Gracias a pasar aquel examen conseguí un buen trabajo en el
ayuntamiento de la ciudad. Durante algo más de siete meses estuve haciendo
chapuzas de un lado para otro, formando parte de una cuadrilla de mantenimiento.
Es lo que tiene no acabar el bachillerato, pues cuando cumplí los 17 no quise
seguir estudiando. Ahora, con 26 años, había dado bastantes tumbos de un lado
para otro hasta que decidí prepararme el examen para entrar como operario en el
ayuntamiento. Mi padre me lo había aconsejado hacía casi un año. Mi vida no iba
a ningún sitio. Solía encontrar un curro, ganaba algo de dinero, dejaba el
trabajo y a vivir hasta que se me acababa el dinero y tenía que volver a
encontrar algo. Pero aquello cambió cuando conseguí aquel contrato.
Tras siete meses en la cuadrilla de operarios de
mantenimiento, alguien del departamento de personal me comentó mientras
tomábamos café que iban a salir plazas como conserjes en el polideportivo. Ni
corto ni perezoso decidí informarme y presentarme a aquel otro examen que me
diera acceso a un puesto mejor, ya que no estaría pasando frío o calor, porque,
por lo demás, no podía quejarme del trabajo de operario. No me parecía nada
desagradable, por ejemplo, ir montado en una pequeña furgoneta con otros tres o
cuatro compañeros, todos entre los 18 y los 50 y pocos años, embutidos en monos
azules y oliendo a hombre por los cuatro costados, cambiarnos de ropa juntos en
los vestuarios o andar de cañas y colegueo muchos días al acabar la jornada, con
algunas que otras palmaditas en el trasero o un bromista toqueteo de huevos y
polla incluidos, en donde muchas veces podía calibrar aquellos portentos viriles
en mayor o menor medida por encima del mono azul, cosa que, a veces, sentía que
ellos también hacían conmigo o entre sí, algo de lo que no me cabía duda. La
verdad que había muy buen rollo, sobre todo entre nuestro reducido grupo de
compañeros, que éramos unos ocho o nueve. Había hasta fines de semana que nos
atrevíamos a echar unas pachangas de futbítol y tan contentos que nos volvíamos
después para casa. Era tras aquellos partidos cuando yo había comenzado a
percibir estos calibrajes que os comento, en los vestuarios y en las duchas, en
donde todos nos poníamos en pelotas desinhibidamente y nos agarrábamos el culo,
la pollas, los huevos, nos pellizcábamos las tetas, nos dábamos latigazos con
las toallas o nos lanzábamos a la cara los calcetines y calzoncillos sudados.
Supongo que para todos era cosa de hombres hechos y derechos, sin prejuicios ni
miedos, seguros de su hombría.
Me encantaba ver los cuerpos desnudos de mis compañeros, tan
naturales, con sus relajados y fláccidos penes colgando sobre sus pelotas
cubiertas de negros y descuidados pelos. Pelos que también crecían en sus pubis
de forma alborotada, salvaje y desordenada, que ascendían por su vientre y
llenaban los pechos de algunos, las axilas e incluso los hombros. En este caso
sólo los de Antón, un colega de treinta y siete años, con mujer y dos crías, que
tenía un polvazo, con aquellas manos de dedos gruesos en donde relucía su dorada
alianza de casado y con un culo y unas piernas que no tenían nada que envidiar a
los jamones de pata negra. Aquellos robustos muslos que tenía, cubiertos de duro
y ensortijado vello negro, sí que eran unos buenos jamones, y su redondo y
abultado culo, un pecado.
En la mayoría de los otros casos, las marañas de pelo púbico
se precipitaban hacia abajo y volvían a ascender, escalando por las rajas de
unos culazos que ni los dioses del Olimpo. Culos bien formados de todas clases y
tamaños. Igual que los penes, que siempre en estado relajado, como mucho
morcillones, no dejaban entrever bien su tamaño real al 100%, aunque más de uno
o dos apuntaban a tener auténticos cipotes de sementales. O esos enormes cojones
que pendían pesados mientras el agua y el jabón escurrían por ellos y una y otra
vez nos los volvíamos a enjabonar, tranquilamente, a gusto, tomándonos nuestro
tiempo para disfrutar del ambiente relajado, los comentarios sobre las jugadas,
el agua caliente con el aire lleno de vaho y nuestra total desnudez. Se nos
notaba distendidos, nos mirábamos sin preocupaciones ni vergüenzas, estábamos
entre colegas y a veces soltábamos observaciones acerca de los atributos de unos
u otros, de los culos más grandes o más pequeños que las mujeres desearían,
desde los grandes y entrados en carnes como el de Angel Luis, un señor con sus
51 años recién cumplidos, prominente barriga cervecera y los pelos de la cabeza
y del pecho ya a canear, hasta el trasero de Julián, un chavalillo de 18 años al
que su padre había enchufado en el ayuntamiento como operario, rubio, con pelo
corto y muy fino, de piel blanca y cuerpo aún por desarrollarse, que tenía un
trasero completamente imberbe y delgadito.
Pero desgraciadamente y hasta este mismo instante en que os
cuento esto, aquellas escenas de duchas no pasaron a mayores. Hoy por hoy
ninguno de los culos ni ninguno de los rabos de mis compañeros ha pasado por mi
boca, aunque no pierdo la esperanza, porque sólo de pensarlo comienzo a
ensalivar. Todos esos buenos machos dándome cipote sin parar en toda la
garganta, regándome el estómago con sus sabrosos fluidos, ya sea leche ya sea la
deliciosa sustancia que te impregna la lengua cuando comienzas a comerte una
polla, una mezcla entre líquido preseminal, orina y quién sabe qué porquerías. Y
cada noche recurría a aquellas imágenes grabadas a fuego en mi mente para
hacerme buenas pajas, recordando los toqueteos que nos dábamos unos a otros y
las situaciones más excitantes y controvertidas que habían ocurrido en los
vestuarios y que simplemente se habían subsanado con ironía y, a mi parecer,
algunas risas nerviosas. Me preguntaba cómo reaccionarían mis colegas y
compañeros de trabajo si en una de aquellas sesiones de ducha tras el partidito
descubrieran que a mí me iban las pollas.
El caso es que hacía ya tres meses que había aprobado el
nuevo examen y había empezado a trabajar en las instalaciones deportivas como
conserje y encargado del mantenimiento, con lo que a mis antiguos compañeros les
veía mucho menos. Aunque todas las semanas tenían que pasarse por el
polideportivo a arreglar alguna cosa, lo que me permitía fantasear lo justo para
tener buenas pajas que hacerme por la noche. El del polideportivo era un trabajo
mucho menos costoso que el de operario. Apenas vigilar la entrada y andar al
tanto de las luces y de que todo estaba en orden tras todo el día con aquel
recinto lleno de gente que iba y venía para hacer deporte.
Lo normal era estar solo en el turno de la tarde o en el de
la mañana, siempre rotándome con mi otro compañero, Santiago. Santiago era un
tipo un año más joven que yo, o sea, que tenía 25 años, aunque aparentaba alguno
más. Era alto, mediría un 1 metro 85, y delgado, siempre sonriendo, con buen
humor y ganas de cachondeo. Su desgreñada cabellera morena se correspondía bien
con su desorden mental y sus ciertas irresponsabilidades a la hora de trabajar,
pero era un tío de puta madre. Lástima que apenas coincidiéramos, pues cuando yo
entraba él salía o viceversa.
Aquel sábado el jefe nos llamó para hacerle un enorme favor:
inventario en el almacén. Nos pagarían la hora extra a muy buen precio así que
tanto Santiago como yo nos plantamos en el polideportivo desde muy temprano. El
almacén se encontraba en la planta baja, que era una especie de sótano en donde
había unos amplios corredores de cemento en forma de búnker. Allí había algunas
salas para actividades, estaban los vestuarios y, al fondo del todo, dicho
almacén. Como los sábados sólo estaban abiertas las pistas y los vestuarios,
Santiago y yo podíamos estar en el almacén a nuestras anchas siempre y cuando
cerráramos la puerta, aunque esto no quitaba que se notara cierto ajetreo de
todos los equipillos de fútbol y baloncesto que se encaminaban a las duchas y a
cambiarse. Arriba, en el puesto de Santiago y en el mío, se encontraba Claudia,
que era la conserja de los fines de semana.
—Bien. ¿Por dónde empezamos? —pregunté a mi compañero,
tomando la plancha con las hojas con cuadrículas vacías y el bolígrafo amarrado
con un cordón a la plancha de plástico—. Aquí hay material para aburrir.
Santiago bostezó y se estiró para desperezarse.
—Estoy muerto. No tenía que haber salido anoche —recalcó—.
Mira que se lo dije a mi novia, pero nada.
Sonreí al oír aquello, cogí la otra plancha con hojas y
bolígrafo y se la pasé a Santiago. Cuanto antes empezáramos antes acabaríamos.
Él agarró la plancha, me dio las gracias y se giró para cerrar la puerta del
almacén. Después miró su reloj y volvió a levantar la vista para mirarme.
—Son las nueve y media. A las once y media hacemos descanso
—propuso muy seriamente.
—Por mi bien —respondí. Y nos pusimos manos a la obra.
No paramos de charlar en toda la mañana mientras contábamos
balones, raquetas de bádminton, palos de jockey, colchonetas y todo tipo de
cosas cubiertas de polvo que nos hacían toser y estornudar a cada rato. Teníamos
las manos grises, por no decir negras, y las impolutas hojas con cuadrículas
para marcar el material también comenzaban a estar sucias. Así que un poco antes
de las 11 teníamos casi todo el inventario hecho. Nos sentamos en una colchoneta
gruesa y nos sacudimos las manos, resollando de cansancio.
—Pues ya está casi —dijo él—. ¿Vamos a tomarnos una caña y un
pincho de tortilla?
—OK —respondí.
Nos largamos al bar de enfrente, en donde ambos éramos bien
conocidos por Juan, el dueño, y Jorgito, su hijo mayor, que ya era un
treintañero de lo más cachondo que siempre nos estaba hablando de irnos de
putas. Mismo tema del que nos solía hablar su padre sin que el hijo se enterara.
La cosa es que el negocio iba bien y en algo, creía Juan, el dueño, tenía que
invertir el dinero. Un porcentaje iba para el bienestar de su engañada mujer y
el otro iba para él mismo, para sus puros, sus timbas con los clientes y
amigotes del bar y para sus putitas, como él solía decir. Un vividor nato, bajo
mi punto de vista.
Santiago y yo vaguemos en el bar lo nuestro, charlando y a la
vez, en mi caso, echándole un vistazo de refilón cuando podía a Jorgito, aquel
gárrulo con pocas aspiraciones en su vida además de la fiesta, su coche y sus
putas. De tal palo tal astilla. Y no podía evitar mirar con cierto deseo su
petada camiseta verde militar, que marcaba sus prominentes pectorales, para nada
musculados, pues estaba levemente fondón, pero voluminosos como si lo fueran, y
unos bíceps grandes que con una hostia bien podían arrancarme la cabeza. La
camiseta se le ajustaba al vientre, que hacía una pequeña curvita, y los
vaqueros le quedaban también ajustados al culo y a los muslos, que tenían un
importante diámetro. Y es que Jorgito tenía pinta de ser un putero de lo más
cañero, porque su cuerpo era una rudimentaria y bruta máquina de matar.
Cuando volvimos al almacén el reloj ya había pasado del
mediodía y nos costó ponernos de nuevo manos a la obra. Mientras continuábamos
con el inventario una hora y pico más, comentábamos la vida de puterío a la que
se daban tanto Juan como su hijo Jorge.
—Pudiendo tener todo el sexo gratis que quieres gracias a
Internet —dejó escapar Santiago.
—¿Ah, sí? —dije en tono de broma—. ¿Y tú cómo lo sabes?
—¡Nos ha jodido! —exclamó Santiago—. Porque no soy tonto. Y
tú tampoco, cabrón.
—¿Alguna vez has buscado a alguien por Internet para follar?
—pregunté.
—¿Tú no? —se giró mi compañero hacia mí, entre sorprendido y
curioso, como si conseguir polvos en la red fuese lo más normal del mundo.
Dudé un momento antes de decirle que sí, que más de dos y
tres polvos había echado gracias al chat.
—Pero bueno. Eso fue antes de empezar con mi novia. Ahora ya
tengo polvos asegurados casi todos los días, pero lo hecho de menos.
—¿El qué? —le pregunté.
—Pues qué va a ser. Lo de follar como un loco con las guarras
que me encontraba por Internet.
Sonreí al escuchar aquello. Santiago me miró y también sonrió
ampliamente.
—Así que lo hacías muy a menudo, eh.
—No me seas cabrón —abrió los brazos como gesto de
divertimento y fastidio—. Pues no sé, quedaba para follar todo lo que podía. Es
que las hay muy guarras por Internet. ¿O no? —me pasó la pelota a mí.
—Sí, sí. Ya lo creo —carraspee incómodo.
—¿Tú a cuántas te has follado? —pregunto—. Tienes cara de ser
un vicioso —bromeo Santiago, riendo a mandíbula desencajada.
—Sí, claro. Un vicioso como el Juan y el Jorgito —respondí,
acercándome a un montón de palos de jockey con intención de contarlos.
—Pues, macho, yo creo que un poco vicioso en ese sentido sí
que soy. No me gasto el dinero en putas, pero ya sabes. Ando todo el día
pensando en lo único —explicó Santiago con una voz neutral.
—No eres el único, compañero —acabé de contar los palos de
jockey, apuntando el número en las hojas cuadriculadas.
—¿Tú también o qué?
—Claro que yo también.
—Ya. Así que te matarás a pajas —rió Santiago.
—Como lo sabes —respondí.
—¿No tienes por ahí ninguna pivita? ¿Ni siquiera una de esas
con las que quedas por Internet?
Menee la cabeza negativamente.
—¿Y un pivito? —soltó Santiago algo serio.
Levanté la vista con cara de circunstancia, palideciendo en
ese mismo instante pues toda la sangre me había caído a los pies. Ante el denso
silencio que se formó entre los dos, Santiago, que estaba de cuclillas,
despistado y revolviendo entre un montón de cuerdas enmarañadas, se giró y me
miró interrogante.
—Era broma, tronco —dijo.
—Claro —volví a respirar en ese instante—. Claro, claro
—repetí aliviado.
—No quería ofenderte ni nada de eso —explicó Santiago,
creyendo que me había sentado mal aquella insinuación sobre que era marica—. Que
yo con esos temas soy respetuoso, pero que vamos, que no lo digo por nada. Era
una broma que…
—Sí, si, tío. Que me ha pillado de sopetón, que no te
preocupes. Una tontería porque pensaba que lo preguntabas en serio y… —creo que
comenzaba a ruborizarme, pues las mejillas me ardían. Mi compañero se levantó y
se quedó mirándome, algo perplejo ante la reacción por una cosa tan tonta como
una broma y que me había afectado tanto—. Olvídalo —le pedí.
Y sin decir nada más, regresamos a nuestras cuentas y cábalas
del material bajo un denso silencio en el que supuse que ambos estábamos
meditando acerca de aquella situación tan tonta.
—Oye, tío, que de verdad que no quería molestarte con eso…
—volvió a la carga Santiago.
—Nada, nada. Olvídalo.
—No, pero no mola. Que estábamos de buen rollo y yo no quiero
que ahora…
—Que no pasa nada, de verdad —decía yo, intentando dejar el
tema, aunque en parte sentía que el daño ya estaba hecho y que lo que parecía
preocupación por la ofensa en la cabeza de Santiago, a mí comenzaba a parecerme
sombra de duda acerca de la pregunta que había hecho.
Volvimos a estar callados unos instantes, revolviendo entre
el material, de nuevo con las manos grises y cubiertas de polvo. Nuevamente fue
mi compañero el que rompió el silencio.
—Mira, tronco. Sé que no debería pero te lo tengo que
preguntar. ¿Eres marica? —disparó Santiago así, a bocajarro, girándose para
mirarme. Me quedé atónito. Ni tenso ni nada. Simplemente me quedé sin habla,
mirándole, con los ojos bastante abiertos y una mueca boba en la cara—. Porque
si lo eres a mí me importa una mierda todo ese rollo, eh. Que de puta madre. Que
yo no tengo ningún colega marica… o al menos que yo sepa —añadió rápidamente—,
pero que tranquilo. Y no es sólo que lo respete, es que si lo eres me molaría
saberlo aunque sé que nadie me ha dado vela en ese entierro —continuaba hablando
Santiago con una verborrea provocada por un nerviosismo que no era capaz ni de
contener ni de disimular.
—Vale, vale, Santiago —le corté. Se calló en ese momento—.
Que… —dudé—. Que sí, macho, que soy de la otra acerca —declaré casi en un
susurro, ante lo que él me miraba atento, como si estuviera digiriendo mis
palabras—. Que soy gay, vamos —fui más enfático al decir esto—. Pero que no
quiero que se entere nadie, ¿entendido? Aquí todos nos conocemos y no quiero que
se hable porque…
—Soy una tumba —me cortó Santiago precipitadamente, y acto
seguido esbozó una gran sonrisa, dio un paso adelante y me soltó un abrazo
enérgico con palmaditas en la espalda. Aquello me dejó desarmado, aunque las
pulsaciones de mi corazón parecían disminuir.
—Gracias —acerté a decir.
—Entonces todos esos polvos de Internet fueron con tíos, ¿no?
—Sí —me atreví a afirmar algo tímido.
Me costaba hablar de esas cosas. Digamos que a mis veintiséis
años nadie, ni siquiera mis amigos más allegados, sabía con certeza si era gay o
no lo era. Era una cosa que prefería llevar en secreto. Mis colegas de toda la
vida nunca lo entenderían. Pero por una extraña razón algo me había empujado a
decírselo a Santiago.
—¡Dios! —exclamó—. Puro vicio tienes que ser tú. Ya te lo he
dicho. Encima con tíos, que somos unos cerdos —continuaba parlanchín. Había
vuelto a acuclillarse dándome la espalda junto al embrollo de cuerdas, que
intentaba desatar para después contarlas—. ¿Sabes? Yo una vez vi en Internet,
por eso de la curiosidad y tal, una escena de un pavo comiéndosela a otro pavo,
y no sé… Vamos, que ni frío ni calor. La vi con mi chica, que es un poco rara y
a veces me propone ver cosas de esas guarras, para ver si me pongo cachondo,
pero aquello, como que no sé… Muy frío y tal. Aunque en persona debe ser
diferente. Y más si te gustan los tíos. Me imagino que será como cuando con una
tía…
Lo dejó ahí, como esperando a que le contara más cosas. Giró
el cuello y me pidió su respuesta con la mirada.
—No sé. Es lo mismo —respondí seguro, aunque para nada lo
estaba—. Si a ti no te gustan los tíos es normal que ver algo así no te ponga
cachondo.
—Sí. Pero el caso es que lo veía y me parecía tan normal,
¿sabes? Era sexo. Tampoco me daba asco. —Afirmaba aquello alucinando,
pareciéndole increíble que el ver a dos tíos comiéndosela el uno al otro no le
diera ganas de potar—. Así que me parece de puta madre si te mola comer rabos.
Sonreí, volviendo a recontar los botes llenos de plumas de
bádminton que había sobre unas estanterías.
—No debe ser muy distinto, ¿no? —preguntó Santiago un poco al
aire.
—¿El qué? —acabé de contar y garabatee rápidamente en las
hojas cuadriculadas que sostenía entre las manos.
—El que te la coma un tío o una tía —añadió mi compañero.
—Las tías no suelen rascar con su barba, supongo —me encogí
de hombros. Santiago rió.
—¿Y te gusta chupar? —soltó con la voz levemente a temblar.
—Supongo que sí —respondí, poniéndome tenso al oír aquello.
—¿Me la chuparías? —habló Santiago casi en un susurro.
—¡¿Cómo?! —Me giré con los ojos como platos, asustado por
aquellas palabras.
—No… yo… sólo pensaba que… nunca lo había pensado y estoy…
—Santiago bajó la mano que no sostenía la plancha con las hojas y se apretó el
paquete—. Me he calentado un poco y… quería saber cómo la chupaba un tío…
—¡¿Quieres que te haga una mamada?! —dije alarmado. Santiago
no se movió, sólo me miró fijamente y guardó silencio, lo que tomé como un sí—.
No… Yo no puedo hacerte una mamada, Santiago.
—¿No puedes? —repitió sin entender.
—Puedo, sí, claro que puedo —reculé, pues no me había
explicado bien—, pero…
—No te apetece, ¿no? Lo entiendo —sonrió intentando esconder
una cierta desilusión—. Que te molen los tíos no quiere decir que se la chupes a
cualquiera. A mí me pasa lo mismo con las pivas —comenzó otra vez a parlotear
rápidamente a causa de su nerviosismo—. O bueno, me pasa muy pocas veces porque
me suelen gustar casi todas, me da igual que…
—¿Estás seguro de que quieres que te la coma? —le atajé,
valorando ahora en mi mente aquella posibilidad. En su rostro se reflejó de
nuevo un atisbo de ansiedad y esperanza.
—Sí. No sé. No me malentiendas. Es porque estoy muy cachondo
y a mi… me gusta probar cosas nuevas, tío… y… —no supo que más excusas buscar.
—Si te la chupo no dirás nada a nadie, ¿entendido? —pedí.
—Claro —afirmó, asintiendo enérgicamente.
—Bien —di unos pasos hacia delante, hacia él. Dejé la plancha
con las hojas cuadriculadas por allí y me acerqué. El me miró, nervioso. Estaba
a dos palmos de su cara y me miraba ligeramente agitado. Dejó también su plancha
en el suelo—. ¿Cómo quieres que lo hagamos? —pregunté algo incomodado por
aquella tensión, sabiendo que desaparecería en cuanto ambos nos lanzásemos a la
piscina.
—No lo sé. Tú eres el que sabe de esto —manifestó Santiago
con aire confundido—. ¿Me bajo los pantalones? —hizo el amago de tirar hacia
debajo de su pantalón del chándal.
—Espera —pedí, aclarándome la garganta—. Vamos poco a poco.
Y… y… y así si ves que estás incómodo o que no te gusta paramos y punto. —Mi
compañero concordó—. Bien. Pues… Siéntate aquí encima —se me ocurrió. Le señalé
el potro que había cerca de donde estábamos, Santiago cogió impulso y se sentó
dando un pequeño salto, con lo que quedó por encima de mí—. Perfecto —volví a
interrogarle con la mirada acerca de si quería seguir o no adelante. Santiago ni
se inmutó. Simplemente estaba a la espera de que yo hiciese algo—. Me da mucho
corte —confesé. Pero él debía de estar peor que yo, pues su cara estaba lívida—.
Di algo —pedí.
—No… —tragó saliva—. No sé qué quieres que diga, que…
empecemos ya.
—¿Estás cachondo? —le pregunté con la voz estrangulada a
causa de los nervios. Santiago. Tenía allí en frente a Santiago. No me lo podía
creer.
—Sí —respondió.
Para ver si esto era cierto respiré hondo y eché mano de su
entrepierna. Allí, bajo la tela del chándal, noté toda la rotundidad de un
paquete embutido en unos bóxers elásticos. Era un paquete grande y duro.
Santiago estaba caliente y quiso animarme a que no apartara mi mano de su
entrepierna, pues puso la suya sobre la mía y se movió levemente para que
hubiera más presión.
Con la mano libre, acaricié su camiseta a la altura del
pequeño, masajeando su delgado pecho. Por su parte él, con su mano libre, me
cogió de dicho brazo y me animó a que le sobase los pectorales por encima de la
camiseta, sin dejar de sobar su polla por encima del pantalón. Ya había logrado
identificarla, de buen tamaño, ni grande ni pequeña, más bien alargada y muy
dura. Entonces levantó la camiseta y me dejó ver su morena piel, su vientre
plano y delgado con unos míseros vellos que ascendían en línea hacia el ombligo
y después sus pectorales, con unos pezoncillos pequeños y oscuros. Me alcé de
puntillas y capturé uno entre los labios, tirando de él levemente y haciendo que
Santiago se estremeciera y me sujetara por la nuca. Repetí la operación en el
otro pezón y ambos quedaron brillantes de saliva.
Separándome un poco nos miramos. Veía la cachondez en los
ojos de mi compañero, que, elevando la cadera levemente, tiró hacia debajo del
pantalón y de los calzoncillos. De dentro saltó una polla tiesísimo que hundía
su base en una maraña salvaje de pelo púbico. Amarré su circuncidado rabo con
una mano y la aprisioné fuertemente contra mi palma.
—Tienes buena polla —comenté, masturbándole con ganas.
—Pues cómetela —musitó.
Separé mis labios, abrí mi boca todo lo que pude y comencé
muy lentamente a meterme el rabo de mi colega. Quería que notara muy poco a poco
como se le humedecía el cipote, como mi lengua recorría aquel delicioso capullo
que había estado rozando con su superficie unos calzoncillos de color granate y
que había impreso en aquella piel un rico sabor a polla y a orina. Mis fosas
nasales se abrieron e inhalaron el aroma a polla que desprendía la entrepierna
de Santiago, aquel olor tan característico de cada uno. Me gustaba, pues sin
saber porqué tenía un cierto matiz a adolescente, a pesar de que aquella edad
había quedado muy atrás en mi compañero.
—¡Qué bien la chupas! —exclamó, cuando empecé a succionar con
mayor intensidad un mástil duro como el acero, que era en lo que se había
convertido su salchichón—. Me agarró de la cabeza y hundió sus dedos en mi cuero
cabelludo, animándome a no parar—. ¡No pares, joder! —rogó, dando pequeñas
embestidas con sus caderas hacia arriba, intentando clavárseme al cielo del
paladar—. ¡Tienes una boca que es puro vicio!
Me saqué la polla y le miré. Sus ojos estaban entrecerrados a
causa del gozo que le estaba dando. Me observó confundido con una cara que no le
reconocía. Se sacó la camiseta y volví a observarle. Su gesto había mudado a
otro muy diferente, a aquel que se nos pone cuando tenemos sexo. Acarició mi
cabeza y me empujó para que continuara, cosa que hice obediente. Esta vez, con
mi mano libre, masajee sus pelotas mientras le chupaba su rica banana. Él elevó
sus piernas y las subió al potro, después se estiró sobre este y quedó tendido
boca arriba a merced de lo que mis labios quisieran hacerle.
Por unos momentos abandoné su cimbel y comencé a escalar con
mi boca por su cuerpo. Mi lengua recorrió su ombligo, recorrió todo su vientre y
volvió a encaramarse en aquellos pezoncillos erectos, oscuros y pequeños. Pero
no me detuve, pues continué subiendo, escalando a través de su cuello. Un cuello
que pinchaba en la superficie de mi lengua a causa de la barba mal afeitada que
comenzaba a nacerle. Un cuello que dio paso a una de sus orejas. Capturé el
lóbulo entre mis dientes y Santiago suspiró. Acto seguido, como si tuviera allí
a excalibur, clavé todo el filo de mi lengua dentro de su oído y la moví con
impaciencia.
El grito de desagrado y placer al que sucumbió Santiago
resonó con fuerza en el almacén. Mi lengua se agitaba dentro de su oído como una
serpiente asustada, ensalivándolo, haciéndole estremecer y agitarse, mientras
mis papilas degustaban un cierto amargor debido al propio cerumen de la cavidad.
Al separarme de allí le miré a la cara. Santiago se incorporó
un poco y me contempló azorado. Mis manos palpaban su pecho imberbe y
pellizcaban sus pezones. Cogí su brazo, le obligué a levantarlo y a pasarlo por
encima de su cabeza y observé su poblada axila, frente a la cual me incliné y en
la que hundí toda mi bocaza, deleitándome con el fuerte sabor a sudor y
desodorante que se entremezclaba con mis babas. Mi compañero me estaba regalando
todo tipo de sabores fuertes. Después, sabiendo él lo que me disponía a hacer,
levantó el otro brazo y me regaló su otra axila.
Mi boca contenía un sabor terroso y ácido que no parecía
desaparecer con facilidad. Los pelánganos de las axilas de Santiago refulgían a
la luz de los fluorescentes del almacén. Éste se masturbaba con ganas.
—¿Me la sigue chupando? —me preguntó.
—Claro —acepté, sonriente y excitado a la par.
Me bajé para abajo, él volvió a quedar sentado en el potro y
me agarró de nuevo la cabeza cuando ya me hundía nuevamente su rabo en la boca.
Esta vez le imprimí más parsimonia a mis movimientos. Quería hacerlo lento,
apretando mis dotados labios alrededor del duro tronco de carne que poco a poco
se había cubierto de algunas venas hinchadas. ¡Qué rico palo tenía Santiago!
¡Una delicia! Quería ordeñar los huevos de mi colega hasta la última gota y
parecía que no me iba a hacer esperar mucho.
—Si sigues me corro. Si sigues me corro —avisó.
—Córrete, tío. ¡Venga, córrete en mi boca que me lo como!
—Sí, pues, venga. ¡Me corro! ¡Me corrooooo, joder! —comenzó a
dar gritos Santiago.
Dejé que su capullo se mantuviera dentro de mi boca, sin
salirse un milímetro si quiera, mientras masturbaba el rabo con mi mano. El
pecho, el vientre y la cara de Santiago estaban rojas y sudaba profusamente.
Entonces llegaron los escalofríos y de aquel rosado capullo empezaron a emanar
finos chorros de semen que empezaron a llenar las paredes internas de mis
carrillos, pudiendo saborear el salado gusto del lefazo de mi colega, una pasta
bastante licuada que se confundía con mi saliva mientras aquella banana se
convertía a una velocidad pasmosa en un gusano de piel arrugada que escapó entre
mis húmedos y blanquecinos labios.
Santiago quedó tendido sobre el potro mientras yo aguantaba y
acaudalaba en mi boca toda su leche. Le dejé descansar un par de segundos. Me
acerqué a él y abrí un poco los labios para que viera que allí dentro estaba
toda su esencia, una rica lechada de lo más nutritiva. Se incorporó, se palpó su
aún chorreante polla fláccida y me sonrió.
—Está de puta madre esto de tener un colega marica —sonrió
satisfecho por la mamada—. ¿Ahora que vas a hacer con eso? ¿Qué se te ocurre?
¿Te lo tragas? —preguntó.
El caso es que eso era lo que tenía previsto, pero otra idea
surcó mi mente. Di un paso adelante, empujé a Santiago para que volviera a
tumbarse boca arriba, cosa que hizo, y sin más incliné mi cabeza, abrí un
pequeño espacio en mis labios y comencé a cubrir con el mejunje de saliva y lefa
todo el vientre y el pecho de Santiago, que lo recibió con un gemidito de gusto,
pues aquella sustancia debía de estar verdaderamente caliente. Una buena porción
de aquel torso había quedado cubierta de la sustancia blanquecina.
—¿Y ahora? —no se atrevía Santiago a moverse para que no
chorreara toda por sus costados.
—Ahora sí que me la como —sonreí. Y agachándome empecé a
sorber toda líquida cuajada que se enfriaba rápidamente sobre la piel de mi
colega. Desde mi ángulo de visión, a la par que absorbía y tragaba veía la
morena banana arrugada de Santiago, que había sido una de las más ricas que
jamás me hubiera comido. Y aquel manjar lácteo que ahora me zampaba… era un
pecado.
Tardé cinco minutos en acabar con todo el postre, tras los
cuales Santiago se incorporó y me miró con una sonrisa radiante, mientras yo
notaba como la lefa aún se mantenía pegada a las paredes de mi esófago y caía
pesada en mi estómago, como una especie de cemento. Mi compañero estaba sentado
en el potro, con las piernas colgando y semidesnudo. Su torso y vientre
brillaban a causa de la saliva, pero parecía enormemente satisfecho. Me acerqué
a él, me dio unas palmaditas en el hombro y luego una cachetada de lo más afable
en la cara.
—¡Eres un cerdo! —masticó contento.
—¡Ha sido un placer! —respondí.