AMIGO DE MI ALMA
Una joven explica a su ex el porqué de la ruptura y le cuenta
toda la historia de su infidelidad con un amigo muy especial.
Querido Marcos, te felicito. El desayuno me ha sentado mal gracias
a tu mensaje. ¿Por qué te empeñas en averiguar las razones de nuestra ruptura?
Siempre me extrañaba tu manía de analizar cualquier tontería, saborear tus
desvaríos, extraer alusiones inexistentes. De hecho, es una de las razones, ¿lo
sabías? Has destrozado mis nervios. Voy a contártelo todo y te daré tantos
detalles que te atragantarás con ellos.
¿Te suena el nombre de Iris Murdoch? Es mi escritora favorita. En
una novela suya, “El hijo de la palabra”, aparece un personaje misterioso, un
tal Cristian. Un homosexual inteligente que sabe cocinar a perfección. Desempeña
el papel de tutor intelectual para el protagonista y lo apoya en los momentos
difíciles de su vida. A base de dicha imagen surgió el retrato de mi amigo
ideal. Una vez me sinceré con mi hermano. Claro, Raúl se burló de mi fantasía:
-
¿Quieres que un tío así sea tu confidente y te deleite con sus platillos?
¿En qué piensas, loquilla? Concéntrate en tu relación con Marcos. Seguramente te
has inspirado en una película de mierda, con Madonna y Rupert Everett. ¡Qué
asco!
-
Te compadezco, hermanito. No tienes la mente abierta. Lo de Madonna es
superficial en comparación con lo mío, aunque tampoco está mal.
-
Voy a llamar a un psiquiatra. Necesitas una consulta.
-
Igual que tú. A lo mejor te dirán una receta de originalidad. Entonces
dejarás de ser tan previsible y pesado.
Qué ironía. Precisamente mi hermano organizó la fiesta donde mi
sueño se hizo carne. ¡Y qué carne! Me consta que careces de imaginación, pero
intenta dibujar la figura de un hombre rubio, elegante, con aire esteta y cierto
desdén en su sonrisa. “¿Cuál es su nombre?” – pregunté al primer chico
que páso a mi lado. “Ni idea. Pedro debe estar al tanto”. Crucé la sala
como un fantasma y ataqué a Pedro. Me miró de una manera rara. “Se llama
Garreth. Es medio irlandés. No le van las chicas. Las detesta. No pierdas tu
tiempo, bombón. ¿Te apetece bailar?” “No, gracias, - balbucí
distraída. – Otro día será. Dios ha oído mis oraciones”. Me giré sobre
mis talones y fui directamente hacia el blanco de mi interés. Al acercarme me
quedé embobada. Parecía que alguien le había modelado de acuerdo con mis deseos.
Lucía un cuerpo espectacular. Sus ojos eran nórdicos, entre gris y azul, de
mirada profunda. Un pendiente de diamante derramaba fuegos fríos en torno a su
oreja.
-
Hola, Garreth. ¿Qué tal? Soy…
-
Diana. No suelo hablar con las tías. Me aburren. No voy a mandarte a
freír espárragos porque eres hermanita del anfitrión. ¿Seguimos?
¡Vaya inicio! Tragué la píldora e intenté
deslumbrarle con mi inglés. Charlamos de todo alternando dos idiomas. Me explayé
sobre el folklore y la música celtas, paisajes verdes de Irlanda, bares de
Dublin… Estaba dispuesta a remover cielo y tierra para caerle bien y ganar su
confianza. Al final de la fiesta obtuve mi premio – el número de su móvil.
-
Te felicito. No tienes cerebro de mosquito, - me echó un piropo dudoso. –
Sin embargo, te falta mucho para desenvolverte bien. El entorno de tu hermano no
favorece al desarrollo personal. Si quieres aprender más, ponte en contacto.
-
Es un gran honor, Garreth - titubeé sin creer en mi suerte. – Sobresales
de la multitud. Contigo sí podría evolucionar y aprender. ¿Vas a ser mi amigo?
¿Mi tutor?
-
No vayas tan rápido. A su tiempo maduran las uvas.
Loca de contenta, te llamé y volví a concretar una cita que había
cancelado. Aquella noche no peleamos. Mis pensamientos flotaban en el céptimo
cielo. Mientras me hacías sexo oral (pésimo, en las mejores tradiciones tuyas),
recordaba la voz hechicera de mi nuevo conocido, entonaciones irónicas, agudas
como el filo de una navaja. Ni siquiera noté el momento exacto cuando me
montaste y bombeaste mi cuerpo con tu torpeza habitual. Me importaba un
pimiento. Lo que realmente importaba era mi futura comunicación con Garreth que
prometía tanto… Me alegraba de que le atrajeran los hombres. Así no habría sexo
de por medio. Iris me entendería.
*
Poco a poco, palmo a palmo, iba ganando su respeto. Todo salía a
pedir de boca. Hicimos buenas migas. Nuestra amistad se reforzaba cada día. Me
encantaba el ambiente refinado de su casa. Garreth sabía elegir las telas,
combinar los colores, dar un toque exquisito con inciensos… A veces me topaba
con algún amante de turno – un guaperas vicioso que relamía los labios y jadeaba
después de un maratón sexual. Pese a la aparente frialdad, mi “maestro” poseía
un temperamento volcánico, necesitaba varios revolcones diarios (¡me confesó que
casi siempre la tenía erecta!). Exhibía su cuerpazo sin pudor alguno. No podía
evitar fijarme en su pecho depilado, en sus músculos maravillosamente
trabajados, en su paquete impresionante que se marcaba bajo unos shorts
ajustadísimos… ¡Qué delicia! Reconocía su atractivo, pero no le veía como objeto
de deseo. Era mi alter ego, mi paño de lágrimas, mi sabio consejero… Por eso
prefería su compañía a la de mis amigas. Por eso empezaban a irritarme tus
ajetreos de gallina despistada. Por eso soportaba las broncas que armaba mi
hermano (Diana, ¿no te da vergüenza congeniar con un tipo que me mataría
gustoso? ¡En su muñeca hay un tatuaje – “¡Muerte a los homófobos!”). Sí, mi
admiración rayaba en idolatría. No lo niego.
Nos reuníamos todos los lunes, a la hora de la cena (igual que en
la novela, jajaja). Sus experimentos gastronómicos me sorprendían gratamente.
Conocía los secretos de muchas cocinas nacionales. Me costaba un esfuerzo
sobrehumano verte después de nuestros festines. Menos mal, gracias a una riña
contigo, me puse histérica y me quedé a pasar una noche en su piso. La
casualidad se convirtió en una norma. Por supuesto, dormía en su cama (sólo
había una). No había que temer un acoso de su parte, aunque, te confieso que un
acoso tampoco me espantaría.
Nunca olvidaré la tarde cuando nos metimos juntos en la ducha,
cansados de correr por el parque… Garreth me enseñó a pasar de los prejuicios
relacionados con el desnudo. Te aseguro que me portaba con mayor naturalidad
despojándome de la ropa. En el cuarto de baño comprobé definitivamente que
estaba mucho mejor dotado que tú y mis novios anteriores. “Tienes un cuerpo
agradable para la vista” – comentó en un tono neutro como si hablara de un
cuadro o una estatua. Aún así, me halagó. No podía competir con sus tíos
atléticos, creados para la orgía, pero no me quejaba de la falta del atractivo.
Sospeché que fuera bisexual, pero no, me lo aclaró tajantemente. Por
consiguiente, no había “peligro” cuando me enjabonaba entera, me lavaba el pelo,
me daba masajes relajantes con aceites esenciales. Y yo le hacía lo mismo, con
todo el placer del mundo, no lo dudes. De hecho, nos gustaba charlar en la
bañera, sumergidos en el agua perfumada, bastante pegaditos. ¡Qué emoción! Me
sentía una ninfa paseando en cueros por sus habitaciones lujosas, cubierta tan
sólo por mi larga melena negra. Orgullosa, erguía el pecho para realzar mi
cintura de avispa, mis grandes y bien moldeados glúteos. ¡Eso es Libertad! No sé
si me entiendes, tus tabúes te han encerrado en un callejón sin salida. Ningún
médico te va a curar, pobrecito.
Un giro radical en nuestra relación se produjo cuando me acostumbré
a contarle mis problemas contigo. “La sexualidad está ligada a la imaginación,
- dijo Garreth. – Tu novio es un crío, tú eres más madura. (Me refiero a la
edad psicológica). No ofrece nada para tu imaginación, no te salen fantasías
sugerentes con él. Además, su escasa experiencia y su carácter conservador le
hunden más. La ruptura es inminente”. Un día vine a su casa especialmente
tensa, harta de tus chantajes baratos. Él también lo veía todo negro por haber
cortado con un adonis favorito y por haber batido un record lamentable (dos días
sin follar). Descargamos nuestro mal humor en un gimnasio. Mientras nos
duchábamos, ocurrió algo imprevisto. ¡Empezó a masturbarse delante de mis
narices! “No me leas la cartilla, - interrumpió mi moraleja incoherente.
– La furia me revienta. Debo recurrir a un remedio eficaz. Ayúdame a hacer
una buena paja”. No dejé escapar la oportunidad de tocar un milagro. La
verdad que mis actividades sexuales merecían la definición “pasividades”. Me
cobijaba en un nido de fantasías donde mi amigo era el único protagonista y de
esa manera aguantaba los polvos que me echabas. Reparé en una tendencia
inquietante: durante las conversaciones filosóficas con Garreth me desviaba al
ámbito de otras conjeturas: “¿Qué sentiría si restregara su cosota por mis
nalgas?”, “¿Y si me taladrara con su herramienta?”, etc. Los
remordimientos no me salvaban. Menos mal, ahora disponía de su propia licencia
para satisfacer parcialmente mi curiosidad.
Realicé un excelente trabajo manual aunque no me atreví a meter su
ariete en la boca ni probar el semen. “Gracias, está bien, eres un cielo, una
amiga genial” – me lo agradeció el muy sinvergüenza y, sin darme tregua,
pagó con la misma moneda. Me pasó por todo el cuerpo una esponja impregnada de
jazmín poniendo énfasis en las zonas de pechos, muslos, entrepierna… Mi piel se
puso tan sensible que se estremecía de un roce. Sus ágiles dedos, hurgando en
mis profundidades, me subieron a la cumbre de euforia. ¡Qué rico me corrí!
Podría componer un caleidoscopio con variedad cromática de mis sensaciones. Si
hubieras vivido mil años, no hubieras adquirido semejante talento. No sabías, no
sabes y no sabrás pulsar las cuerdas del placer femenino. Para ti el clítoris y
el punto G siempre serán conceptos abstractos. Le pregunté cómo lo ocurrido
concordaba con sus principios. Y él, inmutable, contestó que un ligero petting
sin penetración no suponía una amenaza para ellos. Se trataba de un caso de
urgencia y no había que darle vueltas al asunto. Nos abrazamos cariñosamente
riendo de su ingenio. A partir de entonces no tuvimos reparos en quitar el
estrés uno a otro.
Nuestro primer 69 no se hizo esperar. Un zapping nos llevó a
una película porno. Recordé que no lo había probado contigo por razones obvias,
me lo propuso y se cerró el trato. Estábamos algo tomados y muy calientes. Me
lancé a devorar su “jamón” sin falsos arrumacos, ansiosa por exprimirle todos
los jugos, hasta la última gota. Entretanto, él se enfrascó en la tarea de
degustar la miel de mi colmena. ¡Menuda experiencia! Dar y recibir… Provocar
convulsiones y sucumbir al mismo estímulo… Me lo comía magistralmente, a un
ritmo ideal, pendiente de mis temblores. Una mezcla perfecta de ternura e
insistencia. Creo que mi vagina se asombró por una atención tan exclusiva y
reaccionó con varios orgasmos. Muy pronto unos chorros divinos recompensaron mis
esfuerzos creativos. Esta vez no hubo arcadas, ninguna mueca agria desfiguró mis
facciones. Sólo excitación y muchísimas ganas de ir más allá. Y una amplia
sonrisa en mi cara embadurnada. Por cierto, en otras ocasiones experimentamos
con bolitas chinas, bondage… en fin, no voy a especificar por el miedo a herir
tu sensibilidad.
Las diversiones que acabo de describir no calmaron mi sed. Lo
contrario. Me obsesioné por la idea de lograr algo más esencial en mis entrañas.
Ya no le veía como tutor ni consejero. Me enamoré perdidamente. Para colmo,
empecé a torturarme con celos. Mi lucha interior se reflejó en los estudios. Los
apuntes mugrientos dormían en un rincón. Durante las clases evocaba escenas
voluptuosas y esbozaba retratos de Garreth (incluyendo imágenes de su
musculatura y su apetecible tronco, jajaja). Olvidaba la presencia de profesores
y alumnos transportándome en una dimensión paradisíaca donde mi ídolo me poseía
en todas las posturas. “Dame duro, amor”, - susurraba a lo largo de aquellos
momentos mágicos. Un día me desprendí de realidad hasta tal grado que emití un
gemido poco decente en plena conferencia. Pedí perdón y expliqué al profe que me
dolía un brazo dislocado. No sé si me lo creyó. Sería ingenuo…
Llegué a un punto de ebullición que me obligaba a actuar. Las
emociones despedazaban mi alma con sus colmillos de tigre… El lunes, a la hora
fija, me presenté en su casa y declaré sin tapujos:
-
Lo siento, Garreth. No puedo ser tu amiga. Te deseo demasiado. Sé que te
dará asco poseerme como mujer, pero he pensado una cosa. Me respetas, me
admiras, te has corrido a menudo en mi puño y en mi boca, me has acariciado con
entusiasmo, ¿verdad? Entonces trata de imaginar que soy un jovencito afeminado y
tómame por el culo. No lo he probado, me da susto y, sin embargo, lo acepto si
es la única manera de tenerte. ¿Qué dices? – y saqué del bolsillo un bote de
lubricante como si fuera prestidigitador. Mi amigo soltó una sonora carcajada.
-
¿Qué significa? ¿Debo irme para siempre?
Hice ademán de marcharme y de repente… ¡oh,
cielos!… me interceptó y plantó un besote que me derritió hasta los huesos.
-
Acepto encantado. Hace falta salir de la rutina.
-
Nada de baños ni preliminares. Sexo puro y salvaje.
-
Ok, tú eliges.
Escalofríos de impaciencia azotaban mi cuerpo. El camino al
dormitorio parecía eterno. Allí me desvestí en cuestión de segundos temiendo que
cambiara de opinión. Desnudé a Garreth y me alegré al notar que mostraba una
erección considerable. Un pensamiento malévolo atravesó mi cerebro: “Así será
fácil ponerle los cuernos a Marcos. Vía anal o no… ¿Qué importa?”. Adopté
una postura adecuada y quedé a la espera de una invasión dolorosa (prefería un
dolor con él en vez de NADA que solía experimentar contigo en los últimos
meses). Sus dedos trazaban círculos de fuego sobre mi espalda y palpaban mi
trasero en pompa. Reprimí un suspiro de pánico y compadecí al agujero ignorante
que debería ser profanado. ¡Cuál fue mi sorpresa cuando sentí una presión en
otro “territorio”! ¡Me penetró a lo “normal”! Estaba más que húmeda, por lo cual
se deslizó rápido hasta el fondo iniciando un vaivén alocado.
-
¿No te da asco? Lo haces muy bien, Garreth, - pegué un grito de alivio.
-
Gracias, cariño, - gritó en respuesta, agarrando mis pechos. – Pero hay
un problema. Me llamo Daniel.
-
¿Acaso no eres medio irlandés?
-
No. Todos mis familiares son rubios, por eso tengo una pinta un poco
extranjera. Además, he vivido en Inglaterra e Irlanda. Domino inglés como la
lengua materna.
-
Jaja, qué gracioso. ¿Y acaso no te gustan los hombres?
-
Siempre he sido mujeriego. No he practicado sexo con varones.
Por poco detuve el movimiento frenético de
mis caderas ante tal descubrimiento. Me pellizcó los pezones con fuerza para que
volviera a entrar en acción.
-
Conocí a tu hermano en una fiesta privada. Nos enseñó tu foto y contó tu
fantasía sobre un “tutor” estilo Oscar Wilde. Me enganché en seguida. Y decidí
hacer un experimento. Pasar por tu amigo especial y conquistarte sin que lo
sospecharas. Había muchas ventajas esconderme bajo un escudo homosexual. Así
podía desinhibirte, tocarte, acostumbrar a mi presencia…
Las arremetidas pasionales nublaban mi
mente. Tuve que esforzarme mucho para no perder el hilo de la historia y olvidar
por un rato esa verga maravillosa que balanceaba al borde de lo delicado y lo
violento.
-
¿Lo sabía mi hermano? ¿Sabía que eras “disfrazado”?
-
No. Cuando me vio por primera vez no me recordó por haber estado borracho
como una cuba. Su pandilla tampoco me conocía. Difundí el rumor sobre “Garreth”.
Los que sabían guardaban silencio.
-
¿Y el tatuaje?
-
El tatuaje se lava. Ya ves, conseguí elaborar una imagen convincente.
-
¿Y los jovencitos viciosos?
-
Mis cómplices. Les invitaba a la hora de tu llegada y ellos montaban un
espectáculo.
-
¡Qué buenos acto-o-ores! – un orgasmo demoledor me sacudió de pies a
cabeza.
Me perforaba hasta el útero, lo más
profundo que hay, pero todo me parecía poco. Por primera vez anhelaba una
simbiosis absoluta con mi amante, una simbiosis que traspasaba fronteras
carnales.
-
Sí. Yo también. Cumplí una tarea sobrenatural – encubrir mi atracción por
ti. De ahí viene la leyenda sobre la erección permanente. Igual que otro mito –
“ligero petting que no supone una amenaza para mis principios”. En realidad lo
inventé con tal de aliviarme un poco y resistir a la tentación de ensartarte de
una vez por todas.
Las palabras explícitas tuvieron un efecto
inmediato. Volví a aumentar el ritmo proyectándome al encuentro de su
ametralladora. ¡Dios, qué gozada! Seguro que desconoces esa sensación
vertiginosa de un coito bien llevado: el cuerpo y el alma se mecen en unos
columpios, a punto de caer, pero se mantienen en su sitio y sólo echan un
vistazo al fondo del abismo.
-
¿Y qué? La espera valió la pena, ¿no? – mi voz sonaba tan débil y
entrecortada que en otras circunstancias me burlaría de mí misma.
-
Nena, no me pones a cien, no me pones a mil, ¡me pones a millón! Nuestro
polvo vale una fortu-u-una! – su miembro duro empezó a palpitar, dispuesto a
regarme con toda su “fortuna”.
-
No importa que seas Garreth o Daniel. Sólo importa una cosa: ¡te AMO! ¡Te
amo, mi amo!
Nuestra risa explosiva se mezcló con otra
explosión, más fuerte que lo de torres gemelas. Me vi arrasada por una tormenta
de latidos y contracciones… Por fin me hallaba en aquella dimensión paradisíaca
que turbaba mi tranquilidad durante las clases.
La noche fabulosa no tenía fin. El cansancio se olvidó de nosotros.
Un testigo pensaría que habíamos comido un plato aderezado con afrodisíacos. Y
en realidad se trataba de una liberación de energía sexual, acumulada en los
meses del “juego”. Asimismo las nieves dormidas van formando un alud. Nuestro
alud no nos mató, sino resucitó para una vida llena de sol. Me gustaría
compartir contigo nuestras travesuras, pero necesitaría un día para exponerlo y
tengo otros planes. Es que los recuerdos fascinantes recuperaron mi apetito.
Siento una hambre canina… en todos los aspectos.
Creo que te arrepientes de haberme pedido “detalles”. Hay un relato
sobre el tema – “Jardín secreto”. Una mujer abrió por casualidad el cajón donde
su marido guardaba papeles privados. Así se enteró de que tenía otra esposa, un
hijo-retrasado mental, epilepsia congénita y un montón de deudas. Al final dijo
a sí misma: “Voy a vivir como si no hubiera tocado el cajón”. ¿Cuál es la
moraleja? No hace falta pisar el “jardín secreto” (espacio personal, dicho de
otro modo). No sabes cuántas víboras encontrarás por ahí. ¿Para qué me
perseguías y me hacías odiarte? Debías entender que coincidimos a la edad de 18.
Unos años más tarde cada uno tomó su propio camino. Nuestros caminos actuales no
convergen. Resígnate. Garreth-Daniel sí me complementa. El vínculo que nos une
no es puramente sexual. Para nada.
No intentes pillarnos en la ciudad. Estamos en Mallorca. Lo pasamos
fenomenal. Mi amor se ha puesto tan moreno que parece un caramelo… que voy a
zampar ahora mismo. Por cierto, te manda un saludo cordial… ¡Ay! No puedo
permanecer sentada, un cosquilleo nace en mi interior y me lo impide. Mis dedos
se resbalan del teclado. Prefiero teclear sobre las zonas erógenas de mi nuevo
novio. Espero que hayamos estampado el último sello sobre la lápida de nuestra
relación.
¡Hasta siempre!