DESCUIDADA POR EL MARIDO.
Jamás me había sucedido algo parecido en mi profesión. Soy
odontóloga y poseo un consultorio moderno en el barrio de Caballito y todos me
conocen por mi recato y discreción.
Estoy casada y tengo un matrimonio convencional. Dos hijos
pequeños y una vida sexual normal aunque nuestras relaciones se han espaciado
desde hace bastante tiempo. Yo creía desde mi formación religiosa y moral que
así debía ser, hasta que sucedió lo que es motivo de mi relato y mi confesión.
La vida ahora me doy cuenta, transitaba por la rutina diaria
y la monotonía. Todo transcurría sin que nada la alterase hasta que concurrió a
la consulta un paciente especial. Antonio, psicólogo, era un hombre maduro, de
estatura mediana y porte distinguido. Desde el primer momento se deshizo en
piropos y galanterías que me halagaron y elevaron mi autoestima. En casa mi
marido era incapaz de un cariño o halagos que tanto nos gustan a las mujeres,
pues seguro piensa que esas demostraciones están de más a cierta altura de la
vida y del matrimonio. Esa indiferencia quizás fue el motivo de lo que sucedió.
Soy joven aún y conservo un físico muy atractivo según
Antonio. Rubia de ojos claros, de senos pequeños pero firmes, cadera estrecha y
piernas torneadas, no estaba mal. Permanentemente elogiada, hicieron que a
partir de sus palabras comenzase a preocuparme por mi cuerpo y a producirme
mucho más de lo que acostumbraba. Inconscientemente coqueteaba con Antonio y en
cada visita esperaba sus lisonjas.
Nuestras conversaciones al principio banales, fueron
abordando temas más íntimos y sin pensar lo que podía suceder me fui sincerando.
Antonio tenía un poder de persuasión y me brindaba la comprensión que no
encontraba en mi marido para expresar mis deseos y fantasías ocultas en mis
pensamientos. En una palabra, como buen psicólogo que era, logró que le
confesase el esfuerzo a que me sometía cada vez que fingía un orgasmo cuando
teníamos relaciones sexuales.

El tratamiento odontológico estaba llegando a su fin. Yo
deseaba que no terminase para que nuestras conversaciones continuasen
transitando por temas que en mi hogar eran tabú. Antes de despedirnos se decidió
y dispuesta como estaba a prolongar nuestra relación me propuso un juego que me
pareció divertido y acepté. Apelando a sus conocimientos me expresó que sabía de
mis frustraciones y quería que me liberase de mis ataduras y cambiase mi
comportamiento para disfrutar de la vida y romper con la monotonía.
Le pregunté ingenuamente como sería. Antonio me expresó que
debía dejarme guiar, pues conocía las formas para que ello sucediese.
Dudé, no me animaba y le expresé que sería incapaz de
mostrarme como el pensaba ya que en mi vida todo estaba muy estructurado. Pero
Antonio no claudicó. Sabía cuales eran mis pensamientos y mis debilidades y me
convenció. Estaba ansiosa y dispuesta a cambiar.
Me propuso encontrarnos en el consultorio fuera del horario
habitual. Me pidió que concurriese con el delantal que siempre usaba para la
atención de mis pacientes, y maquillada como un día normal. Me pareció extraño,
pero la curiosidad, la fascinación y el dominio que ejercía sobre mi persona
hicieron que aceptase su sugerencia.
Finalmente llegó el día. La noche anterior me dormí con el
pensamiento y la incertidumbre de lo que podía pasar.
Lo esperé nerviosa presagiando lo que podría pasar y cuando
le abrí la puerta me besó en la boca. Me tomó desprevenida. Estaba atónita pero
creo que le respondí de la misma forma sin pensarlo demasiado.
Pasamos al consultorio y allí con su voz seductora se deshizo
en palabras exaltando mi belleza y el atractivo que según él poseía estimulando
sus instintos y sentimientos.
Mis oídos hacía años que no escuchaban lisonjas que me
halagaran tanto.
Me miré al espejo, estaba radiante, hacia tiempo que no me
veía así. Mirándome a los ojos me sugirió que me desnudase lentamente. Sus
palabras eran órdenes y como una autómata me fui desprendiendo los botones desde
arriba y quedé solo cubierta con mi ropa interior. Comencé a contonearme
haciendo un strip-tease. Jamás me hubiese imaginado mostrarme en dicha
situación. Estaba profanando mi lugar de trabajo sagrado hasta ese instante.
Antonio también comenzó a desnudarse. Ahora era su paciente dominada por la
sensualidad del momento y no había vuelta atrás.
Tuve tiempo de observar su cuerpo atlético y su miembro al
despojarse del slip. Era enorme y grueso mucho más que el de mi esposo, el único
que había penetrado mi vagina desde mi casamiento.
Se acercó y se apoderó de mis senos y besó mis pezones con
fruición Los sentí duros como una roca a medida que intensificaba sus caricias.
Mi respiración se agitaba y tomé entre mis manos ese miembro
duro palpitando. Luego de besarlo y masturbarlo lo llevé a mi boca y le
practiqué una mamada fenomenal hasta que eyaculó por primera vez. Tragué el
semen dulzón como jamás lo había hecho con mi marido. Estaba desconocida.
Nos tomamos un respiro y recostada sobre su pecho me
tranquilizó cuando yo llorando le expresaba lo arrepentida que estaba por lo
sucedido.
"A partir de ahora todo será diferente". "Debes valorarte
como mujer hermosa y deseable".
Fueron palabras mágicas, eran las que necesitaba para dar
rienda suelta a mis instintos. Lo besé sin remordimiento. Antonio tomó mi mano y
la llevó hacia su miembro viril que nuevamente estaba rígido. Mis dedos
sintieron el calor y la palpitación de su verga y lo masturbé.
Nos levantamos y me colocó de espaldas en el sillón
odontológico. Cerré mis ojos esperando el momento. Ya no pensaba en mi esposo,
ni me arrepentía de nada. La verga acarició el clítoris, y mi concha se
humedeció. Era una sensación maravillosa. Lentamente fue penetrando dilatando
las paredes de la vagina que parecían querer succionarlo hasta que el chapoteo
de los jugos y el golpeteo de los testículos sobre mis glúteos me indicaron que
toda la verga había entrado. Yo me sacudía alentándolo hasta que eyaculó. Sentí
un líquido cálido que inundaba mis entrañas y en ese momento tuve mi primer
orgasmo. Gemía y jadeaba por el placer de sentirme mujer con todas las letras,
era deseable. Había recuperado mi autoestima.
Nos besamos apasionadamente. Yo estaba irreconocible.
Balbuceando palabras entrecortadas le propuse ser su esclava. Estaba dispuesta a
todo con tal de complacerlo y no perderlo.
Se recostó sobre el sillón y lo monté de espaldas frente al
espejo. En el se reflejaba mi cuerpo. Ahora yo lo iba a coger. Abierta de
piernas con la tanga corrida de costado veía con morbosidad como la enorme
tranca de Antonio se introducía hasta los testículos en mi concha generosa. Era
una visión fantástica y me producía un placer insospechado. Mis senos se movían
al compás del movimiento de vaivén en la medida que me incorporaba y me sentaba
observando la entrada y salida de la verga y los flujos que emanaban de mi
concha. Mis gemidos iban creciendo en intensidad, hasta que tuve mi segundo
orgasmo. Fue una sensación indescriptible. Quedé temblando y mis piernas
flaquearon cuando me quise parar. Era un esfuerzo al que no estaba acostumbrada.
Me besó y me colocó de bruces sobre la camilla, donde apoyada
en mis antebrazos supuse lo que vendría.
Me besó el orificio anal y sabiamente comenzó a lubricarlo
con su lengua y la saliva.
Observé en el espejo como acomodaba el glande sobre el ano, y
esbocé una tímida protesta. Nunca antes lo había hecho y temía por el dolor que
la penetración me podía causar.
Antonio era un semental y yo una yegua en celo. No se iba a
detener y yo deseaba ofrecerle mi culo virgen. Había transgredido todas las
barreras y esa era la última. La verga estaba nuevamente enorme y rígida.
Utilizaba los flujos que escurrían de mi vagina para lubricar el ano y facilitar
la penetración. Montó a horcajadas sobre mis nalgas y comenzó a presionar. El
orificio anal cedió ante el empuje sostenido y no pude evitar un grito de dolor
cuando atravesó el esfínter. La verga se introdujo explorando el recto hasta que
los testículos golpearon con saña los glúteos. Mi culo ya no era virgen. Incliné
mi rostro y pude ver en el espejo como la verga entraba y salía sin pausa. Esa
visión desató mi último orgasmo mientras Antonio eyaculaba, entre jadeos y
gemidos, derramando su semen dentro de mi culo abierto como una flor.
Nos bañamos y tuve deseos de defecar luego de la brutal
desfloración que había sufrido, mis piernas temblaban por el esfuerzo pero
estaba feliz. Había dado una vuelta de página en mi vida terrenal recuperando la
libido y mi autoestima.
Munjol.