-¿No vamos a seguir? Hace falta mucho más que esto para
dejarme kao, Jinete -le había retado el chico, mientras Amadeo devolvía el
botiquín a su lugar.
-No tientes tu suerte, muchacho, y no me llames Jinete. Sabes
que odio ese apodo. Es mejor que lo dejemos, ¿de acuerdo? Mañana será otro día.
-Y yo no puedo protestar, claro, ya que no te pago ni un
céntimo... -dejó caer el joven-. ¿Te queda alguna cerveza de las que te regalé
el lunes?
-Quedan todas, muchacho. Ya te dije que no quería tus
cervezas.
-Podríamos tomarnos una juntos. Fingir que nos llevamos bien,
y eso -se dejó caer del potro, mientras Amadeo le observaba desde el despacho.
-No me gusta beber cuando entreno. Y tú deberías hacer lo
mismo -dijo con sequedad, y se quedó un instante mirando la mesa bien ordenada
de su amigo.
Demasiado orden. Un contraste brutal con el embarullamiento
de su cerebro. Estaba hecho un lío. Y no venía de esa tarde; venía de días
atrás. Casi desde el mismo momento en que le había visto entrar a principios de
otoño en su gimnasio, Amadeo sentía que había empezado a perder el norte. Y
ahora se sentía atrapado entre el deber, la moral y una pasión tan mal escondida
que le daba hasta repulsión verse desde fuera.
Apagó la lamparilla del escritorio y caminó hacia la puerta.
Fran estaba ahora junto al ring, poniéndose sobre su pecho desnudo una chaqueta
verde con cremallera, a juego con los pantalones de entrenar. Esperó un
instante, escondido en la penumbra que provocaba la ausencia de luz más allá del
centro del gimnasio. Esperó porque pensó que si no se movía tal vez Fran
desapareciera. Pero el chico se giró. Se dio la vuelta y entornó los ojos para
apreciar su figura en la oscuridad. Amadeo salió del despacho como si tal cosa,
cerrando la puerta tras de sí.
-¿No piensas ponerte los pantalones largos? -le preguntó al
chico con inusitada naturalidad-. Ya sabes que refresca, y no te conviene coger
algo ahí fuera.
-Gracias, doctor Cabañas, pero creía que me ibas a invitar a
una cerveza.
-Ya te he dicho que no, muchacho -remarcando las palabras-.
Ponte los dichosos pantalones y vete a tu casa.
-¿Te da miedo que suba? -lanzó una fugaz mirada hacia la
ventana de la habitación de arriba.
-A mi gato no le gustan los extraños... -se excusó Amadeo,
torpemente-. Y además, no tengo que darte explicaciones. He dicho que no, y es
que no.
-Repito la pregunta -Fran dio un par de pasos, acercándose al
hombre-. ¿Te da miedo que suba?
-Es mejor que te vayas.
Pero Fran hizo caso omiso a las palabras de Amadeo. Pasó por
su lado, casi rozándole, dejando su mochila caída junto al ring, y caminó hacia
las escaleras que conducían al único rincón inviolable del Jinete de Salamanca.
Amadeo subió el primer peldaño, como si al hacerlo estuviera
saltando directamente al Infierno. El segundo le costó menos, y el tercero vino
solo. Con el cuarto notaba ya la proximidad del final de las escaleras, la
presencia de aquel joven que aguardaba su llegada. Los demás escalones fueron
sucediéndose bajo sus pies hasta alcanzar el reducido rellano donde Fran le
esperaba.
-Deberías poner una bombilla que iluminara las escaleras
-dijo el chico-. Cualquier día tropezarás, y te caerás rodando.
-¿Vas a empezar ya a poner pegas?
-Sólo era un consejo -sonrió-. ¿Es eso entonces lo que te da
miedo? Que alguien entre en tu mundo y empiece a poner pegas...
-Mira, muchacho, ni aunque tuvieras mi edad me dejaría
aconsejar por ti. Y recuerda lo que te digo -Amadeo prendió la luz-: Esta será
la primera y la última cerveza que tomes aquí dentro -se agachó para atrapar
entre sus manos a Pocacosa.
-Está bien. Entonces te regalaré refrescos...
Amadeo miró a Fran sin dar ni una mínima muestra de sentirse
divertido por su comentario. Pocacosa frotaba su mejilla con desespero contra la
barba rala de Amadeo, como si llevara meses sin verle. Apenas había pasado una
hora desde que su amo se fue, pero le había echado en falta desde el primer
minuto.
Fran miraba a Amadeo con cierta curiosidad, como si le
gustara el modo en que se relacionaba con su mascota. Un hombre tan incapaz de
mostrar sus sentimientos necesitaba una válvula de escape, y aquel Pocacosa
debía ser la de Amadeo. Éste dejó al gato en el suelo, que aprovechó para
olisquear las zapatillas del invitado. Tal vez estuviera analizando a aquel
humano, antes de decidir si era o no era bienvenido. Le debió parecer que sí,
pues corrió hacia su plato de comida, de nuevo feliz.
-¿Cierro la puerta? -preguntó Fran.
-No es necesario -le dijo el hombre, dándole la espalda para
caminar hacia la otra ventana-. Además, no tardarás en irte. No esperes que te
sirva yo la bebida. Las tienes en la nevera.
Fran fue hasta ella y sacó dos botellines. Efectivamente, el
pack que le había regalado cuatro días antes seguía intacto. Destapó ambas
cervezas con la ayuda de un abridor metálico que había sobre la nevera. Estaban
frescas, muy frescas. Quizá demasiado para estar casi en noviembre. Cuando
Amadeo se volvió a girar, el chico le tendía un botellín. No lo rechazó. Se fijó
en que Fran hacía una mueca extraña al acercar el cristal frío contra su labio
descarnado.
Ni siquiera se preguntó si aquella no sería la primera
cerveza que el chico bebía en su vida. Simplemente dejó que lo hiciera, del
mismo modo que le había dejado salirse con la suya y subir hasta su habitación.
Igual que aceptó entrenarle y tantas otras cosas en las que Amadeo estaba
cediendo sin un propósito aparente. O tal vez sí fuera evidente lo que le estaba
pasando por la cabeza en ese momento, aunque creyera ser completamente opaco
para el resto del mundo.
-Es acogedor, este sitio -dijo el chico, poco convencido.
-No lo es -atajó enseguida Amadeo-. Es una puta ratonera con
una cama y una nevera. Así que no digas tonterías, muchacho de la zona alta...
-¿Así que sabes dónde vivo? -preguntó Fran con una sonrisa;
su labio enrojecido brillaba cuando lo movía.
-Lo leí en tu ficha de inscripción. No recuerdo el nombre de
la calle, pero sé que está en la zona nueva de Salamanca. Zona noble, ¿verdad?
También leí la razón por la que decidiste apuntarte a este gimnasio -se acercó
el botellín a los labios, pero no llegó a beber-. Muy emotivo.
Ahora sí dio un buen trago. Creía haberle metido un buen
tanto al chico, y se sentía orgulloso de ello.
-Gracias. Lo escribí para ti -Fran dio unos pasos hacia el
centro de la habitación-. Tú no has rellenado ninguna ficha, pero he de decirte
que tus razones saltan a la vista.
-¿Mis razones para qué?
-Para entrenarme. Para tenerme aquí noche sí, noche también,
compartiendo el gimnasio en penumbra... -le miraba fijamente-. No hace falta ser
muy listo, ¿no? -miró ahora a su alrededor-. Aquí dentro hay mucho calor
acumulado, ¿no crees? El calorcito justo para hibernar hasta la primavera.
-¿Tienes calor? Supongo que será por los golpes que te he
dado -de nuevo se amorró Amadeo al botellín; había olvidado ya por completo la
norma de no beber mientras entrenaba.
-Justo aquí -Fran se desabrochó la cremallera de la chaqueta
deportiva sin soltar la cerveza-. El estómago me arde -rodeó su propio ombligo
con una caricia suave, deteniéndose sobre la tira elástica amarilla del pantalón
de boxeo verde.
-Me he ensañado contigo, ¿verdad? -dijo Amadeo sin
brusquedad.
Empezaba a verse víctima de una provocación, y lo que más le
asustaba era no tener algo con lo que defenderse. Le había dejado entrar y ahora
era difícil indicarle el camino de vuelta. Aunque lo peor, lo que más quemaba a
Amadeo era la completa convicción de que quería seguir teniéndole allí. No
quería verle marchar. ¿Y si la señal era equivocada? ¿Y si el muchacho sólo
estaba jugando a un juego en el que tenía las de ganar? Él le había machacado en
su juego con dos sencillos y efectivos golpes, y quizá aquel joven sólo buscara
un modo de resarcirse... De todas maneras no podía hacer nada para evitar el
jaque. Fran se estaba quitando la chaqueta.
-Con tu permiso... -había dejado la cerveza sobre la mesa-.
Así estaré más a gusto -lanzó la chaqueta sobre la cama, al otro lado de la
habitación.
Amadeo siguió la trayectoria de aquella prenda de color verde
hasta su cama, antiguamente un colchón infecto y pulgoso. La vio caer junto a la
almohada y se preguntó cuál debía ser ahora el paso a seguir. Fran le ganaba por
goleada. Se había 'colado' en su refugio, se había quedado con el torso al
descubierto y le había 'obligado' a beber cerveza. Tres a uno.
-¿Porqué no te pones un paño con hielo? Tal vez así te duela
menos -le dijo al chico.
-Tú eres mi 'coach' -Fran volvió a coger el botellín-.
Deberías curarme tú. Anda, prepárame ese paño... -lo dijo sin altivez, pues de
otro modo Amadeo hubiera reaccionado bruscamente.
Pero el hombre atendió su petición. Pasó junto al chico,
inhalando un aroma que le empezaba a resultar familiar y agradable, y fue hasta
un cajón de donde sacó el paño más limpio que encontró. Extrajo del pequeño
congelador unos cuantos hielos y los envolvió con la tela de toalla. Cuando se
giró, Fran estaba sentado a los pies de su cama.
Amadeo se dejó caer junto al chico, a una distancia
prudencial. Fran había olvidado de nuevo la cerveza sobre la mesa, pero no
parecía interesado en ella. Se recostó sobre los codos, y su abdomen se hizo
presente enseguida. Amadeo le observó con cautela, creyendo que en cualquier
momento pasaría algo nefasto que acabaría con él. Tan asustado estaba ante esta
nueva aventura inesperada en su vida, que simplemente estiró la mano y le
ofreció el paño con hielos al chico.
-¿No hemos quedado en que me ibas a curar tú? -dijo el chico,
en voz tan baja que apenas se le oía.
Amadeo se impulsó ligeramente a un lado, para ganar unos
centímetros a la distancia que les separaba. Después apoyó el paño ya algo
húmedo, un poco más abajo del pecho de Fran. Éste se contrajo con el contacto
frío, y suspiró, echando la cabeza levemente hacia atrás. El hombre dejó que el
paño reposara ahí unos segundos, y después empezó a moverlo despacio hacia los
lados, y luego un poco hacia abajo.
-¿Te sientes más aliviado? -le preguntó a 'su paciente'.
-Mucho mejor... Pero aún podrías bajar un poco más -casi
suplicó el chico.
Amadeo miró el paño y la zona que lo rodeaba, y miró la cara
de Fran. Tenía ahora la cabeza echada totalmente hacia atrás, y los ojos
cerrados, como si de alguna forma le estuviera dando libertad de acción. El
hombre cogió aire y lo soltó enseguida. Necesitaba calmarse para actuar con
claridad y sentido común, aunque éste se hubiera quedado a las puertas del
Infierno, en el primer peldaño de las escaleras que llevaban a aquel cuarto del
demonio. Tomó el paño con la mano, y lo condujo hasta el ombligo de Fran, que de
nuevo se contrajo ante el contacto.
El suspiro del chico fue esta vez más notorio, más sonoro, y
Amadeo creyó que se le iba a salir el corazón. Sentía un ansia tremebunda, sin
saber dónde mirar, con el rostro desencajado. El pantalón verde del muchacho
estaba algo más abultado de lo que debiera. Amadeo notó en su frente una primera
gota de sudor. Realmente hacía calor allí dentro. De repente, cuando volvió a
mirar la cara de Fran, este tenía los ojos abiertos, y se miraba a sí mismo.
Parecía excitarle lo que veía, la mano de aquel boxeador retirado sobre un paño,
muy cerca de sus pantalones.
El chico movió una de sus manos, y la dirigió hacia la
pequeña toalla, rebuscando algo en su interior. Amadeo notó esa mano, pero no
deshizo la presión. Finalmente, Fran sacó un hielo pequeño y medio derretido.
Con él en la mano, dejó caer la espalda hasta apoyarla en el colchón, y quedó
completamente tumbado. Amadeo permaneció inmóvil, mientras veía como el chico
llevaba el hielo hasta sus labios, y rodeaba la zona de la hinchazón con sumo
cuidado.
-¿Te sientes mejor? -murmuró Amadeo, casi hablando para sí
mismo.
-Mucho mejor, Jinete -el chico hablaba entre suspiros, casi
jadeando-. Pero aún noto el calor ahí abajo.
Casi involuntariamente, Amadeo miró entre las piernas del
muchacho. En aquella postura se le veía notoriamente excitado, y él mismo se
sintió despertando de un letrago y un sopor que se remontaba más de una década.
Casi quince años de encierro, de muerte en vida, de ausencia absoluta de deseo,
y ahora le hacía regresar de las tinieblas un chico arrogante y ambicioso como
el que reposaba sobre su trajinado colchón.
-¿Más abajo del ombligo? -preguntó Amadeo, con una ingenuidad
entrañable; en el fondo, no era menos adolescente que Fran en esas lides.
-Bajo los pantalones... -musitó el chico.
-Ufff, muchacho, no sé si seré capaz de apagar ese fuego
-dijo el hombre-. Es más, ni siquiera sé si quiero hacerlo.
-Por supuesto que quieres hacerlo. Lo quieres tanto como yo
-Fran levantó un poco la cabeza, y su tono de voz sonó casi imperativo-.
Admítelo, Jinete... Desde que me viste por primera vez, andas loco por montar a
este potro.
-¿Y tú? -Amadeo dejó caer el paño junto al cuerpo del chico-.
¿Qué haces tú en mi cama, muchacho? -llevó su mano sobre el ombligo ahora frío
del chaval; Fran la atrapó con una de las suyas.
-Yo venía buscando quien me domara, Jinete, y ahora estoy
ansioso porque me cabalgues del modo en que lo hacías cuando aún eras un Dios.
El joven movió las manos de ambos hacia abajo, despacio,
despacio, hasta que Amadeo entró en contacto con aquel sexo joven y fuerte,
endurecido como lo llegó a estar el suyo en tiempos inmemoriales. Fran apartó su
mano, satisfecho al fin por haber sabido conducir aquella situación. Ahora sólo
le quedaba esperar a que Amadeo supiera desenvolverse.
El hombre empezó con cierto temor. Tal vez por la
inexperiencia, el miedo a hacerle daño, o la simple sensación de que actuaba de
un modo inmoral, sus primeras caricias fueron casi molestas, incómodas. Le
tocaba como si le estuviera auscultando, carente de pasión; simple mecánica.
Fran no debía ser tan novato, pues percibía perfectamente
aquella sensación. O puede que únicamente estuviera más entrenado, por ser más
joven, por no haberse oxidado en años de modorra y desencanto. El caso es que
vio el apuro en el rostro de su admirado campeón, en los goterones de sudor que
ahora recorrían su frente, resbalaban junto a sus mejillas, y se adentraban en
su barba. Incluso se compadeció de él. Le vio perdido. El Jinete le miraba con
ojos reprobatorios, casi culpables hacia sí mismo; le pedía auxilio, o tal vez
aprobación. ¿Qué estoy haciendo?, parecía decirle, aunque lo ocultara tras una
sombría sonrisa.
Amadeo siguió manejando aquel timón con la inexperiencia de
un novato, torpedeando en los lugares equivocados, fisgando donde a nadie
interesaba... Sus manos, que tantos triunfos habían alcanzado con unos guantes
rojos, o negros, eran ahora torpes instrumentos en aquel nuevo deporte. Continuó
un rato aún, palpando la incipiente virilidad de aquel chico bien formado, y
mejor construido. La suavidad del tacto de aquel pantalón verde sedoso,
acompañaba unas embestidas casi inútiles e insatisfactorias para ambos, pues
estaban hechas desde la desconfianza, desde el excesivo respeto, la
inquebrantable culpabilidad.
Fran se dejó llevar por el fervor apagado de 'su Jinete', sin
decir apenas nada, a veces jadeando por una leve muestra de placer, a veces
suspirando por un incómodo tropezón. Sabía que el campeón no iba a luchar por el
título en aquel combate. Cubriría expediente, y trataría de olvidar lo que había
pasado, tan pronto como él hubiese pisado la calle. Ni se planteó el joven las
consecuencias que podrían derivar de aquel arrebato. Si el entrenador no había
puesto freno, la culpa recaería en los dos.
"Lo de ayer no volverá a suceder", oyó decir Fran en su
cerebro, al tiempo que le acompañaba un leve estremecimiento. También él se
sintió mal, como si estuviera forzando una situación inconcebible, amparado
únicamente por un estrépito hormonal post adolescente. Pero no lo podía parar.
La máquina estaba suficientemente engrasada para funcionar hasta el final.
Alcanzaría la meta, el clímax, con una desagradable sensación de vacío, y
después desearía marchar. Quién sabe si para no volver.
¿Qué le había traido al fin y al cabo, en realidad, a aquel
gimnasio? ¿Ser boxeador, conquistador de títulos y fama internacional? No, nada
de eso. En su ficha de inscripción, había sido todo lo sincero que nadie puede
ser. "Conocer al Jinete". Su única motivación, su único empeño. Sacarse la
espina de haber compartido momentos con aquel mítico personaje del que tantas
veces había oído hablar en su casa. El Jinete de Salamanca, Amadeo Cabañas...
Su misión se había cumplido hacía ya más de un mes, pero ahí
seguía. Ahora tumbado en la cuna del reposo de un campeón, comprobando que los
años no pasan en balde para nadie.
Fran llegó al final. Amadeo le llevó hasta él, de un modo
limpio, casi antinatural, bajo la tela, con precipitación. El chico jadeó,
porque era lo que se esperaba que hiciera. Sonrió, pidió más, y dejó que aquel
hombre pensara que estaba disfrutando. Pero era evidente que no lo hacía, del
mismo modo que tampoco Amadeo lo estaba pasando bien.
Pocacosa, entretanto, seguía hecho un ovillo, ajeno a todo lo
demás. Tan sólo esperaba el momento en que su amo se quedara de nuevo solo,
dormido en la cama, para trepar hasta ella y pasar una noche más al amparo de
aquella colcha que tanto le gustaba. Mucho más que la roñosa toalla en la que
pretendían que durmiera.
FINAL de "El Jinete de Salamanca".