Esclava1988
Mi amo cuyo nombre estoy obligada a mantener en secreto
quiere que publique en relatos las experiencias que tengo con él para leerlas
cuando no esté conmigo y eso es lo que voy a hacer a partir de ahora.
Cada experiencia la relataré y él las leerá, junto con
vosotros, claro.
El quiere convertirme en una especie de sumisa universal con
miles de amos. Y en todorelatos las historias las leen cientos, incluso miles de
personas.
Tu, querido lector, eres mi amo virtual a partir de ahora,
poséeme y goza de mi sumisión. Lleva mis experiencias a tus sueños y ocupa el
lugar de los hombres y mujeres que me mandan y poseen.
No te molestes en votar estos relatos o calificarlos. No es
ese el objetivo de su publicación.
Lo que mi amo te agradecería es que escribas comentarios en
los que me trates como lo que soy una esclava, insignificante y obediente. Me
hará leérselos para su excitación y goce.
Como último detalle mi amo me ordena que te diga que estos
relatos los escribiré desnuda ante el ordenador, con un collar de castigo en mi
garganta y unas botas hasta medio muslo de charol negro.
Así que ya sabes como estoy en el momento de teclearte estas
letras. Mi ciberseñor.
JAZMÍN
Fue en el chat de todorelatos donde conocí a mi dueño.
Buscaba desesperadamente alguien con quien satisfacer un instinto que me
persigue desde que tengo uso de razón. El de ser dominada.
Ingresé en el chat con el seudónimo de sumisa30. Justo los
años que tengo, bueno tengo 29, pero cumplo los treinta justo al empezar el año
2008.
Se abrieron decenas de ventanas, un bombardeo de invitaciones
y frases de todo tipo. Me excité sólo con leer alguna de ellas:
Puta, necesito que seas mi zorra incondicional.
Te maltrataré como la guarra que eres.
Necesito una esclava para que me coma la polla mientras
fustigo su culo.
Y así unas cuantas más. Me hubiese quedado con cualquiera de
ellas. Pero ya que tenía la posibilidad de entablar contacto con quien quisiera,
me permití escoger una que decía:
Desnúdate, amordaza tu boca y después ponte de rodillas.
Entonces tu amo hablará contigo.
Hice todo lo indicado apresuradamente. Me desnude y con mis
propio tanga amordacé mi boca, quité la silla y me arrodille sobre el jersey y
la falda que tiré en el suelo. Entonces tecleé:
Ya estoy mi amo.
¿De donde eres?
De Barcelona, escribí.
Me viene bien. Vivo aquí también.
Al leer la frase mi corazón dio un vuelco, le sentí cercano,
como si estuviese en mi salón y la posibilidad de que el amo que tenía al otro
lado del chat se convirtiese en experiencia de carne y hueso excitó mis neuronas
y mi cuerpo de forma automática.
Me dio su dirección de msn y me dijo que pasara
automáticamente y conectase mi cam, quería comprobar mi obediencia.
Abrí mi msn, le agregué a mis contactos y le envié la
invitación a recibir mis imágenes.
Enfoqué la cam de forma que pudiese verme totalmente desnuda,
de rodillas y con mi boca amordazada por las bragas.
Leí el rótulo de –conexión establecida- y supe que me veía.
No era videoconferencia, sólo imágenes, así que toda nuestra
comunicación era a base de tecla.
Quítate la mordaza y lame tus pezones.
Estaba excitadísima, era la primera vez que un hombre me
hablaba (escribía) en ese tono. Sin peticiones, sin por favores, con un lenguaje
taxativo, imperativo.
Me gustaría verte a ti también. Escribí antes de tomar mis
abundantes pechos y elevarlos hasta mi lengua.
Si vuelves a hablar sin mi permiso o a hacerme la más mínima
petición, nuestra relación habrá terminado.
Puedes escribir las siguientes frases, sí amo, no amo, si
señor, no señor y completarlas de modo sumiso.
Esclava de mierda.
No me hagas enfadar de nuevo.
Si estuviese contigo te habrías ganado tu primer azote.
Y continuó: Me vas a ver sí, pero cuando yo decida.
Cerda inútil.
Muerde como castigo uno de tus pezones.
Noté una gota de mi flujo escaparse entre los labios de mi
chochito. Agarré mi pecho izquierdo y mordí su pezón hasta hacerme daño.
En la pantalla saltó otro texto:
Sé que te ha dolido, así me gusta, que no finjas conmigo.
Es viernes, ¿estás libre esta noche?
Si mi amo, estoy a tu disposición mi señor.
Pertenezco a un club, lo llamamos La Orden.
De repente llegó la invitación de mi amo para aceptar su cam
y lo hice rápidamente.
En mi monitor apareció su pene erecto acariciado por lo que
parecía ser el mango de un látigo.
¡Qué polla!, tendría veinte centímetros por lo menos. No
necesitaba más datos de aquel anónimo dueño para quedar incondicionalmente
poseída por su voluntad.
Esta noche vendrás conmigo, entrarás en la Orden como
aspirante.
Tu nombre será jazmín.
Si mi amo, contesté.
Vendrás desnuda. Sólo con una gabardina.
Sí mi amo como usted mande, cumpliré todas sus órdenes.
Ponte las botas más altas que tengas. Pinta tus labios y
todas tus uñas con un rojo poderoso y recoge tu pelo en un coco alto.
Yo tecleaba encendida en una hoguera interior.
Sí, tu esclava obedecerá.
Me citó en la puerta de una conocida y céntrica cafetería a
las nueve de la noche y sin pronunciar palabra alguna de despedida cortó la
comunicación conmigo.
Me quedé mojada de rodillas ante el ordenador.
No puede evitarlo y me masturbé de forma frenética ante la
ventana vacía de mi amo.
Debo confesar que me daba algo de miedo la idea de haber
quedado con un desconocido del que solo conocía su pene, su mano y el agarre de
su látigo. Hoy la sociedad no está como para tomar ese tipo de riesgos, pero me
podía mi excitación ante la realización de un sueño largamente acariciado.
Pasé como dos horas arreglándome. Tenía la necesidad
imperiosa de agradar a tope a mi amo. Recogí mi pelo esmeradamente en un coco
alto como me había dicho. Mi cuello quedaba desnudo e incitante subiendo blanco
y suave hasta la nuca. Me hice la mejor manicura y pedicura que se pueda
imaginar y pinté mis labios y uñas con un color rojo pasión muy oscuro.
Luego me puse unas botas negras a media pantorrilla, eran las
más altas que tenía y una gabardina verde botella que guardaba desde hacía años
sin ponerme.
Tenía una pinta rara, cuando me miré al espejo, pero me
agradó el sentir mi cuerpo desnudo bajo la gabardina, mi coño y mis tetas
desnudas, tan solo separadas de las pesquisas de los mirones por la fina tela.
Tomé un taxi y me dirigí a la cafetería.
Allí estaba con mi gabardina y mis botas de tacón alto
paseando nerviosa la puerta de la elegante cafetería de un lado al otro. Un
señor mayor de unos cincuenta y cuatro años se me acercó y me dijo: ¿Estás sola
mi amor?, mi corazón dio un vuelco. Le sonreí sin tener claro si sería él o no,
pero mis dudas se disiparon cuando me invitó a cenar.
No era él. Me puse a explicarle que había quedado y que mi
novio estaba a punto de llegar.
Aún estábamos charlando cuando vi el coche negro, una berlina
imponente de Mercedes con los cristales totalmente opacos aparcar en la misma
puerta de la cafetería, llevaba un conductor de esos con gorra y todo.
La puerta trasera se abrió y una voz recia, como con eco sonó
desde dentro: ¡Jazmín!
Me olvidé del señor que tenía a mi lado y caminé como una
autómata hacia el lujoso automóvil.
¡Dios mío, que boato! Su interior tapizado en cuero color
arena. Entre mis rodillas y el asiento de alante cabía otro asiento. Enseguida
caí en el detalle. Olía a jazmín, el nombre que mi amo había elegido para mí.
El conductor se había apeado y cerraba la puerta detrás de mí
ante la mirada atónita de todos los transeúntes, incluido el cincuentón que me
había pretendido. Cuando subió y ocupó su sitio una mampara opaca nos separaba,
dotando al habitáculo trasero de un perfecto aislamiento acústico y visual.
No me atrevía a mirar a mi lado la figura de mi dueño,
oscurecida por la noche y los cristales tintados. No me atrevía a hablar sin su
consentimiento. No me atrevía casi ni a respirar.
Tomó dulcemente mi mano y la besó con un beso paternal pero
apasionado. Sus labios quedaron posados mansamente en el dorso de mi mano, para
luego recorrerla hacia abajo besando quedamente cada uno de mis dedos. Luego la
retuvo entre las suyas y comenzó a hablarme en un tono inesperadamente suave y
tierno.
Jazmín, pierde el miedo. Me dijo. Nada malo te va a suceder.
He de aclararte algunos pormenores.
Serás mi esclava incondicional, pero solo me mostraras
sumisión cuando estemos a solas o en La Orden.
Por ejemplo, si te invito a una fiesta o a un acto social, te
comportarás como lo haría cualquier chica con su pareja.
He de aclararte también, que no se trata de sadomasoquismo.
Así que no recibirás trato vejatorio o doloroso en ningún momento. Sólo cuando
me desobedezcas o no te comportes como debes te impondré algún tipo de castigo.
Mírame, dijo. Hasta entonces no me atrevía a hacerlo y miraba
al frente, embriagada por sus palabras, por la situación y por el olor a jazmín.
Ladeé mi cabeza y contemplé un hombre elegante, vestido de
etiqueta, pero sobre todo joven, no me esperaba un hombre tan joven.
Veinticuatro años, no más.
Y yo en las puertas de los treinta, eso sí soy una hembra
espléndida y rotunda de carnes justas y curvas amplias. Vamos, os lo digo
enserio, un polvazo.
Su mano abandonó la mía y se dirigió al cinturón de la
gabardina. Según deshacía el lazo e iba desabrochando lentamente cada uno de sus
botones me dijo:
No conocerás mi nombre, ni yo el tuyo. Para ti seré
simplemente tu amo. Y si tienes que preguntar por mí o buscarme en La Orden, mi
nombre allí es Alazán.
Sacó un móvil de última generación, negro, precioso y lo
metió en el bolsillo de mi gabardina. Aquí, dijo, recibirás mis llamadas y
mensajes. En la agenda hay dos números memorizados, uno el de Alazán y otro el
de la casa donde está La Orden.
Cuando terminó de decir aquellas palabras mi gabardina había
sido abierta del todo y mi cuerpo lucía espléndidamente desnudo.
Metió el dedo anular en mi boca y me ordenó que lo chupara y
que cerrara los ojos. Obedecí. Su otra mano acariciaba mis pechos. Mis pezones
estaban duros como gominotas de fresa. Sentí que se movía en el asiento, yo
tenía mis ojos totalmente cerrados y rozó sus labios con mis labios, mi cara, mi
vientre.
Abre las piernas, me ordenó. Yo me atreví a pronunciar mis
primeras palabras. Sí mi amo, dije, y le abrí las piernas mostrando mi coño
depiladito y palpitante.
Así me gusta, dijo, vamos bien.
No se describiros mi excitación. Lo que me estaba sucediendo
era mi sueño más intenso hecho realidad.
Saca mi pene y come. Me dijo. Puedes abrir tus ojos.
Me arrimé a él, temblando. Corrí la cremallera del pantalón y
metí mi mano. Me costó dar a luz aquel inmenso cipote totalmente erecto. Me
incliné y comencé a lamer como una perra inhalando sus olores, degustando el
manjar. Daba vueltas con mi lengua a su capullo hermoso y rojo. Quería
agradarle, ganármelo para siempre, le acariciaba los testículos mientras
engullía y frotaba suavemente con mis dientes el cilindro terso y palpitante.
Para cerda, me dijo. Era la primera vez que me insultaba y
aquel insulto sonó en mis oídos como el mejor de los cumplidos.
Me costaba separar mi boca de aquel instrumento tan grande y
henchido. No quería sacarlo de mi húmedo refugio.
Te he dicho que pares, puta.
Me distancié de él, mientras guardaba su polla de nuevo.
Estamos llegando me dijo. No quiero volver a tener que
repetirte ninguna orden. ¿Me entiendes?
Si mi señor, perdona a tu inútil sierva. Contesté.
Arréglate. Ha llegado tu momento.
Vi una verja automática abrirse para dejar paso al coche unos
jardines inmensos y un palacete modernista al fondo, iluminado discretamente.
Fue lo último que vi. Alazán me puso un antifaz negro que tapaba mis ojos e
impedía absolutamente la visión.
No se te ocurra quitártelo. Amenazó en tono duro e
intimidante.