El profesor de mi hija, el marido de mi amiga, mi vecino…
El CERO es la ausencia, el vacío, la nada.
Empezaremos por él para una perfecta adecuación de lo acontecerá en
breve…
No me estaba enterando de nada de lo que decía. Sus
palabras dibujaban nubes por la buhardilla, sin llegar a mis oídos. Esa
guarida nunca antes había aparecido antes mis ojos. Leticia, mi vecina y
creo que amiga, siempre decía… ¡Hombres…! ¿Qué se cree que no imagino lo que
hace ahí tanto tiempo? ¡Y solo ¡Ana, que no me autoriza la entrada ni
siquiera para que la limpie! En fin, él verá…
Mis manos detrás de mi espalda como niña buena y mi
cabeza decía a todo sí como si supiera lo que me contaba. Detuve a mirar su
alrededor. A lo lejos una gran mesa de reunión donde supongo que daría
clases a los alumnos particulares. Su escritorio encastrado en una bonita
librería colonial, destacaba por sus enormes montañas de carpetas
clasificatorias mucho más que ordenadas Me atrevería a decir
apresuradamente, que aquello rozaba la esquizofrenia de la perfección. Como
en aquella película de Julia Roberts "Durmiendo con su enemigo…" aunque
realmente, la primera imagen que se me vino cuando lo vi fue pensar en Jack
Nicholson, no porqué su aspecto físico cuadrará en él, sino por su mirada de
no saber que iba a hacer. De lo que me iba a hacer…
Entonces… si está usted dispuesta… ¡empecemos!
Aquella exclamación unida a su voz autoritaria y varonil,
me sacó de mi letargo y comprobé como Don Joaquín me miraba con deseo. Era
la primera vez que lo sentía. Era su presa. Había llegado mi turno. Tragué
saliva y me dije ¡Vamos! ¡Será rápido! ¡Merecerá la pena…!
Venga Ana, desnúdese. Recuerde: el cero es ausencia.
La nada. No tenemos todo el día…
¿Cómo? ¿Me tengo que desnudar?
Ya se lo he dicho. Esa ropa no es apropiada para
ninguna de mis alumnas. Si quiere que esto no sea un calvario para
ambos… ¡por favor, colabore…!.
Antes de poder decir nada…
¿Qué le pasa? ¿No ha prestado atención a mi
propuesta?
Sí, sí… musité, pero es que…
Ni peros ni nada. Vamos mujer. Si quiere lo dejamos…
Por un lado me daba ánimos, lo cual me ayudaba,
francamente y por el otro me ponía contra la espada y la pared para que me
volviera a sentir culpable, que sólo por mi culpa, exclusivamente por mi
culpa, mi pequeña tenía un cero.
Me quité las zapatillas de deporte, los calcetines. Mis
dedos se quejaron y esgrimieron un intento de salir huyendo. El suelo estaba
frío, pero nada comparable con mi alma. El bajarme de aquella altura de tres
centímetros, hizo que me sintiera aún más inferior. Perdida. Fui
despojándome lentamente de los legins de gimnasia y al hacerlo pude adivinar
su inteligente, elegante y en ese momento, sucia mirada, clavarse en mis
muslos…
Respiré hondo, pero sin hacer ruido. No quería darle ni
el más mínimo atisbo de victoria. Aunque era ridículo. Rematadamente
ridículo pensar que me quedaría dignidad después de aquello. Una vez más una
voz de ni Dios sabe donde, dijo… ¡Vamos, cariño. Será rápido!
Por su cara, adiviné que no iba todo como él hubiera
querido, como lo habría imaginado. Quizás esperaba una mamá fulana, deseando
ser poseía brutalmente por el profesor de su hija. Me mantuve lo mejor que
pude. Entonces pensé en hacerle un guiño al destino. En vez de quitarme el
top, que sería lo lógico, deslicé suavemente mis manos por los costados y me
bajé las braguitas. Él sentado en su escrito, habría la boca, mirándome como
el que admira a una Diosa egipcia, diciendo nada…
Intuí que le gustó lo que vio, pero para no darle adorno
excesivo al tema y como si de un ¡zas! se tratara me quité el top. Ahí
estaban ellas, erguidas, desafiantes, redondas, carnudas, como inquisidoras.
Incluso amenazantes.
Primero un carraspeo. Dos miradas de arriba abajo y…
¡Muy bien! ¡Pero que muy bien!. Tu niña ya tiene un
cero…
Una pausa mínima. Tragar saliva y seguidamente su voz.
Ronca…
El UNO es el comienzo, la soledad, uno mismo. La
intimidad. Como uno mismo, nadie se conoce… A veces tiene privilegios,
puesto que solo uno, solo ese (haciendo énfasis excesivo), hace la tarea
que otros quisieran. El uno, aunque solo, es un conjunto. Por lo tanto,
querida mía, premiemos al uno como se merece.
Masturbarte…
Hazlo sola, en silencio. Con un solo dedo. De pie.
Para mí. Puedes cerrar los ojos si quieres….
Cuando días antes me propuso la visita, aprovechando la
ausencia de Leticia, pensé inocente de mí, que arreglaría aquel embrollo,
como máximo con una mamada. Pero me equivoqué, porque ahora..
Ahora, ahí estaba yo. Desnuda. Desprotegida. Sintiéndome
ni yo misma se como…
Intenté no pensar. Difícil, teniendo su mirada fija en
mí. Cerré los ojos y me concentré en mí, solo en mí. Empecé a acariciarme el
clítoris apenas rozándolo con un dedo, como él había ordenado. Poco a poco
me olvidé que no estaba sola y me fui animando. Comencé un metisaca de mi
dedo en mi chochito que me puso a cien y cuando oí su respiración fuerte,
entrecortada, casi me corro. Entreabrí los ojos para ver si me miraba,
deseándolo excitado y entonces antes de acabar con mi glorioso martilleo
constante sobre mi feminidad, se hizo eco del silencio su voz vibrante que,
elevándose altiva, dijo:
El DOS es el comienzo. Con él tenemos pareja.
Indispensable. A partir de ahí decidimos sobre lo par y lo impar.
Resulta apasionante. Las mejores cosas de la vida vienen de dos en dos.
Dos manos, dos sexos, dos senos, dos huevos… Si señor ¡con un par!
¡Manda güevos, que dijo Trillo!
Y ahí es donde te vas a aplicar. Quiero que me mames
mis dos huevos. Que te deleites. Y cuando los tengas encumbrados de
saliva, restriegues tus dos pezones, que deberán estar como pitones,
sobre ellos…
Me puse de rodillas frente a él y comencé a lamerle las
ingles, jugueteando con la base de su polla, que por momentos alcanzaba una
erección de dimensiones considerables. Me alegré por la ausencia de vello,
para que no resultara desagradable. Alcancé a mirar hacia arriba y observé
su cara en trance, disfrutando del momento, aprovechando que mantenía los
ojos cerrados pellizqué mis pezones…
Se pusieron duritos, de punta. Justo en el momento en el
que mi boca abarcaba íntegramente uno de sus testículos. Quería saliva, pues
la iba a tener. Su respiración se entrecortaba, jadeaba, rugía. Me miró y
supe que era la señal. Agarré mis pechos desde abajo y rocé su pelotas
hinchadas con mis empitonados pezones. Me gustó notar que mi saliva pasaba
de sus huevos a mis tetas…
El TRES, aunque desapercibido por la mayoría, es
importantísimo. Tanto que cuando te dan a elegir, son tres los deseos de
la lámpara mágica de Aladino, tres las cosas que te llevarías a una
isla, tres las cosas importantes que has de hacer en tu vida antes de
morir. Tres los órganos de una mujer, donde introducir el pene de un
hombre. Por eso es por lo que quiero que me cuentes tres cosas…
Me hizo sentar en su regazo. Sus manos subían y bajaban
veloces. Nerviosas. Como si de repente se arrepintiera. A estas alturas…
Bajó su tono de voz. Como para que solo lo escuchara yo.
Muy cerca del oído me dijo…
Dime tres sinónimos de puta…
Zorra…, fulana… y… y… ¡puta!
¿puta? Eso no es sinónimo. Esfuérzate o terminamos
con esto ¡ya!
Zorra, fulana y … y… ¿guarra?
Ni un aspaviento. Quieto. Continuó…
Ahora, tres de follar.
Joder, penetrar y fornicar. Le dije muy rápido y casi
sonriendo…
Una mueca de excitación y alegría en su rostro…
Quiero conocer tus tres fantasías sexuales.
Que me violen. Donde sea. Pero que me violen. Y que
me guste…
Más, pequeña. Dime más…
Estar en el medio de un corro de tíos. Diez o doce.
Que todos me den sus pollas a mamar y se vayan corriendo en mi cara uno
a uno. Notar su semen caliente resbalando por todo mi cuerpo.
¡Mira como la has puesto de dura…! ¿Y el tercero?
Qué tu mujer me coma el coño, teniendo yo la piernas
muy abiertas y que mi marido le esté reventando por detrás. Para que
aprenda de verdad lo que es una buena follada…
El CUATRO nos señala los puntos cardinales.
Indispensable para situarse. Los jinetes del Apocalipsis. Nada eran si
faltaba alguno de ellos. Las patas de una silla donde sostenerse. Las
patas de los invertebrados. Necesarias todas ellas…
Así deseo verte. Ponte a cuatro patas…
Evidentemente lo hice. Me arrodillé despacio, inclinándome
seguidamente hacia delante, hasta que las palmas de mis manos acariciaban el
frío suelo, donde mis rodillas notaban su dureza. Pude observar desde mi, ahora,
baja altura, las dimensiones con otra perpestiva…
Se acercó y empezó a acariciarme como a un perro. Sus manos
recorrieron mi cuerpo. Como masajista pornográfico, puesto que evidentemente se
detenía en los puntos que más le gustaban. Me untó el coño y el culo con aceite
de coco para que sus hábiles dedos entraran y salieran a su merced, sin
encontrar casi impedimento por mi parte. Ahora el culo, luego pellizcos en las
tetas, dos dedos enormes se movían en el interior del coño, rápidos, duros,
largos, costantes…
El CINCO. Es un suficiente, un aprobado raspado, las
falanges de las manos, pero también el calificativo del mejor jamón, el
de cinco jotas. Y ¿Cómo no? La rima más sórdida. ¿Cinco? Pues por el
culo te la hinco… Aunque me parece mucho premio para un aprobado.
Entonces, quizás será mejor que te la hinques tú. Cinco veces seguidas.
Hasta el fondo. Hasta que mis huevos toquen tus labios. Te la clavarás
de espaldas a mí, de un golpe y contarás hasta cinco, muy despacito,
para volver a levantarte y volver a clavártela.
Un mar de dudas me inundó los pensamientos. ¿Por el culo? ¿De
golpe? Imposible. Lo siento, por mí, porque empezaba a disfrutar, me sentía
zorra y atraída, querida y mimada, vejada y puta, pero ¿por el culo…?
Cuando estaba dispuesta a dejarlo todo. A mandarlo todo al
carajo, su voz sonó envolviendo los rincones del zaguán…
Te la clavarás en tu coñito, putita viciosa… ¿Qué te
creías?
Como si me hubiera leído el pensamiento. Como sabiendo que
ese detonante hiciera que todavía me mantuviera ahí, como demostrándome a mí
misma, que su imán había alcanzando de pleno a mi polo y supiera que ya no
podría moverme de ahí hasta culminar aquella locura, aquella ingenua y loca idea
de pensar que aceptaría el trueque de un DIEZ a cambio de una mamada. Imbécil.
Encima casi le doy las gracias por respetarme. Increíble…
De espaldas a él me fui metiendo su ya gordísima polla, que
no larguísima, hasta lo más hondo de mi ser. Cinco veces. Cada vez que la sacaba
notaba como el descorchar de una botella. Cada vez que me la hincaba, el
quemazón del deseo. Me sentía marrana y lo que es peor, me encantaba. Yo estaba
ya fuera de mí. Aquello no se le hace a una mujer y mucho menos de haber estado
calentando de esa manera. La quería dentro. Sentirla. Que se vaciara en mí.
Follarmela fuerte. Gritar como una descosida. Sentirme puta. La más puta de
todas la mamás del cole. Quería que lo supieran. Que Don Joaquín había sacado la
zorra que había en mí. Que era su zorra…
El SEIS. Número perfecto para determinar un bien. No
es un suficiente y no es un notable. El último de los sentidos, el que
queremos tener para apercibir lo que los demás no pueden. Los números de
un dado. Todo un azar en seis oportunidades. Los integrantes de la
masturbación masculina, cinco dedos y un pene. Te daré la oportunidad de
que me hagas una paja y adivinaras con tu sexto sentido la forma para
darme gusto y no hacerme eyacular…
Me relamí. Lo miré y le dije: Cariño, va a ser la mejor paja
de tu vida… Agarré su polla, notando sus venas hinchadas, su calor, su ardor, su
deseo y comencé a frotarmerla contra la cara, para luego apartarla y seguir con
un sube baja cadencioso pero firme para que no se corriera encima. Noté sus
espasmos preorgásmicos, por lo que decidí juguetear con mis uñas sobre su
virilidad. Otra vez en mi mano y vuelta a empezar. No se corrió. Me miró con
aprobación y supongo que con un terrible dolor de huevos por no haberse vaciado
encima mía…
El SIETE. Las maravillas del Mundo, siete. Al igual
que los sacramentos de la Iglesia Católica, muy serios; marcados, pero
muy antiguos, casi retrógrados. En cambio los siete pecados capitales
(La soberbia, la pereza, la lujuria, la avaricia, la gula, la ira y la
envidia) tan modernos, tan de hoy. Casi todas las personas sufren a
diario al menos cinco de ellos. Por la mala educación. Por trasladar a
nuestros hijos nuestras angustias y por defenderlos de todo. Un buen
azote en su momento hubiera sido suficiente. Por eso, señora mía,
intentaremos reeducarla, aunque hayamos llegado tarde…
No dije nada. Obviamente lo entendí. Me agarró por las
muñecas, y dirigiéndome con su mirada, asentí y apoyé mis manos en el
escritorio, sacando mi culo todo lo que pude hacia atrás, esperando que le
cayera una lluvia de azotes. Se puso detrás y encaramó su gordo glande a mi
chorreante coño. Un empujón y quieta. Parecía empalada. Mordía mis labios
mientras él, cual cura de la posguerra española, recitaba sin parar por lo
bajini… ¡Soberbia, pereza, lujuria…! Y su mano se acomodaba repetidamente sobre
mis glúteos. Intensa. Dura. Seca. Rápida. Corta. Ávida. Justa.
Crucé las piernas, notando mucho más su hinchada polla como
queriendo reventar las paredes de mi coño, mientras la palma de su mano marcaba
el aumento carmesí de mi culo. Jamás pensé que unas cachetadas serían las
culpables de tan elevado orgasmo.
Cuando se hubo cansado, la sacó de un golpe, dejándome
exhausta, mojada, inquieta, relajada pero alarmada. Joder… si aquello era el
siete y obviamente el tema iba "in crescendo" ¿qué más podría depararme?
- El OCHO. Querida del ocho te podría decirte mil cosas. Pero
lo único que se me ocurre es que rima con bizcocho. Con chocho. Ahora ya no hay
quien me pare. Quiero comerte el coño. Devorártelo. Que te corras en mi boca…
Parecía fuera de sí, como si quisiera compensarme con todo lo
que me estaba haciendo. Aunque también pensé que aquello sería ‘demasiado
íntimo’. Vale que me estuviera dejando vejar, manosear, pegar, insultar… era
como una violación consentida, pero ¡joder! ¿Comerme el coño…? Ahora sí que
acaba de entender que estaba a su disposición. Y me gustaba…
Me sentó en el escritorio e hizo que sacara mi culo para
fuera de tal manera que mi coño quedaba completamente en el aire. A su merced.
Agarré el borde la mesa, aferrándome para no caerme y dejé libres mis piernas,
que enseguida buscaron acomodo sobre sus muslos. Él sentado frente a mí, con su
boca a escasos diez centímetros de mi chorreante vagina y mis piernas
descansando en sus muslos. Me cogió de los tobillos para que mis pies quedaran
en puntillas. Hacía conmigo lo que quería. Tensa por la posición y tensa por la
espera…
Se gustó. Utilizando solo su boca, parecía que aquel fuera la
última cena de su vida. Buscó todos los rincones, todos los pliegues,
deleitándose con cada uno de mis quejidos, sacando gemidos de donde ni
recordaba. A veces a boca llena, a ratos solo con la punta. El clítoris, los
labios de arriba abajo, los muslos por dentro, el monte de Venus, hundía su
lengua hasta el fondo, luego como si jugara me miraba malicioso para darme
golpecitos de punta de lengua en repetidas ocasiones contra el clítoris. Luego
me lo mordía y yo me moría y me chorreaba y me deshacía…
El NUEVE. Los meses de gestación. El número de los
planetas, que entorno al Sol se mueven. Eso es lo que quiero que hagas.
Ver como te mueves. Quiero que me folles y quiero que lo hagas bien.
¡Fóllame en cuclillas!
Lo tumbé en el suelo y me acomodé sobre él. Mi coño me pedía
a gritos querer volver a correrse. Me urgía. Introduje su falo en mi humedad y
paulatinamente me puse como me había ordenado. De cuclillas su polla entraba
hasta el final, su gordo cipote llamada a la puerta de mi útero. Me sentía
empalada. Pero dichosa. Marrana, mucho. Pero llena. Llena de polla. Nadie me
había follado así. Mientras lo follaba, la cabeza se me fue, deseando que no
fuera la última, que no hubiera sido un sueño. Mi coño me delató soltando flujos
como si de una manguera se tratara. Madre de Dios Hermoso. No era grande aquella
polla, simplemente es que su dueño había hecho de ella una auténtica máquina de
follar…
Y por fin el DIEZ. Los mandamientos, los que nos
enseñan a cumplir a
rajatabla de pequeños. El número mágico dentro del fútbol.
Grandes leyendas. Pelé, Maradona… La máxima puntuación. Tan enigmático. Tan
encantador. Con su uno tan tieso y su cero tan redondito. Tieso como mi pene y
redondito como tu bonito ano. Te sodomizaré hasta el orgasmo. Me quiero correr
dentro de tu culo, guapa. Así sabrás que tu bonita niña tiene un diez, bien
ganado por su mamá…
Situó la silla con el respaldo apoyado en la mesa, me hizo
poner de rodillas sobre ella y luego inclinó mi cintura hacia delante. Las
palmas de las manos abiertas sobre la mesa, mis tetas casi rozándose como
queriendo estamparse contra las carpetas y mi cintura pegada a la parte superior
del respaldo. Prácticamente inmóvil. A su entera disposición.
Perforó de nuevo mi agujerito con todos sus dedos, como
avisando de lo que vendría. No me podía casi mover por la postura. Un cachete.
Y… ¡escozor! Su puntísima estaba en la entrada, se restegraba, rápida como una
culebra. ¡Plass! Otro cachete… De repente un silencio, un empujón y …
¡silencio!. Quieto. Había metido, creo que solo la mitad del glande. Pero ya era
un triunfo en sí mismo…
Pasé casi dos minutos quieta, al igual que él. Solo notaba
chorros de aceite por fuera de mi ano, hasta escuchaba el gotear contra el
suelo. ¡Un empujón más! Seguido de un alarido único. Mezclado el suyo con el
mío. De nuevo la quietud. ¡Joder me la estaba clavando a trozos y me estaba
matando! Opté por moverme rítmicamente aunque muy despacio para poder llegar a
mantener un vaivén…
¡Conseguido! Al cabo de unos minutos cuando mi culo se
acostumbró a ser atacado, decidió relajarse para que el deleite llegase. Ya sí.
Ya notaba a pesar del ardor, que el gustito llegaría…
¡Grita puta! ¡Quiero que me digas que te gusta!
¡Córrete cabrón, lléname el culo con tu leche…!
¿Eso quieres guarrilla?
¡Oh, sí, córrete, córrete…!
¡Que puta eres…!
¡Córrete en mi culo, vamos…! ¡Me corro contigo…!
¡Toma leche, toma leche…! ¡Ahhhhh….!