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TODORELATOS » RELATOS » KAROLINA. SORPRESA
[ Lo que en la leche se mama, en la mortaja se derrama. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 17 de Mayo, 2008.
Fecha: 18-Dic-07 « Anterior | Siguiente » en Confesiones (2289 de 2407)

Karolina. Sorpresa

karol
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El más fuerte de los tres no dejaba de ser el más mocoso, un chico de unos veinte años, alo mejor ni eso. Me agarraba por detrás, de los antebrazos, presionando para juntarlos en mi espalda. No me hacía daño, pero su fuerza era tal que cualquier intento de liberación era imposible. Los otros dos estaban frente a mí, muy cerca, percibía claramente el hedor a bebida de su aliento que me llegaba a marear. En el suelo la botella de licor ya vacía. Reían, con la risa de la euforia etílica. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

Karolina

Sorpresa.

El más fuerte de los tres no dejaba de ser el más mocoso, un chico de unos veinte años, alo mejor ni eso. Me agarraba por detrás, de los antebrazos, presionando para juntarlos en mi espalda. No me hacía daño, pero su fuerza era tal que cualquier intento de liberación era imposible.

Los otros dos estaban frente a mí, muy cerca, percibía claramente el hedor a bebida de su aliento que me llegaba a marear. En el suelo la botella de licor ya vacía. Reían, con la risa de la euforia etílica.

Yo les imploraba que me soltaran, llorando, gimiendo, a veces gritando y a continuación adoptando una aptitud sumisa, humillando el mi tono de voz para procurar despertar cualquier instinto humano que pudiesen albergar aquellas bestias. Pero todo era inútil, no me oían.

Enmudecí definitivamente cuando el mas viejo de los tres, un tipo sucio y mal encarado, gordo y bajito de unos cuarenta años, me propino un bofetón gritando ¡cállate puta! Ensordecí del oído abofeteado con un pitido agudo que me ocupaba cada neurona y un fuego entumecido e intenso invadió mi mejilla. Quedé aturdida un buen rato.

Mi subconsciente supo que cualquier tentativa, para evitar lo inevitable sólo serviría para empeorar el oscuro panorama de aquella situación y todo mi cuerpo adoptó la resolución de abandonar la resistencia.

El tercero de aquellos mosqueteros del infierno era el más tímido e inactivo, su mirada perdida diagnosticaba de forma casi inconfundible un retraso mental considerable. Babeaba.

Sin embargo fue el primero en tomar la iniciativa. Como si estuviera hipnotizado se agachó en cuclillas justo frente a mí y comenzó a aflojar el cinturón de mis vaqueros. Lentamente, como un zombi, desabrochó el único botón y bajo la cremallera.

Podía oír los latidos de mi propio corazón, estaba aterrada.

Con la misma parsimonia e inspeccionando exhaustivamente cada minúscula porción de mi cuerpo que iba quedando desnuda, bajó los pantalones hasta mis tobillos y sin previo aviso acerco su boca a mis braguitas y me propinó un bocado en el coño. ¡Que daño me hicieron aquellos dientes! Contraída por el dolor gemí por miedo a gritar y ellos rieron con la risa de la excitación y de la borrachera.

Sus braguetas abultadas presagiaban, como los nubarrones negros y oscuros, la terrible tormenta que se me avecinaba.

¡Quita!, le grito el gordo al subnormal, y de un empujón le hizo caer de bruces. Se paró frente a mí, casi pegado, mirándome a los ojos y sonriendo. Satanás debe sonreír así.

Oí el sonido de la cremallera de su pantalón bajarse. Me agarró de los pelos, en la nuca, y me obligó a bajar la mirada. Tenía el pantalón abierto y su mano libre extraía lentamente su pene del bóxer.

Un pene corto pero ya erecto, gordo y renegrido como su dueño asomó su gorda cabeza y quedó como mástil orgulloso y desafiante apuntando a las estrellas de aquella oscura noche. Debía hacer días que no lo lavaba porque una ola de olor agrio y profundo a polla sucia subió entre su cuerpo y el mío.

¡Hasta ahora no te han follado de verdad zorra!, me susurro al oído, y agarrando la fina tira lateral de mi tanga, dio un tirón brusco y se quedó con el en la mano. Se lo acercó a la nariz. ¡Mmmmmmm! huele a putita refinada, dijo. Y posteriormente lo introdujo en mi boca presionando con sus dedazos llenos de mierda hasta que la tela en mi garganta me provocó una poderosa arcada.

¡A ver si gritas ahora puta de mierda!, dijo aquel hijo de puta y los otros cabrones le rieron la gracia.

Mi coño desnudo, cerrado y seco por el pánico quedó expuesto e indefenso cuando el tonto, que aún no se había levantado del suelo, agarró uno de mis tobillos y tiró con fuerza de él abriendo con brusquedad mis piernas. Hubiese caído al suelo, pero mi cuerpo era sostenido en vilo por el energúmeno fortachón que me inmovilizaba detrás.

Con la misma satánica sonrisa, el cuarentón escupió sobre los dedos de su mano derecha y la dirigió hacia mi coño. Yo cerré los ojos.

¡No tiene pelos la muy puta!, dijo riendo a carcajadas a sus compinches que le secundaron la mofa mientras sobaba mi pubis sin penetrarme aún, pellizcando las carnes blancas y lisas de los alrededores de mi rajita hasta producir dolor.

Yo, paralizada por el pánico, temía la violación de mi chochito por aquellos dedos sucios y asquerosos. Abierta de piernas, sujetado mi tobillo por la férrea mano del tonto. Comenzó a restregar el dedo contra mi clítoris, como si creyese que iba a conseguir mi excitación. Tomaba mis labios menores y tiraba de ellos, parecía divertirle. ¡Te estas poniendo cachonda, lo noto, cacho puta! Me dijo de nuevo al oído, con su aliento a güisqui barato, que cada vez me era más insoportable.

Sujétale bien las piernas, le dijo al tonto. Se giró se agachó y recogió la botella vacía. En seguida vi sus intenciones, intenté forcejear y gritar pero tanto una como otra cosa eran inútiles

Se acercó a mí y les dijo a los otros animales: voy a darle un poco de si el coño a esta guarra. Como un bastonazo en mis entrañas, cruel, desagradable y doloroso, el cuello de la botella, frío y sucio de tierra penetró mi cobijo del amor rasgando el velo de mi intimidad y haciéndome proferir un grito de dolor seco que quedó ensordecido por la tela de la braguita que llenaba mi boca.

Abrí los ojos cerrados hasta entonces, estaba sudando y no hacía calor, mi corazón latía con fuerza y tardé varios segundos en darme cuenta de lo que pasaba. ¡Dios mío, había estado soñando! Todo había sido una horrible y asquerosa pesadilla.

Ernesto me preguntó que me pasaba, despertado por el estremecimiento que sufrí. Nada mi amor, le dije, un mal sueño. Y después le pedí que me abrazase fuertemente. Pero, ¡estás temblando!, me dijo cuando se me acercó. Ya te he dicho cielo, he tenido una horrible pesadilla.

Ya os he comentado que tengo un marido increíble, me adora como a una diosa, me idolatra diría yo. Ven aquí mi reina, me dijo. Y me cubrió con sus brazos apretando mi cuerpo contra el suyo. Jamás me había sentido mejor. Su olor, un olor no a perfumes ni aguas de baño, el suyo que me confortaba y relajaba como el olor del pecho conforta y relaja al bebé. Su calor, acogedor y dulce, su fortaleza viril y delicada a la vez y los veintiún años que me lleva y que lo convierte para mi, además de mi esposo, en una figura casi paternal.

Ernesto percibió mi sobresalto, mi miedo, mi confusión y con una dulzura y ternura indescriptible me besó la boca. Aquel beso me hizo olvidar en milésimas de segundo hasta el último detalle de la repugnante escena que había soñado. Así abrazados, nos quedamos dormidos. Sintiéndome la mujer más segura, feliz y amada del universo.

Aquella mañana no me enteré del momento en que mi marido se levantó. Al despertar encontré junto a mi almohada una rosa, era de las del rosal del jardín y una nota.

"Han de pasar el cielo y la tierra antes de que se agote mi amor por ti. Felices sueños."

No me digáis, como no voy a quererle. Se había levantado sigilosamente, para no despertarme, había liado lo de la rosa y lo de la nota, por cierto, en papel perfumado y además me había dejado preparado sobre la mesa de la cocina, que es donde desayunamos, un coqueto y completo almuerzo.

Me pongo tierna solo con recordarlo.

A mi chico le tenía que compensar por todo aquello de alguna manera, pensé, se merecía en esta ocasión algo especial, algo a la altura de su amor y de su pasión por mí, así que decidí darle una buena sorpresa.

Ernesto conoce mi plena heterosexualidad y la respeta, como respeta todo lo mío, pero en alguna ocasión me había comentado que su fantasía más poderosa era verme con otra mujer. Sólo la idea le producía una excitación que enarbolaba su instrumento al máximo.

Recordé mi experiencia con Andrea, si la tuviese en video bastaría con ponérsela en la tele para satisfacer su ansiada fantasía, pero ya os conté aquella historia y allí no hubo cámaras grabando. Tardé algunos momentos en decidirme, algo dentro de mi no terminaba de dar el paso al frente. Pero de pronto lo vi claro. Tomé el móvil y llamé a Andrea. Tenemos que comer juntas le dije. No lo dudó ni un instante. ¿Dónde siempre?, me dijo. Sí, le conteste, a las dos y media, ya te contaré.

El restaurante era un sitio apacible y con clase de cocina oriental. En los días de diario está medio vacío y nos encanta la comida y el trato del lugar. Yo llegué primero, elegí una mesa discreta y esquinada y pedí una cerveza. A los cinco o seis minutos hizo su aparición Andrea. Ya os describí su aspecto de rubiaza imponente. Me levanté, era día de sorpresas, así que en vez del beso habitual mi cara se ladeó y bese sus labios. Ella sonrió gratamente sorprendida. Ya sabéis también que creo que mi amiga lesbiana conserva un amor por mí que va más allá de la simple amistad.

Nos sentamos y durante la comida aparte de las cosas efímeras de la vida, ella me contó que le iba muy bien con su chica y yo le relaté los innumerables detalles del amor que Enrique me profesa. Como colofón le conté mi pesadilla, quedó horrorizada, y como Ernesto me alivió el temor con su cariño y lo de la rosa, la nota y el desayuno. Es un hombre excepcional, me dijo.

Me costaba seguir explicándome, llené otra copa de vino y la bebí del trago. Ya llevaba dos. Aquello me proporcionó el ímpetu que me faltaba.

Se lo solté de golpe. Le dije: Ernesto quiere verme con otra mujer en la cama, es una fantasía que sueña con hacer realidad, y he tomado la decisión de hacerla realidad, sé que tu puedes ayudarme.

Andrea puso su mano sobre la mía en el mantel, me miró en silencio un largo, largísimo instante, con una sonrisa serena y amable. Y por fin, rompió su silencio. ¿En tu casa o en la mía?, dijo.

Quedé muda por la rapidez de su aceptación. Querría que fuese hoy en mi casa, le contesté, cuando él vuelva del trabajo. Y ella me respondió, vendrá Fabiola, así se llama su pareja, déjalo todo en mis manos. Tú sólo prepara una cenita ligera y acogedora.

Andrea es un amor pero con mayúsculas, un AMOR. Ya en la calle, al despedirse de mí, envalentonada por el beso en los labios con que le obsequié a su llegada, me tomó de la cintura y sin tener en cuenta la gente que pasaba, me besó en la boca prolongadamente, su lengua jugó con mis labios unos maravillosos segundos. Montó en su coche y una sonrisa de complicidad nos despidió a ambas.

Llamé a Ernesto para avisarle de que no llegara tarde, que Andrea y Fabiola vendrían a cenar a casa. Él se mostró entusiasmado, se lleva de maravilla con ellas, ya hemos compartido alguna salida juntos de marcha e hicimos un viaje de fin de semana a Tenerife. Lo pasamos genial.

A Andrea la conocéis, pero he de describiros a Fabiola. Es una mulata esbelta, una belleza procedente de Mali que lleva en España cuatro años. Tiene la elegancia y el porte de esa raza, me recuerda a la modelo Naomi, algo menos alta, pero de belleza tan singular como ella. Por ponerle algún defecto, que en absoluto lo es, os diré que tiene unos pechos pequeños, como de niña púber, pero su cintura es minúscula y sus caderas exuberantes enmarcan el culo negro más impresionante que hayáis visto. En los días que pasamos en Tenerife Ernesto no podía evitar seguir aquel culo con la vista cada vez que Fabiola se levantaba de la toalla y se iba andando como por una pasarela de arena hasta el mar.

Yo estaba acostumbrada a verlas juntas, solían vestir discretamente, pero os cuento. Cuando llegaron a casa le pedí que me diesen sus abrigos. Me extrañó que viniesen tan abrigadas, aún no hacia frío para tanto. Cuando quité el abrigo a Fabiola me quedé de piedra. Se había puesto un camisón, negro elegantísimo pero nada que ver con un vestido. Era de encaje transparente de cintura para arriba, sus pezones de punta se veían con total nitidez bajo la trabajadísima filigrana del encaje, y la faldita no llegaba a tapar por entero su culo, simplemente con andar dejaba sus increíbles posaderas libres a la observación trasera, medias de rejilla y tacones negros de aguja completaban su atuendo. Andrea soltó una carcajada al contemplar mi expresión de sorpresa, se me debió de quedar una cara de pánfila de no te menees.

Ahora quítame el abrigo a mí, me dijo, y volvió a soltar otra carcajada. Casi me daba miedo hacerlo. Agarré su abrigo por los hombros de espaldas a ella y tirando hacia mí la despojé de la prenda. Tal y como me imaginaba, otro camisón, éste blanco, de raso, precioso, y su melena rubia, casi a media espalda refinadamente arreglada. ¡Qué bella era! Por delante el vestido blanco lucia un escote increíble y sus abundantes senos aparecían prácticamente desnudos. Medias de rejilla blancas, claro y tacones blancos de aguja.

A Ernesto le da algo, dije, y las tres reímos un buen rato.

Yo estaba nerviosa y excitada. Sabía o intuía lo que Andrea había maquinado y aunque no soy bisexual, un intenso erotismo sofocó cada poro de mi piel y la sensación de vacío en mi estómago delataba el nerviosismo sexual que tomaba posesión de mí a marchas forzadas. La putita que anida en mi interior se estaba desperezando.

Todo estaba ya preparado en el comedor para la cena, les puse música y unos aperitivos y me fui a arreglar.

En mi habitación todo eran dudas, no sabía que ponerme para estar a la altura de mis invitadas. Mi guardarropa es amplísimo ya conocéis la afición de Ernesto de agasajarme continuamente con modelitos sexy. Pero no encontraba ninguno que satisficiera mi deseo de lucir eróticamente bella.

Andrea y Fabiola entraron en la habitación. Yo estaba desnuda, tan solo cubierta por un tanga de gasa rosa.

A ver que tenemos, dijo Fabiola. Andrea me miró asintiendo y me dijo que en lo de elegir la ropa adecuada nunca se equivocaba. Extrajo y volvió a colgar un buen número de vestidos y al coger uno que tengo verde manzana, comentó: éste valdrá. Pero el tanga no va a juego. Y según estaba diciendo estas palabras soltó el vestido en la cama, se agachó y comenzó a bajar con una insoportable lentitud mi braguita. Su cara frente a mi coño y yo ya caliente por la situación.

No me lo esperaba, acercó su boca a mi felpudito y lo besó con la dulzura que se besa a un niño pequeño. Me ayudaron ambas a ponérmelo, por detrás tiene una cremallera que lo recorre entero y fue Fabiola la encargada subirla. El vestido es cortísimo también, así que su mano de ébano al sujetar el vestido par tirar de la cremallera hacia arriba coincidía con el sitio en el que mi culo deja paso al desfiladero de mi chochito. Sé que lo hizo a propósito me rozo el agujerito de mi culo descaradamente y yo me arqueé para facilitar el roce. Note mi coño inundado y resbaladizo.

Mientras Andrea rebuscaba entre mis zapatos, pero no encontró ninguno que le gustara unas medias de seda verde transparentes aparecieron en mi cajón. Iras sin zapatos y sin bragas me dijo la mulatita. Yo asentí. No era lo habitual claro pero me pareció divertido.

Se nos había pasado el tiempo volando. El sonido de la puerta al abrirse nos pilló aún en el dormitorio. Era Ernesto.

Bajé corriendo las escaleras para entretenerle. Ayúdame, le dije, y me lo llevé a la cocina, tenemos que poner estas cositas en el comedor. Creo que en ese mismo instante sospecho que algo pasaba. Me besó y me dedicó una mirada inquisidora. Venga, le dije ellas ya están aquí.

Cuando entramos en el salón tras ultimar los detalles de la mesa del comedor, Andrea y Fabiola ya habían bajado de mi dormitorio, que se encuentra en el piso de arriba, y se habían sentado, cada una en un sofá.

Ernesto se quedó parado en la entrada. ¡Dios mío chicas!, ¡como vais vestidas!, ¡si estáis medio en pelotas! Lo que tu te mereces le dije a mi maridito que con los ojos abiertos como platos no dejaba de mirarlas sin pestañear.

La cena era liviana, canapés variados y champán, en quince minutos la habíamos despachado. Ernesto no dejaba de hacer preguntas comprometedoras. Que a que venía aquello, que porqué tan guapas, que si íbamos a salir a algún sitio. Ellas reían, creando mas dudas en mi pobre maridito que no se esperaba nada y yo le seguía las risas para disimular mis nervios.

Déjalo de mi cuenta, me había dicho Andrea y así pensaba hacerlo. Por fin terminamos el champán, nos bebimos dos botellas entre los cuatro, yo algo más que los demás.

Volvimos al salón y Andrea tomó la palabra. Cogiendo a mi esposo de la mano y llevándoselo a un butacón que queda frente al sofá, le dijo: Karolina te quiere como una bestia, siéntate y disfruta de la realización de tu fantasía favorita.

Ernesto enmudeció, o no supo o no quiso decir nada. Me miró y algo totalmente típico en él, tras mostrarme su mejor sonrisa, me guiñó un ojo.

Fabiola apagó las luces mientras Andrea encendía dos velas perfumadas que tengo en la mesita del salón. Yo estaba sentada en el sofá frente a Ernesto, me miraba enamorado. Abrí mis piernas y le enseñé mi coñito desnudo. Vi crecer su bragueta como un volcán rabioso.

Andrea se sentó a mi lado, me tomó de las mejillas girando mi cabeza y comenzó a besarme la boca y yo a ella, no podía ver lo que pasaba porque el beso no cesaba pero sentí la presencia de Fabiola entre mis pierna. Se había arrodillado y me las abrió sumergiéndose entre ellas. Besaba mis muslos desde las rodillas hacía arriba, sobre la media, en una posición en la que Ernesto observaba su oscuro culito, redondo y perfecto enmarcando su coñito cubierto por un delicadísimo tanga amarillo. Cuando cesó el beso de Andrea y recuperé la visión, Ernesto tenía su polla fuera ya y la acariciaba con una expresión de gozo y deleite que no recordaba en él.

Para entonces la boca de Fabiola había alcanzado su objetivo. Su lengua me lamía con insistencia una y otra vez como se lame un helado, recorriendo la integridad de mi coño, desde el culo hasta los pelitos de la corona vellosa de mi rajita. Andrea tiró de mi vestido hacia arriba para dejar libre la cremallera, la descorrió y me dejó en pelotas, tan solo con las medias verdes.

¡Qué guarra me sentía!, una auténtica putita sometida por mis dos queridas lesbianas.

Tras desnudarme, Andrea se situó detrás del sofá tiró de mi cabeza hacia atrás y siguió besándome, pero esta vez sus manos pasaron a sobar mis tetas, contorneándolas, apretándolas, pellizcando mis erectos pezones, erectos y duros hasta el infinito por culpa del dedito de Fabiola que, desde hacía unos instantes penetraba mi culo mojado y ensalivado mientras su lengua jugaba con mi clítoris.

Ellas aun vestidas yo desnuda. Ernesto masturbando su falo henchido y prieto.

Follátela mientras nos desnudamos le dijo la negrita a mi marido mientras me obligaba a ponerme de rodillas en el suelo recostando mi pecho en el sofá.

Sentí su polla penetrarme. Lo deseaba con toda mi alma y gemí de placer.

Ernesto me cubría como un semental furioso pero no me miraba, las miraba a ellas. La una a la otra se fueron desnudando con parsimonia, entre beso y beso, entre caricia y caricia. Y cuando estuvieron desnudas Andrea se sentó en el sofá y colocó mi boca en su almeja. ¡Cómo chorreaba la muy puta! Me agarraba la cabeza y la dirigía en la excursión que mi lengua realizaba por aquel coñito rubio y dulce. No lo pude evitar, la polla de Ernesto causo la lógica consecuencia y mientras le introducía dos dedos en el coño a Andrea mordisqueando su clítoris tuve mi primer orgasmo, convulsivo, impertinentemente grande. Mientras Fabiola se había colocado detrás del sofá en la misma postura que antes ocupo Andrea, y la besaba y tocaba las tetas como ella lo había hecho ella conmigo.

¡Ya vale!, le dijo Andrea a mi marido. A él le costó sacar su pene, sus instintos se resistían, pero Andrea le forzó a hacerlo y lo sentó en la alfombra, apoyado en su sofá. Se dirigió a su bolso y sacó unas esposas con las que ató las manos de Ernesto en su espalda.

Su tranca tiesa, dura y roja con los jugos de mi orgasmo quedo viuda de compañía alguna.

Ella volvió al bolso y saco un consolador con cintas y en un segundo lo colocó diestramente en la cintura de Fabiola. Era una polla de látex negro brillante. Le quedaba que ni pintada, se diría que era suya. Fabiola se dirigió a Ernesto, atado, sentado en la alfombra con el instrumento a punto de reventar y le metió el látex negro en su boca. ¡Chupa la polla que se va a follar a tu mujer, cerdo!

Yo me había olvidado de mi orgasmo y estaba otra vez como una putita rabiosa, Andrea estaba sacando provecho de la situación me había tumbado y se había colocado en dirección opuesta enlazando nuestras piernas en una tijera mágica en la que nuestros coños se fundían inundados, dibujando círculos y elipses, frotándose, restregándose, buscando el contacto de ambos clítoris.

Veía a Ernesto sentado chupando el rabo de látex mientras Fabiola jugaba con su pie en su polla y en sus testículos. Nunca he visto un pie tan experto. A veces lo pisaba, luego lo acariciaba con los deditos, en la punta de su prepucio, otras con la planta lo oprimía contra el estómago de mi marido y lo masturbaba diestramente. Él hizo un par de amagos de sacar el pene de goma de su boca y Fabiola le agarraba de los pelos y le decía: sigue mamón.

Andrea dio por terminada su tijerita. Yo había notado su orgasmo, las convulsiones de su almeja.

Me tumbó de lado en el suelo y colocó mi cabeza sobre los muslos de Ernesto de manera que pude comenzar a comerme el pollón de mi maridito sin dificultad, mis piernas las colocó Fabiola, juntitas las rodillas y encogidas dejando mi almeja a la vista del artilugio y comenzó a follarme sin piedad.

Andrea detrás de Fabiola, contemplando la escena y masturbándola con la mano.

Yo estaba a punto de correrme de nuevo. Cogí con ambas manos el leño de Ernesto y lo masturbe con ritmo y velocidad sin sacarme su capullo de la boca. Le vi venirse como un latigazo, se arqueó y tuvo unas contracciones bestiales. Su leche llenó mi boca y Fabiola que vio la jugada puso su dedo en mi clítoris y empujó el falo negro hasta lo más profundo de mi almeja. Mi segundo orgasmo.

Tenemos en casa un yacusi grandote. Entramos los cuatro a bebernos la última botella de champán de la noche. Ernesto no sabía como agradecernos, se deshacía en elogios a nuestras amigas y a mí misma.

Tú te lo mereces todo, mi amor. Le dije besándole como una colegiala enamorada mientras ellas, como en los cines antiguos, en las películas con final feliz, rompieron a aplaudir como tontas.

Al despedirme le comunique a Andrea que mi tendencia sexual seguía siendo inequívocamente hétero, pero ella tras darme el beso de despedida me susurró al oído. Ya veremos. Y del brazo con Fabiola se alejaron como habían venido riendo, disfrutando su amor lésbico sano y sincero.

Creedme, se que se quieren.

 

PDT: No juzgues un gesto de amor si no lo comprendes, vive tú tu propio amor.

Os sigo agradeciendo vuestros e-mail, vuestros piropos y el que califiquéis mis relatos tan alto.

He cambiado de dirección de MSN y lo volveré a hacer cuando se me sature éste. Sois multitud incontable mis admiradores. Es de lo que más orgullosa estoy

Un beso apasionado te dejo querido-a lector-a.

Te quiero.

TodoRelatos.com © karol

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