Karolina
Sorpresa.
El más fuerte de los tres no dejaba de ser el más mocoso, un
chico de unos veinte años, alo mejor ni eso. Me agarraba por detrás, de los
antebrazos, presionando para juntarlos en mi espalda. No me hacía daño, pero su
fuerza era tal que cualquier intento de liberación era imposible.
Los otros dos estaban frente a mí, muy cerca, percibía
claramente el hedor a bebida de su aliento que me llegaba a marear. En el suelo
la botella de licor ya vacía. Reían, con la risa de la euforia etílica.
Yo les imploraba que me soltaran, llorando, gimiendo, a veces
gritando y a continuación adoptando una aptitud sumisa, humillando el mi tono de
voz para procurar despertar cualquier instinto humano que pudiesen albergar
aquellas bestias. Pero todo era inútil, no me oían.
Enmudecí definitivamente cuando el mas viejo de los tres, un
tipo sucio y mal encarado, gordo y bajito de unos cuarenta años, me propino un
bofetón gritando ¡cállate puta! Ensordecí del oído abofeteado con un pitido
agudo que me ocupaba cada neurona y un fuego entumecido e intenso invadió mi
mejilla. Quedé aturdida un buen rato.
Mi subconsciente supo que cualquier tentativa, para evitar lo
inevitable sólo serviría para empeorar el oscuro panorama de aquella situación y
todo mi cuerpo adoptó la resolución de abandonar la resistencia.
El tercero de aquellos mosqueteros del infierno era el más
tímido e inactivo, su mirada perdida diagnosticaba de forma casi inconfundible
un retraso mental considerable. Babeaba.
Sin embargo fue el primero en tomar la iniciativa. Como si
estuviera hipnotizado se agachó en cuclillas justo frente a mí y comenzó a
aflojar el cinturón de mis vaqueros. Lentamente, como un zombi, desabrochó el
único botón y bajo la cremallera.
Podía oír los latidos de mi propio corazón, estaba aterrada.
Con la misma parsimonia e inspeccionando exhaustivamente cada
minúscula porción de mi cuerpo que iba quedando desnuda, bajó los pantalones
hasta mis tobillos y sin previo aviso acerco su boca a mis braguitas y me
propinó un bocado en el coño. ¡Que daño me hicieron aquellos dientes! Contraída
por el dolor gemí por miedo a gritar y ellos rieron con la risa de la excitación
y de la borrachera.
Sus braguetas abultadas presagiaban, como los nubarrones
negros y oscuros, la terrible tormenta que se me avecinaba.
¡Quita!, le grito el gordo al subnormal, y de un empujón le
hizo caer de bruces. Se paró frente a mí, casi pegado, mirándome a los ojos y
sonriendo. Satanás debe sonreír así.
Oí el sonido de la cremallera de su pantalón bajarse. Me
agarró de los pelos, en la nuca, y me obligó a bajar la mirada. Tenía el
pantalón abierto y su mano libre extraía lentamente su pene del bóxer.
Un pene corto pero ya erecto, gordo y renegrido como su dueño
asomó su gorda cabeza y quedó como mástil orgulloso y desafiante apuntando a las
estrellas de aquella oscura noche. Debía hacer días que no lo lavaba porque una
ola de olor agrio y profundo a polla sucia subió entre su cuerpo y el mío.
¡Hasta ahora no te han follado de verdad zorra!, me susurro
al oído, y agarrando la fina tira lateral de mi tanga, dio un tirón brusco y se
quedó con el en la mano. Se lo acercó a la nariz. ¡Mmmmmmm! huele a putita
refinada, dijo. Y posteriormente lo introdujo en mi boca presionando con sus
dedazos llenos de mierda hasta que la tela en mi garganta me provocó una
poderosa arcada.
¡A ver si gritas ahora puta de mierda!, dijo aquel hijo de
puta y los otros cabrones le rieron la gracia.
Mi coño desnudo, cerrado y seco por el pánico quedó expuesto
e indefenso cuando el tonto, que aún no se había levantado del suelo, agarró uno
de mis tobillos y tiró con fuerza de él abriendo con brusquedad mis piernas.
Hubiese caído al suelo, pero mi cuerpo era sostenido en vilo por el energúmeno
fortachón que me inmovilizaba detrás.
Con la misma satánica sonrisa, el cuarentón escupió sobre los
dedos de su mano derecha y la dirigió hacia mi coño. Yo cerré los ojos.
¡No tiene pelos la muy puta!, dijo riendo a carcajadas a sus
compinches que le secundaron la mofa mientras sobaba mi pubis sin penetrarme
aún, pellizcando las carnes blancas y lisas de los alrededores de mi rajita
hasta producir dolor.
Yo, paralizada por el pánico, temía la violación de mi
chochito por aquellos dedos sucios y asquerosos. Abierta de piernas, sujetado mi
tobillo por la férrea mano del tonto. Comenzó a restregar el dedo contra mi
clítoris, como si creyese que iba a conseguir mi excitación. Tomaba mis labios
menores y tiraba de ellos, parecía divertirle. ¡Te estas poniendo cachonda, lo
noto, cacho puta! Me dijo de nuevo al oído, con su aliento a güisqui barato, que
cada vez me era más insoportable.
Sujétale bien las piernas, le dijo al tonto. Se giró se
agachó y recogió la botella vacía. En seguida vi sus intenciones, intenté
forcejear y gritar pero tanto una como otra cosa eran inútiles
Se acercó a mí y les dijo a los otros animales: voy a darle
un poco de si el coño a esta guarra. Como un bastonazo en mis entrañas, cruel,
desagradable y doloroso, el cuello de la botella, frío y sucio de tierra penetró
mi cobijo del amor rasgando el velo de mi intimidad y haciéndome proferir un
grito de dolor seco que quedó ensordecido por la tela de la braguita que llenaba
mi boca.
Abrí los ojos cerrados hasta entonces, estaba sudando y no
hacía calor, mi corazón latía con fuerza y tardé varios segundos en darme cuenta
de lo que pasaba. ¡Dios mío, había estado soñando! Todo había sido una horrible
y asquerosa pesadilla.
Ernesto me preguntó que me pasaba, despertado por el
estremecimiento que sufrí. Nada mi amor, le dije, un mal sueño. Y después le
pedí que me abrazase fuertemente. Pero, ¡estás temblando!, me dijo cuando se me
acercó. Ya te he dicho cielo, he tenido una horrible pesadilla.
Ya os he comentado que tengo un marido increíble, me adora
como a una diosa, me idolatra diría yo. Ven aquí mi reina, me dijo. Y me cubrió
con sus brazos apretando mi cuerpo contra el suyo. Jamás me había sentido mejor.
Su olor, un olor no a perfumes ni aguas de baño, el suyo que me confortaba y
relajaba como el olor del pecho conforta y relaja al bebé. Su calor, acogedor y
dulce, su fortaleza viril y delicada a la vez y los veintiún años que me lleva y
que lo convierte para mi, además de mi esposo, en una figura casi paternal.
Ernesto percibió mi sobresalto, mi miedo, mi confusión y con
una dulzura y ternura indescriptible me besó la boca. Aquel beso me hizo olvidar
en milésimas de segundo hasta el último detalle de la repugnante escena que
había soñado. Así abrazados, nos quedamos dormidos. Sintiéndome la mujer más
segura, feliz y amada del universo.
Aquella mañana no me enteré del momento en que mi marido se
levantó. Al despertar encontré junto a mi almohada una rosa, era de las del
rosal del jardín y una nota.
"Han de pasar el cielo y la tierra antes de que se agote mi
amor por ti. Felices sueños."
No me digáis, como no voy a quererle. Se había levantado
sigilosamente, para no despertarme, había liado lo de la rosa y lo de la nota,
por cierto, en papel perfumado y además me había dejado preparado sobre la mesa
de la cocina, que es donde desayunamos, un coqueto y completo almuerzo.
Me pongo tierna solo con recordarlo.
A mi chico le tenía que compensar por todo aquello de alguna
manera, pensé, se merecía en esta ocasión algo especial, algo a la altura de su
amor y de su pasión por mí, así que decidí darle una buena sorpresa.
Ernesto conoce mi plena heterosexualidad y la respeta, como
respeta todo lo mío, pero en alguna ocasión me había comentado que su fantasía
más poderosa era verme con otra mujer. Sólo la idea le producía una excitación
que enarbolaba su instrumento al máximo.
Recordé mi experiencia con Andrea, si la tuviese en video
bastaría con ponérsela en la tele para satisfacer su ansiada fantasía, pero ya
os conté aquella historia y allí no hubo cámaras grabando. Tardé algunos
momentos en decidirme, algo dentro de mi no terminaba de dar el paso al frente.
Pero de pronto lo vi claro. Tomé el móvil y llamé a Andrea. Tenemos que comer
juntas le dije. No lo dudó ni un instante. ¿Dónde siempre?, me dijo. Sí, le
conteste, a las dos y media, ya te contaré.
El restaurante era un sitio apacible y con clase de cocina
oriental. En los días de diario está medio vacío y nos encanta la comida y el
trato del lugar. Yo llegué primero, elegí una mesa discreta y esquinada y pedí
una cerveza. A los cinco o seis minutos hizo su aparición Andrea. Ya os describí
su aspecto de rubiaza imponente. Me levanté, era día de sorpresas, así que en
vez del beso habitual mi cara se ladeó y bese sus labios. Ella sonrió gratamente
sorprendida. Ya sabéis también que creo que mi amiga lesbiana conserva un amor
por mí que va más allá de la simple amistad.
Nos sentamos y durante la comida aparte de las cosas efímeras
de la vida, ella me contó que le iba muy bien con su chica y yo le relaté los
innumerables detalles del amor que Enrique me profesa. Como colofón le conté mi
pesadilla, quedó horrorizada, y como Ernesto me alivió el temor con su cariño y
lo de la rosa, la nota y el desayuno. Es un hombre excepcional, me dijo.
Me costaba seguir explicándome, llené otra copa de vino y la
bebí del trago. Ya llevaba dos. Aquello me proporcionó el ímpetu que me faltaba.
Se lo solté de golpe. Le dije: Ernesto quiere verme con otra
mujer en la cama, es una fantasía que sueña con hacer realidad, y he tomado la
decisión de hacerla realidad, sé que tu puedes ayudarme.
Andrea puso su mano sobre la mía en el mantel, me miró en
silencio un largo, largísimo instante, con una sonrisa serena y amable. Y por
fin, rompió su silencio. ¿En tu casa o en la mía?, dijo.
Quedé muda por la rapidez de su aceptación. Querría que fuese
hoy en mi casa, le contesté, cuando él vuelva del trabajo. Y ella me respondió,
vendrá Fabiola, así se llama su pareja, déjalo todo en mis manos. Tú sólo
prepara una cenita ligera y acogedora.
Andrea es un amor pero con mayúsculas, un AMOR. Ya en la
calle, al despedirse de mí, envalentonada por el beso en los labios con que le
obsequié a su llegada, me tomó de la cintura y sin tener en cuenta la gente que
pasaba, me besó en la boca prolongadamente, su lengua jugó con mis labios unos
maravillosos segundos. Montó en su coche y una sonrisa de complicidad nos
despidió a ambas.
Llamé a Ernesto para avisarle de que no llegara tarde, que
Andrea y Fabiola vendrían a cenar a casa. Él se mostró entusiasmado, se lleva de
maravilla con ellas, ya hemos compartido alguna salida juntos de marcha e
hicimos un viaje de fin de semana a Tenerife. Lo pasamos genial.
A Andrea la conocéis, pero he de describiros a Fabiola. Es
una mulata esbelta, una belleza procedente de Mali que lleva en España cuatro
años. Tiene la elegancia y el porte de esa raza, me recuerda a la modelo Naomi,
algo menos alta, pero de belleza tan singular como ella. Por ponerle algún
defecto, que en absoluto lo es, os diré que tiene unos pechos pequeños, como de
niña púber, pero su cintura es minúscula y sus caderas exuberantes enmarcan el
culo negro más impresionante que hayáis visto. En los días que pasamos en
Tenerife Ernesto no podía evitar seguir aquel culo con la vista cada vez que
Fabiola se levantaba de la toalla y se iba andando como por una pasarela de
arena hasta el mar.
Yo estaba acostumbrada a verlas juntas, solían vestir
discretamente, pero os cuento. Cuando llegaron a casa le pedí que me diesen sus
abrigos. Me extrañó que viniesen tan abrigadas, aún no hacia frío para tanto.
Cuando quité el abrigo a Fabiola me quedé de piedra. Se había puesto un camisón,
negro elegantísimo pero nada que ver con un vestido. Era de encaje transparente
de cintura para arriba, sus pezones de punta se veían con total nitidez bajo la
trabajadísima filigrana del encaje, y la faldita no llegaba a tapar por entero
su culo, simplemente con andar dejaba sus increíbles posaderas libres a la
observación trasera, medias de rejilla y tacones negros de aguja completaban su
atuendo. Andrea soltó una carcajada al contemplar mi expresión de sorpresa, se
me debió de quedar una cara de pánfila de no te menees.
Ahora quítame el abrigo a mí, me dijo, y volvió a soltar otra
carcajada. Casi me daba miedo hacerlo. Agarré su abrigo por los hombros de
espaldas a ella y tirando hacia mí la despojé de la prenda. Tal y como me
imaginaba, otro camisón, éste blanco, de raso, precioso, y su melena rubia, casi
a media espalda refinadamente arreglada. ¡Qué bella era! Por delante el vestido
blanco lucia un escote increíble y sus abundantes senos aparecían prácticamente
desnudos. Medias de rejilla blancas, claro y tacones blancos de aguja.
A Ernesto le da algo, dije, y las tres reímos un buen rato.
Yo estaba nerviosa y excitada. Sabía o intuía lo que Andrea
había maquinado y aunque no soy bisexual, un intenso erotismo sofocó cada poro
de mi piel y la sensación de vacío en mi estómago delataba el nerviosismo sexual
que tomaba posesión de mí a marchas forzadas. La putita que anida en mi interior
se estaba desperezando.
Todo estaba ya preparado en el comedor para la cena, les puse
música y unos aperitivos y me fui a arreglar.
En mi habitación todo eran dudas, no sabía que ponerme para
estar a la altura de mis invitadas. Mi guardarropa es amplísimo ya conocéis la
afición de Ernesto de agasajarme continuamente con modelitos sexy. Pero no
encontraba ninguno que satisficiera mi deseo de lucir eróticamente bella.
Andrea y Fabiola entraron en la habitación. Yo estaba
desnuda, tan solo cubierta por un tanga de gasa rosa.
A ver que tenemos, dijo Fabiola. Andrea me miró asintiendo y
me dijo que en lo de elegir la ropa adecuada nunca se equivocaba. Extrajo y
volvió a colgar un buen número de vestidos y al coger uno que tengo verde
manzana, comentó: éste valdrá. Pero el tanga no va a juego. Y según estaba
diciendo estas palabras soltó el vestido en la cama, se agachó y comenzó a bajar
con una insoportable lentitud mi braguita. Su cara frente a mi coño y yo ya
caliente por la situación.
No me lo esperaba, acercó su boca a mi felpudito y lo besó
con la dulzura que se besa a un niño pequeño. Me ayudaron ambas a ponérmelo, por
detrás tiene una cremallera que lo recorre entero y fue Fabiola la encargada
subirla. El vestido es cortísimo también, así que su mano de ébano al sujetar el
vestido par tirar de la cremallera hacia arriba coincidía con el sitio en el que
mi culo deja paso al desfiladero de mi chochito. Sé que lo hizo a propósito me
rozo el agujerito de mi culo descaradamente y yo me arqueé para facilitar el
roce. Note mi coño inundado y resbaladizo.
Mientras Andrea rebuscaba entre mis zapatos, pero no encontró
ninguno que le gustara unas medias de seda verde transparentes aparecieron en mi
cajón. Iras sin zapatos y sin bragas me dijo la mulatita. Yo asentí. No era lo
habitual claro pero me pareció divertido.
Se nos había pasado el tiempo volando. El sonido de la puerta
al abrirse nos pilló aún en el dormitorio. Era Ernesto.
Bajé corriendo las escaleras para entretenerle. Ayúdame, le
dije, y me lo llevé a la cocina, tenemos que poner estas cositas en el comedor.
Creo que en ese mismo instante sospecho que algo pasaba. Me besó y me dedicó una
mirada inquisidora. Venga, le dije ellas ya están aquí.
Cuando entramos en el salón tras ultimar los detalles de la
mesa del comedor, Andrea y Fabiola ya habían bajado de mi dormitorio, que se
encuentra en el piso de arriba, y se habían sentado, cada una en un sofá.
Ernesto se quedó parado en la entrada. ¡Dios mío chicas!,
¡como vais vestidas!, ¡si estáis medio en pelotas! Lo que tu te mereces le dije
a mi maridito que con los ojos abiertos como platos no dejaba de mirarlas sin
pestañear.
La cena era liviana, canapés variados y champán, en quince
minutos la habíamos despachado. Ernesto no dejaba de hacer preguntas
comprometedoras. Que a que venía aquello, que porqué tan guapas, que si íbamos a
salir a algún sitio. Ellas reían, creando mas dudas en mi pobre maridito que no
se esperaba nada y yo le seguía las risas para disimular mis nervios.
Déjalo de mi cuenta, me había dicho Andrea y así pensaba
hacerlo. Por fin terminamos el champán, nos bebimos dos botellas entre los
cuatro, yo algo más que los demás.
Volvimos al salón y Andrea tomó la palabra. Cogiendo a mi
esposo de la mano y llevándoselo a un butacón que queda frente al sofá, le dijo:
Karolina te quiere como una bestia, siéntate y disfruta de la realización de tu
fantasía favorita.
Ernesto enmudeció, o no supo o no quiso decir nada. Me miró y
algo totalmente típico en él, tras mostrarme su mejor sonrisa, me guiñó un ojo.
Fabiola apagó las luces mientras Andrea encendía dos velas
perfumadas que tengo en la mesita del salón. Yo estaba sentada en el sofá frente
a Ernesto, me miraba enamorado. Abrí mis piernas y le enseñé mi coñito desnudo.
Vi crecer su bragueta como un volcán rabioso.
Andrea se sentó a mi lado, me tomó de las mejillas girando mi
cabeza y comenzó a besarme la boca y yo a ella, no podía ver lo que pasaba
porque el beso no cesaba pero sentí la presencia de Fabiola entre mis pierna. Se
había arrodillado y me las abrió sumergiéndose entre ellas. Besaba mis muslos
desde las rodillas hacía arriba, sobre la media, en una posición en la que
Ernesto observaba su oscuro culito, redondo y perfecto enmarcando su coñito
cubierto por un delicadísimo tanga amarillo. Cuando cesó el beso de Andrea y
recuperé la visión, Ernesto tenía su polla fuera ya y la acariciaba con una
expresión de gozo y deleite que no recordaba en él.
Para entonces la boca de Fabiola había alcanzado su objetivo.
Su lengua me lamía con insistencia una y otra vez como se lame un helado,
recorriendo la integridad de mi coño, desde el culo hasta los pelitos de la
corona vellosa de mi rajita. Andrea tiró de mi vestido hacia arriba para dejar
libre la cremallera, la descorrió y me dejó en pelotas, tan solo con las medias
verdes.
¡Qué guarra me sentía!, una auténtica putita sometida por mis
dos queridas lesbianas.

Tras desnudarme, Andrea se situó detrás del sofá tiró de mi
cabeza hacia atrás y siguió besándome, pero esta vez sus manos pasaron a sobar
mis tetas, contorneándolas, apretándolas, pellizcando mis erectos pezones,
erectos y duros hasta el infinito por culpa del dedito de Fabiola que, desde
hacía unos instantes penetraba mi culo mojado y ensalivado mientras su lengua
jugaba con mi clítoris.
Ellas aun vestidas yo desnuda. Ernesto masturbando su falo
henchido y prieto.
Follátela mientras nos desnudamos le dijo la negrita a mi
marido mientras me obligaba a ponerme de rodillas en el suelo recostando mi
pecho en el sofá.
Sentí su polla penetrarme. Lo deseaba con toda mi alma y gemí
de placer.
Ernesto me cubría como un semental furioso pero no me miraba,
las miraba a ellas. La una a la otra se fueron desnudando con parsimonia, entre
beso y beso, entre caricia y caricia. Y cuando estuvieron desnudas Andrea se
sentó en el sofá y colocó mi boca en su almeja. ¡Cómo chorreaba la muy puta! Me
agarraba la cabeza y la dirigía en la excursión que mi lengua realizaba por
aquel coñito rubio y dulce. No lo pude evitar, la polla de Ernesto causo la
lógica consecuencia y mientras le introducía dos dedos en el coño a Andrea
mordisqueando su clítoris tuve mi primer orgasmo, convulsivo, impertinentemente
grande. Mientras Fabiola se había colocado detrás del sofá en la misma postura
que antes ocupo Andrea, y la besaba y tocaba las tetas como ella lo había hecho
ella conmigo.
¡Ya vale!, le dijo Andrea a mi marido. A él le costó sacar su
pene, sus instintos se resistían, pero Andrea le forzó a hacerlo y lo sentó en
la alfombra, apoyado en su sofá. Se dirigió a su bolso y sacó unas esposas con
las que ató las manos de Ernesto en su espalda.
Su tranca tiesa, dura y roja con los jugos de mi orgasmo
quedo viuda de compañía alguna.
Ella volvió al bolso y saco un consolador con cintas y en un
segundo lo colocó diestramente en la cintura de Fabiola. Era una polla de látex
negro brillante. Le quedaba que ni pintada, se diría que era suya. Fabiola se
dirigió a Ernesto, atado, sentado en la alfombra con el instrumento a punto de
reventar y le metió el látex negro en su boca. ¡Chupa la polla que se va a
follar a tu mujer, cerdo!
Yo me había olvidado de mi orgasmo y estaba otra vez como una
putita rabiosa, Andrea estaba sacando provecho de la situación me había tumbado
y se había colocado en dirección opuesta enlazando nuestras piernas en una
tijera mágica en la que nuestros coños se fundían inundados, dibujando círculos
y elipses, frotándose, restregándose, buscando el contacto de ambos clítoris.
Veía a Ernesto sentado chupando el rabo de látex mientras
Fabiola jugaba con su pie en su polla y en sus testículos. Nunca he visto un pie
tan experto. A veces lo pisaba, luego lo acariciaba con los deditos, en la punta
de su prepucio, otras con la planta lo oprimía contra el estómago de mi marido y
lo masturbaba diestramente. Él hizo un par de amagos de sacar el pene de goma de
su boca y Fabiola le agarraba de los pelos y le decía: sigue mamón.
Andrea dio por terminada su tijerita. Yo había notado su
orgasmo, las convulsiones de su almeja.
Me tumbó de lado en el suelo y colocó mi cabeza sobre los
muslos de Ernesto de manera que pude comenzar a comerme el pollón de mi maridito
sin dificultad, mis piernas las colocó Fabiola, juntitas las rodillas y
encogidas dejando mi almeja a la vista del artilugio y comenzó a follarme sin
piedad.
Andrea detrás de Fabiola, contemplando la escena y
masturbándola con la mano.
Yo estaba a punto de correrme de nuevo. Cogí con ambas manos
el leño de Ernesto y lo masturbe con ritmo y velocidad sin sacarme su capullo de
la boca. Le vi venirse como un latigazo, se arqueó y tuvo unas contracciones
bestiales. Su leche llenó mi boca y Fabiola que vio la jugada puso su dedo en mi
clítoris y empujó el falo negro hasta lo más profundo de mi almeja. Mi segundo
orgasmo.
Tenemos en casa un yacusi grandote. Entramos los cuatro a
bebernos la última botella de champán de la noche. Ernesto no sabía como
agradecernos, se deshacía en elogios a nuestras amigas y a mí misma.
Tú te lo mereces todo, mi amor. Le dije besándole como una
colegiala enamorada mientras ellas, como en los cines antiguos, en las películas
con final feliz, rompieron a aplaudir como tontas.
Al despedirme le comunique a Andrea que mi tendencia sexual
seguía siendo inequívocamente hétero, pero ella tras darme el beso de despedida
me susurró al oído. Ya veremos. Y del brazo con Fabiola se alejaron como habían
venido riendo, disfrutando su amor lésbico sano y sincero.
Creedme, se que se quieren.
PDT: No juzgues un gesto de amor si no lo comprendes, vive tú
tu propio amor.
Os sigo agradeciendo vuestros e-mail, vuestros piropos y el
que califiquéis mis relatos tan alto.
He cambiado de dirección de MSN y lo volveré a hacer cuando
se me sature éste. Sois multitud incontable mis admiradores. Es de lo que más
orgullosa estoy
Un beso apasionado te dejo querido-a lector-a.
Te quiero.