Con lo bien que me había sentado la mamada y la cabrona lo
estropeó recordándome lo del crucero. Aún no se la había tragado toda, cuándo ya
me estaba preguntando si ya había reservado el pasaje…y poniendo morritos para
decir que a ella también le gustaría ir.
Se lo consultaré a Alexandra cuando la llame más tarde. Una
cosa es que me tire a su asistenta, secretaria, amante y no sé cuantas cosas
más; con su consentimiento, por su puesto, y otra que se la quiera llevar de
viaje.
No termino de acostumbrarme al rollito que se traen las dos.
El día que Alexandra me convenció para trasladarme a su casa, casi me atraganto
cuando me la presentó, dándole de paso un morreo, diciéndome: "A tu entera
disposición…para lo que sea, ¿verdad que sí, Natalia?"
Por separado, Alexandra folla como una leona y Natalia te
puede sorber la médula por la punta del nabo, pero las dos juntas son la hostia.
Tuve que salir cagando leches a informarme sobre el crucero
de los cojones…faltaban tres semanas escasas.
-"Y tú, mamona, prepárate para cuando vuelva. Si llama la
señora, dale recuerdos y pregúntale qué tal por Milán".
Los asuntos de intendencia siempre los consulto con Sara, la
mujer de Fernando, mi socio. Toda una experta en resolver delicados asuntos,
entre los que se cuenta la gestión de los cuernos que le pone a su marido. Pero
no quiero desviarme del tema; podría caer en la tentación de contar las
aventuras de Sara, las que yo conozco o las que ella me cuenta, y descentrar al
sufrido lector.
El caso es que me recomendó, sin exigir contraprestación
sexual alguna, algo inhabitual en ella, una agencia dirigida por uno de sus
múltiples "conocidos". Se encargó de llamarle y recomendarme como un buen amigo,
con una voz insinuante y la promesa de un encuentro, en cuanto le diera
esquinazo a su marido.
Lo cojonudo de Fernando y Sara es que se lo cuentan todo -les
pone que el otro hable de sus aventuras-, son muy críticos con sus respectivos
amantes y se llevan de puta madre. Así como de pasada, tengo que comentar el
susto que me dio el cabrón, poco después de iniciar nuestra relación comercial,
el día que me dio una palmadita en la espalda y me felicitó por lo contenta que
había quedado la parienta con la faena del día anterior.
Si algún día siento la cabeza, tendrá que ser con una joya
como la mujer de mi socio.
Ya me había advertido Sara que barato no era, pero que
merecía la pena. ¡Sí, joder, una ganga! 7.500 € por seis noches. 12.000 si somos
tres, por el suplemento del segundo camarote individual. Pero qué remedio, a
menos de dos semanas de la fecha prevista, era lo único disponible. Lo que me
mosqueó fue la insistencia del vendedor con lo del todo incluido, guiñándome el
ojo. ¿No me estaría tirando los tejos el muy desgraciado? Firmé la reserva,
pagué la señal…y volvió a guiñarme el ojo, con la promesa de que no me
arrepentiría.
Al final fuimos los tres. Alessandra insistió en llevarse a
Natalia. Por 4.500 €, yo la hubiera dejado sin ningún remordimiento de
conciencia. Ya le he dicho que me debe mamadas hasta el día que se muera…y
alguna más después.
Puesto que el crucero salía de Venecia y disponíamos de días
de sobra, planeamos una estancia de cuatro días en Roma, tres en Florencia y uno
de propina en Venecia, antes de coger el crucero. Sin Natalia. Que volase
directamente a Venecia, el día antes. Ya me había pagado siete mamadas de la
deuda y yo empezaba a estar hasta los cojones de que me sorbiera el alma por la
punta de la polla.
No me creerá nadie, pero la elementa tiene una potencia de
succión de 5 Kw, similar a las aspiradoras de nueva generación. Metan la polla
en el tubo, enciendan la aspiradora y luego me lo cuentan, ¿vale?
Alexandra volvió de Milán tres días antes de iniciar las
vacaciones, después de una ausencia de tres semanas.
Dejé que le diese un morreo a Natalia, pero después, no le
dio tiempo ni a deshacer el equipaje. Nos encerramos en la habitación todo el
fin de semana, echando con cajas destempladas a Natalia cada vez que intentaba
apuntarse a la recepción de bienvenida, con la excusa de traernos la comida.
El último día tuvimos que hacer el equipaje deprisa y
corriendo. Bueno, no tan deprisa. Empezó a probarse los bikinis, a ver si aún le
servían –siempre obsesionada con no engordar- y, sin saber cómo, terminó
probándose sólo la parte de arriba. La de abajo la tenía yo ocupada, con mi cara
enterrada en su chochito y un par de dedos hurgando en su culo.
Pillamos un taxi a la carrera, que hizo virguerías
automovilísticas camino del aeropuerto, mientras Alexandra las hacía dentro de
mi bragueta: tiene una fijación con los taxis, le ponen.
Corrimos por la T4 de Barajas, nos perdimos, nos encontramos,
facturamos el equipaje y nos relajamos en los servicios de señoras –siempre
están más limpios que los de caballeros- con un polvo rápido, de pie. De pie
estaba yo, sujetándola por las nalgas y trincándole la oreja con los dientes,
para que no chillase más de la cuenta. Ella enlazaba las piernas alrededor de mi
cintura y se colgaba de mi cuello, arreando unas coces de la hostia a la puerta
de los servicios cada vez que mi polla le rozaba el útero.
Ya nos vamos conociendo y, aunque es discreta en sus
efusiones orales, el rollito exhibicionista la descontrola mucho. Nos miraron
muy raro al salir, un par de viejas con cara de mala hostia y con pinta de
llevar a dieta de nabo desde el óbito del Caudillo.
Se lo dejé muy clarito al subir al avión: nada de guarrerías.
Con el "canguelo" que me dan los aviones, no me concentro. Cuando cojo un avión,
la peña flipa con mis nervios de acero. No muevo un músculo y me duermo antes de
despegar. La puta verdad es que el pánico no me deja moverme y cierro los ojos
para disimular. Al aterrizar, no beso el hormigón de la pista por vergüenza, no
por falta de ganas.
No sé que le ve la gente a París, la ciudad del amor. Es fría
y está llena de gabachos. Bonita, pssí, puede ser. Pero Roma, ¡Oh, Roma!, esa sí
es hermosa. No es bonita, pero es hermosa, cálida, acogedora y llena de
italianas…algunas pelirrojas.
Nos alojamos en un apartamento que la familia de Alessandra
tiene en la Via Liguria, entre las archiconocidas Via Veneto y Via Ludovisi.
Estarán arruinados, como no cesa de repetirme mi churri, pero ya me gustaría a
mí estarlo de esa manera. Un sitio cojonudo, según mi punto de vista; muy chic,
según el de Alessandra. Lo malo es que está rodeado por tiendas de trapitos
exclusivos, con unos precios también exclusivos.
Mientras ella compraba, yo paseaba. Es que no aguanto más de
un cuarto de hora en una tienda, aunque se ponga en pelota entre trapito y
trapito. En el cine queda de coña (Pretty Woman, por ejemplo), pero la cruda
realidad, sin banda sonora de fondo, me agobia un montón. La segunda razón, que
quede entre nosotros, es que si quiere trapos de diseño, que se los pague ella.
Ya tenía yo dolores de riñón con el "clavel" del puto crucero de los cojones.
Yo soy un tío pacífico, siempre que no me toquen los huevos
más allá de ciertos límites. Y un límite sagrado, es cuando me tocan los puros.
Me había llevado una caja de veinte "Hoyo de Monterrey", una suave exquisitez,
para quienes sepan apreciar éstas delicias. Me siento en una terraza, entre sol
y sombra, pido un capuchino, empiezo con el ritual del encendido…y una panda de
alemanes comienzan a gruñir, dos mesas más allá. Ni puto caso, sigo con el
ritual. Se acerca un camarero y me pide ¡que apague el puro! Creo que no me
entendió cuando le contesté que si estaba "sonao". Ni de coña, argumentaba yo en
fluido castellano, con abundancia de gestos teatrales, señalando el límpido
cielo romano con el dedo índice de la mano izquierda; mientras extendía el brazo
derecho hacia los alemanes, señalando también al cielo con el dedo, pero en éste
caso el anular.
No hubo manera, los alemanes amenazaban con no pagar si yo no
me iba. Yo también, y con presentar una denuncia al tribunal de La Haya. Pero me
fijé en que la terraza de al lado era paralela a la nuestra. Me levanté muy
digno, después de acabar el capuchino, obsequio de la casa…y me senté justo al
lado de los alemanes, en la otra terraza; dónde un camarero, que se descojonaba
de risa, ya me estaba limpiando la mesa.
En mi puta vida me he fumado un puro con mayor deleite, he
dado caladas tan profundas ni emitido nubes tóxicas de tal volumen como aquel
día.
Estaba de un humor excelente, cuando llegó Alessandra
acarreando bolsas. Los alemanes habían abandonado, después de ser gaseados
durante un cuarto de hora. Son cabezones como ellos solos, pero tienen su
límite, como todo dios.
¿Polvos en Roma? Perdí la cuenta. En la cama pocos. En la
ducha, en la encimera de la cocina, con Alessandra sentada en la lavadora
-mientras centrifugaba-, en el sofá, en el suelo, asomada a la ventana, los dos
en la terraza…y en los cercanos jardines de Villa Borghese. Los taxistas de
Roma, unos ladrones, también sufrieron los arrebatos pasionales de mi churri. Y
me costaba un huevo decirles lo de "tú, mira p´alante".
Fue un pasote lo de la terraza, pequeñita, no se vayan a
creer que el apartamento era un pisazo de 500 m2. 80 m2 y va que chuta. Decía,
lo de la terraza, con barandilla de hierro forjado, Alessandra agarrada al
pasamanos, flexionando la espalda, con el cuerpo brillante, chorreando aceite,
mirando la luna; la luz de alumbrado público nocturno reflejándose en su piel y
meneando el culito…me había dicho que aún no lo había estrenado en Roma.
Joder, tengo las imágenes grabadas a fuego en el cerebro.
Berreaba como una loca, con mi polla horadándole los intestinos y yo afanándome
en sujetarle las caderas, berreando también cuando me resbalaba con tanto
aceite. Se llegó a formar un tumulto en la acera, tres pisos más abajo, tratando
de identificar el origen del agónico estertor. El que soltamos cuando nos
corrimos.
Otro día se empeñó en entrar en un club de intercambio de
parejas. A mí no me convencen estos sitios. Para echar un kiki no necesito a
cincuenta parejas mirando. Además, lo del turismo sexual me parece una chorrada.
Pero Alessandra, burra como ella sola, no paró de darme la
tabarra hasta que fuimos. La idea que tiene ella del intercambio es muy
particular: le pone como una moto montárselo con gente mirando, pase que alguna
parejita se anime a meter mano; pero cuando se me pone un chochito a tiro se
mosquea. Un día la vamos a liar en uno de estos sitios, que las tías se ponen
muy brutas cuando les quitas una polla tiesa de la boca.
Aquel día faltó el canto de un duro para liarla.
Allí estaba todo dios en bolas o en tanga (tíos y tías), así
que, para no desentonar, nos despelotamos también, guardando la ropa en unas
taquillas. Ni tiempo me dio a tomarme una copa a gusto, antes de tirarse en
plancha a por mi polla. Me la sobaba y miraba retadora al público asistente. Me
la chupaba y hacía unos ruiditos exagerados con la lengua, como si estuviera
sorbiendo sopa muy caliente. ¡Es que tiene mala hostia, la cabrona!
No paró de provocar hasta que se nos unió una parejita muy
mona (la tía era muy mona). Charlaron en italiano (yo me abstuve, por obvios
motivos) y nos metimos en un cuarto oscuro a bailar. A meternos mano, porque
allí sonaba la música pero no bailaba ni dios. Y cuando mejor lo estaba pasando,
besando a Alessandra, con la otra tía de rodillas comiéndome el nabo y su pareja
tocándole el culo a mi churri, Alessandra se revolvió y le calzó una hostia
descomunal en to´l morro.
-"El muy cerdo me quería meter un dedo en el culo". Me
aclaraba, mientras salíamos cagando leches del local.
También paseamos, claro, cogiditos de la mano como dos
tortolitos. Comimos en Campo de Fiori, cerca de la Piazza Navona, pero con menos
barullo; admiramos en Panteón por la noche, sentados en una terraza de la Piazza
della Rotonda, pateamos el Foro, subimos al Palatino, bajando por el Aventino
hasta el Tíber; pasamos al Trastevere, callejeamos a gusto, comimos pasta hasta
reventar y vimos gatos y japoneses hasta en la sopa. Lo típico. Ni iglesias ni
museos, de eso nos íbamos a hartar en Florencia.
Pasamos tres días en Florencia. El primero, también lo típico
(consulten una guía). Los dos siguientes, maravillosos, visitando los pueblos de
los alrededores y durmiendo en hotelitos rurales. La juegas nocturnas, en la
habitación y sin público, fueron intensas pero discretas…los vecinos casi no se
enteraron. Digo que fueron intensas porque Alessandra no lo había hecho en
Florencia, de ninguna manera, y se estrenó con todo el repertorio.
Me llevé una desilusión con Venecia, el icono de ciudad
romántica. Huele que apesta. Será muy coqueta, pero yo no hacía más que ver
mierda por todos lados: en las paredes, flotando en el agua de los canales y en
la mugre de los mochileros que te tropezabas por todos lados. Joder, yo también
fui joven -alguna vez-, y viajé sin un duro en el bolsillo; pero nos lavábamos,
coño. Lo dicho, una ciudad muy bonita…para ver en una postal o en invierno.
Pero llegó Natalia…y se jodió la Luna de Miel.
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He estado fisgando a escondidas la sarta de barbaridades que
ha contado Jorge. No tiene remedio. El romanticismo no es su fuerte. A veces,
esforzándose mucho, llega a expresar algo que se le parece.
Hay que ser animal para resumir los cuatro maravillosos días
que pasamos en Roma con: llegamos, follamos, comimos, follamos, paseamos,
follamos y, después, follamos.
¡No señor! No comimos, saboreamos exquisitas especialidades
locales, en los mejores restaurantes y con un servicio de primera. Pero él es
más feliz tomando cañas y tapas en la barra del bar.
Paseamos y nos empapamos de la atmósfera de mi ciudad natal.
Una sutil mezcla de snobismo y pasión por los detalles cotidianos, carácter
altivo y chabacanería provinciana, cosmopolita y apegada a tradiciones
ancestrales, contradictoria y maravillosa. Ésa es Roma. Y él refunfuñando por el
ruido, los turistas y la mierda de gato…y comiéndose con los ojos a las
pelirrojas.
También follamos, claro que follamos. Follamos como
descosidos desde que volví de Milán. Sabe de sobra que la fidelidad no es uno de
mis puntos fuertes, como yo sé que él carece absolutamente de ella. Pero también
soy exigente. Y en un viaje de negocios, hago negocios; a no ser que me tropiece
con un ejemplar de los que te humedecen las bragas con una mirada…pero no
abundan. Así que volví con ganas.
Respecto a Natalia, además de empleada de hogar y amante, es
también mi confidente, me ayuda con el papeleo del negocio, lleva mi agenda y
confío plenamente en ella. Me enfadé muchísimo cuando Jorge sugirió dejarla en
Madrid, el muy tacaño.
Ha desvelado, con poco tacto, dos de mis secretas pasiones:
el exhibicionismo y los taxis. Y lo segundo, combinado con lo primero, para mí
es una experiencia orgásmica.
Recuerdo un día, en Madrid, antes de conocer a Jorge, uno de
esos días de entrenamiento, en los que llevo puestas las bolas chinas todo el
día. Ya estaba cachonda perdida cuando subí al taxi, pero con el vaivén del
trayecto, las fotos de la revista que ojeaba -con David Beckham ligerito de
ropa- y el taxista, un chico guapo de verdad, me corrí como una cerda sobre la
tapicería del asiento trasero.
El taxista no me quitaba la vista de encima, fijada en el
retrovisor, más pendiente de mí que del tráfico. Me volví a encender. Me cubrí,
poco, con la revista sobre mis muslos, la falda recogida y una mano traviesa
tirando de la anilla de las bolas. Estuve jugando un buen rato a sacarlas y
volverlas a introducir en mi vagina, sin disimular lo más mínimo mis ahogados
gemidos. El taxista sudaba a mares y se mordía los labios. Me corrí por segunda
vez justo antes de llegar a mi destino. El chico se había ganado una buena
propina.
Tampoco es cierto que la llegada de Natalia pusiera fin a
nuestra ¿Luna de Miel? ¿Se va a poner éste tonto a última hora? No me lo creo.
El toque romántico me suena muy falso.
Lo que trajo Natalia, además de hambre atrasada, fue un poco
de pimienta a nuestra relación.
¡Me encanta verlos discutir! ¡Me pone a cien cuando compiten
por mí!
¿Soy una bruja? Ya me lo habían dicho.
Apostillas del autor.
El fabricante de puros, HOYO DE MONTERRERY, patrocina
generosamente el relato. Se merece la publicidad encubierta.
El de las bolas chinas, no. Un jodido tacaño. Él se lo
pierde.
Si entre los sufridos lectores se encuentra algún fabricante,
generoso fabricante, buscando fórmulas originales de publicitar sus
productos…hablamos.