En esta historia les voy a contar lo que sucedió hace unos
meses entre mi madre y yo. Es algo que no pensé que sucedería nunca, pero
sucedió, y si les digo la verdad no me arrepiento para nada de lo que pasó
aquella noche.
Me llamo Santiago, y vivo en un pueblo situado al norte del
país. Tengo veinte años. Físicamente soy normal, lo único destacable en mi es
que soy bastante alto.
Mi vida transcurre con normalidad. Estudio una carrera en la
facultad de la ciudad vecina. Nunca he tenido ni tengo novia estable, soy el
típico que pilla cuando puede y que cuando lo hace intenta aprovechar al máximo.
En cuanto a la familia hay poco que decir. De mi padre no sé
nada desde que se separó de mi madre hace ya diez años y se fue a vivir con otra
a las islas canarias. Mi hermano mayor se independizó hace dos años y vive con
su novia de toda la vida. En resumen, en mi casa solo vivimos mi madre y yo.
Vivimos en un piso normalito, ni muy grande ni muy pequeño.
Desde que se fue mi hermano está como muy vacio. La verdad es que su marcha
afectó mucho en los ánimos de mi madre que poco a poco nota como que se va
quedando sola. Yo esto lo noto, y por eso intento estar el mayor tiempo posible
con ella y hacer cosas juntos.
Trabaja de dependienta en una tienda de móviles. Por semana
apenas nos vemos, ella trabaja y yo tengo clase. Solo nos vemos por las noches.
Yo siempre le propongo que veamos alguna peli en el cine o que vayamos a cenar
fuera para que no se sienta sola y no caiga en la rutina y en la monotonía.
Siempre le hace mucha ilusión salir conmigo y a mí me reconforta saber que está
feliz.
Los fines de semana también procuro estar con ella. Cuando no
tengo que estudiar o no tengo planes suelo llevarla a viajes largos en donde
poder tener con ella largas charlas y poder así saber como se siente y en que
piensa.
A decir verdad, estos dos últimos años, desde que mi hermano
se fue. Entre mi madre y yo se han estrechado mucho los lazos. Hablamos de temas
de los que antes solo hablaba con mi hermano y nunca se me ocurriría contarle a
nadie más. Temas de los que suelen ser tabú entre una madre y un hijo, como por
ejemplo preocupaciones personales, problemas íntimos, gustos por las chicas…. Mi
madre se estaba convirtiendo en algo así como una amiga o una hermana mayor.
Me había tenido muy joven, a los veinticuatro se quedó
preñada de mí, ahora tiene cuarenta y cuatro. Es morena, de pelo largo ondulado,
delgada, de estatura media. Físicamente está bien, pechos tirando a grandes,
algo caídos pero apetecibles, piernas fuertes y un muy buen culo con un poco de
estrias pero nada desagradable a la vista. A decir verdad es bastante atractiva.
Tiene una cara de ángel que hace que los hombres se fijen mucho en ella.
Desde que se separó de mi padre nunca ha vivido con otro
hombre. Hace unos años tuvo un lio con un compañero de trabajo, la relación duró
un par de meses. El tío era más joven y no quería nada serio, por eso lo
dejaron, por lo menos eso es lo que dice mi madre. Y que yo sepa esa es la única
aventura de ella con otro hombre desde que se separó de mi padre.
Me contó que cuando aún estaba casada, ella le fue infiel a
mi padre en un par de ocasiones. Una vez en la boda de unos amigos, en el
banquete ella estaba muy borracha y se acabo calzando al padrino de la boda, que
era el padre del novio en los baños del restaurante. Cuando me contó esto yo me
quede flipado, la verdad es que le dio mucha vergüenza contármelo, yo para
quitarle importancia al asunto actué con normalidad como si me estuviese
contando una anécdota cualquiera.
La otra infidelidad fue cuando ya estaban a punto de
separarse. Ocurrió con uno de los compañeros de trabajo que tenia por aquel
entonces. Con él se acostó más de una vez, pero la relación no duró mucho.
Llevaba sin estar con un hombre unos seis años. Yo le decía
siempre que tenía que salir por ahí con sus amigas y conocer a algún hombre,
pero ella siempre me respondía que no necesita a nadie mientras yo estuviese con
ella. Eso a mí no me hacía ninguna gracia, porque sabía que cuando llegase el
día de irme de casa se iba a quedar muy sola, y eso ella lo sabía.
No solo me preocupaba el hecho de que no encontrase hombre
para curar su soledad, sino también para curar otro tipo de cosas que las
mujeres necesitan, el sexo. Aunque de este tema no hablaba abiertamente con
ella, si hemos tenido alguna conversación que otra relacionada con el sexo. Un
día me contó que al llevar tanto tiempo sin estar con un hombre ya casi no tenía
apetito sexual. No se si esto me lo dijo para que no me preocupase por el tema o
si es realmente cierto. Quise descubrirlo, así que empecé a prestar atención a
cualquier ruido que se escuchase por las noches mientras dormíamos. Me quedaba
una hora o más despierto con la puerta de mi habitación abierta escuchando si
algún ruido extraño provenía de la habitación de mi madre. Tarde pocos días en
oír unos gemiditos, me levante y fui hasta su habitación, puse la oreja en la
puerta y oí más alto y claro los gemidos de mi madre mientras se masturbaba, o
eso suponía yo. Estaba claro que mi madre tenía el apetito sexual intacto.
Lo cierto es que lo que ocurrió esa noche me marco. El sentir
a mi madre gimiendo mientras se masturbaba despertó en mi una sensación extraña.
Notaba algo en el estomago y sentía excitación, sabía que estaba mal, pero esa
noche yo también me masturbé, y fue la primera paja de mi vida pensando en mi
madre.
Desde ese día empecé a ver a mi madre con otros ojos. No
tenía en la cabeza ni mucho menos intentar algo con ella, pero si me interesaba
verla en situaciones como al salir de la ducha, mientras se vestía…, ese tipo de
cosas que luego utilizaba para masturbarme. Mi obsesión hacia ella iba cada vez
más en aumento, hasta tal punto de buscar su ropa interior en el cesto de la
ropa y oler su yo más íntimo.
Cada vez necesitaba estar más tiempo con ella, sentirla a mi
lado, olerla. Mi obsesión me empezó a dar miedo, y fue entonces cuando comprendí
que me estaba enamorando de mi madre.
Después de estar mucho tiempo dándole vueltas al asunto,
terminé por aceptarlo. Pensé que estaría en esa situación unos cuantos años más
hasta que me independizase y luego ya me olvidaría de esos sentimientos hacia
ella.
Pasó el tiempo, y yo seguía masturbándome día tras día con mi
madre. Los ligues que tenía y que conseguía llevarme al huerto eran pensando en
mi madre. Cada vez frecuentaba ambientes con gente mayor para ver si caía alguna
cuarentona que me recordase a ella. Pero aún así no se me pasaba por la cabeza
intentar tener sexo con ella. Eso lo tenía prohibidísimo en mi sesera.
Un fin de semana de esos que no tenía nada que hacer, fui con
ella a dar un paseo por la playa. Ya era primavera por lo que se estaba bien.
Dimos un largo paseo hasta llegar al final de la playa, allí nos sentamos en
unas rocas. Empezamos a hablar del tema de cómo me iba con las chicas y esas
cosas.
-¿Cómo es que no empiezas a buscarte una novia formal?-Me
dijo.
-Prefiero seguir como estoy ahora, no necesito una novia aún.
Además prefiero estar contigo.-Le contesté pensando en que le gustaría esa
respuesta.
-A mí también me gusta mucho estar contigo cariño, pero desde
que tu hermano se fue de casa somos casi inseparables. Yo no quiero que
descuides tu vida por mi culpa, yo estaré bien aunque no estés tanto tiempo
conmigo.
Esas palabras no me sentaron muy bien. No se daba cuenta de
que yo no estaba con ella por obligación, sino que quería estar con ella más que
con cualquier otra persona.
-Mamá si yo estoy tanto tiempo contigo es porque me gusta.-Le
dije agarrándola de la mano.
-Te quiero mucho mi amor.-Me dijo dándome un beso en la
mejilla y agarrándome con fuerza la mano.
Después de eso acomodó su cabeza en mi hombro y me abrazó
quedándose así mirando al mar.
No sé que pasó por mi cabeza en ese momento, pero esa
situación con mi madre abrazándome, los dos solos mirando el mar, me provocó un
sentimiento indescriptible y unas ganas enormes de besarla y decirle lo que
sentía por ella. Y lo que estaba tan prohibido en mi cabeza se rompió en ese
instante.
-Te amo mamá.-Dije sin más.
Ella levantó su cabeza de mi hombro y se me quedó mirando sin
saber muy bien que quería decir. Y en ese momento me acerque y le di uno de los
besos más apasionados de mi vida. En un principio quiso parar la entrada de mi
lengua en su boca, pero poco a poco fue cediendo y al final nos fundimos en un
largo beso.
Cuando acabó se me quedó mirando y me acarició la cara. Yo
era el hombre más feliz del mundo. Pero mi alegría duró poco.
-Esto no volverá a pasar nunca más.-Me dijo de una forma
tierna pero a la vez firme.
Se levantó y comenzó a andar otra vez. Durante el largo
camino de vuelta no nos dijimos absolutamente nada. Ella siempre iba un poco más
adelantada que yo. Los dos íbamos muy pensativos y sin nada que decir.
Llegamos a casa sobre las nueve de la noche. Cenamos y ella
se fue a dormir. Durante todo ese tiempo apenas intercambiamos palabras. Yo me
quede en el salón sentado en el sofá unas dos horas pensando en lo que había
pasado, estaba trastornado, pensaba que las cosas entre mi madre y yo nunca
volverían a ser lo mismo, pensaba que la había cagado pero bien. Esa noche
apenas pegué ojo.
Al día siguiente las cosas seguían tensas entre los dos, nos
esquivábamos lo máximo posible. Y así siguieron las cosas unos cuantos días más
hasta que ya no aguanté más y le dije que no podíamos seguir así.
-¿Hasta cuando vamos a ignorarnos mamá?-Le dije una noche
cuando ella ya se iba a acostar.
Ella se quedó sin saber que decir, se la veía muy nerviosa,
de repente empezó a llorar. Me dio muchísima pena, corrí hacia ella y la abracé
con fuerza.
-Eres mi hijo…no puedo…eres mi hijo.-Me decía sollozando.
-Tranquila mamá, no llores, soy un tonto. Tienes razón,
debería buscarme una novia.-Le dije intentando que se sintiera un poco mejor.
-No hijo, la tonta soy yo. Estos dos años que hemos estado
viviendo solos han sido los mejores de mi vida. Siempre deseando estar contigo
en todo momento. Te amo hijo, te amo como madre y como mujer. Y si para ser
felices debemos estar juntos, seríamos unos tontos si no lo hiciéramos solo por
el hecho de ser madre e hijo.
Después de decir esto nos dimos otro beso apasionado como en
la playa. Pero esta vez ella llevaba la iniciativa.
-Mamá me haces el hombre más feliz del mundo. Quiero estar
contigo toda mi vida.-Le dije.
-Estaremos siempre juntos mi amor, tu madre siempre estará
contigo.-Me dijo.
Dicho esto nos empezamos a besar como locos como si
llevásemos deseando eso durante mucho tiempo. Y en verdad lo deseábamos.
-Cariño vamos a mi habitación.-Me dijo cogiéndome de la mano
y guiándome hacia ella.
-Mamá ¿Estás segura de que quieres hacerlo?-Le pregunté para
estar convencido de saber lo que quería.
-Nunca he estado tan segura de nada en mi vida.-Me dijo
resolviendo así todas mis dudas.
Entramos en su habitación y ella se sentó en la cama. Tenía
puesto una bata blanca de seda que le tapaba hasta la rodilla. Yo tenía puesto
un pantalón de pijama y una camiseta. Se recostó en la cama, yo me coloqué sobre
ella y comencé a besarla. Le besaba los labios, la cara, las orejas, fui bajando
hasta el cuello. Observaba su expresión y vi como tenía los ojos cerrados, pero
su cara decía que le gustaban los besos que le daba.
Poco a poco fui apartando hacia un lado la bata de mi madre,
y ante mí aparecieron sus impresionantes y sensuales pechos. Como un loco me
lancé a ellos, mi lengua comenzó a saborear aquel manjar, mis manos hacían lo
propio. Mi madre comenzó a soltar unos pequeños suspiros de placer, sus ojos
seguían cerrados.
-¿Te gusta mamá?-Le pregunté.
-Sí hijo mío, me encanta, sigue cariño, no te pares, dale a
mamá lo que hace tiempo que no recibe de un hombre.-Me dijo.
Sus palabras me animaron a seguir descubriendo el territorio.
Sin sacar mi cabeza de sus pechos, comencé a bajar una de mis manos. Fui
acariciando su abdomen, desanudé el lazo de su bata quedando está ya
completamente abierta y dejando ante mí el escultural cuerpo de mi madre.
Llevaba puestas unas braguitas de encaje blancas. Verla así hizo que me excitase
aún más de lo que ya estaba. Mi pene que ya llevaba erecto un buen rato comenzó
a soltar unos pequeños hilillos de semen.
Mi mano se posó encima de la braga de mi madre y comencé un
suave toqueteo sobre su vagina. Ella empezó a gemir débilmente. Su mano agarraba
con fuerza la sabana de la cama, y con la otra agarró mi cabeza para que no
dejase de comerle las tetas.
Decidí entonces darle aún más placer, así que metí mi mano
por debajo de la braga de mi madre y comencé a acariciar su coño directamente.
Su vagina ya estaba bastante húmeda, mis dedos pronto quedaron pringados, su
clítoris resbalaba sobre mis dedos. Mi madre ya gemía con bastante fuerza, sus
piernas temblaban, su mano me tiraba del pelo. Estaba en la gloria.
-Cabrón como me pones hijo de puta. Sigue, no pares nunca.-Me
decía con cara gozosa.
-Mami no sabes cuanto he deseado hacer esto. Quiero follarte
mami, quiero meter mi polla en tu coño, ¿me dejas mami?, ¿dejas que te folle?-Le
dije.
-Si hijo mío, te dejo, hazlo ya.-Me respondió.
-No mami, tienes que decírmelo, tienes que pedírmelo.-Le dije
malignamente queriendo oír como me decía que la follase.
-Vamos cabrón no me hagas sufrir más. Fóllame, métemela
dentro hijo mío, hazlo por favor. Me suplicó.
Yo tenía unas ganas enormes de follármela ya, pero quería
jugar un poco más con ella, así que en ved de introducir mi polla en su coño,
introduje un dedo. Esto provocó en mi madre más excitación, estaba al máximo,
derretida ante mí. Entonces le metí otro dedo y empecé un mete saca rápido y
continuo. Mi madre gemía rítmicamente con las envestidas de mis dedos. Así
estuve un buen rato, hasta que pensé que ya había llegado la hora de pasar a lo
que realmente deseaba. Paré en seco, me levanté de encima de mi madre y me quite
toda mi ropa, quedando desnudo, con mi pene a punto de reventar de tan erecto
que lo tenía, lo que provocó en mi madre una sonrisa lasciva.
Ella se quitó la bata y las bragas y se tumbó en la cama
abriendo sus piernas. Yo me tiré encima de ella, coloqué mi pene en la entrada
de su húmedo coño y la penetré con fuerza. Soltó un gemido tremendo, parecía
como si fuera la primera vez que follaba. Comencé un ritmo lento pero fuerte.
Ella me abrazaba con sus piernas alrededor de mi cintura. Con cada envestida sus
gemidos iban creciendo, sus pechos rebotaban en el mío. Notaba que su coño era
estrecho, se notaba que hacía muchos años que no era penetrado por un hombre.
-Si, si, si, si, sigue hijo, sigue, fóllate a tu madre,
fóllatela!-Me decía con lujuria.
Empecé con un ritmo más acelerado, mi pene entraba y salía de
su coño a una velocidad pasmosa, nuestros cuerpos se fundían en uno solo. Me la
estaba follando con desenfreno, no quería parar nunca. Nuestros cuerpos sudaban,
nos besábamos apasionados. Hasta que mi madre no aguantó más el placer y tubo un
maravilloso orgasmo. Ella se abrazó a mí con fuerza y comenzó a gritar hasta que
pasados unos segundos se desplomó en la cama.
-Hijo mío, es el mejor polvo que me han echado jamás, y me
alegra que hayas sido tú.-Me dijo completamente exhausta.
-Me alegró mamá, pero yo aún no he acabado así que podemos
seguir.-Le dije impaciente.
-Vale hijo, pero cambiamos de posición.-Me propuso.
Entonces ella se incorporó y se colocó tumbada boca abajo
colocando la almohada bajo su estomago para elevar su hermoso culo y facilitar
así la penetración. Nuevamente me coloque sobre ella, y sin esperar un segundo
le metí mi polla nuevamente en su exquisito coño. Mi ritmo seguía siendo rápido
y fuerte. Ahora sentía el tacto de sus nalgas en mi abdomen. Veía como sus
cachas temblaban con cada envestida que daba. Sentía que ya me iba a correr.
-Mamá, ya me voy a correr. Le dije.
-Pues sácala hijo, sácala, no te vayas a correr dentro.-Me
decía preocupada.
Yo no estaba acostumbrado a correrme fuera, y la verdad es
que no me gustaba nada, solía usar siempre condón y correrme durante la
penetración que es lo más placentero. No quería joder ese gran polvo así,
entonces decidí hacer algo drástico y que sabía que a mi madre no le iba a
gustar. Coloque la punta de mi polla en la entrada del ano de mi madre, y con
fuerza fui abriéndome paso a través de aquel estrecho agujero.
-Ayyyyy, no, no, no, por ahí no. Para por favor, duele
muchísimo, paraaaaa!-Me gritaba.
Pero yo no atendía a razones, quería correrme en caliente.
Hice un último esfuerzo y logré penetrar por completo el culo de mi madre. La
lubricación que tenía mi polla del coño facilitó el trabajo. Una vez dentro
comencé a penetrar lenta pero fuertemente aquella gloria de agujero, el placer
había aumentado mucho gracias a la estrechez. Mi madre no paraba de gritar de
dolor, pero yo no le hacía caso. Estaba colocado sobre ella penetrando su culo.
Mis testículos golpeaban su coño, sus nalgas seguían temblando con mis
penetraciones. Seguí así no mucho más pues ya me iba a correr. Agarré
fuertemente sus hombros y con más fuerza penetré a mi madre hasta lo más hondo
de su ano donde solté un gran y placentero chorro de semen.
Después de eso caí rendido en su espalda. Estábamos los dos
sudorosos e inmóviles. Me empezaron a venir remordimientos por haberla hecho
pasar por aquello último.
-Mamá siento haberte follado por ahí, pero es que…
-No tienes porque disculparte hijo, si el precio por haber
gozado tanto es un poco de dolor al final lo acepto con gusto.-Me dijo.
-Gracias mamá, te quiero.-Le dije mientras le daba un beso.
Me incorporé, y al sacar mi polla de su culo vi como salían
restos de mi semen mezclados con sangre. La follada había sido muy fuerte.
Mamá y yo nos duchamos juntos y luego nos tomamos una segunda
cena ya que el polvazo nos había dejado hambrientos.
Desde ese día mi madre y yo seguimos teniendo relaciones
sexuales. Ya no me dice que busque novia, a decir verdad ahora tiene algo de
celos de las chicas de mi edad. Pero yo siempre le digo que ella será siempre la
mujer de mi vida.