Diana, la profesora sumisa (3)
Diana y Katia sintieron un estremeciendo al quedar
inmovilizadas en aquel aparato con sus nalgas y sexo expuestos. Ambas, junto a
Sonia, habían sido colocadas a horcajadas sobre una barra acolchada que quedaba
a la altura de su cintura. Sus cuerpos se inclinaban hacia delante noventa
grados. Los altos tacones, la barra que separaba sus tobillos y la inclinación
hacia delante provocaban que su culo y su sexo quedaran completamente abiertos.
La barra tenía la altura justa para que las piernas quedaran separadas más de
medio metro, proyectando su sexo y su ano hacia atrás, haciéndoselo mostrar
completamente ofrecido y abierto.
Aunque la parte inferior de su cuerpo estaba a la vista, la
parte superior descansaba dentro de una caja rectangular de madera en la que se
disponían unos agujeros a la altura de su pecho, un agujero a la altura de cada
brazo y un agujero a unos dos centímetros delante de su cara, de manera que toda
su cabeza quedaba encerrada dentro de la caja.
A través del agujero podían distinguir una ligera luz negra
que hacia fosforecer los objetos blancos.
Cuando las habían llevado hacia la pared donde se insertaban
las extrañas cajas de madera solo habían podido ver una parte del aparato. Si
hubieran podido observar la otra parte se abrían dado cuenta de que el agujero
que tenían delante de su cara coincidía con unos agujeros practicados en la
pared del lavabo de caballeros, al lado del mingitorio común en el que los
hombres orinaban contra una pared de aluminio por la que caía constantemente una
película de agua.
Diana tuvo una idea bastante aproximada de para que servían
las tres cuando el primer pene con restos de orina apareció delante de su cara.
Ella comprendió al instante y se introdujo el pene en la boca limpiándolo de
todo resto de orina. El pene se retiró cuando empezaba a manifestarse una
incipiente erección y Diana se quedó esperando lo siguiente que pasaría.
Sentirse en aquella situación, utilizada como un objeto, sin que su voluntad
interviniese para nada hizo que su sexo, ya húmedo, se inundara de jugos,
próximo a derramar un orgasmo al mínimo estimulo.
Todo había empezado el día de antes.
Dominatriz la había llamado a su despacho y le había ordenado
que se preparara para pasar el fin de semana en su finca del campo. Dominatriz y
el director obtenían mucho dinero del instituto y tenían una pequeña mansión en
un lugar en medio de una vasta extensión de bosque. Era allí donde iban a
organizar la fiesta que habían estado preparando con tanto tiempo.
Cuando acabaron las clases Dominatriz llamó a Diana y a Katia
a su despacho y sin inmutarse les ordenó que se desnudaran completamente y solo
se dejaran puestos los zapatos. Les puso un collar de perro a cada y atando los
dos collares a la misma cadena las llevo hasta el pequeño garaje del instituto
tirando de ellas. Las tetas de Diana se movían libres a cada paso provocándole
una extraña sensación de humedad en su sexo.
Diana se sorprendió al ver aparcado en el pequeño garaje del
instituto un minibús con los cristales tintados de negro. Y más todavía cuando
descubrió al lado del minibús ataviados igual que ella al resto de sus
compañeros de claustro. Dócilmente se subieron todos la minibús y fueron
conducidos a la mansión de Dominatriz.
Cuando llegaron bajaron del minibús y fueron entrando uno a
uno dentro de la casa. Allí los esperaba una mujer de unos cincuenta años con un
cuerpo muy bien conservado y con unos pechos enormes, pero que aún se mantenían
firmes, completamente desnuda salvo por un delantal blanco tan corto que dejaba
ver su sexo completamente depilado y una cofia del mismo color. Como en un
extraño ritual sin una sola palabra, Dominatriz avanzó unos pasos subiendo los
pocos escalones que la separaban de ella, se plantó delante de la mujer y le
sobó los enormes pechos mientras aquella especie de ama de llaves no levantaba
la vista del suelo, introdujo dos dedos en su sexo y sonrió lánguidamente al
comprobar que estaba mojada. En silencio, Dominatriz se dio la vuelta, levantó
su falda y empujo su culo libre de ropa interior hacia aquella especie de ama de
llaves. Esta, siempre sin levantar la vista se agachó con las piernas abiertas
hasta dejar su cara a la altura de las nalgas de Dominatriz. Todos pudieron ver
como su sexo se abría al agacharse y estaba completamente brillante, inundado de
jugos. Con suavidad, casi con dulzura, la mujer lamió el ano de Dominatriz en
señal de sumisión.
Todo el grupo miraba la escena en silencio, como si
asistieran atentamente a una clase.
Tras unos instantes Dominatriz se retiró de ella bajando su
falda dando por terminada la caricia. Solo entonces la mujer se volvió a
levantar y se quedó de pie esperando órdenes.
Dominatriz se volvió hacia el grupo y le espetó:
Me siento cansada, me retiro a reposar, Rosario os
indicará como tenéis que preparar la casa para la fiesta. Obedecedla
como si fuera yo misma.
Y diciendo esto entró en la casa junto a Antonio para
desaparecer en su interior.
En cuanto los dos desaparecieron la actitud de Rosario cambió
radicalmente.
Comenzó a dar órdenes a todos indicándoles que tenían que
descargar del minibús y donde colocarlo. Exigió especial cuidado en las
delicatessen que servirían para la cena.
Diana tuvo un pequeño tropezón y de inmediato sintió un
cachete en sus nalgas al tiempo que Rosario le advertía que tuviera cuidado.
Cuando descargaron todo acompañó a cada uno a una habitación.
Todo el grupo avanzaba por los pasillos detrás de ella y
Rosario iba indicando a cada uno que habitación le correspondía. Le habría la
puerta, los hacía detenerse en el quicio y sobaba sus cuerpos a su antojo. Diana
y Katia fueron las únicas que tuvieron una habitación doble y dormirían juntas.
De manera diferente a los demás, Rosario entró con ellas en la habitación.
El Ama me ha dicho que vosotras sois las nuevas,
vamos a ver si estáis preparadas. Levantad las manos detrás de la nuca.
Cuando las dos chicas lo hicieron Rosario recorrió sus
cuerpos con las manos muy lentamente hasta llegar a sus sexos. Se retiró un
momento y dispuso a las dos delante de ella, quitándoles la cadena que habían
llevado hasta entonces pero dejándoles el collar.
Comenzó a masturbarlas a las dos con gran maestría y para
sorpresa de ambas a los pocos instantes las dos se corrieron al mismo tiempo.
Llevó las manos a las bocas de ambas para que limpiasen sus dedos y sin decir
palabra salió de la habitación cerrando tras de sí con llave.
La habitación era cómoda, aunque muy austera y tenía un
lavabo bien equipado. Sobre el mármol que rodeaba el lavamanos se disponían todo
lo necesario para limpiar sus agujeros hasta lo más profundo y lubricarlos de la
manera adecuada para que sus amos pudieran disponer de ellos como quisieran.
En la mesita de noche y sobre las camas descansaban sus ropas
y los complementos que deberían vestir esa noche.
Diana miró por la ventana y pudo ver como tres caballos
descansaban en los establos.
Descansaron un rato y comenzaron a prepararse.
Katia y Diana se enjabonaron mutuamente con dulzura, buscando
sus puntos erógenos. Se depilaron la una a la otra buscando hasta el más mínimo
atisbo de vello , de modo que cuando terminaron, sus cuerpos , habitualmente
depilados , no presentaban ni un solo pelo. Antes de salir de la bañera se
ayudaron la una a la otra a lavar por dentro sus rectos con sendos aparatos que
encontraron son sus nombres entre los enseres que descansaban encima del mármol
para su completa higiene. Se ducharon otra vez y lubricaron bien sus anos con
crema especial para disponerlos a ser penetrados. Diana encontró encima de su
cama un corsé de látex negro que levantaba sus grandes tetas, unos zapatos de
plataforma y tacones altos del mismo color y una cofia de camarera francesa que
le recogía el pelo. Katia se calzó unas botas negras por encima de la rodilla y
un extraño pero bonito tanga negro con una abertura que dejaba libres su ano y
su sexo. Se ayudaron la una a la otra a ponerse la bola a modo de bocado de
castigo en la boca y el collar ancho de cuero con una argolla. Babeando por
culpa del bocado se colocaron la barra rígida que separaba sus tobillos un poco
más que la altura de sus hombros. Sentadas una enfrente a la otra se colocaron
las pinzas en sus pezones unidas por una cadena corta.
A la hora indicada la llave sonó en la puerta y apareció
Rosario, apuntándolas directamente con sus grandes tetas. Las dos se levantaron
de inmediato para ser inspeccionadas. Rosario las miró de arriba abajo
recreándose en lo que estaba viendo.
Tiró de las cadenas que unían sus pezones para comprobar que
estaban bien sujetas y se retiró un par de pasos.
Ahora daos la vuelta y agachaos.
Ambas asintieron y pronunciaron un casi ininteligible:
fi, feora.
Rosario inspeccionó sus agujeros comprobando que estaban
totalmente limpios, metiendo dos dedos en el ano de cada una, para después
comprobar la humedad de sus sexos. Sonrió al constatar que estaban completamente
mojados. Tanto Diana como Katia estaban muy excitadas. Como habían descubierto
hacía apenas unas semanas sentirse manejadas de aquella manera les hacía sentir
un placer gigantesco. La sensación y la certeza de que mientras obedecieran a su
Ama hacían lo correcto les hacía liberarse completamente de cualquier
inhibición.
Rosario golpeo al mismo tiempo las nalgas de las dos mujeres
y las hizo incorporarse.
Las enganchó de la misma cadena a las dos y las hizo andar
por los pasillos de la enorme casa hasta llegar al gigantesco salón donde se
celebraría la fiesta. Caminaban con las piernas separadas por la barra con
cierta dificultad empleando pequeños saltitos que hacían zarandearse sus pechos
provocando el tintineo de las cadenas que unían sus pezones. Podían ver como el
gran, aunque redondo, bien formado y firme culo de Rosario se bamboleaba ante
ellas. Cuando llegaron al salón y sus ojos se acostumbraron a la escasa luz que
lo iluminaba sintieron un escalofrío de excitación. Colocados todos en la misma
zona se encontraban sus compañeros de claustro. Ana, Sonia y Leticia calzaban
zapatos y botas de tacón alto y como ellas llevaban bocado y collar. Por los
demás iban completamente desnudas. Sus tres compañeras no llevaban los tobillos
separados por barras, pero en cambio se podía apreciar el final de los
consoladores que salían de su culo y se su sexo y por las caras y los gestos que
ponían estaban funcionando a plena potencia. Felipe y Rodrigo estaban
completamente desnudos y solo vestían un anillo alrededor de sus penes y sus
testículos que les hacía mantener una potente erección además del collar con la
argolla.
Rosario unió la argolla de sus collares a sendas cadenas
unidas a otra argolla insertada en la pared a la altura de sus cabezas y
desapareció por el pasillo.
Tuvieron unos instantes para observar el salón. Todo estaba
dispuesto para los invitados. En un buffet largo se disponían las delicatesen
compradas días antes. Una pequeña barra de bar en una esquina flanqueaba una
estantería bien surtida de diversos licores y alrededor de un espacio central se
disponían grupos de aparentemente cómodos sofás, lounges y pubs. El espacio
central tenía un desagüe en el centro y una suavísima pendiente alrededor del
desagüe para que los líquidos se deslizaran hasta él.
Todo el salón estaba iluminado de manera tenue pero se podía
ver con claridad hasta el último rincón del salón.
No les dio tiempo a observar con detenimiento nada más. En
una aparición estelar, una suave música Chill Out comenzó a sonar de fondo sin
tapar ninguno de los ruidos que se producían en el salón y Dominatriz apareció
en la puerta del salón. Se quedaron boquiabiertos. Llevaba un impresionante
vestido negro de látex hasta los pies, sin tirantes, muy ceñido su tórax y con
los grandes pechos asomando en un escote "bandeja" con los pezones casi
visibles. Una gran raja en el vestido abría la falda desde el pubis hasta los
pies, dejando ver a cada paso que no llevaba ropa interior. Llevaba el pelo
engominado hacia atrás. Andaba lentamente dominando con elegancia los tacones de
quince centímetros de las botas de látex que le cubrían hasta más arriba de sus
rodillas. A cada paso balanceaba una fusta negra en la mano derecha. Antonio, el
director, caminaba detrás de ella vestido con unos pantalones de cuero con una
obertura que dejaba sus sexo libre .Rosario caminaba detrás de ambos ataviada
solo con un pequeño delantal blanco bamboleando sus grandes pechos. Cerrando la
comitiva cuatro doncellas negras de cuerpos esculturales caminaban sobre tacones
altos vestidas con una cofia en la cabeza y una pajarita blanca al cuello. Sus
cuerpos sin un solo rastro de vello brillaban bajo la luz del salón.
Dominatriz se acercó al grupo de esclavos y caminó delante de
ellos inspeccionándolos.
Esta noche me complaceréis a mí y a mis invitados.
Complaceréis sus caprichos sin rechistar y dando las gracias por ello.
A Diana le temblaban las piernas de excitación solo de
pensarlo.
- Dentro de poco haré pasar a los invitados que os
inspeccionarán a su antojo. Quiero que estéis a la altura de lo que
espero de vosotros.
- Si, Ama – dijeron todos a la vez
Se acercó a Diana lentamente y golpeando suavemente su
clítoris con la fusta le preguntó:
¿Has entendido?
fi, Aba
Tengo algo especial reservado para ti esta noche.
Los dejó allí colgados de sus argollas y se dirigió a la
puerta del salón para recibir a los invitados. Las camareras negras se disponían
a los lados de las puertas para ofrecer el coctel de bienvenida.
Uno a uno fueron pasando saludando con un besamanos a
Dominatriz. Sin excepción todos y cada uno de ellos tomaron una copa del cóctel
de bienvenida y se dirigieron hacia el grupo de esclavos. La mayoría eran
parejas maduras pero también acudieron hombres y mujeres sin pareja. Los
esclavos fueron sobados y sospesados por todos ellos. Una pareja se detuvo más
rato que los demás delante de Katia y de Diana y estuvieron metiendo sus dedos
en todos los agujeros de las mujeres hasta que se dieron por satisfechos. Las
mujeres, y algunos hombres, se detenían delante de Felipe y Rodrigo y
comprobaban el buen estado de sus erecciones.
Cuando todos hubieron pasado Dominatriz cerró las puertas
tras de sí y comprobó satisfecha que los invitados se iban distribuyendo por el
salón. Hizo recoger a las camareras negras todas las copas de cóctel comprobando
que todos habían sido consumidos sin excepción.
Se acercó con a los esclavos acompañada por una de las
camareras que llevaba la ultima bandeja de cócteles y se aseguró de que cada uno
de ellos consumía una de las copas.
Sonrió satisfecha y se marchó a atender a sus invitados. A
los pocos instantes de haberse bebido el cóctel Diana notó como sus sexo se
humedecía sin ningún estimulo aparente y como empujada por una fuerza magnética
acercó su culo al sexo de Felipe, que estaba sujeto de una argolla a su lado,
pudiendo comprobar como la erección de su compañero había aumentado más todavía.
Diana se restregó en el pene de Felipe buscando que este la penetrara. Felipe,
que tenía las manos libres la cogió de las caderas y la penetró sin
contemplaciones mientras Katia le acariciaba el clítoris presa también de una
tremenda excitación. Con dificultad Diana volteó la cabeza y pudo observar como
Ana, Sonia, Leticia y Rodrigo estaban inmersos entre sí en una pequeña orgía con
la limitación de movimientos que les imponían sus cadenas.
Vaya, vaya, mis pequeños ya están notando el efecto
de cóctel.
Dominatriz había aparecido a su lado sin que ellos se dieran
cuenta. Los separó a golpe de fusta y atando a Katia, Sonia y Diana a una sola
cadena se las llevó hacía una de las paredes del salón. Rosario hizo lo mismo
con Ana, y Felipe y Antonio encadenó a Leticia y Rodrigo y los llevaron al
centro del salón.
Cuando llegaron a la altura de los invitados se dieron
cuentas que a ellos también les había hecho efecto el cóctel y todos estaban ya
semidesnudos. Una mujer de unos cuarenta años estaba a cuatro patas encima de un
lounge y daba saltos encima de la polla de un hombre mientras gemía ahogadamente
debido a la polla que tenía en la boca, otro hombre penetraba su ano y dos más
eran masturbados por sus manos.
En otro grupo de sofás tres mujeres se masturbaban
simultáneamente con los consoladores que habían encontrado en las mesitas.
Siguieron caminando hasta una especie de cajas de madera que sobresalían
perpendicularmente de la pared.
Dominatriz las introdujo a las tres con ayuda de una de las
camareras negras en sendas cajas y las inmovilizó.
Desde donde estaban no pudieron ver como las otras camareras
colocaban en el centro del salón unos cepos donde colocaron a Ana y a Leticia.
Les ajustaron el cuello dentro de los cepos e inclinadas a media altura quedaron
a disposición de todos.
Felipe y Rodrigo se quedaron de pie a lado para ser
requeridos por los invitados.
La bebida facilitada en abundancia hizo que los primeros
invitados acudieran al lavabo a orinar. Diana pudo ver como el primero pene
asomaba por el agujero de su caja especial y se lo metió en la boca con deleite.
Podía sentir el sabor de los restos de orina y agradeció que su Ama le
permitiera limpiar aquellas pollas. Se sentía tremendamente excitada en aquella
postura. Sintió como unas manos hurgaban en su sexo e introducían dos dedos en
su vagina mientras la siguiente polla asomaba por el agujero para ser limpiada.
Mientras tenía la polla en la boca y degustaba la orina sintió como los dedos
cambiaban por una polla y era penetrada con fuerza la excitación le hizo
acelerar las caricias con su lengua en la polla que tenía en la boca y esta se
endureció instantáneamente entrándole hasta la garganta. Podía oír los gemidos
de Katia y de Sonia le hicieron pensar que estaban en su misma situación y no
pudo reprimir un orgasmo que bañó la polla que la penetraba en sus jugos
mientras chupaba con ansiedad la que tenía en la boca. La polla que tenía en su
vagina descargo su semen dentro de ella mientras su propietario daba una nalgada
detrás de otra en su culo haciendo que el orgasmo se prolongara.
Felipe y Rodrigo fueron cogidos por los collares por dos
mujeres que se los llevaron a un sofá y sentándose cómodamente abrieron sus
piernas. Los cogieron del pelo y empujaron sus bocas hacia sus sexos
exigiéndoles un cunnilingus mientras ellas dos se besaban apasionadamente.
Varios hombres que acababan de ser limpiados por Diana Katia
y Sonia dieron la vuelta y se pusieron detrás de ellas tres. Al mismo tiempo
introdujeron sus dedos en el ano de cada una comprobando que estaban listos para
ser penetrados y sin miramientos las penetraron analmente mientras otros hombres
orinaban ya directamente en los agujeros donde las bocas de ellas tres estaban
dispuestas a limpiar cualquier polla que asomara.
Dominatriz dio orden a Rosario para que fuera a buscarlas y
las situó en medio del salón.
Con una manguera de agua Rosario se encargo de quitar los
restos de orina de sus cuerpos. Las camareras las secaron con unas pequeñas
toallas y se retiraron a un rincón.
Antonio estaba sentado en un sillón con dos camareras negras
tragándose su polla. A las camareras no se les permitía en ningún momento doblar
las rodillas, por lo que cualquier movimiento que hiciera inclinar sus cuerpos
provocaba que sus sexo y su ano quedara expuesto. Los invitados utilizaban esta
circunstancia para sobar sus agujeros a placer.
Cuando Dominatriz observó que cada uno de sus invitados se
había corrido una o dos veces y los ánimos se empezaban a calmar los hizo sentar
a todos y le hizo un gesto a Rosario. Esta asintió con la cabeza y salió del
salón bamboleando sus grandes tetas. Cuando volvió, abrió las puertas del salón
de par en par y los invitados abrieron los ojos desmesuradamente. Un hermoso
caballo negro entró con paso lento en el salón tirado de las riendas por
Rosario. El caballo parecía tranquilo y parecía estar bajo los efectos de algún
calmante. Rosario lo acarició tiernamente en el cuello y fue deslizando sus
manos por todo el cuerpo de la musculosa bestia. Dominatriz dirigía la escena
desde cerca sin intervenir. Rosario siguió acariciando al caballo hasta que
llegó a su sexo y empezó a rozarlo suavemente. Puso un banco alargado debajo del
caballo y se tumbó boca arriba haciendo que su cara quedara a la altura del sexo
del animal.
Con delicadeza y muy lentamente siguió acariciando el
monstruoso pene del animal que iba creciendo a cada momento. Cuando ya tenía un
buen tamaño lo cogió entre sus tetas y empezó a masturbarlo. El caballo
resoplaba excitado pero permanecía inmóvil.
Lentamente pasó su lengua por el pene del caballo hasta
conseguir que este llegara a su máxima erección. Lo agarraba con las dos manos y
lo movía lentamente arriba y abajo.
Cuando ya estaba completamente excitado a una señal de
Dominatriz Rosario salió de debajo del caballo y se colocó al lado de su Ama.
Dominatriz agarró a Diana por el collar y la empujó debajo
del caballo susurrándole al oído:
Chúpasela hasta que se corra.
Si, Ama.
Diana se sintió honrada. Le enorgullecía que su Ama la
hubiera escogido para satisfacer con aquel espectáculo a sus invitados. Mientras
ella miraba, los demás fueron liberados de sus cadenas para que acudieran a
lamer y a chupar el sexo del invitado que se lo pidiese mientras estos miraban
el espectáculo sin distraerse.
Diana se tumbó debajo del caballo y agarrando con las dos
manos el gigantesco pene empezó a masturbarlo con lentitud y dulzura. Sus manos
se deslizaban por la tersa piel donde podía notar el relieve de las venas que lo
hinchaban. Comenzó a pasear su lengua por el glande e intentó meterse un trozo
en la boca. Con mucho esfuerzo y casi desencajándose las mandíbulas consiguió
meterse el glande en la boca y acariciarlo con su lengua. Rozó aquel pedazo de
carne con las tetas excitando aún más al animal.
Los invitados disfrutaban del espectáculo mientras los
esclavos y las camareras practicaban felaciones a quien lo pedía.
Dominatriz retiró su falda y se quedó solo con el corsé de
látex. Se inclinó hacia delante para ver mejor la escena a la vez que indicaba a
Rosario que le lamiera el ano y el sexo desde atrás. Esta obedeció al instante y
poniéndose en cuclillas como había hecho por la mañana en la puerta de casa
comenzó a lamer a su Ama. Diana estaba tan excitada que ya se había corrido
varias veces debajo del caballo e incrementó el ritmo de sus caricias.
Rosario era experta y consiguió que se Ama se corriese al
mismo tiempo que el caballo descargaba todo el semen de sus testículos sobre la
cara y las tetas de Diana mientras esta gritaba en un orgasmo y Dominatriz se
corría por la excitación de la escena y las caricias de Rosario. El caballo
descargaba una y otra vez sobre la cara de Diana bañándola con al menos medio
litro de semen .Muchos invitados se corrieron mientras pasaba esto en las bocas
de los esclavos y las camareras.
Diana extendía el semen por todo su cuerpo mientras
prolongaba los estertores de sus orgasmos.
Cuando por fin la sacaron de debajo del caballo Rosario se lo
llevó de nuevo a las cuadras y Diana quedó en medio de la sala bañada en semen.
Los invitados que aún no se habían corrido acudieron a donde ella estaba y
descargaron en su cara.
Después, uno por uno fueron orinando encima de ella por orden
de Dominatriz.
Cuando todo terminó, los invitados, ya descargados de todo se
divirtieron lavando a los esclavos y las camareras con mangueras.
Calmados ya los invitados fueron marchándose uno a uno a sus
casas, exhaustos de sexo.
Dominatriz se acercó a Diana y le dijo:
Te has portado excelentemente, como premio te dejaré
dormir conmigo.
Diana sintió un agradecimiento tan grande que tuvo ganas de
llorar.
Aquella vida nueva era una vida perfecta. Sabía lo que tenía
que hacer. Obedecer. Y cuando obedecía era recompensada. Todo estaba bien. No
necesitaba pensar en si hacía bien o mal las cosas. Se sentía fenomenal siendo
utilizada por su Ama. Sabía que era útil para su Ama y que su Ama apreciaba sus
esfuerzos. El bien y el mal estaban claramente definidos.
Acompañó a Dominatriz a sus aposentos mientras Rosario
llevaba a los demás a sus cuartos. Antonio pasaría la noche con las cuatro
camareras.
Cuando llegaron a la habitación Rosario había preparado un
baño caliente y Dominatriz permitió que Diana se metiera en la bañera con ella y
la ayudara a asearse.
Cuando terminaron Dominatriz se colocó un arnés y penetró
furiosamente a Diana consiguiendo arrancar de ella varios orgasmos. Después
Diana lamió al Dominatriz hasta que esta tuvo un fenomenal orgasmo y le permitió
dormir acurrucada a los pies de la cama como una perra de compañía.
Diana dormía feliz, sabía que de vuelta al Instituto su nueva
vida seguiría proporcionándole placer, seguridad y felicidad y pensó que no
podía desear nada más.