Somos un matrimonio maduro, de esos chapados a la antigua que
todavía se rigen bajo reglas y costumbres conservadoras, muchas de ellas
exageradas e inapropiadas para los tiempos actuales. Mi nombre es Erick y tengo
52 años, en tanto que mi esposa, Miranda, tiene 45. Yo soy un individuo común y
corriente, carente de atractivos físicos, en tanto que mi esposa es precisamente
lo contrario. Con un rostro bellísimo adornado por unos ojos de un negro
intenso, la piel de Miranda es inmaculadamente blanca y tersa, con un hermoso
cabello negro que le cubre hasta los hombros y en el cual se entretejen apenas
una que otra cana. Ella no es delgada, pero tampoco gorda; su porte es elegante
y distinguido y en su estrecha cintura no se asoma ni la más mínima lonja; sus
nalgas son dos semiesferas perfectas que juntas conforman un trasero descomunal
y espectacular, en tanto que sus enormes pechos, duros e inhiestos, están
coronados por deliciosos pezones rosados que no muestran el mínimo deterioro por
el paso del tiempo.
Pero el complemento perfecto de Miranda lo constituye su
carácter jovial y amable, con una plática fácil y agradable que cautiva a quien
conversa con ella, sea hombre o mujer, y es precisamente este conjunto de
cualidades lo que me ha hecho celarla exageradamente y lo que me ha propiciado
enfrentamientos continuos con hombres que han querido seducirla. Pero el paso de
los años y su cariño me han enseñado a ser tolerante en situaciones incómodas
que ella ha sabido manejar a la perfección, lo que me ha permitido depositar en
ella sin reservas mi total confianza.
Desde siempre, nuestras relaciones sexuales han sido
ardientes y satisfactorias. Ambos tenemos un temperamento fogoso y
extremadamente erótico que nos ha permitido disfrutar enormemente nuestras
inquietudes sexuales. Sin embargo, recientemente estas inquietudes se han
incrementado al involucrar a otras parejas de amigos que, después de muchos años
de frecuentarnos, han empezado a gustar de comentar abiertamente en nuestras
reuniones sobre sus gustos y experiencias sexuales. Estas pláticas han subido de
tono cada vez más y más, al grado de que ya sin ninguna inhibición, varias de
estas parejas nos platican en grupo sobre las posiciones que les gusta adoptar
durante el coito, o sobre las sensaciones que experimentan al hacerse el amor
oralmente, o sobre el sabor que tienen sus respectivas parejas al correrse el
uno en la boca del otro, en fin, pláticas que por nuestras costumbres hemos
aceptado con muchas reservas pero que al final nos dejan tremendamente
excitados.
Dentro de estas parejas, destaca una en particular con la que
nos hemos identificado plenamente y con la que mantenemos una amistad sin
reservas; se llaman Ricardo e Ivonne y siempre han sido muy amables con
nosotros, sobre todo en los momentos difíciles. Ricardo es un ingeniero de unos
48 años de edad, bien parecido, tiene más o menos el tamaño y la forma de un
oso, un poco pasado de peso y es muy alegre y simpático, en tanto que Ivonne, su
esposa, es también alta, se puede decir que guapa sin que sea una hermosura, muy
blanca y un poco robusta, del tipo exacto de la mujer que a mí me pierde, que me
encanta, con unos pechos gigantescos y unas piernas llenitas pero
extraordinariamente bien formadas, siempre haciendo gala de que sus muslos y
glúteos no presentan un solo indicio de celulitis gracias al ejercicio del cual
es esclava.
Son una pareja de ideas muy liberales debido tal vez a que no
tienen hijos. Todos vivimos en la Ciudad de México y con mucha frecuencia
organizamos en su casa o en la nuestra reuniones para jugar baraja o simplemente
para charlar y pasar un buen rato. Sus pláticas preferidas siempre han versado
sobre temas, experiencias e inquietudes sexuales y chistes picantes, pero
invariablemente la pasamos muy contentos.
Por su naturaleza desinhibida, Ivonne, a quien le decimos Ivy
de cariño, siempre ha sido un poco exhibicionista. Su vestimenta habitual
consiste regularmente en minifaldas y blusas que sean lo más sugestivas posible,
y que le permita mostrar lo más que se pueda de sus pechos y muslos, siempre con
la complacencia de su marido. Nosotros ya estamos habituados a su manera de ser
y no nos sorprende ninguno de sus arranques exhibicionistas; al contrario,
siempre se los celebramos y aplaudimos.
Hace dos semanas, durante una reunión en su casa, nos
convencieron de asistir a un Club de la Amistad en el cual ellos tienen una
membresía que les permite llevar a dos invitados, siempre y cuando sean pareja.
No nos explicaron nunca de qué tipo se "club" se trataba, aunque ya me lo
imaginaba por la malicia con que insistían.
Después de mucho discutir y por pena de haberme estado
negando sistemáticamente en ocasiones anteriores, no tuve más remedio que
aceptar, aunque a regañadientes debido a que no me gusta desvelarme, ya que en
estos lugares los eventos comienzan entre las diez y once de la noche. En fin,
planeamos el encuentro y quedamos de reunirnos el siguiente sábado a las once de
la noche en el estacionamiento de dicho club, al cual deberíamos asistir de
corbata los hombres y las mujeres con vestido de cóctel.
El sábado siguiente nos trasladamos a esa parte de la ciudad.
Miranda llevaba un discreto vestido de cóctel rojo de amplio vuelo con adornos
plateados, de cuello redondo y de un largo que le llegaba un poco más arriba de
las rodillas. El vestido le dejaba los brazos al descubierto y se le ajustaba al
cuerpo en el torso de manera que dejaba apreciar su bonita figura. Yo iba de
traje oscuro tal y como me lo indicó Ricardo.
Llegamos al estacionamiento y cinco minutos después llegaron
ellos. Ivy llevaba, como siempre, una minifalda cortísima color verde, tan corta
que cuando caminaba dejaba ver la terminación de sus medias que, como siempre,
usa hasta la mitad del muslo, dejando ver un buen pedazo de carne desnuda.
Llevaba además una blusa de esas que dejan los hombros al desnudo, con un escote
amplísimo que ponía al descubierto un poco más de la mitad de sus enormes
pechos. Por supuesto no llevaba sujetador, por lo que en la tela de la blusa se
marcaban unos pezones parados y duros, como si se advirtiera en ellos una
excitación anticipada de lo que había por venir. Se veía despampanante y
extraordinariamente sensual, satisfecha del impacto que había causado en
nosotros su vestimenta. Su marido, contento con la situación, vestía como yo un
traje oscuro y corbata gris claro.
Nos saludamos y juntos nos encaminamos al interior del club.
Adentro, el ambiente era mucho más cálido que en el exterior, por lo que
rápidamente las señoras se desprendieron de sus abrigos y los dejaron el
guardarropa. El salón estaba sumido en una penumbra, a través de la cual era
difícil distinguir los rasgos de las muchas personas que ahí se encontraban,
pero poco a poco nuestros ojos se fueron adaptando a ella de manera que al poco
rato, logramos distinguir con perfecta claridad los rostros de las personas pese
a lo reducido de la visibilidad. Sin embargo, la penumbra hacía que el ambiente
del salón fuera más cálido, más íntimo, menos expuesto a las miradas
indiscretas.
El Capitán nos guió hasta una mesa situada a un lado de la
pista de baile, junto a una columna que nos ocultaba un poco de las demás
personas. La mesa era tan pequeña que sólo cabían unos cuantos vasos y botellas,
en tanto que los asientos eran tan bajos que al sentarnos, nuestras rodillas
quedaban prácticamente a la altura del pecho. Yo estaba feliz porque Ivy se
sentó frente a mí, y al hacerlo, su minifalda se levantó tanto que dejó
expuestas sus piernas casi hasta la cintura, permitiendo deleitarme con un
panorama de sus muslos y sus pantaletas durante largo tiempo. Miranda no tuvo
problemas; se sentó frente a Richard pero la amplitud de su vestido le cubría
las piernas hasta las pantorrillas.
El mesero llegó y Richard ordenó dos botellas de tequila, la
cual es una bebida mexicana para mí más fuerte que el sake. Ni Miranda ni yo
estamos habituados a tomar bebidas alcohólicas, por lo que en las ocasiones en
que no podemos evitar tomarlo, lo hacemos con mucha prudencia para no
emborracharnos. Richard e Ivonne, por el contrario, están acostumbrados a ella y
la beben con singular alegría, sin que les produzca un gran efecto.
Brindamos con una primera copa y empezamos a observar
detenidamente a las personas que se encontraban en el lugar. A mí me sorprendió
enormemente ver que algunas parejas que se encontraban en la pista estaban
entregadas de lleno a un excitante cachondeo, sin que les importaran las miradas
de la gente que los rodeaba. Una mujer tenía el vestido levantado hasta la
cintura y su pareja, colocada atrás de ella, le acariciaba y apretaba los senos
por encima de la ropa. La mujer pegaba su trasero al vientre de su pareja y éste
se removía como si estuviera en pleno acto sexual. A nadie le importaba. Todo el
mundo seguía en lo suyo sin fijarse en los demás. Yo les indiqué a mis
acompañantes lo que estaba viendo con tanta curiosidad, y tanto Ivy como Richard
se rieron con estruendosas carcajadas. Miranda estaba atónita, como yo.
Poco a poco nos fuimos familiarizando con escenas de este
tipo, al grado de que por ser tantas, terminaron también por no importarnos.
Seguimos tomando tequila y al cabo de un rato, nos empezamos a sentir muy
alegres y eufóricos. Ivonne mostraba en forma desinhibida y despreocupada la
totalidad de sus piernas, dejando ante mis ojos una visión perfecta de su tanga
y su entrepierna. Ella sabía que la estaba viendo y de vez en cuando abría las
rodillas y me miraba fijamente como retándome a seguirla observando.
Richard, por su parte, no daba muestras de sentirse incómodo
con lo que hacía su esposa; es más, con su actitud lo aprobaba y se
desternillaba de risa al darse cuenta de mi turbación. Miranda mostraba una
expresión de aturdimiento, seguramente por los efectos del tequila que había
consumido ya en exceso. Pero se le veía feliz; no paraba de reír por los chistes
y comentarios de color subido de Ricardo.
Desde hacía un buen rato veíamos que algunas parejas se
dirigían a un cubículo más privado que se encontraba a espaldas y a la izquierda
de nosotros en el fondo del salón. No alcanzábamos a distinguir las caras, pero
percibíamos perfectamente qué era lo que estaban haciendo en su interior. La
primera vez que me percaté de lo que ocurría, observé a una mujer que se
levantaba la falda y se inclinaba hacia delante para permitir que su compañero
la penetrara por detrás mientras le masajeaba sus pechos desnudos. Ricardo se
dio cuenta de lo que yo estaba observando con tanto interés y llamó la atención
de nuestras esposas para que vieran el espectáculo.
Nos quedamos un largo rato observándolos y en ese lapso llegó
al privado otra pareja; algo dijeron de los que estaban en pleno acto sexual y
después ella se puso de rodillas y sacó el miembro de su pareja, para metérselo
en la boca y propinarle una espectacular mamada. Todos estábamos absortos con
las escenas; el ambiente estaba cargado de erotismo y sentíamos nuestro libido a
su máximo nivel, saturado de lujuria.
Las escenas se repitieron en el privado una y otra vez hasta
que se hicieron cotidianas; fue entonces cuando empezamos a enfocar los
comentarios eróticos en nuestras personas, ya con mayor descaro y sin
preocuparnos de la reacción de nuestra pareja.
Richard comentó que a él no le gustaba que le hicieran el
amor oralmente estando parado, porque cuando se corría se le doblaban las
piernas. Al respecto Ivonne nos explicó que cuando esto le ocurría, le apretaba
los testículos para mantenerlo erguido.
Al reírse, Ivonne se inclinaba hacia adelante y lo hacía con
tantas ganas que sus pechos temblorosos casi se salían de la blusa. Al ver esto,
Richard le dijo que tuviera cuidado porque si se le salía un seno, podría
golpearme en la cara con él y dejarme inconsciente. En medio de las risas,
Miranda nos comentó que la posición que a ella más le gustaba era acostada boca
abajo y con una gran almohada colocada bajo su vientre, porque de esa manera
descansaba y lograba una mayor penetración al tener yo que estar hincado detrás
de ella, pero que el problema se presentaba cuando me daban calambres en las
piernas en el momento de estar eyaculando. En broma, Ricardo le comentó que cómo
podía calificar de "mayor penetración" a los tres centímetros de largo que tenía
mi miembro. Miranda le replicó que eso no era cierto, que si me conociera le
asombraría el tamaño de mi miembro.
Yo escuchaba atónito los comentarios de mi esposa. ¡No podía
creer que era ella la que se estaba expresando de esa manera tan vulgar, tan
abierta!, pero lo curioso era que me sentía feliz con esa nueva personalidad
desinhibida de Miranda. Poco a poco nos sumergimos más y más en el ambiente
erótico de aquel salón, hasta quedar envueltos por una lujuria ardiente y
desbocada. Yo me sentía caliente, lleno de vida, y me complacía enormemente la
actitud lasciva de Ivonne, la desvergüenza de Miranda, la desfachatez de Ricardo
y mi propia pasividad ante esos hechos. Fue por esos momentos que una pareja se
puso a bailar cerca de nuestra mesa; cuando la mujer dio un giro al bailar, se
le levantó la falda dejando al descubierto momentáneamente sus bonitas piernas.
Sintiéndose aludida, Ivonne se levantó un poco tambaleante por la bebida y nos
dijo :
- No se impresionen; si quieren ver algo realmente
bueno, ¡vean esto!
Y se levantó la minifalda hasta la cintura dejando expuestas
su tanga y sus preciosas piernas torneadas cubiertas por medias hasta la mitad
de sus muslos; pero después se dio la vuelta dejando ante mí una espectacular
vista de su trasero increíble, con dos semiesferas blanquísimas que destacaban
en la penumbra del salón. Sus nalgas eran enormes, pero perfectamente bien
formadas, se apreciaban firmes y duras, pero al mismo tiempo tersas y delicadas.
El hilo dental de su tanga se perdía en las profundidades de la abertura entre
los dos globos de carne. Al igual que Miranda, me quedé petrificado,
observándola con la boca abierta; la visión era sencillamente exquisita. Fue
Ricardo el que nos sacó de nuestro trance al propinarle una sonora nalgada a su
esposa con la palma de su mano. Pero al sentarse, Ivonne levantó abruptamente el
vestido de Miranda al mismo tiempo que le decía :
- Enséñales que tú también tienes lo tuyo.
Tomada por sorpresa Miranda bajó inmediatamente su vestido,
pero no pudo impedir que durante unos instantes nos deleitáramos también con la
vista de sus piernas, que aunque no eran tan llenitas como las de Ivonne,
tampoco eran menos hermosas.
¿Por qué te cubres? –le reclamó Ivonne-, ¿acaso
no somos como de la misma familia?
Nada de eso, -le respondió-, lo que pasa es que
no estoy acostumbrada a exponerme así ante otras personas.
- Pero es que sólo estás ante nosotros, y tu
marido no tiene ningún inconveniente en que nos muestres tu cuerpo,
¿o no es así Erick? –preguntó Ivonne volteando hacia mí-.
- Puedes hacer lo que quieras -le dije a
Miranda-, siempre y cuando no te sientas incómoda y estés segura de
lo que haces, para que no te arrepientas después.
- ¿Ya ves? –insistió Ivonne-, levántate un poco
el vestido para hacer una comparación entre nuestras piernas, a ver
quién las tiene más bonitas.
- Muy bien, -le respondió-, pero sólo un momento
¿OK?
Dicho esto, Miranda se levantó el vestido hasta la
terminación de sus medias que también le llegaban a medio muslo, en tanto que
Ivy juntaba las piernas de Miranda con una de las suyas para compararlas.
- ¿Cuáles te gustan más? -le preguntó Ivy a su
marido-.
- Las de Miranda, sin duda alguna –le respondió-.
- ¿Y a ti Erick? -me preguntó Ivy-.
- Las dos son maravillosas -le dije-.
- Claro, -le dijo Ivy a Miranda-, pues es tu
marido quien lo está diciendo. Pero ya verás tú, -dijo refiriéndose
a su esposo-, llegando a la casa te haré una huelga de piernas
cerradas.
Después de esto, Miranda quiso bajar su vestido pero Ivy se
lo impidió, levantándoselo aún más hasta la cintura.
- Quédate así por favor -le dijo-, deja que
nuestros maridos se sientan orgullosos del cuerpo de sus mujeres.
Miranda volteó a verme con los ojos agrandados, como buscando
mi aprobación, y yo, con una mueca y levantando los hombros, le di a entender
que no tenía importancia.
Y así se quedó Miranda, con el vestido levantado por arriba
de sus muslos. Verla así, expuesta impúdicamente ante los ojos de Ricardo, se me
hacía fantástico, increíble; sin duda era uno de los momentos más eróticos de mi
vida. Jamás me había sentido tan excitado, tan lleno de energía, tan satisfecho
hablando en términos sexuales. Estaba empapado; sentía que el líquido preseminal
escapaba sin control de mi miembro, por lo que rápidamente deshice un paquete de
pañuelos deshechables que traía en la bolsa del saco e hice una bola con todos
ellos; me levanté dando la espalda a la mesa y en un instante coloqué los
pañuelos sobre la punta de mi verga por debajo de la truza. Ninguno se dio
cuenta de lo que hice y yo me sentía más cómodo al impedir que se mojaran mis
pantalones.
A partir de ese momento Ricardo dejó de hablar, estaba como
hipnotizado; no apartaba la vista de las piernas de mi esposa. Me quedé
petrificado cuando vi que Miranda, aprovechando los momentos en que yo
aparentaba no verla, se acariciaba la parte inferior de sus muslos y levantaba
su vestido hasta el inicio de sus nalgas, abriendo momentáneamente las rodillas
para que Ricardo se deleitara con una vista completa de su entrepierna. Y no era
por descuido, porque cuando lo hacía le sonreía a Ricardo de una manera lasciva
y provocadora, como nunca lo había hecho conmigo.
Yo me sentía transportado a un mundo de erotismo. Estaba como
anestesiado, sin capacidad de razonar. No quería que nada de lo que estaba
pasando cambiara. Me sentía eufórico, feliz del cambio de personalidad que había
experimentado mi esposa. Así estuvimos un largo rato, mirándonos,
disfrutándonos, excitándonos. Veía que Ricardo estrujaba fuertemente sus manos
en un intento de controlar su terrible excitación, lo veía a punto de lanzarse
sobre mi esposa. ¡Y me hubiera importado un carajo que lo hubiera hecho! Al
contrario, deseaba con toda mi alma que se la cogiera ahí mismo, delante de mí,
delante de todos, que le estrujara los pechos, que le metiera la verga, que la
fornicara como quisiera, pero no encontraba la forma de inducirlo a que lo
hiciera. La tensión continuó insoportable hasta que Ricardo invitó a Miranda a
bailar en la pista. Ella se me quedó mirando buscando con sus ojos una vez más
mi aprobación. Yo asentí lo más tranquilamente que pude con la cabeza,
indicándole que no había problema en que aceptara. Al pararse, para que yo no lo
viera Ricardo quiso tapar con su cuerpo su mano derecha que se deslizó sobre el
muslo de Miranda, hasta perderse por abajo del vestido. Mi esposa se revolvió
inquieta sobre su asiento al sentir el contacto de su mano, pero no hizo nada
por evitarlo; al contrario, correspondió con una risita nerviosa a la caricia de
mi amigo.
Cuando empezaron a bailar, noté que Ricardo jalaba el cuerpo
de mi esposa hasta quedar completamente pegados, con el beneplácito de Miranda.
Una de las manos de Ricardo se posaba insistentemente en las nalgas de mi
esposa, acariciándolas descaradamente. Nerviosamente, Miranda le subía una y
otra vez la mano a la cintura, volteando hacia mí para averiguar si yo me había
dado cuenta. Yo simulaba no prestar atención a lo que estaba sucediendo entre
ellos y aparentaba estar enfocado en la plática de Ivonne. Poco a poco se fueron
alejando de nuestra mesa hacia el otro extremo del salón.
Yo estaba seguro de que Ivy se había dado perfecta cuenta de
todo lo que estaba ocurriendo entre Miranda y Ricardo, y hacía lo posible por
desviar mi atención hacia ella. Pero al ver que el tiempo pasaba y ellos no
regresaban, para amortiguar mi inquietud Ivy me reclamó :
- ¿Acaso no piensas invitarme a bailar, o crees
que no lo merezco?
Le tendí la mano y nos dirigimos a la pista de baile. De
inmediato ella se pegó a mí pasando sus brazos por encima de mis hombros y
presionando sus pechos contra el mío.
- Te noto muy excitado –me dijo-, ojalá que sea
por mi causa.
- Claro que es por tu causa, -le aseguré-, o
¿crees que exista alguien que pueda resistirse al contacto de estos
pechos?- le dije mirando descaradamente la unión de sus senos-. Y
por cierto Ivy, ¿cómo le haces para que se mantengan siempre erectos
y no se cuelguen?, ¿acaso no son naturales?
- Me estás ofendiendo mi amor, -me contestó-,
todo en mí es completamente natural y lo mantengo así a base de
ejercicios; ¿quieres comprobarlo?
- No me atrevo. –le dije-, estoy seguro que si
llevo a cabo lo que estoy pensando me agarrarías a golpes.
- Pues me dan ganas de agarrarte a golpes por no
aprovechar todo lo que te he estado ofreciendo durante toda la
noche.
- Lo que pasa es que no has sido lo
suficientemente clara en ofrecerme lo que tú dices.
Entonces Ivonne, sin el menor titubeo, bajó el escote de su
blusa permitiendo que sus pechos afloraran magníficos a la superficie. Decidida
me tomó ambas manos e hizo que cada una de ellas aprisionaran sus pechos. Su
piel era maravillosa; la sentía suave, tersa y a la vez cálida; no pude resistir
acercar mi rostro a ellos y besar sus pezones erectos, lamiendo con mi lengua la
aureola que los rodeaba, pese a que una pareja nos miraba con la boca abierta
sin quitarnos la vista de encima.
Ni a ella ni a mí nos importaba nada en esos momentos;
sencillamente me dejé llevar por el momento de locura y disfrutar lo que Ivonne
me ofrecía, en tanto que ella se limitaba a cerrar los ojos y a disfrutar las
caricias.
- Ivy, -le dije-, tienes los pechos más
maravillosos que jamás haya tocado.
- Y eso que no has probado lo demás, -me
contestó-. Espera a que nos bañemos juntos para que veas lo que es
bueno.
- ¿Y qué me vas a hacer en el baño?, –le pregunté
mientras le subía el vestido por detrás y le agarraba las nalgas
desnudas.
- Voy a darte la mamada más fabulosa que te hayan
dado en toda tu vida, -me decía mientras me besaba en la boca
metiéndome la lengua una y otra vez en forma desesperada-. Voy a
hacer que me metas esta hermosa verga por todos los agujeros que tú
quieras –y me apretaba con su mano el bulto de mi entrepierna.
- ¿Y qué piensa de todo esto Ricardo?
Ivonne dejó de bailar y se quedó pensativa, como meditando su
respuesta.
- Erick, ¿yo te gusto?, –me preguntó con cara
seria.
- Por supuesto Ivy, eres una mujer muy hermosa y
lo sabes perfectamente.
- Hablando en serio, ¿estarías dispuesto a hacer
el amor conmigo?, –me dijo con voz firme, sin titubear siquiera.
- Pues no lo sé,…. está Ricardo, … y Miranda … no
sé qué contestarte.
Mira –me dijo-, déjame hablarte lo más claramente
posible. Durante muchos meses, tal vez años, me he estado insinuando
ante ti de todas las formas posibles, y no creo que eso te haya
pasado desapercibido. Me gustas mucho y he querido darte a entender
que quisiera tener una relación contigo, pero no he encontrado la
manera de decírtelo. Tú sabes que Ricardo y yo somos muy liberales
en el aspecto sexual; nos queremos muchísimo pero nunca hemos tenido
inconveniente en expresarnos mutuamente nuestras preferencias y
sobre todo nuestras inquietudes sexuales, y yo le he hablado de ti,
de lo que quiero hacer contigo. Ricardo lo ve con buenos ojos e
incluso me ha dado consejos para hacerte saber mis propósitos, pero
nunca me han dado resultado. He llegado a pensar que, o no te gusto,
o te estás haciendo pendejo y solamente me quieres humillar.
Por otro lado, Ricardo está loco por tu mujer, le
fascina su forma de ser. Yo soy fogosa, ardiente, desinhibida, en
cambio Miranda es dulce, elegante y muy sensual. Entre los dos hemos
intentado convencerla de que acepte tener una relación con Ricardo,
pero siempre nos ha mandado al carajo. Sin embargo, la última vez
que nos reunimos me dijo, después de mucho insistir, que únicamente
aceptaría si tú estabas de acuerdo con ello, y fue por eso que
planeamos invitarlos a este lugar para que este ambiente te
sensibilizara y así nos fuera menos difícil hacerte nuestra
propuesta.
- Tendría que hablarlo con Miranda -le dije-, no
tenía ni remota idea de qué era lo que estaba pasando ni tampoco
tenía idea del porqué de la actitud impúdica de Miranda.
- Yo creo que es precisamente la actitud de esta
noche de Miranda la que nos ha indicado que ella sí ha aceptado y
que solamente falta que tú lo hagas.
- No te niego que me agrada tu propuesta y que me
siento muy halagado y honrado que veas en mí a una persona de tus
preferencias Ivy, pero lo que me propones es en extremo delicado y
si no lo manejamos adecuadamente, puede dañar irremediablemente
nuestros matrimonios y nuestra relación de amistad.
- Si te refieres a que podamos involucrarlos
sentimentalmente, ni lo pienses. Como te he dicho, Ricardo y yo nos
queremos muchísimo, e igual los queremos a ustedes. No permitiríamos
nunca poner en peligro ninguno de los dos matrimonios.
- De cualquier modo, déjame hablarlo primero con
mi mujer.
- Por supuesto amor, -me dijo al mismo tiempo que
me abrazaba con todas sus fuerzas-; si aceptas no te arrepentirás.
Yo pondré todo lo que está de mi parte por hacerte feliz –y me dio
un delicado beso en la boca, deslizando suavemente su lengua por mis
labios-. Voy a hacer que descubras nuevos placeres y nuevas
emociones.
Así seguimos por largo rato, sobándonos, acariciándonos,
deleitándonos con nuestros cuerpos. Sin darnos cuenta, poco a poco nos habíamos
ido acercando al sitio donde se encontraban Miranda y Ricardo sin que ellos se
percataran de nuestra cercanía. Estaban entregados a lo suyo sintiéndose ocultos
de nuestras miradas por una columna. Cuando los vi, observé que Ricardo tenía
una de sus manos apretando el trasero de mi esposa por encima de la ropa, con el
dedo medio de su mano enterrado entre sus nalgas; su otra mano aprisionaba uno
de los pechos de Marian, y con su dedo gordo le acariciaba la punta del pezón.
Ambos estaban como en éxtasis; Miranda tenía los ojos cerrados y la cara Ricardo
estaba hundida en el cuello de ella, besándola.
Cuando le toqué el hombro, Miranda abrió con sorpresa los
ojos y al observarme se separó bruscamente de Ricardo. En ese momento me di
cuenta de que la verga de Ricardo estaba fuera del pantalón, firmemente sujeta
por la mano de Miranda. Al sentirse descubierta, inmediatamente lo soltó y se
cubrió la cara con las manos llena de vergüenza. Yo fingí no haberme dado cuenta
de lo que estaban haciendo y con tranquilidad le pedí a Ricardo que cambiáramos
de pareja. El aceptó de inmediato y se retiró con su esposa.
Ante la mirada preocupada de Ivy, que la había dejado en
medio de la pista y que se había percatado de lo que había pasado, pensando tal
vez en que iba a armar un escándalo, empecé a bailar con Miranda que se había
quedado sin habla.
- ¿Estás contenta? -le pregunté lo más
tranquilamente que pude-, ¿la estás pasando bien?
- Sí, -me respondió tímidamente-. Discúlpame por
lo que ha pasado, pero creo que tomé demasiado y me salí de control
¿Estás enojado?
- No te preocupes Miranda, no lo estoy –le dije-;
aunque no lo creas, estoy muy contento y excitado con todo lo que ha
ocurrido esta noche, pero estoy preocupado por las consecuencias.
Creo que hemos ido demasiado lejos y hay cosas que debemos discutir
detenidamente, antes de que se salgan de control.
- No te preocupes –me dijo-; Ricardo me ha
asegurado que nada de lo que hagamos tendrá consecuencias en
nuestras relaciones.
- Para que eso sea cierto, debemos asegurarnos de
hacer bien las cosas, lentamente, una después de la otra. Por
cierto, ¿qué le estabas haciendo a Ricardo cuando les interrumpí el
baile?
- Perdóname por favor, -se disculpó-, pero es que
Ricardo me pidió que le sacara el miembro del pantalón y lo ayudara
a liberarse del dolor que tenía en los testículos. No quise faltarte
al respeto pero estoy muy excitada y no sé ni lo que hago. El
insistió mucho y yo no me aguanté.
- Qué desgraciado, ¿y lograste que se corriera?
–le pregunté-.
- No, – me contestó-, estaba a punto de lograrlo
cuando llegaste tú. El pobre se quedó a la mitad –me susurró
sonriendo tímidamente-.
- ¿Te gustó lo que le estabas haciendo?
- Mucho. Ricardo es muy ardiente…. y muy
convincente; me estaba diciendo cosas que me tenían completamente
enardecida.
- ¿Qué te decía?
- Que mi olor era maravilloso, que me iba a hacer
sentir con su lengua el orgasmo más maravilloso de mi vida, que se
moría de ganas de meter su lengua en mi trasero, y mil cosas más que
me pusieron tan caliente como nunca lo había estado.
- Pero, ¿cómo es posible que hayas cedido con
tanta facilidad a las insinuaciones de Ricardo estando yo presente?
Lo que pasa es que desde hace mucho tiempo,
Ivonne me había dicho que Ricardo estaba loco por hacerme el amor, y
que ella también quería hacerlo contigo; incluso me pidió que los
ayudara a convencerte de que lo hiciéramos juntos, pero yo me negué;
le dije que ese era problema de ellos y que yo no participaría en su
propósito.
Ricardo lleva meses tratando de convencerme de
que acepte tener relaciones con él. Durante nuestras reuniones,
siempre aprovecha los momentos en que tú no nos ves para tratar de
besarme, o se coloca atrás de mí para hacerme sentir su excitación
mientras me toquetea los pechos y la entrepierna. Yo siempre lo he
rechazado, aunque debo confesarte que varias veces he estado a punto
de ceder.
- Mira qué cabrón -le dije-, y yo pensando que
era realmente mi amigo………
- No te equivoques mi amor, Ricardo te quiere
muchísimo; incluso me ha dicho que si hubiera posibilidades de que
esta relación afectara nuestra amistad, prefería no volver a
intentarlo conmigo.
- Y tú, ¿estás dispuesta a continuar con este
juego? –le pregunté.
- Me gustaría mucho, pero sólo llegaré hasta
donde tú quieras que llegue.
- En realidad, ¿te gustaría tener sexo con él?
- Sí, pero solamente que tú estés presente cuando
lo haga.
- ¿Qué quieres decir?
- Que solamente lo haría estando los cuatro
juntos; no me gustaría quedarme a solas con Ricardo, …al menos las
primeras veces. Tengo mucho miedo…. y también mucha vergüenza.
- Pero no tuviste vergüenza en aceptar tan
rápidamente tener relaciones con él; hasta parece que esta noche lo
tenían todo planeado.
- No mi amor, lo que pasa es que al percatarme de
que tú estabas contento y que aceptabas lo que te ofrecía Ivonne, y
al sentir que no tenías inconveniente en que me mostrara casi
desnuda ante los ojos de Ricardo, asumí que lo único que me restaba
era darle a entender que aceptaba lo que me había propuesto durante
tanto tiempo, pero no sabía cómo hacerlo sin ser tan descarada. Fue
por eso que empecé a insinuarme y a abrirle un poco mis piernas para
que viera que estaba dispuesta a aceptarlo, pero también para que él
tomara la iniciativa.
- ¿No te parece demasiado haberlo masturbado
durante la primera vez que estás con él?
- Sí, pero él me pedía con mucha insistencia que
fuéramos al privado. Yo no quise,….. tuve mucho miedo. Pero también
estaba loca de deseo. Quería tocarlo, sentirlo, y es por eso que
decidí masturbarlo solamente.
- ¿Y si ellos después quieren que nos sumemos a
otras parejas con las mismas intenciones?
- No lo creo; Ivonne me ha dicho en muchas
ocasiones que varias parejas de este club los han invitado a
efectuar intercambios, pero ellos nunca se han atrevido. Me ha
asegurado que únicamente quieren hacerlo con nosotros,
- ¿Quisieras repetir todo lo que hemos hecho esta
noche?
- Quisiera eso y más, siempre y cuando tú estés
de acuerdo.
- Estás haciendo que me ponga celoso de Ricardo,
-le señalé-
- No mi amor, no tienes porqué estarlo. Te
aseguro que nunca habrá nada ni nadie que me separe de ti. Si algo
de lo que ha ocurrido no te gustó, prefiero cortar ahora mismo por
lo sano antes de permitir que un conflicto se interponga entre
nosotros, aunque ello implique no volver a ver a Ivonne y a Ricardo.
Si acepté fue pensando en que tú también estabas contento y habías
aceptado lo que te estaba ofreciendo Ivonne.
- Tienes razón –le dije-. Ivonne también es muy
convincente con sus atributos corporales. A mí también me ha dejado
con los testículos adoloridos.
- No te preocupes mi cielo, -me dijo
melosamente-, yo te aliviaré ese dolor cuando tú quieras, pero no
aquí porque me da mucha pena.
- Está bien, -le dije-, pero es conveniente que
ya nos vayamos aprovechando que las cosas están todavía dentro de
límites adecuados. Ya discutiremos con calma las decisiones que
habremos de tomar al respecto.
Para despedirnos de Ivonne y Ricardo, nos encaminamos hacia
donde ellos se encontraban aún bailando. Un poco cohibida, Ivonne me preguntó si
habíamos estado contentos. Yo le respondí que sí, que habíamos estado encantados
con la reunión, pero que teníamos que retirarnos porque ya era muy tarde.
Al despedirnos, Ivonne tomo mi cara entre sus manos y me
estampó en la boca un largo y apasionado beso, con la complacencia de Miranda.
- La pasé muy bien contigo Erick, –me dijo-;
ojalá lo volvamos a repetir.
No acerté en decirle nada; únicamente me limité a sonreírle.
Cuando me despedí de Ricardo con un abrazo, éste me dijo :
- No desaprovechemos la oportunidad de vivir lo
que nos queda de vida lo más placenteramente posible. Nosotros
estuvimos felices con ustedes, pero los placeres que hoy vivimos los
podemos repetir en muchas ocasiones. Piénsalo….. la vida que nos
queda no es muy larga.
- Tendré en cuenta todo lo que me dices -le
respondí-, pero debemos establecer con mucha prudencia los límites
de nuestro comportamiento de aquí en adelante, para no arrepentirnos
luego de lo que hagamos.
Cuando ya nos retirábamos, Ivonne me alcanzó nuevamente y sin
importar que la oyera Miranda y Ricardo me señaló :
- No sé cómo le haces para mantenerte tan
excitado tanto tiempo –me dijo tocando mi entrepierna-; estás a
punto de reventar …..
Y se retiró riendo. No quise sacarla del error diciéndole que
mi verga literalmente estaba amortajada con una gran bola de pañuelos
deshechables que absorbían mis secreciones. Tampoco quise hacerle ver a Miranda
las manchas blancuzcas que tenía su vestido a la altura del vientre, producidas
por los fluidos corporales de Ricardo que se lo mancharon mientras lo estaba
masturbando cuando bailaban tan estrechamente.
Nos habíamos alejado ya unos metros cuando Ricardo nos gritó
:
- No se olviden que el próximo sábado nos toca
reunirnos en mi casa.
Asentimos afirmativamente con la cabeza y nos encaminamos al
estacionamiento.
Al retirarnos, en silencio meditaba
sobre lo ridículo de mi situación. Ridículo porque en tan sólo una noche se
fueron al pozo todas las convicciones morales que consideraba importantes para
regir mi vida. Nunca me imaginé, ni remotamente, que fuera capaz de hacer lo que
hice, ni que mi esposa pudiera ser mi cómplice en esos actos, pero menos me
imaginé que me iba a gustar tanto hacerlo.
Este juego erótico me gusta, me gusta muchísimo y no quiero
dejarlo. Nunca había disfrutado tanto en el aspecto sexual, sobre todo por haber
vivido la experiencia de haber compartido a mi esposa con otro hombre.
Mencionarlo ahora, con estas palabras, se me hace inimaginable. Cuando la vi
practicando en esos juegos eróticos con Ricardo, la emoción y la excitación que
me invadieron no tuvo límites. No puedo explicar con palabras lo que sentí en
esos momentos, pero nada me complació más que haberlos vivido, y nada me
complacería más que seguirlos viviendo.
Esperaría con ansiedad la llegada del próximo sábado ...