Un "puente" inolvidable haciendo de puta
La historia, completamente real incluso en sus detalles, de
cómo tuve que improvisar el "puente" con unos nuevos amigos y en cinco días me
follaron cientos de tíos y fui totalmente hembra y puta.
Ese miércoles me levanté de buen humor, porque empezaban los
"puentes", hacía buen tiempo en la costa y había decidido irme a pasar esos días
a alguna playa del Mediterráneo, tomando el sol en tanga y exhibiéndome por las
noches como me gusta, con braguitas, tacones y mínimos shorts vaqueros muy
ajustados o minifaldas vaqueras muy cortitas. Tenía que recoger el coche en el
taller, y de ahí pensaba salir directamente para la costa, así que me puse una
camiseta cortita de lycra, unas braguitas tanga y el short vaquero, muy corto,
por las ingles, dejando ver la curva de las nalgas y con un cinturón plateado.
La tarde anterior había estado en una casa de masaje y estética haciéndome una
depilación integral a la cera, incluso las ingles, y poniéndome unas extensiones
de pelo para ir con una melena ondulada como me gusta. Así que preparé una bolsa
con tangas para la playa, braguitas, las minifaldas, unos tacones para las
noches, un sostén con relleno, pantys de malla por si acaso… y sin olvidarme de
meter unas cajas de condones y un buen lubricante.
El taller está en un polígono industrial de las afueras de
Madrid, pero cerca de una salida de metro, así que antes de las diez ya estaba
allí para recoger mi coche y echarme a la carretera. ¡Mi gozo en un pozo! El
mecánico me dijo que les faltaba una pieza para terminar la reparación y que no
llegaría hasta el lunes. Me dieron ganas de echarme a llorar. Le dije que me iba
para la playa y que me acababa de fastidiar los "puentes". El mecánico, Oscar,
es un tipo mayor, un grandullón de casi dos metros, grueso y con una musculatura
que impresiona y que me pone a mil. Se echó a reír y me dijo que no podía hacer
nada, y me preguntó dónde había pensado ir estos días. Entonces se me quedó
mirando de arriba abajo con cierto cachondeo, se llevó la mano al paquete con
mucho descaro y me dijo que él se iba por la tarde a la costa con unos amigos y
que si me animaba a cambiar de sitio me invitaba porque iban en una vanette
grande y tenían hueco, y también en el apartamento. Me dijo que así me
compensaba por el retraso de la reparación del coche, pero mientras me lo decía
no dejaba de pasarse la mano por el paquete y desnudarme con la mirada.
La verdad es que me puso cachonda y me lo notó. Me dijo que
pasáramos a un cuarto junto al taller, una especie de almacén de piezas, y cerró
la puerta. Sin cortarse un pelo me echó una mano a las nalgas y otra al pecho,
me apretó las nalgas y me estrujó un pecho y me dijo que tenía un buen polvo. Me
desabrochó los shorts y los dejó caer, le gustó mi braguita con cintitas a las
caderas y se echó a reír diciéndome guarradas y lo buena que estaba, siempre
hablándome en femenino como a una mujer, se bajó la cremallera y se sacó un
pollón de campeonato. Me puse de rodillas a lamérselo, pero lo tenía ya bien
duro, me levantó y me hizo apoyar el pecho sobre la mesa que había en el cuarto.
Puse las nalgas bien en alto para ofrecerme y no esperó, me escupió, me abrió el
culo con los dedos y me clavó toda la polla de un empellón. El tío me echó una
follada a pelo hasta correrse dentro de mi culo, mientras yo gemía como una
zorra en celo y me estremecía el vientre, los pechos y los muslos. Cuando sacó
su pollón noté como el semen escurría entre mis nalgas y bajaba por mis muslos
todavía temblorosos.
Mientras nos arreglábamos la ropa para salir me dijo que era
más puta que las gallinas y que estaba buenísima, y luego me preguntó si me
animaba a irme con él y sus amigos. Le dije que sí y me dijo que estuviera a las
seis de la tarde en la glorieta de Atocha, en la acera enfrente de la estación y
que allí me recogían.
Todavía temblorosa y caliente me fui a una tienda de la calle
Fuencarral y me compré y me puse unos pendientes de cristales de colores, de
pinza, porque no tengo agujereados los lóbulos y una gargantilla a juego con los
pendientes, y me sentí excitada y provocativa, más que una maricona, toda una
mujercita, como me dicen siempre los tíos. Fui de nuevo a la casa de estética, a
que me pusieran unas largas pestañas postizas y me pintasen bien los ojos y los
labios, me cambié los shorts por la minifalda vaquera, que en cuanto me agachaba
un poco enseñaba todas las nalgas, y a las seis estaba en la esquina de la plaza
de Atocha, exhibiéndome con todo descaro y con mi pequeña bolsa de viaje. La
verdad es que en la media hora que tardaron en aparecer me dijeron de todo desde
los coches que pasaban y es que debía parecer una puta esquinera como dicen.
A las seis y media una enorme vanette de cristales tintados
se paró junto a mi y el mecánico que me había follado unas horas antes iba al
volante. Me abrieron la puerta y subí. Además de mi amigo iban otros siete tíos,
todos muy parecidos, grandones, musculosos, menos uno, más joven y seguramente
marroquí, que había visto por la mañana en el taller. Iban tres sentados en la
primera fila, la del conductor, y otros tres en la tercera. En la fila del medio
iban solo dos y me hicieron hueco para sentarme entre ellos. La verdad es que
con la minifalda, la melena, el cuerpo depilado y los ojos y la boca pintados
tuve un gran éxito. Hicieron comentarios de que era todavía más puta de lo que
Oscar les había dicho y de que me iban a follar hasta cansarse y cosas así.
Pronto, mientras la vanette arrancaba, ya noté las manos de
los tíos recorriéndome por todas partes, sobándome el vientre y los muslos
depilados, apretándome los pechos y las nalgas. Todavía no habíamos llegado a la
carretera cuando el que iba a mi derecha, el marroquí, se desabrochó los
vaqueros y esgrimió una polla de susto, más de treinta centímetros de larga y
como seis de diámetro, que se le puso dura enseguida. Me dijo que me pusiera
sobre él bien abierto de piernas y me clavase la polla. Me levanté la minifalda,
me saqué las braguitas y me puse como él quería y estaba dejando entrar el
capullo en mi culo cuando el tío me agarró con fuerza las caderas y dio un
fuerte tirón hacia abajo, hasta apoyar mis nalgas sobre sus huevos, con toda la
enorme polla dentro de mí. Todos se echaron a reír de mi grito de dolor y el
marroquí, que era muy fuerte, me obligó a subir y bajar muy rápido, empalado en
su polla. De repente sacó la polla y me hizo arrodillarme en el coche y se
corrió echando los chorros de semen en mi cara. Tras terminar de correrse me
ordenó limpiarle bien la polla con la lengua.
Fui pasando de mano en mano y de polla en polla y al cabo de
un rato todos me habían follado y estaba lleno de semen en la cara, el pecho y
el vientre. Así comenzó el viaje. Cuando llegamos a la costa, casi medianoche,
todos me habían follado varias veces y yo iba completamente desnudo. Entramos al
garaje del edificio de apartamentos, una torre de muchas plantas frente a la
playa, y desde el garaje subimos a una de las últimas plantas. No me dejaron
vestirme y yo subí desnudo, sólo con la mínima braguita, mientras todos reían,
me sobaban y decían todo lo que me iban a follar esa noche. Y vaya si lo
hicieron. Lo que más les excitaba a todos era que yo me pusiera a cuatro patas,
con los muslos entreabiertos y la espalda muy arqueada para levantar mucho las
nalgas. En esa postura uno me cogía de las caderas y me follaba brutalmente,
aplastando en cada empellón los huevos contra mis nalgas, mientras otro me
follaba en la boca, metiéndome la polla hasta la garganta. Mis esfínteres
estaban ya tan abiertos que no necesitaban ni ponerme lubricante ni saliva,
porque el agujero era como una moneda grande.
De pronto, Oscar dijo que seguro que me cabían dos pollas por
el culo al mismo tiempo. Se tumbó boca arriba y me hizo ponerme a horcajadas
sobre él y clavarme por entero su polla. Cuando ya estaba empalado, me agarró
las dos tetas y tiró de ellas hasta apoyar mi pecho sobre el suyo, entonces el
marroquí se puso detrás y empezó a lubricarme el culo, ocupado por la polla de
Oscar, y metió primero un dedo y luego dos. Los demás estaban alrededor mirando
la escena, mientras yo estaba tembloroso pensando en lo que podía dolerme.
Cuando ya pensó que me tenía bien preparado, el marroquí apoyó su pollón sobre
el de Oscar y empezó a penetrarme, por un momento creí que no iba a poder
soportar el dolor, pero poco a poco mi agujero empezó a dilatarse más y noté
como la polla del marroquí, deslizándose sobre la de Oscar, penetraba en mi
interior. Mientras Oscar me tenía bien sujeto por las tetas, el marroquí agarró
mis caderas y dio un empujón, grité, pero ya tenía totalmente dentro las dos
pollas.
Cuando los dos se corrieron dentro de mí, los demás tíos, que
estaban a tope con las pollas como postes, empezaron a montárselo de dos en dos,
repitiendo la escena, aunque ya me entraban las dos pollas mucho más fácil. Eran
más de las tres de la mañana cuando se cansaron de echarme polvos, aunque uno de
los tíos todavía me volvió a follar y luego se durmió teniéndome sujeto y con su
polla dentro de mi culo.
Por la mañana yo estaba destrozada, pero aún tuve que abrirme
para unos cuantos polvos antes de bajar a la playa. Bajé con un tanga
pequeñísimo de cintitas y lazos a las caderas, que deja ver mis ingles
depiladas, eso sí con los pendientes, la gargantilla, unas pulseras y una
esclava en el tobillo. El triangulo de tela del tanga es muy pequeño, porque yo
tengo la polla pequeñita. Oscar me regaló y me mandó ponerme un top de lycra muy
escotado y cortito que no se de dónde había sacado y que llevaba dibujada en la
espalda una frase: "Fuck you my bottom!", algo así, creo, como pedir que me den
por culo, en inglés. Me puso a mil caminar hasta la playa con esa frase en el
top y sin cortarme por el gentío que había en la ciudad costera caminé moviendo
mucho las caderas y las nalgas.
Fueron unos días estupendos. Por las mañanas, en la playa, me
manoseaban y me hacían exhibirme como una puta, y de vez en cuando alguno se
metía en las cabinas conmigo a echarme un polvo. Por las tardes se repetía la
orgía de la primera noche, follándome todos y haciéndome poner posturas de
hembra cachonda y sacándome montones de fotos. Por las noches íbamos a un
disco-bar lleno de ingleses, que estaba muy cerca del edificio del apartamento,
yo iba de lo más putita, con minifalda, braguitas, tacones... En el disco-bar
hacían espectáculo en vivo de hombres follando a mujeres en una pequeña pista
elevada y se veía en todo el local, que es enorme, en monitores de televisión.
Me di cuenta de que Oscar hablaba en un aparte con el
encargado del disco-bar y me miraban y se reían. El encargado se fue y a los
pocos minutos volvió con dos gigantes increíbles, los dos de casi dos metros de
alto, con espaldas cuadradas y con tremendas musculaturas de gimnasio, uno de
ellos negro y el otro árabe. Los cuatro vinieron hacia mi y Oscar les dijo que
yo era la nena. Los dos gigantes me examinaron de arriba abajo y uno de ellos,
con una manaza enorme, me palpó las nalgas, los muslos, el vientre y dijo que
estaba buena y que se me podía hacer un favor. Entre las risas de todos, Oscar
dijo que los dos gigantes me iban a follar en la pequeña pista, y el encargado
les dijo que me enseñaran las pollas para que supiera lo que me esperaba. Los
dos se bajaron las cremalleras de los vaqueros y se sacaron las pollas, yo no
podía creer lo que estaba viendo. Al negro, la polla, blanda como estaba, le
llegaba a más de medio muslo y era gruesa como mi muñeca, pero la del árabe era
todavía mayor, me dijeron que un poquito más de cuarenta centímetros. Me quedé
asustado de pensar como serían esos pollones cuando se pusieran duros. Lo iba a
ver y sentir enseguida.
El negro y el árabe se quitaron la ropa y se pusieron
bañadores largos, hasta las rodillas. El encargado me dijo que me quitara todo y
me dejara sólo los adornos y las braguitas. Lo hice y el encargado nos acompañó
a los dos gigantes y a mi hasta la pista, de la que acababan de salir la mujer y
los dos hombres que habían estado follando. Cuando los dos gigantes y yo subimos
a la pista hubo auténticos rugidos del público que abarrotaba el local. A lo
lejos, junto a la barra, vi a Oscar y sus amigos muertos de risa. De rodillas
entre los dos gigantes empecé a lamerles los huevos y las pollas, que enseguida
estuvieron tiesas como palos y en todo su esplendor. Tenía que lamerlas
alrededor porque su grosor no entraba en mi boca por más que la abriera. Era
imposible pensar que semejantes artefactos de carne pudieran entrar en un coño o
en un culo. A esas alturas yo estaba temblando de miedo por el dolor que iba a
pasar.
El primero en ponerme a cuatro patas fue el árabe. Cuando ya
estaba así, metió una de sus manazas entre mis ingles y me hizo levantar al
máximo las nalgas, se apartó un poco, cogió un cinturón que le alcanzó el
encargado y empezó a azotarme las nalgas con el cinturón y con toda su fuerza.
Mis gritos de dólar le excitaban más y aumentaba la fuerza de los azotes, y el
público le jaleaba y le gritaban que no parase de pegarme. De pronto, tiró el
cinturón, se dejó caer de rodillas detrás de mí y me cogió las caderas. El
encargado se acercó con un frasco de lubricante en la mano y empezó a lubricarme
el agujero con los dedos, luego se apartó y noté como el gigante apoyaba la
punta de su enorme polla en mi lubricado agujero y me preparé para sufrir lo que
viniera. Y vaya si vino.
Inmovilizadas mis caderas por las fuertes manos del árabe, la
enorme polla presionó mis esfínteres y empezó a penetrar en mi interior,
mientras la gente jaleaba y le animaba. El dolor era ya muy fuerte y de pronto,
las manos del gigante aferraron mis caderas con más fuerza y con un violento
empujón, mientras mi terrible grito de dolor era sofocado por los gritos de
entusiasmo del público, los cuarenta centímetros de la gruesa polla se
enterraron en mi recto, aplastando los huevos en mis nalgas. Por un momento me
mareé y pensé que iba a desmayarme, pero lo que parecía imposible había
sucedido, todo aquel gigantesco cilindro de carne estaba dentro de mí y el árabe
empezó a sacar y meter a gran velocidad, como si fuera una taladradora mecánica.
Noté los chorros de semen caliente que invadían mi recto y me abandoné a la
mezcla de placer y dolor.
El gigante negro se había acercado, ya con su enorme polla
tiesa, y el árabe se salió de mi culo y se apartó. En unos segundos el negro
tomó su lugar, me dio la vuelta, me puso boca arriba y me levantó las piernas
muy abiertas cogiéndomelas por los tobillos. En esa postura, apoyó la enorme
polla en mi agujero, y embistió con un tremendo empujón. Volví a sentir un
tremendo dolor mientras la nueva polla se abría camino ansiosamente en mi recto.
Cuando tuvo toda la polla dentro de mi se agachó, puso su boca sobre la mía y me
dio un tremendo beso a tornillo. Noté como todo mi cuerpo vibraba y mis pezones
se ponían tiesos y sensibles. El polvo fue más largo, porque el negro tardó más
tiempo en correrse, sin dejar de sacar y meter tan rápidamente y tan duro como
el árabe. Cuando terminó, sacó el pollón y se apartó, yo me quedé en la pista
como estaba, boca arriba y espatarrado, con todo el cuerpo tembloroso, hasta que
el encargado vino a ayudarme a ponerme de pie y salir de la pista, mientras el
semen de mis dos violadores resbalaba por las caras internas de mis temblorosos
muslos.
Pero la noche no había terminado. Me llevaron hasta una
especie de mesa de obra, cubierta con un grueso tapiz rojo de terciopelo y el
encargado me hizo apoyar el pecho dejando en alto mis nalgas y me hizo
entreabrir las piernas. Decían algo en inglés por los altavoces del local, que
no logré entender, y pronto se formó detrás de mi una larga cola de tíos. El
primero se acercó, junto a mi en la mesa había un montón de condones, cogió uno,
se lo puso y sin más me agarró, me penetró y empezó a follarme. Me di cuenta de
que me había convertido en una especie de regalo del local a los clientes y la
verdad es que me gustó sentirme como la puta de todos. El desfile fue
interminable. Cada uno llegaba, se ponía el condón, algunos se lo quitaban antes
de terminar para echarme el semen sobre las nalgas, y así uno tras otro. Luego
me dijo Oscar que me habían follado más de ochenta tíos y era muy de madrugada
cuando pude limpiarme un poco en los lavabos del disco-pub, vestirme y volver
con Oscar y sus amigos al apartamento, donde volvieron a follarme hasta
cansarse.
El mismo programa se repitió los cinco días que estuvimos en
la costa. Y tampoco dejaron de follarme en el viaje de regreso. Todavía estoy
agotado y dolorido, pero ha sido un viaje maravilloso e inolvidable.