EL OASIS DE JUFRAH (XII, última entrega)
12. El Sheik
En algún lugar de las vastas arenas del noroeste de la Arabia
Saudí —en el Oriente Medio— está el desierto de An Nafud.
Y en algún lugar del desierto de An Nafud, está el
paradisíaco oasis de Jufrah, dominios del Sheik Abdul Nassim Rahman.

En el interior del serrallo, la rubia Anuska, bella esclava
del poderoso jeque, meditaba profundamente.
Sus pensamientos la habían trasladado muy lejos de allí en el
espacio y el tiempo, hasta su infancia en su comarca natal, aislada en medio de
los montes Cárptatos, al este de Rumania.
Desde que huyera de Dejlad, con sólo catorce años de edad,
para escapar de su matrimonio con el lascivo señor Blaga, Anuska no había vuelto
a su pueblo natal. En Bucarest, sola y sin dinero, había caído en manos de una
red de tratantes, y había permanecido más de diez años en el sur de España,
explotada por Madam Rosalyn. Finalmente, nueve meses atrás, había sido comprada
por el Sheik Abdul Nassim Rahman.
En todo este tiempo, casi quince años, Anuska no había tenido
la menor oportunidad de ponerse en contacto con su familia, ni había tenido
noticias de ella.
Lo que su amiga Isabel acababa de contarle sobre la
magnanimidad del Sheik, había decidido a Anuska a intentar algo que había estado
en su mente desde que llegara a Jufrah. Había esperado el momento indicado. Y el
momento había llegado.
Como todas las tardes, el Sheik había elegído entre sus
esposas, concubinas y esclavas, a aquélla que tendría el privilegio de pasar la
noche con él. En esta oportunidad, el Sheik había elegido entre sus esclavas.
Las veintiséis muchachas se habían presentado ante el Sheik.
Habían bailado y danzado para él, procurando mostrarse bellas y deseables. El
gran señor del oasis de Jufrah las había observado con detenimiento, y había
conversado con la mayoría de ellas, como gustaba de hacer.
Habitualmente, el Sheik elegía más de una esclava; pero hoy
había elegido sólo a una. Y había elegido a Anuska.
Hacia el atardecer, tres sirvientas llegaron al serrallo para
empezar a preparar a la elegida del Sheik. Anuska se despidió de sus compañeras
más cercanas. Isabel le hizo un guiño, deseándole suerte.
Las simpàticas sirvientas condujeron a Anuska a un hammam
privado, donde su cuerpo sería cuidadosamente acicalado y aderezado para agradar
a los sentidos del Sheik.
Comenzaron por lo que a Anuska, como a todas las esclavas,
menos le agradaba. Purificar las cavidades corporales de la esclava era un paso
muy importante.
Las tres sirvientas desnudaron a Anuska y la acostaron de
espaldas sobre una estera de junco, a fin de higienizar y purificar su cuerpo,
para hacerlo digno de yacer con su dueño y señor.
Una de las sirvientas apareció con una enorme pera de goma,
llena de una solución desinfectante y aromatizante. Tenía el tamaño de un pomelo
y se prolongaba en un pico de diez centímetros. Anuska, que como todas las
esclavas ya conocía el procedimiento, lanzó un suspiro de resignación, y separó
las piernas. La sirvienta tomó cuidadosamente los labios de la vulva de la
esclava, los separó, e introdujo la punta de la enorme pera en la vagina. Cuando
el pico estuvo metido en su totalidad, apretó el pomo hasta vaciar su contenido.
Anuska, que odiaba las duchas vaginales, juntó las piernas y
se esforzó por retener el líquido. Diez minutos después, la sirvienta le hizo
una indicación. Anuska se incorporó, se puso de cuclillas sobre una fuente de
losa en el piso, y dejó que el líquido fluyera de su interior.
Volvió a acostarse sobre la estera en la misma posición, y la
sirvienta repitió toda la operación. Diez minutos después, la vagina y vulva de
Anuska habían quedado perfectamente higienizadas y perfumadas para su señor.
Otra de las sirvientas apareció a continuación con un
irrigador de enema, lleno de solución evacuante.

Anuska volvió a suspirar, y se colocó en cuatro patas sobre
la estera. Bajó la cabeza, levantó la cola y separó las piernas. La sirvienta
separó las dos nalgas y abrió el orificio anal. Introdujo con cuidado la cánula,
y la hizo girar y avanzar hasta bien adentro. Abrió la llave del irrigador y el
líquido comenzó a llenar el vientre de la esclava. Anuska observaba cómo el
líquido iba descendiendo en el recipiente, mientras sentía su vientre cada vez
más pesado. Cuando el irrigador quedó vacío y el vientre de la esclava
completamente hinchado, la sirvienta retiró la cánula.
Anuska se esforzó por retener el líquido, hasta que la
sirvienta le indicó que ya podía vaciar su vientre.
Anuska se incorporó dificultosamente, y se dirigió casi
corriendo hasta la fuente de losa. Se sentó, y con gran alivio dejó que el agua
y las heces cayeran al recipiente.
Luego debió aguardar casi quince minutos, hasta que el resto
del líquido en sus intestinos, empezó a pujar por salir. Anuska fue nuevamente
hasta la tinaja y vació su vientre.
Resignadamene, volvió a ponerse sobre la estera en la misma
postura del principio, y la sirvienta le aplicó una segunda enema. Toda la
operación se repìtió.
Terminada por fin esta parte, Anuska suspiró aliviada. Todo
lo que seguía era mucho más fácil. Se lavó los dientes con esmero y enjuagó su
boca con agua de rosas. Por fin, todas las cavidades de la esclava estaban
purificadas, y dignas de recibir en su interior el instrumento de su señor.
Las tres sirvientas condujeron a Anuska al sector del baño y
la piscina.

Provistas de esponjas naturales, jabones aromatizados y
regios perfumes, se esmeraron en bañar y friccionar cada parte del cuerpo de la
esclava elegida, incluso las partes más íntimas. En especial, las partes más
íntimas.
Procedieron a hidratar y humectar su piel con cremas y
aceites, para que fuera suave y tersa, agradable a los sentidos de su señor.
Lavaron sus rubios cabellos, y los cepillaron hasta que
brillaron como el oro.
Se abocaron a sus uñas de manos y pies, y se esmeraron en
acicalarlas y lustrarlas hasta hacerlas brillar como el nácar.
Llegó el momento de elegir los ornamentos para aderezar su
cuerpo, a fin de sumar a sus encantos naturales, los del oro y las piedras
preciosas. Prendieron delicados adornos de oro en sus pezones, y alojaron una
brillante esmeralda en su ombligo. Rodearon su largo y fino cuello con un collar
de plata. Y colocaron brazaletes de oro en sus brazos, puseras en sus muñecas y
ajorcas en sus delgados tobillos. Delicados anillos adornaron los dedos de sus
manos y de sus pies.
A continuación, peinaron y ornamentaron su cabello, y
maquillaron delicadamente sus ojos. Dieron brillo a su labios y color carmín a
sus mejillas.
Y por último, la ataviaron con sugestivos y ceñidos ropajes
de seda y tul, recamados de oro. Los cuales, lejos de ocultar, destacaban aun
más los deliciosos tesoros de su cuerpo.
Cuando Anuska estuvo lista para presentarse ante el Sheik, se
la veía bella y radiante. Difícilmente lo estuvieran en mayor medida las
celestiales huríes que reciben a los fieles bienaventurados en el paraíso de
Alá.
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Anuska entró a los aposentos del Sheik y de inmediato se echó
al suelo. Caminando a gatas, casi arrastrándose, avanzó reptando sobre la larga
alfombra roja y negra. Apoyó la frente en el suelo y permaneció así, a un
respetuoso par de metros del sillón de su dueño y señor, aguardando a que éste
le diera permiso para alzar la cabeza.
A una indicación del Sheik, Anuska se incorporó un poco,
permaneciendo de rodillas, con la cabeza gacha. Como siempre, el Sheik se mostró
muy interesado por trabar conversación, y saber cómo se encontraba su esclava.
Como al resto de las esclavas, a Anuska no le desagradaba el
Sheik. Por supuesto, era extremadamente orgulloso, como suelen ser los hombres,
y más aun los hombres en su situación. Acostumbrado desde niño a ser el centro
del universo, el Sheik no era precisamente un dechado de humildad. Era un
poderoso jeque, y para ello lo habían educado.
Pero era un hombre de buen natural, justo y ecuánime, y
Anuska siempre se había sentido bien tratada. Pese a su humilde condición de
simple esclava, nunca se había sentido menoscabada ni humillada por su señor.
Salvo, claro está, lo que era esperable y pertinente, dadas la magnificencia del
Sheik y la insignificancia de su esclava...
Si le hubiera tocado un marido como el Sheik, pensaba Anuska
con tristeza, no hubiera tenido necesidad de huir de Dejlad...
El señor del oasis de Jufrah tomó un par de copas rebosantes
de jugos de fruta —con el pecaminoso agregado de una cierta cantidad de alguna
bebida espiritosa, lo suficientemente pequeña para no despertar en demasía el
enojo de Alá... Alcanzó una copa a su esclava, y ambos bebieron y conversaron,
la esclava siempre de rodillas ante su amo y señor.
Por fin, el Sheik le hizo una seña.
Anuska se acercó de rodillas, hasta quedar entre las piernas
de su señor. Empezó a rebuscar entre los abundantes y lujosos ropajes del Sheik,
hasta encontrar lo que buscaba. Tomó el divino instrumento en sus manos, y lo
introdujo en su boca.
Durante la siguiente media hora, la boca de Anuska —labios,
paladar, lengua y dientes— y sus habilidodos dedos, proporcionaron toda una gama
de agradables sensaciones al Sheik, que debió hacer esfuerzos titánicos para que
la noche no acabara repentinamente allí...
Casi con desesperación, el Sheik alejó a Anuska de su
entrepierna y la tomó del talle. La alzó y la depositó de espaldas sobre una
pila de almohadones. Lentamente fue quitando las tiras de exquisita tela dorada
que cubrían escasa y caprichosamente su voluptuoso cuerpo. No era una tarea
demasiado complicada. Todo la vestidura de Anuska había sido cuidadosamente
dispuesta para desprenderse con sólo un dedo, con apenas tocarla.

Anuska, ahora sólo ataviada por los adornos dorados y
plateados, se incorporó y se colocó frente a su señor. Comenzó una danza muy
sugestiva, que hizo que los ojos del Sheik brillaran como dos llamaradas. El
Sheik no soportó más preámbulos, y casi con violencia volvió a tomarla y
desprendió los dorados adornos de sus pezones.
Ahora la boca del Sheik y sus habilidosas manos, recorrían
todo el cuerpo de la esclava. Sus labios, dientes y lengua, trabajaban
incansablemente sobre los pezones de Anuska, y bajaban a lo largo de su vientre
hasta el tesoro de su entrepierna.
Como siempre en estos casos, el Sheik no tenía el menor
apuro. Estuvo en esta tarea no menos de dos horas, disfrutando con todos sus
sentidos de los encantos físicos de su bella esclava rumana.
De vez en cuando volcaba el contenido de una copa sobre los
redondos senos de Anuska, o sobre los rosados labios de su vulva, uniendo así al
placer del sexo, el del paladar.
Recorría todo el cuerpo de la esclava, besando lamiendo y
mordisquando. Desde los ojos, pasando por la boca, y todo el resto del cuerpo,
hasta los dedos de los pies. Y volvía a empezar.

Por fin, el miembro endurecido del señor de Jufrah se
posicionó en la entrepierna, a la entrada del santuario de Anuska. Delicada pero
firmemente, el ariete arremetió con todas sus fuerzas contra las puertas de la
fortaleza, y con toda la caballería lanzada en ataque tomó posesión de ella.
Anuska hacía lo imposible para no exteriorizar lo que su
cuerpo estaba sintiendo. No era correcto que una esclava gozase. Estaba allí
para goce y placer de su dueño, no para obtenerlo ella.
Pero las habilidades del Sheik no eran para nada desdeñables.
Y Anuska, como toda mujer cuyo cuerpo está siendo estimulado en todas las formas
posibles por un hombre que no le desagrada, no podía evitar que profundas
oleadas de placer la recorrieran de pies a cabeza, una y otra vez, hasta hacerse
casi insoportables.
El Sheik retiró el miembro y puso a Anuska boca abajo.
Ahora, el sublime miembro del señor de Jufrah buscaba
alojarse en el pequeño y apretado orificio de la esclava, que yacía con la
cabeza apoyada en un almohadón, con su desnudo trasero en alto, completamente
ofrendado a su señor.
El Sheik pasó su mano a lo largo de su endurecido miembro,
chorreante de sus jugos, y con auténtico deleite lubricó morosamente el orificio
anal. Anuska gimió de placer, y de inmediato ahogó como pudo tan impertinente
exteriorización.
El glande del Sheik se posicionó a la entrada de la estrecha
abertura, y con firmeza comenzó a avanzar. Entró y salió una y otra vez, durante
más de media hora. Se detenía unos segundos, y volvía a empezar. Con la cabeza
en la almohada, Anuska intentaba desesperada e infructuosamente ahogar todos los
jadeos y suspiros que irremediablemente, irrespetuosamente, escapaban de su boca
entreabierta.
De pronto, el Sheik se arqueó hacia atrás hasta casi partirse
en dos, y con una verdadera explosión descargó toda su divina sustancia en el
interior de su esclava. Anuska, creyendo desmayarse, hundió la cara en el
almohadón, y como pudo disimuló un orgasmo largo e intenso, que parecía no
acabar más.
El Sheik, exhausto y empapado en sudor, haciendo un verdadero
esfuerzo, se incorporó unos centímetros y se derrumbó de espaldas sobre los
almohadones, donde permaneció algunos minutos, jadeando.
Anuska, con su orificio completamente irritado y ardiéndole,
despegó la cara de la almohada y se dio vuelta. Segura de haber gozado y
exteriorizado más de la cuenta, miró fugazmente al Sheik, con una expresión de
culpabilidad que significaba: "Lo siento, mi señor, no pude evitarlo". De
inmediato volvió a bajar la vista, como correspondía a una sumisa esclava.
El Sheik, ya repuesto, tomó dos copas rebosantes de jugo de
frutas y le extendió una.
Anuska sabía que había llegado el momento. El Sheik estaba de
excelente buen humor, como todo hombre cuyas necesidades sexuales acaban de ser
satisfechas con creces.
Anuska había aprendido, en los nueve meses que llevaba como
esclava en el oasis de Jufrah, que se podía conversar muy bien con el Sheik.
El señor de Jufrah era un apasionado de esas singulares
criaturas que eran las mujeres; un sibarita que gustaba de disfrutar del sexo
femenino en todas sus formas, y gustaba mucho de conversar con ellas, fuesen
esposas, concubinas o una simple esclava. Desde la llegada de Isabel, por
ejemplo, el Sheik había empezado a estudiar español.
Anuska sabía que en opinión del Sheik, las mujeres no eran
gran cosa. La inteligencia y el buen juicio no estaban, evidentemente, entre los
elementos de que las había dotado Alá. Pero a cambio de ello, eran
extraordinariamente bellas y encantadoras. De hecho, la mayoría de las veces, el
señor de Jufrah pasaba tanto tiempo conversando con ellas como haciéndoles el
amor.

A sus cuarenta años, su harén incluía mujeres de todos los
puntos del globo, lo cual lo había llevado a aprender inglés, francés, italiano
y ruso, y y más adelante español y portugués. Ültimamente, hacia esuerzos por
familairizarse con el mandarín, el japonés y el bantú, y se esforzaba por
conversar en estas exóticas lenguas con las esclavas correspondientes.
El Sheik estaba muy complacido con su colección de bellas
mujeres.

No así, en cambio, con su colección de autos lujosos —la otra
gran debilidad del Sheik. No estaba tan provista como el señor de Jufrah lo
hubiese deseado. Tenía veintiséis esclavas, además de varias concubinas y
esposas. Pero sólo siete autos.
Porque, lamentablemente para el Sheik, los autos lujosos eran
bastante más caros que las mujeres...
Por extraño que pudiera parecer, pues, allí en pleno desierto
del Oriente Medio, un jeque árabe y su esclava rumana se comunicaban en la
lengua de Cervantes. Bien que con algún que otro desliz gramatical.
Anuska, echando mano a toda su habilidad, se las ingenió para
encaminar la conversación hacia donde lo necesitaba. En poco tiempo, el Sheik
estaba escuchando algunos episodios de la atribulada vida de su esclava rumana,
episodios que oía por primera vez.
Ahora Anuska le hablaba, con ojos vidriosos, de su madre
Doina, y de cómo había tenido que separarse de ella, con tan sólo catorce años.
Y cómo daría cualquier cosa por volver a verla.
—¿Y no has tenido noticias de ella desde entonces? —preguntó
el Sheik, muy interesado.
—Ninguna, mi señor. Ni ella de mí.
El Sheik se había puesto muy serio. Miró a Anuska y le hizo
levantar la cabeza, y mirarlo a los ojos.
—En primer lugar, que una esclava manifieste desear algo, es
de una soberbia inconcebible, y de una insolencia intolerable.
—Lo sé, mi señor.
—Debería enviarte ya mismo a azotar.
—Sería lo justo, mi señor —contestó Anuska, con gran
obsecuencia...
—Sólo mis deseos son importantes, y dignos de ser
complacidos. Así lo dispone Alá.
—Alá es justo y sabio, mi señor.
—Lo que tú, una mujer, y menos aun, una simple esclava,
puedas desear, carece por completo de importancia
—Es verdad, mi señor.
—El único pensamiento que debes tener, es el de servir y
complacer a tu dueño y señor.
—Para eso existo, mi señor.
Lentamente, un rayo de esperanza se había encendido en el
corazón de Anuska. Si el Sheik estuviera realmente enojado y pensando en
rechazar su pedido, Anuska lo sabía, ya lo hubiera hecho.
El Sheik quiso saber más de Rumania, de la región de los
Cárpatos, y de la comarca de Dejlad. ¿Era el pueblo natal de la esclava Anuska
un lugar digno de ser visitado?
—Lo único que mi señor verá allí, será pobreza e ignorancia
—dijo Anuska con tristeza.
El Sheik se incorporó y, desnudo como estaba, comenzó a
caminar por todo el recinto. Anuska, que por respeto al Sheik también se había
incorporado y se había colocado de rodillas sobre los almohadones, lo miraba ir
y venir. El Sheik no era mal parecido. Y se conservaba en buena forma.
—En el hipotético caso que te permitiera visitar ese lugar
—dijo el Sheik al cabo de un rato—, deberías hacerlo acompañada de alguno de mis
visires.
Miró a Anuska.
—He pagado una buena suma de dinero por ti, y quiero que
regreses.
—Lo haré, mi señor —contestó Anuska de inmediato, con el
corazón casi saltándole del pecho—. Mi señor tiene mi palabra, por lo que ella
pueda valer.
El Sheik se quedó unos minutos pensativo.
—Bien —dijo, volviendo a recostarse en los almohadones—.
Aunque tus deseos, los deseos de una esclava, no son para nada importantes, debo
atender a mis propios deseos. Los cuales sí son particularmente importantes.
—Es lo correcto, mi señor.
—Es claro que permanecer tanto tiempo separada de tu familia
te está acarreando un gran sufrimiento. Y no sería conveniente que sufrieras en
demasía. Es sabido que el sufrimiento envejece—continuó el Sheik—. Y mi deseo es
que te conserves joven y bella durante mucho tiempo...
Epílogo

Doina Basescu había cumplido 61 años, y acababa de enviudar.
Su irascible marido Panait había muerto el otoño pasado de muerte natural a los
78 años.
Estaba preparando la cena para sus hijos, cuando oyó la
campana. ¿Quién vendría a visitarlos?
La mayor parte de sus nueve hijos (varones) ya no vivían con
ella. La mayoría de ellos se habían establecido en la ciudad, algunos como
exitosos profesionales en Bucarest, para orgullo de su difunto marido Panait.
Las mujeres, como era de esperarse, continuaban viviendo en
Dejlad, la mayoría casadas con distintos hombres de la comarca.
Tres de sus hijas, aún no solicitadas en matrimonio, seguían
viviendo con ella. Roxana de 21 años y Daniela de 18. Y Nadia, de 15, que aún
intentaba reponerse de su primera, traumática "inspección".
Y también los dos varones más jóvenes.
Eugen de 16 años, amo y señor de la casa, a quien todas las
mujeres debían respeto y obediencia, incluida Doina; so riesgo de conocer el
rigor del temido "caballete". Y el pequeño Tudor, de 12 años, el benjamín de los
Basescu.
Doina no debía preocuparse demasiado por sus hijas. En
general, dentro de lo que una mujer podía esperar en Dejlad, todas estaban
teniendo una vida aceptable.
Incluso la pobre Ruxandra había tenido sus momentos de
felicidad. Pese a que su marido, ese cretino juerguero de Traian Stanescu, no
había cambiado nada...
Pero la mayor preocupación de Doina, lo que estaba empañando
sus años de vejez, era la hija que no estaba en ninguna parte, de la que nada
sabía. La pequeña e inquieta Anuska, que se había marchado...
¿Cuándo...? En 1921, si no le fallaba la memoria. Hacía
catorce o quince años...
Desde entonces, nada había sabido de ella. Doina había
llorado durante mucho tiempo. Había rezado durante muchos años, pidiendo a Dios
que le trajera de vuelta a la pequeña Anuska. Pidiendo al cielo al menos una
señal, un indicio de que estaba con vida, en algún lugar del mundo.
Pero al final, se había dado por vencida. Hacía algunos años,
Doina había dejado de rezar y pedir. Sabía que era inútil. Que los milagros no
ocurren.
La campana volvió a sonar. Tomó el bastón y empezó a caminar
lentamente hacia la puerta. Sus pies descalzos vacilaron un poco sobre la
irregular escalera de piedra. Veintiún embarazos (los dos últimos fallidos, a
los 49 y 51 años) habían dejado sus huellas en ella. Caminaba con dificultad y
algo encorvada.
Salió al jardín y comenzó a avanzar por el senderito de
piedra hacia la entrada. Una mujer rubia, elegantemente vestida, estaba de pie
frente a la verja, con una maleta en la mano. Con la mano libre, sostenía en su
cabeza un vistoso sombrero de alas anchas contra la fuerza del viento. Por el
modo de vestir, era claramente una forastera. ¿Qué querría?
Doina continuó avanzando, ayudada por su bastón.
Y entonces, los pies descalzos de Doina se detuvieron en seco
sobre las baldosas de piedra, y su bastón de caña empezó a temblar. Se quedó
mirando en dirección a la entrada, y sus ojos empezaron a abrirse grandes, muy
grandes.
Tal vez estuviera equivocada, pensó Doina. Caminó un poco
más, y miró un poco más. Tal vez estuviera equivocada respecto de los milagros.
Volvió a caminar otro trecho, y volvió a mirar hacia la verja. Y por fin, se
llevó la mano libre hacia la boca, ahogando un grito.
Doina supo esa tarde, después de 15 años, que a veces los
milagros ocurren.
A veces se aparecen por allí, cuando ya no lo esperas.
Y se quedan de pie delante de la verja del jardín,
sosteniendo su sombrero, con su cabello rubio agitado por el viento.
Y luego te miran, y empiezan a sonreír. Y diez segundos
después, empiezan a llorar...
FIN