1- FIN DE CARRERA (continuación)
Tras unos minutos en el auto, Alfonso, que ya me conoce bien,
me dijo: - algo te pasa, te lo noto-.
-No aguanto más, Fonsi-, le dije. Él me conocía y sabía a que
me estaba refiriendo.
-¿Otra vez ha habido bronca entre tus padres?-, me preguntó.
-A las tres de la mañana-, le respondí. Y le conté la
historia.
Y continué explicándole lo que ya le había dicho mil veces.
Que necesitaba salir, liberar mis días de la presencia de mi padre, que ya con
el título universitario en el bolsillo, iba a buscar trabajo lo antes posible y
que en cuanto tuviese algo de dinero me buscaba cualquier habitación o pisito y
me iba de mi casa. Y continué: Lo sentiré por mi madre, pero sé que ella se verá
más libre si no estoy viviendo con ellos y a lo mejor da el paso de dejar a ese
gilipollas energúmeno. Si es necesario, que se venga a vivir conmigo.
Él me contestó: -dale tiempo al tiempo, cariño. Hoy tienes
que disfrutar, tenemos que disfrutarlo, éste es nuestro día. Olvida lo de
anoche. Hemos estado esperando este momento un montón de tiempo-.
Apartó la vista de la carretera un segundo y me miró
dedicándome una de sus especiales sonrisas.
Tenía un poder de convicción inmenso cuando quería. Guardé
mis pensamientos de lo sucedido en casa en lo más recóndito de mi subconsciente,
extendí mi mano y acaricié la sonrisa que aún permanecía en su rostro. Él, sin
apartar los ojos de la carretera, besó mis dedos rozándolos con sus labios y
posó su mano sobre mi muslo en una caricia dulce y cargada de erotismo.
Conducía con la mano izquierda y con la otra me acariciaba la
pierna subiendo delicadamente en cada caricia en busca de mis secretos. Me
gustaba sentir su permanente excitación. Me halagaba saber que mi acicalamiento
obtenía sus frutos y me excitaba sentirle, próximo, cada vez más y más próximo.
Abrí mis piernas para dar a sus dedos la oportunidad de
dibujar la línea de mi sexo sobre la braguita. Y así sucedió. Por segunda vez
aquella mañana veía medrar bajo el pantalón vaquero los volúmenes de su deseo.
Un pequeño volantazo me convenció de abortar la aventura.
¡Conduce. Un día nos vamos a matar! Le indiqué. Y apartando,
muy a mi pesar la mano que me acariciaba, puse la música del coche y tiré de mi
faldita hacia abajo para ocultar el motivo evidente de sus distracciones.
El campus lucía esplendido, soleado y veraniego. En las
praderas de hierba grupos de estudiantes retozaban y charlaban animadamente. Se
respiraba ese ambiente prevacacional y festivo.
No pude evitar, caminando de la mano de mi chico, sentir un
hondo sentimiento de nostalgia y tristeza. Todo aquello estaba agonizando. Fuera
me esperaba otro mundo muy distinto.
Decir adiós a tu "motus vivendi" de cinco años, decir adiós a
todos aquellos sitios plagados de vivencias y anécdotas era duro para mí.
Siempre me gusto la atmósfera universitaria. He sido buena
estudiante, constante y no muy tonta que digamos. Así que mis calificaciones
nunca se acercaron ni de lejos al precipicio del suspenso. Vamos, que el número
cuatro que había obtenido entre mis competidores era para mí un orgullo y me
había proporcionado, aun antes de terminar la carrera, alguna que otra oferta de
empleo.
Mi holgada singladura por los océanos del saber, me
proporcionó además la tranquilidad necesaria para gozar de todo lo que lleva
consigo esa vida, algo bohemia y muy sacrificada. Grandes amistades, además de
la de Alfonso, se habían engendrado al calor de los libros, las conferencias,
las clases, la biblioteca y, por qué no decirlo, las alocadas y divertidas
fiestas que por distintos motivos, no paraban de organizar constantemente todas
las facultades.
El acto de entrega de títulos tuvo lugar en el Aula Magna.
Todo muy académico y solemne. Por orden inverso al número obtenido fuimos
saliendo y recogiendo nuestros diplomas. No me gustan ese tipos de actos, sobre
todo lo de salir ante la vista de todos y recibir los aplausos. Estaba deseando
que terminara. Aunque la verdad es que en el momento de agarrar aquel trozo de
papel cuidadosamente enrollado y atado con una cinta roja sentí que todo
cambiaba. Un punto y aparte daba paso a nuevos capítulos en mi vida.
No sé de quien era el chalet donde se celebró la fiesta.
Alfonso condujo como una hora hacia las afueras de la zona norte de la ciudad.
La sierra de Madrid dibujaba contra el horizonte azul sus picos, y la autopista
dio paso a una carretera nacional de doble sentido que serpenteaba entre los
alcornoques y las encinas que dormitaban sobre una alfombra amarilla y seca.
La urbanización era coqueta, de gente de pasta, se veía. Los
chales eran individuales e inmensos y nos costó un buen rato encontrar la
dirección concreta.
Un video portero nos dio la bienvenida y el quejido de la
apertura automática nos abrió los internos paisajes de la mansión.
En el exterior los primeros en llegar ya se daban los
primeros chapuzones en la piscina o retozaban en la pradera.
Entre una cosa y otra eran ya la una y media de la tarde y el
sol de finales de junio se dejaba sentir. Alfonso me invitó a ponernos en
bañador y darnos un chapuzón y a mí me pareció muy buena idea, sobre todo cuando
de lejos advertí la presencia de Marta en el agua.
Marta era mi mejor amiga de la facultad. Tenía un añito más
que yo, veinticinco, era pelirroja y rellenita y rebosaba vitalidad por los
cuatro costados, yo diría que era algo escandalosa.
Me saludaba desde el azul tirando agua hacia arriba y dando
esperpénticos saltos en los que sus abundantes pechos botaban llamando la
atención de cuantos la miraban.
Intuí que quería decirme algo. Tardé cinco minutos en estar
sumergida con ella en el agua, Alfonso como era habitual en él se enrolló con
los chicos que consumían la cerveza fría por litros.
-Nuria, menos mal que has venido-, me dijo Marta presa de una
excitación que hasta en ella resultaba exagerada. -¿Qué pasa?- le pregunté.
Me contó que había conocido un chico, bueno un hombre. De
unos treinta y dos años y que estaba "enamorada hasta las trancas". Pormenorizó
y describió los detalles físicos y psíquicos del elemento. Alto, morenazo,
apasionado y además ejecutivo de la empresa Meliá. Con un mercedes descapotable
blanco y un apartamento en la Calle Serrano.
Le pregunté que qué hacía que no estaba con él y me contestó
que había tenido que salir de viaje al Caribe. Coordinaba los hoteles de aquella
zona y viajaba con frecuencia. La había invitado a ir con ella pero le pareció
precipitado. Acababa de conocerle.
¡Estás tonta!, le contesté. Con lo que a mi me atraía viajar.
Soñaba día y noche con la posibilidad de alejarme, de perder mis pasos a otro
mundo, otra gente. Renovarme, plantar mis raíces, las raíces de mi nueva vida en
otro sitio.
No me vas a creer, continuó Marta, sé que no he tenido ni una
relación estable en estos años, como la tuya con Alfonso, pero creo que Alberto
va en serio. No se ha apartado de mí ni un segundo en dos días y me ha dicho las
frases más sinceras que he escuchado de la boca de un chico en toda mi vida.
Se la veía excitada, ilusionada y enamorada a más no poder.
Le dije que me alegraba por ella y era cierto. Marta se lo merecía de verdad,
encontrar alguien de su altura moral, desinteresada y volcada con los demás.
Las confidencias se extendieron a un nuevo grupo de amigas
que llegó al agua. Yo me dediqué a nadar un rato. Me gustaba sumergirme en el
liquido fresco, sentirme flotar buceando, tumbarme flotando boca arriba
sintiendo el sol en mi rostro.
Era feliz, algo era distinto hoy al día de ayer. Tantos años
de estudio, tantas noches de flexo amarillo y ojos rojos. Tantos cafés. Tantos
exámenes y trabajos. Me sentía liberada y con unas ganas inmensas de vivir. Pero
a la vez el miedo a lo desconocido enturbiaba ligeramente mis eufóricos
sentimientos.
La tarde fue transcurriendo apacible y animada a la vez,
música, barbacoa y bebida, pinchitos y canapés dieron paso a cubatas de todo
tipo. Bailé, comí y bebí. Cambié mil veces de compañeros de charla y de risa y
de baile. Alfonso se encontraba a gusto, con sus amigos era un hombre ruidoso y
divertido. De vez en cuando se acercaba, me besaba, acariciaba mi pelo húmedo y
después se volvía a perder entre la gente secuestrado por algún amigo.
Recuerdo que eran las seis de la tarde porque me llamó
poderosamente la atención un reloj que sobre la misma hierba del jardín giraba
marcando las horas. Varias veces lo miré.
Alfonso vino y me tomó de la mano. Vente, me han dicho que en
el piso de arriba esta vacío un dormitorio.
Subí en bañador con mi ropa y los zapatos cogidos en un
brazo. Tuvimos que tantear dos habitaciones cuyas puertas tenían el pestillo
echado antes de dar con la habitación vacía. Era un dormitorio de niña, con una
sola cama individual pero espaciosa. Toda la decoración en rosa fucsia y morado,
precioso.
Aún estaba contemplando los adornos, la lámpara y los
detalles de la bonita estancia cuando sentí deshacerse el lazo del sujetador de
mi bikini.
Alfonso se había colocado detrás de mí y me había dejado con
los senos desnudos cimbreantes y esbeltos. Yo me veía reflejada en el espejo
exterior de un armarito que había en la esquina del cuarto. Las manos de de mi
chico tomaron posesión de mis desnudeces acariciando mis pechos y besando mi
nuca. Sentí bajar su bañador y la presión de sus jóvenes durezas contra el mío,
justo entre las dos mitades de mi culito.
Me volvía loca sentirle erecto sobre mí. Me invadía una
especie de languidez placentera que hacía que me dejase llevar. No sólo soy más
tímida y retraída que él sino que en el sexo adopto una actitud más pasiva. Me
dejo llevar por su pasión y su desenfreno. Me siento a gusto, como mecida por el
viento, navegando sin el esfuerzo de tener que tomar la decisión de que hacer.
Mírate, me dijo,¡ que hermosa eres!, mientras sus manos
bajaban la otra parte de mi bañador y me dejaban frente a mi misma despojada de
todo decoro. Su mano hizo la vez de bañador, tapando mi sexo, sus dedos se
perdieron entre los caracoles oscuros e íntimos de mi vientre profundizando las
caricias, buscando hasta encontrar lo que anhelaban, y yo sólo me dejaba hacer,
entornando mis ojos y sintiendo llegar como marea cálida las gotas del placer a
mi palpitante gruta.
Me llevó al lecho rosa y morado. Las sábanas estaban
arrugadas y aún olían a la última pareja.
Por un momento tuve una ligera preocupación por el dueño del
chalé, pero la llegada del cuerpo de Alfonso sobre el mío me retornó súbitamente
a mi maravillosa realidad. Me cubría como una manta cálida y viva. Nos
besábamos. Mis manos recorrían su inmensa espalda y la abrazaba con todo el amor
del mundo. Mis piernas se abrían para recogerle. Por fin le sentí llegar duro y
suave a la vez y quedamos unidos, el penetrando con vigor yo deseándole dentro,
más y más dentro.
Sus envites fuertes y poderosos cimbreaban mi complexión
delgada, rítmicamente. De pronto paraba, me miraba, acariciaba mi boca y me
decía: ¡Cuánto te quiero!, para empezar de nuevo lentamente y volver a acelerar
el mágico traqueteo de su amor.
¡Cuánto le amaba! Esos momentos los hubiese perpetudo en el
tiempo, poseída por él, amada por él.
Le gustaba parar y hacer sus intermedios. Me dio la vuelta,
dejándome tumbada boca abajo, abrió mis piernas y sentí llegar su aliento y se
lengua. ¡Cómo sentía cada roce cada conjunción de sus labios con los inferiores
míos! Su lengua, ágil y experta.
Volvió a subirse en mi espalda y volvimos a sentirnos dentro
el uno del otro. Su mano bajo a mi vientre acariciando lo que por detrás
penetraba.
Llegamos al orgasmo. Yo siempre era la primera. Él me
esperaba, sabía y podía hacerlo. Después de sentirme, aceleró y se dejo ir yo
sentí el calor de su desahogo en mis entrañas.
Al acostarme aquella noche en mi cuarto volví a recordar todo
lo sucedido durante el día y recordé los gritos de la noche anterior también.
Volví a mirar a mis peluches y al cuadro de Alfonso sobre la estantería. Mi
sonrisa fue aún mayor, junto al cuadro de mi novio, enrollado con su cinta roja
y apoyado contra la pared, descansaba mi título universitario.