Era una Kawasaki de color azul metalizado. Grande e
imponente, con dos relámpagos de fuego tuneados bajo el asiento y siempre la
misma pitón (cadena) verde fosforito enganchando su rueda delantera al poste de
la señal de tráfico. La vi aparcada frente a mi portal durante un par de semanas
hasta que empecé a prestarle más atención.
Vivo en un pequeño edificio de nueva construcción (tiene
menos de dos años), en la zona nueva de una micro ciudad en expansión. Los seis
apartamentos de que dispone fueron ofertados por una cooperativa de viviendas,
lo que hizo que los vecinos y vecinas nos llegáramos a conocer bastante bien
durante todo el proceso de construcción, antes de empezar la convivencia. En los
malos momentos (retrasos casi injustificados, desajustes económicos...) y
también en los buenos (cuando nos mostraron los cimientos, la ansiada entrega de
llaves...), fuimos un grupo unido por una causa común. El vínculo que se crea es
muy positivo para cada propietario, pues no partes de cero ni llegas a un lugar
donde te miran de arriba a abajo como si fueras un intruso.
Por supuesto, no te puedes llevar a las mil maravillas ni ser
súper amigo de todo el mundo. Por ejemplo, con Berta y Manolo, los dos abuelitos
que ocupaban el 1º derecha, era difícil encontrar algo en común. Nunca me
tomaría unas pizzas con ellos mientras vemos un partido, ni nos iríamos a tomar
unas cañas. Pero siempre nos saludábamos con cortesía, igual que con la pareja
del 2º derecha. Javi y Sole eran jóvenes (menos de 30) y bastante simpáticos,
pero estaban empezando a disfrutar de su emancipada convivencia y su reciente
matrimonio, así que tampoco había mucho que me uniese a su estilo de vida.
En el 3º derecha, mis vecinos de rellano eran un matrimonio
ya cincuentón que había vendido por casi cien millones (de pesetas, eh) su piso
en el centro de la capital, y con el dinero ganado habían tenido para pagar
aquel apartamento y otros dos semejantes para sus hijos. Ramón era todo un
cachondo, y como tenían el Digital, más de un domingo me invitaba a ver los
partidos del Plus. Lo malo fue que su mujer murió al año de empezar a vivir
allí, y cuando ocurrió lo del chico de la moto el piso llevaba seis meses casi
vacío. Ramón vivía ahora con uno de sus hijos y sólo iba allí muy de vez en
cuando a comprobar que todo seguía en orden.
Los apartamentos de la izquierda son de sólo dos
habitaciones, aunque yo uso el cuarto más pequeño como despacho. Lo mismo hacen
Alicia y Amaia en el 1º. Ellas son el prototipo de pareja de lesbianas ideal que
siempre he tenido en mi cabeza. Amaia lleva el pelo corto, es una fan del
deporte, lo practica y lo ve (incluso se apuntaba a veces a la sesión del Plus
en casa de Ramón), y viste de un modo menos femenino que Alicia, que es más de
maquillarse, ponerse un vestido y llevar el pelo largo y cuidado. Mi relación
con ellas era (y es) fantástica, y al principio me encantaba y sorprendía
comprobar lo mucho que se relacionaban con sus vecinos Berta y Manolo, dos
abueletes que resultaron ser bastante menos carcas de lo que yo prejuzgaba.
Y en el segundo izquierda está finalmente Cris, la única
soltera como yo. Ella trabaja de productora en televisión, y ahora también de
camarera de fin de semana. Es lo que tiene querer ser propietaria con menos de
treinta años y no tener unos padres generosos como los míos, que me echan una
mano (bien grande) de vez en cuando. Con Cris es con quien mejor me llevo,
aunque nuestros horarios hacen que coincidamos más bien poco.
Pues bien, este es (y era) mi idílico vecindario cuando
apareció el chico de la moto. O mejor dicho, cuando apareció la moto a secas,
aquella Kawasaki azul metalizado en la que empecé a fijarme después de verla
allí aparcada varias veces desde hacía un par de semanas. No me constaba que
Amaia se hubiera comprado aquella pedazo de moto, y supuse que si alguna de las
dos chicas se había agenciado aquel cacharro, sin duda que no sería Alicia.
Además, me lo hubieran contado. A los abueletes y al matrimonio del segundo los
descarté enseguida, así que sólo me quedaba Cris.
Ella no tenía novio fijo, si no que picoteaba de aquí y de
allá, y si alguna vez veía salir algún chico de su apartamento, deducía que era
otra más de sus muchas conquistas de fin de semana. Pero hasta ese momento
ninguno había llegado a lomos de un juguetito como aquel, ni había reincidido
tantas veces. A los dos días pude comprobar mi primera teoría al escuchar en su
apartamento una voz masculina cuando pasé por delante de su puerta. A finales de
aquella misma semana, volviendo el domingo de comer con mis padres como a las
cinco de la tarde, le vi por primera vez.
Era todo un motero. Enfundado en unos vaqueros desgastados y
grises, con una camiseta blanca de manga corta ciñéndose a sus amplios bíceps y
el rostro cubierto por un casco integral que sólo me permitió ver sus ojos, la
primera impresión que me llevé del chico de la moto me dejó impactado. Cris
siempre había sido más del rollo intelectual con gafitas y el pelo engominado
hacia arriba, pero sin duda que su gusto había mejorado muchos enteros con aquel
majestuoso ejemplar. Levanté la cabeza a modo de saludo cuando pasé junto a él,
y el chico hizo lo propio antes de darle gas a su aparato y salir de allí de un
modo escandalosamente morboso.
Estuve a punto de golpear la puerta de mi vecina cuando pasé
junto a ella, de suplicarle una explicación sobre la presencia de aquel tío
bueno en el edificio, pero escuché al otro lado una relajante música chill out
que me dio a entender que la buena de Cris debía estar recomponiéndose de un
polvazo bestial. No era el momento de importunar...
Aquel puente de mayo (cinco largos días en Madrid) lo pasé
encerrado en casa, estudiando como un cabrón para los exámenes finales de mi
último año de Carrera. Pero nada de eso me importó después de lo sucedido. Cris
subió a mi apartamento el domingo por la mañana, no muy temprano. Le abrí la
puerta con una sonrisa, agradeciendo que me sacara del tedio de llevar
estudiando desde las siete y media.
-Oye, Sergio, ¿te importa prestarme una maquinilla de
afeitar? Aunque sea una de esas deshechables... -estaba aún en pijama y algo
despeinada.
-¿Para tu noviete, o qué? -le pregunté con una sonrisa
cómplice.
-¿Mi noviete, pero qué dices? Es para mi primo Vicente, que
lleva un par de semanas en mi casa. Se ha venido de Palencia con un par de
amigos y están buscando un piso por Madrid, pero no encuentran nada que les
guste y que se puedan permitir.
-¿Tu primo? -me acababa de quedar a cuadros, y aún pensaba
que me estaba tomando el pelo o que hablábamos de personas distintas-. ¿Tu primo
tiene una moto?
-Pues sí, ¿por qué?
-Una moto muy chula... Que está aparcada abajo...
-Bueno, las he visto de mejores pero no está mal. Y claro que
la tiene aparcada abajo -se rascó la cabeza despeinada con una mano-. ¿Dónde la
iba a tener, si no?
-Joder, pues yo estaba convencido de que era tu novio.
-¿Vicente, mi novio? -se rió-. Pero tío, si no es mi estilo
para nada.
Y en eso tenía que darle toda la razón. Como yo no usaba
deshechables, le dejé mi maquinilla con un recambio nuevo y le dije que no se
preocupara por ella, que ya bajaría a buscarla cuando me hiciera falta. "Así
conozco a tu primo", añadí, como si esperase que en el último momento Cris me
fuera a confesar que en realidad era el chulo al que se cepillaba desde hacía
semanas.
-Está bien, creo que a él también le apetece conocerte -desde
el umbral de la puerta me lanzó aquel dardo tan inesperado-. Le enseñé las fotos
que nos hicimos en la comida de inauguración que montamos en el patio, y le
pareces un chico muy interesante. Esta tarde me largo un buen rato y él se va a
quedar solo abajo, así que si quieres pasarte...
Lo dejó en el aire, empezando a bajar las escaleras y
desapareciendo enseguida de mi campo de visión. Yo me quedé como atontado,
mirando el rellano vacío y sin saber qué hacer. Le quería haber preguntado
"¿Pero tu primo, ese pedazo de maromo, entiende?", aunque las palabras se me
habían quedado pegadas al paladar. Cerré la puerta, caminé hasta la ventana del
salón que daba a la calle y me asomé, sólo para comprobar que la Kawasaki azul
metalizado seguía allí abajo.
Estudiar se me hizo cuesta arriba después de la visita de
Cris. Comí algo, estuve dando vueltas por el apartamento mientras fingía que
ordenaba algunas cosas, después me di cuenta de que me estaba poniendo muy
caliente, así que decidí enchufar una porno y cascarme una buena paja liberadora
de tensiones. Surtió efecto, pues después de eso pude seguir estudiando hasta
las siete de la tarde. Me asomé a la ventana para volver a ver la moto, que
seguía allí aparcada; me cambié la camiseta y el pantalón de andar por casa, me
miré frente al espejo unos segundos y decidí que era hora de bajar a saludar al
primo Vicente.
Por suerte para mí, llevaba tres o cuatro días sin afeitarme,
y la excusa de ir a buscar mi maquinilla tenía sentido. Cerré mi apartamento,
guardé las llaves en el bolsillo y suspiré mientras descendía hasta el segundo
piso. Preferí golpear la madera con los nudillos que llamar al timbre. Por
alguna estúpida razón, creí que eso resultaba más viril. Tuve que esperar unos
segundos hasta que la puerta se abrió y apareció ante mí un chaval de unos
veinte años, no muchos más. Alto y desgarbado, sin nada parecido a una coraza de
músculos, aquel chico llevaba una camiseta y unos pantalones cortos y anchos,
justo lo mismo que yo me había quitado antes de bajar.
Lo primero que se me cruzó por la cabeza fue que era uno de
los colegas del primo de Cris, que habría aprovechado que ella no estaba para
pasarse un rato por allí. Pero su cara no mostraba la expresión de un invitado
en casa ajena. Me miró y saludó como si me conociera de vista, luego se hizo a
un lado para invitarme a pasar y simplemente me quedé allí plantado, tratando de
atar cabos. "No quieres...", empezó a decir, con una mano señalando el interior
de un apartamento en el que yo ya había estado antes.
-Tu moto está en la plaza de garaje de tu prima, ¿verdad? -le
pregunté con la voz algo tomada, recibiendo enseguida una mirada de sorpresa por
su parte.
-Pues sí... Su coche no es muy grande y creo que cabe bien
sin molestar a nadie.
-No, no, perdona, no quería insinuar eso -le miré y sonreí-.
Sólo es que pensaba que tu moto... Bueno, que era la que hay frente al portal.
-¿La Kawasaki? Qué va, tío, aunque ya me gustaría. Aún no he
conseguido averiguar de quién es.
-Ya... Bueno, oye, Vicente, perdona pero es que estaba
estudiando, que en dos semanas tengo los finales, y... Nada, que tampoco quiero
molestar. Venga, encantado de conocerte.
Y sin más, esperando sólo unos segundos y unos escalones para
sentirme completamente imbécil, volví a subir en dirección a mi apartamento.
Abrí la puerta, entré y miré a mi alrededor como si buscara algo. Una especie de
sexto sentido me advirtió que fuera hacia la ventana. Entonces le vi. El chico
de la moto. O al menos, el chico de la Kawasaki azul metalizado. Llevaba unos
vaqueros igual de sugerentes que el domingo anterior, ahora una camiseta azul
oscuro y sin mangas. Sobre la cabeza el casco. Estaba montando su máquina, y a
lo mejor por un sexto sentido semejante al mío, miró hacia lo alto y me saludó
con un gesto de la cabeza. Luego arrancó y se perdió calle abajo.
"¿Pero qué coño estoy haciendo?", susurré para mí mismo.
Solté la cortina, caminé hasta la puerta y la abrí justo cuando el primo Vicente
se disponía a pulsar el timbre. Sí, el timbre. Nada de buscar un modo de fingir
virilidad, igual que había hecho yo unos minutos antes, en mi supina estupidez.
Le pillé con el brazo hacia adelante y el dedo dirigido al pulsador. Me miró con
cierta timidez, como si hubiera sido pillado 'in fraganti'. En la otra mano
llevaba mi maquinilla de afeitar sin cabezal.
-Perdona que te moleste, pero... -empezó a decir.
-No, perdona tú, tío. Pasa, por favor -me hice a un lado y él
dio unos pasos hasta plantarse en mitad del salón.
-Es que he supuesto que habías bajado a buscar esto, pero
como te has largado tan rápido.
-Lo sé, soy un imbécil. Perdona, en serio -cerré la puerta a
mi espalda, le cogí la maquinilla de la mano y la lancé sobre el sofá-. Oye,
olvida lo de antes, ¿vale? Estaba un poco rallado.
-Ya me dado cuenta, por eso no...
No le dejé seguir. Llevé una mano a su nuca y enseguida le
metí la lengua hasta la garganta. Había dos opciones: que lo que había insinuado
Cris fuera cierto y al chico yo le molaba, o que estuviera equivocado y Vicente
se apartara de mí, con lo que tendría que responder a unas cuantas preguntas, de
él y después de su prima, por mi extraño comportamiento. Por suerte fue lo
primero. A la lógica sorpresa inicial le siguió una respuesta mucho más
adecuada, cogiéndose a mi espalda mientras que yo le seguía comiendo los labios.
"Eres como muy lanzado, ¿no?", me dijo en un momento que le liberé de la presión
de mi boca. Sonreí sin separarme ni un centímetro de él y le pregunté si yo le
molaba. "Sí, claro, pero es que...", le tuve que volver a silenciar, pues no me
apetecía una charla en ese instante.
-Pues mejor no digas nada -tiré hacia arriba de su camiseta
con el logo de una marca de refrescos y se la saqué por los brazos-. ¿Te apetece
que follemos?
-Eso siempre, colega... -hizo lo propio con mi polo de manga
corta y lo lanzó al sofá.
-Pues si no has dejado abajo el gas o el agua encendidos,
vente conmigo.
Le pillé de una mano y lo conduje hasta mi habitación. Allí
le empujé suavemente sobre la cama deshecha y me tumbé encima de él para seguir
dándonos el palo. El tío le fue cogiendo enseguida el gustito a la situación, e
incluso me hizo rodar para colocarse él encima. Me babeó los morros todo lo que
quiso y más. Yo le fui bajando el pantaloncito por detrás (lo llevaba a pelo
sobre su culo, igual que yo los vaqueros) y le magreé unas nalgas que, sin ser
gran cosa, me resultaron bastante excitantes. Cualquier cosa me lo hubiera
parecido en ese instante, sólo cuatro horas después del gran 'pajote
libera-tensiones' de la sobremesa.
Noté que me desabrochaba los jeans con cierta dificultad y
que metía la mano bajo ellos en busca de mi polla, no del todo endurecida aún.
La suya la encontré con sólo deslizar mi mano por sus caderas. No era muy gorda,
pero sí bastante larga. Nos las estuvimos sobando un rato sin dejar de babearnos
como lobos hambrientos. Volví a rodar y me coloqué esta vez encima. Planté las
rodillas sobre la cama y me separé unos segundos para poder quitarle el pantalón
corto. Él me ayudó levantando las piernas.
-No nos conocemos -le dije-, así que no sé si eres activo o
pasivo.
-Yo soy lo que haga falta, macho, me da lo mismo -bajó las
piernas y se incorporó para cogerme del final de la espalda y empujarme hacia
él.
Volvimos a caer sobre las sábanas arrugadas. Me bajó los
vaqueros por detrás y se hizo con los dos rabos para masturbarlos a la vez. Le
dejé que hiciera unos segundos, aunque así no logró que se nos levantaran las
mingas hasta el límite. "¿Y tú qué, prefieres dar o que te den?", preguntó el
chico para aprovechar el momento en que yo me quitaba el pantalón del todo.
-Si lo haces bien, no me importa que me folles -me eché
encima de él y le restregué todo el cipote contra el suyo-. ¿Prefieres que
empiece yo, o me la comes tú primero?
-¿Y por qué no los dos? -sonrió, encantador.
Le devolví la sonrisa mientras me cambiaba de postura.
Parecíamos dos novatos, y en cierto modo lo éramos, dos completos desconocidos
hasta minutos antes, literalmente minutos. Miré mi entrepierna para observar
cómo me la cogía con ganas y la empezaba a menear arriba y abajo. Hice lo mismo
con su verga para endurecerla, y cuando me pareció oportuno empecé a hacerle una
jugosa mamada. Lo del 69 no era una de mis aventuras más habituales, pero me
gustó compartir aquella con él. Me la comía con auténtica ansia y tenía una
boquita muy bien entrenada. Supongo que no estuve realmente a la altura, pero
hice lo que pude. Era difícil concentrarse en su alargada polla cuando la mía la
engullía él hasta provocarme convulsiones.
Después de unos minutos deliciosos quise agradecérselo del
mejor modo que supe. Me contorsioné para darle un buen morreo que sabía a mí.
Sus dedos ya llevaban un rato agasajando mi culo con suaves caricias, así que
simplemente le pregunté si quería follarme. "Sí, tío...", fue toda su respuesta;
alargué la mano hasta la mesita de noche y del último cajón saqué un paquete de
gomas de colores. "Déjame que te lo ponga", le pedí, colocándome de rodillas a
los pies de la cama. Rasgué el plástico con los dientes y escupí el trocito al
suelo. Él iba jugando con su pie sobre mi polla y mis cojones mientras no dejaba
de mirarme.
-Muchas gracias, tío -soltó con una excitada sonrisa.
-Un placer -pillé el condón entre mis dedos y tiré el envase
lejos-. No me follan muy a menudo, así que ten paciencia -le informé, poniendo
el preservativo entre mis labios.
Sacudí su nabo como si fuera una jodida zambomba, le sobé los
huevos y esperé a que aquello estuviera extremadamente duro. Sólo entonces
planté mis labios sobre aquel glande rosado y dejé que la goma deslizara por
todo el tronco mientras que iba adentrándose en mi boca. "Nunca me habían puesto
uno así", comentó cuando volví a levantar la cabeza. Acabé de desenrollarlo
hasta la base y le pregunté cómo quería que me colocase.
-Pues no sé... -se incorporó también de rodillas, con aquella
alargada trompa en todo su esplendor; por un momento tuve dudas de querer que me
ensartara todo ese pedazo de morcilla, pero se me pasó enseguida-. Puedes
ponerte a cuatro, o boca arriba y con las rodillas en el pecho. Lo que te sea
más cómodo.
Opté por la segunda opción. Me dejé caer en el colchón y
empujé mis rodillas hasta dejar el culo bien abierto. "¿Quieres que te lo
lubrique con un poco de saliva?", preguntó. Y no lo hizo con los dedos, como yo
había supuesto, si no que plantó su lengua en toda mi raja y el muy cabrón me
hizo la mejor comida de culo de la historia. Lo alternó con sonoras cachetadas
en mis nalgas. "Ayuda a relajar", me contó, y consiguió que se me pusiera
mogollón de dura sólo de verle allí debajo.
"Métemela despacio", le pedí, con mis piernas apoyadas en los
hombros y la punta de su vergajo entrando sin prisas. Me folló de un modo
delicioso y elegante, si es que eso es posible. Hizo paradas técnicas para
agacharse a besarme y decirme cosas como "Me encanta follarte", o "Estás muy
bueno, cabrón", "¿Te gusta cómo lo hago?" y cosas por el estilo. No fue un
simple mete-saca. A cada poco se detenía, lanzaba un buen salivazo en sus dedos
y me lubricaba con ellos antes de volver a la carga. Creo que pudimos estar
perfectamente media hora con aquella follada.
Hacia el final, cuando sus embestidas empezaban a ser
rítmicas y veloces, le pregunté dónde quería correrse. "¿Prefieres hacerlo en la
goma o encima de mí?". Se agachó para morrearme. "Donde tú me dejes, tío", me
jadeó en la nariz. Le empujé de las nalgas para que me entrara bien profundo.
"Pues hazlo donde más cachondo te ponga...", le sonreí, y guiñé un ojo. Me dio
unas cuantas enculadas más al tiempo que yo trataba de poner duro mi cimbrel
morcillón, y después ya me la empezó a sacar con cuidado de no hacerme daño.
Hizo avanzar sus rodillas por mis costados; yo me la cepillé
con fuerza mientras veía aquellos huevazos arrugados dirigirse a mi barbilla.
Abrí la boca para gemir cuando vi que él se la pelaba con la punta del nabo a
escasos centímetros. "¿Te molesta... tragarte... la leche...?", me preguntó
entre jadeos. "nooo..." fue mi agónica respuesta, a un minuto de correrme.
Primero fue él, con la misma elegancia con que me había dado por el culo. Puso
una mano sobre mis ojos y dirigió todo el chorrazo de lefa directo a mi boca; me
endilgó el surtidor encima de los labios y no dejó de descargar hasta los
últimos estertores de su cuerpo.
Tuve que tragar para poder correrme a gusto, pues en ese
preciso instante empezaba yo a eyacular y a gemir. No fue tan espectacular como
su corrida, pero es que yo tampoco tenía el depósito lleno; me acompañó frotando
su capullo contra mi barbilla con barbita de tres días. Luego, supongo que por
empatía, chupeteó un poco los alrededores de mi ombligo, sólo un par de segundos
antes de colocarse encima de mí y empezar a besarme con mi propio semen.
No hay nada tan sublime como dos cuerpos sudados y bien
follados que se acarician después de dos orgasmos como la copa de un pino.
Estuvimos allí despelotados y medio empalmados, besándonos y hablando de una y
mil cosas, conociéndonos de veras después de aquel polvazo, y hasta casi las
diez de la noche. Entonces fue cuando sonó el timbre. Me puse por encima el
pantalón corto de Vicente y me asomé a la mirilla. Era Cris, así que abrí.
-Ah, hola, Sergio, sólo quería... -me miró de cintura para
abajo, dándose cuenta enseguida de que llevaba unos pantaloncitos que no eran
míos-. Pues eso, asegurarme de que mi primo estaba aquí contigo. Es que se ha
dejado la tele encendida, ¿sabes?
-Ha subido hace un ratillo, sí -me quedé un poco cortado,
aunque no tardé en reaccionar con naturalidad-. Oye, esto no te importa,
¿verdad?
-¿A mí qué me va a importar? Sois mayorcitos, ¿no? Mientras
que no me lo devuelvas preñado... -se rió, dándose la vuelta y empezando a
bajar-. ¡Anda, invítale a cenar, que no tengo ganas de cocinar nada!
Cerré la puerta y me encontré con el chico mirándome desde el
umbral de la habitación. "¿Te has dejado la tele encendida?", le pregunté con un
divertido tono de reproche. Él se encogió de hombros: "Sólo subía a devolverte
la maquinilla...". Yo tampoco tuve que cocinar, pues aquella noche nos bastó con
cenarnos el uno al otro. Le dejé dormir conmigo, ya que también me apetecía un
poco de calor humano.
A la mañana siguiente le comenté que no podía aparcar mis
estudios, que tendríamos que vernos sólo de vez en cuando hasta que acabaran los
exámenes. Él pareció emocionado con la idea de que yo hubiera considerado que
aquello era digno de repetirse. Me confesó que él pensaba conformarse con "un
rollo de una noche", que no me iba a pedir más, pero cuando se despidió de mí
abrazándome por detrás y dándome un beso por encima de mis múltiples apuntes,
supe que realmente me apetecía algo más que eso.
Hasta finales de mayo nos estuvimos viendo un par de ratos a
la semana, pero después nos encerramos en mi apartamento hasta que sus colegas
dieron con el piso que buscaban. Fueron dos semanas intensas en las que no
dejamos de follar y de pasarlo bien juntos. Por supuesto, nunca me planteé
proponerle que se quedara conmigo. Hubiera sido un error.
Por cierto, la Kawasaki azul metalizado no volvió a estar
aparcada frente a nuestro portal, y si toda esta historia ha venido ahora a mi
cabeza es porque hace una semana que murió la pobre señora Berta. Todos los
vecinos acudimos al entierro y allí pude verle por fin la cara al "chico de la
moto". El propio y viudo Manolo nos lo presentó.
-Es mi nieto Héctor, pero teneis que haberle visto por allí.
En mayo nos estuvo pintando la casa, ¿no lo recordais? -el chicarrón sonreía
mientras nos tendía la mano a unos y otras.
-Un placer -le dije-. Y siento mucho lo de tu abuela.
-Y yo también lo siento, tío -a mi lado, pegadito a mí,
supongo que Vicente estaba tan impresionado como yo mientras le daba las
condolencias-. La señora Berta era un encanto.
Minutos más tarde, ya a solas, mi chico no podía dejar de
sonreír. Cuando le pregunté qué le pasaba, me miró con sus ojos tímidos: "¿De
verdad era eso lo que esperabas encontrar cuando se abrió la puerta de casa de
mi prima?". Miré hacia Héctor, que en la lejanía charlaba animadamente con Cris,
y también sonreí.
"Supongo que sí", fue lo único que dije antes de besarle.
FINAL de "El Chico de la Moto"