8. Más sabores
Después de Ana, la opción más lógica era María. Alba la
encontró con las piernas algo cerradas y temblando. Sonrío complacida. Quien
dijo que la venganza era un plato que se servía frío, se equivocaba, en el caso
de Alba se estaba sirviendo bien caliente. Le separó las piernas, no sin cierta
resistencia, y la contempló unos instantes manteniéndola en tensión. Le gustó.
Alba desconocía que las mujeres podían tener el sexo de
diferentes formas y medidas. El de María, comparado con el de Ana, era más
pequeño. Se parecía más a una concha cerrada con una cascada de rizos dorados
cayéndole graciosamente por encima. Alba no había comido nunca almejas o
mejillones pero sabía que se abrían con vapor o agua hirviendo, se preguntó si
María también se abriría al calor de su aliento. Lo probó.
Sí, María se fue abriendo despacio mostrando un interior
rosado, húmedo y frágil coronado por una apetitosa perla de caramelo. Esta vez,
Alba no alargo la lengua tímida, cedió a la curiosidad de averiguar si su boca
abarcaría todo el manjar. De un solo bocado se zampó la concha de María. Estaba
tan hambrienta que no se distrajo en preámbulos y directamente sorbió, chupó,
lamió todo lo que halló a su alcance. María era dulce y frutal, de haberlo
sabido, la hubiera dejado mejor para el postre. Este pensamiento la hizo reír y
su risa creó desconcierto en María, que seguía temblando, y en Toni, que por
estar cerca la oyó de forma apagada y volvió a sorprenderse. Alba escapaba a
toda lógica y predicción, era fresca, incorrupta, un animalillo salvaje carente
de educación y costumbres.
Alba pensó en torturar a María de la misma manera que había
hecho con Ana pero la belleza de su concha desprotegida la conmovió. No quería
lastimarla, quería devorarla. Hincó los dientes con suavidad, María se puso a
llorar de miedo. Nadie en la mesa le prestó atención aunque Toni llevaba un buen
rato concentrada en la misma cucharada de sopa. Alba royó despacio los anchos
labios de María, rascándolos con delicadeza, mordisqueándolos... María no podía
dejar de llorar, gemía desconsolada. Alba se hizo con la perla entre los
dientes, la rozó una y otra vez con el canto afilado de sus incisivos con una
dedicación maquiavélica hasta que la notó enrojecida y vibrante, a punto de
reventar, entonces le dio un chupetón profundo e intenso y María estalló en
grititos mezclados con los suspiros del llanto. Fue largo y aún quedó algunos
minutos con la frente apoyada en la mesa jadeando.
Alba gateó hasta Toni pero, como era de esperar, tenía las
piernas cerradas. Acarició la mejilla contra la pantorrilla enfundada por la
media y depositó un beso en la rodilla, antes de dirigirse hacia Martina. Toni
sintió un calor especial en el pecho, sus ojos de aguamarina se entrecerraron
dulcemente y dejó escapar una sonrisa que no pasó desapercibida a la atenta
observación de Martina.
Martina la esperaba fría. Alba la estudió como había hecho
con las otras dos. La rosa de Martina, porque claramente era una rosa florecida
en un bosque de rizos negros, se mostraba pálida y deslucida, insípida. Alba
pensó que eso era porque estaba falta de estimulación pero, a pesar de que lamió
y chupó, no adquirió mayor vigor. Siguió insistiendo con la constancia que da la
inocencia sin darse cuenta que el segundo plato ya había sido servido y casi
acabado. No se daba por vencida, no entendía por qué Martina se resistía a
sentir, por qué asistía helada a sus acometidas. Agotada física y mentalmente,
Alba decidió recurrir a los dedos. Intentó introducir uno... pero recibió una
patada a cambio y desistió. Martina cerró las piernas, como quien cierra una
puerta en las narices, y Alba, desconcertada, fue a buscar consuelo entre las
robustas piernas de Erica.
Erica era fuego. Alba notó el calor al acercarse. Los rojizos
y tupidos rizos parecían lenguas ardientes que se abalanzaban tortuosamente
sobre un sexo que sobresalía de entre las llamas como una boca anhelante. Alba
dudó por un momento quien se iba a comer a quien. Y es que la boca subterránea
de Erica era grande, tanto que Alba se vio sumergida hasta la nariz entre sus
jugosos labios y obligada estaba a apartar la cara de vez en cuando para tomar
aire.
La lengua de Alba parecía bailar un vals dominado por la
pelirroja, evidentemente. No supo cómo pero se perdió en las profundidades de su
carne, atrapada y absorbida sin compasión. Por instinto, recurrió a los dedos,
uno, dos, tres... entraron sin dificultad, fueron aspirados de inmediato,
abrazados con fuerza. Alba, siendo tan nueva, podría haberse asustado pero
estaba contagiada por la pasión de su compañera, totalmente sumida en ese sueño
de vapores y licores. Y es que el sabor de Erica era fuerte, de nuevo
indefinible, pero sin duda embriagador y extasiante.
Alba gimió. Arriba ya estaban terminando el postre, helado en
copa para todas, y no sólo no dieron importancia a su gemido sino que se
impacientaron. Esperaban con ganas dar por finalizada la cena y retirarse a sus
habitaciones. La señora Nuria también ansiaba tener su postre especial en
privado. Tan sólo Toni, tan atenta a las reacciones de Alba, se sobrecogió ante
la sensibilidad y empatía que estaba demostrando. La apreció hace unas horas,
cuando literalmente se rindió sin condiciones en sus brazos, pero a medida que
la iba conociendo, más deseaba seguir adentrándose en esa inquietante alma y más
complacida se sentía de saberla suya. Porque era suya, por alguna extraña razón,
por alguna misteriosa magia, sus destinos habían quedado enlazados entre las
tres y las tres y media de aquella tarde.
Erica se vino de forma melodiosa con un suspiro de sincera
satisfacción y las demás suspiraron también agradecidas. Pero bajo la mesa, a
Alba no le pareció en absoluto dulce y melodioso ese orgasmo, se le vino encima
en forma de chorro, escupiéndole sobre los ojos e inundándole las fosas nasales.
Quedó paralizada del susto. ¿Qué había pasado? Cuan diferentes eran todas
aquellas mujeres, qué diferentes maneras de sentir el placer y cuanto había
aprendido en una sola cena. ¿Y Toni? ¿Cómo sería Toni? ¿Cómo sentiría?