Cada fin de semana que Cesc, mi primo catalán, pasaba de
permiso en mi casa, yo me acababa matando a pajas. Por la mañana, intentando
pillarle con la trompa bien dura; después, cuando coincidíamos en el lavabo ‘por
casualidad’ (eso parecía siempre) mientras él se duchaba; por la noche, si me
hacía el dormido mientras él se la cascaba con una peli porno...
El último fin de semana antes de licenciarse, a principios de
julio, nada más llegar ya me avisó de que venía cachondo perdido porque llevaba
más de un mes sin follarse a su piba, una catalana morena y maciza llamada
Silvia. Yo, desde lo que pasó con Rober y su hermano Isaac, no había vuelto a
mojar, y también estaba más caliente que un tubo de escape.
Al entrar en la habitación, tiró su petate sobre la cama y se
fue a saludar a la familia. Yo aproveché el momento, con la excusa de recoger un
poco mis trastos, para abrir su equipaje y cotillear entre sus cosas. Llevaba
casi toda la ropa de color verde caqui, del uniforme militar: camisetas con el
escudo del ejército español, y esos slips que me parecían tan de tipo duro. En
una bolsa traía la ropa sucia, y me encantó el olor rancio de sus calzoncillos,
sudados en los días de guardia. También encontré, en el fondo de todo, un par de
revistas guarras con tías frotándose el coño en la portada. Inevitablemente me
puse cachondo, sobretodo por imaginar a Cesc pajeándose con esas revistas.
Aquella noche, él se fue al cuarto bastante pronto. Yo no
tenía sueño, pero poco después de cenar, él se había despedido y me había
preguntado si iba a tardar mucho en irme a dormir. Le dije que le iba a
acompañar, que también estaba cansado. Cesc y yo habíamos tratado bastante, a
pesar de que nos llevábamos más de tres años y de que vivíamos en ciudades
distintas, así que nos teníamos confianza y podíamos hablar casi de cualquier
cosa. Quiero decir que no me cortaba estar a solas con él, a pesar de lo
caliente que me ponía.
Entramos en la habitación y cerramos la puerta. Él empezó a
sacar su ropa del petate, y a tirarla al suelo. Yo me quité la camiseta, pero
fui haciendo tiempo antes de quitarme las bermudas, pues no quería ser el
primero de los dos en desnudarse. Nunca me apetecía ser el primero en dar ese
paso. Cuando llegó al fondo del petate, sacó las revistas guarras que le había
visto antes y las tiró sobre mi cama. Él sabía perfectamente que a mí me ponían
los tíos, pero le molaba bromear para provocarme.
-Toma, primo, te dejo esto aquí por si te la quieres menear
un rato. Si me las pillan en el cuartel, se me cae el pelo.
Le miré y correspondí a su sonrisa cómplice. Fue entonces,
sin darme tiempo a decir nada, cuando empezó el auténtico espectáculo: Cesc tiró
el petate vacío y se sentó en la cabecera de su cama para quitarse las botas. Yo
también me senté, aunque a los pies, pasando las hojas de las revistas, pero sin
perder de vista ni uno solo de sus movimientos. Cuando se hubo quitado las
botas, que dejó tiradas en el suelo, se levantó de la cama y se desabrochó los
pantalones militares. Después se los bajó, dejando al descubierto el slip que
contenía su tesoro, que de perfil a mi derecha se intuía sabroso, al igual que
su redondo culito.
-¿Qué, chaval? ¿Te gusta lo que ves? –me preguntó, como si
hablara de las revistas, pero intuyendo yo que se refería a 'lo otro' que había
en mi campo de visión; ese jueguecito nos había ocupado los casi ocho meses que
llevaba de servicio militar: todas y cada una de sus visitas traían consigo un
juego de dobles sentidos, provocación... y no nos cansábamos de él-. Oye,
Sergio, ahora que hace este calorcito, yo me he acostumbrado a dormir 'a pelo'.
¿Te molesta que duerma en bolas? Es que paso de pijamitas, ¿sabes?, y he
supuesto que como eres marica no te iba a importar.
Con una amplia sonrisa cruzando mi cara, le dije que hiciera
lo que le saliera 'de los cojones', pero a pesar de mi pasotismo, no pude evitar
un nudo en el estómago al anticipar la situación. No tuve mucho tiempo de babear
en fantasías onanistas, Cesc no dudó en desprenderse de los calzoncillos con las
dos manos. Los desenrolló y los tiró junto a las botas. Tuve que frenar dos
impulsos que surgieron de mí en un instante: uno fue el de estirar la mano para
cogerle los calzoncillos y ponerlos bajo mi nariz; y el otro fue el de mirar
hacia su polla directamente, como hipnotizado, o incluso lanzarme con la boca
abierta a por ella.
Cuando se acabó de quitar también la camiseta verde caqui,
que se le ceñía de un modo muy morboso al estómago y al pecho, todo su musculoso
y peludo cuerpo quedó por fin al alcance de mi vista. Mi mirada se fijó en su
rabo unas cuantas veces con mucho disimulo, pues no quería darle la impresión de
ser 'demasiado marica'. No sabía si era producto de mi mente calenturienta, pero
diría que la tenía morcillona.
De ahí saqué la conclusión de que nuestro jueguecito privado
podía ir un poco más allá en aquella ocasión: Cesc llevaba un mes sin follar,
quería dormir en bolas, y me pareció que se le estaba poniendo algo dura ante mi
mirada lasciva. Y es que si aquel nardo estaba así de grande en reposo,
empalmado debía ser un 'cañonazo' impresionante. Mi primo se me acercó tan
natural, pero yo no quise girar la cabeza porque me daba la impresión de que si
lo hacía me iba a dar un 'trallazo' en los mofletes. Sabía que tenía su polla a
sólo unos centímetros de mi boca y aún así me hice el desganado.
-Anda y pásame una revista, primito, ¿o es que los demás no
tenemos derecho a ponernos 'tan alegres' como tú? –sonrió.
¿Tan evidente era mi estado, aún bajo las bermudas? Le tendí
la revista que había a mi izquierda, aunque hubiera preferido que él pasase por
encima de mí para cogerla. Y en pelotas, tal como estaba, se tumbó en la cama
tras empujarme para poder levantar la sábana.
He de decir, sin humildad ya a estas alturas, que me calzo un
pistolón de grandes proporciones, jodidamente enorme y heredado de mi fascinante
padre. Al levantarme, por encima de las bermudas se hizo (ahora sí) muy evidente
que la tenía dura como una piedra. La envidiable tienda de campaña no le pasó en
absoluto desapercibida a Cesc.
-¡Qué hijoputa, menuda polla se te ha puesto! ¿Qué pasa, nen,
que hace días que no te pajeas, o siempre la tienes así de grande?
Yo ya no me podía excitar mucho más, pues la punta del nabo
me empezaba a doler un poco por la presión del bañador. Aunque lo mejor estaba
por llegar: mientras buscaba mi veraniego pijama, percibí sin lugar a confusión
que bajo la sábana mi primo estaba 'plantando' otra apetitosa y sugerente tienda
de campaña. Con decisión, opté por dejar de lado mis pudores, y con naturalidad
me bajé las bermudas, de pie en mitad de la habitación. Me agaché para sacarlas
por los pies, y al levantarme vi que la mirada de Cesc estaba clavada con
descaro en mi tranca tremendamente tiesa. Su cara denotaba que estaba un poco
alucinado.
-Joder, Sergio, cuando te toque hacer la mili, me sé de algún
sargento que se va a dar de ostias por ti.
-¿Y eso por qué? –le pregunté, haciéndome el remolón.
-Pues por 'eso' que tienes ahí –señaló con los ojos mi
entrepierna.
-Yo me la veo normalita –algo condescendiente, sabiendo bien
que mi polla lucía grande y sabrosa; Cesc no era el primero que alababa 'mis
virtudes'.
-Te aseguro que tienes una buena picha, primito. Y si no,
compara tú mismo –sin más, levantó la sábana que le cubría.
Su nardo estaba completamente duro y para mí de lo más
tentador. Era evidente que yo calzaba al menos 'un par de tallas' más, pero el
conjunto que vi sobre la cama me seguía pareciendo mucho más apetitoso. Cesc se
levantó y se puso justo a mi lado, con su brazo pegado al mío.
-¡No me jodas, macho! Menuda diferencia... –y su vista se
repartía entre su tranca y la mía; empezó a sobársela despacio, sin apartarse de
mi lado-. Pero seguro que en 'lanzamiento de lefa' te saco mazo de ventaja...
Venga, a ver quién salpica más lejos.
Yo cogí la punta de mi capullo y empecé a apretarla con
fuerza, casi hasta provocarme dolor. Eso era algo que me ponía mogollón de
caliente. Además, no tenía que hacer ningún esfuerzo por pensar en algo
excitante, pues la proximidad de mi primo pajeándose era toda una fantasía
sexual hecha realidad. Cesc ni siquiera cerró los ojos para imaginarse a su
chica en pelotas. Se contentó con mirar el peculiar modo que yo utilizaba para
darme placer.
-¿Qué te estás haciendo, tío? –me preguntó con curiosidad y
la voz entrecortada por los jadeos ahogados.
-Me aprieto aquí, en la punta, que me pone 'súper burro'.
-¿Que te aprietas dónde? –mi primo dejó de cepillarse el rabo
y simplemente lo apoyó sobre su mano abierta, lo que me pareció una clara
invitación a que le indicara mi particular 'punto G'.
-Es aquí, en la punta –sólo me atreví a señalarlo, pero él
colocó su mano bastante más abajo de donde yo le había indicado.
-¿Aquí en medio?
-No, tío, ¡aquí! –con mi mano derecha sobre la suya, desplacé
ambas unos centímetros hacia adelante; después presioné en la zona, pero sólo un
poco-. Es aquí en la punta, en todo el capullo...
Los ojos de mi primo se movieron lentamente desde las manos
hasta los míos. Me dedicó una de esas sonrisas cómplices que solíamos cruzarnos,
y mientras tanto aprovechó para apartar sus dedos de la zona que ahora solamente
palpaba yo.
-¿Te molesta hacer esto? –me preguntó, en un tono de voz más
confidencial-. Que conste que sólo es porque llevo más de un mes sin 'mojar', y
me apetece un poco de contacto humano.
-No sufras, primo, que no me voy a emocionar más de la
cuenta. Y tampoco es que yo sea 'la presidenta de tu club de fans’,
precisamente...
Cesc, al principio, miraba hacia su polla un poco nervioso,
descolocado por no ser él quien estaba practicándole aquella masturbación lenta
y placentera. Pero después, viendo que yo había dejado de cogerme el rabo para
concentrarme en hacerle un buen trabajo al suyo, tomó la determinación de
corresponder mi generosidad, agarrándomela con demasiada firmeza.
-Ehhh... –protesté, echando el culo hacia atrás-. No tan
fuerte, colega.
-¿Y qué quieres, macho? Es la primera vez que toco un rabo
que no es el mío.
-Tienes que empezar dándole con delicadeza, como te estoy
haciendo yo...
Mi primo evitó en un principio que nuestros ojos se
encontraran. Estaba claro que aquella situación le sobrepasaba un poco. Pero
pronto se le fue pasando el apuro, y cuando me miró al fin, se produjo una
descarga de complicidad como nunca antes habíamos sentido. Incluso me sopesó los
cojones con suavidad, como el feliz explorador que acaba de encontrar una
reliquia desconocida.
Aguantamos así unos minutos, pero Cesc no tardó en separarse
y darme la espalda para caminar hasta la cama. Estuve tentado de correr hacia su
trasero y ensartarle la trompa hasta el fondo, pero me contuve por motivos
evidentes. Él se sentó primero en la cama, y después dejó caer su espalda sobre
la almohada. Me di cuenta de que mi primo había perdido ya cualquier signo de
timidez. Boca arriba y con las manos en la nuca, sabiéndose imponente y deseado,
con la polla inclinada hacia la izquierda y pidiendo a gritos una buena mamada,
Cesc sonrió:
-Siendo tan marica como eres, supongo que sabes hacer algo
más que pajas...
-Ni te lo imaginas, capullo -traté de provocarle, plantado
aún en mitad del cuarto-. Y sean cuales sean mis talentos ocultos, siento
decirte que no los voy a desperdiciar con alguien como tú.
-¿Ah, no? Pues yo creía que a todos los lamepollas se os
abría el culito sólo con ver un uniforme como el mío.
-Es posible, pero si tuviera que comerle la polla a un
militar, te aseguro que sería a alguien con un rango importante, y no a un
soldado raso medio marica...
Cesc se volvió a levantar de la cama al decir yo esto, caminó
hasta mí y me cogió del pelo por la nuca, llevándome a empujones contra la
pared. Nuestras pollas se frotaban en contacto, y su mano me presionaba por
detrás de la cabeza, haciéndome el daño suficiente como para desear un poco más.
La punta húmeda de mi trabuco se le clavaba en los huevos, y la suya me dejaba
pequeños surcos de precum a la altura del ombligo. Me sacaba casi una cabeza de
alto.
-¿Es esto lo que te va, Sergio, un poco de disciplina? -Cesc
había pillado mi propuesta al vuelo-. ¿Quieres que sea un rato tu sargento
chusquero, primito?
-Vas a tener que ser algo más duro, chaval, si quieres que me
meta tu pequeña pollita entre los dientes.
Quería provocarle al máximo, al menos mientras aún
siguiéramos allí los dos con nuestros cuerpos desnudos, ardientes y sudorosos.
Cesc me golpeó la mano, para que la apartara de sus huevos, y se alejó un par de
pasos. Llegó hasta sus botas y su ropa sucia sobre el suelo, y se agachó para
ponerse de nuevo esos calzoncillos verdes que tan cachondo me ponían; también
las botas de cuero negro. La polla se le salía por el estrecho slip: se la metió
hacia un lado, quedando ahora embutida como una salchicha grande y jugosa.
-¡Túmbate en el suelo, soldado! ¡Boca abajo! –me ordenó: yo
enseguida lo hice; se acercó un par de pasos a mi cara-. Ahora ¡chúpame las
botas, cabrón!
El suelo estaba frío, pero yo estaba ardiendo por dentro:
haría cualquier cosa que me pidiera. Saqué la lengua y empecé a lamer el cuero
sucio de sus botas, sabiendo que cumplía así una de las fantasías que cualquier
soldado (veterano o en prácticas) tiene desde el primer momento en que se pone
el uniforme; también una fantasía masoquista de las mías. La última que cumplí
me llevó a dejarme mear por Isaac en su cuarto de baño, con la nariz golpeada y
sangrando... No creía ni de lejos que a Cesc le movieran intereses semejantes.
Por el momento, apoyando las manos en el suelo, empecé a
ascender hasta sus rodillas, dándole pequeños mordiscos. Aquello parecía
excitarle aun más si cabe, sobretodo a medida que yo iba ascendiendo. Cuando
llegué a la altura de sus muslos, mis mordiscos se convirtieron en lametones.
Tenía las piernas peludas, como el resto de su cuerpo, y podía oler la
proximidad de sus cojones, el aroma de sus calzoncillos sudados de todo el día.
Le pedí que se tumbara sobre la cama, y lo hizo. Sumiso, dócil y obediente, nada
que ver con la bestia descontrolada en la que se había convertido el hermano de
mi amigo Rober. A Cesc el papel le venía un poco grande; pero el slip le quedaba
un tanto pequeño, así que una cosa compensaba con creces la otra.
Después, le cogí las piernas por detrás de las rodillas y las
levanté para hundir mi cara por debajo de sus huevos. Hizo presión para
atraparme, mientras me agarraba de la cabeza. Apreté con mi lengua, buscando
atravesar el slip, bordeando el elástico y notando el sabor agrio de los pelos
de su culo. Entonces, tras un movimiento brusco, Cesc se llevó las manos a la
polla y se la sacó, justo a tiempo de correrse en mi cara. Noté el líquido
caliente chocando y resbalando por mi frente y por mis mejillas, por mis labios
cerrados. Saqué la lengua para lamerle los huevos, sabiendo que eso era el
éxtasis absoluto, y me la empecé a menear, con la boca hundida en el tronco de
su rabo.
-¡Espera! -me gritó, aún jadeante-. ¡Súbete a la cama!
Me pasé una mano por la cara para quitarme de encima los
restos de su lefa; luego le hice caso. Poniéndose él de rodillas, me cogió del
culo, abrió la boca todo lo que pudo y empezó a meterse en ella un pedazo de mi
polla, que estaba a punto de descargar. La punta de mi nabo no aguantó demasiado
el contacto con su lengua viciosa y calentorra, y mi semen le llegó hasta la
garganta. El muy hijo de puta no dejó que la sacara ni un centímetro, aún
después de haberme corrido del todo. Siguió mamando y tragando leche con cara de
salido.
Para cuando se la saqué de la boca, la tenía ya bastante
morcillona y con hilillos de su saliva colgando de la punta.
-¡Qué cosa más asquerosa! –dijo, pasándose el dorso de la
mano por los labios.
-Pues bien que te la has tragado, cacho cabrón, que me has
dejado seco –le acusé con una sonrisa de satisfacción, cayendo también de
rodillas sobre el colchón, suspirando agotado; después me tumbé a su lado cuando
él lo hizo-. No sabía yo que la mili te había dado tantas ganas de comer pollas.
¿Te has cepillado muchos soldados en el cuartel, o qué? Porque ahora ya no me
trago lo de la falta de 'contacto humano'...
-Pues te juro que ha sido la primera vez que tocaba un rabo
que no fuera el mío.
-Eso me lo puedo creer. Has sido un poco torpe -sonreí cuando
me pellizcó el hombro-. ¿Y lo de metértela en la boca, tío? Me has dejado
flipando.
-Eso ha sido un impulso, colega. No sé qué me ha dado...
Estaba tan de puta madre, tan a gusto... No sé, he pensado '¿por qué no?, a lo
mejor no vuelvo a tener la oportunidad de probarlo'. Así que lo he hecho, sin
pensarlo demasiado.
-¿Y qué tal la experiencia? -le sonreí de nuevo, encantado de
estar allí con él tumbado a mi lado, en aquella postura tan íntima y después de
una escena tan caliente como la que habíamos vivido; como no respondió a mi
pregunta más que frunciendo el ceño, decidí volver sobre el tema de antes-.
Venga, Cesc, cuéntame lo del cuartel.
-No es nada, simplemente que tenemos allí a una maricona que
nos saca brillo al fusil de vez en cuando. Pero te aseguro que no lo hace con
tantas ganas como tú. ¿Qué pasa, tío? Llevabas todo el año con ganas de
trincármela, ¿no? –se cogió la polla, que se le ablandaba por momentos.
-Pues la verdad es que sí, primito. Ya desde que ponías
ladrillos en tu pueblo, incluso cuando pasé allí el verano con mis padres, y nos
bañábamos en pelotas en el río, ya me la ponías cantidad de dura.
-¡Puto maricón...!
-A sus órdenes, recluta. ¿Te acuerdas cuando te llevaste al
bosque a la guarrilla aquella de la Susi, y te la tiraste en el asiento de atrás
de su coche?
-Ya ves si me acuerdo. Menudo putón aquella piba...
-Pues ahora puedo confesarte que no me fui a dar un paseo,
tal y como tú me ordenaste.
-¿Ah, no, chico malo...? ¿Y qué hiciste entonces, te la
cascaste mientras nos espiabas, viciosillo? -mientras me preguntaba esto
(supongo que sabiendo de antemano mi respuesta), había puesto su manaza sobre mi
cimbrel decaído, y lo acariciaba como si tal cosa, sin darle la más mínima
importancia; tal era el grado de intimidad y suma complicidad que acabábamos de
establecer en nuestra relación.
-Dos veces me corrí, contra el parachoques trasero, mientras
se la metías hasta el fondo. Lo que más me moló es que te la follaras por el
culo. Aquello fue la ostia, tío.
-Qué hijo de puta que eres... pero la verdad es que me
importa una mierda. Sé que estoy buenísimo, y que las maricas como tú se vuelven
locas conmigo.
-Claro, claro... Yo seré una marica, pero tú me has comido la
polla con gula, como si llevaras años deseándolo. Y además, llevas un ratito ya
sobándome otra vez los huevos. ¿Qué pasa, es que te has quedado con ganas de
más?
Interpreté su silencio como un rotundo sí, aunque tenía la
mirada perdida. Me coloqué de costado y estiré mi mano en dirección a su nardo,
aún algo crecido. Me hubiera gustado acercarme a su cara y darle un buen morreo,
volcarme sobre él y que nos abrazáramos tras el clímax de nuestras respectivas
corridas, pero Cesc seguía manteniendo un silencio evasivo.
-¿En qué piensas? -traté de indagar.
-En nada -mi primo sonó poco creíble al decir esto; luego se
lo pensó mejor-. Oye Sergio, ¿tú eres virgen?
-¿Virgen? -me sorprendí-. Pues si te refieres a mi culito, la
verdad es que sí, ¿por qué? ¿Acaso tienes ganas ahora de metérmela? –nuevamente
encendido.
El caso es que entre su mano, que no dejaba de frotarme la
entrepierna pese a su aparente abstracción momentánea, y la conversación tan
caliente que teníamos, mi imaginación se había disparado y tenía ya 'el
pistolón' otra vez con ganas de meneo.
Pero Cesc, tras mi respuesta, se incorporó, y pasando todo su
cuerpo peludo y caliente por encima de mí, saltó de la cama, me dijo que se iba
a dar una ducha, y que me tapara si no quería que mi madre nos pillara en
pelotas y con las sábanas llenas de semen. Me quedé un tanto frío y mosqueado
cuando Cesc se envolvió en una toalla, y sin decir una palabra más se piró de la
habitación. Allí tumbado, solo, con la polla en alto y muchas ganas de seguir
con el cachondeo…
Al cabo de un par de minutos, me decidí a seguirle los pasos
a mi primo. Al salir de la habitación, mi gigantesca polla se mal disimulaba
bajo las bermudas, pero la escondí a tiempo de que no me la viera mi madre. Me
preguntó por Cesc. Le dije que dormía, y que yo me iba a duchar. Me podría haber
pillado si se oyera el agua de la ducha en ese mismo momento, o si la puerta del
cuarto de baño estuviera cerrada con el pasador, pero no fue así, porque mi
cachondo soldadito era muy listo, y sabía que yo iba a perder el culo detrás
suyo. No había puesto barreras, el cabrón.
Cuando mamá se metió en su habitación, entré en el baño en
silencio, y corrí el pasador de la puerta. Quería intimidad, evitar
interrupciones. Cesc estaba tras la cortina de la ducha, encendiendo el grifo y
mojándose el cuerpo. Su polla se intuía de nuevo grande, mientras chorreaba agua
por toda su musculada anatomía. Me quité las bermudas y aparté un poco la
cortina.
-¿Qué coño haces aquí? –me dijo sin levantar la voz cuando me
vio, preguntando lo que no precisaba respuesta.
-Acudir veloz a tu llamada, chaval, ¿o te crees que me iba a
quedar a solas en la habitación, con el calentón que me has provocado? –miré
hacia su trabuco suplicante y entré en la ducha.
Cuando estuve metido del todo, me di la vuelta para correr de
nuevo la cortina, y empecé a notar el chorro del agua templada en mis piernas,
después en mi culo y en mi espalda. Luego siguió subiendo hasta mojarme la
cabeza, y pude notar que se me acercaba poco a poco. La punta de su polla ya se
palpaba contra mis nalgas, mientras con la mano libre me frotaba la cabeza,
empapándome el pelo. Apoyó el teléfono en mi hombro para que el agua cayera
sobre mi pecho, mientras me lo iba acariciando sin prisas.
Descendía hasta el ombligo y subía hasta el cuello, pero sólo
para coger impulso y acercarse unos centímetros más a mi pubis, a mi polla... Me
abrí un poco las nalgas con ambas manos, para que su tranca recorriera con
facilidad el caminito hasta mis cojones. Luego balanceé suavemente la cadera
para que Cesc pudiera notar su polla atrapada entre mis piernas. Mi primo se
separó entonces un poco para llegar hasta el bote de gel; volvió con él a la
posición en la que estaba, esta vez pegándose mucho más a mí, con el rabo contra
mi culo pero presionado hacia arriba. Pasó ambos brazos por debajo de mis axilas
y se puso un buen chorro de gel en una mano, dejando caer el bote después.
Colgó el teléfono de la ducha, sin cerrar el agua, para que
los dos nos siguiéramos mojando; después se pringó ambas manos con el gel antes
de seguir acariciándome el pecho, el ombligo y el pubis. Yo estaba deseando que
empezara a magrearme la polla y los cojones, pero él se hizo de rogar. Siguió
con el masaje en mi torso, mientras se frotaba cada vez con más fuerza contra mi
trasero.
-¿Es esto lo que le hacéis en el cuartel a los reclutas
novatos? –pregunté, intentando provocarle.
-¿Te excita la idea de ser follado por un soldado, primito?
-Me excita la idea de que me metas la polla por el culo...
–se la cogí sin darme la vuelta, y la fui conduciendo hasta la entrada de mi
agujero, pero él no apretó.
-Sergio, estoy convencido de que te encantará hacer la mili
–seguía con sus manos sobre mi cuerpo, pero sin decidirse a penetrarme-. Que
venga un sargento de cuarenta tacos y casi cien kilos de puro músculo, y te
castigue con limpiar el cuarto de baño de los oficiales. Que cierre la puerta
con el pasador, y te ordene que te desnudes para fregar el suelo –las palabras
susurradas de mi primo estaban consiguiendo ponerme a mil por hora-. Que
mientras te vas quitando la ropa, no deje de mirarte con cara de vicioso, y que
se empiece a tocar la polla por encima del uniforme, mientras tú, completamente
en pelotas, te pones en el suelo a cuatro patas.
-Quiero que me la metas... –le supliqué a Cesc.
-El sargento te manda callar cuando le dices que ese no es un
comportamiento adecuado, y de una patada vuelca el cubo del agua, que te moja
las manos y las rodillas –mi primo seguía hablando y acariciándome, llevándome a
la locura-. En ese momento, te ordena que te tumbes boca arriba, y al hacerlo,
tu espalda y tu culo se empapan en el suelo sucio de ese cuarto de baño. Notas
el frío contacto, mientras el sargento se ha abierto la cremallera del pantalón,
y se ha sacado una polla enorme y dura. Te ordena que empieces a menearte el
rabo, que también está potente. ¡Venga, machácatela! –gritó Cesc, y yo me llevé
la mano al cipote y empecé a sacudírmelo despacio-. Y tú te vas sacando brillo
al fusil, mientras el sargento camina hacia ti y se la pela encima tuyo, sin
quitarte ojo. ¡Más rápido!, te grita, y tú abres la boca porque estás a punto de
correrte.
Y realmente, de tanto meneármela, estaba a punto de eyacular.
Cesc se dio cuenta y se me pegó bien, para que pudiera 'notarle' en mi espalda.
Estaba tan al límite que pasaba ya de pedirle que me la metiera. Sólo quería que
continuara hablando.
-Cierras los ojos, para correrte en la intimidad, y justo
cuando el semen se desborda por tu capullo, notas el líquido caliente y viscoso
del sargento metiéndosete por la boca, cayendo y fluyendo por tu garganta.
Juntas los labios, pero ya es tarde, porque te has tragado su lefa como un buen
soldadito...
Justo ahí empecé a correrme, y cerré los ojos para imaginarme
en el suelo de ese lavabo, para imaginarme la polla de ese sargento descargando
en mi lengua. Y aunque Cesc no lo explicó así, me vi a mí mismo incorporándome
para agarrarle el trabuco al maromo, y chupárselo hasta dejarle seco. El
sargento cogiéndome del pelo, y haciéndome tragar su verga hasta el fondo. Ahí
pude notar que mi primo se estaba corriendo entre mis nalgas, y eso me hizo
volver a la realidad. Me di la vuelta, a tiempo para ver a Cesc en su momento
glorioso. Me sonrió con la boca abierta, gimiendo suavemente, con las
convulsiones propias de un buen orgasmo. Me dejé llevar y le cogí del pelo; le
metí la lengua entre los dientes. Pensé que se apartaría, pero a él le apetecía
tanto como a mí, así que nos comimos la boca un buen rato...
Al final, aquella noche nos acostamos tarde y juntos, muy
pegados, y cuando ya habíamos apagado la luz, le pregunté si aquella historia le
había pasado a él realmente, y su respuesta fue bastante ambigua: 'Aún no, pero
me quedan ya muy pocos días para licenciarme, y sé que ese mamón me tiene
ganas'.
De modo que no fue con Cesc, aquella noche de julio, con
quien perdí mi virginidad. Sexualmente precoz, llevaba tiempo dando tumbos en
busca de relaciones esporádicas y con ciertas dosis de sadismo (Isaac y su furia
reprimida). Desde mis primeros escarceos adolescentes (sobretodo con mi amigo
Rober), hasta la gloriosa época de la universidad y su equipo de fútbol (sin
olvidar el excitante regalo de graduación de Jordi), hubo un antes y un después
que vino marcado precisamente por ese momento culminante en el que cual permití
que, por primera vez, alguien me penetrara.
Pero como ya he dicho, no fue en aquella calurosa noche de
julio…
-Fin-