Karolina
La ventana indiscreta
Me desperté tarde, era una mañana de domingo. Antes de
casarme con Ernesto. Habíamos salido la noche anterior con los amigos y nos
habíamos acostado a las tantas, como casi todos los sábados.
Era verano y creo que fue el calor el que me desveló. Cuando
duermo en verano sola, y éste era el caso, lo hago como mi mamá me trajo al
mundo, desnudita. Hasta la mínima presencia sobre mi piel de un tanguita me
resulta incómoda.
Todos sabéis lo agradable que es ese espacio entre el sueño y
la vigilia, a medio dormir y a medio despertar, eso sí, con la tranquilidad de
saber que el maldito despertador no va a sonar propinándote la bofetada de todas
las mañana. Mmmmmmm, ¡qué placer ese retoce mañanero! Aunque duerma desnuda y
sea verano me gusta echarme una sabanita por encima, no es por el frío, sino
porque me proporciona como una sensación de protección, acogedora. Creo que la
mayoría de mis lectoras me entienden.
La ventana abierta dejaba entrar los sonidos típicos de la
mañana de domingo, pero lejanos, apenas susurrados y empujados por el sol que se
colaba y que atravesando limpio el aire se estrellaba en mi cama. En verano por
la mañana el sol cae directamente sobre mi lecho. Si no corro las cortinas puedo
tomar el sol desnudita en la cama, claro, en alguna ocasión ya lo hice.
Pues bien, a medio despertar tuve que bajar la sábana con la
que duermo hasta las rodillas, su paño blanco provocaba el famoso efecto
invernadero y me estaba cociendo debajo. Quedé desnuda, una ligera brisa fresca
alivió mi ardor, me observe de reojo, soy de un narcisista exagerado, mi piel
morena iluminada por el sol, la silueta estampada en blanco del bañador sobre mi
pubis, las sábanas suaves rozándome y el sopor del medio despertar me
sumergieron en una voluptuosidad increíble. Sensibilizaron mi piel y me llenaron
de un suave erotismo, como si el astro rey me estuviese acariciando en secreto.
Aún así seguía teniendo calor, pero no tenía ganas de
levantarme todavía así que decidí correr las cortinas, me levante y me dirigí a
la ventana, tomando alguna prevención me asomé a la calle, estaba en pelotas.
Pero no había nadie los domingos son días para no madrugar y la calle estaba
desierta. Fue en ese momento cuando lo vi, aunque simulé no verlo.
En una ventana cercana había un señor parapetado, agachándose
con unos prismáticos. ¡Me estaba observando el muy mirón! Salí de su ángulo de
vista y me fui al cuarto de baño, ya sabéis, el pis de todas las mañanas.
Sentada en el baño no podía dejar de pensar en el mirón, su
ventana era más alta que la mía y poseía una visión perfecta de casi todo mi
aposento. ¿Cuántas veces habría espiado mis movimientos? No puede evitar
imaginármelo con una mano en los prismáticos y otra en su pene.
No necesito deciros, si habéis leído mis anteriores relatos,
que no me desagrada en absoluto ser observada. Alimenta mi ego, me excita,
tonifica mi cuerpo y mi mente y me va predisponiendo para la sesión de sexo que
siempre anhelo y que afortunada e inevitablemente siempre acaba por llegar.
Así que volví a la cama, siendo perfectamente consciente de
la situación y me acosté disfrutando el momento. Habían vuelto a despertar la
zorrita que Karolina lleva dentro.
Ahora era yo la que jugaba con ventaja, acostada podía
vislumbrar de reojo la silueta de aquel voyeur, pero no le miraba para no
levantar sus sospechas. Si sus binoculares eran medianamente buenos, el hijo de
puta me estaba viendo como si estuviese sentado en el alfeizar de mi ventana.

Me puse nerviosa y excitada con la situación, me giré de
espalda y le ofrecí mi culito. Toma, mi amor, para que vayas abriendo boca.
Permanecí en la posición el tiempo suficiente como para que tomara conciencia de
la contundencia de mis traseras beldades. Seguro, pensé, tiene la bragueta a
punto de estallarle, seguro que mi culito pone tu polla a reventar. Y me reí por
dentro. Era la reina en aquella partida de ajedrez.
Volví a tumbarme boca arriba, el sol inundándome la piel,
cerré los ojos y procuré ignorar aquellos anteojos que espiaban mis intimidades.
Poco a poco fui recuperando la paz y sensualidad que la sorpresa habían
ocultado. Pero esta vez al solaz que proporcionaban mis suaves sábanas, la dulce
calidez de mi lecho y mis desnudas sensibilidades se unía la certeza de saberme
observada.
Mis pezones se erizaron sin querer, duros como rocas,
apuntando al techo. Ladeé como accidentalmente mi posición para enfrentar mi
chochito hacia la ventana indiscreta y recogí un pié sobre la rodilla de la otra
pierna, abriendo mis intimidades en un ángulo casi imposible y brindando al
espía el espectáculo que anhelaba.
Debéis creerme si os digo que tengo el coñito mejor arreglado
que hayáis visto, ya os comenté que tengo el láser hecho así que todo él ofrece
la piel blanca y lisa, sin marcas de depilaciones, ni granos rojizos que lo
afeen. Una tira de bello cuidadosamente perfilada prolonga el dibujo de mi
íntimo desfiladero. Perdonar si me extiendo pero quiero daros una idea de su
forma. No tengo los labios interiores grandes pero sí sobresalen unos milímetros
coronados en su unión por un clítoris que la madre naturaleza me otorgó
sobredimensionado. En fin un verdadero y artístico dibujo japonés.
Él me miraba, me observaba, me oscultaba como si fuese un
ginecólogo virtual. Lo sé.
Yo atisbaba en la lejanía, siempre de soslayo, los
movimientos de su mano enfocándome con precisión. Me mojé, me mojé mucho. Noté
como varias gotitas lubricantes y encendidas escapaban de la comisura de mis
labios horizontales resbalando por la unión de mis glúteos hasta mojar la
sábana.
¡Qué putita me sentía con mis piernas abiertas a aquel
extraño admirador! No puede contenerme más, baje mi mano a la fina tira de bello
púbico y comencé a jugar con él, mesándolo dulcemente, dejando bajar un dedo
ocasionalmente hasta mi botón de placer, para volver a subirlo y continuar con
el juego.
En una de las excursiones que mis dedos realizaban abrí mi
almejita con todos los matices de sus rosáceos contrastes, con dos de mis dedos.
¡Mira, cerdito, no has visto nunca una putita igual!, me dije.

Era consciente de que él podría sospechar que la obra que yo
representaba no era casual, pero si os digo la verdad, me importaba un comino.
Sabía que se estaba masturbando, lo sabía. E imaginar su tranca rabiosamente
dura y su mano ocupada me ponía más cachonda así que yo pasé también a la
acción.
Chicas que me leéis, no me podréis negar que la fantasía de
exhibirte, la hemos tenido todas en alguna ocasión. Yo he enseñado mucho, con
falditas cortas he mostrado mi culo unas veces entero otros más sugerentemente.
La transparencias en blusas me han ayudado a insinuar he incluso mostrar con
descaro el trasluz de mis pezoncitos y todas las artimañas que una mujer puede
buscar las he estudiado y refinado en la medida de mis posibilidades. Pero
aquella desnudez total y aquel descaro en el mostrar que estaba exhibiendo me
proporcionaron un estado de excitación desconocido.
Mi espectador era tan solo un fantasma tras una cortina, pero
encarnaba a todos los chicos a los que quieres mostrarte, a los que quieres
conquistar.
Me masturbe para él. Con dos dedos. Puse mi culito en pompa
contra la ventana y metí la mano bajo mi vientre, para que mi propio brazo no le
tapase el espectáculo. De espaldas no veía su ventana ni la mía, pero no lo
necesitaba, casi podía oler con la imaginación el perfume de aquel capullo al
ser agitado, subido y bajado hasta la extenuación y yo me penetraba rozando mi
clítoris al tiempo con una cadencia lenta al principio, pero que fue creciendo
como la de una locomotora a vapor a punto de estallar.
En el momento cumbre cuando me iba a venir, mi brazo libre se
dirigió certero por la espalda hasta alojar el dedo índice en mi empapado
culito.

No se cuantas convulsiones tuve fue un orgasmo largo y
prolongado por el dedito en mi culo. Quedé así, boca abajo sin deshacer la
posición en la que había terminado unos minutos, exhausta.
Cuando puede incorporarme, miré hacia la ventana, un señor de
unos cincuenta años, en pijama, permanecía asomado fumando un cigarrillo. Sabéis
lo que significa eso. El suyo también había tenido lugar. Miraba hacia mi con
disimulo. Pero yo estaba desafiante, desnuda fui hasta la ventana y antes de
cerrar los visillos de la ventana le tiré un beso con la mano, soplándolo para
que volara bajo el sol hasta aquella indiscreta ventana que tanto me había hecho
gozar.
Quiero terminar agradeciendo vuestros comentarios y vuestros
votos, si seguís así, enviándome esos maravillosos piropos en los comentarios y
votando excelente mis relatos, no tendré más remedio que brindaros algunos más.
Un beso dulce para todas y todos.
Sois un amor.