DULCE AMARGOR
PEQUEÑO PRÓLOGO
Estimada lectora o lector, sólo unas pocas palabras para
decirte que pienso hacerte entrega de mi novela "dulce amargor", en pequeñas
dosis, capítulos, relatos, o llámalos como quieras. Te descubro la intimidad de
mi alma con una sutil mezcla de detalles nacidos de mi imaginación junto a otros
plenamente autobiográficos.
Ésta es mi primera novela.
Entrar en mi mundo no te será fácil porque yo no lo soy. No
me han dejado serlo.
Desde estas primeras letras quiero que sepas que mi historia
te la susurro al oído porque quiero formar una madeja de complicidades contigo.
Gracias por leerme.
1- FIN DE CARRERA
Me despertaron los gritos de mi padre en la habitación de al
lado. Como de costumbre, vociferando con esos alaridos roncos y potentes de
macho dominante, de macho que manda en su esposa, de macho que impone su
voluntad.
A mí me ponían más que nerviosa histérica, rabiosa, me
sacaban de mis casillas. Agarré la almohada y me tapé los oídos y susurré una
canción para no oírle y deseé con todas mis fuerzas, como en mil ocasiones
anteriores, estar lejos, muy lejos de allí.
Estaba realmente cansada de intentar proteger a mi madre de
aquel salvaje, de cuidarla, de interponerme en sus peleas para que cesasen, de
ocultar y callar mis problemas por no incrementar sus preocupaciones. Cansada de
contemplar las vejaciones, los insultos, los menosprecios con las que el cerdo
de mi padre pagaba todo el celo, trabajo y dedicación que mi madre había puesto
siempre en el cuidado de todo cuanto a nosotros atañía. Cansada de convertirme
yo misma en el blanco de sus iras e insultos cuando en alguna ocasión parecía
aburrirle ya hacerlo con ella.
El macho lo dominaba todo, dominaba nuestra hacienda,
nuestras vidas y nuestros sentimientos. Y mi madre y yo girábamos como los
caballitos de feria en torno a su majestad, con la inercia de la necesidad y del
miedo.
De repente, tal y como habían empezado, los gritos cesaron.
En la oscuridad de la noche la luz amarillenta de la farola
se colaba entre los visillos de la ventana de mi dormitorio y se reflejaba en el
techo de mi habitación iluminando tenuemente los peluches apilados en la
estantería que, como pequeños fantasmas del pasado, parecían espiarme. Peluches
resumen de una infancia que no quería recordar, peluches que evocaban cada etapa
de aquella relación progresivamente degenerada y rota entre mis padres.
Pero junto a ellos, encuadrada por uno de esos marcos baratos
de las tiendas de todo a cien estaba la foto de Alfonso.
No podía evitar sonreír cuando la veía. El único refugio
eficaz para el bombardeo mental al que mis sentimientos estaban sometidos eran
los brazos de Alfonso. El único elixir para mitigar mi dolor y mi desconsuelo
era el amor y la pasión de sus dulces besos.
Recordé, sin perder la sonrisa, que al día siguiente Alfonso
me vendría a recoger temprano para ir a la facultad a la entrega oficial
nuestros títulos de licenciado en ciencias empresariales. La certeza de volver a
verle me inundaba de un optimismo vital y una tranquilidad que me hacían olvidar
todo cuanto de deprimente y oscuro hubiese en mi corazón.
La misma almohada que me había servido para taponar mis oídos
se transformo en el cuerpo del novio que me faltaba, la abracé con la misma
ternura con la que tantas veces le abrazaba a él, y recordando los últimos besos
de aquella misma tarde, volví a quedarme dormida.
Me llamo Nuria, tengo 24 años, soy muy poquita cosa,
físicamente hablando. Mido un metro sesenta y uno, delgada, peso 51 kilitos, y
no me considero una chica bonita, simplemente del montón. Morena, pelo largo
ligeramente ondulado, ojos grandes y oscuros, nariz algo más alargada de lo que
yo querría y boca creo que sexy pero algo grande. Por destacar lo que más me
gusta de mi físico, diré que mi senos, algo más grandes de lo habitual, gasto
una 93, han sido siempre polo de atracción para los chicos, motivo de envidia
para mis amigas y orgulloso estandarte para mi. Bueno, mi trasero tampoco está
mal.
Soy callada e introvertida, prefiero escuchar a hablar, poco
simpática, pero amable con mis amigos, constante y trabajadora. Poseo un gran
poder de concentración y soy tozuda en lo que me propongo.
Alfonso, mi chico o novio, como queráis decirle, es todo lo
contrario que yo. Con dos años más que yo, mide uno ochenta y cinco, es ancho de
espaldas y fuerte. Se tira las horas en el gimnasio. No es rubio, pero yo diría
que su pelo es castaño rubiete. Ojos claros color miel, nariz y boca pequeña y
lo que más me gusta de él, su mentón, ancho y poderoso proporciona a su rostro
un atractivo impresionante. Es guapísimo, o yo lo veo así.
Se le ve inmenso junto a mí, me hace sentirme pequeña, pero
el simple contacto de su mano con la mía o su brazo sobre mis hombros me
proporcionan una gran sensación de protección y seguridad.
Además, y esto es lo que más valoro, nunca me ha levantado la
voz, es dulce y amable conmigo y además muy apasionado.
Demasiado lanzado en lo que al sexo se refiere, le domina el
cuerpo y la mente y siempre tiene ganas, siempre está dispuesto a buscar un
rincón, una praderita, un portal, en fin, cualquier discreto refugio donde dar
rienda suelta a su insaciable apetito carnal. A mi no me molesta, en lo que toca
al amor, me encuentro bastante predispuesta a cerrar el telón del mundo que me
rodea, y vivir un entreacto con mi "Fonsi", como le llamo cariñosamente. Esos
ratitos, esos calentones de cualquier día y en cualquier sitio, son píldoras de
pasión, tranquilizantes y estimulantes a la vez, que me alejan de otras
realidades y en las que doy también rienda suelta a mis instintos más básicos y
más reconfortantes.
Todo lo que tiene de grandón lo tiene de noble, un niño
grande, dócil y un poco irreflexivo. Simpático y extrovertido, sólo le encuentro
un defecto, por otro lado bastante común en la mayoría de los chicos que
conozco. Da prioridad a la diversión, a su gimnasio, a sus citas conmigo y a sus
relaciones humanas. Dejando en un segundo lugar sus estudios y en general, todo
lo que huela a responsabilidades de la vida, vamos, un poquito inmaduro. Me ha
costado un esfuerzo sobrehumano que terminase la carrera conmigo.
Nos conocemos desde hace tres años. Él repetía la mayor parte
de las asignaturas de tercero cuando empezamos a coincidir en el campus y las
clases. Acostumbraba a estudiar en la biblioteca, como yo, y fue allí donde
entablamos nuestras primeras conversaciones, intercambios de apuntes y charlas
intrascendentes.
Lo recuerdo como si hubiese sido ayer, fue allí también, en
la biblioteca, donde me robó el primer beso.
Eran la nueve de la mañana cuando abandoné perezosa la
calidez acogedora de mi lecho. Alfonso pasaría a recogerme a las diez.
Cuando mi madre me oye trastear en el baño, de forma
automática pone a calentar la leche y me prepara el Cola Cao con cereales de
todas las mañanas, es un ángel en la tierra.
Tras ducharme y dejar listo mi cuarto, me vestí y fui para la
cocina. Según me acercaba, recordé la bronca de la noche anterior. Al llegar
ella estaba de espaldas, volcando la leche en el baso. Me acerqué y la abracé
con la mayor ternura y cariño que pude.
Tonta, me vas a tirar la leche, me dijo. Pero yo apreté más
mi abrazo y besé su mejilla dulcemente. Te quiero mami, le dije al oído, con la
poderosa y consciente intención de resarcirla del maltrato sufrido, de aportarle
en el comienzo del día ese rayo de luz y calor que la ayudasen a seguir
caminando su duro camino.
¡Cómo la quería y admiraba! No comprendía por qué aguantaba a
mi padre, aunque intuía que parte importante de la razón fundamental era yo. Mis
estudios la habían forzado a mantener intacta la estabilidad familiar. Yo sabía,
ella me lo había confesado, que la terminación de mi carrera era la mayor
ilusión de su vida.
Cuando se giró para darme el baso vi que lloraba, no con un
llanto abierto, sino con uno de esos llantos contenidos que nublan la vista y
encogen el habla.
Cuando veo llorar a mi madre, cosa que no suele hacer, por lo
menos delante de mí, me rompo, me desmorono como un castillo de arena batido por
las olas y un pellizco profundo e intenso se apodera de mi estómago.
Le pregunté por qué. Una lágrima se le escapó surcando la
bendita mejilla, y con un gran esfuerzo articuló su voz rota y me respondió con
palabras entrecortadas por el llanto: ha llegado tu gran día cariño. Su rostro
iluminado me miraba de esa forma en la que solo una madre puede mirar, orgullosa
y feliz.
¿A qué hora te recogía Alfonso?, me preguntó. Yo le respondí
que en un ratito, que habíamos quedado a las diez. Y le expliqué que luego no
vendría a comer. Habíamos quedado con algunos compañeros para celebrarlo.
Diviértete, hija, es tu gran día. Me contestó, como siempre,
comprensiva y cariñosa.
Tras desayunar volví a mi cuarto, al abrir la puerta del
armario en la que tengo el espejo y no me gusté. Me volví a desnudar y cambié
los vaqueros por una faldita negra y corta, a medio muslo, con algo de vuelo que
me queda genial, un top del mismo color completó mi atuendo. Me miré de nuevo al
espejo. Ahora sí, lucía mi bonita delantera como ella se merece y mi ombligo
quedaba desnudo presidiendo las redondas tersuras de mi tripita.
Sonreí nerviosa e ilusionada, pensando las inmediatas
tentaciones que acudirían a la mente de Alfonso cuando me viese.
Aún sin vestir del todo, oí el timbre quejumbroso del portero
automático y a mi madre contestar que ya estaba, que bajaba en seguida.
No puedo remediarlo, cuando sé que él está abajo salgo
disparada como una flecha de mi casa.
Un último beso me despidió de mi madre. Asomada al portal y
viéndome bajar el primer tramo de escaleras, me soltó la frase de todos los
días: Ten cuidadito hija.
Como siempre, Alfonso entraba al portal para esperarme. Si la
situación lo permitía no dejaba escapar la oportunidad de encontrarnos a solas.
La luz del radiante día de comienzo del verano inundaba la
calle y se colaba de soslayo en la entrada del portal. Su figura se recortaba
oscura y poderosa contra la luz de afuera, de pie, justo al final de la
escalera, me contemplaba ensimismado bajar. Yo le hice sufrir disminuyendo la
velocidad, luciendo mis piernas bajo el vaivén de mi falda.
Me paré en el último escalón. Aún así, me ganaba en altura.
Puso una de sus manos sobre mis traseras contundencias, por encima de la falda,
apretándome y me besó largo en la boca. Su boca, manjar de dioses, su lengua,
sabia y juguetona, su fuerza, recogiéndome, abarcándome, inmovilizándome en un
abrazo firme y tierno a la vez.
Mis brazos sobre su cuello, acariciando su melena,
comunicándole mi pasión en caricias y agarrones.
Lo sabía, su mano no tardó en iniciar la expedición bajo la
falda. Tomó posesión de mis traseros territorios, jugando con la tira de mi
tanga, reconociendo mis redondeces y apretando mi cuerpo contra el suyo. Sin
dejar de besarme, sin pronunciar palabra alguna.
Sentí crecer su sexo en nuestro abrazo, como siempre, de
forma instantánea y contundente. Me abandoné disfrutando el momento, libando la
miel de nuestra cercanía, de su beso, de su mano juguetona en mi trasero.
Éramos capaces de seguir así una eternidad. ¡Cuántas veces lo
habíamos echo!
El sonido del ascensor al ponerse en marcha deshizo el
encanto. Te quiero, me dijo. Y yo a ti mi amor, le respondí. Nos cogimos de la
mano y salimos hacia su coche.
El sol de la mañana nos bañaba al caminar. Le cogí de la
cintura. El me echó su brazo sobre el hombro y acortó sus pasos para igualarlos
con los míos. Yo quería mostrarle al universo entero nuestro amor.
Fonsi, no me dejes nunca, le dije llegando al coche. Él paró
antes de abrir la puerta, me agarró de las mejillas enfrentando nuestras miradas
y me contestó: ¿Tu crees que eso es posible? Y depositó sobre mis labios los
suyos apenas unos segundos.
Mi corazón bailó flotando sobre las copas verdes de los
árboles, sobre las pocas nubes blancas del cielo azul intenso de la mañana.