Durante el camino de vuelta a casa, si dejaba de pensar en
esa ineludible cita con el cuerpo de Carol en dos semanas, era para considerar
la conveniencia de quedar esa misma noche con Mónica y poder descargar en ella
toda la adrenalina acumulada esa misma tarde. Pero claro, se juntaban varios
factores que me hicieron reconsiderar la idea: era lunes, era tarde, a la mañana
siguiente ambos teníamos que trabajar, y no había cogido el coche para acercarme
a Sol. Así que la idea de volver a echar un polvo salvaje como el primero esa
noche amparados por la oscuridad de un rincón poco concurrido se esfumó por
completo. Pero del martes no pasaba, lo primero que haría nada más llegar a casa
sería llamarla para quedar al día siguiente. El caso es que una vez que entré
por la puerta, la llamada se demoró el tiempo que tardé en masturbarme pensando
en la historia que me había contado Carol, y fantaseando con ese ansiado fin de
semana en el que yo sería una parte de su regalo de cumpleaños. Mucho más
relajado, cogí el teléfono y marqué el número. Ni un "hola" ni "¿quién es?".
- Ya creía que no ibas a llamarme -soltó divertida Mónica al
otro lado de la línea.
- A ver si te crees que para mí lo de la otra noche es algo
normal que suele ocurrirme todos los días...- dije justificando la llamada. He
de admitir que con sólo oír su voz, un sombrío sentimiento de culpa me invadió.
Lo mismo Mónica se hacía algún tipo de ilusión sobre una relación estable, ya se
sabe, paseos los domingos, estos son mis padres, ¿invitamos a tu prima a la
boda?... y bajo ningún concepto, pensaba sacrificar mi primer trío con una tía
que me tenía loco en aras de una fidelidad clásica, católica apostólica y
romana.
- Quedamos en que había estado bien, ¿ya tienes ganas de
repetirlo?
- ¿Mañana te viene bien? -la contesté riendo, esperando que
no me notase demasiado desesperado o ansioso.
- Vaya, eso es que me echas de menos... dijo utilizando un
tono meloso que no carecía de cachondeo.
- Sabes que sí -se me ocurrió decir, en fin, no iba a decirle
que echaba de menos el revolcón- ¿y tú a mí no?
- Bueno, hacía mucho tiempo que no echaba un polvo como el
del otro día, qué quieres que te diga- contestó esta vez sin tanto cachondeo.
Como notó que me había dejado sin palabras unos segundos, prosiguió- Mañana me
viene bien, ¿a qué hora sales de trabajar?
- A las tres -contesté.
- A las tres... -repitió despacio, como pensando en cómo
organizar el tiempo-. Haz una cosa, llámame cuando salgas. No mejor, pásate a
buscarme a casa a eso de las cuatro y media, no te habrás olvidado de mi
dirección, ¿no?
- No, cuando desapareciste por la puerta de tu portal y dejé
de fijarme en cómo te movías nada más salir del coche me fijé en el número- me
sinceré.
- Bueno, pues a las cuatro y media te espero, ¿OK?
- A las cuatro y media como un clavo.
- El piso es el segundo B. Un beso.
- Otro para ti. Hasta mañana.
- Hasta mañana.
Joder, vaya ritmo. En tres días había conocido a Mónica, me
la había follado, Carol me había contado cómo se lo había montado con su novio y
con otra niña de 21 añitos, me había propuesto un trío y al día siguiente cita
de nuevo con Mónica con bastantes probabilidades de nuevo kiki automovilístico.
Si esto no era triunfar, que intente alguien contradecirme. Esa noche me dormí
como un bendito, no sin antes preguntarme el trato que tendría Carol conmigo en
el trabajo después de su propuesta. Y el trato que tendría yo con ella, claro
está, supongo que con disimular bien dos semanas la cosa no podría torcerse. La
misma cuestión se repitió mientras estoicamente aguantaba el tráfico de primera
hora de la mañana de camino al curro. Y seguí dándole vueltas cuando llegué y vi
que Carol no había llegado aún. Cinco minutos más tarde se sentaba a mi lado y
me regalaba una sonrisa encantadora. Y nada más, ni una palabra de lo hablado la
tarde anterior, para qué comentarlo. La situación me daba un morbazo enorme,
aparentemente todo seguía igual, los compañeros del trabajo no notaban nada, ni
cuchicheos, ni susurros ni nada, sólo miradas y sonrisas. Eso sí, cuando nadie
miraba, el disimulo quedaba eclipsado por la falta de pudor con la que me perdía
en las curvas de Carol, con ella misma de cómplice. Fijándose en la dirección en
la que se dirigían mis ojos, apoyaba su grandioso culo sobre el borde de la
silla, y un discreto balanceo hacia delante me dejaba ver gran parte del
finísimo tanga que se ceñía prieto entre sus nalgas. Sentía la enorme tentación
de acariciarla, de tocarla, pero había que contenerse, trataba de hacerlo
poniéndole más interés a los balances e informes que tenía delante en el
ordenador, pero me costaba lo suyo. En fin, en cualquier momento podía escaparme
al baño y dar rienda suelta a mis más bajos instintos cascándomela, pero la idea
de que después de trabajar me esperaba Mónica hacía que descartase esa opción.
El calentón se lo iba a cobrar esta última a base de desgastar la suspensión del
coche. En el descanso, en el comedor, al lado de la máquina del café, logré
quedarme con Carol a solas unos minutos.
- Me está costando Dios y ayuda verte y no pensar en tu
fiesta de cumpleaños -le dije acompañando la frase con un suspiro.
- Pues todavía quedan dos semanas...
- Once días -puntualicé- Además... -no terminé la frase, tan
sólo recorrí su cuerpo de pies a cabeza mientras me mordía el labio inferior.
- Tú tranquilo, trataré de compensarte la espera si tanto te
cuesta- dijo, y a continuación, de forma inocente, se metió las manos en los
bolsillos del pantalón vaquero que llevaba, gesto que hizo que este bajase unos
centímetros desde su cintura, lo que le dejó el tanga completamente visible
desde cualquier ángulo. Con la misma inocencia prosiguió-: antes de ese finde,
podemos quedar tú y yo algún día para... cómo decirlo... calentar.
Eso es, sí señor, no estaba yo lo suficientemente caliente
como para ir a calentar. Las cosas, para mi suerte, se sucedían de forma
espectacular. Los pasos y la conversación de dos compañeros acercándose por la
puerta del comedor hizo que la cintura de los vaqueros de Carol volviese a su
sitio y que derivásemos la conversación hacia temas que colaborasen con el
disimulo.
- Tienes razón -dije-, a mí también me encantó, sobre todo el
tema ese de... lo que comentabas.
- ¿De qué habláis? -me cortó, gracias a Dios, Alberto.
- De la última de Woody Allen -zanjó Carol.
El momento del vaquero no fue el último calentón de la
mañana, pero por fin, o por desgracia, según se mire, llegaron las tres de la
tarde. En el camino de vuelta a casa, Alberto me propuso quedar por la tarde
para ir a comprar ropa, leyenda urbana real circunscrita al círculo masculino,
nosotros también nos compramos ropa. Me excuse contándole la verdad, había
quedado con Mónica. Pues ole mis cojones, según sus palabras, bien podríamos
dejar lo de ir de tiendas para el día siguiente. Una vez le dejé en casa y
llegué a la mía, me senté raudo a la mesa, comí rápidamente, para disgusto de mi
madre, y tras tomarme un cafecito, salí pitando a buscar a Mónica, que el tiempo
se me echaba encima. El reloj del coche marcaba las 16 y 28 minutos, puntualidad
inglesa, cuando lo dejé aparcado en segunda fila justamente enfrente de su
portal. Pulsé el botón del 2ºB en el portero automático y al cabo de unos
segundos Mónica me contestaba con un lacónico "¿Sí?"
- ¿Mónica? Soy Javi -dije acercándome al telefonillo.
- Sube -contestó. ¿Cómo que suba? Dios, me temía una
embarazosa presentación familiar...
- Es que tengo el coche en segunda fila, ¿no bajas?
- No. Aparca y sube. Y date prisa, que mis padres vienen a
eso de las siete -insistió.
Cojonudo, no hay familia a la vista. Sobra decir que no me
hice de rogar, así que me metí corriendo en el coche maldiciendo la zona verde
para residentes, los parquímetros y toda la maldita zona azul ocupada. No hubo
suerte en las tres primeras vueltas a la manzana, así que no tuve más remedio
que meter el coche en un parking cuatro calles más abajo. Unos veinte minutos
más tarde, un segundo toque al portero automático vino acompañado por un zumbido
que me permitió abrir la puerta del portal, sin que la voz de Mónica dijese una
sola palabra. Subí los dos pisos y pulsé el timbre de la letra B. Al instante se
abrió la puerta, y digo se abrió porque no había nadie esperando al otro lado.
- Pasa -dijo la voz de Mónica desde detrás de la puerta. Así
lo hice y nada más sobrepasar el marco, la puerta empezó a entornarse; según se
cerraba de un portazo se me fue descubriendo el cuerpo de Mónica, totalmente
desnudo, lo que hizo más pronunciada si cabe la erección que tenía en ese
momento previendo cómo se podía desarrollar buena parte de la tarde. La luz
natural que, tamizada, entraba a raudales a través de las ventanas del salón me
ofreció una nueva percepción de su cuerpo. Mis manos, mi boca y mi miembro
habían dado cuenta de más de un rincón de ella, pero la penumbra en la que
comenzamos a conocernos a fondo no me permitió hacer justicia a la enorme
tentación que llevaban implícitas sus curvas. Sus pequeños pechos coronados por
dos oscuros pezones. El arreglado y escaso vello púbico bajo el que destacaba el
abultado clítoris que recordaba de la noche en la casa de campo. Las piernas
delgadas y fibrosas. Llevaba el pelo engominado peinado hacia atrás, como si
hubiese salido de la ducha en ese mismo momento. Seguía deleitándome con cada
rincón de su cuerpo cuando se abalanzó sobre mí para besarme. La correspondí con
la misma pasión, que fue ralentizándose convirtiendo aquél ataque por sorpresa
en algo más sensual. Aún sabiendo los detalles que me perdía al tener los ojos
cerrados mientras nos besábamos, la situación se me antojaba maravillosa, y
terminó cuando Mónica se adelantó, me cogió de la mano y me llevó hasta su
habitación. Me sentó al borde de la cama, y cuando creía que me iba a tumbar
para ponerse sobre mí para continuar con los besos, se arrodilló, me quitó el
cinturón, me abrió la bragueta y asiendo mi polla con ambas manos comenzó a
masturbarme con gran lentitud. No dejó de mirarme a los ojos ni cuando empezó a
engullirla. El mar de calma que me invadía por el pausado movimiento que le
imprimía a sus manos y a su boca repentinamente se tornó en algo más visceral.
Se incorporó y me pidió que me tumbase en la cama, cosa que hice sin rechistar.
"Un poco más arriba" me indicó, hasta que quedé medio incorporado con parte de
la espalda apoyada en el cabecero de madera de la cama. Abriendo un cajón de la
mesilla de noche, sacó dos pañuelos.
- Ahora te voy a atar, ¿de acuerdo? -me dijo con un tono que
no escondía cierto misterio.
Asentí, por mí perfecto. Su cuerpo pasó por mi lado, asió una
de mis manos y, tras anudarla con uno de los pañuelos a un lado del cabecero,
asegurándose de que el nudo era resistente, repitió la acción en el lado opuesto
de la cama con la otra mano. Hecho esto, se dirigió lentamente hacia el
escritorio que tenía en un rincón de la habitación, cogió la silla que tenía al
lado y la arrastró hasta los pies de la cama. Se sentó con las piernas bien
separadas, lo que me ofrecía desde mi posición unas inmejorables vistas de su
ribeteado coñito completamente abierto. Dejó que me deleitase un instante, para
romper el silencio al cabo de unos segundos con una cara que se antojaba
perversa.
- Estás castigado -dijo con el ceño fruncido-. Los dos
quedamos que el polvo del sábado no estuvo mal. Estuve esperando tu llamada el
domingo, y como no llamaste, no tuve más remedio que pasarme media tarde
masturbándome esperando correrme como lo hice en tu coche. Al final lo conseguí,
y esperaba repetirlo lo antes posible. Y eso es ahora. Pero te vuelvo a repetir
que estás castigado.
Me estaba tratando como a un niño pequeño que había hecho
algo muy, muy malo, y nada me hizo resistirme a participar en el juego. Lo que
ocurría era que el castigo tenía su parte de realidad, y es que Mónica deslizó
una de sus manos por su vientre para comenzar a masturbarse lentamente mientras
que con la otra se acariciaba los pechos; yo tenía una erección enorme y no sólo
no podía tocarla, ayudarla en su tarea, es que no podía ni siquiera tocarme la
polla para acompañarla al mismo ritmo. Los nudos estaban hechos a conciencia. De
pronto paró y estirando una mano abrió un cajón grande, tipo archivador, en el
escritorio. Sin dejar que una de sus manos siguiese acariciando su cuerpo,
rebuscó con la otra hasta dar con dos consoladores. He de decir que me asusté un
poco, esperaba que no formasen parte del castigo que iba a inflingirme. Mónica
notó en mi cara esa misma sensación de extrañeza.
- Tranquilo. Son para mí. ¿Sabes lo que voy a hacer con este?
-dijo levantando uno de los dildos, con forma de pene erecto, con sus venas y
todo. No me dejó responder-. Me lo voy a meter por el coño. No sabes la de veces
que me he corrido con el. ¿cuánto crees que puedo meterme? Ahora lo vas a ver.
¿Y con este otro? -señaló esta vez el más pequeño de los dos, cromado, de forma
cilíndrica y parecido a un rotulador grueso-. Sí, este va en el culito. ¿Te
acuerdas de la otra noche, que me metiste un dedo por detrás? Pues no era la
primera vez que algo me entraba por ahí -la sensualidad y el descaro que
utilizaba en la descripción me la ponía aún más dura si es que eso era posible.
Antes de ponerse en marcha, se levantó para quitarme los zapatos y los
pantalones, y cuando hizo lo mismo con los calzoncillos, mi polla salió
disparada, casi golpeándola en la cara. Un condón que no sabía de dónde había
salido fue bajando por mi polla totalmente enhiesta. Había algo en la situación
que resultaba extraño, casi surrealista. El rol de dominatrix de Mónica, el
sutil sadismo del que hacía gala contrastaba con detalles del dormitorio, como
la decoración en tonos pastel, los innumerables peluches que inundaban la
habitación, un póster de una película de Disney... seguro que todo aquello era
una forma de rebelión contra el papel de niña buena que debían percibir sus
padres. Volvió a la silla, se acomodó sentándose en el borde, y volviéndose a
abrir de piernas comenzó a acariciarse la vulva con el consolador-polla mientras
que con la otra mano masajeaba sus pezones. Me miraba a los ojos, y su
respiración poco a poco se hacía más fuerte, hasta que por fin la cabeza de
látex comenzó a desaparecer entre sus labios vaginales. Tensando y flexionando
las rodillas, su cuerpo subía y bajaba en perfecta sincronía con el ritmo que el
consolador entraba y salía de su cuerpo.
- ¿Te gusta? ¿Te gusta cómo me meto una polla como esta?
Querrías que fuese la tuya, ¿no? -lograba decir apretando los dientes entre
jadeos. Joder que si me gustaría, pero no podía hacer nada, estaba con el rabo a
reventar y no podía hacer nada. Tras unas cuantas acometidas de aquél trozo de
látex, Mónica se lo llevó a la boca- ¿quieres chuparlo? ¿quieres meterte esta
polla en la boca para saber a qué sabe mi coño?- me dijo casi con odio. Asentí,
se levantó acercándose a mí, y quedándose a la altura de mi cabeza, separándose
los labios con una mano, con la otra se metió el consolador; lo sacó y me lo
acercó a la boca.
- Chupa -ordenó. Así lo hice, notando el sabor acre de sus
fluidos. Vale, jamás pensé que iba a chupar una polla de goma, pero saber que
ésta estaba impregnada de las intimidades de Mónica pudo conmigo. Cuando volvió
a sentarse en la silla a los pies de la cama comencé a escuchar un leve zumbido.
Mónica lo había encendido. La velocidad con la que volvía a introducírselo en el
coño incrementó, así como la profundidad de sus gemidos. El zumbido se hacía más
notorio cuando sacaba el dildo de sus entrañas, para convertirse en un ruido
sordo cuando volvía a entrar. Si interrumpía el ritmo era para llevárselo a la
boca una y otra vez, de forma que no podía estar seguro de que el brillo que
cubría la superficie de látex fuese saliva o fluidos. Mónica empezaba a temblar,
se iba a correr, cosa que no era de extrañar pues poco a poco iba imprimiéndole
más fuerza al dildo, cuyas tres cuartas partes desaparecían engullidas por sus
carnosos labios vaginales. Un último empujón la dejó empalada. Tenía las piernas
contraídas de la tensión. Apagó el vibrador y lo soltó, hundido casi totalmente
en su interior. Lentamente se levantó, relajó las piernas y el consolador cayó
al suelo. Respiró hondo y se acercó a mí.
- Ahora te voy a decir lo que vamos a hacer -me dijo
recuperando el aliento. Quiero que me folles, quiero correrme otra vez ¿quieres
follarme? -asentí- ¿quieres comerme el coño, tocarme y hacerme lo que quieras?
-asentí-. Hasta que no me corra no te desataré. ¿Ves ese reloj? -dijo apuntando
a un rincón de la pared. Marcaba las 5 y cuarto de la tarde-. Pues tienes una
hora y poco para conseguirlo. A las siete menos cuarto tenemos que estar
vestiditos y en la calle. ¿quieres vestirte ahora mismo y que nos vayamos ya?
- Y una mierda -le contesté impaciente.
- Te aviso que tendrás que aplicarte, porque para correrme
una segunda vez tardo un poco. Aunque no te preocupes porque me ayudare de esto
-dijo con el pequeño vibrador anal en la mano.
No hicieron falta más palabras. Dirigió su boca hasta mi
polla y la lamió hasta dejarla bien ensalivada. Se puso en cuclillas sobre mí y
dirigiendo mi rabo hacia la entrada de su coño, comenzó a bajar con cuidado,
centímetro a centímetro fui entrando en su interior, hasta que mi polla quedó
completamente enterrada en su carnosa vulva. Lentamente sacó el culo hacia
afuera y volvió a echarse hacia adelante, con ese movimiento de balanceo se
liberaba de mi polla para volver a clavársela completamente. El ejercicio de
sadismo que había llevado a cabo hasta el momento me tenía con una erección
brutal, y la maravillosa sensación que me causaba entrar y salir de su interior,
sintiendo en cada pausada acometida la suavidad, el calor y la humedad, me ponía
cada vez más caliente. Los gemidos de Mónica quedaban atenuados por el vibrador
anal, que succionaba con verdadera fruición. Tendría que lubricarlo bien para
que su agujerito trasero lo tolerase sin dolor. Comencé a echar la cabeza lo más
adelante que pude, tratando de atrapar con la boca unos pezones que podrían
haber tallado cristal de duros que los tenía. Se dio cuenta de mis frustrados
intentos y me concedió una fugaz oportunidad, acercando su cuerpo al mío, y no
la desaproveché utilizando la lengua y los dientes para atraparlos durante tan
sólo unos segundos, gesto que hizo que Mónica acelerase el ritmo de sus
movimientos. Y de repente, se incorporó con y se detuvo. Echó el culo
hacia afuera con cuidado para que la polla no saliese de su interior, un último
lametón al pequeño vibrador, y su mano desapareció por debajo de su espalda.
Mientras se lo ajustaba a la cavidad cerraba los ojos, el simple hecho de
colocárselo la estaba llevando al limbo. A través de las paredes de su coñito,
noté cómo algo duro se abría paso en su interior al otro lado. El movimiento se
detuvo. Mónica volvió a abrir los ojos, y con la mano aún atrás comenzó a
cabalgarme de nuevo, con la misma lentitud que al principio. La extraña
sensación de notar algo al final de su vagina se convirtió en algo espectacular
cuando encendió el consolador. No sólo la vibración en su interior era
increíble, es que Mónica comenzó a cabalgarme como una loca, y en la habitación
comenzaron a mezclarse sus gemidos, el ruido sordo del consolador y el sonido
que hacían nuestros cuerpos al chocarse. Me estaba volviendo loco, o Mónica se
corría y me liberaba o me amputaban las manos, no aguantaba más, sentía la
imperante necesidad de tocarla de cambiarla de postura, de que se corriese un
par de veces más. Y entonces ocurrió. un gemido largo y grave escapó de su
garganta, su mano, que seguía escondida para sujetar el dildo, para evitar que
se le saliese del culo, volvió a aparecer, Mónica se echó encima de mí, el
consolador salió con un ruido húmedo de su ano, y mientras no dejaba de moverse
con la polla hundida en sus entrañas, comenzó a deshacer los nudos.
Nada más tener las manos libres me incorporé un poco, la
agarré por la espalda y me puse de rodillas mientras ella me rodeaba la cintura
con las piernas. Hacía esfuerzo por que las acometidas de mi polla en su
interior fueran cada vez más profundas, lo cual, ateniéndome a sus gemidos,
avecinaba un nuevo orgasmo. Justo en el momento en el que empezaba nuevamente a
correrse me zafé de ella, la tumbé de un empujón en la cama, me arrodille entre
sus piernas e intenté seguir follándomela con la lengua. Tenía que agarrarla
fuertemente por las piernas porque comenzó a moverse de un modo salvaje, pero no
iba a librarse de una comida de coño que tardaría en olvidar. Mi lengua apretaba
su clítoris, lo movía arriba y abajo, a izquierda y derecha, y Mónica aullaba.
Aprovechando que tenía que coger aire para no asfixiarme, levanté la cabeza para
verle la cara, mientras seguía masturbándola, esta vez con los dedos. Tenía la
cara roja, desencajada, y su cuerpo se movía de lado a lado, como si estuviese
endemoniada. Asiéndola de nuevo las piernas con fuerza la levanté un poco,
haciéndola doblar las rodillas hacia sí, para dedicarme un instante a su
agujerito trasero. Estaba tan húmedo y caliente como su coñito, hecho del que me
cercioré al lamerlo con la punta de la lengua; cambiaba el ritmo, tan pronto lo
hacía lentamente como aceleraba el movimiento y la presión de la lengua para que
volviese a correrse. De centrarme tan sólo en su ano, el camino de mi boca
volvía a subir para abarcar todo el trayecto, desde el culo hasta el clítoris.
Cuando noté que iba a correrse por enésima vez la solté las piernas que cayeron
sobre la cama sin fuerza. Mi polla volvió a entrar en su coño con una suavidad
enorme, estaba empapada, era como meter un cuchillo caliente en un bloque de
mantequilla. Comencé a bombear mientras mis manos acariciaban su vientre,
mientras subían hasta alcanzar sus pechos, hinchados y duros, sus pezones,
erguidos y oscuros. Mi orgasmo iba a llegar pronto, y se me ocurrió que podía
cumplir una fantasía si Mónica me dejaba que me corriese en su boca.
- Quiero correrme en tu boca -le dije utilizando el mismo
tono de autoridad que ella había empleado durante la tarde. Mónica abrió los
ojos y me miró.
- Sí, sí, córrete en mi boca -logró decir entre jadeos, con
la voz entrecortada-, córrete en mi boca, sí, córrete en mi boca...
Sacando la polla de su interior, avancé por la cama hasta que
la tuve justo encima de ella. Me quité el condón de un tirón y levanté a Mónica
sujetándola por la nuca. Apoyando un codo sobre la cama se incorporó lo justo
para poder llevársela con la mano a su boca. Empezó a masturbarme rápidamente,
mientras su lengua jugueteaba con la punta del glande.
- Córrete, vamos, córrete en mi boca cabrón. Sí, vamos,
córreteee....
Nada más notar que en nanosegundos un largo chorro de esperma
iba a salir disparado de mi nabo, se la tragó entera. Una descarga eléctrica
recorrió mi espina dorsal y toda la energía se condensó en largos chorros de
semen que fueron a parar directamente a su garganta. Mi polla casi chocaba con
su campanilla, Mónica se atragantó y todo el esperma que no terminó bajando por
la tráquea comenzó a amontonarse en su boca. Con presteza se sacó la polla,
tosió un par de veces y un fino reguero de semen comenzó a brotar por la
comisura de sus labios. Mareado y totalmente exhausto caí a plomo a su lado en
la cama. Miré a Mónica, que con los ojos medio cerrados seguía con la
respiración acelerada. Me costaba Dios y ayuda moverme, pero hice el esfuerzo
para ver la hora que era en el reloj de la pared. Las seis y veinticinco,
cojonudo, diez minutos para descansar, cerré los ojos... cuando los abrí vi a
Mónica, aún roja como un tomate, que volvía del baño. La vi vestirse; las
braguitas, el sujetador, unos piratas, las sandalias, una camiseta... Tras una
visita al lavabo, para arreglarme un poco, yo también me vestí mientras ella
arreglaba un poco la cama y volvía a esconder los dos consoladores, tras
haberlos dejado bien limpios. Todo fue en silencio, en un silencio brutal exento
ya de jadeos, gritos y respiraciones aceleradas. Una vez en la calle, fui yo el
que rompió el hielo:
- No hace falta que te pregunte qué tal ha estado esta vez,
¿no?
- No, no hace falta -dijo sonriendo y dándome a entender que
la pregunta sólo tenía una respuesta posible que se había hecho evidente tras
haberse corrido cinco veces, como admitió más tarde-. Lo menos que puedo hacer
ahora es invitarte a unas cañas.
continuará...