SALAMANCA. 23 años atrás.
El Jinete sintió su nariz contra la lona. Tenía los ojos
entornados, y al tratar de abrirlos, notó la presión sobre el párpado izquierdo.
No se dio cuenta de la presencia de aquella mancha de un rojo oscuro y
tenebroso, hasta que no venció la resistencia de aquel párpado, y la realidad le
golpeó igual que lo había hecho su contrincante. Con dureza.
Era la primera vez que sentía el dolor y el amargo sabor de
su propia sangre. La vista apenas le alcanzaba para vislumbrar las luces que le
rodeaban, pero los sonidos eran nítidos y perfectamente audibles. La cuenta
atrás había comenzado. Diez segundos separaban la victoria de la derrota, el
triunfo de la humillación, el aplauso del abucheo. Diez segundos que pasaban más
despacio de lo que nadie en el mundo alcanzaría jamás a imaginar.
Siempre le habían dicho que ese tiempo era la eternidad, pero
nunca lo había creido. Su entrenador, sus compañeros veteranos, todos. De ahí
que su mayor temor, hasta aquel mismo instante, la pesadilla que había
acompañado todas sus largas noches de incertidumbre y desasosiego, siempre era
la misma: su rostro a dos centímetros de la lona blanca y dura, mientras un
"diez" martilleaba en su cabeza, como la losa que cubre el féretro de un
difunto.
Diez segundos que pasaban más rápido de lo que nadie le había
explicado nunca. El contrincante, inerte; el público, eufórico; la esquina del
cuadrilátero, en ebullición. De repente, el sonido de una campana aguda, una
mano asiendo tu brazo, levantándolo con inesperada energía, y el sabor del
triunfo, de la victoria, de la gloria...
Acababa de nacer El Jinete de Salamanca.
..............................
Le molestaba que la luz del Sol se filtrara a través de las
rendijas de aquella vieja persiana de tiras metálicas, que mantenía su sucio
despacho completamente alienado del mundo real. Ya que no se podía permitir unas
ventanas y unas puertas completamente insonorizadas, debía conformarse con que
la insoportable claridad de la mañana, los descarnados rayos de aquel mortal
enemigo, se mantuvieran retenidos tras las oxidadas y ennegrecidas tiras de
metal. De lo contrario, tendría que plantearse la posibilidad de comprar unas
cortinas.
(...)
Amadeo se incomodó al oír aquella algarabía. "¿Pero quién
demonios se atreve a montar ese escándalo?", gruñó entre dientes, dejando caer
un pie al suelo.
El pie golpeó el cristal marrón de una botella, y el escaso
líquido que ésta contenía, se derramó sobre la sucia alfombra. Pocacosa
enseguida se acercó a olisquear. "Nada nuevo", debió pensar, antes de volver con
desgana a la toalla arrugada que le servía de cama desde hacía unas semanas.
"Joder...", protestó Amadeo cuando sintió el húmedo contacto en la planta de su
pie. Los gritos provenían del interior del gimnasio.
No recordaba cuándo había decidido que las ocho de la mañana
era la hora adecuada para abrir un gimnasio, ni quién le había convencido para
aceptar esa hora de apertura. Ricardo decía que la mayoría de los chicos tenían
que ir a trabajar, o a estudiar, y que necesitaban confiar en que disponían de
aquel lugar para desahogar su rabia, antes de enfrentarse a sus monótonas e
impuestas actividades diarias.
Amadeo caminó hacia aquella ventana, sin el temor de que los
rayos del Sol le derritieran, esquivando diversos objetos lanzados a voluntad, o
simplemente caídos y no recogidos. Ropa, botellas, papeles, pequeñas bolas de
plástico con las que Pocacosa alegraba su existencia... Amadeo pateaba lo que se
interponía en su camino, nunca daba rodeos, ni se molestaba en recolocar las
cosas, o buscarles una ubicación.
(...)
Mijail era un ruso, corredor de apuestas, que le había hecho
ganar mucho dinero en el pasado. Pero ahora, el dinero ni siquiera era dinero
para Amadeo. Había cambiado de nombre, y carecía de importancia para él. Tener
muchas pesetas, en el pasado fue un sueño. Pero, ¿quién quería tener muchos
euros? Incluso odiaba pronunciar esa palabra. "Euro" conducía con demasiada
facilidad a "Europa", y El Jinete de Salamanca ya había conquistado Europa en
otros tiempos. Ahora le aborrecía Europa.
-Ricardo es buena persona... -le dijo Amadeo al ruso.
-Ricardo me quiere robar -Mijail marcaba las erres con un
simpático sonido al que Amadeo aún no se había acostumbrado; más de veinte años
oyéndole hablar, y su acento seguía arrancándole una sonrisa. Casi nada hacía
sonreír a Amadeo. Mijail, y Pocacosa peleándose con el cordón de sus zapatos.
Aparte de eso, su expresión de eterna desidia apenas variaba.
(...)
Amadeo empujó hacia abajo la tira metálica con el dedo
índice, viendo enseguida la figura de Mijail por detrás, alejándose de las
escaleras que conducían hasta su despacho. Cuando pasó junto a Ricardo, le dijo
algo, y su socio sonrió. "Asunto solucionado", pensó Amadeo con una ligera
satisfacción. No le gustaban los euros, pero a las personas que le rodeaban, sí.
El dinero sólo le servía a Amadeo para que la gente no se peleara, para aliviar
las tensiones que se creaban a su alrededor. Bueno, también le servía para
comprar a Pocacosa la escasa comida que éste le reclamaba, y para llenar su
pequeño frigorífico con sus auténticas amigas de cristal. El malentendido entre
el ruso y su socio Ricardo se había solucionado sin problemas, y Amadeo sentía
que ya podía volver a dejarse caer sobre el desmadejado colchón que le hacía de
cama. Pero antes de retirarse de la ventana, su vista se fijó en algo. Más bien,
en alguien.
Un muchacho estaba entrando por la puerta del gimnasio, con
cara de haberse perdido, cruzándose con un Mijail que ignoró su intención de
preguntarle algo. Amadeo observó a aquel chico. No le reconoció. No le había
visto nunca antes por su gimnasio. Claro que tampoco solía hacer acto de
presencia en él, antes del mediodía. Le observó con curiosidad. Era aún un crío.
Sus facciones denotaban claramente la inexperiencia en un
rostro aún sin curtir; sin golpear, ni por la vida, ni por los adversarios.
Amadeo había visto muchas caras bonitas como aquella perdiendo su perfección y
su aparente belleza juvenil, siempre a base de puñetazos dolorosos y sangrantes.
Él mismo había partido muchas narices esculpidas con maestría, había torcido
tabiques nasales y también reventado cejas, abierto brechas en ojos y labios, y
había incluso llevado a gente a la UCI. Y nunca había sentido compasión por
ninguna de las personas que se le pusieron delante sobre un ring, pisando la
misma lona blanca de la que él se creía amo y señor.
Dejó deslizar su dedo por la tira metálica grasienta, hasta
que la imagen de aquel joven quedó al otro lado del único mundo que ahora le
importaba: su soledad.
..................
Amadeo oyó la puerta golpear, y supo que Ricardo ya estaba en
la calle. Aquella noche no había bebido apenas. Sólo cinco o seis botellines.
Por ninguna razón especial. O quizá sí. Puede que no quisiera olvidar que quería
hacer algo antes de acostarse. Bajó las escaleras en la penumbra, tratando de no
caer. Caminó hasta una sala del gimnasio que Ricardo utilizaba como oficina.
(...)
Como si se creyera todo un profesional de la Administración,
las tenía colocadas en orden alfabético, por apellidos. Amadeo nunca miraba
aquellas fichas, y a Ricardo le hubiera extrañado mucho verle haciéndolo. De ahí
todo aquel misterio, como si estuviera entrando a hurtadillas en un lugar que no
le pertenecía. Las repasó una a una, buscando los nombres que las encabezaban.
Multitud de nombres que no le decían nada, que no le aportaban nada; le
resultaba indiferente lo que Ricardo hiciera con esos chicos. Un Francisco.
Francisco Jimenez, 24 años. Fecha de inscripición: 16 de marzo. Más de cinco
meses; no era él. Siguió recorriendo cada papel, con los ojos cansados por la
escasa luz de aquella lámpara vieja. El último. La última ficha era la que
buscaba. La primera si hubiera empezado por detrás. Fran Velasco. Ni siquiera
era Francisco el nombre con el que el muchacho se dio a conocer. Debía creer que
Fran sonaba más duro. Dejó el resto sobre el escritorio, y se apoyó en él,
moviendo la estructura de la lámpara con la intención de dirigir el foco de luz
al punto adecuado para poder leer más cómodamente.
Fran Velasco, nacido hacía casi diecisiete años, un quince de
octubre. Amadeo no supo ubicar exactamente la calle en la que vivía el muchacho,
pero debía ser en una de esas nuevas zonas residenciales que habían expandido la
ciudad de Salamanca en los últimos años. Gente de buena posición. "Un niño de
papá", pensó Amadeo. Lo que menos esperaba, era que aquella información
concordara con el mismo chico que había visto aquel mediodía en el supermercado,
trabajando de reponedor.
Y aún quedaba otro detalle de aquella ficha, uno más
concreto, que dejó sin habla a Amadeo. La última pregunta (ridículamente
inventada por Ricardo) de un pequeño cuestionario, decía: -¿Qué te ha llevado a
elegir este gimnasio?
La respuesta de Fran Velasco era clara y directa: -La
posibilidad de conocer al Jinete.
..................
El muchacho tenía cierto problema con sus piernas. Parecía
que en cualquier momento se le fueran a enredar, haciéndole caer. Amadeo se
había dado cuenta desde el primer instante, pero confiaba en que Ricardo también
lo notara, e hiciera algo al respecto. Ahora se preguntaba si no estaría su
socio perdiendo facultades. Era de cajón. Si el muchacho no controlaba sus
piernas... El equilibrio era fundamental, la perfecta composición del cuerpo
podía evitar que te hicieran caer con un golpe de lo más simple. El muchacho
tenía buena cintura, pero necesitaba trabajar sus piernas.
Amadeo sintió a Pocacosa ronroneando entre sus pies, y
decidió prestarle algo de atención. Ya se había acostumbrado el gato al nuevo
horario, y su dueño no le volvería a pillar durmiendo sobre la cama, aunque
despertara desde hacía un par de semanas, cuando el Sol apenas entraba en la
habitación.
(...)
-Sigue siendo torpe con las piernas -dijo Amadeo, abriendo el
frigorífico y buscando en su interior el botellín más frío que encontró.
-Lo sé, pero le cuesta hacerse con ellas -Ricardo ni siquiera
estaba sentado; aquella noche tenía intención de irse pronto-. Y mira que le
insisto...
-No lo suficiente, parece -empujó la portezuela de la nevera
con inusitada fuerza.
-Vamos, Jinete, ¿cuándo piensas hacer tu 'aparición estelar'?
Estoy más que cansado ya de verte a este lado del cristal... Sobretodo, cuando
sé que te mueres de ganas por bajar.
-Creo que no te pago lo suficiente -Amadeo sonrió, pero muy
levemente-. Tu labor psicoanalítica no tiene precio.
-Él sabe que vas a bajar. Yo también lo sé, y tú sabes que
sólo es cuestión de tiempo que lo hagas. ¿La espera es por tu orgullo?
-Confío en tu capacidad para conseguir que sus piernas dejen
de parecer débiles espárragos. Además, le tengo cierta manía a ese muchacho. No
creo que pudiéramos trabajar juntos.
-Mírale... Ya ni siquiera el gato se toma en serio tus
palabras -Pocacosa estaba boca arriba, agitando su cuerpo contra la toalla
arrugada, tratando de rascarse.
-Pocacosa nunca me ha tomado en serio. Y tú tampoco. Siempre
tengo la sensación de que soy el último monigote en este circo -Amadeo ya se
había dejado caer sobre el colchón desmadejado de la cama, bebiendo la segunda
cerveza de la noche.
-Y lo eres porque tú lo has querido así, Jinete.
-Ese muchacho tiene fuego en los puños.
-Tiene tu misma mirada.
-Más fortaleza de la que aparenta.
-Nunca será un peso pesado, Jinete, y necesita mucha
disciplina. Nadie sabe más de eso que tú, ¿verdad? -ahora Ricardo había
recostado su trasero en una mesa que se suponía escritorio, pero era en realidad
un depositario de todo lo que no caía al suelo.
-Mañana -dijo Amadeo-. En cuanto llegue.
-¿Le vas a dar tu discurso de bienvenida? -el hombre sonrió,
con cierta satisfacción; parecía orgulloso-. Más te vale ensayarlo, porque lo
tienes tan apolillado como ese asqueroso y sucio colchón en el que duermes.
-Podría tumbarte de un puñetazo si quisiera. Aunque hubiera
bebido quince cervezas, seguiría siendo más fuerte y más ágil que tú.
-Estoy deseando verte de nuevo ahí abajo, Amadeo. No te
imaginas la ilusión que me hace, contemplarte otra vez con unos guantes en tus
puños.
-No te animes, compañero, que sólo quiero tener una
conversación con el muchacho.
Ricardo sonrió, y Amadeo decidió entonces que ya no bebería
ninguna cerveza más aquella noche.
.................
El muchacho se apartó bruscamente, quedando la mano de Amadeo
colgando en el aire.
-¿Era necesario esto? -dijo Fran, mientras se tocaba el labio
con dos dedos.
-Lo siento -respondió Amadeo, aunque más por cumplir, que por
sentirlo realmente-. Pero ¿qué quieres que te diga, chico? Esto es boxeo. Si
creías que íbamos a jugar a las chapas, te has confundido de gimnasio.
-Vete a la mierda -rugió el joven, notablemente contrariado.
Fran se fue a sentar sobre un potro bajo que había cerca de
la puerta del despacho de Ricardo. Esa zona estaba escasamente iluminada. Amadeo
sólo había dejado un fluorescente encendido, el que iluminaba el cuadrilátero
que presidía el local.
-Ya te he dicho que lo siento... -repitió el Jinete, que
seguía sin sentirlo-. ¿Acaso crees que cualquier cabrón con el que te subas a un
ring, te va a pedir disculpas después de romperte la cara? -parecía tan enfadado
como el chico.
Amadeo llegó hasta Fran y le vio allí de espaldas, con la
cabeza gacha, aún tocándose la herida sangrante del labio. Sólo entonces empezó
a sentirlo de veras. No por haberle golpeado, algo a lo que el chico se tenía
que ir acostumbrando, si no por haberlo hecho a traición y motivado por algo
personal.
Hacía ya tres semanas que habían comenzado con los
entrenamientos privados, con el gimnasio ya cerrado y ellos dos solos, frente a
frente. En todo ese tiempo habían mantenido múltiples combates dialécticos, una
motivación extra que parecía funcionar para los dos, y ya Fran se había soltado
hasta el punto de empezar a tutearle. Pero aquella noche había cruzado una
barrera que Amadeo creyó inoportuna.
El chico se había pasado de la raya, y el Jinete se lo había
cobrado con dos puñetazos directos a su cuerpo. Veloces, inesperados, dos golpes
para los que Fran no estaba preparado. Uno le había rajado el labio. El otro se
había estrellado en su estómago. Los dos le habían dejado noqueado.
-Lo siento... -repitió una vez más Amadeo, mientras su mano
volvía a flotar casi involuntariamente en el aire, en dirección a la cabeza del
chico.
Le acarició el cabello sudado con el mismo cariño que ponía
en sus caricias a Pocacosa. El mismo afecto sincero. Esta vez Fran no se apartó
bruscamente. Fue Amadeo quien decidió separarse y entrar en el despacho de
Ricardo. De allí recogió un gran maletín blanco, que hacía las veces de
botiquín, y con él volvió a salir. Fran seguía con la cabeza gacha. Parecía más
decepcionado que enfurecido, y Amadeo sabía que tenía motivos para ello.
-Déjame que te vea eso -inquirió el hombre, llevando una mano
hasta la barbilla de Fran.
-Sólo es una puta herida... -gruñó el joven-. No creo que me
vaya a morir por esto.
Amadeo ya tenía una gasa húmeda en la otra mano. Con sumo
cuidado fue limpiando el pequeño reguero de sangre que caía bajo el labio, en el
cuello, en el pecho del chico. Fran tenía el cuerpo caliente. Sus pulmones se
inflaban aún con agitación bajo aquellos pectorales que empezaban a adquirir
cierta presencia imponente. Amadeo deslizó la gasa húmeda por el escaso vello,
limpiando el rojo oscuro de la sangre. Seguía levantando la cara de Fran con una
mano en su barbilla, y los ojos del chaval estaban clavados en los de su
entrenador.
-Parece que me estés operando a corazón abierto. No es el
pecho lo que me duele... -dijo Fran, con algo parecido a una sonrisa.
Amadeo le miró, y de repente se sintió un tanto ridículo.
-Estás manchado de sangre. Sólo trato de limpiarla.
-Lo sé.
-Es lo mínimo que puedo hacer, después de partirte el labio.
-Te lo agradezco, pero tienes razón -dijo Fran-. No puedo
comportarme como un crío.
-Es que 'eres' un crío -matizó Amadeo-. Ni siquiera tienes
dieciocho años. No hace falta que te comportes como un hombre.
-No te creo -Fran cogió la mano de Amadeo-. No creo para nada
que me veas como a un crío -levantó la mano del hombre, y la puso entre medio de
los dos-. Y no deberías ser tan rácano con las gasas.
Aquella había perdido por completo el color blanco con el que
se creó, y ahora tenía una tonalidad oscura, casi negra. Amadeo notó de nuevo
esas palpitaciones. Su pecho no se llegaba a inflar tanto como el de Fran, pero
las pulsaciones, esa leve sensación de bombeo acelerado, estaban cada vez más
presentes en su vida. Las tenía presentes al despertar por las mañanas, cuando
sus primeros pensamientos iban dedicados a la noche anterior, al entrenamiento
del último día. También cuando le veía entrar en el gimnasio, con su mochila al
hombro y la mirada casi extraviada. Fran levantaba la cabeza y le veía al otro
lado de la persiana metálica, observándole sin esconderse.
Pero esas palpitaciones llegaban a un punto álgido por las
tardes, cuando Fran volvía después de un anodino día en el supermercado y le
veía deseoso de descargar adrenalina. Entonces el corazón de Amadeo bombeaba
incansable, insuflándole una vida de la que se había privado hacía muchos años.
¿Era el boxeo, o era Fran? Tal vez fuera un poco todo junto, mezclado, como una
coctelera de dinamita difícil de manejar sin correr riesgos.
Amadeo apartó la mano. Dejó la gasa sucia sobre el potro,
junto a Fran, y tomó otra del paquete que había en el botiquín. Era consciente
de que la mirada del chico estaba clavada en su rostro; la sentía como una
cuchilla de afeitar ya gastada, haciéndole diminutos cortecillos que no le
dolerían hasta lavarse la cara con agua fría.
-Claro que te veo como a un crío. A lo mejor pretendes que te
mire como a un futuro campeón del mundo... -rechistó, sin levantar la voz-.
Ojalá me dieras motivos para ello.
-Eso. Hazte ahora el tipo duro.
-No tengo que fingirlo, chico -se volvió hacia Fran con la
nueva gasa en la mano-. La vida me ha hecho un tipo duro.
Fran elevó directamente la cabeza, mirando hacia el
fluorescente apagado que había sobre ellos. Al darle la luz de frente, la cara
de Amadeo brillaba. Su mirada era como dos luciérnagas capaces de iluminar un
rincón de la noche. De nuevo esas palpitaciones, mientras seguía acariciando el
pecho de Fran con la tela suave de la gasa.
Ya no había restos de sangre medio seca. El pecho estaba
limpio, pero Amadeo siguió recorriendo la zona con lentitud, como si quisiera
hacer brillar el escaso vello. Fran seguía con la cabeza inclinada hacia arriba
aunque sus ojos estaban ahora entornados, semi cerrados. Sabía que su pecho
estaba limpio, pero aún así seguía notando la suave caricia de la gasa en él.
Entonces fue bajando la cabeza, hasta encontrarse con las dos luciérnagas, que
dirigían sus focos de luz un poco más abajo. Los siguió. Los encontró. Estaban
en las manos de Amadeo, sobre su abdomen.
-Siento haberte golpeado -dijo el hombre en un susurro.
-Y yo siento haberte cabreado.
Fran llevó sus manos hasta el borde posterior del potro,
inclinando ligeramente su cuerpo hacia atrás. Amadeo notó ese leve movimiento en
el abdomen contraído del chico, que volvía a mirarle a los ojos. ¿Qué estaba
pasando? ¿Porqué no retenía aquel impulso, aún a sabiendas de que el muchacho
era consciente de lo que sucedía? La mirada de Fran evidenciaba que no se sentía
en absoluto incómodo.
Amadeo apartó las manos, primero la que seguía portando la
gasa; después la otra.
-Ya no te sangra el labio -dijo en voz baja, tratando de no
romper aquel momento de intimidad.
-Aún lo noto caliente.
-Te escocerá toda la noche -le avisó-. ¿Qué tal el estómago?
-También lo noto caliente, pero ya no me duele como antes.
Amadeo trató de recobrar la compostura, recordar el motivo
por el que estaban ahí los dos, reparar el instante de fervor evaluando los
daños.
-Creo que hemos acabado por hoy -dijo con firmeza, como un
viejo profesor que se quita las gafas y se frota los ojos para dar a entender
que las clases han concluido.
-¿No vamos a seguir? -preguntó Fran, echando de nuevo el
cuerpo hacia adelante; colocando las manos sobre sus piernas-. Hace falta mucho
más que esto para dejarme kao, Jinete.
Continuará...