Finalmente llegó el sábado y con él, nuestra cita con Ivonne
y Ricardo. Obscurecía ya cuando nos dirigimos a la casa de nuestros amigos.
Miranda iba irreconocible : llevaba una minimicrofalda color verde encendido que
con muchos trabajos le alcanzaba a cubrir sus medias negras a medio muslo. Su
blusa blanca era del tipo "entrega inmediata," de ésas que se pueden bajar a la
cintura con toda facilidad y que llevaba Ivonne el sábado anterior; la blusa le
dejaba desnudos los hombros y la mitad de los brazos, así como descubiertos más
de la mitad de sus generosos pechos. Su cabello, normalmente largo sobre sus
hombros, ahora estaba recogido en un rodete o pelota sobre su cabeza. Se veía
muy hermosa, pero sobre todo, increíblemente provocativa.
Y ahora, -le dije-, ¿de donde sacaste esa ropa de
bailarina de table dance?
Lo que pasa es que me puse de acuerdo con Ivonne para
vestirnos así en esta fecha –me respondió-, para estar a tono con las
fiestas de nuestro país. ¿Acaso no te gusta?
Si me gusta, pero me sorprende que te vistas así, tú
que siempre lo haces tan conservadoramente. Cuando te subiste al coche
observé que una de tus nalgas estaba desnuda; ¿acaso no te pusiste
bragas?
Claro que sí, -me dijo riendo-, y se levantó la falda
para enseñarme una tanga roja pequeñísima que apenas le lograba cubrir
el pubis.
Pero, ¿cómo es eso posible?, -repliqué-; ¿no eras
enemiga de las tangas porque te sentías muy incómoda con el hilo dental?
Me sigo sintiendo incómoda, pero lo hice porque como
te dije, quedé de acuerdo con Ivonne para vestirnos de esta manera.
¿Y no será acaso por Ricardo?
Oh mi amor, -me contestó ruborizándose y recostándose
sobre mi hombro-, es para que les gustemos a nuestros maridos, pero por
favor, ya no me sigas haciendo preguntas de ese tipo; ¿quieres?
Y así, haciendo comentarios sin importancia llegamos a la
casa de nuestros amigos. Al igual que Miranda, yo iba muy nervioso; sentía un
nudo en el estómago y las piernas flojas ante la perspectiva de las experiencias
que nos aguardaban esa noche. Fue Ivonne quien nos abrió la puerta; vestía una
falda y una blusa prácticamente igual a la de Miranda, excepto que su blusa se
amarraba con un nudo en su ombligo, dejando al descubierto una franja
blanquísima de su cintura. Con una sonrisa resplandeciente y muy contenta, Ivy
recibió con un beso en la mejilla a Miranda, en tanto que a mí me dio un pequeño
beso en la boca. Después salió Ricardo a recibirnos.
Estás guapísima, -le dijo a Miranda, dándole una
vuelta para admirar su vestido-, te queda perfecto, -y la abrazó dándole
un beso en la mejilla.
Pasamos a la sala y Ricardo y yo nos sentamos en los sofás
para platicar, en tanto que nuestras esposas se metieron a la cocina
cuchicheando sobre su vestimenta. Poco después regresaron contoneándose
alegremente y trayendo unos platos con botanas y una gran botella de tequila.
Ricardo llenó cuatro vasos a la mitad y nos pasó uno a cada uno diciendo :
Antes que nada, quiero brindar por la presencia de
nuestros amigos más queridos. Queremos decirles, -refiriéndose a Miranda
y a mí-, que nada nos complace más que tenerlos en esta su casa.
Y después de dar las gracias por la bienvenida, empezamos a
tomar y a platicar tonterías : que cómo iban los trabajos de reparación de
nuestra casa, que parecía que el mal tiempo no se iba a acabar nunca, que no sé
cuantas estupideces más. Pero todos estábamos nerviosos; nadie se atrevía a
tomar la iniciativa de tocar el delicado tema por el cual estábamos tan
inquietos : nuestro intercambio.
Y así pasamos un buen rato hablando de cosas vanas, pero
durante el cual, nuestras esposas evidenciaban posturas cada vez más atrevidas
que nos mostraban sus generosos escotes al agacharse y las piernas por arriba de
sus medias. Fue hasta que Ivonne, un poco ya pasada de copas, se le ocurrió
poner música de mariachis para ambientar la reunión y sacó a bailar a Miranda al
centro de la sala. Al dar vueltas, las faldas de ambas se levantaban dejando ver
sus tangas rojas cortísimas enseñándonos de vez en cuando sus nalgas desnudas.
Ricardo y yo nos sentíamos incapaces de pronunciar palabra; sólo acertamos a
quedamos clavados en nuestros sillones presenciando con la boca abierta aquél
espectáculo insólito.
¿Acaso no les gusta nuestra ropa señores? –dijo Ivy-,
hablen, digan algo, no se queden callados.
Al ver que las cosas avanzaban muy de prisa, no tuve más
remedio que decir :
A ver mis amigos, antes de que las cosas avancen más,
debemos establecer con claridad los límites de esta nueva relación entre
nosotros. Conviene que puntualicemos qué es lo que queremos y hasta
dónde es conveniente llegar para no arrepentirnos luego.
Al decir esto, Miranda dejó de bailar y se sentó en el
descansa–brazos de mi sillón, en tanto que Ivonne hizo lo mismo en el sofá de
Ricardo. Yo no me podía concentrar en lo que pensaba porque la postura de Ivonne
me permitía verle hasta la gargantilla por abajo del vestido. ¡Qué linda es esta
mujer! –pensaba-, no cabe duda que la naturaleza la bendijo con un cuerpo
espectacular; sabía lo que tenía y lo mostraba con orgullo, abiertamente y sin
tapujos.
Fue Ricardo el que empezó diciendo:
Mira Erick; nuestra propuesta la conoce de sobra
Miranda desde hace mucho tiempo, pero no habíamos tenido la oportunidad
de platicarla contigo hasta que Ivy lo hizo el sábado pasado. Confío en
que la capacidad persuasiva de mi mujer te haya aclarado perfectamente
nuestras pretensiones. Pero independientemente de eso, yo quisiera dejar
en claro que nada de lo que hagamos podrá alterar nuestros lazos de
amistad; estamos conscientes de los riesgos que esto implica y tenemos
la mejor disposición de no incurrir en errores que puedan ponerla en
peligro.
Yo quiero mencionar que Ricardo y yo hemos platicado
mucho acerca del temor que tienen ustedes de que podamos involucrarnos
sentimentalmente –repuso Ivonne-, y les aseguro que eso no va a ser
posible. Quiero mucho a mi marido y estoy segura que él a mí, y eso no
cambiará por mucho que me caigas bien Erick. Estamos de acuerdo en que
esta nueva relación entre nosotros se restrinja exclusivamente al
aspecto sexual y no trascienda a otros aspectos de nuestra vida
matrimonial.
Pues qué bueno que lo mencionas –dijo Miranda-,
porque a pesar de que en algunas ocasiones hayan existido malos
entendidos entre nosotros, siempre nos hemos tratado con absoluto
respeto, y espero que así siga siendo sin importar que nuestra relación
se haya extendido hasta el aspecto sexual.
Pero aparte de eso –agregué-, hay algunos detalles
que no nos gusta hacer o que nos hagan en lo que al aspecto sexual se
refiere, y quisiera que tuviéramos la libertad de expresar claramente y
en el momento que sea preciso esas restricciones, y de alguna manera
garantizar que sean respetadas. En otras palabras, no debemos hacer nada
que el otro no desee, y eso aplica para todos los involucrados en este
asunto.
Y eso va más allá –agregó Miranda-; si hay algo que a
nuestros maridos no les agrade que hagamos o que a nosotros no nos guste
que ellos hagan, por favor, vamos a respetar esos deseos, porque de eso
depende que no nos salgamos de los límites establecidos y que no surjan
conflictos en nuestros matrimonios. Ah, y desde luego, nunca amoríos ni
citas a solas entre Ivy y mi marido ni entre Ricardo y yo.
Sí, -añadió Ivonne-, lo que hagamos debe ser siempre
cuando estemos los cuatro juntos, unos frente a otros, sin escondernos.
Mi esposa y yo estamos totalmente de acuerdo con lo
que aquí se ha dicho -aclaró Richard-, y les aseguro que de nuestra
parte no tendrán queja alguna. A mí me gustas muchísimo Miranda, tú lo
sabes perfectamente, pero primero está nuestra amistad que cualquier
otra cosa. No temas Erick, las cosas serán como aquí lo acordemos.
Dicho esto, por enésima vez llenamos nuestros vasos de
tequila para brindar nuevamente por nuestro arreglo. Alegremente Ivonne sacó a
bailar otra vez a Miranda mientras le decía :
Ven, vamos a enseñarles a estos hombres de qué están
hechas sus mujeres.
Y empezaron a bailar nuevamente dando vueltas en medio de
risas, mostrando sus piernas y levantando sus faldas por arriba de sus nalgas.
Qué afortunados somos –pensé-, ¡las dos son perfectas!
A poco no están buenísimas sus mujeres, -preguntó
Ivonne.
Ya lo creo -respondió Ricardo-, pero mejor déjame
cambiar la música por otra menos escandalosa, –y puso un disco de Frank
Sinatra, que es la música que él bien sabe que es mi preferida.
Me levanté a bailar con Miranda en tanto que Ricardo lo hacía
con Ivonne, y como no queriendo, empezamos a acariciarnos unos frente a otros
cada vez más ardientemente, como queriendo romper el estatus de recato que
habíamos guardado siempre. Al poco rato, aquello se había puesto realmente
caliente: Ricardo había sacado los pechos de Ivonne y los chupaba
descaradamente, mientras yo me deleitaba sobando las nalgas desnudas de Miranda
jugueteando con su hilo dental y metiendo mis dedos entre aquellos dos globos
magníficos.
Cuando las dos parejas estuvimos cerca, Ivonne me hizo una
seña para que bailara con ella. Traté de separarme de Miranda, pero ella me
retenía jalándome de la ropa para impedir que me fuera, rogándome con los ojos
que no la dejara sola.
Espera un poco –me decía temerosa-, no te vayas aún.
Le di un suave beso en la boca y un poco forzado me retiré de
ella dejándola en brazos de Ricardo, quien la tomó delicadamente de la cintura
para continuar bailando. Ivonne apoyó ambos brazos en mis hombros y empezó a
besarme los labios apasionadamente, metiendo su lengua en mi boca una y otra vez
sin despegarse un momento; yo la atraje hacia mí de la cintura pegándola a mi
cuerpo y restregándole descaradamente mi paquete.
Cómo me gustas Erick -me decía-, ojalá que logre
satisfacerte tan plenamente como lo hace tu esposa.
De eso puedes estar segura Ivy, eres una mujer muy
hermosa –le decía entre besos y sobando su trasero por debajo del
vestido.
Miranda continuaba bailando muy pegada con Ricardo mientras
éste, soltándole el cabello, le besaba el cuello y le apretaba las nalgas.
Después, me sorprendió ver que la mano derecha de Miranda fuera bajando poco a
poco hasta agarrar la verga de Ricardo por arriba del pantalón, mientras
Ricardo, quien ya le había bajado la blusa hasta la cintura, luchaba por
desabrochar el brassier de mi esposa. Finalmente el sujetador cedió dejando
libres los hermosos pechos de Miranda, y Ricardo se precipitó sobre ellos
masajeándolos y besando sus pezones de una manera desenfrenada y brusca. Vas mal
Ricardo –pensé-, a ella le gusta que le besen los pechos con delicadeza, no como
lo estás haciendo tú. Pero el equivocado era yo, porque Miranda empezó a dar
muestras de gran excitación, echando la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados
y apretando la cara de Ricardo contra sus pechos, haciéndole saber que estaba
disfrutando enormemente de sus caricias.
Ahí me di cuenta de que aunque me fascinaba la voluptuosidad
y la sexualidad de Ivonne, lo que realmente me excitaba era ver a mi esposa en
brazos de otro hombre. Ver a mi mujer así, descarada como una puta pervertida y
depravada, sin la menor pizca de vergüenza ni de inhibición, me excitaba
enormemente. Casi sin darme cuenta, yo había liberado nuevamente los pechos de
Ivonne y los estrujaba de una manera casi cruel, besándolos y masajeándolos
desesperadamente, con instinto animal; mis manos no se daban a basto para
escrutar las partes más íntimas de su cuerpo, sobando con el dorso de mi mano
los labios de su monte de Venus y metiendo alternativamente mis dedos en su culo
y en su vagina. Yo era una bestia en esos momentos, pero Ivonne me hacía sentir
que ella también compartía mi estado de excitación, que disfrutaba lo que estaba
pasando entre nosotros. Empezó a quitarme el cinturón y a desvestirme hasta
dejarme desnudo de la cintura para abajo, y después se puso de rodillas y se
metió mi verga a la boca succionando como un becerro hambriento.
¡Cómo disfrutaba la mamada de Ivonne; su lengua lamía la
longitud entera de mi verga, aprisionando la cabeza entre sus labios y
metiéndosela hasta la garganta! Era una verdadera experta, pero más me excitaba
ver cómo Ricardo había desnudado totalmente a Miranda dejándola únicamente con
las medias negras de sus piernas que contrastaban deliciosamente con la blancura
de su cuerpo, cargándola después y acostándola en un amplio sofá. Vi entonces
cómo de la manera más descarada, Miranda abría sus piernas dejando expuestos
completamente los labios de su vagina y cómo Ricardo los abría para lamer con su
lengua el rosado botón de su clítoris, y lamía y lamía una y otra vez haciendo
que mi esposa se retorciera entre gemidos de placer. ¡Me parecía increíble lo
que estaba viendo! Nunca pensé en sentir esos niveles insólitos de excitación al
ver cómo personas extrañas se cogían a mi esposa. Momentos después, yo veía como
hipnotizado cómo Miranda se sacudía con espasmos frenéticos al sentir su primer
orgasmo, rasguñando con sus uñas la tela del sofá y apretando con desesperación
la cabeza de Ricardo contra su sexo. El cuadro no podía ser más intenso.
Yo trataba de enfocarme inútilmente en lo que estaba haciendo
con Ivonne, así es que la levanté bruscamente y le arranqué a tirones lo que le
quedaba de ropa, acostándola en la alfombra e introduciéndole salvajemente mi
verga hasta hacerla gritar. Ella enroscaba sus piernas desesperadamente en mi
cuerpo para obligarme a penetrarla con más fuerza, lo que logré colocando sus
piernas sobre mis hombros y haciendo que su enorme trasero quedara completamente
expuesto y libre para mis embestidas. ¡Qué manera de coger de Ivonne! Cada vez
que mi verga salía de ella, los pétalos y no sé qué de su vagina se cerraban
proporcionándome una fricción deliciosa en el miembro antes de volverlo a
introducir. ¡Aquello era la locura! Nunca me había imaginado que Ivonne fuera
tan buena haciendo el amor.
Pero por más que trataba no podía despegar un momento la
vista de lo que estaba haciendo mi esposa. Miranda se encontraba en ese momento
en el pico más alto de su excitación; con docilidad se dejó acostar de lado en
el sofá, flexionando levemente sus rodillas y dejando que sus nalgas
blanquísimas sobresalieran un poco de la orilla del sofá. Solo bastó que Ricardo
abriera un poco sus nalgas para dejar completamente expuesta la abertura de su
sexo y el rosado botón de su ano; de inmediato mi amigo hundió su cara entre sus
nalgas y con su lengua empezó a lamer los labios de su vagina, haciendo que por
momentos su lengua penetrara en el culo perfecto de mi mujer, arrancándole
grititos ahogados de placer y haciendo que mordiera con desesperación los
cojines del sofá que estaban a su alcance. Ricardo entonces tomó dos de esos
cojines y se hincó sobre ellos, de manera que su verga quedó precisamente a la
altura del sexo de mi esposa; colocó la punta de su miembro a la entrada de su
vagina y poco a poco, sin dificultad alguna, fue deslizando su verga por entre
las nalgas de Miranda hasta que desapareció de la vista. Un largo gemido de
placer salió entonces de la boca de Miranda anunciando que la tenía
completamente adentro. La posición en que Ricardo había puesto a mi esposa para
iniciar el coito era perfecta, maravillosa, me sentí un poco culpable de no
haberla practicado nunca. Miranda entonces no tuvo más que girar un poco su
torso para lograr que la plenitud de sus pechos quedaran al alcance de las manos
de Ricardo, quien de inmediato los atacó sobándolos y estrujándolos a su antojo,
dándoles pequeños mordiscos y lamidas en sus pezones y besando los labios
entreabiertos de su boca con una pasión intensísima. Mi esposa le correspondía
moviendo y apretando sus nalgas contra él, al tiempo que le acariciaba la cara
con sus manos y le daba frenéticos besos en toda ella.
Fue en ese momento que me percaté de que la posición que
tenía con Ivonne nos estaba resultando ya incómoda, por lo que ni ella ni yo
estábamos disfrutando plenamente nuestro acto sexual. Sacando mi miembro de su
deliciosa funda, la coloqué boca abajo deslizando dos cojines del sofá por
debajo de su vientre, con lo cual su descomunal y maravilloso trasero quedó
levantado. Aunque en infinidad de ocasiones lo había admirado, nunca como hasta
ahora fue tan evidente la hermosura de ese maravilloso culo; sus enormes y
delicadas nalgas parecían dos montañas blancas con la misma tersura de un bebé,
que terminaban en una estrecha cintura, estaban partidas a la mitad por una
abertura que dejaba entrever el botón rosado de su ano y los delicados labios de
una vagina, de la que emanaba una exquisita fragancia. Su enorme culo era todo
un espectáculo formidable y … ¡todo eso estaba a mi entera disposición!. Yo me
sentía un experto en esa posición, -que era la favorita de Miranda-, así es que
sin perder tiempo y saboreando al máximo el momento, con delicadeza inicié la
introducción de mi lubricado miembro en su asombrosamente estrecha vagina. Al
sentir que entraba, ella pujaba un poco al tiempo que alzaba sus nalgas para
facilitar la penetración. Mi verga es un poco curvada hacia arriba, lo que me
facilitó hurgar por todos los rincones de su sexo y encontrar casi de inmediato
su punto "G", de manera que una vez completada la penetración, comencé a hacer
movimientos rotatorios con la cadera y a casi sacar mi miembro en su totalidad
para volvérselo a meter una y otra vez.
Pronto los movimientos de mi verga y la tensión sexual
acumulada por los muchos momentos eróticos que habíamos vivido surtieron sus
efectos. Ivonne comenzó a mover frenéticamente sus caderas y a rasguñar la
alfombra, síntoma inequívoco de la proximidad de su orgasmo; aumenté entonces la
frecuencia de mis embates y unos instantes después Ivonne se vino
estrepitosamente entre exclamaciones y gritos de placer. Su cuerpo tembloroso se
convulsionaba una y otra vez entre jadeos desesperados que lentamente fueron
disminuyendo en la medida en que yo bajaba la frecuencia de mis embestidas.
Momentos después su cuerpo quedó completamente laxo, sin movimiento, disfrutando
hasta el delirio la enormidad de su orgasmo. Pero yo todavía no me venía y
quería prolongar al máximo aquellos momentos de placer intenso. Así es que me
salí de ella y con vehemencia me dediqué al dulce juego de apretujar sus pechos
deliciosos y a besar su espalda, metiendo mi boca y nariz entre sus nalgas para
lamer sus labios vaginales y meter mi lengua en su orificio rectal, sin
importarme lo impregnada que se encontraba con sus propios jugos.
Entretanto, Miranda empezaba a dar muestras de tener un
segundo orgasmo; con cada embestida de Ricardo se convulsionaba emitiendo
grititos ahogados y con su mano derecha empujaba desesperadamente las nalgas de
Ricardo intentando que la penetrara con mayor profundidad. No tardó en ponerse
tenso el cuerpo de Ricardo y en un momento de extrema tensión, ambos explotaron
simultáneamente con su orgasmo. A cada espasmo, ellos temblaban y se acariciaban
y se besaban desesperados hasta donde sus bocas y manos alcanzaban, temblando
con sus respectivas descargas hasta quedar completamente inmóviles, con sus
cuerpos transpirando un mar de sudor por la excitación y por el esfuerzo físico.
¡Era esa una visión increíble que nunca me imaginé tener frente a mis ojos!. Mi
esposa, con la verga de otro hombre adentro y viniéndose a torrentes en medio de
un delicioso orgasmo. No pude más ….. Aprovechando que Ivonne seguía en la misma
posición, abrí como enajenado sus nalgas y con mi verga, durísima como estaba en
ese instante, comencé a forzar el agujero de su culo hasta lograr que la cabeza
de mi miembro entrara. Sin reponerse todavía de la sorpresa, el agujero de
Ivonne fue cediendo poco a poco hasta que pudo albergar la totalidad de mi
miembro. Con la complacencia de Ivonne, empecé a bombear con pausas lentas
incrementando el ritmo en la medida que la estrechez de su ano me lo permitía.
¡Dios, cómo me apretaba la verga su estrechísimo culo! Cada vez que entraba,
sentía cómo su anillo se cerraba alrededor de mi miembro apresándolo,
ahorcándolo con una deliciosísima caricia. Entre las mil estrellas que vagaban
por mi cielo en ese momento, como en un destello vi que Miranda, todavía con la
verga de Ricardo adentro, nos observaba fijamente. Yo estaba disfrutando
enormemente esos instantes; el intestino de Ivonne amortajaba deliciosamente mi
miembro produciéndome con sus fricciones las más increíbles sensaciones, y el
momento tan esperado al fin llegó, …de mi cuerpo empezó a salir un torrente de
lava hirviente que materialmente inundaba el intestino de Ivonne, y no paraba,
mi leche seguía saliendo en un chorro que parecía interminable, que empezaba ya
a escurrir por el ano de mi hermosa amante. ¡Cómo me apretaba la verga el
agujero de su culo dios mío, y cómo me la seguía apretando! El menor movimiento
de su cuerpo o del mío me hacía sentir un espasmo delicioso, como una descarga
eléctrica que me recorría desde la espalda hasta el culo. ¡Que delicia era todo
esto! No quería que nada terminara.
Los cuatro quedamos exhaustos, sin fuerzas siquiera para
liberar a nuestras mujeres de continuar ensartadas por nosotros. Estábamos
llenos y de sudor y de semen, y nos importaba un carajo. Con esfuerzo saqué mi
verga del orificio posterior de Ivonne y quedé tendido de espaldas sobre la
alfombra, incapaz de mover un dedo. Pocos instantes después se acomodó junto a
mí Ricardo, y ahí nos quedamos callados, sin decir una palabra un buen rato.
Fue Ivonne la que todavía tambaleante se levantó primero;
tomó un fajo de servilletas de la mesa y las colocó en sus partes íntimas para
detener los fluidos que aún escurrían por la parte interna de sus muslos. Tomó
otras servilletas y se las llevó a Miranda para que hiciera lo mismo; luego
juntas y tomadas de la mano, con pasitos cortos se dirigieron riendo al baño a
tomar una ducha. Yo veía a las dos flotando desnudas con su cuerpo inmaculado,
ardientes, con sus pechos balanceándose a cada paso y sus nalgas contoneándose
voluptuosamente. ¡Qué hermosas eran las dos -pensaba- y qué afortunado era de
poder tenerlas para mí, cuando yo quisiera!
Por desgracia no tengo alberca –me dijo Ricardo con
palabras entrecortadas-, pero te invito a un delicioso jacuzzi que acabo
de instalar. Ya está preparado con agua caliente.
¿Dónde lo instalaste? -le pregunté-, nunca lo he
visto.
Lo instalé hace poco tiempo en el baño junto a mi
recámara.
Nos levantamos y tomando unas servilletas de la mesa para
limpiar nuestros penes, nos dirigimos a la recámara. Al llegar, vimos que Ivonne
y Miranda se encontraban dentro de la ducha; Miranda estaba con los brazos en
alto dejando dócilmente que Ivonne le aplicara jabón en todo su cuerpo,
restregando con las palmas de sus manos las nalgas y pechos de mi esposa y
metiendo una mano entre sus piernas para sobar con ella su sexo. Mi esposa se
dejaba hacer sonriendo voluptuosamente. Al vernos, Ivonne ni se inmutó; continuó
masajeando el cuerpo de Miranda hasta que Ricardo le indicó que nosotros también
queríamos ducharnos. Nuestras esposas salieron de la ducha y se metieron al
jacuzzi, sentadas una frente a otra en los asientos que rodeaban la periferia de
la tina. Cuando Ricardo y yo salimos de la ducha, nos fuimos a sentar con ellas;
de inmediato Ivonne se sentó de lado sobre mis piernas y Miranda se arrimó
melosa junto a Ricardo.
Empezamos a charlar sobre temas eróticos relacionados con el
club de intercambio, entreverando los momentos y experiencias sexuales que
habíamos vivido esa noche. Así pasamos un largo rato, durante el cual yo me
entretenía bañando con agua caliente los pechos de Ivonne y lamiendo sus
pezones.
Ivy, -le dije a mi compañera-; quisiera hacerte una
pregunta indiscreta, pero si te resulta incómoda no es necesario que me
la contestes. ¿Acaso eres bisexual?
No lo sé –me contestó después de pensarlo unos
instantes-. La verdad es que aunque me jacto de ser una persona liberal,
nunca he tenido una experiencia lesbiana, pero he notado desde hace
mucho tiempo que Miranda me atrae de sobremanera; no sé, su cuerpo me
excita, me gusta su suavidad, su elegancia, su feminidad, su manera de
comportarse, me gusta mucho estar con ella, tocarla, acariciarla. No sé
si eso pueda catalogarse como lesbianismo, porque ella es la única mujer
con quien me sucede esto; con ninguna otra siento lo mismo, y mira que
en el Spa me sobran las oportunidades de hacerlo; son muchísimas las
mujeres que se me han insinuado, pero no me llaman la atención.
Es cierto -dijo Ricardo-, lo entiendo perfectamente
porque a mí me pasa lo mismo con Miranda. Eres una mujer muy hermosa
–dijo refiriéndose a mi esposa y depositando al mismo tiempo su mano
derecha sobre su sexo-, y me siento muy afortunado de que me hayas
permitido estar contigo de esta manera.
Me halaga que me digas eso –le dijo mi esposa
entreabriendo sus piernas para que la mano de Ricardo le abarcara
totalmente su vagina.
Yo me estaba excitando nuevamente. A través del agua, veía
perfectamente cómo los dedos de Ricardo se introducían en la vagina de mi
esposa, y cómo la mano izquierda de Marian se cerraba alrededor de la verga de
Ricardo correspondiendo a su caricia, sobándola delicadamente.
Qué te parece si mejor nos vamos a la recámara, -le
dijo Ricardo a Miranda.
Ella asintió con la cabeza y ambos se levantaron desnudos.
Ricardo secó el cuerpo de mi esposa con una gran toalla y después de hacerlo con
el suyo, juntos se dirigieron a la recámara tomados de la mano.
¿Quieres que nos quedemos aquí o que vayamos con
ellos? –me dijo Ivonne.
¿Qué tal si los acompañamos? –le respondí-, empieza a
hacer un poco de frío aquí.
Salimos de la tina y tomamos las toallas. Cuando me estaba
secando cerca de la puerta, escuché la voz de Miranda que decía :
¡No!, por ahí no, discúlpame Ricardo, pero mi boca y
ese orificio son exclusivos de mi marido.
Con curiosidad me asomé entonces y los vi sobre la cama;
Miranda estaba en cuatro patas con sus pechos colgantes balanceándose, en tanto
que Ricardo estaba hincado atrás de ella tratando de meter su miembro en el
cuerpo de mi esposa. Me halagó muchísimo que mi esposa haya dicho eso, que
hubiera guardado para mí lo que yo consideraba tan mío y que disfruto tanto
cuando hacemos el amor. Tomé la mano de Ivonne y la conduje hacia donde estaban
ellos. Me senté en la orilla de la cama observando estupefacto cómo la verga de
Ricardo se introducía completamente en el cuerpo de mi esposa. Ivonne se acostó
de lado cerca de ellos y con sus manos empezó a masajear los pechos colgantes de
Miranda, besándola apasionadamente en la boca. La expresión de mi esposa era de
éxtasis; su cara sonreía y gesticulaba muecas de placer, entornando los ojos
hacia arriba y gimiendo como una puta. Cuando ella se percató que yo la
observaba, le dijo a Ricardo :
Acuéstate para que yo me coloque arriba de ti.
Ricardo obedeció acostándose boca arriba y de inmediato
Miranda se colocó a horcajadas sobre él, metiendo lentamente la verga en su
vagina. Luego, con una malicia inaudita Miranda volteó a verme y con la cabeza
me indicó que me acercara.
Penétrame por detrás -me dijo en un susurro-, quiero
sentirlos a los dos al mismo tiempo.
Yo no salía de mi asombro al escuchar esto. Simplemente no me
cabía en la cabeza que fuera mi propia esposa la que acababa de pronunciar esas
palabras. ¿Cómo es posible que su actitud en esa noche haya alcanzado esos
niveles de perversidad? No podía creerlo, y sin embargo, su rostro no reflejaba
el menor indicio de vergüenza o de arrepentimiento; al contrario, se le veía
satisfecha y tranquila, como si lo que estaba a haciendo y diciendo fuera algo
común, sin importancia, como parte de su vida sexual cotidiana, pero yo sabía
que tras esa máscara de tranquilidad, se escondía una pasión y un salvajismo
erótico subyacente. Ella estaba disfrutando una inmensidad al desafiar sus
propios límites.
Pero lo que más me sorprendió fue mi propia actitud frente a
sus palabras; como un autómata me deslicé sobre la cama hasta situarme atrás de
ella; mi verga chorreaba ya líquido preseminal, por lo cual me encontraba
perfectamente lubricado. Con cuidado coloque la cabeza de mi miembro a la
entrada de su ano y delicadamente empecé a presionar. Ivonne, sin soltar las
tetas de mi esposa, miraba asombrada cómo mi verga se introducía totalmente en
el agujero posterior de Miranda. Cuando la tuvo totalmente adentro, sin decirnos
nada Ricardo y yo iniciamos un lento movimiento coordinado de mete y saca,
generando en los tres un cúmulo de sensaciones imposibles de describir con
palabras. Miranda apretaba los dientes y cerraba los ojos ante las embestidas de
las dos vergas que la estaban penetrando, gritando de vez en cuando por algún
movimiento brusco que lastimaba su culo.
¿Te duele mi amor?, ¿quieres que te la saque? -le
susurré al oído.
Ni se te ocurra -me respondió-, cógeme, no pares de
hacerlo.
Y entonces Ricardo y yo apresuramos nuestros movimientos
haciendo que los gritos de Miranda se hicieran cada vez más intensos, hasta que
finalmente ella se vino en medio de un tremendo orgasmo que le provocaba
convulsiones y espasmos interminables. Todavía no terminaba de sentirlo cuando
Ivonne nos reclamó a Ricardo y a mí :
No se vengan; no se vengan por favor, yo también
quiero sentirlo de esa manera –nos dijo.
Todavía temblando, Miranda se desenganchó de nosotros y como
un fardo se dejó caer en la cama. Ivonne entonces me acostó boca arriba
colocándose encima de mí a horcajadas, y metiéndose mi verga en la vagina le
indicó a su esposo que hiciera lo mismo en el agujero de su culo. Yo me quedé
inmóvil hasta que estuve seguro de que la verga de mi amigo la había penetrado
completamente. Fue entonces cuando Ricardo y yo iniciamos nuestros movimientos
de mete y saca, en tanto que Miranda tomaba entre sus manos la cara de Ivonne y
la besaba en la boca desaforadamente, mordiendo levemente su lengua y lamiendo
sus labios y dientes. No era nada fácil para mí seguir con los dos cuerpos
encima el ritmo que exigía Ivonne; ella pujaba con nuestras embestidas que cada
vez eran más fuertes, hasta que con los ojos bañados en lágrimas comenzó a
venirse temblando una y otra vez con un tremendo orgasmo. Todo eso fue más que
suficiente para que nosotros, instantes después, nos viniéramos también casi
simultáneamente en sus dos orificios, apretándonos y acariciándonos con
desesperación hasta que gradualmente todo quedara en calma, y yo, con los
cuerpos laxos de Ivonne y Ricardo encima, que apenas me dejaban respirar.
Con cuidado los quité de encima de mí, quedando los cuatro
tendidos sobre la cama. Momentos después, mi esposa se tendió a mi lado
abrazándome, y nos quedamos todos dormidos por no sé cuánto tiempo. Fue el frío
de la noche el que despertó a Ivonne, quien tratando de ser lo más silenciosa
posible, despertó a su marido y le indicó que se fueran a otra recámara, no sin
antes cubrirnos con varias cobijas a Miranda y a mí que seguíamos abrazados.
Despertamos al mediodía del domingo. Rápidamente Miranda y yo
tomamos una ducha juntos y nos vestimos con nuestras ropas que encontramos
perfectamente dobladas al pie de nuestra cama. Al salir de la recámara nos
encontramos con una Ivonne que rebosaba felicidad por todos los poros. Con una
sonrisa de oreja a oreja, nos indicó que nos sentáramos a la mesa a desayunar.
Ricardo, igual de contento y sonriente, salió a los pocos instantes para
acompañarnos a la mesa.
¿Qué creen? -nos dijo Ivonne-, con todos los relajos
de ayer se nos olvidó cenar. Ahora tendremos que acabarnos todos los
platillos que preparé para celebrar nuestra reunión.
Ricardo y yo nos sentamos a la mesa mientras nuestras esposas
ponían sobre la cubierta de cristal los diferentes platillos que habían sido
elaborados con anterioridad. Estábamos hambrientos luego del ejercicio
extenuante al que habíamos estado sujetos la noche anterior. Mirando los pants
deportivos que en esos momentos usaba Ivonne, Miranda nos comentó :
Me siento ridícula y fuera de lugar vistiendo esta
ropa en estos momentos –nos dijo parándose frente a nosotros y
mostrándonos su blusa blanca que apenas le cubría los pechos y su
cortísima falda verde que con trabajos le tapaba sus nalgas.
Sus blancas piernas estaban desnudas, sin medias, lo que
hacía que ella luciera esplendorosamente sensual, bellísima. Nuevamente hizo que
nos quedáramos mudos al observarla, pues no era usual en ella lucir prendas tan
provocativas como las que estaba usando.
Si quieres te presto alguna de mi ropa –le dijo Ivy-,
aunque sé de antemano que te va a quedar demasiado grande.
Gracias –le contestó Miranda-, pero creo que no es
necesario, a menos que a mi marido no le guste y quiera bajarme del
coche a medio camino –dijo mirándome con picardía.
Si te bajo del coche a medio camino, será por otra
razón mucho más importante que por sentirme avergonzado por tu
vestimenta.
Ella rió entendiendo el sentido del comentario y se sentó a
la mesa. Fue entonces que Ricardo, tomando una mano de mi esposa le dijo :
No Miranda, no te sientas incómoda de vestir así
frente a nosotros; te aseguro que no puedes estar con mejores amigos que
Ivonne y yo. Hagas lo que hagas, nunca habrá nada de lo cual puedas
avergonzarte frente a nosotros. Además, vuelvo a repetirte, te ves
bellísima con ese vestido, quizá aún más que anoche.
Ese fue el único comentario que escuché esa mañana por parte
de nuestros amigos, referente a lo que habíamos vivido la noche pasada. Por lo
demás, su comportamiento volvió a ser el mismo de siempre, cordial, amable y
respetuoso, sin siquiera una insinuación de índole sexual.
Me agradó mucho ese detalle por parte de Ivonne y Ricardo,
pues era muy evidente su intención de no hacernos sentir incómodos haciendo
comentarios de nuestras vivencias sexuales.
Y esa fue nuestra noche de estreno en intercambios. Podrán
venir otras experiencias del mismo tipo más adelante y en diferentes
circunstancias, pero todas ellas caerán inevitablemente dentro de lo cotidiano.
Lo que ocurrió esta noche para nosotros fue muy especial, fue nuestra primer
experiencia de intercambio y todo terminó maravillosamente, particularmente lo
que yo sentí cuando frente a mí, mi esposa se entregaba sin reservas a otro
hombre. Eso fue lo que más me impactó, lo que más me excitó y desde luego ¡lo
que más me gustó!
Quise publicar mis experiencias con tanto detalle, porque
hacerlo es volver a vivirlas momento a momento, porque es volver a disfrutar
esos instantes maravillosos que hicieron de esa noche, una noche inolvidable.
Tal vez excedimos por momentos los límites de lo que pudiera ser lo conveniente
para nuestro primer encuentro de intercambio, pero estábamos demasiado excitados
para detener los impulsos bestiales que nos embargaban en aquellos momentos.
Ya veremos qué se nos ocurrirá para nuestras reuniones
futuras …….