Yaces sin fuerzas a mi entera voluntad... Oculta en el
rostro, una sonrisa; cierras los ojos por miedo a enfrentarte a mi mirada.
Extraigo los dedos mojados en ti, los saboreo y tu sabor despierta mi sed,
entonces aferro mis labios con fuerza al tibio manantial y bebo con ansia. Me
suplicas, entre jadeos, que me detenga pero estás débil para forcejear.
Mi sed no se apaga, aumenta, quema en el vientre. Me abalanzo
sobre tu cuello, ansío lamer la sal de tu piel, clavarte los dientes,
devorarte... devorarte, cariño, hasta conseguir calmar el apetito que me
provocas. Orejas, nariz, frente, boca, mentón... un plato exquisitamente
decorado que hace las delicias de mi paladar.
Las uñas clavadas en tus senos, claros y aterciopelados... No
recuerdo el momento en que la impaciencia me obligó a arrancarte la ropa,
tampoco lo que fue de la mía; estorbo necesario de la civilización, supongo,
pero ahora estás en mi jungla particular. Mi desnudez aplasta, intimida; el
calor bajo mi piel abrasa y te sofocas. Me detengo un segundo para escuchar la
respuesta de tu sexo: latidos de un corazón mudo. Vientre contra vientre se
comunican, se susurran anhelos, palpitan emocionados. Y sigues sin abrir los
ojos ignorando que tu ceguera provoca mil pensamientos obscenos.
Podría atarte, vendarte y amordazarte, someterte a
inimaginables vejaciones. Podría torturarte, si me dejas, pero es otro mi
propósito: deseo poseerte como nadie lo ha hecho jamás. Sentada, abierta, frente
a ti, deslizo mis manos bajo tus muslos y los separo dejando el espacio para
actuar. Cruzo mis piernas con las tuyas, contemplo tu rosa humedecida con el
rocío del orgasmo antes de apretar el lazo de amor. Al sentir mis pétalos sobre
los tuyos, te sobresaltas, queman. Paralizada como un animalillo temeroso, a la
expectativa de mi acción, todavía esperas clemencia. La dulce negación ahogada
entre gemidos, ese "no" tan breve y tímido... niña, lo que dice tu boca, tu
cuerpo lo desmiente. Te siento fluir, corresponder a mi asalto.
Me aprieto más, hasta encajar, totalmente pegada a ti, ahora
mismo inseparables. Y espero... yo también sé esperar.
La excitación sube por tu estómago, se hace insoportable y
necesitas darle una salida. Un leve movimiento de cadera, la presión sobre el
nódulo del placer se acentúa. Vértigo, te da la sensación de caer hacia atrás...
yo lo siento también. Respiras agitada, quieres seguir ¿Vencerá el miedo o el
ansia? Te mueves de nuevo, no hay resistencia, tu sexo resbala sobre el mío con
facilidad. Vuelves a detenerte. Controlo el impulso de lanzarme a una carrera
vertiginosa a tu costa, me conformo con saborearte despacio, quieta, aguantando
el deseo. Te desesperas. Los puños agarrando con rabia la colcha, al final te
rindes, poquito a poco vas acelerando, experimentando en tu carne el trote
tímido e inseguro. Te alcanzo y te guío, dirijo con experiencia tus pasos. Ahora
sigues mi ritmo.
Un baile de pasión, de amor ardiente, ya no hay lugar para el
temor. Se acerca el momento y te sujeto las manos, no debes perderte en el
bosque. Estoy a tu lado en esta carrera loca. Cierro los ojos, aspiro el vapor
de nuestro fuego húmedo, lo noto llegar, te siento estremecer... aullar. Y yo...
yo desaparezco dentro de ti.
Morir contigo y al momento renacer. Abro los ojos como la
niña que no conoce el mundo, inocente, bautizada con tu flujo, purificada con la
aguas de tu mar. Acabo cediendo al cansancio contra mi voluntad. Nuestros
sudores mezclados en un abrazo de complicidad. ¿Duermes?, pregunto, pero tal vez
lo he pronunciado en sueños.