La saliva seca, si es espesa, se vuelve tirante sobre la
piel, se puede sentir en casi cada movimiento o presión que se ejerce como una
capa tirante. Además que se huele el aliento de quién la produjo, que la
acompaña mientras dure… aún seca.
Sara lo sentía en la cara, como lo había sentido en el auto
mientras conducía con las manos firmes agarrando el manubrio y su pie tenso, sin
soltar el acelerador. Lo sintió al bajarse del auto y caminar hasta la casa. Y
lo sentía ahora que se encontraba apoyada de espalda en la puerta, ya dentro de
la intimidad de su casa. Sentía la tirantez de la saliva en su cara, en sus
mejillas y en su frente, ésa rara sensación de una capa permanente de suciedad
acompañada por el olor de su propio aliento, esparcido por toda la cara y el
cuello.
Igualmente de tirante sentía la falda en su culo. En una
mujer madura, de más de cuarenta años, que ha ganado el peso correspondiente a
alguien que lleva una vida sedentaria, aunque bien cuidada, las partes de su
cuerpo crecen y ganan volumen en correspondencia. Y Sara fue desde muy joven una
mujer voluptuosa, de formas poco finas, curvas exageradas y escandalosas que la
avergonzaron más de una vez por su contundencia… Ahora, con todos esos años y
kilos ganados (pero bien distribuidos), su culo se erigía inmenso, contundente;
aunque ya los años lo tuvieran algo caídos y mucho menos firmes, su masa, su
grasa, había obrado en mantener su voluminosidad altiva. Flácido y todo, la
tremenda excitación a la que la había llevado el recordar los hechos ocurridos
el fin de semana recién pasado, habían contraído todos los músculos de su
abdomen hacía abajo, en una encrucijada fina entre el que parecía un constante y
amenazante orgasmo y el esfuerzo por evitarlo, por evitar también que ella misma
se auto otorgase el placer que tanto anhelaba.
Sara contraía sus muslos, nalgas y músculos abdominales con
una fuerza descomunal. Tal volumen habían alcanzado sus nalgas, que ya el cierre
de su estrecha falda había bajado por si mismo y amenazaba con reventar. Aún
así, se encontraba libre de todo riesgo de que la falda llegase a resbalar
siquiera un centímetro.
No dejaba de ser consciente de sus nuevas contradicciones.
Tan sólo esa mañana pensaba con aprehensión de éste momento. Llegó a desear que
no ocurriera. Pero ahora estaba en casa, después de haber conducido desde el
colegio donde trabajaba por sobre el límite de velocidad de zona urbana, urgida
por recuperar el tiempo perdido en sus ensoñaciones en el estacionamiento del
complejo y poder prepararse para las visitas que tenía que recibir.
Ahora, se le hacía imposible la espera. Lo único que quería,
por lo que hubiese dado lo que le pidiesen y más, era que llegara su nuevo amo y
sus amigos, tal y como le habían prometido que harían.
Sentarse a recordar en el auto los momentos vividos en la
fiesta de cumpleaños de su señor Diego, la habían llevado al punto de recordar
cuando la situación en la que se encontraba se hizo evidente para ella y, las
mismas sensaciones que había sentido entonces, se apoderaron de ella como
entonces, le borraron sus restos de conciencia y llevaron a sus deseos a
imponerse por sobre su razón.
Y ahora, nuevamente, al volver a pensar en lo mismo, la
invadían las ganas incontrolables, los calores inextinguibles de su sexo, que la
consumían por completo. Y se perdía en las visiones del pasado, que esperaba que
se volviesen a repetir…
***
Un momento de silencio siguió al último en acabar en la boca
de Sara. Ahora los cuatro chicos la miraban desde sus lugares, todos con el
corazón palpitante, sudorosos, agitados y aún algo pasmados por lo que acababan
de vivir. La tenían de rodillas, a un lado de la mesa de centro cubierta de
regalos y envases, con su barbilla brillante, cubierta de saliva, sudor y semen,
que también manchaba otras zonas de su rostro, su cabello y el resto de su
cuerpo y su ropa.
En su posición, a Sara le daba vueltas en la cabeza sus
propias palabras
"llámeme <b>puta</b>"
"llámeme <b>puta</b>"
Y se podía ver a si misma convertida en una puta. Aunque no
una cualquiera. Una lo bastante degenerada como para estar protagonizando una
orgía con 4 chicos que no le llegaban ni a la mitad de su edad. Estaba
comprendiendo a cabalidad su situación, sentía como si recién se lo hubiesen
puesto (y no lo hubiese llevado toda la tarde) su collar de perra y sus zapatos
de plataforma y tacón alto, miraba a los chicos con la verga afuera del pantalón
y un par con el pantalón en los tobillos, todos desparramados en sus asientos,
jadeantes, con los ojos clavados en su semi desnudez, en el espectáculo que les
estaba dando… y todo eso le cayó como una bomba de excitación en la cabeza.
Ahora era ella la que se agitaba, a la que se le desbocaba el
corazón. Comprendía que estaba cumpliendo el más oscuro y profundo de sus deseos
ocultos. Algo que no había siquiera querido llamar "fantasía". Quizás el motivo
subyacente en que se hiciera profesora.
Los chicos la miraron girarse a medias sobre sus rodillas,
dejando sus piernas bien separado y arrugando y subiendo su falda en la acción,
hasta dejarla por sobre sus muslos.
Podían notar su mirada trastornada, sobrepasada por su
calentura. Poco le faltaba para empezar a babear mientras dirigía una mano a su
entrepierna para darse el gusto que ya no quería reprimir. Quería coronar con un
orgasmo su perversa revelación.
Pero fue interrumpida. Fueron interrumpidos por la voz del
sr. García, el padre de diego, diciendo:
Esto es lo que nunca deben permitir que ocurra,
jóvenes- y añadió, luego de haberlos sobresaltado a todos con su
voz, tan ajena a la situación del living- Nunca permitan que una
puta determine cuando debe recibir placer, esa libertad es la
semilla de todo mal en la sociedad. Ella está aquí no sólo para
terminar de hacerlos hombres, sin o también para que uds mismos se
eduquen en cómo deben tratar a un hembra. Para que conozcan y se
acostumbren a su posición sobre ellas. Si les dan la libertad de
brindarse placer a si mismas, les perderán respeto y olvidarán su
posición bajo ustedes.
Mientras Mario García dio su corto discurso en entrada en la
sala (secundado por su amigo, David Riqueleme, padre de Joaquín), Sara se
apresuró en sacar su mano de entre sus piernas y cruzar ambas manos en su
espalda a la vez que se enderezaba un tanto (todo sin cerrar las piernas), y
Sebastián y Joaquín trataban infructuosamente de recomponer sus ropas aún sin
darse cuenta de lo que sucedía (los otros dos chicos tampoco podían saber muy
bien lo que pasaba, pero simplemente ya no atinaban a nada)
Los dos hombres llegaron al centro de la sala. Y el sr García
habló:
Sara.
Sí, amo?- respondió volteando la cabeza para
mirarlo hacia atrás.
Sabes que lo que intentabas hacer merece un
castigo.
Sí, señor- y levantó y estiró su cara, torciendo
aún más su cuerpo, pero sin despegar las rodillas del suelo.
Un par de fuertes manotazos cruzaron su cara sacudiéndola,
pero sin botarla y hasta limpiando algo de la saliva sobre su cara (saliva que
Mario García limpió en el cabello de la sumisa profesora)
Gracias, amo- Dijo Sara mientras sus mejillas
empezaban a enrojecer con rapidez.
Chicos. No están aquí para pajearse, ni para
permitir que ella lo haga. A partir de hoy, para Diego y para cada
uno de ustedes desde sus respectivos cumpleaños a lo largo del año.
Todas las putas como Sara estarán para satisfacerlos. Si quieren una
paja, que ella se las haga… pero creo que sería un desperdicio, no?.
Como lo es que estén ustedes ahí sentados, cuando aquí tienen a una
mujer lista y dispuesta a satisfacerlos como quieran. No creen que
es algo digno de aprovechar?
Los chicos se miraban entre ellos como comprendiendo lo que
decía el padre de Diego y comentándolo con los ojos – "qué tontos!" – pareciera
que se decían.
A partir de ése momento, los 4 chicos parecieron entender
mejor lo que sucedía. Que debían hacerse hombres y aprender a hacerlo por si
mismos. Y no tendrían limitantes para ello.
Sara fue su campo de juegos. No más una profesora. No hizo
más indicaciones, ni tomó más iniciativas, porque no fue necesario. Lo que no
aprendieran entre ése viernes y el domingo siguiente, lo podrían aprender el
resto de sus vidas. Ella estaba para que se entrenasen para ello.
Como un padre orgulloso, Mario García, se quedó en la sala
con su amigo, David, observando y animando a sus hijos en su fiesta de
cumpleaños. Comentaban lo que sucedía entre ellos (cuando Diego empezó a
cabalgar a Sara sobre el sofá, agarrando los tobillos de ella y estirándolo por
sobre sus hombros, observó Daniel al padre del chico -quien no respondió-:
"Diego tiene lo que se necesita"), les lanzaban comentarios a los chicos en
faena sobre Sara ("agárrala fuerte del pelo y tira y, con la otra mano pégale en
el culo, verás como le gusta" le decían a Esteban, que poco a poco iba ganando
confianza) y tomaban fotos y manipulaban la cámara de video, para guardar la
memorable ocasión.
Durante todo el fin de semana, Sara no hizo nada que no
hubiese hecho antes, si salvamos el detalle de la edad de quienes se lo hacían.
Toda la tarde y noche del viernes, la culearon de a uno, por
la concha, por el culo o por la boca. Sobre el sofá, la mesa de centro o la
alfombra, según aconsejaban los mayores. Siguiendo a veces sus instrucciones, o
recibiendo sus comentarios. Un par adquirió el gusto de brindarle espontáneas
cachetadas, para corregir o sólo por gusto. Ni siquiera cenaron. Exhaustos,
fueron cayendo en el sueño uno por uno a partir de las 9 de la noche.
Lo hicieron todo juntos. Se desvirgaron, follaron y
celebraron como buenos amigos. Y aprendieron a disfrutar el lugar que se les
estaba ofreciendo en el mundo. Y durmieron juntos también, donde quedaron
después de su última eyaculación (ya pobre e insípida).
El último, Joaquín (que demostró mayor resistencia que el
resto), ni cayó inconsciente con su verga encogiéndose en el culo de Sara y ella
con la cabeza en el sofá y las rodillas en la alfombra, hacía rato que se veía
vencida por el sueño.
El sábado fue un día más apto para los juegos. Luego de un
reponedor desayuno servido por la profesora (que ante la orden de los chicos se
había duchado antes). Los chicos fueron descubriendo las habilidades de Sara y
su lengua. Aún manteniéndose siempre junto a su nuevo amo, todos tenían la
posibilidad de acceder a ella o a sus atenciones cuando lo requerían.
Vieron los videos porno regalados y emularon cosas que ahí
vieron. Una cubana en las generosas tetas de la vieja, para cada uno. Dejaron
descansar sus vergas sobre la cara de Sara y las frotaron en la misma. Diego le
dio vergazos y pasó su falo por cada recoveco de su piel, como marcándola con su
olor.
Después del almuerzo y una siesta y luego de hacerla vestir
corsés y baby dolls, volvieron a practicar el sexo en ella. Hasta llegar a las
dobles penetraciones, el momento culmine del día. Esta vez en la habitación del
primer piso, con una amplia cama y grandes espejos en las murallas y el techo,
los chicos se sintieron como si estuvieran en las pornos que habían visto por la
mañana, y trataron de ponerse a la altura de ellas.
Sara se vio entonces rodeada de los cuerpos de los jóvenes.
Parecían multiplicarse a su alrededor, no se contentaban con observar cuando no
eran parte del show y luego reclamaban su lugar. Lo que permitió que la orgía se
prolongara en el tiempo. Ninguno tenía tiempo de acabar. Sino de probar y ceder
el espacio. Así Sara los sintió turnarse en su culo y su boca, principalmente.
Sintió sus caricias y jalones de cabello. Le dolía el cuero cabelludo, de tantos
jalones, como las articulaciones de la rodilla de tanto pasar de rodillas en la
sala (y sin contar como le escocían sus orificios de tanto uso… sería peor si
ella no hubiese tomado la precaución en sus cortos momentos libres, de aplicarse
cremas).
Los chicos pudieron coordinar sus orgasmos y acabar juntos en
un bukkake, como los que habían visto a medio día. Y durmieron después de eso y
la hicieron dormir con sus lechazos encima.
El domingo fue para Diego, sus amigos desayunaron y se fueron
(por instrucción de los mayores "ya tendrá cada uno su turno, en sus
cumpleaños", dijo don Mario), no sin antes disfrutar de la boca de Sara, como
despedida (mamadas para Tomás y Sebastián… Joaquín prefirió violarla por la boca
y marcarle una nueva cachetada en la cara al correrse dentro)
Una vez solos (los adultos, que se habían ausentado el sábado
todo el día, salieron con los amigos del festejado), Sara pudo evaluar a su
nuevo amo, y notar que su tendencia violenta no era sólo un impulso producido
por el mostrarse ante el resto. El chico tenía una naturaleza agresiva con ella
y un gusto por hacerla degradarse. Jugó largo tiempo con sus tetas, no sólo
amasándolas y babeándolas hasta hartarse, sino también obligándola a saltar, a
hacerlas botar, a caminar marcadamente para disfrutar de su movimiento, a
pellizcarse a si misma y palmoteárselas (por supuesto, él también se tomó la
molestia de prodigarle personalmente una sarta de palmadas y pellizcos).
Al almorzar un pollo asado con puré, servido por su nueva
esclava. Tomó el trutro corto de su plato y se lo metió a Sara en la concha,
sólo por probar la mezcla de gustos y le untó el puré por el cuerpo y rostro,
para luego lamerlo de ahí.
Sara lo tomó como un niño explorando y jugando todo cuanto
podía ahora que nadie más lo veía, gozando con la ausencia de límites. Pero no
dejaba de asustarla un poco. Su sadismo le traía fuertes recuerdos de tiempos
que creía pasados (aunque cada día demostraba que no era así, que estaban aún
rodeándola y marcando su vida).
Mientras la enculaba (en la misma sala, no se dio la molestia
de salir, más que para ir al baño.. y mucho menos de vestirse o asearse)
descubrió que al golpearla en la nuca (casualmente lo descubrió en un jalón
excesivo de cabello), Sara cerraba instintivamente su esfínter y masajeaba su
verga de manera diferente. También descubrió Diego, el gusto por lo soez, la
hizo decir cada grosería que se le ocurriera, responderle a las suyas y
provocarlo para que lo castigara… como si quisiera justificar sus agresiones.
Cuando los adultos volvieron, Sara fue despedida a su casa y
no supo más de Diego hasta el día siguiente… El día que estaba esperando su
llegada a la entrada de su casa.
***
Y Diego y su pandilla llegaron tal y como lo habían
prometido. Ruidosos, Sara salió de sus recuerdos para apresurarse en abrir la
puerta y mojar sus labios para la calurosa bienvenida que les quería dar,
preludio de una nueva jornada de sexo intenso… pero lo que recibió fue un golpe
tal que trastabilló y tuvo que retroceder un par de pasos hasta poder afirmarse
en una muralla. Diego enfurecido (y mirado con sorpresa por sus compañeros)
acortó la distancia en lo que ella recuperaba el equilibrio, para darle otra
dura bofetada que finalmente la derribó.
- Puta de mierda - le gritó hacia abajo, como un boxeador
ante su contendiente – eres mi puta esclava o qué?!... cómo te atreviste a
contarle a mi viejo todo lo sucedido en la clase!. Te atreves a faltarme el
respeto, vieja estúpida?!... soy tu amo!, soy tu amo!!
Estaba fuera de control, parecía querer patearla en el suelo
(y Sara temía que lo haría) pero se contenía. Sus amigos permanecieron en
silencio sin saber si irse o continuar observando algo que les chocaba, pero que
comenzaba a excitarlos.
Sara tenía roto el labio inferior y empezaba a verse dominada
por el miedo. Con lágrimas que empezaban a nacer de sus ojos, intentaba
articular una respuesta.
Se se señor… su… padre
QUÉ?!... intentas responderme, estúpida?!- No la
dejó terminar ninguno de sus congestionados intentos por explicarse
y ella perdía control y ganaba miedo, sintiéndose torpe y
entumecida.
De los pelos, Diego la levantó.
Párate, puta. Que vinimos a quitarte las ganas de
hablar de más a pichulazos. Te vamos a partir, perra – y cerró su
amenaza con otra cachetada que le llegó casi sobre los ojos,
haciéndola encogerse y provocando a Diego a aumentar la fuerza del
jalón.
Chicos, tienen todos la libertad de hacerle lo
que quieran – se dirigió a su grupo de cohibidos amigos – ay que
marcar a esta puta, para que aprenda. Y la empujó a los pies de
Esteban, quien sentía una excitación que no quería, al sentirla
chocar en sus piernas.
Se habían quedado todos en sus lugares, Esteban miraba a
Sara, que sentía que no podía moverse por el miedo y los otros miraban a Diego,
que no le quitaba ojo a Sara y que se impacientaba en la indecisión de sus
compañeros.
Cuando, abriendo la puerta con una llave propia, entró don
Mario, rugiéndole a los amigos de su hijo: <b>Fuera!</b>, aunque sin
descomponerse. Ellos acataron sin abrir la boca ni hacer pausas y Sara, que
seguía sin encontrar fuerzas para levantarse se aferró a su presencia, como si
fuera una balsa de rescate y no le quitó la vista hasta que su amo le dijo, con
voz firme (pero con un dejo de calor, que sólo ella pudo notar):
Ve a tu dormitorio. – y sólo eso bastó para que
el cuerpo reaccionara a la orden y se librara del entumecimiento del
miedo.
Una vez Sara afuera, Mario García cerró la puerta, con la
mirada fija en el pestillo, pensando en lo que iba a decir.
Silencio – Diego hizo el intento de balbucear
algo – Las instrucciones fueron claras el viernes y ratificadas el
domingo. No podías exhibirla ni dañarla y acabas de hacer ambas
cosas. Sara aún no te pertenece y, después de lo de hoy, quizás
nunca lo hará. Te dije que debías aprender con ella y lo primero que
debías aprender es auto- control. Por ser mi hijo, tienes el deber
de aprender tu posición en la sociedad a la que pertenecemos y Sara
era el primer paso para ello. Y acabas de arruinarlo. No puedo
confiar en ti ahora, ni prepararte para nada a futuro. Tu castigo,
sólo será perder tu potestad sobre Sara. Ella volverá a ser tu
maestra y la respetarás como tal así que castigue o se burle de ti.
Ella me informa de todo (como me informó de lo de hoy), así que no
intentes desquitarte con ella, que te prometo que tu castigo puede
ser mucho peor.
Quisiera saber qué tenías en mente, pero creo que eso sólo me
decepcionaría. Tienes una responsabilidad a futuro con una vieja sociedad y vas
a tener que crecer y madurar para ello. Has dejado de ser un niño, entiéndelo.
No se te tratará más como tal y tus errores deberán ser compensados.
Así que considérate afortunado con el resultado de éste día.
Vete a tu casa. Tu madre te espera….
Y cuando Diego había tomado el picaporte y cruzaba el umbral,
Mario agregó:
Te pareces tanto a tu abuelo.
Mucho – respondió en pensamientos Sara, que había
escuchado todo, pegada a la puerta de su dormitorio.
<em>fin de la introducción</em>
Como dije, aquí acaba el arco introductorio de esta serie.
Notarán que he dejado un montón de cabos abiertos e ideas que pueden y serán
retomadas tanto dentro de la serie, como en relatos paralelos (pero vinculados).
Pero eso será hasta que retome otras cosas que estoy escribiendo y que de
momento, me inspiran más (para su curiosidad, revisen en mi perfil, la otra
serie que tengo publicada: "vieja culiá", que será mi centro de atención y un
nuevo relato de otra temática distinta a estos dos y con un alcance menor)
Hasta entonces, por favor, déjenme sus comentarios y/o
puntuaciones (que no toman nada de tiempo)
Gracias.