Carolina
El jefe de Ernesto
Hola de nuevo, me encantó comprobar que mi primer relato os
ha gustado. Creerme es un placer doble, el primero por que disfruto al contaros
mis aventuras y el segundo por lo maravillosos que sois mis lectores.
He recibido infinidad de felicitaciones y os lo agradezco.
Todo esto me ha animado a haceros una segunda entrega. Y no
me enrollo más. Gracias de nuevo.
Como todos sabéis mi marido Ernesto me demostró en el viaje
de novios que era un cornudo consentido y yo me presté a su debilidad dejándome
hacer por Andrés, el negrito y por mi marido todo tipo de felonías sexuales.
El resto del viaje transcurrió en los parámetros habituales y
la aventura con el negrito pasó a ser un recuerdo excitante, pero eso, sólo un
recuerdo.
Ya de vuelta en nuestra vida cotidiana todo transcurría con
normalidad, iniciando nuestra andadura matrimonial sin sobresaltos, casi con
aburrimiento, pero aun así, algo persistía, Ernesto seguía pretendiendo que
vistiera como una zorrita y no pasaba semana alguna si ampliar mi vestuario con
un nuevo modelito sexy.
También os comenté que Ernesto trabaja en la banca. Pues
bien, una noche me avisó de que su jefe iba a venir a cenar en unos días. Algo
normal en el mundo empresarial, invitar al jefe a una cena, pensé.
Pero pronto empecé a intuir que había algo más.
Mi marido no paraba de insinuarme la importancia de tener
contento a su jefe. Que si su cargo no era seguro, que si su jefe podía
mantenerle en el puesto si lo tenía contento, que me pusiera guapa ese día, que
me portase bien con Carlos, así se llamaba. En fin una paliza y de vez en cuando
me guiñaba el ojo, un guiño que yo no quería interpretar pero que intuía como
una invitación a portarme con Carlos como con Andrés el negrito.
No quise pensar demasiado en ello, pero a medida que la fecha
de la cena se iba acercando me iba inundando un sentimiento contradictorio,
nerviosismo, miedo y excitación me invadían por rachas y más después de que
Ernesto me dijera que había enseñado a Carlos las fotos de nuestro viaje de
novios.
-¿Qué has hecho qué? Le pregunté horrorizada. En las fotos de
Brasil estaba prácticamente desnuda, mucho peor que desnuda. Los mini bikinis
que usé eran tan minúsculos que tuve que depilarme del todo, cierto que así
aproveche para hacerme el láser, un caprichito. Allí yo estaba desinhibida lejos
de cualquier persona conocida. Mis pechos se me veían enteritos ya que los mini
bañadores, solo me tapaba apenas medio pezón y aquellas fotos en las que se me
veía de espaldas mostraban mi culo orondo y desnudo.
No podía creer que lo hubiese hecho pero mi marido me sacó de
dudas. Me dijo que no pasaba nada, que estaba bellísima y que Carlos era la
persona más discreta que existía, nunca diría nada a nadie sobre algo íntimo. Al
decirme aquello volvió a guiñarme el ojo.
Entre las fotos de Brasil había unas especialmente delicadas,
uno de los días, en la playa tomando el sol, sin darme cuenta el mini bikini se
me había metido en la rajita, dejando medio chochito fuera, depiladito y blanco,
contrastando con el moreno del resto de mi piel. Pues bien aprovechado que
estaba medio dormida bajo el maravilloso sol ecuatorial, Ernesto enfocó mi
figura con mi almeja medio fuera y tomó unas cuantas fotos. Alguna de ellas
verdadero primer plano de mi coño.
Le dije primero y supliqué después que las destruyera, no me
gusta tener fotos así rodando por ahí. Pero el se negó.
¿No se las habrás enseñado todas? Le pregunté esperándome lo
peor. Pero mi marido no me contestó, esbozó una sonrisa y ¿a que no sabéis?
Efectivamente volvió a guiñarme el ojo.
¡Qué cerdo!, le había enseñado todas mis fotos al tal Carlos
que yo ni conocía, un extraño, por muy jefe suyo que fuera.
No me extrañaría que Carlos se hubiese consolado a mi costa,
porque de verdad os digo que si me vierais en las fotos son poco más o menos
como las de las revistas con las que los chicos alivian sus ardores.
Primero me sentí muerta de vergüenza, pero he de confesaros
que antes de lo que creía comencé a sentirme más excitada que enfadada. El jefe
de mi marido havia visto mi cuerpo desnudo e iba a venir a cenar a casa, los
tres solos. Otra situación como la de Brasil con Andrés. Mi marido insinuando
por activa y por pasiva que debía ser "amable" con Carlos y el detalle de las
fotos. ¿Qué más pruebas necesitaba?
Pero en el fondo albergaba la duda de que solo pretendiese
eso, ser amable con su jefe.
Para disipar todas mis dudas decidí poner a Ernesto la prueba
de fuego, le pregunté que me ponía aquella noche. Como os dije antes mi
guardarropa está lleno de modelitos, unos simplemente sexys y alguno que otro
totalmente escandaloso.
Para mi sorpresa mi marido me dijo que llevase algo largo y
elegante. Aquello me sumió en un sin vivir. ¡Qué leche querría Ernesto!, o tal
vez él mismo no lo tenía claro. Como es habitual en él su forma de actuar es no
hacerlo evidente, disimular como que no pasa nada, así que decidí, como siempre,
seguir su juego. Si algo soy es una mujercita dócil.
Por fin llegó el día de la cena. Ya sabéis como somos las
mujeres para estas cosas, peluquería, manicura, maquillaje. Menos mal que ya me
ahorro la lata de depilación, tengo hecho el láser total en axilas, piernas,
brazos y en mi chochito y en la boquita de mi culo. Tan solo tengo una hilera de
vello coronando mi pubis como de un dedo de ancha, adorno, el resto como un
huevo duro.
Me dejaron preciosa y al llegar a casa me llevé la sorpresa.
Encima de la cama, extendido lucía un vestido negro precioso con algún adorno de
lentejuelas y una nota encima. "Recíbenos esta noche con él" y la dirección de
la tienda por si necesitaba algún arreglito.
En cinco segundos lo tenía puesto, me sentaba como un guante,
era de seda pero algo elástico de manera que dibujaba mi cuerpo en cada recta y
en cada curva. El escote discreto pero para qué no iba a serlo, mis pechos se
dibujaban de bajo con precisión y atrás era donde el vestido tenía su punto
fuerte, caía desnudando mi espalda hasta donde esta pierde su honesto nombre y
la hucha de mi culito se veía iniciar con precisión.
De pronto caí, no podía llevar ninguna braguita, por pequeña
que fuese se vería, y no podía llevar sujetador se notaría demasiado bajo la
seda negra. Eso sí, era largo hasta los tobillos pero con una raja oblicua que
comenzaba a ras de suelo entre mis pies y llegaba a la cadera.
Ernesto se la quería jugar a Carlos, pensé, después de
mostrarle mi cuerpo desnudo en las fotos ahora me mostraba tapada pero
insinuante.
La marisquería más lujosa de la zona trajo la cena puntual y
Marta, una chica que nos ayuda en casa se encargó de prepararlo todo, la mesa,
las ostras el marisco, ya sabéis. A las nueve se despidió. Y a las nueve y media
llegarían Ernesto y Carlos. Y allí estaba yo desnuda bajo aquel magnífico
vestido, perfumada y enjoyada pero sin bragas. Bueno, pensé, no se me ve nada.
Pero mi almejita sudaba rezumando por el nerviosismo, la excitación y la duda.
Al oír el portón del garaje salí a abrir la puerta,
efectivamente eran ellos.
-Karolina, te presento a Carlos dijo Ernesto y se retiró.
¡Dios mío!, me esperaba un señor madurete de cincuenta o más,
jefe de mi marido, y era joven yo creo que no pasaría de los 33 frente a los
cuarenta y cuatro de Ernesto. Elegante, no guapo pero atractivo. Vino a besarme
y su aroma me llegó como un azote silvestre, su mano agarró mi cadera y forzó
alargar el beso de presentación de forma casi imperceptible. Me gustó.
Al invitarle a pasar Ernesto insistió que pasara yo delante,
ya sabéis por qué, mi desnuda espalda y los inicios de mi culito a la vista de
ambos. Me contoneé como una gata, con paso lento luciéndome en la suerte.
La cena no os la cuento, un rollo, solo dignas de mención las
miradas a mis pechos de Carlos, yo diría de enamorado y a mis ojos, me miraba
fijamente a los ojos y yo no los apartaba y le sonreía.
Ah, se me olvidaba, el vino un Albariño suave que nos puso
más que contentos. Y ya con el efecto del alcohol Ernesto sacó el tema de las
fotos de Brasil, Carlos me miró con ojos distintos y me dedicó un cumplido,
"estabas maravillosa". Yo le tenía sentado enfrente y lo que no me esperaba, su
pie sin zapato acaricio mi pierna. Sé que suena a película pero fue así. La mesa
del comedor es para cuatro personas alargada pero estrecha y su pie llegaba con
facilidad. A mi mente vinieron las instrucciones de mi marido. Pórtate bien con
él. Así que callé y consentí excitada el juego del pie de Carlos que subía y
bajaba entre mis piernas, cada vez más y más arriba, hasta que como no podía ser
de otra forma llego a mi chochito. Sus calcetines eran de esos ejecutivos así
que notó seguro la ausencia de bragas. Yo cerré las piernas atrapando su pie en
mi almejita un buen rato y a continuación, comencé a participar en el juego, me
deshice del tacón y comencé a explorar. Pero no me dio tiempo él deslizó una
mano bajo el mantel y lo agarró hasta ponerlo encima de su polla.
¡Joder, como la tenía!, Estaba totalmente empalmado. Me
agarró con firmeza del tobillo y restregó con contundencia mi pie contra su pene
erecto, arriba y abajo y lateralmente, me lo soltaba, lo acariciaba y lo volvía
a agarrar. Yo me mojé y despertó la zorrita que llevo dentro.
Carlos, dije, ¿quieres verme con uno de los bikinis de
Brasil? Él contesto que por supuesto y yo les dije que esperaran en el salón.
Antes de ir a mi habitación miré a Ernesto buscando, tal vez
un gesto de desaprobación pero él, ya lo habéis adivinado seguro, me guiñó el
ojo.
Me demoré a propósito, y me puse el más pequeño de todos uno
que no pude ni lucir en la playa, mi monte de Venus depilado se veía entero y el
comienzo de mi rajita se adivinaba en cuanto a la parte da arriba no era capaz
de tapar mas que la parte central del pezón, me dejé puestos los tacones, así de
guarra me sentía.
Creo que Ernesto y Carlos habían hablado de lo que iba a
pasar sino no se entiende el desenlace.
Cuando volví al salón Ernesto había sacado la cámara de video
y grababa mi entrada. Dijo que se sentía director de cine y todos reímos, pero
las risas cesaron cuando preciso: "de cine erótico".
Carlos me miró desnuda con el minúsculo trapito frente a él,
se levantó y comenzó a acariciarme lentamente los pechos. Apartó las dos tiras
de ropa, me agarró y me condujo al sofá sentándose el primero y haciéndome poner
de rodillas sentada encima suya, frente a él, con mis piernas muy muy abiertas.
Mis pechos quedaron a la altura de su boca y se aplico a lamer y besar, a
mordisquearme y succionarme, chupando y olisqueando como una bestia delicada y
feroz a la vez.
Yo enloquecí, mi marido grabando y Carlos comiéndome las
tetas con ansia y dulzura, mi bikini, por la postura metido entero en mi coñito
empapado y su polla fuera del pantalón con una dureza brillante inconmensurable.
No hizo falta quitarme el bañador era tan pequeño, solo apartarlo, para dejar
paso a aquel trabuco entre mis jugos. Me acerqué a su oído y le dije con voz de
puta, casi susurrando, fóllame, fóllame. Sin que lo oyera Ernesto.
Mi marido aparecía y desaparecía tomando planos de la escena.
Y yo fui penetrada durante mucho mucho tiempo. ¡Cómo aguantaba, como me
envestía!, a veces paraba y me besaba con cariño casi filial y a continuación
aceleraba golpeando mi culo y todo sin dejar de comerme, lamer y besar las
tetas. Mis pezones parecían estallar.
Cuando sacó su polla de mi coñito de repente supe que iba a
correrse y no pude resistirme, me bajé de rodillas a la alfombra y metí su
estaca en mi boca. De reojo veía la cámara de video de Ernesto tomándonos un
primer plano. Fue tal la dureza y magnitud del chorro de esperma que no me cupo
en la boca, sentí su sabor salado y su calor inundar mi lengua y mi garganta,
pero aun así no la saqué y seguí lamiendo aquel prepucio mientras perdía su
dureza.
Hicimos una copia de la peli para Carlos, por supuesto.
PDT: De momento mi marido no perderá su puesto de trabajo.
¿No creéis?