LOS TRES VALENCIANOS (1)
Desde hacía unos días Ernesto se pasaba las horas muertas en
el ordenador de su despacho. Me intrigaba porque siempre terminaba muy excitado
sexualmente de aquellas cibersesiones.
Me llamaba y me hacía arrodillarme entre sus piernas
solicitando los favores orales de su amantísima esposa.
Soy sumisa, muy sumisa a las peticiones de todo tipo de
Ernesto, le adoro hasta el punto de que me considero incapaz de negarme a
ninguna tropelía que se le pueda ocurrir, además la sumisión que le profeso es
para mi garantía de excitación propia, me gusta ser sumisa y obediente y no
poner pega alguna es lo que más me pone.
Observaba todo el esplendor de su mástil, brioso y henchido y
sin rechistar, obedecía y mis manos y mi lengua se entregaban con pasión
ardorosa a satisfacer sus deseos, una vez tras otra, hasta hacer llegar su
erupción, blanca y caliente.
No puede aguantar muchas de aquellas ocasiones y, por fin, le
pregunté que es lo que hacía en el ordenador que tan exageradamente enervaba sus
instintos.
Se sinceró conmigo y me contó que había entrado en un chat de
amistad y que estaba intercambiando vivencias y conversaciones de todo tipo. Me
comentó que había mucho guarro intentando ligar con chicas y que la cam, era el
medio por el que se mantenían una serie de relaciones sexuales entre los
ínternautas.
Me confesó que el imaginarme delante de la cam exhibiéndome
ante otro le obsesionaba y que las imaginaciones que le invadían eran las
responsables de sus erecciones.
Me declaró también, que le rondaba la idea de ponerme delante
de la cam, bueno, más bien de ponernos los dos y citar a aquellos caza cuerpos
del ciberespacio con el fin de pasar un buen rato.
Ahora comenzaba a explicarme porqué se había gastado aquel
dineral en actualizar su equipo informático, le habían instalado hacía unos días
una pantalla enorme en su ordenador y una cámara de esas ultramodernas, con
mando a distancia y todo, además de unos bafles también nuevos y modernos.
Después de la cena Ernesto me pidió que me vistiera de
colegiala. Dócil, subí a mi cuarto con la excitación de la que sabe que viene
algo nuevo, diferente y excitante.
Tengo para las ocasiones en las que le entra a mi esposo su
vena infanticida una faldita a cuadros a medio muslo, unas manoletinas negras,
calcetines blancos hasta la rodilla y una camisa blanca de botones. Según me iba
vistiendo de niña de instituto mi temperatura iba subiendo sin control.
Me hago las trenzas a los lados y apenas me maquillo, un
pelín aquí y allá, en tonos pastel claro. Además, no me pongo el típico tanga
sino unas braguitas altas de algodón. He de confesaros que cuando me las puse mi
coñito había abandonado la aridez y desprendía ya los dulces efluvios del deseo.
Cuando baje desde el dormitorio por la escalera Ernesto me
contemplaba desde abajo con una maravillosa sonrisa. Vamos al despacho me dijo,
guiñándome el ojo, yo ya sabía que cuando Ernesto me guiña el ojo la cosa se
pone caliente.
Lo tenía todo preparado. La sesión de Internet comenzada. La
página del chat abierta. Y un montón de ventanitas indicaban que todos aquellos
usuarios deseaban comunicarse con él.
Había entrado en el chat con un nic atractivo para ellos,
"profesor y alumna". Sus cuarenta y cuatro años contrastaban poderosamente con
mi apariencia infantil y hacía totalmente creíble el nic elegido.
Siéntate en el sofá, me dijo. Según lo hacía vi que la cámara
nueva me enfocaba directamente. El sofá estaba justamente detrás de la mesa del
ordenador y podía ver nítidamente la gran pantalla y lo que en ella se mostraba.
En las ventanas se podían leer las frases que los aspirantes
a entrar en conversación mostraban como argumentos para ser elegidos.
Algunos muy evidentes: -Tengo la polla dura para tu niña-
Otros casi poéticos: -Seré vuestro ujier del amor-
Para no aburriros, ocho o diez ventanas, algunas con un
simple "hola".
Vi que las cerraba todas excepto una que debió gustarle. El
nic que utilizaba era "los tres mosqueteros" y se presentaban de una forma clara
y taxativa: Hola profe, somos tres amigos dispuestos a todo por tu alumna. Danos
una oportunidad.
Os reproduzco el texto que originó la conversación entre mi
marido y los mosqueteros:
-De donde sois mosqueteros.
-De Valencia y vosotros?
-De Madrid.
-Tenéis cam tu alumna y tú?
-Si, y vosotros?
-Por supuesto.
-Danos vuestro msn y nos vemos.
Ernesto les dio la dirección del msn que utilizaba para sus
apaños y en pocos segundos salto un cuadro en la pantalla en la que los
valencianos nos invitaban a incluirlos en la lista de contactos.
Ernesto aceptó y la ventana del msn se abrió segundos más
tarde con las dos ventanitas de las respectivas cámaras aún cerradas.
Yo estaba nerviosa, nunca había utilizado el ordenador para
aquellos menesteres y no sabía lo que me esperaba.
En el dialogo del msn lo primero que llegó fue una invitación
para iniciar una video conferencia. Ernesto aceptó y tras unos segundos con las
cámaras en negro, en la de ellos aparecieron los tres chicos. No tendrían más de
veinte o veintidós años. Uno de ellos tenía fuera su pene ya erecto, los otros
dos se tocaban sobre los pantalones.
En la ventana mía saltó mi imagen de colegiala, sentada
buenacita en el sofá. Me resultó extraño verme reflejada en mi propia pantalla
con aquel disfraz sensual y atractivo, pero me gustó.
De repente comenzaron a salir por los altavoces del equipo de
Ernesto las voces de los chicos.
Joder como esta la alumnita. Dijo uno de ellos. Salúdanos
preciosidad.
Ernesto cogió el mando de la cam y lo dirigió a mi rostro
pidiéndome que les saludara.
Me sentía una putita espiada por cuatro hombres a la vez.
Veía mi boquita en la pantalla. Puse en mis labios el gesto de dar un beso y
luego los recorrí con mi lengua, relamiéndolos. En el otro lado de la línea se
armó una algarabía y vi como los dos penes que permanecían enfundados, salieron
briosos de su guarida.
Los tres chicos se la manoseaban a mi costa y yo me ponía
histérica de excitación y morbo.
Ellos no paraban de hacer indicaciones. Que te la chupe.
Desnúdala. Enséñanos tu coñito putita. Que guarra eres. Y otras mil órdenes e
indicaciones.
Ernesto bajó el volumen del altavoz, puso el zoom de forma
que se viese un primer plano del sofá casi entero y se acercó.
Dijo en voz alta, para que le oyesen los chicos valencianos,
que había sido mala, que no había estudiado y que merecía unos azotes. Se sentó
a mi lado y me cogió del brazo dirigiéndome hasta tumbarme sobre sus rodillas.
Noté la polla dura de mi esposo bajo mi peso y mi culo quedó en pompa, mirando a
la cam.
Volvió a coger el mando de la cam e hizo zoom sobre mi culo,
tapado aún por la faldita a cuadros. Dejó el mando en el sofá y comenzó a subir
mi falda lentamente, descubriendo mis bragas de algodón a los ojos de aquellos
jóvenes salidos.
Como había bajado el volumen de los altavoces sus palabras
sonaban como susurros: Te vamos a follar puta, me voy a correr para ti cerda,
quítale las bragas, que te la chupe.
Mientras, Ernesto iba bajando mis bragas, acariciando mi
culito según quedaba al descubierto y propinándole algún que otro azote que me
volvía loca y me hacía perder el sentido.
De reojo pude observar la imagen que de mi tenían los chicos
cuando Ernesto me bajo las bragas hasta medio muslo. Mi coñito depilado se veía
con nitidez y entre azote y azote Ernesto metía en él uno de sus dedos.
En el culo. Se oyó como eco la voz de los tres. En el culo.
En el culo.
Mi arete palpitaba. Ernesto llevó la cámara a mi boca y me
introdujo su dedo anular. Yo lo lamí con excitación, sacando la lengua para que
la viesen, deleitándome en su degustación. Embadurnándolo visiblemente con mí
saliva. Y lo que me ponía más cachonda era escuchar, seguir escuchando sus
voces: Joder. Que guarra más linda. Fóllatela. Dale a esa puta como se merece.
La polla de mi esposo palpitaba bajo mi vientre con vida
propia. Le conozco y se que estaba a punto de eyacular. Tal era su frenesí.
Centró la imagen en mi culo de nuevo y separando con una mano
mis esféricas mitades, hendió su dedo en mi pequeño y redondo agujero hasta el
fondo.
Lo sentí penetrar en mi oscuridad trasera y llenarla y
moverse dentro mientras mi coñito no dejaba de licuar su añorado deseo. Yo
miraba ladeando mi cara a la cam, con la boca abierta y los ojos entornados como
una zorra experta.
Mi marido cambió de tercio. Me incorporó, me quitó las bragas
del todo y me sentó entre sus piernas, de cara a la cámara. Una de sus manos se
dirigió bajo mi faldita de estudiando hacia mi coñito empapado y comenzó a jugar
con sus labios y con su clítoris. Con la otra mano fue desabrochando los botones
de mi camisa y dejó mis senos duros y grandes al aire para la total
visualización de mi público
Puta, que buena estás, vaya tetas, cómeselas. Ellos no
paraban ni de hablar ni de masturbarse frente a su cam. El meneo entrecortado de
sus pollas por la velocidad de la conexión daba a la escena cierto toque de
ensoñación, de irrealidad.
Mi marido se tumbó en el sofá y extrajo su aparato, creo que
nunca se lo había visto así.
Como castigo me la vas a comer. Me dijo en voz alta para que
le oyesen bien.
Eso, eso, cómesela putita. Sonaron disminuidos los gritos de
aprobación del otro lado.
Me levanté y me quite la falda y la camisa. Sólo me quedaban
del disfraz de colegiala, las manoletinas y los calcetines blancos junto con las
dos trenzas de niña buena. Puse una rodilla en el suelo y la otra sobre el sofá,
enseñándoles mi coño abierto y me dediqué a lamer la polla de Ernesto bien a la
vista, con maestría. Lengua afuera y luego pene adentro, para sacárselo luego y
volver a comérmelo con glotonería.
Él jugaba con la cam y su zoom. Ahora mi boca comiendo el
manjar, después mi culo y mi coñito abiertos y mojados.
Me voy a correr, dijo uno de los chicos. Mi marido como un
resorte me sentó en el sofá con los pechos al aire y las piernas bien abiertas y
me dijo: abre la boca cariño te lo voy a dejar todo en ella. Y comenzó sus
postreros meneos, rápidos y rítmicos frente a mi cara.
Córrete en la cara de la cerda, no en su boca, en sus tetas
decía el otro.
Yo me dediqué a tocarme el coñito jugando con mi clítoris.
Sabía que mi orgasmo vendría junto con el de ellos.
No sé quien terminó antes. De verdad que no lo sé. Todos nos
sumergimos en una orgía de convulsiones y de semen. El de Ernesto me inundó la
boca y las tetas recorriéndome como un río de lava blanca y espesa.
Vi sus manos, las de los chicos rebosantes de semen, según
tenía mi orgasmo, agrandado y amplificado al escucharlos gemir en sus espasmos.
Mi marido continuó chateando con ellos un rato mientras yo me
iba al baño a limpiarme.
Y lo que viene ahora hace que este relato sea uno de esos con
segunda parte.
Iríamos a valencia el fin de semana. Ernesto había quedado
con ellos en llamarles por teléfono cuando estuviésemos alojados en el Hotel.
No pude negarme
Sabéis lo que quiero a Ernesto y lo que me gusta el sexo.
Hasta pronto.