Tengo una fijación: las italianas. Y una debilidad: las
pelirrojas. Luego, si la pelirroja es italiana, estoy perdido.
También puedo decir que tengo suerte y que soy un tanto
despistado. Todos estos elementos se aliaron para desembocar en la siguiente
historia.
Siempre tuve suerte. Para algunos es un don, para otros,
estar en el momento justo en el lugar oportuno. Para mí es tan natural como mis
ojos grises o la voz ronca. No pienso que tengo suerte, sé que la tengo y basta.
Las piernas de Alessandra, italiana y pelirroja, se enredaban
con las mías, nerviosas. Sentía su sexo deslizándose sinuoso por mi muslo,
quemándome la piel, dejando a su paso un rastro húmedo de cera derretida. Sus
dientes mordisqueando mis tetillas, presionando lo justo para que la caricia
oscilase entre el dolor y el placer. Debían de estar a punto de expirar los
treinta minutos de tregua que me concedía entre asalto y asalto.
Mientras aún se filtraba por los visillos la luz de una tarde
agonizante, yo quería seguir mirándola un poco más, deslizar las yemas de los
dedos por la curva de sus caderas, apenas rozándola, subiendo por la espina
dorsal, lentamente, y terminar en su nuca para volver a empezar. Conocía el
efecto relajante que le producía y quería que me hablase.
-"Mío caro, ¿sabes qué día es hoy?" Habíamos tenido una
mañana tranquila, una tarde de pasión y la noche prometía. "No la jodas ahora
metiendo la pata", se me ocurrió pensar.
-"¿Uhmmm? ¿Ves lo contento que pones al soldadito cuando me
dices esas cositas?" Haciendo que el soldadito, con una ligera contracción de
los músculos del perineo, se hiciese notar entre mi entrepierna y su ombligo. Un
truquito para distraer la atención, mientras pensaba a toda velocidad: "¿Qué
cojones se celebra hoy?"
-"¡Pero qué mamarracho eres! Hace 50 semanas que nos
conocimos. 48 desde que te trasladaste a mi casa. Me merezco un bonito regalo de
aniversario".
-"¿Te parece bien un viaje? Podríamos aprovechar los quince
días de julio en que vienen tus hijos. Estarán encantados de no tener a mamá
controlando sus idas y venidas". Una parejita de pre-adolescentes malcriados por
los que yo no sentía ningún aprecio; mutuo desprecio. En su caso, aderezado por
la suficiencia moral que caracteriza a un mocoso de trece años sobre el chulo
cuasi-cuarentón de mamá. Jodidos enanos, dando siempre donde más duele.
-"Estupendo. Ya me cuesta una fortuna el colegio inglés, para
tener a esas sanguijuelas chupándome la sangre todo el verano. Que cargue su
padre con ellos". No era una mala madre, pero si una madre práctica.
-"Sólo una pregunta: ¿Se celebra el hito histórico del primer
polvo que echamos o la memorable fecha en que empecé a ahorrarme el alquiler?"
Qué le vamos a hacer, soy así, un tocapelotas profesional.
-"Regálame un crucero por las islas griegas…y ahora, no te
hagas más de rogar…mío caro".
No lo puedo remediar, los cariñitos en italiano me ponen como
una moto. Y ver a Alessandra a cuatro patas, con los codos cara apoyados en la
almohada, mirándome burlona y meando el culito en un "a ver si aciertas a la
primera", aún más burro me puso. Dejó de mirarme burlona un segundo después.
Nos habíamos conocido casi un año antes, como sutilmente me
acababa de recordar, en un evento social de esos en los que se expone la obra de
un pintor, previa a la inauguración oficial. Arrastrado a él, en contra de mis
principios, por una acompañante circunstancial y amante ocasional.
El truco consiste en vender las obras más interesantes ese
día, dejándolas con el cartelito de "adquirida" y provocar al incauto visitante
a comprar antes de que se agoten las existencias.
Se exponía una variopinta colección de cagarrutas o zurullos
pictóricos, bien enmarcados, eso si.
Luego tocó saludar a una interminable colección de marujas.
Mi circunstancial acompañante era la que saludaba, yo me dedicaba a cazar al
vuelo cuanta copa se ponía a tiro encima de una bandeja.
En una de las incursiones de aprovisionamiento, me fijé en
Alessandra, una isla de simpatía y naturalidad en un océano de marujas
impertinentes y de falsas sonrisas. Parecía tan fuera de lugar como yo entre
aquella fauna.
Destacaba por su altura, la impresionante melena pelirroja,
la elegancia de su sencillo vestido de cóctel, atrevido, pero sólo lo justo,
finos modales y una cara, que sin poder calificarse de guapa, atraía todas las
miradas. El ateo confeso de mi parte consciente, le recriminaba a mi
subconsciente que estuviera rezando para que fuese italiana.
Hasta que un pesado vino a sacarme del estado contemplativo
en que me encontraba.
-"Perdone, joven. ¿Podría darme su opinión sobre la obra? ¿No
es divina?" Joder, ya no me acordaba de la última vez que se habían dirigido a
mí en esos términos. Ahora que, comparando mi edad con la del fósil que
preguntaba, arrobado y levitando ante una porquería de cuadro, no era de
extrañar.
-"Yo diría que el artista ha conseguido captar de forma
sublime la cualidad, subyacente e intrínseca, adornada son sutiles referencias
hiperbólicas, del concepto abstracto…" El tío seguía levitando, y a punto de
babear, con el académico discurso.
-"¡DEL PUNTO GORDO! No te jode". Pobre viejo, casi lo mato
del susto.
-"Yo habría sido un poco más sutil, pero no andas muy
descaminado. Deduzco que no te entusiasma la exposición". Y allí estaba ella,
hablándome y mirándome entre divertida y sorprendida. Mirándome por encima de
una nariz que sólo podía ser romana y con un ligerísimo acento. Casi me meo en
los pantalones.
-"No está tan mal…el güisqui es bueno". No sé por qué, pero
me pareció que no podía pasarme de listo con ella. Así que, en caso de duda,
mejor pasar por gracioso que por listillo.
-"¡Ja, ja! Así que no merece la pena que insista, parece que
no vienes dispuesto a comprar ningún cuadro. Pero eso lo hubiera jurado nada más
verte".
-"¿Son tuyos los…? Vale, ahora aparecerá un segurata en
cualquier momento y me pondrá de patitas en la calle. Así que, perdona, pero
tengo prisa. Tengo llevar a la abuela al asilo". Es que me habría dado de
hostias. Me entra una italiana pelirroja y la cago por bocazas. ¡Gilipollas,
mamón…tuercebotas!
-"¡Ja, ja, ja…ja, ja, ja…ja, ja, ja!" ¡Se estaba partiendo el
culo de risa! Y no podía parar.
Terminó poniéndome una mano en el hombro, mientras con la
otra se sujetaba las costillas. Me miró a la cara…y vuelta al descojone. Ahora
soltando unos hip, hip, hip, entrecortados con las carcajadas. Las
conversaciones fueron muriendo a nuestro alrededor y todas las miradas se
clavaron en nosotros, con lo que consiguieron que yo me pusiera del color del
tomate y que ella se cagara de risa.
-"Perdone, señor. Me permite, señora. Disculpen, la señorita
necesita tomar el aire". La tenía trincada por la cintura y ella a mí por el
cuello, mientras nos dirigíamos a la salida de emergencia del local. Yo muy
serio, un perfecto caballero, y ella soltando aún alguna que otra risotada.
Se fue calmando poco a poco, con otro acceso de hilaridad
cuando me preguntó por mi abuela, pero al cabo de diez minutos ya volvía a estar
en su sano juicio.
-"No me puedo creer el espectáculo que hemos dado. Tendré que
entrar y disculparme con el pintor. No es una actitud muy profesional la mía".
Un discurso muy bonito, pero lo soltaba entrecortadamente, con una sonrisita y
torciendo los labios para reprimir otro acceso.
-"Entonces, tú…quién…? Seguíamos manteniendo el contacto
corporal. Seguro que eso ayudó a que calmara mi perplejidad con un besito casi
maternal.
Pero es que no me va nada el rollito materno-filial. Antes de
que intentara dar por finalizado el cariñito y se disculpara con una chorrada
del estilo de "gracias por hacerme reír, pero ahora tengo que volver", estaba
poniendo en práctica la estrofa de una canción del Sabina: "Pero si me provocan,
yo también sé jugarme la boca, yo también sé besar".
Debí sacar buena nota en el examen oral. Al cabo de diez
minutos de comernos el morro con fruición, con gran escándalo de los viandantes,
ni ella pensaba en vender un cuadro más (resultó que era la marchante), ni yo
volví a mencionar a la supuesta abuela.
Lo de comernos el morro es una expresión muy gráfica, pero
poco adecuada para describir un acto de naturaleza esencialmente romántica:
tierno al inicio, casi dubitativo, procediendo con orden, primero un labio (sin
lengua, salidos, eso viene después), después el otro, luego ambos. Ahora ya se
puede poner en juego la lengua (cuando digo poner en juego, no estoy diciendo
meterla hasta la campanilla), acariciando con ella la cara interior de los
labios, limpiándole los dientes (por fuera y por dentro), con suaves movimientos
circulares (queda fatal meter la lenguaza a estocadas, como quién trincha un
pavo). Una vez llegados a éste punto, habiendo tenido la precaución de situar la
cabeza con un ligero ángulo de inclinación (eso evitará que aplastemos la nariz
de nuestra amada y provoquemos su precipitada retirada buscando oxígeno),
podremos, ahora si, iniciar la penetración oral propiamente dicha. Salvo en
casos muy desesperados, da igual que se penetre por arriba que por abajo, mejor
poco a poco, educadamente. Lo que sigue a continuación ya no merece mayores
explicaciones; ya somos mayorcitos para que nos sermoneen.
¡Qué cojones de buena nota! ¡Matrícula de honor! Por algo, de
jovencito, me llamaban el rey del filete. El que tuvo, retuvo.
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Un caradura muy educado, sarcástico hasta la exasperación,
tronchante cuando le da por ser gracioso, muy mal hablado, irritantemente
despreocupado, un genio con el dinero, elegante cuando quiere, egoísta, soñador,
romántico cuando toca y, si, sabe besar. Besa como los ángeles. Así es mi Jorge.
En vista de que ha pasado por alto cuanto a mí se refiere,
típico en él (yo, luego yo y después también yo), tendré que presentarme como es
debido y dar mi versión de los hechos, sin exageraciones.
Un ejemplo, que ilustra lo difícil que es sacarle tres
frases:
-"No sé, diría que tienes un cierto parecido con Adriano
Celentano". Un halago, cualquiera se lo tomaría como un halago, ¿no?
-"Vale, ¿pero ése no se ha muerto…de viejo?"
-"No, aún respira. Lo decía por tu voz y por lo jeta que
eres".
-"Así que no es por guapo…qué desilusión".
-"¿Pero tú sabes quién es?.
-"Claro, un italiano…¿actor?". Para matarle.
Jorge tiene una extraña fijación con las italianas, pero yo,
además, soy romana. Todo romano, por el hecho de serlo, se considera un noble,
muy por encima del resto de los mortales y sólo un peldaño por debajo de los
dioses. Pues yo lo soy por parte de padre y de madre, ininterrumpidamente desde
el siglo XIV, y más aún, de ser ciertas las genealogías familiares que se
remontan hasta épocas imperiales. Nobles arruinados, lo reconozco, pero
orgullosos de sus orígenes y aún bien relacionados con los poderes económicos,
políticos y religiosos.
Dichas relaciones me permitieron venir a España, con apenas
veinte años, e iniciar mi carrera de marchante de arte con los contactos
necesarios.
Aquí conocí a Fabio, hijo de otra ilustre familia romana,
riquísima. Nos casamos, no podía ser de otra manera. En los tres años que duró
el matrimonio, tuvimos dos hijos: Andrea (un chico. En Italia es nombre de
chico) y Angélica (una chica. En Italia también es nombre de chica). Fabio
resultó ser un estúpido engreído, cocainómano, perdidamente enamorado de un
efebo guapito y seropositivo. Podría haber soportado sus tres últimas
"cualidades", pero no aguanto a los estúpidos engreídos.
Me dejó una bonita casa, una generosa pensión y libre para
hacer mi real gana. De los niños se ocupó, hasta que murió, su abuela paterna.
Después se ocupó el internado. Son tan estúpidos y engreídos como su padre.
El día que conocí a Jorge estaba de los nervios. La
exposición del dichoso pintor, infame y sobrevalorado, no me producía buenas
vibraciones, hacía más de tres meses que no tenía un amante que me dejara
satisfecha (una suerte tener a Natalia a mano) y estaba a punto de bajarme la
regla.
No podía creerme que aquella porquería de cuadros de
vendieran tan bien. ¡Y a qué precios! Estaba rodeada de ansiosos compradores
cuando le vi, taladrándome con la mirada. Parecía estar en trance. Me sentí
orgullosa y aumentaron mis nervios.
La culpa la tuvieron los malditos nervios. Me pilló
desprevenida tanta desfachatez. Le había visto entrar del brazo de una de mis
potenciales clientes, así que no pude evitar una sonrisa cuando le oí dar
aquella peregrina contestación al comprador, reírme por su caradura con la que
me dio a mí y estallar cuando nombró a su abuela y puso aquella cara de
confusión. Parecía auténtica confusión.
No soy una cualquiera, dispuesta a caer en brazos del primero
que pasa. Soy sociable. Aunque la mayoría de los hombres confunden una cosa con
la otra: son así de simples. Me encanta conocer gente y charlar, todo lo
contrario que Jorge, al que le cuesta un triunfo mantener una conversación de
más de tres frases, a no ser que se hable de él o de sus negocios...¡hombres!
Soy selectiva en mis relaciones. Aún tengo la edad, que no
voy a confesar, y el tipo necesarios para llevarme a la cama a quién me dé la
gana, aunque hace años que dejé de ligar con cachas y guapitos…crean más
expectativas de las que suelen cumplir.
Cuando me equivoco, no hago un drama de ello, pero tampoco
doy segundas oportunidades. Soy una romántica ¿no se nota?, pero cuando se trata
de follar lo tengo muy claro.
También soy bisexual, monógama, sin complejos.
Volviendo al día en que conocí a Jorge, estaba abochornada
cuando salimos a la calle, pero era incapaz de dejar de reír. Creo que fue una
válvula de escape para las tensiones previas acumuladas. Cuando me serené,
estaba tan relajada que creía estar flotando en una nube. Y no es cierto que
pensase en volver a la exposición. Estaba pensando en otra cosa.
Ya he dicho que no soy una zorra. Me gusta besar y que me
besen con dulzura y pasión. Me ponen frenética los cretinos que, apenas te rozan
los labios, ya te están sobando los pechos. Tengo que reconocer que, en eso,
Jorge es un cielo. Me hizo olvidar hasta los silbidos que nos dirigían los más
audaces transeúntes, sin soltarme la cintura y sin intentar meter la otra mano
ni bajo el vestido ni en mi escote. Eso me puso más caliente aún. El
considerable bulto contra el que me restregaba también contribuyó lo suyo.
Fui yo la que paró el taxi. Me acordé del abrigo que había
dejado dentro, pero no quería que nos tropezáramos con su acompañante y tener
una escenita.
Fui yo la que di mi dirección: el primer partido no me gusta
jugarlo en campo contrario.
Fui yo la que se lanzó sobre su cuello: quería dejarle un
buen chupón de recuerdo. Un antiguo amigo, de pueblo, decía que yo marcaba así
los toros de la ganadería. Un zoquete.
Él fue quién tuvo que decirle al taxista que se fijase más en
el trayecto y menos en el retrovisor.
Le había dado la noche libre a Natalia. Es mi empleada de
hogar, interna. También mi única amante femenina, eso creo que ya lo había
dejado claro.
Ni yo me meto dónde y con quién pasa las noches libres, ni
permito que ella cuestione mis elecciones. Pero no tenía ninguna gana de
aguantar su mirada inquisitiva. Yo sólo tenía ojos para Jorge, mientras lo
desnudaba, a empujones por el pasillo, en dirección al dormitorio.
Los hombres son todos unos zafios desnudándose, así que me
gusta hacerlo a mí. Y torpes, cuando la desnudan a una; así que también me gusta
hacerlo yo solita, mientras me miran y babean. Si algún día decido cambiar de
profesión, siempre tendré futuro como striper.
Reconozco que no soy una experta mamando pollas, aunque
experiencia no me falta, pero no tengo vocación. Lo suplen, con creces, mis
otras habilidades.
En cambio, Jorge, es todo un experto vocacional. Espero que
no termine mamando pollas, como mi ex…no, después de un año, esas cosas se
notan.
Tampoco soy multiorgásmica, no despierto a los vecinos con
mis alaridos y, cuando me corro, igual que cuando ligo un full de ases-reyes,
voy con el resto. De flujo, bien, gracias, lo justo para lubricar y que no roce.
En cambio, mis pechos, sin ser grandes –lo eran, pero me los
operé-, son magníficos para lucir generosos escotes; mi trasero provoca infartos
por la calle cuando me siento juguetona, –me disfrazo de hortelana y salgo a la
caza de un buen nabo- y mi vagina es una auténtica Minipimer, con unos músculos
capaces de cortar en rodajas un pepino. Me entreno tres veces por semana,
llevando puestas unas pesadas bolas chinas todo el día. Mis amigas hacen aerobic
o spining para mantener el tipo, yo me entreno para destrozar pollas; cuestión
de prioridades.
Y ya está bien de contar intimidades. Los detalles morbosos
se los dejo a Jorge, que es un cerdo escribiendo guarradas.
Una cosa más. Casi seguro que Jorge se ha olvidado del
crucero, es muy capaz. Le diré a Natalia que se lo recuerde, después de comerle
la polla; si se lo cuenta antes, se le olvidará de nuevo.
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¡Joder, el puto crucero!