9. Nuria
La señora dio unos toquecitos con la punta del zapato en la
pierna de Alba para indicarle que saliera de debajo de la mesa. Alba surgió del
mantel como Venus de entre las olas, o eso le pareció a Toni mientras admiraba
su anatomía todavía adolescente de caderas estrechas y pechos redondos y firmes.
No pudo deleitarse tanto como hubiera querido porque las chicas ya estaban junto
a la puerta esperando para desearle buenas noches.
Toni cumplió con una de sus más antiguas costumbres desde que
la gran casa se quedó sin figura paterna y el servicio pasó a ser formado por
graciosas doncellas. Una a una, les fue dando un beso en la mejilla. Martina fue
la última, le susurró una proposición a la que Toni se negó sonriendo. La mayor
de las jóvenes sólo obtuvo a cambio un beso homónimo al de sus compañeras. Lo
que Toni no vio o no quiso ver, fue la ira que crecía en los ojos de Martina al
sentirse rechazada. Tampoco Alba, concentrada en limpiarse la cara, apagar su
sed con el vino e hincar la cuchara en el helado antes de que pasara a ser
sorbete, notó la mirada cargada de odio de la sirvienta en jefe. De haber sido
un poco más observadora, tal vez hubiera podido evitar los acontecimientos
fatales que sucederían meses más tarde.
Toni se despidió también de su madre con un beso y de Alba
con una caricia en la mejilla. No se atrevió a rozarla con los labios, en parte
porque la muchacha seguía comiendo ávidamente su helado, el primer helado de su
joven vida, pero también por temer que en vez de un beso casto se le sublevara
la boca y se echara encima de Alba con silla, helado y mantel incluidos. No
quería dar una muestra de pasión tan evidente frente a su madre, no por
vergüenza, sino por el temor de que interpretara correctamente sus sentimientos.
Su madre, su amada madre, a pesar de su gran liberalidad y caprichos tan
peculiares, seguía siendo una mujer clásica en algunos aspectos, sobretodo en lo
que concernía al destino lógico de una señorita de buena familia: el matrimonio.
La señora y Alba se quedaron solas. Alba relamió la copa con
rapidez y se levantó de inmediato para esperar instrucciones. Nuria de Gelabert
la inspeccionó con atención, Alba se sintió avergonzada de su desnudez y bajó la
cabeza.
- ¿Te escondes? – le preguntó la señora sonriendo
cálidamente
Alba levantó ruborizada la vista. Los ojos de la señora
tenían el mismo color claro que los de Toni pero guardaban algo más. Si los de
la joven eran transparentes, los de la mayor eran opacos, como marismas,
ilegibles. Cuántos secretos guardarían, cuántas vivencias, tal vez, cuánta
perversión bajo esa aparente amabilidad. La piel fina y protegida del sol se
diferenciaba también de la de su hija, amante de los paseos en automóvil
descapotable, más morena y jovial, pero era igualmente tersa y agradable, apenas
marcada por las dos décadas de diferencia que las separaban. Los cabellos, tan
oscuros que reflejaban un tono azulado demasiado intenso para ser natural,
estaban cortados a la moda y ondulados con tenacillas. Toni los llevaba de
manera más desenfadada. En general, la señora era un ejemplo de feminidad: el
rostro redondeado, la nariz y la barbilla pequeñas, la figura esbelta pero
curvada elegantemente por obra de la maternidad... Cuan diferente a Toni que
semejaba más a un señoritingo de la capital con esa afición suya a las ropas de
corte masculino, ese caminar de pasos largos, esa soledad que lucia
elegantemente, tan seria, tan adulta en su silencio, fruto de un espíritu dotado
para los negocios, sin duda.
- No debes tener miedo. Haz lo que yo te pida y luego
serás libre para marchar a tu cuarto.
Alba sufrió la mirada segura de la señora clavada en la suya,
más frágil y asustadiza. Afirmó tímidamente. Cómo podría negarse. Si ante Toni
se rindió por obra de la atracción espontánea, ante la señora su rendición era
esperada e indiscutible, le pertenecía de la misma manera que todo en aquella
espléndida casa. Alba no había oído hablar del derecho de los trabajadores ni de
revoluciones comunistas. Si debía escoger entre la esclavitud a la pobreza y al
hambre o la esclavitud a una mujer rica, se quedaba feliz con la segunda opción.
La señora se acomodó en el sofá, cerca de la chimenea
encendida, y pidió a Alba que se arrodillara a cuatro patas frente a las llamas
y de espaldas a ella. Volvió a hablar la señora, con voz calmada y dulce, para
ordenarle que abriera más las piernas. Y se hizo el silencio, tan sólo
interrumpido por el crepitar de la madera ardiendo.
Alba, tal vez por el contraste de tener las mejillas
acaloradas debido a la proximidad del fuego, sintió una serpiente fría
recorrerle la columna y bajarle por la entrepierna. Podía imaginarse los bellos
ojos de la señora estudiándola despacio, acariciándola, abriéndola... Hubiera
preferido un cachete, cualquier acción directa, pero no aquel suspense. Y se
alargaba y alargaba y Alba palpitaba cada vez más excitada. Sus pezones
endurecidos, el vientre anhelante, el sexo mojado... gimió... ¿Se habría dado
cuenta la señora? Sí, era consciente del dominio que tenía sobre su nueva virgen
y se masturbó sin reparos fantaseando maldades sobre aquel suave trasero que
temblaba emocionado a su sola mirada.
Pasó una eternidad y al final la mano cálida y pecadora de la
señora rozó el hombro de su sirvienta, que se vino abajo de la impresión como un
conejo ante el lobo. El corazón de la doncella latía con tanta fuerza que
retumbaba entre las cuatro paredes de la poco iluminada sala.
- Puedes irte.
Alba se puso en pie como pudo, tambaleándose, jadeando,
meciéndose como hoja al viento, y alcanzó la puerta sin atreverse a volver la
vista atrás, esperanzada con la idea de que no la separaban más que unos pocos
pasos de Toni.