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TODORELATOS » RELATOS » DULCE AMARGOR. FIN DE CARRERA- PRIMERA PARTE
[ La vida es muy corta para aprender Alemán (Tad Marburg) ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 17 de Mayo, 2008.
Fecha: 26-Dic-07 « Anterior | Siguiente » en Grandes Relatos (824 de 863)

Dulce Amargor. Fin de carrera- primera parte

karol
Accesos: 2,116
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Tiempo est. lectura: [ 8 min. ]
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Novela que os entrego por capitulos. Intimista. Algo distinto a mis relatos publicados en CONFESIONES. Espero que os enganche mi historia. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

DULCE AMARGOR

PEQUEÑO PRÓLOGO

Estimada lectora o lector, sólo unas pocas palabras para decirte que pienso hacerte entrega de mi novela "dulce amargor", en pequeñas dosis, capítulos, relatos, o llámalos como quieras. Te descubro la intimidad de mi alma con una sutil mezcla de detalles nacidos de mi imaginación junto a otros plenamente autobiográficos.

Ésta es mi primera novela.

Entrar en mi mundo no te será fácil porque yo no lo soy. No me han dejado serlo.

Desde estas primeras letras quiero que sepas que mi historia te la susurro al oído porque quiero formar una madeja de complicidades contigo.

Gracias por leerme.

1- FIN DE CARRERA

Me despertaron los gritos de mi padre en la habitación de al lado. Como de costumbre, vociferando con esos alaridos roncos y potentes de macho dominante, de macho que manda en su esposa, de macho que impone su voluntad.

A mí me ponían más que nerviosa histérica, rabiosa, me sacaban de mis casillas. Agarré la almohada y me tapé los oídos y susurré una canción para no oírle y deseé con todas mis fuerzas, como en mil ocasiones anteriores, estar lejos, muy lejos de allí.

Estaba realmente cansada de intentar proteger a mi madre de aquel salvaje, de cuidarla, de interponerme en sus peleas para que cesasen, de ocultar y callar mis problemas por no incrementar sus preocupaciones. Cansada de contemplar las vejaciones, los insultos, los menosprecios con las que el cerdo de mi padre pagaba todo el celo, trabajo y dedicación que mi madre había puesto siempre en el cuidado de todo cuanto a nosotros atañía. Cansada de convertirme yo misma en el blanco de sus iras e insultos cuando en alguna ocasión parecía aburrirle ya hacerlo con ella.

El macho lo dominaba todo, dominaba nuestra hacienda, nuestras vidas y nuestros sentimientos. Y mi madre y yo girábamos como los caballitos de feria en torno a su majestad, con la inercia de la necesidad y del miedo.

De repente, tal y como habían empezado, los gritos cesaron.

En la oscuridad de la noche la luz amarillenta de la farola se colaba entre los visillos de la ventana de mi dormitorio y se reflejaba en el techo de mi habitación iluminando tenuemente los peluches apilados en la estantería que, como pequeños fantasmas del pasado, parecían espiarme. Peluches resumen de una infancia que no quería recordar, peluches que evocaban cada etapa de aquella relación progresivamente degenerada y rota entre mis padres.

Pero junto a ellos, encuadrada por uno de esos marcos baratos de las tiendas de todo a cien estaba la foto de Alfonso.

No podía evitar sonreír cuando la veía. El único refugio eficaz para el bombardeo mental al que mis sentimientos estaban sometidos eran los brazos de Alfonso. El único elixir para mitigar mi dolor y mi desconsuelo era el amor y la pasión de sus dulces besos.

Recordé, sin perder la sonrisa, que al día siguiente Alfonso me vendría a recoger temprano para ir a la facultad a la entrega oficial nuestros títulos de licenciado en ciencias empresariales. La certeza de volver a verle me inundaba de un optimismo vital y una tranquilidad que me hacían olvidar todo cuanto de deprimente y oscuro hubiese en mi corazón.

La misma almohada que me había servido para taponar mis oídos se transformo en el cuerpo del novio que me faltaba, la abracé con la misma ternura con la que tantas veces le abrazaba a él, y recordando los últimos besos de aquella misma tarde, volví a quedarme dormida.

 

Me llamo Nuria, tengo 24 años, soy muy poquita cosa, físicamente hablando. Mido un metro sesenta y uno, delgada, peso 51 kilitos, y no me considero una chica bonita, simplemente del montón. Morena, pelo largo ligeramente ondulado, ojos grandes y oscuros, nariz algo más alargada de lo que yo querría y boca creo que sexy pero algo grande. Por destacar lo que más me gusta de mi físico, diré que mi senos, algo más grandes de lo habitual, gasto una 93, han sido siempre polo de atracción para los chicos, motivo de envidia para mis amigas y orgulloso estandarte para mi. Bueno, mi trasero tampoco está mal.

Soy callada e introvertida, prefiero escuchar a hablar, poco simpática, pero amable con mis amigos, constante y trabajadora. Poseo un gran poder de concentración y soy tozuda en lo que me propongo.

Alfonso, mi chico o novio, como queráis decirle, es todo lo contrario que yo. Con dos años más que yo, mide uno ochenta y cinco, es ancho de espaldas y fuerte. Se tira las horas en el gimnasio. No es rubio, pero yo diría que su pelo es castaño rubiete. Ojos claros color miel, nariz y boca pequeña y lo que más me gusta de él, su mentón, ancho y poderoso proporciona a su rostro un atractivo impresionante. Es guapísimo, o yo lo veo así.

Se le ve inmenso junto a mí, me hace sentirme pequeña, pero el simple contacto de su mano con la mía o su brazo sobre mis hombros me proporcionan una gran sensación de protección y seguridad.

Además, y esto es lo que más valoro, nunca me ha levantado la voz, es dulce y amable conmigo y además muy apasionado.

Demasiado lanzado en lo que al sexo se refiere, le domina el cuerpo y la mente y siempre tiene ganas, siempre está dispuesto a buscar un rincón, una praderita, un portal, en fin, cualquier discreto refugio donde dar rienda suelta a su insaciable apetito carnal. A mi no me molesta, en lo que toca al amor, me encuentro bastante predispuesta a cerrar el telón del mundo que me rodea, y vivir un entreacto con mi "Fonsi", como le llamo cariñosamente. Esos ratitos, esos calentones de cualquier día y en cualquier sitio, son píldoras de pasión, tranquilizantes y estimulantes a la vez, que me alejan de otras realidades y en las que doy también rienda suelta a mis instintos más básicos y más reconfortantes.

Todo lo que tiene de grandón lo tiene de noble, un niño grande, dócil y un poco irreflexivo. Simpático y extrovertido, sólo le encuentro un defecto, por otro lado bastante común en la mayoría de los chicos que conozco. Da prioridad a la diversión, a su gimnasio, a sus citas conmigo y a sus relaciones humanas. Dejando en un segundo lugar sus estudios y en general, todo lo que huela a responsabilidades de la vida, vamos, un poquito inmaduro. Me ha costado un esfuerzo sobrehumano que terminase la carrera conmigo.

Nos conocemos desde hace tres años. Él repetía la mayor parte de las asignaturas de tercero cuando empezamos a coincidir en el campus y las clases. Acostumbraba a estudiar en la biblioteca, como yo, y fue allí donde entablamos nuestras primeras conversaciones, intercambios de apuntes y charlas intrascendentes.

Lo recuerdo como si hubiese sido ayer, fue allí también, en la biblioteca, donde me robó el primer beso.

 

Eran la nueve de la mañana cuando abandoné perezosa la calidez acogedora de mi lecho. Alfonso pasaría a recogerme a las diez.

Cuando mi madre me oye trastear en el baño, de forma automática pone a calentar la leche y me prepara el Cola Cao con cereales de todas las mañanas, es un ángel en la tierra.

Tras ducharme y dejar listo mi cuarto, me vestí y fui para la cocina. Según me acercaba, recordé la bronca de la noche anterior. Al llegar ella estaba de espaldas, volcando la leche en el baso. Me acerqué y la abracé con la mayor ternura y cariño que pude.

Tonta, me vas a tirar la leche, me dijo. Pero yo apreté más mi abrazo y besé su mejilla dulcemente. Te quiero mami, le dije al oído, con la poderosa y consciente intención de resarcirla del maltrato sufrido, de aportarle en el comienzo del día ese rayo de luz y calor que la ayudasen a seguir caminando su duro camino.

¡Cómo la quería y admiraba! No comprendía por qué aguantaba a mi padre, aunque intuía que parte importante de la razón fundamental era yo. Mis estudios la habían forzado a mantener intacta la estabilidad familiar. Yo sabía, ella me lo había confesado, que la terminación de mi carrera era la mayor ilusión de su vida.

Cuando se giró para darme el baso vi que lloraba, no con un llanto abierto, sino con uno de esos llantos contenidos que nublan la vista y encogen el habla.

Cuando veo llorar a mi madre, cosa que no suele hacer, por lo menos delante de mí, me rompo, me desmorono como un castillo de arena batido por las olas y un pellizco profundo e intenso se apodera de mi estómago.

Le pregunté por qué. Una lágrima se le escapó surcando la bendita mejilla, y con un gran esfuerzo articuló su voz rota y me respondió con palabras entrecortadas por el llanto: ha llegado tu gran día cariño. Su rostro iluminado me miraba de esa forma en la que solo una madre puede mirar, orgullosa y feliz.

¿A qué hora te recogía Alfonso?, me preguntó. Yo le respondí que en un ratito, que habíamos quedado a las diez. Y le expliqué que luego no vendría a comer. Habíamos quedado con algunos compañeros para celebrarlo.

Diviértete, hija, es tu gran día. Me contestó, como siempre, comprensiva y cariñosa.

Tras desayunar volví a mi cuarto, al abrir la puerta del armario en la que tengo el espejo y no me gusté. Me volví a desnudar y cambié los vaqueros por una faldita negra y corta, a medio muslo, con algo de vuelo que me queda genial, un top del mismo color completó mi atuendo. Me miré de nuevo al espejo. Ahora sí, lucía mi bonita delantera como ella se merece y mi ombligo quedaba desnudo presidiendo las redondas tersuras de mi tripita.

Sonreí nerviosa e ilusionada, pensando las inmediatas tentaciones que acudirían a la mente de Alfonso cuando me viese.

Aún sin vestir del todo, oí el timbre quejumbroso del portero automático y a mi madre contestar que ya estaba, que bajaba en seguida.

No puedo remediarlo, cuando sé que él está abajo salgo disparada como una flecha de mi casa.

Un último beso me despidió de mi madre. Asomada al portal y viéndome bajar el primer tramo de escaleras, me soltó la frase de todos los días: Ten cuidadito hija.

 

Como siempre, Alfonso entraba al portal para esperarme. Si la situación lo permitía no dejaba escapar la oportunidad de encontrarnos a solas.

La luz del radiante día de comienzo del verano inundaba la calle y se colaba de soslayo en la entrada del portal. Su figura se recortaba oscura y poderosa contra la luz de afuera, de pie, justo al final de la escalera, me contemplaba ensimismado bajar. Yo le hice sufrir disminuyendo la velocidad, luciendo mis piernas bajo el vaivén de mi falda.

Me paré en el último escalón. Aún así, me ganaba en altura. Puso una de sus manos sobre mis traseras contundencias, por encima de la falda, apretándome y me besó largo en la boca. Su boca, manjar de dioses, su lengua, sabia y juguetona, su fuerza, recogiéndome, abarcándome, inmovilizándome en un abrazo firme y tierno a la vez.

Mis brazos sobre su cuello, acariciando su melena, comunicándole mi pasión en caricias y agarrones.

Lo sabía, su mano no tardó en iniciar la expedición bajo la falda. Tomó posesión de mis traseros territorios, jugando con la tira de mi tanga, reconociendo mis redondeces y apretando mi cuerpo contra el suyo. Sin dejar de besarme, sin pronunciar palabra alguna.

Sentí crecer su sexo en nuestro abrazo, como siempre, de forma instantánea y contundente. Me abandoné disfrutando el momento, libando la miel de nuestra cercanía, de su beso, de su mano juguetona en mi trasero.

Éramos capaces de seguir así una eternidad. ¡Cuántas veces lo habíamos echo!

El sonido del ascensor al ponerse en marcha deshizo el encanto. Te quiero, me dijo. Y yo a ti mi amor, le respondí. Nos cogimos de la mano y salimos hacia su coche.

El sol de la mañana nos bañaba al caminar. Le cogí de la cintura. El me echó su brazo sobre el hombro y acortó sus pasos para igualarlos con los míos. Yo quería mostrarle al universo entero nuestro amor.

Fonsi, no me dejes nunca, le dije llegando al coche. Él paró antes de abrir la puerta, me agarró de las mejillas enfrentando nuestras miradas y me contestó: ¿Tu crees que eso es posible? Y depositó sobre mis labios los suyos apenas unos segundos.

Mi corazón bailó flotando sobre las copas verdes de los árboles, sobre las pocas nubes blancas del cielo azul intenso de la mañana.

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