Cena de empresa
Apenas hacía un mes que había entrado en un nuevo trabajo, y
dio la casualidad de que coincidía con la tradicional cena de empresa en fechas
navideñas. Yo dudaba sobre si ir no, básicamente porque aún no conocía a nadie
lo suficientemente bien como para compartir borrachera. Finalmente, me decidí a
ir, por ver si iba conociendo a alguien entre langostino y langostino. Además,
así podía comprobar si había algún otro departamento más “apetecible†a la
hora de ir a tomar el café, porque en lo que era el mío, la belleza femenina
brillaba por su ausencia.
Al poco de llegar, comprobé sin demasiada sorpresa que eso de
conocer gente iba a estar un poco chunguillo. Lógicamente, cada uno iba a su
bola y se formaban grupitos entre la gente que se conocía. Mis compañeros
hablaban de tontadas y yo la verdad es que no estaba para soportarles más de lo
justo. Por otro lado, comprobé los beneficios de una empresa grande. Había
carnaza de muy buen ver, ideal para echar el anzuelo después de la cena y los
copazos de rigor.
Aún no lo había comentado, pero la empresa había tenido el
detalle de reservar un salón de hotel para celebrar la cena, incluida barra
libre después de comer y sala de baile para quemar las calorías del alcohol.
La cena, nada del otro mundo. Muy elitista y muy de alto
nivel, con platos muy bonitos y mayormente vacíos. Los tradicionales entremeses
supuestamente ibéricos, las gambas en diversas presentaciones y alguna que otra
delicatessen de chef que probablemente no supe apreciar en su justa medida; la
verdad es que a mí con un poco de buen jamón y una buena tortilla de patatas me
convence cualquiera. No necesito una mousse de aire para quedarme satisfecho. El
primer plato, compuesto por una selección de verduras salteadas, y el plato
principal, un entrecot de dos dedos de espesor, sangriento como el infierno. Lo
dicho, aun estando bien y siendo una cena saciante, no era nada del otro jueves,
si bien tenía pinta de no haber salido precisamente barata. Tampoco es que me
importara, lo pagaba la empresa.
Tras un par de rondas de chupitos de licor de hierbas, la
gente comenzó a peregrinar hacia la pista de baile y, sobre todo, hacia la
barra, donde comenzaron a pedirse copas a ritmo frenético. Yo me salí un rato
fuera a fumarme un cigarrillo mientras los camareros vaciaban botellas de ron,
ginebra y whisky.
El frío invernal alivió los calores provocados por un
ambiente de veinticinco grados y por la copiosa cena a partes iguales. El amplio
patio, completamente recogido, auguraba interesantes noches de verano en el
hotel, con ricachonas de pechos siliconados moviendo sus culos morenos de un
lado para otro. Tras unos instantes absorto en mis pensamientos, observé a una
mujer en el otro extremo. Lucía un ceñido vestido de gala rojo imponente, bajo
el cual se encontraba un cuerpo la mar de interesante, con sus buenas curvas y
unas muy correctas proporciones. Una melena morena ondulada, que le colgaba más
allá de los hombros enmarcaba una dulce e intrigante cara, con ojos oscuros y
pequeños, nariz chata y sensuales labios. La raja del vestido dejaba que su
pierna izquierda fuera acariciada por el frescor del ambiente. Al mismo tiempo,
no escapó a mis ojos el ligero detalle de sus pezones, marcados de forma notoria
en la tela roja de su vestido.
Se percató de mi mirada, y tras soltar una bocanada de humo,
me dirigió la palabra:
- Se está bien aquí, verdad? Sin tener que soportar
conversaciones insípidas y borrachines de tercera.
Sus palabras me sorprendieron, por lo cercano a mis
pensamientos. Casi parecía que me hubiera leído la mente.
- Sin duda, pensé que si tenía que resistir diez minutos más,
iba a tener que soltarle una ostia a alguien.
Le respondí sin sopesar lo que dije. Realmente la sorpresa de
sus palabras había hecho que bajara la guardia. De pronto, la fachada para con
los compañeros de curro había desaparecido, no me sentía en la necesidad de
figurar buenas maneras. Me salieron del alma aquellas palabras. Una vez que
terminé la frase, me di cuenta de que tal vez no debería haber descuidado tanto
la política correcta. Al fin y al cabo, podía ser la mismísima mujer de mi jefe.
En cualquier caso, la única respuesta fueron un par de
sonoras carcajadas.
- No podría haberlo expresado mejor. ¿Seguro que perteneces a
esta empresa?
No es mi intención aburrir con extensos diálogos al lector,
así que corto aquí la conversación que mantuvimos. Me gustaría decir que
congeniamos estupendamente, nos enzarzamos en besos apasionados y terminé
dándole cachetes en el culo mientras me la follaba a cuatro patas y me pedía más
y más. Y lo cierto es que congeniamos, pero el resto no resulta ser todo lo
cierto que me hubiese gustado, por desgracia. Estuvimos unos quince minutos
charlando, tiempo en el que ella averiguó que conservaba el desparpajo debido a
que llevaba poco en la empresa y aún no me habían sorbido el seso, y yo descubrí
que no era la mujer de mi jefe, pero sí la mujer de algún jefe, más que nada
porque fue él mismo quien vino a buscarla para ver si se encontraba bien.
Viendo que sobraba en la escena, volví al interior y me pedí
una cerveza helada, a la cual le di un buen par de tragos mientras mi mirada
vagaba por el local, observando la situación. En la pista de baile, algunos
energúmenos hacían el ridículo de forma descontrolada. Descubrí con cierto pesar
que entre aquellos individuos estaban mis compañeros. Sentí vergüenza ajena.
Algunas chicas guapas meneaban recatadamente sus traseros al compás de la música
enlatada de moda, intentando mostrarse sensuales pero estableciendo una clara
barrera de “se mira pero no se tocaâ€. Unos cuantos despachaban copazos de
dos en dos.
Mientras escudriñaba y analizaba a la gente que mis ojos me
mostraban, se acercó a la barra una rubia maciza, de enormes pechos encajonados
en un suculento escote y con un culo que parecía haber entrado dificultosamente,
y solo con la ayuda de ingentes cantidades de lubricante en unos pantalones
donde se le marcaría la ropa interior si la llevara (o no consistiera en un hilo
metido entre las nalgas, opción menos morbosa, pero también posible).
Entre risas alegres, pidió varios combinados, y mientras el
camarero se las servía, giró la cabeza y me miró con interés. Se me colgó del
cuello y me dedicó un par de palabras ebrias que retozaron en su lengua de forma
perezosa hasta que logró expulsarlas. Dado su estado, no me importó comprobar lo
apretadas que estaban sus nalgas con poco disimulo, a pesar del lugar y la
situación. “Qué diablos!â€, pensé, y decidí soltarme e intentar avanzar un
poco con aquella mujer deslumbrante. Tras cinco minutos y sendos intentos de
encontrar sus labios, me di por vencido. O ella bebía mucho más o poco había que
hacer. Entonces me fijé en alguna de sus compañeras, y ataqué a la que más le
costaba mantener el equilibrio. Mucho más fácil.
En cuestión de segundos, nos comíamos la boca con desespero.
No me andé con rodeos ni con delicadezas. Una mano al culo y otra al pecho, y la
lengua ocupada en largos y húmedos besos, cuyo aroma a ron me recordaron
antiguas borracheras, memorables y dulces antiguas borracheras.
Pasados unos minutos de intercambio de diversas caricias, y
viendo que ella ya me tocaba el abultado paquete de mis pantalones sin pudor
alguno mientras yo hacía lo propio en su bajo vientre, pensé que la noche al
final podía resultar más interesante de lo que parecía, si conseguía arrastrarla
a algún lugar más íntimo. Como quiera que en el exterior hacía un par de grados
bajo cero, y tampoco tenía ganas de llevármela a casa, lo mejor al final fue
dirigirla a los lavabos para darle una buena ración de carne en barra.
De no haber estado más interesado en las tetas de mi
improvisada amante, habría notado una cierta diferencia entre la pulcritud y
presencia de aquellos baños comparadas con la de los baños de pubs y discotecas.
Casi podríamos habernos tirado en el suelo para seguir nuestra pequeña disputa,
pero simplemente nos metimos en una cabina. Prestos, comenzamos a desvestirnos
el uno al otro... bueno, ella me tocaba y yo la desnudaba a ella y a mí mismo.
Le quité el elegante top y el sujetador, pudiendo admirar dos pechos de tamaño
medio y aureolas y pezones claros. Yo tenía la camisa por fuera y el cinturón
desabrochado, aunque aún mis pantalones no habían alcanzado mis tobillos. La
puse a ella en similar situación, con los pantalones desabrochados, e intenté
bajárselos, asomando el tanguilla que llevaba, último obstáculo para darle su
merecido.
Pero de pronto ella tomó la iniciativa, se puso de rodillas,
me bajó los pantalones y comenzó a chupármela con ganas. Al parecer, la cena no
la había llenado por completo, y aún tenía hueco para un poquito de plátano
ibérico. Me ensalivó el miembro de arriba abajo, y se afanó en darle lustre al
capullo de mi verga, haciendo movimientos que no sabía yo que fueran posibles.
Desde luego, principiante no era en el noble arte de comer pollas.
Estaba verdaderamente hambrienta, sus ganas de verga así lo
mostraban. Ni siquiera tras caerse y plantar el culo en el suelo del lavabo me
la soltó; siguió pajeándome durante los breves instantes en que sus labios se
separaron de mi miembro. Volvió a incorporarse trabajosamente y continuó con el
trabajito interrumpido, prestando ahora más atención a mis pelotas, que colgaban
expectantes y llenas de envidia, por el trato recibido por “el cabezónâ€.
Ahora les tocaba a ellas disfrutar siendo acariciadas y lamidas.
Mi intención era calzarme a aquella mujercita, pero su
insospechado interés en comérmela me mantuvo embelesado durante varios minutos.
En algún instante incluso llegó a arrancarme algún gemido profundo, dejándome al
borde del desparrame seminal en el interior de su boca, pero supo controlarme, a
pesar de su borrachera. Por desgracia, lo que no supo controlar mi felatriz
particular fueron las repentinas arcadas que le entraron en cuanto intentó
imitar a los fakires cuando se meten espadas de metro y medio por la garganta.
Que no se me malinterprete. Mi espada no es de metro y medio.
Regla en mano, difícilmente llega a la media europea, pero para hacer según qué
cosas con una polla en la boca, hace falta más que ver películas porno y seguir
las instrucciones de tu amiga la guarrilla.
Así pues, aquella chica que tanto lustre había sacado a mi
verga, comenzó a regurgitar la cena y los innumerables cubatas que a
continuación había ingerido. Nada que pueda cortarle más el rollo a uno con un
empalme del quince. Salí asqueado del cubículo, maldiciendo con los pantalones
bajados y el mástil en todo lo alto, sin siquiera sospechar que allí estaría,
empolvándose la nariz, mi contertulia anterior, que abrió los ojos como platos
al verme de esa guisa.
- Esto... esto... es exactamente lo que parece.
Fue lo único que acerté a decir mientras mis ojos se
mantenían fijos en su pecho. Sus pezones seguían marcados en el vestido rojo y
sus curvas parecían más acentuadas que antes; en una extraña fórmula recursiva,
mi propia excitación, unida a la situación, incrementaban mi excitación. Mi
pervertida mente me decía que a ella le ocurría lo mismo, sobre todo después de
ver cómo se relamía los labios.
- Será mejor que te eche una mano con esto, si no quieres que
todo el mundo se entere.
Mi lado bueno me decía que se refería a ayudarme con la pobre
chica que estaba con la cabeza metida en el retrete y sacarme de allí. Mi lado
perverso me gritaba a voces “¡Fóllatela!â€. Cuando la morena vestida de rojo
se acercó a mí y me agarró la verga, mi lado bueno también comenzó a corear
“¡Fóllatela!â€.
Le metí la lengua hasta la campanilla y apreté con fiereza
sus pechos, estrujándolos como si fueran esponjas antiestrés. En cuanto uno de
sus erectos pezones apareció ante mis ojos, me avalancé sobre él y le prodigué
una serie de suaves pero intensos mordiscos que la hicieron gemir.
Mi verga tiesa y ensalivada, que ella agarraba con su mano,
se refregaba contra su vientre, humedeciendo el vestido en aquella zona. En un
instante, ella se dispuso a chupármela, pero yo ya estaba harto de mamadas,
quería simplemente meterla en caliente. Así se lo hice entender. Ella se subió
el vestido y se quitó el escueto y delicado tanga, rojo y de encaje, que dejó
pulcramente sobre el lavabo. Un chochito pelón surgió ante mis ojos, brillante a
consecuencia de su propia lubricación. Le metí dos dedos para comprobar lo suave
que se deslizaban en su interior, algo que hicieron a la perfección. La subí
sobre los lavabos de mármol, pasé su pierna derecha por mi hombro y así, bien
abierta, se la introduje con entusiasmo.
Una deliciosa sensación de triunfo recorría mi cuerpo,
espoleando cada embestida sexual sobre Marisa, que así se llamaba la mujer que
me estaba follando en ese instante. Sus gemidos dejaron paso a sonoros gritos, a
los que me uní yo mismo. Nuestros gritos resonaban en la estancia, excitándonos
aún más. Su coño era un excelente receptáculo para mi verga. Me transmitía sus
propias sensaciones a través de vibraciones que me acariciaban la polla.
Subió la segunda pierna sobre mi otro hombro y comenzamos a
disfrutar de otro modo completamente distinto. Ahora, su chochito se mostraba
estrecho como el de una virgen. El roce aumentó considerablemente la resistencia
a cada una de las penetraciones. Sentía que la cabeza se me iba completamente,
el placer ocupaba por completo mi cerebro, que no sabría responder ni cuánto son
dos más dos en esa situación. Solo podía pensar en continuar el mete-saca.
Sacarla por completo para volver a meter, rompiendo la barrera de sus labios
apretados y la estrechez momentáneamente artificial era un delirio absoluto.
Fue cuando Marisa decidió tomar las riendas. Me rodeó por la
cintura con las piernas y se incorporó para besarme. Mientras mi verga retozaba
gustosa en el interior de su vagina, Marisa me mostró el dominio que poseía de
la lengua, acompañando besos y lametones con muerdos apasionados sobre mi
cuello. Ambos estábamos desatados, inmersos en semejante lucha sexual.
Dado que mis pantalones se encontraban anclados en mis
tobillos, cuando me vi obligando a dar un paso atrás, ambos nos vinimos al
suelo. En cualquier caso, el dolor que me produjo la caída en la rabadilla
permaneció eclipsado por la excitación del momento. A causa de la caída, el culo
de mi compañera de juegos quedó expuesto. Me puse a lamer su agujerito trasero,
metiendo casualmente el dedo para comprobar la estrechez. El juego estaba
interesante, y a Marisa parecía gustarle, o eso me daba a entender con sus
gestos y jadeos.
La puse a cuatro patas, y mientras mis dedos dilataban su
ano, mi verga volvió a penetrar en el interior de su coño. Ella cada vez me
pedía más y más, y finalmente, entramos en la recta final del apasionado
encuentro. Saqué mi polla de su interior, chorreante de sus propios jugos. Sus
labios rechonchos boqueaban ante la ausencia de mi humilde aparato reproductor,
echándolo de menos. Entonces, se la introduje por el culo.
Si antes había disfrutado de la estrechez que su coño me
había ofrecido a consecuencia de la postura, ahora mi placer se elevó hasta el
séptimo cielo al sentir las estrecheces de su puerta trasera. Ella gritaba hasta
quedarse sin voz, poco importa si de dolor o placer, y yo no paraba de moverme
sin control. Cada vez que mis huevos hacían tope en sus nalgas sentía el orgasmo
más y más cerca, pero aquello era un no parar, no había ya consciencia ninguna.
Mi pelvis se meneaba de forma mecánica, mi cerebro no mandaba. Marisa seguía
pidiendo más y más, articulando palabras carentes de sentido para mí. Le puse
las nalgas completamente rojas a base de azotes cada vez más violentos, hasta
que finalmente, exploté de placer en una tremenda erupción de semen, que comenzó
a brotar descontrolado.
Tardé más de dos minutos no ya en recuperarme, que tardé más,
sino en ser consciente realmente de lo que había ocurrido. También noté que la
chica que me la había estado chupando tenía el tanga en los tobillos, y nos
miraba con ojos húmedos y vacíos y los dedos metidos en el coño. Y tras asimilar
el polvazo que le había pegado a Marisa y que la otra mujer se había masturbado
viéndonos ejecutarlo, noté finalmente que la puerta del baño estaba abierta de
par en par, con varias personas agolpadas en el marco de la puerta, con los ojos
abiertos como platos y las bocas abiertas como buzones, algunos incluso con una
buena erección en los pantalones. La muchedumbre solo se disolvió por los
empujones de, efectivamente, el marido de la mujer que acababa de beneficiarme.
El resto, es historia. Total, el trabajo tampoco era para
tanto.
Si te ha gustado este relato, tal vez también te guste
Sofía, la encargada o
cualquiera de los más de
veinte relatos que he escrito.