Sintió su mano en la pierna; ésta fue subiendo sobre el
grueso pantalón de pana hasta llegar a su sexo, donde presionó suavemente dos o
tres veces, pero no le importó. Es más, Susana miraba sonriente, con ojos
amorosos, a quien eso le hacía. El hombre, que rondaba los cincuenta y seis
años, dejó de mirarla y devolvió la vista a la carretera: era Javier, su último
acompañante y, quizá, el más cariñoso. Ella, a su vez, miró adelante y, luego,
por la ventanilla, contemplando el paisaje pirenaico. La había invitado un fin
de semana a un hotel de esquiadores y Susana se había apresurado a aceptar para
huir de la miseria en la que vivía, con la esperanza de estar confortable y
comer bien, al menos, dos días.
Había conocido a Javier una tarde lluviosa, a principios de
enero, cuando éste le pidió permiso para acompañarla en un café que ella se
estaba tomando en un bar destartalado pero barato. Al principio, no le prestó
mucha atención: era un hombre ya mayor, de calvicie incipiente y algo barrigón,
bastante más bajo que ella, pero, a diferencia de lo que era habitual en la
zona, vestía americana y corbata. Le explicó que en aquel momento ocupaba la
dirección de una sucursal bancaria que estaba junto al bar y estuvo hablando con
ella cerca de media hora antes de volver al banco.
Se habían encontrado dos o tres veces más antes de que ella
le invitara a subir a la habitación de la pensión en que vivía; allí había
demostrado ser muy torpe en el amor, al caer sobre ella y montarla como a los
perros, sin ni siquiera darle tiempo de desnudarse; apenas había sentido su
pene, cuando él se corrió entre espasmos. Luego hablaron: Susana le explicó que
la habían embargado y que había tenido que abandonar su piso por desahucio y que
ahora malvivía de algún que otro trabajo ocasional. Aquella tarde, como otras,
Javier, casado que no pensaba en abandonar a su mujer, le dejó algo de dinero.
Aquella noche, como otras, Susana se masturbó recordando al joven José y su
maravillosa verga.
- Estamos muy cerca ya – dijo Javier -. Mira cuánta nieve.
- Sí; debe de hacer mucho frío – contestó Susana -, pero es
muy bonito.
El hecho de que las temperaturas se mantuvieran bajo cero no
le importaba a Susi; aparte del pantalón de pana y un grueso jersey de cuello
alto, la cubría una ropa interior compuesta de camiseta blanca de tirantes, body
negro y pantis gruesos, y un hermoso abrigo de piel, que se había llevado sus
últimos euros y que aún no había pagado en su totalidad: era de la dueña de la
pensión. El pantalón se perdía en unas botas de media caña, que había encontrado
entre sus zapatos, y su cabeza iba cubierta por un gracioso gorrito de punto,
que le daba aspecto de hermosa colegiala picarona.
El potente Audi rugió al enfilar la cuesta que llevaba al
hotel y quedó en silencio cuando Javier lo detuvo en el aparcamiento; aunque ya
anochecía, Susana pudo intuir la silueta de un bonito edificio de madera, cuyo
interior, a la luz de las lámparas, daba sensación de calidez.
- ¡Oh! ¡Qué guay! – exclamó, maravillada.
- Bueno, ¿qué te parece si llevamos las maletas a la entrada?
– preguntó Javier.
- Me parece muy bien, precioso mío – sonrió, dándole un
cariñoso beso en la punta de la nariz.
Mientras Javier sacaba del maletero el parco equipaje, bolsa
de mano y pequeña maleta, y se encaminaba con éste al hotel, Susana, que iba
detrás, cargada sólo con un bolso de respetables dimensiones, pensaba: "Es un
buen tío; nunca me dejaría tirada". Eso fue lo primero que hizo cuando le dijo,
ya junto a la puerta del vestíbulo:
- Mira; te esperas aquí fuera, con las maletas, mientras yo
me registro.
- Pero aquí fuera hace frío – protestó Susana; se le helaba
el aliento a cada palabra.
- Susi, reina mía – la cogió de la mandíbula con una mano
enguantada -, habíamos quedado en que actuaríamos con discreción, ¿recuerdas?
- Sí – hizo un mohín, con cara apenada.
- Venga, no te enfades, que será un momento – comentó Javier,
mientras entraba ya en el hotel.
El momento fue una media hora que Susana pasó con las manos
en los bolsillos del abrigo, pues carecía de guantes, y dando saltitos; el frío
era intenso y un airecillo helado parecía cortarle las mejillas sonrosadas. Al
fin salió Javier.
- Sí que has tardado – le recriminó.
- Me he hecho preparar esto, toma – le tendió una bolsa de
papel marrón.
- ¿Qué es? – preguntó extrañada.
- La cena – contestó escuetamente -. Venga, vamos por aquí.
Empezó a andar por el ancho pasillo de madera que rodeaba al
edificio; ella le siguió mientras decía:
- ¿No vamos a entrar?
- No – puso la mano en la barandilla de una escalera que
conducía al piso superior -. Se puede acceder a las habitaciones por aquí.
Cargado con el equipaje, Javier llegó al rellano del piso
seguido por Susana. "Es la número 28", murmuró para sí mientras iba mirando las
puertas de roble.
- ¡Aquí es! – exclamó, abriendo la puerta y dándole a la luz.
Susana entró y, ante sus ojos, apareció una habitación de
estilo rústico; a un pequeño mueble con espejo y a un armario empotrado se
sumaba una cama de matrimonio flanqueada por dos mesitas de noche, y un pequeño
televisor colgado en la pared. Era de agradecer la cálida sensación que la
envolvió:
- Es monísimo – dijo, sonriendo a Javier. Éste depositó la
bolsa y la maleta en el suelo, y dejó su abrigo en una silla, tras haber cerrado
la puerta.
- Venga, desnúdate – ordenó a la vez que empezaba a sacarse
el grueso jersey -. Tengo muchas ganas de follar.
Cualquier sensación romántica que hubiese podido despertarse
en el interior de Susana despareció como por ensalmo. Decidió callar e imitarle,
sabedora de que el hombre controlaba totalmente la situación.
Pronto quedó él en unos calzoncillos que marcaban un diminuto
paquete y Susana enfundada en el body, que torneaba sus maravillosas curvas.
- ¡Estás hermosísima! – exclamó Javier, haciendo ademán de
acercarse.
- Espera – dijo ella sonriendo-. Quiero ponerme algo para ti.
Rebuscó en la bolsa, meneando las nalgas escarlatas entre las
que se metía parte del body, ante los ojos encendidos de lujuria del hombre, que
no pudo reprimir un pequeño gemido de placer.
- Venga, Susana, venga – apremiaba.
Con sonrisa triunfal se volvió hacia él: en una mano sostenía
una braguita y un camisón.
- Te gustará, ya verás – sonrió, guiñando el ojo al
desesperado hombre, que decidió sentarse en la silla para disfrutar del
espectáculo.
Lentamente, Susana se despojó del body y quedó desnuda.
Javier la jaleaba: "El coño, enséñame el coño"; ella abrió un poco los muslos y
jugueteó con sus dedos en los labios de su sexo, que pronto sintió húmedo; "El
culo, ahora el culo", se volvió, meneándolo provocadoramente. "Juega con tus
tetas", y así lo hizo, endureciéndose los pezones al pellizcárselos. Cogió el
tanga y se lo enseñó: era escandalosamente pequeño, negro y transparente; iba a
ponérselo cuando él jadeó:
- No…, no hace falta que te lo pongas.
Tenía razón, pensó Susana dejándolo de nuevo sobre el mueble:
muchas veces había eyaculado sin darle tiempo si quiera a quitarle las bragas.
Siguió con su ejercicio de seducción, mostrándole el camisón, de un azul
transparente, con volantes a la altura del pecho. Se lo puso: era escotado de
hombro a hombro, y a duras penas en su longitud conseguía taparle el coño y las
nalgas… Se acercó a él libidinosamente.
- Métete en la cama, rápido – ordenó él, quitándose los
calzoncillos, que permitieron ver su pequeño pirulí apuntando al techo.
Susana sabía que debía darse prisa y sabía también cómo
ponerse; así que se tumbó en la cama, boca abajo, ofreciendo a su acompañante el
trasero cual bandera roja y abriendo un tanto sus muslos. Esperó. Pronto notó
que los dedos de Javier se introducían suaves en su sexo, que volvió a
humedecerse con prontitud. Con los ojos cerrados y la cabeza encima de la
almohada, dejó escapar un corto gemido de placer.
- Shhht… - oyó a sus espaldas -. Cállate, por favor.
Dos manos la cogieron por la cintura y sintió que la punta de
aquel exiguo pene empezaba a introducirse en su interior; instintivamente,
inició un movimiento de vaivén con su trasero.
- Estate quieta, coño – susurró con rabia el hombre.
Así lo hizo; poco a poco, y a pequeños empujones, se iba la
verga metiendo en su raja y, a medio camino, notó el aumento de presión de las
manos de Javier y un gemido profundo: "¡Yaaaa!"; el esperma empezó a correr por
su interior, entre los espasmos alocados de su compañero. Al cabo, cuando ya
nada salía de él, recibió un cariñoso manotazo en el culo:
- Perfecto, Susi. Que salgo ya.
Tan pronto como sintió que la abandonaba el pene, se puso una
mano en el sexo, a modo de tapadora, y anunció a su compañero, que estaba
tumbado en la cama:
- Voy al baño.
Se metió en él y se limpió, frustrada por enésima vez; sin
embargo, nunca se atrevía a decirle nada, no se diera el caso de que se
cabrease. No pudo evitar acariciarse el sexo al recordar las poderosísimas
vergas de su antiguo novio y de su primer alumno de clases particulares. "Basta,
Susi", se dijo, "Vuelve con Javier".
Cuando salió del lavabo, vio que aquél volvía a estar
vestido,
- Voy un momento a llamar a mi mujer. Cena un poco, mientras
tanto – dijo, señalándole la bolsa de comida.
- Vale. Oye, Javier – habló ella, mientras se estaba poniendo
el tanga - ¿Te importaría dejarme las botas fuera? No me gusta tener el calzado
dentro de la habitación.
- Pero en el pasillo no podrá ser – se extrañó él -. Si
acaso, en el rellano de fuera.
- ¿No se helarán?
- Descuida, mujer – respondió, poniéndose el abrigo. Abrió la
puerta que daba al exterior con las botas en la mano, y las dejó fuera. Un
viento helado se introdujo y provocó tiritones a Susana.
- Ya está – anunció Javier, cerrando de nuevo.
- ¿No se las llevará nadie? – volvió a preguntar ella.
- No te preocupes; ya daré aviso en recepción – "¿Quién
cojones querría llevarse esas botas?", se preguntó al tiempo que contestaba.
-Vale, gracias.
Javier se le acercó y le dio un beso en la frente.
- Ahora vuelvo.
- Bien – respondió Susana.
Sola ya en la habitación, se acercó una silla al mueble y se
sentó en ella con la bolsa de comida en la mano. Notó el fresco contacto de la
tela en sus nalgas a la vez que miraba el contenido de la bolsa: un par de
bocadillos fríos de jamón en dulce y un par de latas de cerveza. "¡Mierda!",
pensó irritada, "Esto ya lo como en la pensión". Había sido una ingenua: horas y
horas había estado soñando con comidas y cenas en el restaurante de un hotel.
Apoyó la cabeza en una mano y se miró en el espejo: su rostro de mejillas
sonrosadas, de grandes ojos verdes y labios generosos, de melena que ya llegaba
a media espalda, le devolvía la mirada. "Yo no voy a esperarle…, que éste al
igual se me tira una hora hablando con su costilla". Decidida, desenvolvió un
primer bocadillo y empezó a comer. Por mucho cuidado que pusiera, algunas
migajas se le introducían en el escote, cosquilleando por entre el nacimiento de
sus hermosos pechos. De pronto, oyó un pequeño golpe que venía del exterior;
levantó la cabeza, apartándose con una mano el cabello; otra vez el golpe…
"¡Hostias! ¿No serán las botas?", pensó, "Sólo me faltaría
quedarme sin ellas ahora". Dejó el bocadillo y se levantó para acercarse a una
ventana; estaban tan empañados los cristales que era imposible ver nada. Sin
embargo, se volvió a oír el ruido. "Yo las saco de ahí", se dijo, encaminándose
hacia la puerta. Se detuvo un momento, dudando si ponerse el abrigo o no, pero
al final venció la pereza. "Será un momento".
Abrió, el frío intenso la golpeó con saña; al mirar fuera,
vio que las botas estaban junto a la barandilla a punto de caerse movidas por el
gélido viento. "¡Oh, no!", se dijo Susana a la vez que salía rápida hacia ellas.
Justo estaba a su lado cuando se cerró la puerta. Tiritando violentamente, con
las botas en una mano dolorida, intentó abrir sin éxito. El viento empujaba con
fuerza su camisón, que se le pegaba al cuerpo; el cabello volaba alborotado;
casi no podía abrir los ojos y sentía como si el frío le cortase la piel. Como
pudo, se dirigió en valerosa lucha contra las ráfagas hacia donde creía que
estaba la escalera; no sentía nada más que el camisón aferrándose con fuerza a
su anatomía. A tientas, llegó al primer escalón: estaba muerta de frío. Puso un
pie en él y la nieve acumulada se le tragó la pequeña zapatilla; al pisar el
segundo escalón, tiritando con violencia, resbaló de tal manera que cayó sobre
la barandilla y dio la vuelta sobre ella cual si fuese una gimnasta profesional.
En uno de los pomos de la barandilla quedó enganchado el camisón; medio rígida
por el frío, Susana agitaba sus piernas e intentaba que la prenda no se le
escapara por el hueco de la cabeza. Cuando estaba a punto de alcanzar con sus
manos la barandilla, el camisón se desgarró y siguió en su caída a sus botas;
con un chillido chocó violentamente de cara contra la nieve acumulada en el
exterior y quedó como atontada.
Estaba calada hasta los huesos y temblaba intensamente. Aun
así, consiguió ponerse de pie y avanzar, descalza y medio desnuda, hasta la
escalera principal; ahí cayó, exhausta y rígida, en el tercer escalón. A duras
penas musitaba: "Socorro, socorro".
La suerte quiso que dos juerguistas la encontraran allí, al
cabo de diez minutos. Aterrados, entraron a aquella mujer, cuyos helados
encantos mostraba con generosidad y que parecía muerta, al vestíbulo y de ahí,
el hotel llamó a una ambulancia.
El grado de congelación era notable, pero no insalvable, le
dijeron después en el hospital. Tuvo que decir su nombre, pues nadie en el hotel
había dicho conocerla; ella habló de un tal Javier Muñoz; sin embargo, quedó a
cuadros cuando le respondieron que nadie había registrado con tales señas.
Fueron amables con ella y, al marcharse, le dieron unas braguitas de papel (del
tanga, ni rastro), un jersey ancho de color rojo, unos tejanos algo grandes y
unas zapatillas deportivas. La acompañaron a la pensión en una ambulancia. Por
mucho que había insistido, nadie supo darle razón de su bolso de viaje ni de su
abrigo.
Lo que jamás supo Susana es que Javier, que estaba comiendo
en el restaurante, al salir al vestíbulo debido al bullicio y verla en aquel
estado, decidió largarse lo antes posible. La misma noche pagó la habitación que
había tomado con nombre falso y se llevó todo el equipaje; a medio camino, había
tirado en un vertedero público la ropa y enseres de Susana.