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TODORELATOS » RELATOS » KAROLINA ¡CóMO ME GUSTA MI FISIOTERAPEUTA!
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 TODORELATOS.COM Fecha: 17 de Mayo, 2008.
Fecha: 22-Dic-07 « Anterior | Siguiente » en Confesiones (2291 de 2407)

Karolina ¡Cómo me gusta mi fisioterapeuta!

karol
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En la intimidad de la sala de masajes una relación profesional puede dar mucho de si. Si una pone empeño. Creedme. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

Karolina

¡Cómo me gusta mi fisioterapeuta!

obre la pared de la sala de espera, tenía colocados algunos pósteres con figuras del cuerpo humano y los nombres de todos y cada uno de los músculos y huesos del cuerpo. Me entretuve, como en otras visitas leyendo los títulos de los diplomas que colgaban, enmarcados con esmero. Se veía que estaba orgulloso de ellos. Eran fotocopias porque los originales los había visto en su despacho en mis anteriores sesiones de masaje.

El Dr. Julián, es un apuesto cincuentón que está guapísimo con su bata blanca y su pelo tupido medio canoso. Ya conocéis mi debilidad por los maduritos.

Además de su título universitario en fisioterapia, tenía otros tantos cursos de acupuntura, magnetoterapia, medicina natural, homeopatía y yo que sé cuantas cosas más. Y la verdad es que los dolores y lesiones que motivaron el que lo conociera y frecuentara quedaban ineludiblemente curadas a las pocas horas de recibir sus cuidados.

Además, ¡que manos tiene! Eso de que un buen masajista a de hacerte daño, en este caso no se cumplía en absoluto. Claro, la zona lesionada se resiente y duele, pero no sé como lo logra, si con las cremas y los ungüentos, o con sus propias manos, el caso es que a los pocos minutos el dolor se mitiga hasta desaparecer y el masaje se convierte en relajación placentera y sensual, sumergiendo mi mente en un estado de relax adobado de somnolencia y sensibilidades reencontradas.

Le había pedido cita aquella misma mañana. Como sabéis voy al gimnasio en autobús todos los días de diario para mantenerme en plena forma. Pues bien, aquella mañana, en uno de los movimientos de mi clase de aeróbic, me hice daño en el aductor de la pierna derecha.

Para aquellos de vosotros a los que les suene a chino lo de aductor, os diré que los aductores ocupan el espacio dejado entre el borde del recto anterior, borde interno de la pierna y el pubis. Vamos, en cristiano, la parte interior de mi muslo derecho, justo junto a mi chochito. Perdonar este exceso de erudición pero además de los pósteres de la pared que durante la espera me sirvieron para indagar sobre mi zonita lesionada, dio la casualidad que entre las revistas médicas que toda consulta que se precie posee, dio la casualidad que un artículo hablaba de los aductores y me lo empapé.

No es que me doliese como para no poder andar, pero en el vestuario me di cuenta de que la lesión no era del todo leve, cuando ya en frío, vi las estrellas al levantar la pierna para ponerme mi braguita.

Teléfono móvil al canto y a reservar hora con Julián.

Yo sé, y lo digo para todos aquellos miembros de la profesión médica, que sus juramentos y su honestidad en el trato con las pacientes están fuera de toda duda. Y digo esto porque Julián se comportó de forma exquisita desde un principio. Pero en este caso fui yo la que, de una manera casi inconsciente, fui provocando los acontecimientos.

 

La primera visita fue de lo más normal del mundo, un dolor de espalda de esos que las abuelas achacan siempre a eso de coger frío. Me mandó desnudar de medio cuerpo. Pero cuando pronunció la palabra mágica: "desnúdate de medio cuerpo para arriba", en mis oídos sonó como con eco, desnúdate, desnúdate, desnúdate. Hay cosas que son como interruptores encienden y apagan. A mí, que un hombre atractivo me diga, desnúdate, me enciende. Que le voy a hacer.

Lo hice sin rubor, con la desvergüenza que me caracteriza, de medio lado, pero mostrándole orgullosa mis pechos. Mis veintidós años no son el único argumento de mis pechos, son magníficos, algo excesivos y mis pezones están maravillosamente encarados al firmamento.

Para mi desazón él no pareció inmutarse. Pero a continuación activó el segundo interruptor:, túmbate boca abajo.

¡Joder!, túmbate boca abajo. Para una hembra que se precie esas palabras significan lo que significan. La pena era que llevaba vaqueros, si hubiese llevado una faldita hubiese tenido recursos para jugar con Julián.

Descorazonada me tumbé boca abajo ocultándole la belleza de mi cántaros de leche y él hizo su trabajo, el maravilloso trabajo que hacía, de forma impecable. Yo sin embargo, erotizadísima con la situación mojé mi braguita sin parar disfrutando de cada caricia, de cada pasada, de cada presión. Y cuando sus manos se acercaban a la parte baja de mi espalda movía casi imperceptiblemente mi culito, retozando como una gata en celo. Creo que él lo advirtió. Porque, y a lo mejor esto son imaginaciones mías, sus manos se tornaron más dulces y el contacto más contundente y sensual.

Mi segunda visita fue motivada por un ligero pero doloroso esguince de tobillo. Sabía que Julián habría de tratarme la lesión conmigo tumbada boca arriba y me coloqué para ir a la consulta una finísima minifalda, relativamente ceñida y de color blanco que dejaba pasar toda la luz, de modo que mostrase llegado el momento, totalmente iluminado un tanguita transparente de color rosa que no solo no velaba, sino que realzaba el dibujo de mi hermoso coño depilado.

En su afectuosa sonrisa me pareció notar ya que el atractivo cincuentón comenzaba a gozar de aquella su joven y bella paciente. Me miró de forma distinta, eso una mujer lo nota y yo en lugar del apretón de manos de la primera ocasión, cuando el inició el gesto, me acerqué y le planté dos besos en las mejillas. Dos besos que si él quería, podía interpretar. Ya me entendéis. A su modo, parecido al que le di a Andrea en el restaurante asiático.

Y llegó el momento que anhelaba. Sus manos en mi pie rotándolo, estirando de él hacia atrás, metiendo sus dedos en la articulación, hacia un lado y hacia el otro. Yo le observaba atenta, mi braguita estaba a su vista, pero él permanecía concentrado en su trabajo sin hacer el más mínimo caso a mi sensual atuendo. Luego comprendí que, como el gran profesional que es, hizo primero lo que tenía que hacer. Aun así yo estaba a mil por hora con mi pierna levantándose y bajando y mi chochito frotando sus labios bajo la seda rosa.

Mi faldita, como yo había pronosticado, con tanto movimiento pernil fue ganando altura y el tanga transparente quedaba ya casi a la intemperie. De repente Julián cesó en su masaje y dirigiéndose a por un envase de lo que parecía ser aceite me dijo: esto te aliviará el dolor.

A partir de ahí el panorama cambió sus dedos comenzaron a masajear mi pie y su mirada se cruzaba con la mía sonriéndome. Yo le sonreía también, excitada por el giro de la situación. Sus ojos comenzaron a mirar mi chochito de forma insistente, sus dedos separaban y manoseaban los de mis pies comunicando una sensualidad para mi desconocida en aquella zona de mi cuerpo.

Tomo mi pierna, la dobló por la rodilla y la abrió dejándome expuesta a su oscultación visual, puso una mano junto a mi chochito, en mi ingle, como para sujetar la pierna, pero uno de sus dedos lo rozaba descaradamente, mientras con la otra mano giraba el tobillo.

Vi crecer su entrepierna a pesar de la bata. Tenía una erección bestial y el verlo me puso cardiaca, mojando la gasa de la braguita con una mancha de humedad que él no cesaba de observar.

Gírate, ponte de lado, me dijo. Le obedecí haciéndolo de tal forma que mi falda subiese un poco más. Él quedó detrás de mí, podía contemplar la integridad de mi culo desnudo engullendo la fina tira de mi tanga. Yo no lo veía pero sabía que lo observaba. Dobló mi pierna hacia atrás para trabajar el tobillo y la punta de mi pie comenzó a sentir el roce con la bata primero y con su pene erecto después.

Roces como accidentales debidos al masaje pero que se prolongaron en tiempo e intensidad.

Debió de sentir algún remordimiento porque cesó bruscamente, y con tono áspero me dijo que había terminado.

Yo para disminuir la culpabilidad que pensé que sentía, me despedí con el beso más cariñoso que una paciente haya dado a su médico.

Y había llegado la tercera visita, mi lesión de aductor. Casi una lesión en mi coñito. ¿Os imagináis el morbo que acumulé desde la llamada para reservar hora. Cuando me cogió el teléfono y le expliqué la lesión ya estaba nerviosa. Me dijo que tenía la consulta llena esa tarde pero que me pasara a última hora. A última hora pensé, sin ningún paciente esperando. ¿Habría sido una casualidad o escogía con calculada frialdad aquella circunstancia.

Me coloque el tanga más sugerente que tengo. Mi almejita depilada admite prendas realmente escandalosas.

Os he puesto la foto de mi prenda para no tener que describírosla.

Me puse pantalones a propósito. Sabía que me los haría quitar. Mi coño quedaría desnudo y la prenda sería una invitación muda y definitiva.

Cuando llegué la consulta estaba vacía. Julián me esperaba de pie.

Pasa, me dijo dándome esta vez él, el beso a mí. Y según entraba a la habitación de la cama de masajes oí su voz en tono distinto al de un médico: quítate los pantalones y túmbate.

A pesar de mi desnudez integral, trató la lesión de aductor como si nada, casi un cuarto de hora hurgando junto a mi coño en el que se introducía el tanga dejando asomar mis labios depilados y tiernos.

Pero yo estaba exultante, sabía como terminaría aquello. Mojaba sin parar, una gotita tras otra. Y él, durante el tratamiento de mi lesión en el muslo, lo observaba con la misma erección que sufrió la vez anterior. De repente su masaje cambió de objetivo y uno de sus dedos apartó la tira central de la prenda y comenzó a masturbar mi clítoris de forma tan profesional y delicada que merecía otro diploma para colgar en sus paredes. Yo callaba entornando los ojos pero los gemidos no los pude ni quise contener.

Gemí y gemí de placer en cada caricia de su dedo, gemí cuando me penetró con ellos, gemí cuando le vi sacarse su aparato duro y brillante y seguí gimiendo como una putita hasta que lo metió en mi boca.

Lo devoré con ansia, con glotonería mientras su brazo extendido seguía trabajando mi coñito. Sin dejar de chupar aquel hermoso falo sentí como tiraba del tanga apartándolo a un lado y dejando mi húmeda gruta aparte, desnuda y abierta, acogedora a sus dedos y a su trabajo.

Sin quitarse la bata, ni el pantalón, giró mi cuerpo con sus poderosos brazos y sujetando mis piernas me penetró. Una mesa de masajes tiene la altura ideal, creerme.

Como me folló en aquella mesa, variando ritmos, jugando con sus caderas. Yo aún con la camisa puesta. Un polvo a medio vestir se diría.

Yo tuve mi orgasmo de forma escandalosa, gritando. Él siguió disfrutando de aquella joven almejita que se le había ofrecido y cuando le llegó su momento no quiso correrse dentro, no sé porqué. Sacó su estaca briosa ya con las contracciones de la eyaculación y derramó su esperma sobre mi rajita y mi tanga de araña.

No se porqué tampoco, pero no hablamos, todo fue… como muy profesional.

Tras vestirme me despedí de él con un beso.

Esta vez me abrazó y su lengua y la mía se dijeron todo lo que no se habían dicho.

 

Sigo escribiéndoos mis experiencias empujada por vuestros generosos comentarios y vuestros votos a mis relatos que los mantienen entre los mejores. El lector nunca se equivoca.

Gracias de corazón y un beso sincero.

Hasta la próxima.

TodoRelatos.com © karol

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