Karolina
El autobús
De nuevo cojo el ordenador para escribiros. Saludos a todos,
pero muy especiales para ese grupo de lectores que me habéis animado a seguir
escribiendo. Gracias por vuestros literarios piropos. Con vuestros votos
llegasteis a ponerme líder en los cien relatos más votados. De nuevo gracias. Y
paso a contaros.
No me gusta conducir, me da pánico, me pongo nerviosa y
siempre creo que acabaré estrellándome contra alguna farola o atropellando a
alguien. Y aunque tengo el carné y un par de coches es siempre Ernesto, mi
marido, el que conduce.
Por qué os digo esto, pues para explicaros la razón de que
para mis salidas de compras o con mis amigas siempre coja el autobús.
Por las mañanas suelo ir al gimnasio, es una actividad que me
ha creado adicción. Bicicleta, aeróbic, algo de elíptica y algo de pesas, bueno
de pesas muy poco, no me gusta estar demasiado musculosa. He conseguido tener el
culo mas duro del barrio y eso le gusta a los chicos, un culo hermoso, respingón
y duro, que se marca en mis vestidos o en mis vaqueros con contundente tersura.
Ya os dije que es la parte de mi cuerpo que más me gusta.
Voy temprano porque Ernesto se levanta prontito para ir a su
trabajo y yo me levanto con él, así cuando vuelvo, tengo tiempo para mis cosas,
entre ellas el escribiros.
Al principio, lo que más me fastidiaba era el puñetero viaje
en autobús, a esas horas va hasta los topes, lleno de curritos que empiezan su
jornada, te sientes incómoda entre tanta gente, pero acabé acostumbrándome.
Poco a poco cogí una costumbre, la de elegir el lugar exacto
donde situarme, favorecer a la causalidad y escoger la compañía dentro de la
muchedumbre. Una chica como yo no pasa desapercibida, con un metro y setenta y
cinco centímetros soy más alta que muchos chicos y más alta, por supuesto que la
mayoría de chicas, así que te acosan en cuanto te descuidas y en menos que canta
un gallo puedes verte merodeada por algún tío guarro o mal oliente. En fin, para
evitar disgustos oteo al entrar en el autobús la fauna existente y marco mi
terreno entre los ejemplares que me resultan más satisfactorios.
Alguna vez entre los escogidos me he topado con algún
aprovechado que se rozaba contra mi culito o contra mis senos, pero como había
sido mi elección pues aguantaba el tirón y dejaba que el hombre pasase un buen
rato. Ya me entendéis. Y yo poco a poco le iba cogiendo gusto a los viajes.
Pues bien, esta costumbre ha ido degenerando, os explico. En
los primero días iba al gimnasio desaliñada, tampoco horrorosa, siempre llevo mi
pelo castaño oscuro impecable y siempre huelo bien, pero iba en chándal con la
bolsa de deporte y zapatillas, vamos, lo normal para ir al gim.
Pero mi obsesión de elegir compañía hizo que cambiase esta
costumbre y comencé a acicalarme más de lo habitual, con el peligro que ello
conlleva, por supuesto.
Hace unos dias tuve la experiencia que hoy os escribo.
Antes de salir para el trabajo Ernesto se entretuvo más de lo
habitual conmigo, aquella mañana estaba de un salido horroroso, con su pene duro
incapaz de bajarse, y mientras estábamos en el baño, yo desnudita y recién
duchada se puso de un pesado insoportable, por más que le decía que iba a llegar
tarde, no podía convencerle de que parara. Se colocó detrás de mí, mientras me
arreglaba en el espejo, coló su polla entre mis muslos y comenzó a jugar.
Muévete, me dijo, y yo sumisa, ya lo sabéis, siempre sumisa a mi maridito,
comencé a bailarle, sin música un reguetoncito con mi culo. En pocos momentos,
entre la gotita que se le escapaba a él y la que se me escapaba a mi, aquello
resbalaba de lo lindo. Rozaba su prepucio en mi chochito y me estaba poniendo
cachonda, cosa no difícil de conseguir.
Cada día me gustas más, me dijo. Esas galanterías me vuelven
loca, así que comencé a gemir, cosa que le vuelve loco a él, gimo como una
zorrita refinada, suave y silenciosamente, pero con toda la carga erótica que un
buen gemido puede transmitir, sin abrir la boca, dejando escapar el gemido entre
nariz y garganta. Se lo aconsejo a mis lectoras. Ernesto no puede aguantar mucho
cuando gimo de ese modo. Aún sin haber penetrado mi chochito se corrió como un
bendito. Toda mi almejita quedó bañada de esperma y el sobrante resbaló dulce y
cálido por el interior de mis muslos.
Conclusión, Ernesto marchó para su trabajo tranquilo y yo
quedé intranquila, muy intranquila. Eso de que me calienten y hasta luego, no es
que lo lleve mal sino que me deja un cuerpo de putita permanente hasta que no me
satisfagan. No necesito explicarme más.
Mis pezones quedaron duros, mi almeja cociéndose en su jugo y
toda mi sensibilidad sexual despierta y en alerta máxima.
Vestirme para ir al gimnasio en esas condiciones trajo las
consecuencias lógicas. Me apañé un ridículo tanga negro transparente que no
consigo colocar, pues se desliza hacia mi rajita con el más mínimo movimiento,
encima un vestido de esos que parecen de premamá, cortito, un poco más alto de
medio muslo, con mucho vuelo y unos zapatillas negras para no pasarme de altura.
No lo pude resistir y me hice dos coletas. A los 22 años y sin maquillar doy el
pego, puedo aparentar diecinueve. Eso sí, me perfumé con una fragancia a base de
jazmín que me encanta.
En el vestidor de mi dormitorio me quedé extasiada,
mirándome, os lo confieso soy algo narcisista. Mi aspecto no dejaba lugar a
dudas, una niña calentona. Me dediqué una última sonrisa y salí para el
gimnasio. Como allí tengo mi propia taquilla, solo llevo ropa limpia para
cambiarme cada tres o cuatro dias y en ese mismo viaje me traigo la usada. Así
que me colgué un bolsito mediano y ala, a rodar.
El autobús tarda unos veinte minutos en llevarme al gim, pero
no tarda nada en llegar, es una línea muy frecuentada, ya os comenté. Al subirme
noté como se rezagaba a propósito un cuarentón para subir detrás de mí y
contemplar mi faldita y mi culo. Éramos varios los pasajeros que esperaban y
muchos los que ya tenía el autobús, así que me demoré en la escalera algún
tiempo, casi podía notar su aliento en mi culito. Tiré a propósito una moneda al
suelo y me agaché para mostrarle mi culo desnudo, apenas atravesado por la fina
tira de mi tanga. No lo vi, pero sí se que me vio. Desde un escalón más abajo y
con mi cuerpo arriba y arqueado hacia alante, seguro que contempló más de lo que
esperaba. Yo me sonreí por dentro. ¡Qué zorra me sentía! Creerme seguía mojada
desde lo del cuarto de baño con Ernesto. Su eyaculación había marcado aquella
mañana.
Intuía que el cuarentón iba a seguirme detrás, y elegí un
viejo con su periódico recogido para ponerme frente a él, me pareció un señor
tranquilo. La intuición femenina rara vez falla, el mirón me siguió y se colocó
justo detrás de mí. El transporte como siempre, abarrotado, casi no necesitabas
agarrarte para no caer. Al arrancar se produjo nuestro primer contacto,
accidental, pero certero. Mi culo impactó contra su bragueta y él, galante
separó su cuerpo del mío. ¡Qué tierno! Aún así la masificada concurrencia hacia
imposible que en las curvas, frenazos y acelerones el contacto se repitiera una
y otra vez, yo poco a poco me iba arqueando imperceptiblemente para que mis
duros glúteos le sobaran y él galante siempre, volvía a retirarse. Pero noté que
la textura de su paquete iba cambiando, tomando la típica contundencia
amorcillada. Normal, una niña como yo, oliendo como yo y trabajando como yo
consigue lo que se proponga.
Mis pezones erizados no pasaron desapercibidos para el viejo,
bastante más bajito que yo y al que mis tetas le quedaban a la altura de la
barbilla. ¡Vaya situación!
En la siguiente parada sucedió lo temido. Otra avalancha de
pasajeros. La presión aumentó y por sí sola hizo imposible que el cuarentón
siguiera evitando el contacto. Abandonó la lucha y yo, triunfante encaje mi culo
contra su polla que ya no quiso ni supo disimular más y se convirtió en un leño
pétreo. Me recordaba tanto la situación del cuarto de baño que inmediatamente me
volví a mojar.
Él al notar que no me molestaba sino todo lo contrario cambió
de actitud, se rozaba con descaro, sintiendo en su verga el valle de mi trasero
y jugando con su pene entre mis glúteos, del uno al otro y yo de arriba abajo,
de abajo arriba y otra vez de arriba abajo, provocando como la puta que Ernesto
había despertado en mí.
Os dije antes que la intuición femenina no suele fallar pero
yo me equivoqué con el viejo. Un escalofrío de sorpresa y placer me recorrió al
sentir una mano topar sobre mi vestido con mi chocho. ¡Era la mano del viejo!,
la había dejado caer con disimulo y con los movimientos de la carretera
aprovechaba y me tocaba con el reverso de sus dedos el vientre , el límite de la
faldita, los muslos, cada vez con más frecuencia y cada vez con más demora.
Yo tenía uno de mis brazos elevado agarrando la barra del bus
y el anciano aprovechaba la circunstancia para bajar algo la cabeza y topar
contra mi sobaco y mi teta. Sólo una lectora femenina y caliente podrá calibrar
el éxtasis que me embargaba. Una polla armada y dura sobando mis culo y una mano
indecente hurgando mi delantera, yo excitada desde mucho rato atrás, sintiendo
sobre la liviana tela de mi vestido el falo que me acometía.
El abuelo no paró ahí, envalentonado por mi falta de
resistencia deslizó la mano bajo el vestidito y la puta de Karolina le abrió las
piernas, en un plis plas sus dedos merodeaban mi descolocado tanguita mojándose
en las mieles de mi excitación.
Lo estaba soñando o era cierto. ¡Joder, qué placer y que
excitación! El abarrotado transporte dotaba de impunidad a nuestro contubernio.
Uno de los ancianos dedos se arqueó y esquivando la minúscula tela se colocó
justo en la mitad de mi hendidura ¡Cómo lo movía el cabrón!, sabía donde frotar,
me penetraba para mojarse y salía para masajear mi clítoris, mientras las
subidas y bajadas de mi trasero atacante tomaban ritmo y derretían mi arito
trasero en el fuego de la pasión.
No sé cuantas paradas fueron, ni cuanto tiempo. Me pareció
soñar. Noté que el cuarentón se iba a correr, eso se nota, y apreté mi culo
contra él. Las contracciones de su eyaculación y las del dedo del viejo
provocaron mi orgasmo, que me sacudió como un huracán desde los pies hasta la
coronilla. Una pasajera cercana desvió la mirada al notar los jadeos del orgasmo
del señor y creo que adivinó lo que allí sucedía. El viejo al notar mis
contracciones me miró y me dedicó una sonrisa, aún con su dedo índice alojado en
mi interior.
La tranquilidad que invadió a mi marido hacia un rato me
inundó esta vez a mí. Cierto que no suele durarme demasiado. ¡Qué se le va a
hacer!
La última imagen que recuerdo es la de las miradas de mis
parteners al bajarme del autobús, totalmente incrédulas, perdidas como si les
hubiese visitado un extraterrestre. Sin duda mi mejor viaje en autobús.
PDT: No dejéis insatisfechas a vuestras mujeres, es peor.