[ Inicio ] [ Novedades ] [ Top100 ] [ Relatos Hablados ] [ SexShop ]
 Enlace Recomendado del día: [ Foro sobre Dinero ]
 1,140,173 Miembros | 12,797 Autores | 53,760 Relatos | 2,890 Usuarios Online Bienvenido a TodoRelatos.com! 
TODORELATOS
RELATOS
AUTORES
PANEL / INFO
VARIOS
 
 
SEXSHOP
RELATO HABLADO

Sexo sin ataduras
TODORELATOS » RELATOS » BANANAS: SANTIAGO
[ Las obras, con las sobras. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 10 de Octubre, 2008.
Fecha: 03-Ene-08 « Anterior | Siguiente » en Gays (5929 de 6533)

Bananas: santiago

luisfo
Accesos: 3,506
Valoración media:
Tiempo est. lectura: [ 21 min. ]
 -   + 
El estreno de una nueva serie de relatos. Las mejores bananas con las que uno puede soñar y deleitarse. En este caso, la banana de Santiago. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

Gracias a pasar aquel examen conseguí un buen trabajo en el ayuntamiento de la ciudad. Durante algo más de siete meses estuve haciendo chapuzas de un lado para otro, formando parte de una cuadrilla de mantenimiento. Es lo que tiene no acabar el bachillerato, pues cuando cumplí los 17 no quise seguir estudiando. Ahora, con 26 años, había dado bastantes tumbos de un lado para otro hasta que decidí prepararme el examen para entrar como operario en el ayuntamiento. Mi padre me lo había aconsejado hacía casi un año. Mi vida no iba a ningún sitio. Solía encontrar un curro, ganaba algo de dinero, dejaba el trabajo y a vivir hasta que se me acababa el dinero y tenía que volver a encontrar algo. Pero aquello cambió cuando conseguí aquel contrato.

Tras siete meses en la cuadrilla de operarios de mantenimiento, alguien del departamento de personal me comentó mientras tomábamos café que iban a salir plazas como conserjes en el polideportivo. Ni corto ni perezoso decidí informarme y presentarme a aquel otro examen que me diera acceso a un puesto mejor, ya que no estaría pasando frío o calor, porque, por lo demás, no podía quejarme del trabajo de operario. No me parecía nada desagradable, por ejemplo, ir montado en una pequeña furgoneta con otros tres o cuatro compañeros, todos entre los 18 y los 50 y pocos años, embutidos en monos azules y oliendo a hombre por los cuatro costados, cambiarnos de ropa juntos en los vestuarios o andar de cañas y colegueo muchos días al acabar la jornada, con algunas que otras palmaditas en el trasero o un bromista toqueteo de huevos y polla incluidos, en donde muchas veces podía calibrar aquellos portentos viriles en mayor o menor medida por encima del mono azul, cosa que, a veces, sentía que ellos también hacían conmigo o entre sí, algo de lo que no me cabía duda. La verdad que había muy buen rollo, sobre todo entre nuestro reducido grupo de compañeros, que éramos unos ocho o nueve. Había hasta fines de semana que nos atrevíamos a echar unas pachangas de futbítol y tan contentos que nos volvíamos después para casa. Era tras aquellos partidos cuando yo había comenzado a percibir estos calibrajes que os comento, en los vestuarios y en las duchas, en donde todos nos poníamos en pelotas desinhibidamente y nos agarrábamos el culo, la pollas, los huevos, nos pellizcábamos las tetas, nos dábamos latigazos con las toallas o nos lanzábamos a la cara los calcetines y calzoncillos sudados. Supongo que para todos era cosa de hombres hechos y derechos, sin prejuicios ni miedos, seguros de su hombría.

Me encantaba ver los cuerpos desnudos de mis compañeros, tan naturales, con sus relajados y fláccidos penes colgando sobre sus pelotas cubiertas de negros y descuidados pelos. Pelos que también crecían en sus pubis de forma alborotada, salvaje y desordenada, que ascendían por su vientre y llenaban los pechos de algunos, las axilas e incluso los hombros. En este caso sólo los de Antón, un colega de treinta y siete años, con mujer y dos crías, que tenía un polvazo, con aquellas manos de dedos gruesos en donde relucía su dorada alianza de casado y con un culo y unas piernas que no tenían nada que envidiar a los jamones de pata negra. Aquellos robustos muslos que tenía, cubiertos de duro y ensortijado vello negro, sí que eran unos buenos jamones, y su redondo y abultado culo, un pecado.

En la mayoría de los otros casos, las marañas de pelo púbico se precipitaban hacia abajo y volvían a ascender, escalando por las rajas de unos culazos que ni los dioses del Olimpo. Culos bien formados de todas clases y tamaños. Igual que los penes, que siempre en estado relajado, como mucho morcillones, no dejaban entrever bien su tamaño real al 100%, aunque más de uno o dos apuntaban a tener auténticos cipotes de sementales. O esos enormes cojones que pendían pesados mientras el agua y el jabón escurrían por ellos y una y otra vez nos los volvíamos a enjabonar, tranquilamente, a gusto, tomándonos nuestro tiempo para disfrutar del ambiente relajado, los comentarios sobre las jugadas, el agua caliente con el aire lleno de vaho y nuestra total desnudez. Se nos notaba distendidos, nos mirábamos sin preocupaciones ni vergüenzas, estábamos entre colegas y a veces soltábamos observaciones acerca de los atributos de unos u otros, de los culos más grandes o más pequeños que las mujeres desearían, desde los grandes y entrados en carnes como el de Angel Luis, un señor con sus 51 años recién cumplidos, prominente barriga cervecera y los pelos de la cabeza y del pecho ya a canear, hasta el trasero de Julián, un chavalillo de 18 años al que su padre había enchufado en el ayuntamiento como operario, rubio, con pelo corto y muy fino, de piel blanca y cuerpo aún por desarrollarse, que tenía un trasero completamente imberbe y delgadito.

Pero desgraciadamente y hasta este mismo instante en que os cuento esto, aquellas escenas de duchas no pasaron a mayores. Hoy por hoy ninguno de los culos ni ninguno de los rabos de mis compañeros ha pasado por mi boca, aunque no pierdo la esperanza, porque sólo de pensarlo comienzo a ensalivar. Todos esos buenos machos dándome cipote sin parar en toda la garganta, regándome el estómago con sus sabrosos fluidos, ya sea leche ya sea la deliciosa sustancia que te impregna la lengua cuando comienzas a comerte una polla, una mezcla entre líquido preseminal, orina y quién sabe qué porquerías. Y cada noche recurría a aquellas imágenes grabadas a fuego en mi mente para hacerme buenas pajas, recordando los toqueteos que nos dábamos unos a otros y las situaciones más excitantes y controvertidas que habían ocurrido en los vestuarios y que simplemente se habían subsanado con ironía y, a mi parecer, algunas risas nerviosas. Me preguntaba cómo reaccionarían mis colegas y compañeros de trabajo si en una de aquellas sesiones de ducha tras el partidito descubrieran que a mí me iban las pollas.

El caso es que hacía ya tres meses que había aprobado el nuevo examen y había empezado a trabajar en las instalaciones deportivas como conserje y encargado del mantenimiento, con lo que a mis antiguos compañeros les veía mucho menos. Aunque todas las semanas tenían que pasarse por el polideportivo a arreglar alguna cosa, lo que me permitía fantasear lo justo para tener buenas pajas que hacerme por la noche. El del polideportivo era un trabajo mucho menos costoso que el de operario. Apenas vigilar la entrada y andar al tanto de las luces y de que todo estaba en orden tras todo el día con aquel recinto lleno de gente que iba y venía para hacer deporte.

Lo normal era estar solo en el turno de la tarde o en el de la mañana, siempre rotándome con mi otro compañero, Santiago. Santiago era un tipo un año más joven que yo, o sea, que tenía 25 años, aunque aparentaba alguno más. Era alto, mediría un 1 metro 85, y delgado, siempre sonriendo, con buen humor y ganas de cachondeo. Su desgreñada cabellera morena se correspondía bien con su desorden mental y sus ciertas irresponsabilidades a la hora de trabajar, pero era un tío de puta madre. Lástima que apenas coincidiéramos, pues cuando yo entraba él salía o viceversa.

Aquel sábado el jefe nos llamó para hacerle un enorme favor: inventario en el almacén. Nos pagarían la hora extra a muy buen precio así que tanto Santiago como yo nos plantamos en el polideportivo desde muy temprano. El almacén se encontraba en la planta baja, que era una especie de sótano en donde había unos amplios corredores de cemento en forma de búnker. Allí había algunas salas para actividades, estaban los vestuarios y, al fondo del todo, dicho almacén. Como los sábados sólo estaban abiertas las pistas y los vestuarios, Santiago y yo podíamos estar en el almacén a nuestras anchas siempre y cuando cerráramos la puerta, aunque esto no quitaba que se notara cierto ajetreo de todos los equipillos de fútbol y baloncesto que se encaminaban a las duchas y a cambiarse. Arriba, en el puesto de Santiago y en el mío, se encontraba Claudia, que era la conserja de los fines de semana.

—Bien. ¿Por dónde empezamos? —pregunté a mi compañero, tomando la plancha con las hojas con cuadrículas vacías y el bolígrafo amarrado con un cordón a la plancha de plástico—. Aquí hay material para aburrir.

Santiago bostezó y se estiró para desperezarse.

—Estoy muerto. No tenía que haber salido anoche —recalcó—. Mira que se lo dije a mi novia, pero nada.

Sonreí al oír aquello, cogí la otra plancha con hojas y bolígrafo y se la pasé a Santiago. Cuanto antes empezáramos antes acabaríamos. Él agarró la plancha, me dio las gracias y se giró para cerrar la puerta del almacén. Después miró su reloj y volvió a levantar la vista para mirarme.

—Son las nueve y media. A las once y media hacemos descanso —propuso muy seriamente.

—Por mi bien —respondí. Y nos pusimos manos a la obra.

No paramos de charlar en toda la mañana mientras contábamos balones, raquetas de bádminton, palos de jockey, colchonetas y todo tipo de cosas cubiertas de polvo que nos hacían toser y estornudar a cada rato. Teníamos las manos grises, por no decir negras, y las impolutas hojas con cuadrículas para marcar el material también comenzaban a estar sucias. Así que un poco antes de las 11 teníamos casi todo el inventario hecho. Nos sentamos en una colchoneta gruesa y nos sacudimos las manos, resollando de cansancio.

—Pues ya está casi —dijo él—. ¿Vamos a tomarnos una caña y un pincho de tortilla?

—OK —respondí.

Nos largamos al bar de enfrente, en donde ambos éramos bien conocidos por Juan, el dueño, y Jorgito, su hijo mayor, que ya era un treintañero de lo más cachondo que siempre nos estaba hablando de irnos de putas. Mismo tema del que nos solía hablar su padre sin que el hijo se enterara. La cosa es que el negocio iba bien y en algo, creía Juan, el dueño, tenía que invertir el dinero. Un porcentaje iba para el bienestar de su engañada mujer y el otro iba para él mismo, para sus puros, sus timbas con los clientes y amigotes del bar y para sus putitas, como él solía decir. Un vividor nato, bajo mi punto de vista.

Santiago y yo vaguemos en el bar lo nuestro, charlando y a la vez, en mi caso, echándole un vistazo de refilón cuando podía a Jorgito, aquel gárrulo con pocas aspiraciones en su vida además de la fiesta, su coche y sus putas. De tal palo tal astilla. Y no podía evitar mirar con cierto deseo su petada camiseta verde militar, que marcaba sus prominentes pectorales, para nada musculados, pues estaba levemente fondón, pero voluminosos como si lo fueran, y unos bíceps grandes que con una hostia bien podían arrancarme la cabeza. La camiseta se le ajustaba al vientre, que hacía una pequeña curvita, y los vaqueros le quedaban también ajustados al culo y a los muslos, que tenían un importante diámetro. Y es que Jorgito tenía pinta de ser un putero de lo más cañero, porque su cuerpo era una rudimentaria y bruta máquina de matar.

Cuando volvimos al almacén el reloj ya había pasado del mediodía y nos costó ponernos de nuevo manos a la obra. Mientras continuábamos con el inventario una hora y pico más, comentábamos la vida de puterío a la que se daban tanto Juan como su hijo Jorge.

—Pudiendo tener todo el sexo gratis que quieres gracias a Internet —dejó escapar Santiago.

—¿Ah, sí? —dije en tono de broma—. ¿Y tú cómo lo sabes?

—¡Nos ha jodido! —exclamó Santiago—. Porque no soy tonto. Y tú tampoco, cabrón.

—¿Alguna vez has buscado a alguien por Internet para follar? —pregunté.

—¿Tú no? —se giró mi compañero hacia mí, entre sorprendido y curioso, como si conseguir polvos en la red fuese lo más normal del mundo.

Dudé un momento antes de decirle que sí, que más de dos y tres polvos había echado gracias al chat.

—Pero bueno. Eso fue antes de empezar con mi novia. Ahora ya tengo polvos asegurados casi todos los días, pero lo hecho de menos.

—¿El qué? —le pregunté.

—Pues qué va a ser. Lo de follar como un loco con las guarras que me encontraba por Internet.

Sonreí al escuchar aquello. Santiago me miró y también sonrió ampliamente.

—Así que lo hacías muy a menudo, eh.

—No me seas cabrón —abrió los brazos como gesto de divertimento y fastidio—. Pues no sé, quedaba para follar todo lo que podía. Es que las hay muy guarras por Internet. ¿O no? —me pasó la pelota a mí.

—Sí, sí. Ya lo creo —carraspee incómodo.

—¿Tú a cuántas te has follado? —pregunto—. Tienes cara de ser un vicioso —bromeo Santiago, riendo a mandíbula desencajada.

—Sí, claro. Un vicioso como el Juan y el Jorgito —respondí, acercándome a un montón de palos de jockey con intención de contarlos.

—Pues, macho, yo creo que un poco vicioso en ese sentido sí que soy. No me gasto el dinero en putas, pero ya sabes. Ando todo el día pensando en lo único —explicó Santiago con una voz neutral.

—No eres el único, compañero —acabé de contar los palos de jockey, apuntando el número en las hojas cuadriculadas.

—¿Tú también o qué?

—Claro que yo también.

—Ya. Así que te matarás a pajas —rió Santiago.

—Como lo sabes —respondí.

—¿No tienes por ahí ninguna pivita? ¿Ni siquiera una de esas con las que quedas por Internet?

Menee la cabeza negativamente.

—¿Y un pivito? —soltó Santiago algo serio.

Levanté la vista con cara de circunstancia, palideciendo en ese mismo instante pues toda la sangre me había caído a los pies. Ante el denso silencio que se formó entre los dos, Santiago, que estaba de cuclillas, despistado y revolviendo entre un montón de cuerdas enmarañadas, se giró y me miró interrogante.

—Era broma, tronco —dijo.

—Claro —volví a respirar en ese instante—. Claro, claro —repetí aliviado.

—No quería ofenderte ni nada de eso —explicó Santiago, creyendo que me había sentado mal aquella insinuación sobre que era marica—. Que yo con esos temas soy respetuoso, pero que vamos, que no lo digo por nada. Era una broma que…

—Sí, si, tío. Que me ha pillado de sopetón, que no te preocupes. Una tontería porque pensaba que lo preguntabas en serio y… —creo que comenzaba a ruborizarme, pues las mejillas me ardían. Mi compañero se levantó y se quedó mirándome, algo perplejo ante la reacción por una cosa tan tonta como una broma y que me había afectado tanto—. Olvídalo —le pedí.

Y sin decir nada más, regresamos a nuestras cuentas y cábalas del material bajo un denso silencio en el que supuse que ambos estábamos meditando acerca de aquella situación tan tonta.

—Oye, tío, que de verdad que no quería molestarte con eso… —volvió a la carga Santiago.

—Nada, nada. Olvídalo.

—No, pero no mola. Que estábamos de buen rollo y yo no quiero que ahora…

—Que no pasa nada, de verdad —decía yo, intentando dejar el tema, aunque en parte sentía que el daño ya estaba hecho y que lo que parecía preocupación por la ofensa en la cabeza de Santiago, a mí comenzaba a parecerme sombra de duda acerca de la pregunta que había hecho.

Volvimos a estar callados unos instantes, revolviendo entre el material, de nuevo con las manos grises y cubiertas de polvo. Nuevamente fue mi compañero el que rompió el silencio.

—Mira, tronco. Sé que no debería pero te lo tengo que preguntar. ¿Eres marica? —disparó Santiago así, a bocajarro, girándose para mirarme. Me quedé atónito. Ni tenso ni nada. Simplemente me quedé sin habla, mirándole, con los ojos bastante abiertos y una mueca boba en la cara—. Porque si lo eres a mí me importa una mierda todo ese rollo, eh. Que de puta madre. Que yo no tengo ningún colega marica… o al menos que yo sepa —añadió rápidamente—, pero que tranquilo. Y no es sólo que lo respete, es que si lo eres me molaría saberlo aunque sé que nadie me ha dado vela en ese entierro —continuaba hablando Santiago con una verborrea provocada por un nerviosismo que no era capaz ni de contener ni de disimular.

—Vale, vale, Santiago —le corté. Se calló en ese momento—. Que… —dudé—. Que sí, macho, que soy de la otra acerca —declaré casi en un susurro, ante lo que él me miraba atento, como si estuviera digiriendo mis palabras—. Que soy gay, vamos —fui más enfático al decir esto—. Pero que no quiero que se entere nadie, ¿entendido? Aquí todos nos conocemos y no quiero que se hable porque…

—Soy una tumba —me cortó Santiago precipitadamente, y acto seguido esbozó una gran sonrisa, dio un paso adelante y me soltó un abrazo enérgico con palmaditas en la espalda. Aquello me dejó desarmado, aunque las pulsaciones de mi corazón parecían disminuir.

—Gracias —acerté a decir.

—Entonces todos esos polvos de Internet fueron con tíos, ¿no?

—Sí —me atreví a afirmar algo tímido.

Me costaba hablar de esas cosas. Digamos que a mis veintiséis años nadie, ni siquiera mis amigos más allegados, sabía con certeza si era gay o no lo era. Era una cosa que prefería llevar en secreto. Mis colegas de toda la vida nunca lo entenderían. Pero por una extraña razón algo me había empujado a decírselo a Santiago.

—¡Dios! —exclamó—. Puro vicio tienes que ser tú. Ya te lo he dicho. Encima con tíos, que somos unos cerdos —continuaba parlanchín. Había vuelto a acuclillarse dándome la espalda junto al embrollo de cuerdas, que intentaba desatar para después contarlas—. ¿Sabes? Yo una vez vi en Internet, por eso de la curiosidad y tal, una escena de un pavo comiéndosela a otro pavo, y no sé… Vamos, que ni frío ni calor. La vi con mi chica, que es un poco rara y a veces me propone ver cosas de esas guarras, para ver si me pongo cachondo, pero aquello, como que no sé… Muy frío y tal. Aunque en persona debe ser diferente. Y más si te gustan los tíos. Me imagino que será como cuando con una tía…

Lo dejó ahí, como esperando a que le contara más cosas. Giró el cuello y me pidió su respuesta con la mirada.

—No sé. Es lo mismo —respondí seguro, aunque para nada lo estaba—. Si a ti no te gustan los tíos es normal que ver algo así no te ponga cachondo.

—Sí. Pero el caso es que lo veía y me parecía tan normal, ¿sabes? Era sexo. Tampoco me daba asco. —Afirmaba aquello alucinando, pareciéndole increíble que el ver a dos tíos comiéndosela el uno al otro no le diera ganas de potar—. Así que me parece de puta madre si te mola comer rabos.

Sonreí, volviendo a recontar los botes llenos de plumas de bádminton que había sobre unas estanterías.

—No debe ser muy distinto, ¿no? —preguntó Santiago un poco al aire.

—¿El qué? —acabé de contar y garabatee rápidamente en las hojas cuadriculadas que sostenía entre las manos.

—El que te la coma un tío o una tía —añadió mi compañero.

—Las tías no suelen rascar con su barba, supongo —me encogí de hombros. Santiago rió.

—¿Y te gusta chupar? —soltó con la voz levemente a temblar.

—Supongo que sí —respondí, poniéndome tenso al oír aquello.

—¿Me la chuparías? —habló Santiago casi en un susurro.

—¡¿Cómo?! —Me giré con los ojos como platos, asustado por aquellas palabras.

—No… yo… sólo pensaba que… nunca lo había pensado y estoy… —Santiago bajó la mano que no sostenía la plancha con las hojas y se apretó el paquete—. Me he calentado un poco y… quería saber cómo la chupaba un tío…

—¡¿Quieres que te haga una mamada?! —dije alarmado. Santiago no se movió, sólo me miró fijamente y guardó silencio, lo que tomé como un sí—. No… Yo no puedo hacerte una mamada, Santiago.

—¿No puedes? —repitió sin entender.

—Puedo, sí, claro que puedo —reculé, pues no me había explicado bien—, pero…

—No te apetece, ¿no? Lo entiendo —sonrió intentando esconder una cierta desilusión—. Que te molen los tíos no quiere decir que se la chupes a cualquiera. A mí me pasa lo mismo con las pivas —comenzó otra vez a parlotear rápidamente a causa de su nerviosismo—. O bueno, me pasa muy pocas veces porque me suelen gustar casi todas, me da igual que…

—¿Estás seguro de que quieres que te la coma? —le atajé, valorando ahora en mi mente aquella posibilidad. En su rostro se reflejó de nuevo un atisbo de ansiedad y esperanza.

—Sí. No sé. No me malentiendas. Es porque estoy muy cachondo y a mi… me gusta probar cosas nuevas, tío… y… —no supo que más excusas buscar.

—Si te la chupo no dirás nada a nadie, ¿entendido? —pedí.

—Claro —afirmó, asintiendo enérgicamente.

—Bien —di unos pasos hacia delante, hacia él. Dejé la plancha con las hojas cuadriculadas por allí y me acerqué. El me miró, nervioso. Estaba a dos palmos de su cara y me miraba ligeramente agitado. Dejó también su plancha en el suelo—. ¿Cómo quieres que lo hagamos? —pregunté algo incomodado por aquella tensión, sabiendo que desaparecería en cuanto ambos nos lanzásemos a la piscina.

—No lo sé. Tú eres el que sabe de esto —manifestó Santiago con aire confundido—. ¿Me bajo los pantalones? —hizo el amago de tirar hacia debajo de su pantalón del chándal.

—Espera —pedí, aclarándome la garganta—. Vamos poco a poco. Y… y… y así si ves que estás incómodo o que no te gusta paramos y punto. —Mi compañero concordó—. Bien. Pues… Siéntate aquí encima —se me ocurrió. Le señalé el potro que había cerca de donde estábamos, Santiago cogió impulso y se sentó dando un pequeño salto, con lo que quedó por encima de mí—. Perfecto —volví a interrogarle con la mirada acerca de si quería seguir o no adelante. Santiago ni se inmutó. Simplemente estaba a la espera de que yo hiciese algo—. Me da mucho corte —confesé. Pero él debía de estar peor que yo, pues su cara estaba lívida—. Di algo —pedí.

—No… —tragó saliva—. No sé qué quieres que diga, que… empecemos ya.

—¿Estás cachondo? —le pregunté con la voz estrangulada a causa de los nervios. Santiago. Tenía allí en frente a Santiago. No me lo podía creer.

—Sí —respondió.

Para ver si esto era cierto respiré hondo y eché mano de su entrepierna. Allí, bajo la tela del chándal, noté toda la rotundidad de un paquete embutido en unos bóxers elásticos. Era un paquete grande y duro. Santiago estaba caliente y quiso animarme a que no apartara mi mano de su entrepierna, pues puso la suya sobre la mía y se movió levemente para que hubiera más presión.

Con la mano libre, acaricié su camiseta a la altura del pequeño, masajeando su delgado pecho. Por su parte él, con su mano libre, me cogió de dicho brazo y me animó a que le sobase los pectorales por encima de la camiseta, sin dejar de sobar su polla por encima del pantalón. Ya había logrado identificarla, de buen tamaño, ni grande ni pequeña, más bien alargada y muy dura. Entonces levantó la camiseta y me dejó ver su morena piel, su vientre plano y delgado con unos míseros vellos que ascendían en línea hacia el ombligo y después sus pectorales, con unos pezoncillos pequeños y oscuros. Me alcé de puntillas y capturé uno entre los labios, tirando de él levemente y haciendo que Santiago se estremeciera y me sujetara por la nuca. Repetí la operación en el otro pezón y ambos quedaron brillantes de saliva.

Separándome un poco nos miramos. Veía la cachondez en los ojos de mi compañero, que, elevando la cadera levemente, tiró hacia debajo del pantalón y de los calzoncillos. De dentro saltó una polla tiesísimo que hundía su base en una maraña salvaje de pelo púbico. Amarré su circuncidado rabo con una mano y la aprisioné fuertemente contra mi palma.

—Tienes buena polla —comenté, masturbándole con ganas.

—Pues cómetela —musitó.

Separé mis labios, abrí mi boca todo lo que pude y comencé muy lentamente a meterme el rabo de mi colega. Quería que notara muy poco a poco como se le humedecía el cipote, como mi lengua recorría aquel delicioso capullo que había estado rozando con su superficie unos calzoncillos de color granate y que había impreso en aquella piel un rico sabor a polla y a orina. Mis fosas nasales se abrieron e inhalaron el aroma a polla que desprendía la entrepierna de Santiago, aquel olor tan característico de cada uno. Me gustaba, pues sin saber porqué tenía un cierto matiz a adolescente, a pesar de que aquella edad había quedado muy atrás en mi compañero.

—¡Qué bien la chupas! —exclamó, cuando empecé a succionar con mayor intensidad un mástil duro como el acero, que era en lo que se había convertido su salchichón—. Me agarró de la cabeza y hundió sus dedos en mi cuero cabelludo, animándome a no parar—. ¡No pares, joder! —rogó, dando pequeñas embestidas con sus caderas hacia arriba, intentando clavárseme al cielo del paladar—. ¡Tienes una boca que es puro vicio!

Me saqué la polla y le miré. Sus ojos estaban entrecerrados a causa del gozo que le estaba dando. Me observó confundido con una cara que no le reconocía. Se sacó la camiseta y volví a observarle. Su gesto había mudado a otro muy diferente, a aquel que se nos pone cuando tenemos sexo. Acarició mi cabeza y me empujó para que continuara, cosa que hice obediente. Esta vez, con mi mano libre, masajee sus pelotas mientras le chupaba su rica banana. Él elevó sus piernas y las subió al potro, después se estiró sobre este y quedó tendido boca arriba a merced de lo que mis labios quisieran hacerle.

Por unos momentos abandoné su cimbel y comencé a escalar con mi boca por su cuerpo. Mi lengua recorrió su ombligo, recorrió todo su vientre y volvió a encaramarse en aquellos pezoncillos erectos, oscuros y pequeños. Pero no me detuve, pues continué subiendo, escalando a través de su cuello. Un cuello que pinchaba en la superficie de mi lengua a causa de la barba mal afeitada que comenzaba a nacerle. Un cuello que dio paso a una de sus orejas. Capturé el lóbulo entre mis dientes y Santiago suspiró. Acto seguido, como si tuviera allí a excalibur, clavé todo el filo de mi lengua dentro de su oído y la moví con impaciencia.

El grito de desagrado y placer al que sucumbió Santiago resonó con fuerza en el almacén. Mi lengua se agitaba dentro de su oído como una serpiente asustada, ensalivándolo, haciéndole estremecer y agitarse, mientras mis papilas degustaban un cierto amargor debido al propio cerumen de la cavidad.

Al separarme de allí le miré a la cara. Santiago se incorporó un poco y me contempló azorado. Mis manos palpaban su pecho imberbe y pellizcaban sus pezones. Cogí su brazo, le obligué a levantarlo y a pasarlo por encima de su cabeza y observé su poblada axila, frente a la cual me incliné y en la que hundí toda mi bocaza, deleitándome con el fuerte sabor a sudor y desodorante que se entremezclaba con mis babas. Mi compañero me estaba regalando todo tipo de sabores fuertes. Después, sabiendo él lo que me disponía a hacer, levantó el otro brazo y me regaló su otra axila.

Mi boca contenía un sabor terroso y ácido que no parecía desaparecer con facilidad. Los pelánganos de las axilas de Santiago refulgían a la luz de los fluorescentes del almacén. Éste se masturbaba con ganas.

—¿Me la sigue chupando? —me preguntó.

—Claro —acepté, sonriente y excitado a la par.

Me bajé para abajo, él volvió a quedar sentado en el potro y me agarró de nuevo la cabeza cuando ya me hundía nuevamente su rabo en la boca. Esta vez le imprimí más parsimonia a mis movimientos. Quería hacerlo lento, apretando mis dotados labios alrededor del duro tronco de carne que poco a poco se había cubierto de algunas venas hinchadas. ¡Qué rico palo tenía Santiago! ¡Una delicia! Quería ordeñar los huevos de mi colega hasta la última gota y parecía que no me iba a hacer esperar mucho.

—Si sigues me corro. Si sigues me corro —avisó.

—Córrete, tío. ¡Venga, córrete en mi boca que me lo como!

—Sí, pues, venga. ¡Me corro! ¡Me corrooooo, joder! —comenzó a dar gritos Santiago.

Dejé que su capullo se mantuviera dentro de mi boca, sin salirse un milímetro si quiera, mientras masturbaba el rabo con mi mano. El pecho, el vientre y la cara de Santiago estaban rojas y sudaba profusamente. Entonces llegaron los escalofríos y de aquel rosado capullo empezaron a emanar finos chorros de semen que empezaron a llenar las paredes internas de mis carrillos, pudiendo saborear el salado gusto del lefazo de mi colega, una pasta bastante licuada que se confundía con mi saliva mientras aquella banana se convertía a una velocidad pasmosa en un gusano de piel arrugada que escapó entre mis húmedos y blanquecinos labios.

Santiago quedó tendido sobre el potro mientras yo aguantaba y acaudalaba en mi boca toda su leche. Le dejé descansar un par de segundos. Me acerqué a él y abrí un poco los labios para que viera que allí dentro estaba toda su esencia, una rica lechada de lo más nutritiva. Se incorporó, se palpó su aún chorreante polla fláccida y me sonrió.

—Está de puta madre esto de tener un colega marica —sonrió satisfecho por la mamada—. ¿Ahora que vas a hacer con eso? ¿Qué se te ocurre? ¿Te lo tragas? —preguntó.

El caso es que eso era lo que tenía previsto, pero otra idea surcó mi mente. Di un paso adelante, empujé a Santiago para que volviera a tumbarse boca arriba, cosa que hizo, y sin más incliné mi cabeza, abrí un pequeño espacio en mis labios y comencé a cubrir con el mejunje de saliva y lefa todo el vientre y el pecho de Santiago, que lo recibió con un gemidito de gusto, pues aquella sustancia debía de estar verdaderamente caliente. Una buena porción de aquel torso había quedado cubierta de la sustancia blanquecina.

—¿Y ahora? —no se atrevía Santiago a moverse para que no chorreara toda por sus costados.

—Ahora sí que me la como —sonreí. Y agachándome empecé a sorber toda líquida cuajada que se enfriaba rápidamente sobre la piel de mi colega. Desde mi ángulo de visión, a la par que absorbía y tragaba veía la morena banana arrugada de Santiago, que había sido una de las más ricas que jamás me hubiera comido. Y aquel manjar lácteo que ahora me zampaba… era un pecado.

Tardé cinco minutos en acabar con todo el postre, tras los cuales Santiago se incorporó y me miró con una sonrisa radiante, mientras yo notaba como la lefa aún se mantenía pegada a las paredes de mi esófago y caía pesada en mi estómago, como una especie de cemento. Mi compañero estaba sentado en el potro, con las piernas colgando y semidesnudo. Su torso y vientre brillaban a causa de la saliva, pero parecía enormemente satisfecho. Me acerqué a él, me dio unas palmaditas en el hombro y luego una cachetada de lo más afable en la cara.

—¡Eres un cerdo! —masticó contento.

—¡Ha sido un placer! —respondí.

TodoRelatos.com © luisfo

SEXO EN VIVO
Nueva Webcam de Sexo de TodoRelatos!
CONTACTOS
Contacta con gente de tu misma ciudad!
SEXSHOP TODORELATOS
Tienda de confianza ideal para regalos, sorpresas...

Valore y Comente los relatos que lee, los autores lo agradeceran y supondrá una mejora en la calidad general de la web. Gracias!
 Comentarios (7)
\"Ver  Perfil y más Relatos de luisfo
 Añadir a Lista de Favoritos
 Reportar Relato
 Versión para Imprimir
 Enviar este relato a un amigo/a
 Excelente
 Bueno
 Normal
 Malo
 Terrible
« Volver a la página anterior Ir arriba
Usuario
Contraseña

 
» Registrarse
» Recordar Clave
» Ayuda
 

Sexo en Vivo
 
 
SEXO

Galerías Porno
 

Fotos de Sexo
 

Videos de Sexo
 

Descargar Peliculas
 

WebCam de Sexo
 

Sexole
 

FisgonClub
 
 
CONTACTOS
» Red de Contactos
 
     
 
Emotik: Nicks y Emoticonos para MSN Messenger
InverForo: Comunidad sobre Dinero y Vivienda
ForoCoches: El mayor foro de coches en Internet
Copyright © 1999 - 2008 TodoRelatos.com v3.40 - LWNET. Todos los derechos reservados.
Privacidad y Terminos de Uso · Ayuda y FAQ · Contacto