Karolina
¡Cómo me gusta mi fisioterapeuta!
obre la pared de la sala de espera, tenía colocados algunos
pósteres con figuras del cuerpo humano y los nombres de todos y cada uno de los
músculos y huesos del cuerpo. Me entretuve, como en otras visitas leyendo los
títulos de los diplomas que colgaban, enmarcados con esmero. Se veía que estaba
orgulloso de ellos. Eran fotocopias porque los originales los había visto en su
despacho en mis anteriores sesiones de masaje.
El Dr. Julián, es un apuesto cincuentón que está guapísimo
con su bata blanca y su pelo tupido medio canoso. Ya conocéis mi debilidad por
los maduritos.
Además de su título universitario en fisioterapia, tenía
otros tantos cursos de acupuntura, magnetoterapia, medicina natural, homeopatía
y yo que sé cuantas cosas más. Y la verdad es que los dolores y lesiones que
motivaron el que lo conociera y frecuentara quedaban ineludiblemente curadas a
las pocas horas de recibir sus cuidados.
Además, ¡que manos tiene! Eso de que un buen masajista a de
hacerte daño, en este caso no se cumplía en absoluto. Claro, la zona lesionada
se resiente y duele, pero no sé como lo logra, si con las cremas y los
ungüentos, o con sus propias manos, el caso es que a los pocos minutos el dolor
se mitiga hasta desaparecer y el masaje se convierte en relajación placentera y
sensual, sumergiendo mi mente en un estado de relax adobado de somnolencia y
sensibilidades reencontradas.
Le había pedido cita aquella misma mañana. Como sabéis voy al
gimnasio en autobús todos los días de diario para mantenerme en plena forma.
Pues bien, aquella mañana, en uno de los movimientos de mi clase de aeróbic, me
hice daño en el aductor de la pierna derecha.
Para aquellos de vosotros a los que les suene a chino lo de
aductor, os diré que los aductores ocupan el espacio dejado entre el borde del
recto anterior, borde interno de la pierna y el pubis. Vamos, en cristiano, la
parte interior de mi muslo derecho, justo junto a mi chochito. Perdonar este
exceso de erudición pero además de los pósteres de la pared que durante la
espera me sirvieron para indagar sobre mi zonita lesionada, dio la casualidad
que entre las revistas médicas que toda consulta que se precie posee, dio la
casualidad que un artículo hablaba de los aductores y me lo empapé.
No es que me doliese como para no poder andar, pero en el
vestuario me di cuenta de que la lesión no era del todo leve, cuando ya en frío,
vi las estrellas al levantar la pierna para ponerme mi braguita.
Teléfono móvil al canto y a reservar hora con Julián.
Yo sé, y lo digo para todos aquellos miembros de la profesión
médica, que sus juramentos y su honestidad en el trato con las pacientes están
fuera de toda duda. Y digo esto porque Julián se comportó de forma exquisita
desde un principio. Pero en este caso fui yo la que, de una manera casi
inconsciente, fui provocando los acontecimientos.
La primera visita fue de lo más normal del mundo, un dolor de
espalda de esos que las abuelas achacan siempre a eso de coger frío. Me mandó
desnudar de medio cuerpo. Pero cuando pronunció la palabra mágica: "desnúdate de
medio cuerpo para arriba", en mis oídos sonó como con eco, desnúdate, desnúdate,
desnúdate. Hay cosas que son como interruptores encienden y apagan. A mí, que un
hombre atractivo me diga, desnúdate, me enciende. Que le voy a hacer.
Lo hice sin rubor, con la desvergüenza que me caracteriza, de
medio lado, pero mostrándole orgullosa mis pechos. Mis veintidós años no son el
único argumento de mis pechos, son magníficos, algo excesivos y mis pezones
están maravillosamente encarados al firmamento.
Para mi desazón él no pareció inmutarse. Pero a continuación
activó el segundo interruptor:, túmbate boca abajo.
¡Joder!, túmbate boca abajo. Para una hembra que se precie
esas palabras significan lo que significan. La pena era que llevaba vaqueros, si
hubiese llevado una faldita hubiese tenido recursos para jugar con Julián.
Descorazonada me tumbé boca abajo ocultándole la belleza de
mi cántaros de leche y él hizo su trabajo, el maravilloso trabajo que hacía, de
forma impecable. Yo sin embargo, erotizadísima con la situación mojé mi braguita
sin parar disfrutando de cada caricia, de cada pasada, de cada presión. Y cuando
sus manos se acercaban a la parte baja de mi espalda movía casi
imperceptiblemente mi culito, retozando como una gata en celo. Creo que él lo
advirtió. Porque, y a lo mejor esto son imaginaciones mías, sus manos se
tornaron más dulces y el contacto más contundente y sensual.
Mi segunda visita fue motivada por un ligero pero doloroso
esguince de tobillo. Sabía que Julián habría de tratarme la lesión conmigo
tumbada boca arriba y me coloqué para ir a la consulta una finísima minifalda,
relativamente ceñida y de color blanco que dejaba pasar toda la luz, de modo que
mostrase llegado el momento, totalmente iluminado un tanguita transparente de
color rosa que no solo no velaba, sino que realzaba el dibujo de mi hermoso coño
depilado.
En su afectuosa sonrisa me pareció notar ya que el atractivo
cincuentón comenzaba a gozar de aquella su joven y bella paciente. Me miró de
forma distinta, eso una mujer lo nota y yo en lugar del apretón de manos de la
primera ocasión, cuando el inició el gesto, me acerqué y le planté dos besos en
las mejillas. Dos besos que si él quería, podía interpretar. Ya me entendéis. A
su modo, parecido al que le di a Andrea en el restaurante asiático.
Y llegó el momento que anhelaba. Sus manos en mi pie
rotándolo, estirando de él hacia atrás, metiendo sus dedos en la articulación,
hacia un lado y hacia el otro. Yo le observaba atenta, mi braguita estaba a su
vista, pero él permanecía concentrado en su trabajo sin hacer el más mínimo caso
a mi sensual atuendo. Luego comprendí que, como el gran profesional que es, hizo
primero lo que tenía que hacer. Aun así yo estaba a mil por hora con mi pierna
levantándose y bajando y mi chochito frotando sus labios bajo la seda rosa.
Mi faldita, como yo había pronosticado, con tanto movimiento
pernil fue ganando altura y el tanga transparente quedaba ya casi a la
intemperie. De repente Julián cesó en su masaje y dirigiéndose a por un envase
de lo que parecía ser aceite me dijo: esto te aliviará el dolor.
A partir de ahí el panorama cambió sus dedos comenzaron a
masajear mi pie y su mirada se cruzaba con la mía sonriéndome. Yo le sonreía
también, excitada por el giro de la situación. Sus ojos comenzaron a mirar mi
chochito de forma insistente, sus dedos separaban y manoseaban los de mis pies
comunicando una sensualidad para mi desconocida en aquella zona de mi cuerpo.
Tomo mi pierna, la dobló por la rodilla y la abrió dejándome
expuesta a su oscultación visual, puso una mano junto a mi chochito, en mi
ingle, como para sujetar la pierna, pero uno de sus dedos lo rozaba
descaradamente, mientras con la otra mano giraba el tobillo.
Vi crecer su entrepierna a pesar de la bata. Tenía una
erección bestial y el verlo me puso cardiaca, mojando la gasa de la braguita con
una mancha de humedad que él no cesaba de observar.
Gírate, ponte de lado, me dijo. Le obedecí haciéndolo de tal
forma que mi falda subiese un poco más. Él quedó detrás de mí, podía contemplar
la integridad de mi culo desnudo engullendo la fina tira de mi tanga. Yo no lo
veía pero sabía que lo observaba. Dobló mi pierna hacia atrás para trabajar el
tobillo y la punta de mi pie comenzó a sentir el roce con la bata primero y con
su pene erecto después.
Roces como accidentales debidos al masaje pero que se
prolongaron en tiempo e intensidad.
Debió de sentir algún remordimiento porque cesó bruscamente,
y con tono áspero me dijo que había terminado.
Yo para disminuir la culpabilidad que pensé que sentía, me
despedí con el beso más cariñoso que una paciente haya dado a su médico.
Y había llegado la tercera visita, mi lesión de aductor. Casi
una lesión en mi coñito. ¿Os imagináis el morbo que acumulé desde la llamada
para reservar hora. Cuando me cogió el teléfono y le expliqué la lesión ya
estaba nerviosa. Me dijo que tenía la consulta llena esa tarde pero que me
pasara a última hora. A última hora pensé, sin ningún paciente esperando.
¿Habría sido una casualidad o escogía con calculada frialdad aquella
circunstancia.
Me coloque el tanga más sugerente que tengo. Mi almejita
depilada admite prendas realmente escandalosas.

Os he puesto la foto de mi prenda para no tener que
describírosla.
Me puse pantalones a propósito. Sabía que me los haría
quitar. Mi coño quedaría desnudo y la prenda sería una invitación muda y
definitiva.
Cuando llegué la consulta estaba vacía. Julián me esperaba de
pie.
Pasa, me dijo dándome esta vez él, el beso a mí. Y según
entraba a la habitación de la cama de masajes oí su voz en tono distinto al de
un médico: quítate los pantalones y túmbate.
A pesar de mi desnudez integral, trató la lesión de aductor
como si nada, casi un cuarto de hora hurgando junto a mi coño en el que se
introducía el tanga dejando asomar mis labios depilados y tiernos.
Pero yo estaba exultante, sabía como terminaría aquello.
Mojaba sin parar, una gotita tras otra. Y él, durante el tratamiento de mi
lesión en el muslo, lo observaba con la misma erección que sufrió la vez
anterior. De repente su masaje cambió de objetivo y uno de sus dedos apartó la
tira central de la prenda y comenzó a masturbar mi clítoris de forma tan
profesional y delicada que merecía otro diploma para colgar en sus paredes. Yo
callaba entornando los ojos pero los gemidos no los pude ni quise contener.
Gemí y gemí de placer en cada caricia de su dedo, gemí cuando
me penetró con ellos, gemí cuando le vi sacarse su aparato duro y brillante y
seguí gimiendo como una putita hasta que lo metió en mi boca.
Lo devoré con ansia, con glotonería mientras su brazo
extendido seguía trabajando mi coñito. Sin dejar de chupar aquel hermoso falo
sentí como tiraba del tanga apartándolo a un lado y dejando mi húmeda gruta
aparte, desnuda y abierta, acogedora a sus dedos y a su trabajo.
Sin quitarse la bata, ni el pantalón, giró mi cuerpo con sus
poderosos brazos y sujetando mis piernas me penetró. Una mesa de masajes tiene
la altura ideal, creerme.
Como me folló en aquella mesa, variando ritmos, jugando con
sus caderas. Yo aún con la camisa puesta. Un polvo a medio vestir se diría.
Yo tuve mi orgasmo de forma escandalosa, gritando. Él siguió
disfrutando de aquella joven almejita que se le había ofrecido y cuando le llegó
su momento no quiso correrse dentro, no sé porqué. Sacó su estaca briosa ya con
las contracciones de la eyaculación y derramó su esperma sobre mi rajita y mi
tanga de araña.
No se porqué tampoco, pero no hablamos, todo fue… como muy
profesional.
Tras vestirme me despedí de él con un beso.
Esta vez me abrazó y su lengua y la mía se dijeron todo lo
que no se habían dicho.
Sigo escribiéndoos mis experiencias empujada por vuestros
generosos comentarios y vuestros votos a mis relatos que los mantienen entre los
mejores. El lector nunca se equivoca.
Gracias de corazón y un beso sincero.
Hasta la próxima.