Llevábamos saliendo solo seis meses cuando me comunicó que
estaba embarazada. Menuda putada cuando tienes 18 años. Yo no iba en serio y
ella supongo que tampoco. A estas edades no se puede tener una relación muy
formal porque se es muy joven para saber que se va a querer en el futuro. Puede
ser que la cosa vaya para alante y acabar pagando juntos un piso o delante de un
altar, pero yo nunca había imaginado una situación similar con Gertrudis porque,
a pesar de pasárnoslo bien, no discutir y haber perdido la virginidad juntos, no
veía que lo nuestro fuera para largo, aunque después de aquella fatídica tarde
en que me dio la feliz noticia, dejé de verlo todo claro y mi vida se convertía
en una incógnita: ¿qué pasaría en adelante?
Los padres de ella por tradicionalismo y los míos por
castigarme nos obligaron a casarnos. Ella trabajaba en el departamento
administrativo de una empresa, y yo, que acababa de terminar F.P. en la rama de
electricidad, estaba de prácticas en una fábrica de aparatos eléctricos. Al
principio fue duro, pero los mismos que nos empujaron a la iglesia (a mí me
tuvieron que atar y amordazar para llevarme) nos ayudaron económicamente. Y
cuatro meses después de habernos convertido en marido y mujer hasta que la
muerte nos separase, por desgracia, ya que yo opino que los matrimonios deberían
renovarse cada cierto tiempo para poder rectificar el error de haberse casado;
tuvimos un niño feo y gordote, igual que ella y, actualmente, ya tiene 10
primaveras.
Hace tres años, Gertrudis me comentó que había un jefe nuevo
en su departamento que se llamaba Ulises. Hay que ver lo crueles que son algunos
padres, ya no vale con hablarles a tus amigas de cuando erais pequeños. Yo, con
un sueldo decente ya para mantener una familia, trabajaba muy cerca de ella y
todos los días comíamos juntos, y en una de esas comidas me contó lo mal que lo
estaba pasando su jefe.
Él tenía una amante, y, cuando su esposa los pilló en la
cama, hizo lo mismo y se buscó un galán. Él se enteró de que su mujer se veía
con otro y empezó a tratarla mal hasta que ella, harta de él, le pidió el
divorcio. Para olvidar su desamor, le rogó a su amante, quince años menor, que
se viniera con él a Madrid, pero le dijo que no porque estaba casada, así que la
hizo chantaje y, al final, él mismo se lo contó al marido de la querida.
"Pobrecillo, lo que ha tenido que pasar" decía Gertru.
Dejó de comer conmigo para comer con su jefe. No paraba de
hablar de él: que qué inteligente era, que qué gracioso era, que qué polla más
grande tenía… Había muchas cosas en común entre él y yo. Como los dos éramos del
Real Madrid, Gertru un día le invitó a comer; como los dos fumábamos tabaco
rubio, un día le invitó a cenar; como los dos teníamos pelo en la cabeza, le
invitó a una barbacoa familiar para presentarle a sus padres; y como los dos nos
follábamos a mi mujer, le invitó a pasar un fin de semana en casa. Aquella noche
hubo tormenta, así que Gertru me mandó dormir en el sofá para que Ulises
durmiera con ella porque al tío le daban miedo los truenos. Joder, que tenía 46
años… El jefe de los huevos se estaba pasando de la raya porque mi mujer lo pasó
fatal: no dejó de gritar en toda la noche. Y así, poco a poco, empezó a meterse
en nuestras vidas y en el coño de mi mujer.
Se le rompió el teléfono móvil a mi esposa y empezó a
utilizar el mío para enviarle mensajes. Ella le llamaba corazón, amor mío,
cariño, pichoncito, tío bueno… y no me extrañaba porque siempre era muy
cariñosa, pero él contestaba que era la mejor en la cama, que había alquilado
una habitación con jacuzzi en no sé qué hotel para hacer el amor, que el polvo
de la tarde anterior había sido genial… Coño, empecé a sospechar que mi mujer
estaba viviendo una aventura con su jefe, y más cuando me decía que se quedaba a
dormir en su casa.
Y una gota colmó el vaso. Un día monto en mi coche y veo una
colilla de tabaco rubio en el cenicero que no era mía porque yo en el coche no
fumo; unos pelos en el asiento que tampoco eran míos porque a mí no se me caen;
y unas bragas de mi mujer que tampoco eran mías porque, como ya he dicho, eran
de mi mujer, pero nosotros ya no jodíamos ahí teniendo una casa entera. Que
saque a pasear a mi perro, pase; que lleve a mi hijo al fútbol, pase; incluso
que se cepille a mi esposa, pase; pero mi coche… mi coche que ni lo mire, así
que me separé de Gertrudis.
Primero la novia se me quedó encinta. Luego llegó la era del
CD: cede en esto, cede en aquello. Y luego la del DVD: dividí el piso, dividí
los ahorros, dividí los demás bienes... Ese es el resumen de mi matrimonio.
En el divorcio me hicieron firmar, sin saberlo, unos papeles
para renunciar a mi hijo, con lo que heredaría los apellidos del bastardo jefe
de mi ex mujer, y en el juicio ella se quedó con la casa y casi todas mis
pertenencias, incluyendo los vídeos porno de Pamela Anderson y Tommy Lee,
sabiendo que soy ferviente admirador de Mötley Crüe, donde él toca la batería…
bueno, vale, de Pamela Anderson lo soy más. Eso sí, el coche me lo quedé yo.
Sí, ya sé que todo esto suena a coña, pero es el sentido del
humor lo que lo hace más llevadero y lo que me ayuda a terminar de superarlo
porque jamás les perdonaré que me robasen a mi propio hijo.
Para colmo, cuando ya estaba instalado en un piso de alquiler
y tenía un perro nuevo, mi empresa decide cerrar sus puertas dejando a más de
cincuenta trabajadores en el paro. A seguir coleccionando días de desesperación.
Pero, por una vez, la suerte me sonrió. Un mes después, en el
que estuvimos Ulises, en este caso mi nuevo perro, porque el otro también se lo
quedó ella; y yo compartiendo el Whiska´s, un amigo me dijo que se había
enterado por internet de que iban a inaugurar la nueva autopista de peaje R-3 y
estaban buscando gente.
La R-3 empieza en la calle O´Donell de Madrid y termina
enlazando con la A-3, que es la autovía de Valencia, aunque ahora la están
ampliando. Hay dos playas o estaciones de peaje: una es el PK-6 (punto
kilométrico 6), a la altura del municipio de Vicálvaro; y el otro es el PK-21, a
la altura de Arganda del Rey. El trabajo consistía en estar dentro de una cabina
cobrándoles la tarifa a los usuarios que pasaran por mi vía o por mi cabina,
como queráis decirlo, librando tres días por seis trabajados.
Mi primera semana en el PK-6 en turno de mañana, me fue de
puta madre. No tuve ni un solo error en las liquidaciones diarias de lo
recaudado y hasta me gané alguna que otra propina, lo cual, como he podido
comprobar después de mucho tiempo, es muy raro.
Mi alegría se vio alterada un día que se plantó delante de mi
cabina Gertrudis.
- Anda, ¿qué haces tú aquí?- me dijo dándome una moneda de 1
€.
- Pues ganar dinero, lo mismo que hacías tú debajo de tu
jefe- le contesté devolviéndole una de 20 céntimos y le dolió, pero enseguida
recuperó su sonrisa cínica, no pícara.
- Perdona, mi marido- me corrigió.
- Ah, lo siento, no sabía que el servicio completo incluyera
matrimonio.
- Contigo fue un castigo, me casé obligada- mirándome con
odio- Con él lo he hecho por amor y con mucho gusto. Soy muy feliz a su lado.
- A su lado, arriba, abajo… ¿qué más da? Dile de mi parte que
lo siento mucho- y, volviendo la exasperación a su rostro, arrancó y salió
acelerando fuerte.
Como ya sabía cual era mi vía, todos los días pasaba camino
del trabajo por ella para darme los buenos días con frases como: "Veo que le has
sacado brillo a la cornamenta" o "¿Has encontrado ya a otra que dejar preñada?"
Muchas veces me quedaba con ganas de decirle: "Sí, a tu puta madre", porque de
tal falo, tal ladilla; pero no me rebajaba a ella y la despedía como a cualquier
otro usuario: "Gracias. Hasta luego, zorra".
Me di cuenta de que Ulises también pasaba por ahí. Evitaba mi
vía y pasaba por la de mi compañero, pues su coche era tan peculiar como su
nombre. Pocos pánfilos tienen el valor de llevar en el portón del maletero una
pegatina en que pone "El figura". Algún problema de autoestima.
Cansado de esta situación, ya en el mes de junio, hablé con
mi jefe de turno para ver si me podían cambiar a una de las vías de los
extremos, que una era para los que entraban provenientes de la M-45 y la otra
para los que se desviaban a esa misma autopista, en vez de seguir por la R-3
hasta Madrid, como hacia Gertrudis, y así evitaba verle el careto todos los
días.
No había pasado ni una semana de mi petición cuando el jefe
de turno me comenta que en el PK-21 un trabajador se despedía de la empresa
porque creía que el curro iba a ser otra cosa y dejaba una vacante. Acepté
porque era la estación que estaba al lado de Arganda del Rey, que es el pueblo
donde vivo y lo tenía a cinco minutos, y porque era en turno de noche, por lo
que no tendría que madrugar y me pagaban plus de nocturnidad.
Las noches son tranquilas, apenas hay gente en las carreteras
y puedes estar más de una hora sin que pase ningún vehículo por tu vía, así que
me llevaba un libro para leer, un pequeño transistor y una Game Boy con media
docena de vídeo-juegos que me dio un sobrino mío que ya no la utilizaba.
Todo iba muy bien aquella primera noche, y, alrededor de las
4:00, para en mi cabina una chica rubia de ojos claros. Mi vía era la única que
te desviaba a Arganda del Rey, así que debía ser vecina mía. Su coche era un
Jeep Cherokee, un todo terreno muy alto, por lo que podía admirar la mayor parte
de sus piernas, ya que las minifaldas, negra la que ella llevaba, al sentarse se
suben un poco y después, por los movimientos que hacen las piernas y las caderas
al conducir, se suben un poco más aún, así que la panorámica de sus muslos era
altamente sensual.
- Buenas noches- Pude deducir por su acento que era inglesa.
- Hola, buenas. 40 céntimos, por favor.
Se estiró hacia atrás para coger su bolso, que iba en el
asiento trasero, lo que hizo que su minifalda se subiera todavía más dejando a
mi vista audaz una parte de su tanga blanco entre sus piernas suficientemente
abiertas por la posición de los pies en los pedales del coche. Ella volvió a su
postura, mis ojos a posarse en ella, pero ahora por encima del cuello, y buscó
en su monedero la moneda con la que me pagó.
- Gracias- recogiendo el cambio.
- A usted. Hasta luego.
Diooos. Mi corazón, que se había empapado del sosiego de la
noche, se aceleró. No tuve una erección porque soy adulto, al contrario que
otros que andan por esta página que ponen los pantalones perdidos en cuanto ven
un par de tetas, pero eran las primeras braguitas que veía en directo desde mi
separación. Mis amigos ya estaban casados o emparejados, que a los 30 años, edad
que rondábamos, es lo más normal, así que nuestras salidas a tomarnos algunas
copas a algún pub o discoteca, como cuando éramos más jóvenes, eran esporádicas
y cada vez más espaciadas en el tiempo, así que, para mí, las oportunidades para
conocer alguna mujer maja con la que intimar eran escasas. Una vez llegué a
poner un anuncio en un periódico, pero solo contestó un gay, con lo cual no
estoy muy seguro de a qué sección lo mandé.
La noche siguiente, sobre la misma hora, el motor de un coche
interrumpió mi lectura. Cuando abrí la ventanilla vi que era otra vez la chica
de la noche anterior, esta vez con una falda blanca vaquera estilo Paulina
Rubio. Eché una fugaz mirada y esta vez no hubo suerte, su prenda inferior
tapaba todo lo que debía tapar. Sin embargo, tuvo que repetir la operación de
estirarse hacia atrás para alcanzar el bolso y ese movimiento hizo que sus
muslos de un tono muy blanco se separasen y, debido a lo corta que era la
minifalda, le vi una porción mayor que el día anterior de un tanga verde clarito
con flores del mismo color bordadas que se metían entre sus nalgas, aplastadas
por estar sentada, que se veían bajo su sexo, donde terminaban sus muslos.
La tercera noche dejé el libro a las 3:45 para ver aparecer
su Cherokee blanco por la curva, pero se hicieron las 4:00, después las 4:30 y
después las 5:00 y las 6:00 y ella no había aparecido.
Me desilusioné. Puede parecer una tontería y sé que ya era
mayorcito para hacerme ilusiones con algo tan banal como verle las bragas a una
jovencita, pero esa incursión un tanto arriesgada y sin duda morbosa al interior
de sus piernas, el brillo de sus muslos por la iluminación de la marquesina del
peaje y, al final, su simpática sonrisa de labios finos eran lo único que me
alegraba los días de la insulsa e insípida existencia en la que se había
convertido mi vida tras el divorcio.
Debí haber imaginado que ella no pasaba por ahí todas las
noches y esas dos veces había sido simplemente por casualidad porque le
convendría más coger la R-3 de donde fuera que viniese. Esa chica tenía poco más
de 20 años, así que lo más seguro fuese que incluso estuviese estudiando.
Otra noche más en el peaje y, de nuevo, el motor de un coche
me saca de mi lectura. De su boca salió un "buenas noches" y de la mía una
dentadura blanca a través de mi amplia sonrisa, pues ahí estaba otra vez mi
ninfa nocturna. Una minifalda color vainilla de lycra, que es un tejido que
tiende a alzarse por la elasticidad y favorece la visión de sus piernas, las
cuales se abrieron al echarse para atrás haciendo que la lycra se deslizase en
sentido ascendente permitiéndome contemplar buena parte de un tanga rosa de red.
A través de ese transparente tejido no vi ninguna sombrita ni ningún indicio de
que tuviera vello, de hecho, incluso me atrevería a decir que vislumbré el
inicio de su rajita en el monte de Venus, y con lo que a mí me gustan las chicas
rasuradas, esos pubis sin un solo pelito que me vuelven loco… Ese pensamiento me
puso la carne de gallina y me quedé absorto comiéndome con los ojos esa divina
entrepierna. Ahí sí que se me puso dura.
Súbitamente caí en la realidad y al levantar la vista me
encontré con la suya viva y atenta. Me había pillado de marrón y bajé la mirada
avergonzado y colorado.
- No te preocupes, sé que me miras las braguitas cuando paso-
me dijo sonriente sin darle la menor importancia al asunto.
- Es que…- no encontraba ninguna excusa- Estoy divorciado,
llevo meses sin mojar y voy más salido que el cuello de una botella.- ¿Qué?
Pero… pero ¿cómo se me ocurría decirle eso?
No es que pensase que tenía alguna posibilidad con ella,
pero, de ser así, estaba claro que ya no. Me hubiera gustado tener cojones en
esos momentos para levantar la cara y verme reflejado en sus pupilas, porque el
careto que debí poner al darme cuenta de la pedazo de burrada que le acababa de
soltar a la muchacha tenía que ser la hostia para hacerla reír como lo estaba
haciendo. Sus carcajadas resonaban por toda la playa de peaje.
- Que no te preocupes- me repitió sin cesar sus risas- Ni te
imaginas la de tíos que han visto más de lo que tú ves. Anda, toma.- y me dio
los 40 céntimos tarifarios.
Ni reparé en la confesión de promiscuidad que me acababa de
hacer, yo solo me quería morir, que se abrieran los baldosines bajo mis pies y
me precipitase al vacío. "Soy el tío más capullo del mundo" me decía a mí mismo
de rodillas intentándome abrir la cabeza contra el suelo una vez se hubo ido mi
estrella fugaz.
El viernes volvió, como las veces anteriores, sobre las 4:00.
En esta ocasión le pregunté, como un simple comentario cordial, si trabajaba de
noche, y me dijo que sí, que por eso pasaba por la R-3 siempre sobre esas horas.
El único curro nocturno que se me ocurría para una chica era de puta, lo que
podría explicar, además, el motivo por el que siempre llevaba faldas: la
facilidad para bajarse las bragas. Por supuesto, había más trabajos que podían
desempeñar mujeres, sin ir más lejos, cobradora de peaje, pero todos los de
Madrid terminaban el turno de noche a las 6:00 como muchas otras empresas que no
cesan su actividad al anochecer. No quise preguntarle más a Jennifer, pues tenía
cara de llamarse así, para no parecerle osado, ya que apenas la conocía.
Llevaba una minifalda negra muy ajustada con abertura lateral
de un tejido muy fuerte, al parecer, porque al coger el bolso no se movió ni un
milímetro. Se me había terminado la suerte. Después de la escenita de la otra
noche gracias a mi agilidad mental solo comparable con la de un asno,
seguramente se cuidaría de no ir por ahí mostrándome sus tangas. Le di el cambio
y lo guardó.
- Gracias. Hasta luego.
- Hasta luego- respondió Jennifer pisando el embrague y
metiendo primera- Uy, espera- Volvió a dejar la palanca de cambio en punto
muerto- Me iba sin darte la propina.
-¿Qué propina?- me pregunté observando como ella despegaba un
poco el culo de su asiento y se remangaba la faldita ofreciéndome la totalidad
de un tanga negro con los labios y la lengua de los Rolling Stones estampados.
Cuando salió de mi vía riéndose simpática, probablemente de
mi careto otra vez, estaba alucinado. Puta no sería, de hecho, estaba convencido
de que no lo era; pero exhibicionista, un rato.
A partir de aquel día, cuando coincidíamos en el peaje, que
era casi todas las noches que yo curraba, Jennifer llegaba a mi cabina con la
minifalda enrollada a la cintura enseñándome, como incentivo, el tanga que ese
día se hubiese puesto. Tenía gran variedad: de lycra, de algodón o con encajes;
lisos, estampados o de distintos colores… Mis favoritos eran, obviamente, los
transparentes porque a través de ellos podía ver dónde comenzaba la rajita entre
sus labios mayores rasurados, por los que asomaba un poco y cautelosamente su
clítoris, dejándome fuertes erecciones. Saludaba, me pagaba, intercambiábamos
unas frases sobre cualquier tontería, le devolvía le cambio y, mientras lo
guardaba, disfrutaba y acariciaba con la mirada, ya que con las manos era
imposible, sus piernas y la tela de su ropa interior que protegía su coño aunque
en ocasiones era como si no llevara. ¿No se daba cuenta de que algunas veces me
enseñaba tanto?
Quiero destacar una noche que llegó con la minifalda bien
colocada cumpliendo su función, la de vestir y tapar. No quise decirle nada para
que no pensase que mi único interés por ella era morboso, ya que no era así,
aunque reconozco que al principio sí. Poco a poco me iba gustando más porque
parecía una buena chica, era muy simpática, muy sensual y generosa como ya
demostraba con esas fantásticas propinas. Estaría cansada y no se habría
acordado y haberle dicho nada habría estado de más ya que si le veía las bragas
todas las noches era solo y únicamente porque ella quería.
- Lo siento, hoy no te puedo enseñar las braguitas- me dijo
entregándome los 40 céntimos- No llevo- solo con eso flipé- Hasta mañana.- y no
le pude contestar porque me quedé agilipollado.
Aceleró y avanzó un metro, y, antes de llegar a la barrera,
que ya estaba levantada para que ella saliese, dio marcha atrás hasta situarse
de nuevo a mi altura. De repente, se subió la camiseta dejando a la vista dos
tetas tersas y duras con sendos incitantes pezones rosados. La luz brillaba de
manera maravillosa utilizando la suave piel de sus pechos de pantalla para
proyectarse, igual que hacía en sus piernas, dándole un aspecto más elegante y
excitante a esos dos senos de perfecta redondez tan blancos como el resto de su
cuerpo. Me quedé perplejo y con unas ganas de darle un tiento a la chica… Ella,
una vez más, abandonó mi vía entre carcajadas.
Pero una noche a mediados de julio, un suceso inesperado
cambió la historia.
Entró en mi vía más lentamente que de costumbre y fue
decelerando hasta que se quedó parada antes de llegar a la ventanilla. Me asomé
por esta y esperé expectante hasta que salió del coche y exclamó que se le había
estropeado. Abonó el importe y entre Félix, mi jefe de turno, y yo empujamos el
vehículo hasta sacarlo de la vía y dejarlo en la cuneta derecha de la carretera
hasta que viniese la grúa que Jennifer avisó con su teléfono móvil.
Quise hacerme el interesante y le pregunté si me dejaba echar
un vistazo para ver si conseguía averiguar el motivo de la avería comentando que
entendía algo de mecánica, lo cual era mentira; aunque le faltara el motor
entero yo no vería nada anormal. Para abrir el capó, primero hay que tirar de
una palanca que todos los coches suelen tener debajo del volante a la izquierda
junto al piso, pero Jennifer no la localizaba porque tenía el coche desde hacía
solo tres meses y nunca antes había tenido que buscarla. Lo intenté yo y tampoco
la encontré, por lo que le pedí que me dejase sentarme porque así suele ser más
fácil dar con ella. Al entrar al coche, vi en el asiento derecho unos carteles
no muy grandes e impresos en azul claro en los que salía una chica de espaldas
inclinada hacia delante con una falda subida, el culo a la vista y la cara
vuelta hacia la cámara con expresión de susto por el accidente de su trasero, es
decir, la boca abierta tapándosela con una mano y los ojos de par en par. Espero
haya quedado bien descrito el cuadro. El caso es que esos carteles anunciaban un
espectáculo erótico en un club de Madrid el miércoles por la noche a las 0:30.
Ahí fue cuando me di cuenta de a qué se dedicaba Jennifer: organizaba
espectáculos y eventos en salas de fiesta.
El coche estaba a 5 metros de mi vía, así que estuve con ella
pasando el rato haciéndole compañía mientras venía la grúa y conversando. Yo le
conté que me llamaba Jonathan y que estaba divorciado… y ella me contó que no se
llamaba Jennifer, sino Alison, tenía 23 años y no era inglesa, era escocesa. Por
lo visto, llamar inglés a un escocés es una ofensa.
- ¿También le das propinas al que me sustituye cuando yo
libro?- le pregunté.
- Cuando tú libras hay una mujer.
- ¿Y al que trabajaba aquí antes que yo?
- No, a ese no, solo a ti.- me contestó.
- Vaya, ¿a qué debo el privilegio?
- Bueno, el otro parecía estar siempre cabreado, tú eres más
simpático y más guapo. Además- empezó a reírse- me parto de risa cuando me voy
de lo mal que disimulas cuando me miras las bragas.
- Perdona, me he quedado en lo de que soy guapo. ¿Qué crees
que diría tu novio si te viese ligando conmigo?
- ¿Qué novio?
- ¿No tienes novio?- ahora negó con la cabeza sonriendo sin
separar los labios- ¿Cómo es posible que una chica tan guapa no tenga novio? Nos
atraen mucho a los tíos las mujeres tan atrevidas como tú. Vamos, ninguna pasa
por aquí enseñándome el tanga más que tú. Yo daría el brazo de las pajas por
salir contigo- la hice reír.
- Me cuesta mucho mantener una relación por mi trabajo- me
respondió- Los chicos con los que he salido me han durado poco por mi profesión.
Entiendo que trabajar en el ambiente nocturno pueda dar pie a
sus parejas a pensar que podría ligar por ahí y engañarles con otros tíos porque
los clubes nocturnos son sitios donde la gente va predispuesta, en la mayoría de
los casos, para ligar o pillar cacho, como decimos en España. Me parecía algo
exagerado, pero también era verdad que la muchacha era un poco sueltecita. Para
que se diera cuenta de que me interesaba en ella, le pregunté, siguiendo la
charla, en qué curraba, si bien ya lo sabía, pero no quería asustarla haciéndole
saber que conocía un dato que ella nunca me había revelado. Cuando me iba a
contestar, oímos a Félix vociferando: "La grúa…" La grúa entraba en mi vía y
concluía la conversación.
El día del espectáculo que anunciaban los carteles que
llevaba Alison en el coche libraba, así que decidí salir a ver el show con la
esperanza de toparme con Alison allí como de casualidad, poder invitarla a una
copa, charlar y, así, dar un paso más hacia ella, en lugar de quedarme en casa
con mi perro Ulises, un bulldog pachón que, cuando no estaba dormido en mitad
del salón llenándome el suelo de babas, estaba dormido en el sofá llenándome los
cojines de pelos. En las últimas semanas de propinas mi admiración por la
belleza de aquella muchacha había aumentado.
Llegué a la hora indicada. El local era un club de strip
tease no muy grande, aunque era la primera vez que visitaba uno, así que no sé
si esos sitios suelen ser grandes o no. Lo primero que vi al entrar fueron unas
cuantas mesas a la derecha con forma de media luna con varios individuos
ocupándolas. A mi izquierda, la barra se extendía por todo el largo de la pared.
El escenario era rociado por la fuente de luz más importante de la sala dejando
el resto en semipenumbra y se situaba en frente de la barra. Pedí una cerveza y
bajé tres escalones detrás de mí para bajar a una zona de mesas, también con
forma de media luna, que estaban delante y a los lados del escenario. No vi
ninguna libre, así que pidiendo permiso a dos tíos de, más o menos, mi edad, me
senté con ellos.
En mitad del escenario había de frente una mesa de escritorio
con típicos materiales de oficina y un perchero. Se acaba la música y solo queda
el murmullo de la gente hablando. Entonces aparece en escena un mulato alto y
robusto con un traje gris; un maletín en una mano y una caja de cartón en la
otra. El maletín lo deja en el suelo junto al escritorio y la caja la deposita
sobre la mesa. Después se quita la americana y la cuelga en el perchero. Se
sienta, hace que ordena unos papeles y pulsa el botón del comunicador
produciendo un característico ruido grave.
- Alison, ¿puede presentarse en mi despacho, por favor?-
¿Qué? ¿Alison?
- Sí, señor Gómez.- dijo una voz en off que me resultaba
desazonadoramente familiar.
Cuando Alison saltó a la palestra recibida con silbidos y
algún que otro piropo sentí la misma sensación de la adolescencia cuando te
enteras de que la chica que te gusta tiene novio, esa sensación de desánimo y
amargura que te achica el corazón. Llevaba el pelo recogido en una cola de
caballo, una gargantilla ancha de brillantes oscuros y ligeramente maquillada
con pintalabios rojo, sombra oscura en los párpados y un lápiz de ojos que había
perfilado estos de negro haciendo destacar el azul de sus iris intensamente; y
vestía una minifalda negra, medias también negras y una camisa granate y sin
mangas con dos botones sueltos en la que se marcaban sus pezones bien tiesos.
Aquella noche no la reconocí, pero ella era la chica de los carteles que vi en
su coche.
Se presentó delante de la mesa.
- Eres la mejor secretaria que he tenido hasta el momento- le
dijo el señor Gómez con acento cubano- La chupas mucho mejor que las anteriores,
y, como muestra de afecto por tu dedicación al trabajo, te he traído este
regalo- empujando la caja hasta estar al alcance de las manos de Alison.
Iba sin envolver y sin precintar, así que solo tuvo que
levantar la tapa y poner cara de asombro.
- Ohhh, ¿es para mí? Es usted un encanto, señor Gómez- dijo
ella sacando del paquete un artilugio con forma de polla y color carne con una
ventosa en vez de testículos sujetándolo de los extremos con tres dedos de cada
mano como si fuera la azafata de algún concurso de la tele mostrando el premio.
"Y tras la puerta número 3 tenemos este magnífico consolador de 25 cm. para que
nuestra concursante lo utilice con su amante o en la soledad de su alcoba cuando
se encuentre más salida que el pico de una mesa".
- Pruébatelo para ver cómo te queda.- le sugirió el jefe.
Alison se levantó la falda por encima de las caderas dejando
a la vista un tanga negro con rosas bordadas en dorado, lo que entusiasmó al
público, y se sentó en el borde de la mesa. Sacó de la caja un tubo que contenía
algo que esparció con sus dedos por todo el miembro de látex y, tras apartar el
tanga a un lado y abrir las piernas, lo que produjo de nuevo el júbilo de los
asistentes, se limpió sobre su coño aprovechando para lubricarlo también un
poco.
Lo que mis miradas furtivas en el peaje sospechaban, se vio
confirmado. Tenía una vulva completamente rasurada, abierta dejando ver
claramente los labios menores entre los mayores y, sobre estos, el cuerpo
alargado del clítoris, todo en un excitante tono rosado. Era el típico coño dado
de sí de una actriz porno como las de las películas.
Con dos dedos abrió todo lo que pudo el agujero de su entrada
y se metió el consolador ante mis ojos como platos. Yo estaba alucinando en
Technicolor. Alison echó la cabeza hacia atrás emitiendo un quejido. Primero
despacio y luego acelerando más, comenzó a sacarlo y meterlo con los párpados
cerrados. De su boca roja como una amapola, sus gemidos fueron subiendo de
volumen. Lo hacía con una espontaneidad que, si hubiera sido yo, se la hubiera
tenido que robar a algún caradura.
Se detuvo, recolocó su ropa y con el consolador y una especie
de tablilla de madera lisa y endeble, avanzó casi hasta el borde del escenario.
Dejó la tabla en el suelo, chupó la ventosa del pene de goma y con un fuerte
golpe lo fijó a la tabla dejándolo bien empinado. A continuación, se deshizo la
coleta y sacudió su cabeza, dio la espalda al público, se inclino hacia delante
sin doblar las rodillas y, unos instantes después de meter las manos bajo la
minifalda, su tanga comenzó a verse piernas abajo. Todavía no había visto su
culo, ni siquiera el día que se le averió el coche, que fue la única vez hasta
el momento que la había visto de pie, pero lo que daba forma por detrás a esa
falda negra en la posición de L invertida en la que ahora se encontraba, debía
ser algo glorioso.
Volvió a girar sobre sí misma con el tanga por debajo de sus
rodillas, el cual se mantenía ahí al tener las pantorrillas lo suficientemente
separadas como para que la goma de la prenda se tensase y no cayese. Se soltó el
botón a un lado de la mini y bajó la cremallera y, juntando las piernas, el
bonito tanga, ahora sí, llegó a sus zapatos negros de tacón alto. Dio un paso
atrás para sacar sus pies y dejarlo ahí y alguien gritó: "¡Tíralo, preciosa!".
La punta de su zapato lo elevó por encima de las mesas de la primera fila y un
gordo calvo lo cogió al vuelo y lo agitó en el aire orgulloso de su trofeo.
Alison estuvo un ratito jugando con su falda, bajándola hasta
mostrar el pubis limpio y una mariposa tatuada en su cadera en tonos azules y
amarillos y volviéndola a subir, hasta que cruzó las piernas para, por fin,
quedarse desnuda de cintura para abajo, exceptuando las medias. "¡Tira eso
también!" volvió a gritar aquel que se quería hacer con el ropero de mi
británica musa, pero ella no hizo caso y esta vez el paso lo dio hacia delante,
cubriendo con una mano su sol incandescente, que miraba directamente a la pica
que tenía a menos de un metro más abajo.
Sus caderas fueron descendiendo y sus rodillas separándose la
una de la otra como si fueran una gran compuerta que se abre mecánicamente. A
unos centímetros del objetivo con forma de glande, la mano que tenía en su sexo
estiró los dedos y aquel glande quedó oculto detrás de ellos. Bajó un poco más y
frunció suavemente el ceño, de lo cual yo debí ser el único que se percató
porque no creo que nadie más estuviera mirando precisamente la expresión que
ponía su cara al notar de nuevo esa rigidez entrando en ella. Al retirar la
mano, nos dejó ver la mejor imagen que he visto en mi vida después de la cara de
mi hijo al nacer. Entre los labios mayores abiertos de su coño, los menores eran
separados por un cilindro que acababa de atravesarlos y los hacía brillar con
flujos. Un poco más arriba, el clítoris, quizás por la cercanía de ahora, se
veía mejor fuera del prepucio que lo cubre.
Fui hacia la mesa del calvo que cogió su ropa interior lo más
agachado que pude para no llamar la atención y que ella me viese.
- Buenas noches.- dije acuclillado junto al individuo- ¿Qué
tiene en la copa? ¿J&B?
- Sí, ¿por qué?- me preguntó con cara de pocos amigos, lo
cual no es de extrañar si te lo pregunta un tío que está agachado a tu lado
distrayéndote de la masturbación de una atractiva rubia que en esos momentos,
mientras lo hace, se acaricia los pechos con la camisa desabotonada.
- Si me da el tanga de la actriz, le invito a otra copa, ¿qué
le parece?- por su expresión deduje que no le parecía muy bien y decidí darle
una explicación.- Verá, es que soy amigo de esa chica y ella no sabe que estoy
aquí. Quiero el tanga para darle una sorpresa el próximo día que la vea.- Sonaba
a tontería pero era verdad.
- Sí, claro.- me dijo el tío riéndose.
- Está bien. Le invito a otra copa y le doy 20 €.
- 60 €.
- ¡Qué? ¿Esta usted loco? ¿Cómo me puede pedir 60 € por un
tanga?- le increpé mosqueado.- Vale, está bien. 40 €.- regateé.
- 60.
- 50.
- 60.
- No tengo 60 €- le dije cabreado por el abuso de ese gordo
cabrón.
Saqué la cartera y puse sobre la mesa los billetes que tenía
y volqué las monedas para contar mi líquido en ese momento. Alison gemía
fuertemente mientras botaba sobre el grueso consolador.
- 48´27 €. No hay más.
- Vale, pues eso y una copa.- sentenció el calvo.
- ¿Y con qué quiere que la pague si le doy todo lo que tengo,
ladrón?- le pregunté con sarcasmo.
- Con esa tarjeta de crédito de Caja Madrid que tiene en la
cartera.
En ese momento, pasaba por ahí el camarero con una bandeja en
la que transportaba vasos de tubo y botellines vacíos.
- Camarero, ¿puedo pagar con tarjeta?
- Así es, caballero.
- Pues tráigame una cerveza y un whisky con hielo.
- Jack Daniel´s.- añadió el calvo.
Me cago en su puta madre, encima el más caro. Cuando regresó,
pagué y me guardé el tanga en el bolsillo del pantalón, volví a mi sitio de la
misma manera que antes y continué disfrutando del espectáculo con mi segunda
consumición.
Alison seguía sobre el pene de plástico, sentada de rodillas
completamente sobre él para descansar las piernas de tanto trajín sin que apenas
se viese nada de dicho consolador al tenerlo todo dentro de su vagina. Había
parado la masturbación y estaba más concentrada chupándole la verga al señor
Gómez, ya sin la camisa granate y como único atuendo las medias y una cadenita
dorada alrededor de sus caderas. De vez en cuando daba algún que otro brinco
para sentir cómo se le volvía a clavar esa réplica de polla en su vientre, pero
ahora la acción se desarrollaba dentro de su boca y se olvidaba del consolador.
Entre sus labios rojos como la sangre, se podía ver como su cavidad bucal era
henchida por un trozo de carne que, dejando buena parte fuera, emergía para
volverse a introducir al ritmo que le marcaba la cabeza de la chica que no
dejaba de mamar.
Ella llevó sus manos hasta los tobillos del jefe, donde
yacían sus pantalones, para ayudarle a quitárselos sin parar ni un segundo de
mamársela y él comenzó a desabotonarse la camisa sin que las muecas de placer
que adornaban su careto desaparecieran. Cuando solo quedaba en su musculado y
fibroso cuerpo la corbata azul con rayas blancas, evacuó de la boca de Alison su
brillante y mojado… Vamos a ver… es que no sé como llamarlo, porque si dijese
misil me quedaría corto. Vamos, que la muchacha debía ejercitar en su casa los
músculos de la vagina con bombonas de butano para poder recibirlo en su sexo,
como haría a continuación.
Sujeto el consolador por la base y se lo sacó levantando el
culo. Con el cabello tapándole la cara al estar mirando hacia abajo, esperó a
que el cubano retirara la tabla en la que el pene de plástico había sido fijado.
Alison se relajó, puso sus manos en el suelo y adoptó una pose mucho más
sencilla: la famosa del perrito. Recogió toda su melena rubia hacia el lado
derecho de su cara, para que esta se le viera bien cuando el señor Gómez, desde
atrás, se la metiera, lo que no tardó en hacer. Menos hubiera tardado yo.
La penetración no se veía al ser efectuada desde atrás, pero
ella nos ofrecía todo su repertorio de visajes de placer. La lascivia de su
rostro, de su lengua repasando de cuando en cuando su labio superior, la de sus
tetas bamboleándose a cada embestida de su jefe, también la de su clara piel en
vivo contraste con la del mulato, la de los gemidos que iban en aumento y que
los micrófonos de ambiente recogían y repartían por todo el local a través de
los amplificadores haciendo que sus quejidos pareciesen venir de todas partes.
Para mí era una dulce y excitante serenata. No había en todo el club una polla
que no pareciese una antorcha. Uno de mis compañeros de mesa debía estar
quemándose a juzgar por como sacudía su brazo cuya mano llevaba sospechosamente
media hora bajo la mesa. Qué guarro.
Cambiaron de postura. Ahora el jefe se tumbó boca arriba y la
británica, dando la espalda al público y mirando a su amante, dejando las
rodillas a cada lado de la cintura del señor Gómez, dirigió con su mano la
tranca atezada a su coño. Se pudo observar claramente y con lentitud como el
miembro viril desparecía y volvía a aparecer justo donde se separaban los
blancos glúteos de Alison, entre los dos. Todos los espectadores estábamos
hipnotizados imitando con la cabeza el movimiento de su culo de sube y baja, que
nos mostraba la redondez de sus nalgas cuando las sacaba hacia atrás al bajar
mientras el cubano no dejaba de cogérselas y separarlas para que viésemos que su
ano se sonrosaba distinguiéndolo de su pálida piel.
Yo alucinaba todavía. Me había pajeado imaginándome como
sería su cuerpo desnudo; como se agitarían sus tetas que fugazmente me mostró en
el peaje, como serían sus gritos orgásmicos… ¿Cómo me iba a imaginar que un día
lo descubriría viéndola follar en un espectáculo porno a tan solo unos metros de
mí? Por eso no le importaba que le viera las bragas ni por qué me dijo una vez
que ni me imaginaba la cantidad de tíos que habían visto mucho más que yo.
Serían cientos o miles los que la hubieran visto actuar en algún momento de sus
vidas.
Al rato, se levantó para estirar las piernas, pues tanto
tiempo así, debía tenerlas un poco entumecidas, digo yo. Una vez con la polla en
fuerte contraste con el mortecino color del cuerpo de Alison de nuevo en su
coño, solo una parte, pues entera no le podía caber a no ser que quisiera
chupársela al mismo tiempo que la penetraba; de cara a la clientela que
manifestaba su excitación con piropos y promesas de amor eterno, se reclinó
hacia atrás apoyando sus manos a ambos lados de la cabeza del jefe que no paraba
de acariciarle el vientre y las tetas, y continuó su trabajo. Ella cada vez
levantaba y dejaba caer su trasero con más fuerza, y a esta cabalgata se unían
algunas veces las fuertes acometidas que el cubano daba hacia arriba haciéndola
gritar. Se veían perfectamente sus labios mayores gordos y enrojecidos y como
los menores se abrían al avance de la verga del señor Gómez, que seguía sin
poder insertársela hasta su base por sus exagerados centímetros. Él empezaba a
rugir con más frecuencia. Puede que su orgasmo estuviera cerca.
Alison, retozando sobre el volumen de esa barra de chorizo
ibérico y su dorada cadenita por debajo de su ombligo emitiendo destellos,
frotaba con fiereza su clítoris para llegar al orgasmo sosteniendo su cuerpo en
vilo sobre el cubano con un solo brazo, que, al fallarle, su espalda cayó sobre
el torso del jefe. Ella también debía estar cerca y el movimiento acelerado y
violento de sus caderas arriba y abajo, reflejaba todo su ímpetu. En esto, el
cubano dice algo que no entendí, pero debía ser la señal que ella esperaba para
levantarse rápidamente, lo que hizo, por causa del cansancio, que sus pies
trastabillasen hacia atrás, lo que era una amenaza para su culo, pues sería el
que se llevaría el golpe, el pobre, qué vaya culazo era; pero no sé si fue por
el mismo cansancio o por recuperar el equilibrio, que las rodillas se clavaron
en el suelo como dos zapapicos.
Alison, arrodillada ante su ficticio jefe, erguida sacando
pecho y con la boca abierta, recibió el primer lechazo en la frente y en su
dorado cabello. Los dos siguientes se colaron en su boca, uno de ellos por
entero y el otro manchando su cara; y los escupió dejándolos resbalar por su
barbilla. La poca lefa que le quedaba al señor Gómez en sus testículos, fue a
parar a las tetas de la actriz donde se mezclaron con su sudor. En dos palabras:
im-presionante.