G", por lo que me puse a 100, me retorcía, apretaba el cuello de Carlos
con las piernas, gemía como loca, no sé cuanto tiempo estuvimos así, hasta que
percibí que la verga de Carlos crecía más todavía, preludio de su orgasmo, por
lo que solté el mío, juntos llegamos a la meta en medio de convulsiones y
gemidos.
Me Soltó y se dejó caer a un lado mío, limpie su pene todavía
duro con mi boca, me recosté a su lado, llevé mis dedos a mi vagina, recogí todo
el líquido que pude, lamí mis dedos estaba dispuesta a compartirlo con un beso,
pero me di cuenta que Carlos prefería descansar. Me acurruqué, me tomó entre sus
brazos y nos dormimos.
Desperté, no sé qué hora sería, la música de la disco había
cesado, ahora podía oirse el golpeteo del mar que se estrellaba contar laplaya,
en medio de un ritmo que se parecía al de mi corazón. Instintivamente llevé mi
mano al pene de Carlos y estaba parado, así que, me metí debajo de la sabana y
me di un gran banquete, como me gustaba besar, lamer, chupar y tragar esa
hermosura y me entretuve ahí, mientras mi vagina chorreaba sin cesar. Me jaló
Carlos hacia sí y nos besamos, me pareció, que él saboreaba complacido el sabor
de su verga en mi boca.
Me pidió que me acostara boca abajo, se metió entre mis
piernas, asió su verga, busco mi entrada y me la metió con toda facilidad porque
mi vagina escurría literalmente, descansó su cuerpo sobre mi espalda, me besó la
cara que tenía de lado sobre la almohada, voltee más para que alcanzara mi boca,
me besó apasionado, mi perrito lo comenzó a morder y él inició un movimiento
lento de vaivén que me arrancaba dulces y tiernos gemidos. Me di cuenta que en
esta postura, yo quedaba completamente dominada, ofrecía mis nalgas y eran
penetradas, esa posición me gustó, me dio un plus de pasión, yo era una hembra
sometida por su macho, quien para este momento, se movía despiadadamente y ambos
gritábamos frenéticos. Así, juntos alcanzamos sendos orgasmos de antología.
Desperté, había claridad en el cuarto, Carlos sentado junto a
mí, me contemplaba paciente. En cuanto desperté me besó y me dijo:
-Pedí unos jugos de naranja, en cuanto lleguen, hablaré con
madre para decirle en donde estamos,
Seguro que nos ha estado buscando en casa. –No me pareció
buena idea, pero sabía de la unión tan estrecha de Carlos con madre, de modo que
en este caso, sería inútil objeción alguna, así que
contesté:
Está bien hermanito. ¿Sabes? Agregué, el escuchar que me
dices hermanita y que yo te diga hermanito mientras cogemos, me calienta más, me
pone a 100, me encanta eso.
Tocaron, Carlos se levantó por los jugos, brindamos por
nuestra felicidad y los tomamos, él con mucha rapidez y marcó el número de madre
y lo oí decir:
-Sí madre, Nayeli y yo estamos aquí en las Hadas en
Manzanillo.
La verdad madre, que los dos estamos felices. Estaremos aquí
hoy y mañana en la noche nos regresamos. Te hablaré cuando lleguemos a la casa…
Sí madre, yo le doy tus saludos. Ella te manda saludar también.
Dice madre que está muy contenta de que estemos juntos y
felices.
-No se qué pensar de madre.
-Hoy es otra cosa, hermanita.
-¿Sabes Carlos? Me parece que cuando empecé a decir que
quería casarme contigo, no pensaba en lo sexual, era que yo quería estar siempre
contigo y era el modelo que conocía (por intuición, claro). Mi inquietud
comenzó, cuando, al saludarte, brincaba sobre de ti, rodeando tu cintura con mis
piernas, fue cuando empecé a sentir cosquillitas en mis pezones y en mi
conchita.
-Muchas veces que hiciste eso hermanita, como que el impulso
natural era sujetarte por la nalgas. Pero, si estaba madre, ni hablar, no iba a
hacer algo que la contrariara. Si estábamos solos, no quería ser yo el que te
metiera ideas contrarias a la moral de la casa. Así que siempre me abstuve.
Las veces que me llevó madre a saludarte al internado, te
veía tan hermosa, con tus senos incipientes y tus bellas piernas, que al
saludarte te abrazaba lo más fuerte que me era posible, sin despertar sospechas
en madre. Te amo desde que naciste hermanita y te deseaba desde esos abrazos.
Por eso hoy, que me ha sido posible, empuñar mi parte dura e introducirla en tu
parte blanda, me siento en la felicidad total.
-Bien, le dije mientras lo jalaba hacía hacia mí, no
defraudemos a madre que quiere que seamos felices. En efecto, empuñó su verga y
la metió con toda facilidad en mi vagina húmeda y viscosa. Cada coito había sido
nuevo, diferente, sensual y erótico a más y este no lo era menos, lo disfrutaba
enormemente con los ojos cerrados concentrándome en eso de la dureza y la
suavidad y me parecía que el acoplamiento y la complementariedad entre ambos era
algo maravilloso. En eso, Carlos me dijo como en un susurro;
-Hermanita, quiero cogerte por tu sabroso culito. ¿Me dejas?
-Claro que sí hermanito, puedes hacerlo por donde quieras,
soy tuya. Interrumpió su movimiento, a la vez que me decía
-Acomódate como si lo fuéramos a hacer de perrito.
–Como respuesta a su propuesta, me coloqué en cuatro patas,
con el coño al viento. Carlos no desaprovechó la oportunidad para comerme la
vagina. De pronto, algo nuevo, me lamió, me beso y me chupo el culo. -Qué
maravilla, -me decía mientras gemía, en un tono diferente.
Todo lo podía ver por el espejo lateral. Así vi que se
incorporó, quedó de rodillas detrás de mí, empuñó su verga con la mano derecha,
la pasó varias veces por mi chocho y me la metió con suavidad y la dejó ahí un
momento, podía sentir en mi culo húmedo de su saliva el pelamen de su pubis.
Luego de algunos movimientos lentos, acompasados, la sacó
escurriendo, pasó sus dedos sobre mi vagina, los llevó a mi ano, metió uno con
suma prudencia, lo giró e redondo, respondí con gemidos. Sacó el dedo sólo para
meterme dos, también los giro, yo me retorcía por la serie de nuevas e
inesperadas sensaciones que esto me producía y gemía más.
Sacó los dedos, empuñó su verga nuevamente, la colocó en la
entrada de mi ano y sin soltarla empujó, me convulsioné, grité, sácala, sácala.
Se quedó quieto, pero no me hizo caso, con una mano, me detenía para que no me
la fuera a sacar, con la otra acariciaba mi almeja húmeda, resbaladiza.
Me fue pasando esa sensación de puñalada, vi que en realidad
no me dolía, sentía dentro, como el principio de una cuña que amenazaba con
dividirme en dos, así que el grito fue de miedo ante la posibilidad de ser
partida. Me calmé y empujé para que entrara más, Carlos entonces, la sacó un
poco y empujó otro tanto, nuevas sensaciones con el avance de la cuña, pero ya
no me resistía.
Ahora estaba dispuesta a entregarlo todo, a que me partiera
si fuera preciso, repitió varias veces el movimiento de retiro y empuje, hasta
que sentí sus huevos pegados a mi conchita. El permaneció quieto algunos
instantes. Me sentía llena, me di cuenta que mi entrega era total, era su mujer
pasiva y rendida, él me tenía dominada por completo.
Empezó un movimiento lento de vaivén y me dijo:
-Hermanita, cuando yo saque, aprieta, cunado yo meta, afloja.
-Así lo hice, me invadía la lascivia a medida que Carlos
aumentaba la velocidad del movimiento, ahora yo me retorcía de placer, gritaba
como hembra en celo y gemía como hembra herida. Oleadas de espasmos recorrían mi
cuerpo caliente. Toqué mi pucha, estaba empapada, pegajosa, me acaricié
levemente, me retorcí de placer, apretando más la verga de Carlos que entraba y
salía en mi culo.
Lamí mi mano, saboreando mis propios jugos. La llevé
nuevamente a mi almeja, me apreté lo más que pude y me llegó la oleada de
espasmos del orgasmo, un orgasmo nuevo, diferente, cachondo a más no poder.
Carlos soltó un grito grave ahogado, se estaba viniendo. Sacó su verga
chorreando de mi culo y se desplomó a mi lado. Me lancé sobre su verga y sin
pensarlo la limpie, unas lamidas desde la raíz hasta la punta, tomé la cabeza
entre mis labios y succioné, Carlos se estremecía. La introduje en mi boca hasta
el fondo, varias veces, hasta que el pene, ahora semi flácido, relucía de
limpio.
Entre tanto, sentía como se escurría el esperma caliente de
mi hermano, desde mi culo, pasaba sobre mi concha y mezclado con mis propios
jugos bajaba por mis muslos que todavía estaban vibrando. Iba acostarme al lado
de mi hermano, pero el me atrajo a si para darme un beso. Ahí estábamos, los dos
hermanitos amantes en un beso perverso. CONTINUARA.